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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 37

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Capítulo 37: 31. part.2

Cerca del borde exterior de la majestuosa ciudad de Thalassia se alzaba una imponente estructura arquitectónica de estilo griego, construida con mármol blanco y piedra marina pulida.

Era un coliseo colosal, cuyos muros reflejaban la luz azulada del fondo del océano como si estuvieran bañados en zafiros. A través de sus amplios pasillos resonaban ecos de pasos, el sonido del agua golpeando las paredes y el murmullo distante de criaturas marinas que servían como guardianes del recinto.

Por uno de esos pasillos avanzaban seis figuras, caminando en formación mientras eran guiadas por Anfitrite, quien encabezaba el grupo con su una elegancia practicada.

Los acompañantes eran Hades, Poseidón, Zeus, Hestia y Metis, los hijos e hijas de Rea, que seguían a la diosa del mar con cierta mezcla de expectación y curiosidad.

La razón de su presencia allí era simple pero importante: después del banquete, los tres hermanos principales -Hades, Poseidón y Zeus- habían sido convocados por su tío Océano.

La intención del titán era discutir la manera en que recibirían entrenamiento y guía personal, como parte de un acuerdo establecido entre Océano, Gaia y Rea, en el que él debía ofrecer instrucción adecuada a los hijos de la titánide madre.

Aunque todos recibirían orientación, la atención principal estaría centrada en Hades y Poseidón -especialmente en el primero-.

A diferencia de Zeus, quien en el pasado ya había recibido algunas enseñanzas sobre el uso de su poder divino, sus otros hermanos carecían de experiencia formal en el manejo técnico de su divinidad… o al menos eso creían todos.

El caso de Hades era particularmente peculiar.

A ojos de los demás dioses, él jamás había demostrado un uso refinado o técnico de su poder, limitándose a manifestaciones simples de su dominio sobre las sombras. Sin embargo, cuando no utilizaba su divinidad, Hades recurría a otras formas de energía… no mágicas, sino completamente ajenas a ese mundo.

Usaba Chakra.

Una energía que no formaba parte del sistema de poder mágico del universo griego, sino que podía considerarse alienígena, completamente externa a la esencia divina local.

El Chakra no dependía de la magia ni del favor de los dioses; provenía del propio cuerpo de Hades, generado por la fusión de energía física -extraída de sus células- y energía espiritual, producto de la unión entre su mente y su alma.

Era un sistema autónomo, puro, imposible de detectar para la mayoría de los dioses, quienes lo confundían con una simple vitalidad extraordinaria.

Incluso Hades encontraba cómico que hasta ese momento nadie se hubiera detenido a preguntarle cómo era posible que pudiera controlar la materia o los elementos sin usar magia, aparentemente con mera “energía vital”.

La única que había estado cerca de hacerlo fue su abuela, la mismísima Gaia, quien, intrigada, le preguntó por qué su cuerpo contenía una cantidad tan desmesurada de energía vital y cómo era capaz de darle forma o alterar su naturaleza.

Hades, sin inmutarse, respondió con la mayor naturalidad del mundo:

que todo se debía a que hacía mucho ejercicio y practicaba meditación con frecuencia.

La respuesta, aunque técnicamente cierta, solo dejó a la primordial aún más confundida.

Claro, Hades no mentía, pero tampoco decía toda la verdad.

El ejercicio físico realmente fortalecía su cuerpo, permitiéndole incrementar la cantidad de energía física que podía extraer de sus células.

Y en cuanto a la “meditación”, bueno… no se trataba de una meditación tradicional.

Era un tipo especial que consistía en entrenar la concentración estimulando los puntos tenketsu de su sistema nervioso, lo que le permitía circular su energía mental con mayor fluidez y potenciar su energía espiritual.

<>>

En otras palabras, una técnica mixta entre concentración espiritual y control interno del flujo de Chakra, con la que lograba realizar ninjutsu con una naturalidad asombrosa.

De hecho, su dominio había alcanzado tal punto que podía ejecutar técnicas sin sellos incluso sin el apoyo de su Rinnegan, es decir, ninjutsu silencioso, un arte reservado solo para verdaderos maestros.

Por eso la situación de Hades resultaba tan compleja como simple.

Era verdad que no mostraba muchas habilidades mágicas superiores ni solía depender de su poder divino, pero no era por falta de conocimiento ni capacidad.

La realidad era que Hades había centrado casi todo su entrenamiento en desarrollar su Chakra y perfeccionar sus habilidades ninja.

¿El motivo? Simple: “Buda de mil manos blindado con Susanoo.”

Solo esas palabras bastaban para resumir la razón por la cual el dios del inframundo había dedicado tanto esfuerzo a un sistema de poder ajeno a los dioses.

Porque si algo caracterizaba a Hades… era su determinación en alcanzar sus objetivos, algo que no dependia de nadie, ni siquiera de los caprichos del destino o la herencia divina, sino de su corazón puro de fanático empedernido del shonen.

Además de que no necesariamente necesita recurrir a sus Divinidades para estar a la par de los dioses, pues ya sea en fuerza física, técnicas de combate o ninjutsu, todas sus habilidades han alcanzado el nivel de un experto experimentado, e incluso algunas de ellas lo han superado por completo. Su control sobre el chakra, por ejemplo, ha llegado al nivel de un Gran Maestro, algo que pocos podrían siquiera imaginar lograr. Aunque es cierto que le tomó más de diez años de entrenamiento constante y disciplinado alcanzar semejante grado de dominio, aquello por sí solo ya es considerado una hazaña completa en cualquier mundo.

Hades ha alcanzado un punto en el que incluso sin recurrir a trucos o habilidades divinas como su Rinnegan, puede manipular el chakra libremente a través de sus puntos tenketsu, moldeándolo y dirigiéndolo a voluntad, hasta el punto de ejecutar técnicas de ninjutsu sin mover un solo dedo. Aun así, sigue realizando los sellos manuales más por costumbre… y, sobre todo, por la emoción de gritar el nombre de las técnicas en voz alta, algo que, según él, le da más “sabor” a la pelea.

Incluso si su chakra no puede igualar a la divinidad en calidad, sí puede hacerlo en cantidad, pues Hades fácilmente podría ser considerado un ser que supera a las mismísimas bestias con cola en términos de volumen y producción bruta de energía. De hecho, su poder se acerca peligrosamente al Reino de los Seis Caminos, un territorio reservado para seres casi trascendentales.

A esto se suma el hecho de que domina las cinco transformaciones elementales básicas y tiene la capacidad de mezclarlas para crear nuevas combinaciones y límites de sucesión de sangre. Además, posee dos de los linajes más poderosos y temidos del mundo shinobi: el Elemento Madera y el Rinnegan. Esa combinación lo convierte en un ser que, incluso sin poder divino, podría ser considerado con total justicia un “Dios”, tanto bajo los estándares humanos del mundo ninja como bajo los parámetros de la divinidad de su propio universo.

Hades era plenamente consciente de esto. Sabía que probablemente solo los dioses de rango superior -los Reyes Dioses y los Primordiales Antiguos- podrían representarle una amenaza real, y aun así, ni siquiera estaba seguro de que realmente perdería si llegara a enfrentarse con alguno de ellos.

Y esa certeza no era arrogancia. Provenía de la observación. Había notado de primera mano que la mayoría de los dioses tendían a ser sesgados y de mente cerrada cuando se trataba de pelear. Confiaban demasiado en sus divinidades y sus dones innatos, descuidando el perfeccionamiento técnico o la creatividad estratégica. Muchos de ellos utilizaban siempre el mismo tipo de tácticas, las mismas posturas, las mismas formas de atacar, lo que en el fondo los hacía predecibles.

Eso podía funcionar si su oponente era otro dios común, alguien que siguiera las normas de combate y los patrones a los que todos estaban acostumbrados.

Pero Hades… no es el caso, en absoluto.

Porque Hades, simplemente, no es normal, su estilo de lucha estaba tan distorsionado y desestructurado que llegaba a ser caótico y desconcertante. Durante su estancia en el estómago de Kronos (cuando no tenía más entretenimiento que entrenar su cuerpo y mente) había probado absolutamente de todo en cuanto a maniobras de combate y técnicas con armas.

Y cuando se dice “de todo”, es literalmente todo: karate, capoeira, sumo, muay thai, judo, ninjutsu, combate con cuchillos, espadas, lanzas, arcos, escudos, guanteletes… incluso había perfeccionado el arte del combate con objetos inusuales como escobas, lápices (como John wick), incluso aprendió a utilizar sus propios dedos para atacar a los ojos del oponente, o básicamente cualquier cosa que pudiera sostener en sus manos y estuviera conectada a su cuerpo, incluso en una ocasión, incluso aprendió el infame “calzón chino”, que él ha llevado a su versión más temida: “el calzón chino atómico”, junto con técnicas más exóticas como el “sopla mocos explosivo”.

Hades, si así lo desea, podía llegar a ser tan impredecible que, en medio de una batalla, podía comenzar a bailar cumbia frente a su enemigo sin previo aviso solo para, un segundo después, surgir del suelo justo detrás de él y aplicarle un calzón chino atómico.

Claro que eso no funcionaría con un dios griego… principalmente porque los griegos de esa época no usaban ropa interior… pero ese no es el punto.

El punto es que Hades está loco.

Y esa locura, combinada con su brutal genialidad y poder fuera de lo común, lo hace un adversario tan temible como incontrolable.

Porque como dice el dicho: el peor enemigo de un guerrero no es aquel que puede ver ha través de ti, si no aquel a quien no puedes predecir.

Ho, algo así…

El grupo continuó caminando por los amplios pasillos del coliseo, cuyos muros relucían con un brillo casi místico. Estaban decorados con lo que parecían ser cristales de amatista engarzados entre arcos dorados que reflejaban la luz del ugar en mil tonos de violeta y oro. La grandeza del lugar imponía respeto, y el sonido de sus pasos resonaba en el mármol, como si cada eco recordara la historia de los antiguos campeones que alguna vez habían peleado allí.

