Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 43
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Capítulo 43: 35. Part.2
—
Eran reales.
¡Eran jodidamente reales!
Alguna vez en el pasado había soñado con ellos.
Con tocarlos, con montarlos, incluso me veía a mí mismo jugando con ellos como si fuera lo más normal del mundo.
(¿Y el porqué?)
Vamos… ¿quién no se ha imaginado alguna vez montando un dinosaurio en sus sueños?
Siempre me había dicho a mí mismo que sería genial conocer a alguno, pero ahora…
Ahora me sentía como un niño en noche buena al que Santa Claus finalmente le había traído esa bicicleta que tanto quería.
Esa era la única comparación posible.
Porque, seamos honestos, no todos los días te encuentras con una isla perdida en medio de la nada repleta de dinosaurios.
Era una situación jodidamente irreal.
Sobre todo porque, técnicamente hablando, los dinosaurios deberían haberse extinguido hacía cientos de miles de años según la ciencia.
Pero bueno…
¿Quién carajos respeta la cronología en un mundo basado en un animé, donde la mayoría de las leyes de la física y la lógica común suelen tomarse vacaciones permanentes?
Así que solo podía pensar una cosa:
(¿Qué más da?)
¡A disfrutar!
“¡Wooohoo!”
Doy una voltereta en el aire antes de caer de pie sobre el suelo lodoso, sin importarme en lo más mínimo que ahora mis zapatos estén cubiertos de barro.
O que una enorme bestia prehistórica, claramente enfurecida, esté desquiciándose a solo unos metros de mí.
Y no puedo evitar que una sonrisa enorme se dibuje en mi rostro cuando el mensaje del sistema aparece frente a mis ojos.
[Misión finalizada: Ruedo jurásico estilo texano]
[Requisitos de misión: Cabalgar a un dinosaurio carnívoro como si fuera un toro de rodeo durante un mínimo de 15 minutos. No se permite aferrarse con las manos]
[Recompensas entregadas: Cupón plateado x1 | Puntos de atributo x5]
“Jeje… eres increíble, sistema. De verdad disfruté esta misión.”
Lo decía con emoción genuina.
Porque siendo sincero, incluso sin una misión de por medio, muy probablemente habría intentado montar un dinosaurio de todas formas.
La única diferencia es que ahora me pagaban por hacerlo.
[… (●_●) …]
[… Corrección: el anfitrión no debería agradecer al sistema por las misiones. El sistema cumple un rol secundario como intermediario]
[El sistema no posee autorización para emitir misiones por voluntad propia. Su función es facilitar el acceso y la gestión de las mismas]
La voz monótona del sistema sonó como siempre, pero por alguna razón…
había algo distinto.
¿Era eso… reproche?
-…-
Una gota de sudor bajó lentamente por mi sien.
Solo había sido un halago casual, producto de la euforia del momento.
“Yo no me refería a ” Me detuve a mitad de la frase.
No valía la pena explicarlo.
El sistema era muchas cosas, pero entender lenguaje figurado claramente no estaba en su lista de virtudes.
“En fin… gracias por ser el intermediario, supongo.”
{¡Ding~!}
[Siempre es un placer servirle ahora y en el futuro, anfitrión (◠‿・)☆]
“…ok.”
Eso fue todo lo que pude decir.
“Jaaa~ a veces desearía que fueras más como un ser vivo, sistema. Ya sabes, como esos sistemas de los animes que parecen tener conciencia propia, o que ayudan activamente a su anfitrión en momentos críticos…”
“Algo así como un compañero de aventuras.”
“Pero bueno… soñar es gratis.”
Un leve escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta de que quizá había hablado de más.
[… El sistema analiza la solicitud implícita …]
[… Buscando soluciones …]
[Advertencia: Se ha detectado una opción de personalización avanzada no recomendada]
[Propuesta descartada automáticamente por violar protocolos éticos y de coherencia narrativa]
Parpadeé dos veces.
“…¿Co- Qué?”
“Sistema.”
“¿Qué demonios acabas de descartar?”
[No es relevante para el anfitrión. Se recomienda continuar con las actividades actuales]
“…Gracias.”