Pronto llegaron ante la entrada principal del recinto. Al cruzar el umbral, los ojos de Hades fueron recibidos por una visión impresionante: una vasta arena de combate, lo suficientemente grande como para albergar cuatro campos de fútbol. El aire mismo parecía vibrar con una energía silenciosa, mezcla de poder divino y antiguas batallas.

En el centro de la arena, un grupo de figuras esperaba de pie, firmes, con la postura de quienes saben que están a punto de presenciar algo importante.

Fue entonces cuando Hades bajó la mirada y lo vio.

El hombre que más llamó su atención estaba en el centro de la formación. Poseía una piel gruesa, curtida por el sol, y una musculatura tan marcada que parecía esculpida por el esfuerzo.

Su cabello era negro con reflejos azulados, y sus ojos, de un azul profundo y penetrante, emanaban una presencia que imponía incluso sin palabras. Todo en él -su postura, su expresión seria, su aura- gritaba una sola cosa: guerrero.

Pero lo que más destacaba era su tamaño. Hades, que no era precisamente bajo, tuvo que alzar la cabeza para observarlo. Era incluso más alto que Poseidón, y eso ya era decir mucho, considerando que el dios del mar sobrepasaba los dos metros de altura.

Los ojos de ambos se encontraron -el azul profundo del guerrero y el negro brillante del señor del inframundo- y, en ese instante, hubo un choque silencioso entre sus miradas. No hubo palabras, no las necesitaban. Ambos comprendieron lo esencial.

“Es fuerte”, pensaron al unísono.

Permanecieron así, observándose sin pestañear, como si estuvieran en medio de un duelo de voluntades invisibles, en un concurso donde el primero que desviara la mirada sería el perdedor.

“¿He?”

La concentración de Hades se rompió de golpe cuando sintió que alguien tiraba de su túnica. Bajó la mirada y vio a Hestia mirándolo con una expresión entre la curiosidad y la preocupación.

“Oye, Hades… ¿te encuentras bien?”, preguntó la diosa con cierta incertidumbre.

Hades parpadeó varias veces, desconcertado.

“¿Eh?… Sí, estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?”

Hestia señaló hacia adelante con un dedo antes de volver a mirarlo con gesto incrédulo. “Porque te quedaste mirando a la nada durante casi seis minutos. ¿Te pasó algo?”

“¿Seis minutos?, ¿En serio?” repitió Hades rascándose la mejilla con una sonrisa nerviosa. “Ja, pues… supongo que no me di cuenta. ¿Qué estábamos haciendo?”

Cuando levantó la mirada y notó que todos los demás lo observaban.

Zeus lo miraba con una mezcla de irritación y fastidio; era evidente que la distracción de su hermano le resultaba insoportable. Poseidón, en cambio, solo soltó un suspiro pesado, acostumbrado ya a los extraños comportamientos de Hades.

Intentando aliviar la tensión, Hades alzó las manos y sonrió de forma torpe en un intentó romper el silencio con una sonrisa.

“Bueeeno… ¿entonces de qué me perdí?”

La pregunta quedó flotando en el aire hasta que Metis decidió intervenir con su habitual tono diplomático.

“Muy bien. Dado que Hades tuvo algunas… complicaciones, repetiré lo dicho por Anfitrite, pero de forma más resumida.”

Adoptó una postura más formal y teatral, levantando ligeramente la barbilla antes de hablar.

“Hades, lo que queríamos explicarte es que ustedes, como nuestros invitados y los hijos de la reina Rea, han sido traídos aquí con el propósito de recibir entrenamiento y guía adecuados en el arte de la batalla. Mi padre, el gobernador del mar que los acoge, ha dispuesto los mejores equipos y ha convocado a varios de mis hermanos más capaces para instruirlos durante su estancia en nuestro reino.”

“Ah, era eso” asintió “Te agradezco por repetirlo, mi cabeza estaba en otro lado hace un momento,” respondió Hades con tono relajado.

“Je, es bueno que estés de vuelta con nosotros, por poco empiezo a creer que tu cerebro había decidido tomarse unas vacaciones.” comentó Hestia con una sonrisa burlona, cruzándose de brazos.

Hades la miró con calma e indiferencia, rehusando darle el gusto de discutir. Luego giró hacia Metis, señalando con el pulgar hacia su hermana.

“Una vez más, ¿me podrías decir qué hace esta cosa aquí?”

“¿¡’Cosa’!? ¡¿A quién llamas ‘cosa’!?”, protestó Hestia, inflando las mejillas. “¿Y qué problema hay con que esté con ustedes?” replicó. frunciendo el ceño.

“Bueno, ninguno” respondió Hades encogiéndose de hombros, “pero… ¿no se supone que deberías estar con la tía Tetis aprendiendo brujerías divinas junto con Hera y Deméter?”

“Primero que nada,” replicó Hestia alzando un dedo en gesto de corrección, “se dice teúrgia, no brujería. Y segundo… estoy aquí porque aquello era terriblemente aburrido y complicado. Todos esos conceptos extraños solo me daban dolor de cabeza.”

Mientras hablaba, sus ojos recorrieron la arena con una sonrisa creciente, apretando el puño con entusiasmo.

“Además, este lugar parece adecuarse mucho mejor a mi estilo.”

Hades asintió, aunque aún tenía sus dudas. Entonces fue Poseidón quien habló con voz grave.

“Es bueno que te sientas cómoda, hermana… pero dime, ¿nuestra tía está al tanto de tus ‘actividades’, cierto?”

El nerviosismo se apoderó de Hestia. Su rostro se tiñó de rojo, y desvió la mirada con una risa nerviosa.

“Pues… verás, lo que pasa es que… te parecerá gracioso cuando lo escuches… yo… ¿me escapé?”

“¿Tú qué?” preguntaron Poseidón y Hades incrédulos.

“Me escapé,” repitió ella más bajo, como si dijera un secreto vergonzoso.

“Me escapé.” repitió ella con voz baja, avergonzada.

“No podía soportar más estar encerrada en una habitación llena de pergaminos y una instructora que enseñaba como una abuela… ah, sin ofender,” añadió dirigiéndose con una sonrisa tímida a Metis y Anfitrite.

Ambas la miraban como si acabaran de oír lo imposible. Metis fue la primera en hablar, con voz sorprendida:

“Señorita Hestia, si no es molestia… ¿cómo logró escapar de nuestra madre?”

La pregunta resonó como un trueno. Ninguna de las dos podía imaginar algo así. Tetis no solo era sabia y estricta, era casi omnipresente. Escapar de su supervisión era tan impensable como robarle fuego al mismísimo Prometeo.

“Ah… pues…” Hestia rió con cierta vergüenza. “Le dije que iba al baño, y luego… me escapé por una de las ventanas laterales del palacio para venir aquí.”

Lo dijo con total naturalidad, como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Pero para Metis y Anfitrite fue como si el universo se detuviera por un instante.

“¿Por qué no lo pensé yo?”, pensaron ambas al mismo tiempo, con el mismo brillo de revelación en los ojos.

A pesar de haber sido dos de las hijas más favorecidas de Océano, ambas habían crecido bajo estándares altísimos. Su madre, Tetis, era una maestra temible, rigurosa y exigente. Desde pequeñas, habían pasado incontables horas aprendiendo etiqueta, historia, política, magia y los principios del éter. Y aunque ahora, ya adultas, agradecían aquellas enseñanzas, no podían olvidar los años de encierro en los que solo podían estudiar y memorizar pergaminos sin descanso, bajo la vigilancia constante de su madre.

Porque, para los dioses, el verdadero tormento no era el dolor… sino la falta de libertad.

Esa era la razón por la que Metis se sintió atraída por Zeus: su espíritu libre, su deseo de desafiar lo establecido, su forma de vivir sin miedo. En él vio el símbolo de la independencia que siempre había anhelado.

Y lo mismo ocurría con Anfitrite y Amaltea: aun sabiendo que todo aquello formaba parte de los planes de su padre, no podían evitar sentirse atraídas por Poseidón y Hades, cada uno con su propia aura de libertad y poder.

Porque, ¿qué diosa no ha soñado alguna vez con vivir su vida sin cadenas, sin deber rendir cuentas a nadie?

Esa es la razón por la que muchas diosas menores buscan unirse, o al menos dejar descendencia, con dioses de mayor rango. Incluso si no llegan a ser sus esposas, el solo hecho de dar a luz a su sangre basta para asegurar su favor y protección.

¿Y quiénes son los tres hermanos?

Nada menos que los hijos directos de los actuales gobernantes de toda Grecia.

Metis no se acercó a Zeus solo por amor repentino. Lo hizo porque vio en él el potencial de un rey, hijo de Kronos y Rea, nieto de Gaia y Urano, y uno de los herederos legítimos de la corona divina.

De igual forma, Poseidón, destinado a gobernar los mares, y Hades, el futuro señor del inframundo, representaban los pilares del nuevo orden que estaba por nacer.

Así, ya fuera Metis, Amaltea o Anfitrite, ninguna dudaba del futuro esplendor de esta trinidad divina.

Por eso estaban allí: para cumplir con su papel como guías y aliadas de los futuros reyes dioses.

Porque el favor de un futuro dios soberano vale más que la vida de miles de dioses comunes.

—

Las puertas del pasillo se abrieron de par en par, dejando paso a un grupo de deidades cuyas presencias irradiaban poder y solemnidad. Al frente de ellos se encontraba Metis, que giró apenas el rostro cuando una voz masculina la llamó con respeto.

“Hermana Metis,” dijo con tono amable y un aire de respeto que no pasaba desapercibido.

Era un hombre algo más bajo que Hades, de rostro andrógino pero con facciones serias, el cabello corto y negro como la obsidiana, Vestía un quitón blanco de lino puro que caía en pliegues elegantes, reflejando sobriedad y disciplina.

“¡Hermanos! Es bueno verlos,” respondió Metis con una sonrisa amable, inclinando la cabeza ante los tres dioses que se habían detenido frente a ella.