Lo dije con un sarcasmo cargado de alivio.
(Definitivamente… es mejor no saber.)
Sacudí la cabeza y miré de nuevo al dinosaurio, que seguía rugiendo furioso a la distancia.
Una sonrisa torcida volvió a aparecer en mi rostro.
“Ése tipo definitivamente me odia… pero bueno, ¿qué se le puede hacer? No es como si pudiera lograr algo solo con su enojo.”
‘¡Tump, tump, tump!’
“¿Hm?”
‘¡¡¡GROWWW!!!’
Ladeé la cabeza con interés al ver cómo la voluminosa y colosal figura del dinosaurio del cual todavía no estaba del todo seguro si era un T-Rex intentaba embestirme directamente.
Ante su frenesí irracional, hice lo único que me pareció racional en ese instante.
‘¡Bofetada!’
Un sonido seco y contundente resonó en el aire, seguido del estruendo de un objeto gigantesco impactando contra el suelo, haciendo temblar toda el área.
“Wroooooo~”
El dinosaurio, de casi cuatro pisos de altura, gimió de dolor cuando su mandíbula inferior se fracturó por el impacto.
Hacía apenas unos instantes, el animal había intentado tragarme por completo, aprovechando su abrumadora ventaja de tamaño.
Yo, por supuesto, no me quedé esperando a que sus fauces se cerraran alrededor de mi cuerpo y respondí con un golpe directo usando la palma de mi mano.
El golpe no llevaba magia, chakra ni refuerzo alguno.
Era, simple y llanamente, un golpe normal.
(Bueno… quizá no tan normal.)
Incluso sin potenciar mi cuerpo con energía, seguía siendo absurdamente fuerte gracias a mi linaje divino y a las mejoras físicas obtenidas por el linaje de Titán de las Islas Hirvientes.
El resultado fue que aquel lagarto gigante, de más de ocho toneladas, salió volando varios metros con la mandíbula completamente dislocada.
“Tsssss~… eso se ve doloroso.” No pude evitar hacer una mueca al observar el estado de su cabeza.
“Sin duda… eso no era lo que quería hacer.”
Originalmente, mi intención con ese golpe era darle un pequeño escarmiento para que se calmara.
Definitivamente no planeaba destrozarle el hocico de esa manera.
Una ligera vergüenza comenzó a apoderarse de mí.
Porque, si lo pensaba bien… quizás sí había una justificación bastante válida para el odio que ese dinosaurio me tenía.
Después de todo, ¿qué razones tendría para ser amistoso conmigo?
Literalmente aparecí de la nada, salté sobre su cuello como una garrapata gigante, me aferré a su piel con entusiasmo suicida y, para rematar, disparé múltiples veces al aire justo al lado de sus oídos.
…Bueno.
Definitivamente eso último debía ser la razón principal de su enojo.
Pero tampoco se me podía culpar del todo.
La misión del sistema decía claramente que debía montarlo como si fuera un toro de rodeo al estilo texano, y… ¿qué es más texano que disparar al aire mientras gritas como un estereotipo viviente?
“Jaaa~… bueno, supongo que esta sí es culpa mía.”
Suspiré con resignación.
“Mejor lo arreglo antes de que este tipo muera de un derrame.”
Decidí hacerme responsable.
Me acerqué a paso deliberadamente lento, levantando ambas manos en un gesto que intentaba ser tranquilizador mientras me dirigía hacia el enorme lagarto.
‘¡¡¡!!!’
Al notar mi acercamiento, el comportamiento del dinosaurio se volvió aún más errático.
Intentó ponerse de pie y huir, pero sus movimientos descoordinados y la grave herida en su mandíbula le impedían mantener el equilibrio, provocando que fallara una y otra vez.
La escena parecía sacada directamente de una comedia trágica.
No pude evitar suspirar.
(Da hasta pena…)
Aun así, continué acercándome.
Con sumo cuidado, coloqué mi mano sobre una de sus enormes patas y, aplicando una presión suave al menos desde mi punto de vista , empujé su cuerpo contra el suelo lodoso, inmovilizándolo.
Los ojos del dinosaurio se abrieron desmesuradamente, llenos de pánico.
Sus movimientos se volvieron aún más desesperados, como si intentara huir de un depredador natural.
Me quedé en blanco al verlo.
(¿Qué pasó con el voraz depredador de antes?)
Porque lo que tenía frente a mí ahora parecía más un cachorro aterrorizado que el rey de la cadena alimenticia.
“Hey, amigote, tranquilízate… no te voy a hacer nada.”
Mis palabras, destinadas a calmarlo, solo lograron empeorar las cosas, ya que el animal intensificó su lucha.
Aunque, incluso así, no logró moverse ni un centímetro.
“Bueno… no quería llegar a esto.”
Suspiré.
“Pero viendo que no deseas colaborar…”
En ese instante, el tiranosaurio que desde su nacimiento había aprendido que su especie era la cima absoluta de la cadena alimenticia vio cómo aquel aterrador mono calvo se transformaba en algo mucho peor.
Mi cuerpo fue envuelto al instante por una densa aura de chakra de color azul intenso.
Una presión abrumadora se liberó de mí y se dirigió directamente hacia el dinosaurio.
El efecto fue inmediato.
El enorme reptil quedó completamente paralizado, presa del miedo puro y primitivo.
Cada uno de sus instintos le gritaba lo mismo: (No te muevas… o morirás.)
Al ver la escena frente a mí, una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en mi rostro.
No una sonrisa heroica ni benevolente, sino esa que aparece cuando sabes que tienes la situación completamente bajo control.
Sin perder más tiempo, avancé hasta quedar frente al gigantesco reptil jurásico y me agaché con calma para examinar la mandíbula destrozada que colgaba de su cráneo como un peso muerto.
“Meej~ no está tan mal… ho bueno, quizás sí lo está” murmuré, ladeando la cabeza con gesto pensativo.
“El hueso cuadrado inferior fue completamente arrancado y el hueso articular reducido a simples astillas óseas… sin mencionar el daño colateral en nervios, vasos sanguíneos y cartílago. Pero no es nada que no pueda arreglar” añadí con absoluta seguridad en la voz.
Al posar mi mano sobre la superficie rugosa y aún tibia de la piel del dinosaurio, una avalancha de información se ordenó en mi mente. No fue una revelación mística ni una iluminación divina repentina. Tampoco una habilidad mágica en sí.
Era conocimiento.
Puro, duro y meticulosamente adquirido.
Gracias al contacto físico pude calcular con bastante precisión el alcance real del daño: la extensión de la fractura, la necrosis parcial de ciertos tejidos, la inflamación interna, la pérdida de irrigación sanguínea y el estrés extremo al que había sido sometido el sistema nervioso del animal.
Todo aquello era el resultado directo de haberme interesado recientemente en el estudio profundo de la biología de los seres vivos y la genética.
(Beneficios colaterales de ser un dios friki con demasiado tiempo libre).
¿La razón por la que empecé a estudiar temas académicos tan absurdamente complejos?
Había dos.
La primera, y la más obvia, era entender la nueva naturaleza de mi propio cuerpo. Porque después de haberme hibridado con la sangre del titán de las Islas Sirvientes, ya no podía considerarme un dios puro ni remotamente cercano a lo “normal”. Mi fisiología, mi energía y hasta mi alma se encontraban en un estado híbrido difícil de catalogar.
Y el sistema se encargaba de recordármelo cada vez que revisaba mi pantalla de estado.
La segunda razón…
¡¡¡¿Fue para entender cómo demonios algo como Glaukos puede existir?!!!
Y no, no exagero.
Los individuos de su especie son tan objetivamente feos que su biología debería ser considerada una imposibilidad clínica, un insulto directo a toda lógica evolutiva conocida.
O sea, sí, entiendo perfectamente que tengan una parte inferior del cuerpo bastante similar a la humana. Eso facilita enormemente la locomoción en tierra firme y hace viable la reproducción sin requerir aberraciones aún mayores.
Pero…
¡¿POR QUÉ LA PARTE SUPERIOR DE PEZ?!
¿De verdad era necesario?
¿No podían simplemente hacerlos humanoides y añadirles branquias funcionales?