El más alto de los tres llamó inmediatamente la atención de todos. Medía cerca de dos metros con veinte centímetros y llevaba un quitón azul claro, adornado con broches de oro que brillaban a cada paso, su porte imponente irradiaba una fuerza tranquila, su mirada era profunda y serena, casi analítica; Recorrió con la mirada a cada uno de los presentes, observando en silencio. Sus ojos (de un tono gris plateado) observaron a cada uno de los presentes con una atención calculada, como si evaluara a los presentes con la intensidad de quien pesa cada detalle.

Pasó lentamente la vista por todos los dioses, hasta que sus ojos se detuvieron en Hades.

Por un instante, la intensidad de su mirada aumentó. Se rascó la barbilla y murmuró algo ininteligible, como si acabara de confirmar una sospecha. Luego, ante la sorpresa general, su semblante se iluminó con entusiasmo. Avanzó con paso firme hasta llegar frente a Hades y, sin dudar, le colocó una mano en el hombro mientras extendía la otra para estrechársela.

“¡Es un verdadero placer conocerte al fin, Hades, dios de los muertos!” exclamó con voz profunda, cargada de energía y simpatía.

El gesto tomó por sorpresa a Hades. No esperaba que aquel dios, de apariencia tan imponente y ruda, se mostrara tan animado y abierto. Por un breve momento se quedó desconcertado, pero pronto recuperó la compostura y correspondió al apretón con serenidad.

“Esto… realmente no te conozco, pero es un placer para mí también conocerte” dijo con una sonrisa algo dubitativa.

El otro dios rió con suavidad y asintió, dándose cuenta de su falta de presentación.

“Disculpa mi descortesía,” añadió con un ademán respetuoso. “Soy Aqueloo, uno de los hijos mayores de Océano.”

Al concluir su presentación, otro dios fluvial dio un paso adelante. Compartía con Aqueloo el cabello oscuro y los ojos azules, aunque su complexión era más baja -alrededor de un metro ochenta- y su porte más sobrio. Sus rasgos, sin embargo, eran tan distintos que cualquiera podría dudar si realmente compartían sangre.

“Mi nombre es Scamander, hijo de Océano y Tetis,” se presentó con voz serena, pero ligeramente seca. “Hijo de Océano y Tetis, dios al cargo del río Escamandro.”

Su tono educado denotaba costumbre de la diplomacia, aunque su sonrisa apenas movió los labios.

El tercero de los hermanos dio un paso al frente con un aire completamente diferente. Su mirada ardía con con confianza desbordante y pasión; su sonrisa era franca y provocadora que revelaba un carácter impetuoso.

“¡Yo soy Alfeo, dios del río del Peloponeso que lleva mi nombre!” declaró con orgullo y una fuerte seguridad. “Buscador de placeres y amante empedernido… a sus órdenes.”

Al terminar, lanzó un guiño coqueto hacia Hestia, quien reaccionó con una mueca de incomodidad y retrocedió dos pasos con visible fastidio.

Sin duda, aquel era un dios bastante… animado.

Pero por suerte se mantuvo en el límite, porque de no ser así… bueno, eso hay que preguntárselo al primer y último pretendiente que tuvo Hestia.

Hades, por su parte, frunció ligeramente el ceño. El nombre le resultaba familiar. “Alfeo…” pensó, tratando de recordar. Juraría haberlo escuchado antes, quizá en alguna historia antigua, tal vez de otra mitología.

Mientras observaba a los tres dioses fluviales, aprovechó el momento para activar su habilidad de análisis.

De inmediato, tres paneles luminosos aparecieron ante su vista, mostrando información detallada:

—

[Estado]

{Nombre: Aqueloo}

{Raza: Dios-Titán griego}

{Títulos: Dios de la Transformación – Dios del Río – Hijo de Océano – Dios de lo Salvaje}

{Nivel de Potencia: 14.980 – Divinidad menor}

{Afiliación: Dioses fluviales griegos}

—

[Estado]

{Nombre: Scamandro}

{Raza: Dios-Titán griego}

{Títulos: Dios del río Escamandro – Hijo de Océano – Dios de las aguas tranquilas}

{Nivel de Potencia: 11.400 – Divinidad menor}

{Afiliación: Dioses fluviales griegos}

—

[Estado]

{Nombre: Alfeo}

{Raza: Dios-Titán griego}

{Títulos: Hijo de Océano – Dios del río del Peloponeso}

{Nivel de Potencia: 9.907 – Divinidad menor}

{Afiliación: Dioses fluviales griegos}

—

‘Nada mal’, pensó Hades sinceramente.

Aunque los niveles no eran particularmente altos si se comparaban con los suyos o los de sus hermanos, seguían siendo impresionantes para deidades menores. La mayoría de los dioses de esa categoría rondaban entre los 3.000 y 7.000 puntos de poder, lo que hacía de aquellos tres excepciones destacables. Además, su complexión robusta y su postura dejaban claro que eran combatientes natos, dioses moldeados por la lucha y el flujo de los ríos que representaban.

Hades no pudo evitar sonreír. Aquello despertó en él una chispa que hacía tiempo no sentía (como tres semanas).

Después de todo, los únicos que podían darle algo de competencia en Creta eran sus hermanos Hestia y Poseidón. Pero Hestia, pese a su fuerza, aún carecía de la experiencia suficiente para sostener un combate prolongado, y Poseidón… bueno, desde aquel incidente con las etiquetas explosivas, parecía evitarlo deliberadamente.

Poseidón evitaba enfrentarse con él desde aquel incidente explosivo de Otris (“qué llorón,” pensó con sorna), y Hestia, aunque poderosa, carecía todavía de la madurez técnica para mantener un duelo prolongado.

Sus únicas oponentes actuales eran sus propias sombras, pero eso era como pelear contra sí mismo; aburrido y sin verdadero reto. Así que la idea de enfrentarse a un nuevo contrincante lo emocionaba profundamente.

Sí… era el momento ideal para medir su fuerza.

Estuvo, de hecho, a punto de correr hasta el palacio principal de Thalassia para retar directamente a Océano, sin importarle las posibles repercusiones políticas o sociales que eso implicara. Pero ahora… el destino parecía ofrecerle una alternativa mucho más conveniente.

[¡Ding!]

Hades giró la vista por un instante y luego, con una sonrisa que mezclaba emoción y calma, Hades dio un paso adelante.

“Es un gusto conocerlos, grandes dioses de los ríos,” dijo con voz firme. Luego, mirando directamente a Aqueloo, añadió: “Sé que esto puede sonar un tanto atrevido… pero, ¿pelearías conmigo?”

El silencio que siguió fue casi palpable. Todos los presentes quedaron perplejos ante la súbita petición.

“¡Hades!” exclamó Poseidón, con un tono de regaño y el rostro lleno de preocupación.

“¡Hermano tonto! ¿Qué crees que estás haciendo? ¡No causes problemas!” gritó Hestia, tan nerviosa como indignada.

Sabía que los combates de Hades rara vez terminaban sin daños colaterales. Si él se emocionaba demasiado, podía arrasar con media isla sin darse cuenta… y eso, en una ciudad submarina, podía tener consecuencias desastrosas.

Pero Hades no se inmutó. Siguió mirando a Aqueloo, su sonrisa inquebrantable.

“Vamos, no lo niegues,” dijo con entusiasmo. “Puedo ver la misma chispa en tus ojos. ¡Peleemos hasta que nuestros corazones se sacien!”

Aqueloo lo miró en silencio unos segundos… y luego estalló en una carcajada sonora.

“¡Jajajajaja! Sabía que no me equivocaba contigo, Hades. Desde que te vi entrar al templo de mis padres supe que eras alguien fuera de lo común.”

Le dio una palmada en el hombro. “¡Muy bien! Acepto tu desafío. Yo también quiero medir mi fuerza contra la tuya.”

Hades sonrió con emoción y se preparó para dar un paso al frente, pero fue detenido bruscamente por una mano que lo jaló hacia atrás. Era Hestia.

“¡¿Qué te pasa, hermano?! Sé que a veces eres impulsivo, pero esto ya es demasiado,” protestó con voz temblorosa.

La diosa estaba al borde del colapso. Pelear en una isla deshabitada era una cosa, pero hacerlo en el reino submarino de Océano, donde una sola grieta en la barrera podía causar un desastre, era una locura.

Zeus intervino entonces, Zeus con una sonrisa interesada

“¿Qué problema hay, Hestia? Solo será un combate amistoso. Déjalos pelear.”

Hades levantó una ceja ante el tono relajado de su hermano, pero no dijo nada. Zeus, por su parte, ocultaba muy bien su verdadera intención. Quería ver el poder de Hades con sus propios ojos. Sabía que jamás podría igualarlo en fuerza bruta, pero observarlo en acción le daría una ventaja estratégica.

Metis le había repetido muchas veces una lección que él había tomado muy en serio: “Conoce a tu enemigo antes de enfrentarlo.”

Y, en el fondo, Zeus sabía que Hades era su mayor obstáculo en la futura sucesión al trono.

Mientras tanto, Hestia soltó un suspiro resignado.l

“En serio… ¿soy yo la única que tiene que actuar responsable aquí?” murmuró para sí misma, con resignación.

En el fondo Poseidón retrocedió lentamente con una mirada de disculpa Hacia Hestia.

Hades soltó una pequeña risa y le revolvió el cabello con afecto.

“Tranquilízate, Hestia. No usaré mis ataques más destructivos, ni siquiera mi poder divino. Solo quiero medir mi fuerza con Aqueloo. Prometo minimizar los daños.”

La diosa lo miró con desconfianza, pero no dijo nada más.

Pero lo que nadie sabía era que Hades tenía una razón más para insistir. En el instante en que escuchó el nombre de Aqueloo, su sistema había emitido una nueva notificación:

—

[Ding!]

[Nueva misión emitida]

[Misión: Victoria limpia]

[Condiciones de la misión: Derrota al dios Aqueloo en un combate uno a uno tan solo con tus manos, sin utilizar poder divino, habilidades mágicas ni ninjutsu.]

[Recompensa: +10 puntos de atributo, 4 cupones de bronce, 2 cupones de plata.]