¿Un par de adaptaciones pulmonares híbridas, quizás?
¿Por qué el dios que los creó a él y a toda su raza pensó que era una idea brillante combinar la fisiología bípedo-humana con las características más imponentes y aberrantes de los peces?
Piel escamosa y permanentemente húmeda, recubierta por una mucosa viscosa de aspecto desagradable.
Ojos de pez enormes y saltones, con pupilas gigantescas que parecen mirar en direcciones distintas como los de un camaleón.
Un torso humanoide de proporciones excesivas, que a simple vista debería colapsar bajo su propio peso… y aun así funciona.
Funciona.
De alguna forma grotesca y antinatural, ese cuerpo alberga en su interior órganos adaptados para sobrevivir tanto en tierra como bajo el agua, sin sufrir colapsos fisiológicos evidentes.
Y lo peor no es solo su apariencia.
Lo peor es que machos y hembras son físicamente indistinguibles. Exactamente las mismas características aunque no tan feos como Glaukos , sin dimorfismo sexual visible alguno. La única forma de saber el sexo de uno de ellos es mirar qué demonios lleva entre las piernas.
Eso ya es demasiado.
Demasiado incluso para un amante empedernido de la ciencia ficción como yo.
Ni One Piece, ni Star Wars se atrevieron jamás a crear algo tan extraño y estéticamente indeseable sin una justificación narrativa extremadamente elaborada.
Hasta el día de hoy sigo buscando al dios responsable de semejante crimen contra la biología. Porque, hasta donde he podido averiguar, Océano no tuvo absolutamente nada que ver con su creación.
Y cuando lo encuentre… Le daré una patada doble en la cara tan fuerte que lo haré volar hasta los cielos.
“Bueno, entonces comencemos con esto”.
Colocando nuevamente mi mano sobre la superficie hundida de la mandíbula del dinosaurio, canalicé parte de mi poder mágico, filtrándolo cuidadosamente y fusionándolo con la divinidad del agua.
No necesitaba fuerza bruta.
Necesitaba precisión.
Al instante, un brillo verde etéreo y sobrenatural se manifestó alrededor de mi mano, extendiéndose como una fina red luminosa por la zona afectada.
Pero la verdadera transformación no se limitó al exterior.
Dentro del cuerpo del dinosaurio ocurrió un cambio radical.
Sus células, que antes se encontraban en un estado de inactividad latente producto del trauma y el shock, se activaron de forma abrupta. Los núcleos celulares comenzaron a dividirse, replicarse y reorganizarse a una velocidad absurda, guiados por el poder divino que fluía a través de cada tejido.
Los nervios dañados restablecieron sus conexiones.
Los vasos sanguíneos se reconstruyeron y comenzaron a bombear sangre nuevamente.
Los cartílagos se regeneraron, sirviendo de soporte para la reconstrucción ósea.
No solo eso.
Las células dañinas, bacterias y agentes infecciosos que representaban una amenaza para el sistema inmunológico del animal fueron erradicados de manera sistemática, como si el propio cuerpo hubiera recibido una orden absoluta de limpieza.
A partir de ese punto, los cambios internos se reflejaron de manera evidente en el exterior.
Las heridas en todo el cuerpo del dinosaurio comenzaron a sanar a una velocidad alucinante. En menos de dos segundos, la carne desgarrada y las heridas abiertas, tanto recientes como antiguas, empezaron a cerrarse a un ritmo completamente antinatural.
Bajo la influencia del poder divino del agua, la apariencia general del dinosaurio mejoró de forma visible.
Sus músculos se fortalecieron, hinchándose con nueva vitalidad.
La piel, antes de un rojo opaco y enfermizo, adquirió un brillo saludable, casi similar al del amanecer.
La mandíbula inferior, que antes colgaba de su cabeza como un pedazo de carne inútil, empezó a recomponerse por completo.
El tejido se regeneró.
Los huesos se realinearon y soldaron sin dejar rastro alguno de fractura.
Incluso los colmillos que habían salido despedidos comenzaron a crecer nuevamente, uno tras otro, a una velocidad claramente visible.
Nervios.
Cartílago.
Carne.
Vasos sanguíneos.
Músculos.