[Castigo por fallar: Ninguno (salvo perder lo poco que queda de tu poca credibilidad frente a los dioses presentes).]

—

Al leerlo, Hades sonrió ampliamente.

“Definitivamente vale la pena.”

No por su dignidad -eso ya la había perdido en incontables ocasiones por misiones aún más absurdas-, sino por los cupones.

Los cupones de plata eran extremadamente raros, y sus recompensas mucho más valiosas que las de bronce. Con ellos podía obtener habilidades mágicas avanzadas, artefactos poderosos o conocimientos arcanos que incluso los dioses desconocían.

Y en el fondo, Hades ya sabía en qué pensaba invertirlos: pronto tendría que visitar a su maestra, Katsuyu, en el mundo ninja… y necesitaría estar preparado.

No quiere ser el típico protagonista que se ve superado en su primer viaje dimensional.

Y no es una exageración, el mundo ninja es tan grande y complicado que de un momento a otro puede surgir de la nada un demonio milenario sellado o un extraterrestre con complejo de dios a joderte hasta la muerte.

Eso sin hablar de su sistema de poder, que fácilmente podría ser uno de los más complejos y con mayor potencial del anime.

Es decir, pueden manipular su energía vital y transformarla en elementos, en la mayoría de casos, lo hacen con cosas simples como tierra, agua, viento y etc.

No son una gran amenaza, al menos no para Hades.

Pero luego están los elementos realmente peligrosos, los Kekkei Genkai… y ai bien hay algunos que no son la gran cosa y pueden ser fácilmente manejados como por ejemplo el “elemento barro” o el elemento hielo, eso no aplica a los más fuertes.

Por ejemplo el elemento madera, un elemento Chakra que manipula la vegetación a gran escala y hace brotar árboles hasta en los desiertos, ¡y no árboles normales!, si no árboles místicos que no solo son más duros que el acero, si no que también absorben si energía vital cuando te tocan y encima nutren a su lanzador dándole más resistencia.

¿Cómo rayos se lucha contra eso?, simple no se puede, a menos que seas un monstruo en poder puro cómo lo era Uchiha Madara, o un maestro del control como Senju Tobirama.

Luego están otros que son igual o incluso más letales, como el elemento vapor que literalmente te derrite al contacto.

El elemento tormenta que literalmente crea láseres gigantes que te pueden electrocutar y dejar más rostizado que plástico en microondas.

El elemento quemar que en términos de letalidad es casi el equivalente al Amaterasu, solo que este sí te mata.

Y algunos más inusuales como el elemento oscuridad que literalmente puede devorar la energía del ninjutsu de otros y volverla propia, además de que te mata al contacto.

Hades confiaba mucho en su fuerza, pero no era tan tonto como para creerse invencible.

Sobre todo en un mundo donde los humanos lograron crear técnicas que les permiten suprimir a seres como las bestias con cola, que en términos de poder son equivalentes a los dioses de su mundo, e incluso algunos como el nueve colas y el ocho colas podrían fácilmente competir entre los seres más fuertes de la novela original de High school DXD.

Teniendo en cuenta que una bijudama común ya es lo suficientemente poderosa como para borrar islas Enteras, con la posibilidad de crear bijudamas más grandes con el poder de sacudir un continente, ese poder ya es suficiente como para ubicar a los bijus por encima de la clase Suprema, e incluso saltarse la clase Mahou, siendo similares a dioses y dragones más poderosos términos de poder bruto.

En opinión de Hades no es exagerado pensar en eso, puesto que en su opinión, de no existir el arte del sellado en el mundo ninja, los bijus con sus exageradas reservas de Chakra, su poder destructivo abrumador y su capacidad para reformar sus cuerpos después de la muerte, serían existencias casi invencibles y prácticamente inmortales.

Ho bueno, lo serían al menos hasta la llegada de los Otsutsuki.

Esos tipos, bueno, ellos están en su propia liga.

….

POV Hades

Bueno… no sé por qué se preocupan tanto, no es como si fuera a tomar a Aqueloo y hacerlo picadillo.

Aunque… por si acaso…

<>

[“Sí, anfitrión. Pero el costo de chakra y energía vital es mucho mayor que al revivir un alma humana.”]

<>

Después de un rato, observo cómo mis caballeros de sombras mueven los equipos de entrenamiento, despejando poco a poco la arena de combate.

A simple vista parecía hecha de losas de piedra común, pero al activar mi habilidad de “Observación”, noto que en realidad está compuesta por una mezcla de piedra caliza, mármol y ceniza volcánica, todo reforzado con una cantidad absurda de energía mágica.

La verdad, no me sorprende. Me impresiona, sí, pero no me sorprende. En este mundo los dioses tienen tanto poder que lo usan hasta para construir canchas deportivas con materiales mágicos de alta resistencia.

Aunque… tiene sentido. Cuando tienes una línea de ley a tu disposición, o sea, una fuente de energía casi infinita, es lógico que la uses hasta para hacer cimientos más duros que el ego de Zeus.

De hecho, si no recuerdo mal, en el anime de High School DxD, la ciudad de los yokais -Neo Tokio- existía como una subdimensión completa gracias a una línea de ley. Así que esto, técnicamente, está dentro del rango de lo posible… lo cual es decir mucho.

Al mirar los altos muros del coliseo, que fácilmente alcanzan los veinte metros de altura, asiento con aprobación.

Siempre me gustaron los estadios y teatros griegos. Hay algo casi mágico en esa atmósfera donde los guerreros luchan por honor y gloria. Tal vez sea la arquitectura… o tal vez sea porque me encanta la película Gladiador.

Y digo, ¿quién podría culparme? ¡Tiene a Russell Crowe!

Además, la escena de “Mi nombre es Máximo Décimo Meridio” se volvió un clásico inmortal.

“Mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comensal de los restaurantes del norte, cliente de las panaderías Félix Leal, leal sirviente del verdadero emparedado de pollo rostizado, padre de un hijo gordito porque mi esposa cocina todo frito, y juro que comeré… en esta vida o en la otra.”

¿Quién podría resistirse a reír con eso? Probablemente solo alguien sin alma… o sin buen internet.

Pasaron los minutos. Durante ese tiempo, entablé una conversación con Aqueloo, y debo admitirlo: el tipo me cayó bien.

Parece que seremos buenos amigos.

Resulta que la razón por la que se me acercó tan efusivamente fue porque él estuvo presente en el evento de bienvenida la primera vez que llegamos a Thalassia… y, sí, fue testigo de mi memorable actuación musical.

El tipo me dijo que quedó fascinado con la canción -Príncipe Alí, de Aladdín-, y con los instrumentos que usé. Especialmente los de viento, como las flautas y trompetas.

Parece que él mismo toca un instrumento raro llamado aulós, una especie de flauta doble que se usaba en la antigua Grecia.

Y ahí fue cuando por fin lo ubiqué: Aqueloo, el dios del río que en el mito de Heracles se transformó en serpiente y luego en toro por amor a Deyanira… solo para que Heracles le arrancara el cuerno.

Sí, ese Aqueloo. El del cuerno de la abundancia, la cornucopia.

La verdad… me dio un poco de pena.

Pero bueno, ¿qué más se puede esperar? En esta cultura teocrática, solo los dioses poderosos tienen derechos reales. Los demás sirven como escalones para que los grandes suban más alto.

Pobrecito… cuando llegue el momento de su derrota, le daré una paleta helada de vainilla. Por compasión.

Los griegos adoran el drama y las tragedias, especialmente cuando los protagonistas sufren. Pero si el dolor los toca a ellos, de repente se vuelven “benevolentes” y “solidarios”.

A esos, sinceramente, les daría un dedo medio alzado y los despediría con una patada en el trasero.

“Es una habilidad bastante curiosa… y se ve que es muy útil.”

La voz de Aqueloo me sacó de mis pensamientos. Lo vi observando con atención a mis caballeros sombríos.

Sus ojos brillaban de asombro al ver cómo esas figuras de sombra, pese a estar hechas de oscuridad pura, parecían tener peso, textura y coordinación.

“Parecen estar vivos, pero a la vez no. ¿Son algún tipo de familiar?”

Me rasqué la nuca. Técnicamente no… pero tampoco estaba del todo equivocado.

Podrían entrar en la categoría de golems, pero eso sería inexacto. No tienen autonomía propia. Para moverlos, tengo que separar una hebra de mi conciencia y controlarlos directamente.

Así que… ¿marionetas? Sí, creo que eso suena mejor.

“No, no son precisamente familiares. Son más bien un tipo de marionetas que controlo de manera remota.”

“¿Remota?” repitió Aqueloo, confundido. La palabra era completamente nueva para él.

“Sí, remota. Significa que las controlo desde la distancia. O más bien… una parte de mí las controla.”

“¿Cómo funciona eso?”

Me quedé pensativo. Mi capacidad de dividir mi conciencia a través de las sombras no es algo que cualquiera pueda hacer.

Solo lo logré gracias a una habilidad especial llamada Conciencia Múltiple, desarrollada con la ayuda del sistema.

“Bueno…” comencé mientras extendía mi mano, “primero tienes que crear una vasija, o un recipiente, donde una parte de tu conciencia divina pueda residir.”

Bajo mis pies, mi sombra se expandió como un líquido oscuro y empezó a ascender.

“Luego, lo siguiente es darle forma.”

El líquido negro se solidificó lentamente, tomando la forma de un guerrero con armadura samurái. No tenía rostro, solo una masa de oscuridad pura.

“Y por último, lo más importante… debes transferir una parte de tu conciencia. Guías tu energía mental hacia la marioneta, te concentras hasta que sientes que una parte de ti… se desprende.”

En ese momento, los ojos del samurái sombrío se abrieron: dos líneas blancas con un toque violeta.

Y entonces, habló.

“Así es como funciona.”

Aqueloo retrocedió un paso, atónito al escuchar una voz idéntica a la mía, pero proveniente de la figura sin rostro.

“Y bueno, ése sería el truco,” añadió mi clon sombrío con un tono casual levantando una mano para palmear el hombro de Aqueloo. “Pero no te recomendaría hacerlo por mucho tiempo. Entre más copias de tu conciencia crees, más difícil será controlarlas… y podrías colapsar.”

Con un chasquido, el samurái sombrío se desintegró, y sentí cómo el fragmento de mi conciencia regresaba a mí.

Aqueloo seguía en shock. Comprendía perfectamente las implicaciones de lo que acababa de ver.

Un avatar físico, móvil, que podía ser controlado a distancia. Espionaje, exploración, trabajo pesado, apoyo táctico… las posibilidades eran infinitas.

“Este poder único es simplemente increíble. Dime, Hades, ¿crees que yo podría aprenderlo?”

Me encogí de hombros. “No lo sé con exactitud, pero siempre puedes intentarlo.”

En realidad, no tenía muchas esperanzas.

Hasta ahora, soy el único que ha dominado la técnica. Hestia lo intentó durante dos días antes de rendirse, y Poseidón lleva casi medio año sin lograr un solo avance.

La única que tiene algo parecido es Gaia, con sus avatares divinos. Pero esos funcionan de forma distinta: son manifestaciones hechas de poder divino, sin conexión directa con la conciencia del dios.

Básicamente, son versiones desechables que solo pueden ejecutar tareas simples.

En cambio, mis clones están conectados conmigo en tiempo real. Ven lo que yo veo, sienten lo que yo siento, y cuando se disipan, toda la información vuelve a mí sin pérdida.

Volví a mirar a Aqueloo, y una idea traviesa cruzó mi mente.

“O también… si te interesa, hay otro tipo de técnica que puedes aprender. Una que funciona de manera parecida a mis avatares de sombra. ¿Quieres verla?”

La mirada de Aqueloo se iluminó.

“¡Si no le importa, señor Hades, estaría encantado de verla!”

¿?, ¿ahora soy el señor Hades?, ok, es un buen cambio.

Sonreí con picardía. “Bueno, pues aquí va.”

Canalicé mi chakra, dejando que fluyera en perfecta armonía.

“¡Puff!”

Una nube de humo estalló a mi lado, revelando una copia exacta de mí mismo.

La misma voz, el mismo cabello, incluso la misma expresión de aburrimiento existencial.

“E-es… tan real.”

“Lo es,” respondí con naturalidad. “Es una copia exacta tanto en apariencia como en aura. Y lo mejor: de bajo consumo.”

“¿Bajo consumo?”

“Solo necesitas un poco de tu energía vital para formarlo.” Técnicamente no mentía. El chakra se compone de energía vital, y aquí todos confunden mi chakra con simple vitalidad.

“Es bastante sencillo.”

Mentira. No lo es en absoluto. Pero quiero ver hasta dónde está dispuesto a llegar.

“Ya veo, muy bien, definitivamente lo intentaré” dijo Aqueloo con determinación, a lo que yo solo pude darle un silencioso pulgar arriba y una disculpa silenciosa… realmente la iba a pasar mal.

“Suerte con eso. Ahora bien…” -dije mirando alrededor con una ligera sonrisa mientras el murmullo de los espectadores se apagaba poco a poco- “parece que ya terminaron por aquí, ¿entonces iniciamos?”

“Por supuesto, cuando usted quiera, señor Hades.”

Negué con la cabeza y solté un suspiro divertido.

“Solo dime Hades, el que me llamen señor me hace sentir como un anciano con dolor de espalda… Además, más vale que te prepares, porque no voy a ser precisamente suave contigo.”

Aqueloo soltó una carcajada, claramente emocionado.

Aqueloo soltó una carcajada, con ese tono animado y seguro tan típico de los marineros de las caricaturas de los sábados por la mañana.

“¡Jajaja! Perfecto, no esperaba menos de ti. De hecho, había estado queriendo probar tu fuerza desde que escuché las historias de tus hazañas.”

“¿Hazañas?” -pregunté alzando una ceja, visiblemente confundido-.

No recordaba haber hecho nada “épico” en Thalassia, al menos no de forma intencional.

Por suerte, Aqueloo se encargó de aclarar el malentendido:

“Sí, Hades, los dioses marinos cantan canciones sobre tus grandes actos.”

Mis cejas se arquearon con mayor curiosidad.

“¿Qué grandes actos, si se me permite preguntar?”

“Bueno, las ninfas cuentan que lograste solidificar el mar y luego hacerlo arder como el mismísimo Inframundo.”

Lo miré con una mezcla de asombro e incredulidad.

“¿Qué…?”

Luego recordé.

“Ah… no, espera. Deben estar hablando de aquella vez que practiqué mis liberaciones elementales de chakra de hielo y lava.”

Ese día había estado alternando sin descanso entre el Hyōton y el Yōton, hasta que Gaia misma intervino porque, según ella, estaba “alterando el equilibrio del ecosistema”. Lo que para mí fue un simple experimento, al parecer para los demás fue una escena apocalíptica digna de canción.

Sí, definitivamente se referían a eso.

“También se cuenta que, en otra ocasión, dominaste a una bestia gigante y la usaste como montura.” continuó Aqueloo, visiblemente impresionado.

Parpadeé.

¿Bestia? ¿Montura?

“Eso no era una bestia…” murmuré para mí. “Era mi maestra Katsuyu.”

Recordé la escena con un leve escalofrío.

Aquel día estaba practicando el jutsu de invocación y, por accidente, terminé trayendo el cuerpo completo de la maestra, Ho al menos una buena parte de él: una criatura de más de quinientos metros. Me vi de pie sobre su cabeza, mientras ella me miraba con sus largos ojos, visiblemente desconcertada.

Por suerte estábamos en una zona remota, en la parte trasera de Creta, donde nadie debería habernos visto… o eso creí.

Parece que alguien sí lo hizo, y ahora lo cantan como si hubiese montado al mismísimo Leviatán.

“También está la fábula que habla de cómo le devolviste el color a toda Creta, haciendo crecer un bosque entero.”

“Bueno, esa… sí pasó.”

Asentí con resignación.

Aunque, claro, la historia convenientemente omite por qué tuve que hacerlo.

Resulta que el bosque que tanto celebran fue una compensación obligada por Gaia, ya que el motivo original fue que, durante un pequeño… incidente con Susanoo, arrasé varios kilómetros de árboles en Creta.

Y la Primordial me advirtió muy claramente: ‘o lo repones, o no te vas de aquí este día’

Y yo realmente quería volver a mi cueva.

“Y mi favorito,” continuó Aqueloo con una sonrisa de oreja a oreja, “la vez en que cargaste el mundo entero sobre tus hombros.”

“¿Ah?”

Lo miré, completamente desconcertado.

“¿Y cuándo se supone que hice eso que ni siquiera me enteré?”

Aqueloo me observó como si relatara una leyenda mística.

“Dicen que levantaste una isla entera con tus propias manos y la sostuviste durante horas, para que el mundo no colapsara.”

“…”

Pensé por un momento, hasta que una idea me cruzó la mente.

“No se referirá a la vez que arranqué la isla de Chrissi de sus cimientos…”

Aqueloo asintió con entusiasmo.

“¡Exactamente! Ese es el relato más cantado.”

Me quedé en silencio unos segundos.

“¿la vez en que arranqué la isla de Chrissi de sus cimientos y la moví al lado de Creta… porque no quería caminar mucho para entrenar?”

Aqueloo me miró con expresión dudosa.

“¿Tú… moviste una isla porque no querías caminar?”

“Bueno, si, pero en mi defensa… fue un día muy caluroso.”

Sus ojos se abrieron incrédulos.

Yo solo me llevé la mano a la cara mientras soltaba una risa resignada.

“Los griegos realmente tienen un talento especial para exagerar, ¿eh?” murmuré para mí, mientras me rascaba la cabeza.

Si van a contar algo, háganlo bien. Y si no saben el contexto, ¡pues pregunten! No tienen que inventarse epopeyas cada vez que alguien levanta una piedra…

Pues sabe qué, que hablen lo que quieran.

Al menos así tendré buena fama entre dioses y mortales en el futuro -no como Zeus, que además de ser famoso por ser un dios embustero y manipulador carga con una lista interminable de… bueno, ya saben cuál es esa lista.

Tener cierto prestigio en el mundo sobrenatural viene bien.

Dime tú: ¿quién se atreve a meterse con el tipo al que le atribuyen «levantar islas con un hombro»? Nadie quiere arriesgarse a ofender a un tipo que, según las canciones, puede cargar el mundo en la espalda.

La verdad es que mi fuerza real no llega necesariamente a ese nivel mitificado. La razón por la que pude «levantar» esa isla fue técnica y poco poética: usé la liberación de polvo para alterar la densidad del terreno y la hice manejable. Pero ¿quién necesita contarlo? El rumor suena mejor: «Hades, el que mueve islas por diversión».

Es lo mismo que con Shiva: fuera de sus encarnaciones la gente apenas lo ha visto pelear de verdad, pero todos le temen porque la imaginación colectiva ya rellenó los huecos con horribles posibilidades. A veces la leyenda derrota a la realidad por sí sola.

Y si me paro a pensar, no es una gran mentira: podría, si quisiera, arrasar con un continente entero. Al principio no entendía por qué el sistema me valoraba así, pero recordé que poseo varias habilidades de un calibre que harían palidecer a cualquier fanático del manga.

Toma el Rinnegan, por ejemplo. Muchos se imaginan que es solo un ojo místico bonito, pero basta con torcer la gravedad a tu antojo para hacer cosas terribles. No necesito un súper Chibaku Tensei: pudiera crear múltiples núcleos gravitatorios -pequeños shinseis- y devastar la superficie de un planeta entero.

O Gungnir; sí esa pequeña pero poderosa lanzada dorada que puede canalizar poder cósmico, y, ¿Qué es el poder cósmico?, ha, nada impresionante, solo una energía que se considera un subproducto de la energía cósmica… la misma que utilizan los malditos celestiales y otras entidades poderosas en la cosmología del universo de Marvel.