Piel.
Todo fue reconstruido y regenerado hasta alcanzar su estado original…
No.
Mejor que eso.
Por su apariencia actual, se podría decir sin exagerar que el dinosaurio se encontraba en una condición superior incluso a la de su mejor momento.
Los cambios eran tan visibles, tan llamativos, que el proceso completo podría haber dejado boquiabierto a cualquiera que lo presenciara.
Ho bueno… quizás lo habría hecho.
Si no fuera porque ya estoy bastante familiarizado con este procedimiento.
Después de todo, durante el tiempo que pasé recluido en la isla de Creta y en la ciudad submarina de Océano, me tomé la molestia de explorar y dominar distintos aspectos de ambas divinidades latentes en mi cuerpo.
La curación a nivel celular fue una de las primeras habilidades que logré desarrollar, apoyándome en mi divinidad secundaria: el dominio sobre el agua pura y el poder sagrado.
Porque, aunque el poder divino de la diosa Aqua sea prácticamente inútil en lo que respecta al ataque ofensivo…
Está absurdamente roto cuando se trata de soporte puro.
Defensa.
Recuperación.
Purificación.
Incluso posee el potencial de trascender las barreras de la muerte misma, otorgándome la capacidad teórica de devolver la vida a los muertos.
Si bien todavía no domino ese aspecto del poder divino del agua… Aún tengo un amplio margen de mejora en lo que respecta a la curación física y a la purificación espiritual.
“Y listo… quedó como nuevo” dije satisfecho mientras retiraba la mano de la mandíbula ya completamente restaurada.
sniff sniff~ aspiré el aire con exageración.
“Hoye… ¡hasta hueles mejor que antes! Qué buen detalle, ¿ho no?”
Tenía que admitirlo. En comparación con su estado anterior, el dinosaurio no solo se veía mejor… se veía mucho mejor.
Su postura era más firme, su piel brillaba con un tono saludable y hasta su respiración era estable y profunda.
Y el olor.
(Oye, eso sí que no me lo esperaba).
Si antes olía a animal salvaje, sangre y barro húmedo, ahora tenía ese aroma extraño pero agradable… como a auto nuevo recién salido del concesionario.
Ya no parecía una bestia primitiva al borde de la locura.
Más bien, se asemejaba a uno de esos dinosaurios estilizados que aparecen en las películas modernas: imponente, limpio, casi… cinematográfico.
Mientras observaba su figura monumental, me llevé una mano a la barbilla y empecé a reflexionar.
Una idea, peligrosa pero brillante, comenzó a tomar forma en mi mente.
Entonces me giré por completo hacia él.
El dinosaurio todavía no se había levantado del suelo. Permanecía quieto, analizando con evidente curiosidad los cambios en su propio cuerpo. Giraba ligeramente el cuello, tensaba las patas, abría y cerraba la mandíbula como probando que realmente funcionara.
Al mismo tiempo, no dejaba de lanzarme miradas breves pero constantes.
Precavidas.
Cautelosas.
Ya no parecía tan aterrorizado como antes… pero seguía actuando como si yo pudiera hacerle algo horrible en cualquier momento.
‘¡Aplauso!’
“Muy bien, grandote” aplaudí para llamar su atención mientras una gran sonrisa se dibujaba en mi rostro.
“Debo ser sincero… realmente me has gustado” continué sin rodeos. “Así que, dejando de lado nuestra ligera mala primera impresión, me gustaría proponerte un trato. ¿Qué te parece?”
Le hablé directamente, sin importarme si podía entender mis palabras o no.
Después de todo, los dioses no solo hablan con sonidos; convertimos nuestras palabras en intención. Incluso si no comprendía el lenguaje, al menos debía captar lo que quería transmitirle.
El dinosaurio no respondió.
De hecho, parecía tener miedo incluso de emitir algún sonido en mi presencia.
Pero sus ojos… Sus ojos mostraban algo más que instinto.
Había ahí un atisbo claro de inteligencia.
Así que decidí seguir.
“Sé que quizá no confíes en mí después de todas las… cosas que pasaron” dije con un gesto vago de la mano. “Pero estoy seguro de que tú y yo podríamos llegar a algún tipo de… asociación”
Fui lo más explícito posible con mi intención.
“Creo que si tú y yo nos uniéramos, podríamos lograr algo grande aquí” dije señalándolo a él, y luego a mí mismo.
“Pienso que tú y yo podríamos formar un increíble grupo de aventuras”
Mis ojos brillaron con emoción. “¡Solo imagínate esto! Un dios y un dinosaurio gigante explorando los misterios ocultos de esta isla~”
“No, espera… no puedo seguir llamándote dinosaurio”
Fruncí el ceño pensativo.
“Hmm… ¿qué te parece ‘Dino’? No… demasiado genérico”
“Hmmm… ya sé… ¿‘Hunter’?”
“¿No? Bueno… entonces qué tal “
Y así, ante los ojos completamente desconcertados del dinosaurio, el pequeño mono calvo frente a él empezó a emitir una serie interminable de sonidos extraños e ininteligibles.
Pero, curiosamente…
El dinosaurio no se molestó.
Por el contrario, vio en aquello una oportunidad.
Mientras yo seguía hablando sin parar, lentamente comenzó a levantar su gigantesco cuerpo del barro.
Cada movimiento lo hacía con extremo cuidado, procurando no hacer ruido innecesario ni llamar la atención de aquel aterrador ser que lo había derrotado con una facilidad insultante.
Por supuesto, siendo un lagarto de más de ocho toneladas, era imposible que no hiciera ruido.
Pero aun así, no hubo problema.
Porque en ese preciso momento, yo estaba demasiado absorto en mis ideas como para notar lo que ocurría a mi alrededor.
“Imagínalo… cuando ya seamos amigos” seguía diciendo. “Seríamos como ese dúo de cavernícola y dinosaurio de Primal. Hades y… ¿Red?” fruncí el ceño. “No, no”
“¡Ya sé! ¡Hades y Chabelo JR!”
Asentí con entusiasmo.
“¡Le daríamos vida al meme de mi mundo anterior!” levanté los brazos. “Nuestra serie se llamaría Hades y Chabelo JR: Aventuras en las Islas Misteriosas”
“Podríamos grabarlo todo, luego hacer la edición, también necesitaremos mercancía…”
“¡Que te parece empezar con camisetas y portavasos!”
“¿He…?”
Me detuve en seco.
“¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?”
Al girarme, lo primero que vi fue que el dinosaurio que antes estaba a pocos metros de mí… ahora se encontraba a más de una docena, caminando cuidadosamente en dirección al bosque.
Por un instante, mi mente quedó en blanco.
(No recordaba haberlo visto moverse tanto).
“¿Gruuw…?”
Al darse cuenta de que había sido descubierto, el dinosaurio se congeló por completo.
Su cuerpo entero se tensó y sus ojos se abrieron mucho.
Y al siguiente segundo…
Utilizando todo su miedo como combustible, forzó sus músculos hasta el límite, impulsándose con una velocidad que no correspondía en absoluto a un ser de su tamaño.
Fue entonces cuando reaccioné.
“¡Heee!?”
“¡Oye, no te vayas!….”
“¡¡¡Chabelo!!!” Grité con fuerza hostigando mi mano para intentar detenerlo.
Pero ya era tarde.
Chabelo atravesó la hilera de árboles frente a él y se perdió entre la espesura del bosque con una rapidez alucinante.
“¡Hey, no te vayas!” insistí. “¡Sí, te rompí el hocico, pero tú intentaste comerme primero! ¡Y además te curé después!” Intenté detenerlo con mis palabras.
No hubo respuesta.
“¡¡¡SE DICE GRACIAS, MALDITA CERDA INGRATA!!!”
Grité una última vez al vacío.
Suspiré.
“Pff…” me cruce de brazos “maldita lagartija malagradecida”
“Uno lo cura hasta dejarlo mejor de lo que estaba y luego te abandona”
Crucé los brazos, claramente molesto.
“Pues mejor el se lo pierde, no quiero ser amigo de un dinosaurio tan desagradecido, desagradable, cobarde, enorme, intimidante y genial…”
Me detuve.