Si dejara caer todo el peso de Gungnir sobre el suelo, la lanza canalizando tal poder, atravesaría la corteza, el manto y el núcleo del planeta como si fueran papel.

Y eso sin contar que mi versión actual de Gungnir está limitada: no tengo el enlace completo con Asgard, ignoro las runas más profundas aquí es otra de las cuentas de su poder y carezco de la Odin Force. ¿Te imaginas lo que haría en plena forma? Probablemente pulverizaría mundos sientas a veces más grandes que la tierra con más facilidad de la que uno se quita las sandalias.

Sí, hablo de armas y artefactos cuyo poder viene casi de la cosmología misma. Y aun así, esto es sólo la punta del iceberg de lo que puedo usar si realmente me lo propongo.

Pero está la gracia del asunto: mucho del miedo reverente que genera un nombre proviene de lo que otros imaginan sobre ti. Prefiero que piensen que soy capaz de lo imposible. Les basta con creerlo para que me respeten antes de cruzarse en mi camino. Y en ese sentido, la fama -aunque inflada- tiene su utilidad estratégica.

Al final, yo me encargo de las verdades incómodas en privado; en público, dejo que las canciones hagan la mitad del trabajo.

“Bueno entonces empezemos con esto”

Dije ya habiendo tomado mi posición, adoptando una postura marcial defensiva de Muay Thai.

—

En medio de la gran arena cuadrada, dos hombres de distintos tamaños se encontraban uno frente al otro.

El ambiente era tenso, aunque no por una presencia abrumadora, sino por la incertidumbre que invadía a uno de los combatientes.

El dios del río Aquelloo, con una espada en su mano derecha, no pudo evitar tensar los músculos ante la vista de su oponente.

Frente a él estaba Hades, el mismo hombre que minutos antes había mostrado una actitud relajada y algo descuidada. Sin embargo, ahora parecía una fortaleza impenetrable.

A simple vista, su postura se veía llena de defectos, como si fuera una presa fácil de atacar, pero los instintos de Aqueloo le gritaban que no era tan sencillo.

La mirada de Hades parecía distraída, perdida en el horizonte, y su cuerpo se aflojaba por momentos como si fuera un novato en combate. Además, el hecho de estar desarmado lo hacía parecer vulnerable… pero justo por eso desconfiaba. Aquello no era natural; parecía más bien una trampa, algo que hacía deliberadamente.

Entonces, la duda lo asaltó: ¿debía dar el primer paso?

Pasaron los segundos, pesados, silenciosos. Ninguno de los dos se movía: uno esperaba con férreo estoicismo, el otro evaluaba con inseguridad cuál debía ser su siguiente acción.

Finalmente, Aqueloo inhaló profundamente y decidió atacar.

Apretó la empuñadura de su espada con fuerza y se lanzó hacia adelante. Con una velocidad que escapaba a la vista de un mortal, acortó la distancia en menos de dos segundos y descargó un tajo descendente que hizo vibrar el aire.

¡GOLPE!

El sonido seco de carne contra metal resonó cuando el puño de Hades se movió tan rápido como el ataque. El golpe impactó en el lateral de la hoja, desviándola con un chasquido.

La espada chocó contra el suelo de piedra, dejando un profundo corte horizontal que lanzó fragmentos de mármol y granito por los aires.

¡KRASH!

Aqueloo abrió los ojos de par en par. El suelo se fracturó bajo sus pies y una línea cortante se extendió a lo largo de la arena. No podía creerlo.

Esperaba que Hades esquivara el golpe o usara sus sombras para bloquearlo, pero jamás pensó que se atrevería a interceptarlo directamente con el puño desnudo.

Él sabía bien que su espada no era un arma común. Era acero bendecido por una divinidad artesana; quizás no al nivel de un artefacto divino, pero suficiente para herir gravemente a un dios.

Mientras Aqueloo permanecía paralizado por la sorpresa, Hades se movió.

En lo que pareció un parpadeo, acortó la distancia que los separaba y levantó el antebrazo.

Para cuando Aqueloo reaccionó, Hades ya estaba frente a su plexo solar, lanzando un poderoso codazo que se hundió en su abdomen.

¡UGH!

El cuerpo de Aqueloo se contrajo, el aire escapó de sus pulmones y fue lanzado hacia atrás como un proyectil.

Atravesó la arena a una velocidad sobrehumana hasta estrellarse contra la pared del estadio, abriendo un enorme agujero.

¡BOOOM!

El estruendo sacudió el coliseo. Nadie dijo una palabra.

En las gradas, Zeus, que esperaba un combate equilibrado, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Apenas había podido distinguir un borrón cuando Hades se movió.

Y si él, que se consideraba el más veloz entre sus hermanos, no había podido seguirlo… entonces, ¿qué clase de velocidad era esa?

Anfitrite abrió los ojos con incredulidad, llevándose las manos a la boca al ver el agujero en el muro.

Metis, por su parte, estaba en silencio, tratando de analizar lo ocurrido. Ella, dotada de una sensibilidad natural hacia la energía mágica, no podía comprender cómo Hades había ejecutado un movimiento tan preciso y rápido sin usar ni una pizca de poder divino, ni siquiera energía vital.

Incluso Océano, que observaba desde su palacio a través de su poder, se mostró sorprendido.

No solo por la habilidad de combate de su sobrino, sino por la facilidad con que había reaccionado. Su ceño se frunció y sus ojos azules se tornaron fríos como lagos congelados. En su mente se preguntaba si él mismo sería capaz de detener un ataque así a tan corta distancia.

-Se excedió -comentó Poseidón con voz seca.

Sus ojos se desviaron hacia el cuerpo maltrecho de Aqueloo. Él mismo había experimentado aquella fuerza descomunal durante sus entrenamientos con Hades, y sabía que no era algo con lo que se pudiera jugar.

Era un lunático de la lucha.

Hestia, que observaba en silencio, murmuró con calma: “Ya me lo esperaba”

La mayoría de los dioses seguía en shock, pero ella no. Conocía bien a su hermano.

“Hay que admitirlo” -dijo con una sonrisa traviesa, “ese pequeño dios tuvo agallas para aceptar el reto. Incluso yo lo pensaría dos veces antes de enfrentar a Hades. ¡Y terminó aplastado así!”

Imitó con el brazo el movimiento del codazo, como si jugara a recrearlo. A diferencia de los demás, ella sí había podido seguir la secuencia completa.

“¿Crees que se levante?” preguntó Poseidón.

Hestia se encogió de hombros.

“No lo sé… aunque por su bien, sería mejor que no. Ese tal Aqueloo intentó enfrentarlo cuerpo a cuerpo, lo que demuestra que no tiene ni idea de cómo pelea nuestro hermano.”

Su sonrisa se ensanchó con cierto brillo infantil.

“Pero admito que me da curiosidad ver hasta dónde puede llegar. Después de todo, siempre es divertido ver una paliza ajena.”

Poseidón la miro con una mirada muerta, <>

Luego hablo con un dejó de sarcasmo “no te preocupaba que su pelea destruyera el estadio y afectará la ciudad?”

Hestia no se inmuto, por el contrario sonrió con desgana, “¿que importa eso ahora?, ya es tarde para detenerlo, además…” Hestia señaló hacia arriba.

Poseidón frunció el ceño y levantó la cabeza.

Entonces comprendió, en el cielo por encima del estadio se podía ver una barrera de energía transparente, la cual cubría el recinto como una cúpula.

“entonces, por eso creo que no importa lo que hagan aquí, estarán bien, así que, ¿Por qué no disfrutar?”

Mientras tanto, no muy lejos de ellos, Scamandro y Alfeo se removían incómodos en sus asientos, sin saber cómo reaccionar ante la conversación animada de los dos dioses… que hablaban con total naturalidad sobre cuántas formas podía Hades destrozar a su hermano.

Un profundo silencio reinó sobre la arena llamando la atención de todos. Solo el eco del impacto y el polvo suspendido en el aire recordaban que, unos instantes atrás, había ocurrido un golpe devastador.

Por un momento, todos creyeron que el combate había terminado.

Las grietas del muro todavía humeaban, y trozos de piedra seguían cayendo de los bordes del agujero como lágrimas de un coloso herido. Pero entonces, un leve temblor sacudió el suelo… luego otro… y otro más fuerte.

Metis entrecerró los ojos.

“Viene algo” murmuró con tono grave.

Un rugido ensordecedor estalló desde los escombros.

¡BOOOOM!

Una onda expansiva de energía divina explotó con furia, levantando una columna de polvo y fragmentos de roca que se dispersaron como una tormenta. El aire se volvió pesado, casi líquido, y las llamas azules de las antorchas del coliseo se inclinaron violentamente ante la presión.

Del interior de la nube emergió Aqueloo, envuelto en un aura azul intensa que vibraba con la fuerza del agua en ebullición.

Sus ojos, antes serenos, ahora brillaban con un fulgor salvaje, y su piel emanaba un vapor denso que olía a mar y sal. Pero eso no era todo: su cuerpo, ya enorme, creció hasta alcanzar los tres metros de altura. Su torso se ensanchó, cubriéndose con una gruesa piel de toro; sus brazos, antes humanos, se transformaron en robustos miembros de oso terminados en garras de águila, cubiertos por una capa de pelaje oscuro. Sus piernas se tornaron escamosas, con la dureza y forma de las de un reptil, y sobre su cabeza brotaron dos grandes cuernos de toro, imponentes y curvados hacia adelante.

<> pensó Hades, con una sonrisa apenas perceptible. Ahora sí, Aqueloo se parecía mucho más a su contraparte del mito griego.

Al parecer, el dios del río había despertado su poder divino.

[Estado]

{Nombre: Aqueloo / Forma divina}

{Nivel de Potencia: 14.980 → 19.474}

{Estado: emocionado – berserker}

Hades sonrió. Ahora sí que esto empezaba a parecer una pelea.

La voz de Aqueloo retumbó como un torrente entre las montañas:

“¡No creas que me derrotarás tan fácilmente, Hades!”