“… ¿A quién engaño?” Suspiré de nuevo. “Realmente quería convertirlo en mi mascota”
“¿Por qué rayos no lo até con elemento madera cuando tuve la oportunidad?”
Seguía quejándome y reflexionando sobre mis decisiones cuando, de repente, una voz suave y familiar sonó a mis espaldas.
“Así que aquí se encuentra Hades-sama”
Al escuchar aquella voz, giré ligeramente la cabeza.
Era la maestra Katsuyu.
La sabia babosa se encontraba colgando boca abajo de la gruesa rama de un árbol cercano, adherida con total naturalidad, balanceándose suavemente mientras observaba el área con un interés sereno, casi académico.
Su pequeño cuerpo semitransparente brillaba bajo la luz filtrada del follaje, y sus grandes ojos parecían analizar cada detalle del entorno como si estuviera memorizándolo todo.
“Hades-sama, escuché ruidos bastante fuertes provenientes de esta dirección” dijo con suavidad. “¿Ocurrió algo?”
(Genial… mis gritos.)
Al parecer, mis alaridos finales habían sido más efectivos de lo que pensaba.
Miré en dirección al bosque, justo hacia donde Chabelo había desaparecido, sin saber muy bien cómo responder.
Tras unos segundos incómodos, decidí no darle demasiadas vueltas al asunto.
Me rasqué la cabeza con una sonrisa despreocupada y volví a mirarla.
“No, maestra, no fue nada importante” negué con la cabeza. “Solo estaba jugando un poco y terminé armando un escándalo innecesario” Me encogí de hombros.
“En fin, creo que ya terminé de explorar esta zona. No parece quedar nada interesante por aquí” añadí con naturalidad. “Estaba pensando en adentrarme un poco más en la isla… ¿qué le parece, maestra?”
Katsuyu asintió lentamente, como si mi respuesta fuera perfectamente razonable.
“Yo también, Hades-sama” respondió. “He terminado de revisar la mayoría de los árboles circundantes, y además tuve la oportunidad de observar con más detenimiento a los animales de los alrededores”
Había un claro tono de emoción infantil en su voz.
“¿Oh~?” no pude evitar alzar una ceja.
(Parece que alguien se divirtió bastante.)
“Y bien, ¿qué le pareció la fauna local, maestra?” pregunté con curiosidad genuina.
“¡Es sumamente interesante!” respondió de inmediato, sin ocultar su entusiasmo. “Nunca antes había visto especies tan extrañas, pero al mismo tiempo tan fascinantes… especialmente esas curiosas variantes de salamandras”
Me quedé en silencio.
“S… ¿salamandras?” repetí lentamente.
Desde que habíamos llegado a la isla siguiendo el rastro de aquella manada de pterosaurios, lo único que había visto habían sido insectos extraños, dinosaurios de distintas especies y algunos pequeños mamíferos que se escabullían entre la vegetación.
(No recuerdo haber visto ni una sola salamandra…)
Entonces una idea cruzó mi mente.
(Espera… ¿acaso la maestra Katsuyu vio a los dinosaurios y los confundió con salamandras?)
Pensándolo bien, no sería tan descabellado.
En el mundo shinobi, muchas bestias que desarrollaban chakra adquirían tamaños y apariencias absurdamente exageradas.
Como Ibuse, la salamandra invocada por Hanzō de la Lluvia.
Esa cosa fácilmente duplicaba el tamaño del tiranosaurio con el que había estado “jugando” hacía unos minutos.
“Sí, Hades-sama” continuó Katsuyu, ajena a mi confusión. “Jamás habría imaginado que podrían existir tantas variantes distintas dentro de una misma especie. Estoy segura de que a los miembros de la tribu Kuro Sanshōuo les encantaría este lugar”
“¿Los… quién?” pregunté, completamente perdido.
Al notar mi expresión, Katsuyu no dudó en aclararlo.
“La tribu Kuro Sanshōuo, también conocidos como Sanshōuo no Ketsueki” explicó con un deje nostálgico. “Son un clan menor de bestias invocadas bastante conocidos en las tierras del País de los Ríos y la Tierra de la Lluvia”
Hizo una breve pausa antes de continuar.