El suelo bajo sus pies se agrietó, inundándose de pequeñas corrientes líquidas que brotaban directamente desde su cuerpo. En cuestión de segundos, la arena comenzó a humedecerse, y un manto de agua se extendió bajo ellos como una alfombra viva.

Hades, que se mantenía en el centro de la arena con las manos en los bolsillos, levantó apenas una ceja.

“Vaya, parece que todavía te queda algo de energía” dijo con una calma casi burlona, una ligera sonrisa curvando sus labios.

“No me subestimes” gruñó Aqueloo, dando un paso adelante. El suelo se quebró bajo su peso, y un rugido acuático llenó el aire. “Te mostraré el poder del río que todo lo arrastra.”

<> pensó Hades, observando la mirada bestial de su contrincante.

Aqueloo se movió primero.

En un instante, su figura se desvaneció, reemplazada por una explosión de velocidad. El suelo se rompió bajo la fuerza de su impulso, dejando una estela de agua tras de sí.

¡SHAAA!

El primer golpe vino desde un ángulo bajo, con una fuerza tan brutal que el aire silbó como una cuchilla. Hades bloqueó las garras del dios con su antebrazo, pero el impacto lanzó una onda que partió el suelo en dos, creando una ráfaga de viento que barrió todo el escenario.

Aqueloo no se detuvo. Giró sobre sí mismo, lanzando una sucesión de zarpazos que brillaban con energía acuática. Cada golpe liberaba un chorro de agua a presión, cortando el aire con un rugido ensordecedor.

¡ZAA! ¡ZAA! ¡ZAA!

Hades retrocedió un paso, luego otro, esquivando con precisión inhumana, cada movimiento medido, relajado, casi perezoso. Utilizaba sus sentidos aumentados junto con una versión personalizada de la técnica del parpadeo corporal, una que no requería chakra.

Sin embargo, cada vez que las garras de Aqueloo rozaban el suelo, quedaban grabadas líneas profundas, y las ondas expansivas se extendían por toda la arena como latidos de una bestia gigante.

Desde las gradas, los dioses se cubrían el rostro ante el viento y el vapor.

En el palacio principal de Thalassia, Océano observaba la pelea con total concentración.

“Impresionante… como se esperaba de mi hijo” murmuró con un dejo de orgullo.

Mientras tanto, en las gradas, los demás dioses comentaban la escena.

“Está manipulando el flujo del agua dentro de su propio cuerpo para aumentar su velocidad y fuerza,” observó Poseidón con precisión. Como dios de los mares, comprendía a la perfección lo que su pariente estaba haciendo.

“Sí… pero eso también desgasta su divinidad,” respondió Metis, frunciendo el ceño al notar que Aqueloo había entrado en su forma divina. “Si no logra golpearlo pronto y continúa usando esa forma, se consumirá a sí mismo.”

Abajo, Aqueloo rugió y saltó hacia el cielo, impulsado por torrentes de agua bajo sus pies.

Desde las alturas, descendió con toda su fuerza, concentrando energía divina en su puño.

“¡Corriente Divina del Aqueloo!”

Hades arqueó una ceja, algo divertido. <>

El golpe descendente partió el aire en dos, una corriente de agua girando en espiral alrededor de su brazo.

El impacto fue apocalíptico.

¡BAAAM!

Una columna de agua y energía se elevó hasta el cielo, golpeando la barrera protectora del coliseo con tanta fuerza que los dioses presentes se pusieron de pie.

Cuando el vapor comenzó a disiparse, Aqueloo respiraba con dificultad, su brazo aún humeante, mirando con fiereza hacia el centro del cráter que acababa de crear.

Pero su expresión se congeló.

Allí estaba Hades, de pie en medio del impacto, su ropa se encontraba bastante quemada y rasgada por el vapor, con ambas manos alzadas frente a su rostro. Su mirada centrada, completamente tranquila, contrastaba con el caos que lo rodeaba.

“Buen intento” dijo con una sonrisa apenas perceptible. “Pero tu ataque sigue siendo demasiado ligero para mí.”

Aqueloo apretó los dientes, jadeando, su cuerpo temblando por el esfuerzo. A pesar de ser un dios experimentado en combate, su forma divina ejercía una presión descomunal sobre su cuerpo. Podía sentir cómo sus reservas de energía divina se drenaban a un ritmo alarmante.

“¿Ligero… dices?” repitió con frustración apenas contenida. “¡Entonces deja que la corriente te arrastre por completo!”

El aura azul que lo rodeaba se intensificó hasta el punto de distorsionar la luz. El agua bajo sus pies se elevó en espirales, y la humedad del ambiente se condensó en miles de gotas flotantes.

El dios del río se inclinó hacia adelante, su espada -ahora completamente envuelta en un brillo líquido y puro- relucía como si el mismo océano se hubiese condensado en ella.

“¡No me subestimes, Hades!”

El aire vibró, la presión aumentó… y el suelo entero comenzó a temblar.

Desde las gradas, Hestia entrecerró los ojos y murmuró con media sonrisa:

“Ahora sí… esto se va a poner interesante.”

“Concuerdo contigo,” respondió Poseidón, mientras contemplaba el desastre que antes era el estadio. Con uno de sus brazos sujetó suavemente la cintura de Anfitrite para evitar que cayera por los temblores, mientras ella se aferraba a su torso.

Poseidón, por su parte, definitivamente la estaba pasando de maravilla.

Devuelta en la arena.

El suelo todavía vibraba por el último ataque de Aqueloo. La humedad era tan densa que cada respiración sabía a hierro y sal. El aire chispeaba con energía divina; incluso los dioses más jóvenes en las gradas sentían el peso de la presión que ambos contendientes liberaban.

Aqueloo jadeaba con los músculos tensos, sus venas brillaban con luz azulada, y su mirada estaba fija en Hades, que seguía completamente sereno.

El Dios del Inframundo se limitó a sacudir el polvo de su hombro, con una leve sonrisa.

“Admito que me has sorprendido,” dijo con tono relajado, girando el cuello como si acabara de desperezarse. “Tu fuerza es impresionante, pero…”

Su mirada se volvió sería, casi cortante.

“…me temo que estás que todavía no es suficiente como para hacerme frente.”

La tensión cambió de bando.

No fue una explosión de energía, ni un aura visible.

Fue algo más profundo.

El aire pareció detenerse, y el suelo bajo los pies de Hades comenzó a hundirse lentamente… solo por la presión de su presencia.

No había poder divino en ello, solo una densidad física y espiritual tan aplastante que los dioses en las gradas contuvieron la respiración.

Hades había liberado la presión física de su cuerpo, el resultado de experimentar con el poder del taijutsu, le permite manifestar su poder físico sin la necesidad de combinarlo con su energía mental.

Iniciando el sistema estipulaba que no se le permitía utilizar chakra, pero el podersin refinar latente en sus células no cuenta como Chakra, por lo que técnicamente no está utilizando Chakra.

Sistema […=⁠_⁠=]

Aqueloo frunció el ceño.

“¿Qué… es esto? No siento divinidad en ti, pero mi cuerpo… apenas puede moverse…”

Hades sonrió de medio lado.

“Esto no es divinidad,” -dijo con calma- “es solo… fuerza.”

El dios del río gruñó y tensó los músculos, liberando una ráfaga de agua que estalló bajo sus pies. El vapor lo envolvió por completo, y luego desapareció en un destello azul.

“¡RAAAH!”

Aqueloo apareció frente a Hades, su brazo transformado en un torrente líquido que buscó partirlo en dos.

¡CRAAASH!

El golpe impactó directo en el rostro de Hades.

O al menos, eso parecía.

Un segundo después, Aqueloo comprendió que su brazo se había detenido.

Hades lo había atrapado con una sola mano.

“¿Eso fue todo?” preguntó, levantando una ceja con fastidio. “Esperaba más del dios del río más grande.”

“¡No me subestimes!” -rugió Aqueloo, forzando su brazo para liberarse. El agua se arremolinó a su alrededor, aumentando la presión-. “¡Corriente del Abismo Marino!”

El impacto del siguiente golpe fue tan violento que la arena se partió, levantando una muralla de vapor.

Sin embargo, cuando el humo se disipó, Hades seguía inmóvil, sujetando el puño de su oponente, apenas moviéndose de su lugar.

“Buen intento,” dijo con una sonrisa cansada. “Ahora me toca a mí.”

Aqueloo apenas pudo reaccionar.

Hades giró su torso con un movimiento perfecto y lo golpeó con la palma de la mano.

<>

El impacto pareció simple… pero el resultado fue devastador.

El cuerpo del dios del río fue lanzado a través del coliseo, atravesando pilares de piedra como si fueran papel, hasta chocar contra el muro exterior con una explosión sorda.

Los dioses espectadores se quedaron en silencio.

“Qué presión tan espantosa…” -susurró Hestia, cubriéndose los labios para evitar mostrar una sonrisa al ver el estado de Aqueloo.

Poseidón la observó de reojo y murmuró con seriedad-: “Eso no fue energía divina. Ni un ápice. Solo… pura fuerza bruta.”

En los escombros, Aqueloo emergió tosiendo vapor, con su cuerpo temblando.

El agua en su interior se agitaba para regenerarlo, pero sus brazos dolían, y el aire le pesaba como plomo.

“Así que… ese es tu verdadero poder,” dijo entre jadeos, mostrando una sonrisa desafiante. “Perfecto, esto se pone interesante.”

“¿De verdad?” -Hades alzó una ceja y se truena los puños con calma-. “Porque para mí, recién estoy calentando.”

Aqueloo rugió y se lanzó de nuevo.

La arena se fracturó bajo sus pasos, el vapor lo envolvió, y su cuerpo se volvió una corriente azul en movimiento.

Apareció frente a Hades y lanzó un combo de golpes con una velocidad cegadora.

¡ZAA! ¡ZAA! ¡ZAA!

Los impactos resonaron como truenos, el suelo se hundía, el aire se rompía, pero Hades bloqueó cada golpe con una facilidad insultante, moviéndose apenas unos milímetros, sin esfuerzo.

“Demasiado lento~” murmuró burlonamente.

De pronto, su pie se movió.

Un simple paso hacia adelante, seguido de un gancho ascendente al abdomen de Aqueloo.

El golpe lo levantó del suelo, cortando su respiración en seco, y antes de que su cuerpo cayera, Hades ya estaba sobre él.

Un segundo golpe descendió con un estruendo que partió la tierra.

El cuerpo del dios del río fue incrustado contra el suelo con tal violencia que el impacto levantó una nube de polvo que cubrió la arena entera.

Cuando la visión se despejó, Hades seguía en pie, sin rastro de sudor, mientras Aqueloo yacía parcialmente hundido, jadeando, con la mirada perdida pero aún desafiante.

“Vamos,” -dijo Hades, con un tono casi divertido- “todavía puedes ponerte de pie. No me digas que ya se acabó.”

Aqueloo soltó una carcajada ronca, escupiendo agua y sangre.

“Je… no subestimes… al río más antiguo de Grecia…”

El agua empezó a fluir de nuevo desde su cuerpo, elevándose en espirales.

Y aunque sus músculos estaban desgarrados y su respiración temblaba, su mirada seguía firme.

“Eso me gusta,” dijo Hades con una sonrisa más amplia. “Al menos tienes espíritu.”

Ambos se lanzaron otra vez, el uno con la ferocidad de una corriente desbordada, el otro con la calma implacable de una montaña inamovible.

El choque fue tan brutal que el cielo pareció rugir con ellos.

¡BOOOOOOOM!

.

.

.

.

.

Un tiempo después.

POV Hades

El estadio estaba completamente en ruinas, tan destruido que incluso las ruinas parecían haber sido reducidas a polvo. Lo que antes eran majestuosos pilares de mármol y márgenes de agua cristalina, ahora no eran más que una mezcla de lodo, escombros y vapores calientes que se levantaban del suelo como un mal presagio.

Me encontraba de pie al borde de un enorme cráter que todavía humeaba. El olor a sulfuro era tan fuerte que incluso mi cuerpo divino lo notaba, una mezcla entre hierro fundido y piedra recién partida. En el fondo, unos cinco metros más abajo, yacía el cuerpo inerte de Aqueloo.

Por suerte, todavía respiraba.

Suspiré con alivio y una pizca de fastidio. Debía admitirlo: ese dios era testarudo. Pese a estar en una clara desventaja, nunca dejó de levantarse. Se arrastró hasta sus límites, forzando su cuerpo y divinidad solo por seguir luchando contra mí. Admirable, aunque completamente inútil.

Era obvio que el resultado estaba decidido desde el principio. Entre mi cuerpo de titán -que me otorga una fuerza física abrumadora y una densidad que haría llorar al mismísimo Hefesto-, mi dominio en combate, y mi afinidad con el agua, que prácticamente me vuelve inmune a cualquier ataque líquido… era evidente quién sería el ganador.

Pero aún así… no podía evitar respetarlo un poco. No muchos tienen el valor (o la estupidez) de enfrentarse a mí sabiendo que su derrota es casi segura.

Aunque eso sí, había algo que me carcomía la cabeza.

“¿Cómo demonios este tipo perdió tan humillantemente contra Heracles en los mitos?” me pregunté, frunciendo el ceño. “Por lo que vi, debería haber sido más que capaz de darle pelea, o al menos hacerle sudar un poco.”

Me crucé de brazos. “A menos que sea otro de esos casos en los que papá Zeus mete la mano en el asunto… ya sabes, para el progreso de la historia. Luego el ganador cuenta la versión que más le conviene y el perdedor termina siendo retratado como un inútil.”

Bufé y pateé un pedazo de roca que rodó hasta el fondo del cráter.

Aunque había otra duda más importante que me atormentaba: “¿A dónde demonios van las partes animales cuando estos dioses vuelven a su forma normal?”

En serio, lo de Aqueloo era confuso. Sus cuernos desaparecieron como si nunca hubieran existido.

Yo, por otro lado, no tengo tanta suerte. Si quiero ocultar los míos, tengo que usar glifos de invisibilidad o ilusiones complejas. Y cortarlos… ni hablar. Es doloroso, molesto y, para colmo, inútil.

“Malditos nervios mágicos,” mascullé, tocándome uno de los cuernos. “Encima amplifican mi percepción mística. Si me arranco uno, seguro me vuelve a crecer.”

Sacudí la cabeza. “Bah, ya pensaré en eso después.”

Me concentré y abrí el panel de mi sistema.

“<>”

[Anfitrión, el dios Aqueloo cayó desmayado antes de que se proclamara su victoria. Como no hubo árbitro que declarara el resultado, el sistema no puede contar la victoria hasta que una de las dos partes se rinda.]

Mis ojos se abrieron de par en par. “¡¿Qué?! ¿Eso significa que perdí mis cupones?”

[Negativo. La misión sigue vigente. Solo necesita que Aqueloo admita verbalmente su derrota.]

“Ah, bueno… menos mal.” Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo y bajé al fondo del cráter, pisando el lodo caliente que burbujeaba bajo mis pies.

El cuerpo de Aqueloo flotaba parcialmente sobre un charco de agua hirviendo que soltaba un vapor espeso. Lo arrastré con cuidado hasta la orilla y lo recosté en el suelo.

Chasqueé los dedos. “Hey, hombre, ¿estás ahí?”

Silencio.

Nada. Ni un murmullo.

Fruncí el ceño. Entonces, hice lo único que se me ocurrió.

‘¡Bofetada!’

“¡Despierta, Aqueloo!”

Su cabeza se giró con el golpe, pero siguió inconsciente.

“Hmmm… eso no está bien,” murmuré, apoyando la mano en la barbilla con gesto pensativo. “Bueno, el método científico dice que hay que repetir el experimento hasta obtener resultados.”

Y así lo hice.

‘¡Bofetada! ¡Bofetada! ¡Bofetada! ¡Bofetada!’

‘¡Bofetada! ¡Bofetada! ¡Bofetada! ¡Bofetada!’

Tan concentrado estaba en mi noble misión médica que no noté los pasos que se acercaban hasta que una voz familiar gritó:

“¡Hermano!”

‘¡Bofetada!’

“¡Hades, qué estás haciendo!”

‘¡Bofetada! ¡Bofetada!’

“¡Detente! ¿Qué le haces a Aqueloo?”

“¿Acaso lo maté?” pregunté, mirando el panel del sistema. “No, sigue vivo… entonces, ¿por qué no se levanta? En las novelas chinas, los personajes siempre despiertan después de un par de bofetadas.”

‘¡Bofetada! ¡Bofetada!’

Hestia se apresuró hacia mí, me sujetó la mano y me miró con una mezcla de horror y exasperación. “¡¿Qué haces, no ves que está inconsciente?!”

“Pues por eso lo estoy abofeteando,” respondí con total seriedad. “Todo el mundo sabe que la mejor forma de levantar a alguien inconsciente es con una buena bofetada.”

Hestia parpadeó, completamente confundida. “¿En serio?”

Se giró hacia los demás buscando apoyo, pero nadie se atrevió a contradecirme. Scamander y Alfeo sonreían rígidamente, temerosos de que, si decían algo, probarían mi método en carne propia.

Anfitrite, por su parte, parecía horrorizada por el estado de su hermano.

Metis me observaba fijamente, más interesada en analizarme que en preocuparse por Aqueloo.

Y Poseidón simplemente puso los ojos en blanco. “Hades, deja de decir tonterías y suelta al tipo antes de que le rompas la cara.”

‘Tos… tos… tos…’

Todos giramos al mismo tiempo. Aqueloo al fin abría los ojos, con la mirada perdida y el cuerpo tembloroso.

Me acerqué rápidamente y lo ayudé a incorporarse. “¡Oye, Aqueloo, estás bien!” -dije dándole unas palmadas en la espalda- “Vamos, hombre, di algo.”

Aqueloo parpadeó confundido. “He… ¿qué-qué pasó?”

“Parece que estás bien. Ahora dime… ¿te rindes?”

“¿Qu-hee?” murmuró, todavía aturdido.

“No importa, amigo, solo di que te rindes.”

“¿Me… rindo?”

[Ding ~]

[Felicidades, anfitrión, por completar la misión: Victoria limpia]

[Condiciones: Derrota al dios Aqueloo en combate uno a uno sin utilizar poder divino, magia ni ninjutsu.]

[Recompensas entregadas:

+10 puntos de atributo

4 cupones de bronce

2 cupones de plata]

“¡Genial!” exclamé, alzando los brazos y saltando de alegría. Tan emocionado estaba que no noté cómo Aqueloo, tambaleándose, volvió a caer de espaldas contra el suelo con un gruñido de dolor.

“Bueno, fue un buen entrenamiento, pero tengo cosas que hacer. ¡Chaito!”

Y sin más, utilizando mi técnica de parpadeo corporal, desaparecí en un borrón negro.

El grupo quedó en silencio. Nadie dijo nada durante unos segundos.

Finalmente, Zeus fue el primero en hablar, con el ceño fruncido. “¿Qué acabamos de ver?”

Poseidón suspiró. “A nuestro hermano… siendo él mismo.”

.

.

.

Final del capítulo.

Ese capítulo tiene 20,732 palabras.

Muchas gracias por leer, deja tu comentario y dale a la estrellita

Disculpen por la tardanza.

✦ Estado actual del protagonista ✦

[Estado]

{Nombre: Hades}

{raza: Dios griego/ Aithyropoioi- Titán primigenio/Colossus Sapien Arcana }

{Dios del Inframundo – Dios del Agua- Titan}

{Nivel de potencia: 57.401}

{STR: 2.692}

{DES: 2.014}

{VIT: 9.014}

{MAG: 53.960}

{CHA: 45}

{KRA: 140.150}

Puntos: 113

Por si les interesa.

[Tiempo de Descarga]

{Ashborn, Monarca de las Sombras – Solo Leveling}: 13 años – 3 meses – 16 días – 13 horas – 23 minutos.

Cupón común X 43

Cupón de bronce X 27

Cupón plateado X 12

Cupón dorado X 1

Cupón divino X 0

.

.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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