“Suelo visitar su territorio de vez en cuando, especialmente durante la temporada seca, cuando el nivel del agua alrededor de sus madrigueras disminuye”
Parpadeé.
(Eso… no me lo esperaba.)
No tenía ni idea de que las bestias de chakra estuvieran organizadas en tantos grupos étnicos más allá de los tres grandes lugares sagrados: los sapos, las serpientes y las babosas.
(Bueno… también están los perros, gatos y cuervos de Konoha, pero esos son más mascotas tácticas que otra cosa.)
“Vaya, maestra…” murmuré con interés creciente. “No sabía que usted tuviera conocidos más allá de los tres lugares sagrados”
La miré con atención.
“Ahora me dio curiosidad. Me gustaría saber a qué otras bestias de invocación conoce”
“¿De verdad?”
La reacción de Katsuyu fue inmediata.
Su cuerpo vibró ligeramente y, visiblemente emocionada, dio un pequeño salto desde la rama en la que estaba adherida, cayendo suavemente sobre mi hombro.
No pesaba prácticamente nada.
(…Ya me acostumbré a esto.)
No era la primera vez que Katsuyu mantenía una conversación casual con uno de sus invocadores.
Después de todo, hablaba con frecuencia conmigo cada vez que la invocaba, e incluso charlaba ocasionalmente con Tsunade.
Pero esta vez era diferente.
Era la primera vez que alguien le preguntaba directamente por ella.
Hades-sama, por lo general, solía estar más concentrado en los asuntos de su propio mundo. Rara vez preguntaba algo relacionado de forma directa con el mundo shinobi.
Tsunade-sama, por otro lado, era una persona fuerte, directa y con carácter.
Aunque cálida en el fondo, siempre estaba enfocada en sus objetivos.
Katsuyu no recordaba ni una sola ocasión en la que Tsunade la hubiera invocado para algo que no fuera ir al campo de batalla…
o presumir frente a sus subordinados y su hermano menor.
Nunca le había preguntado sobre su origen.
Ni sobre otros clanes.
Ni siquiera sobre su abuelo, el Primer Hokage.
Y en tiempos recientes, con la nueva guerra entre aldeas, Tsunade parecía tener incluso menos tiempo libre que antes.
Aunque, siendo honesta consigo misma… katsuyu dudaba bastante que Tsunade-sama mostrara interés en algo así, incluso si tuviera tiempo.
Después de todo, cuando no estaba luchando o liderando, su mente solía estar ocupada en casinos, apuestas… y perder dinero.
“Bueno”, empezó Katsuyu con un tono más sabio de lo habitual, su suave voz dándole un peso especial a cada palabra.
“Cuando era más joven conocí a la tribu de los lobos que habitaba en las montañas nevadas del País de la Nieve. Lastimosamente, no pude quedarme allí por mucho tiempo, ya que mis clones no pueden soportar las bajas temperaturas durante periodos prolongados. Aun así, llegué a conocerlos lo suficiente como para afirmar con seguridad que son una tribu honorable y leal; para ellos, la manada siempre está por encima de todo”, dijo Katsuyu, como si recordara con cariño una escena lejana en el tiempo.
Por mi parte, no la interrumpí y continué escuchando atentamente mientras reanudaba mi marcha hacia las profundidades del bosque.
“También está la tribu de las arañas. Me crucé con ellas en varias ocasiones, aunque… no puedo decir que haya sido en las mejores condiciones”, añadió con la voz ligeramente apagada.
“Ah, ¿y por qué es eso?”, pregunté con curiosidad.
“Bueno, la tribu de los arácnidos no es un grupo homogéneo ni unificado. Por lo general, se encuentran dispersos entre los distintos territorios del País del Fuego y el País de los Arrozales, y rara vez se les ve fuera de sus madrigueras, a menos que estén de caza. Las pocas veces que estuve en contacto con sus miembros… no fueron precisamente agradables”, explicó Katsuyu con un tono serio.
“Esos insectos peludos confundieron mis cuerpos con presas en cada ocasión e intentaron devorarme viva”.
Mis ojos se abrieron de par en par ante aquella información, y una mueca de asco mezclada con preocupación se dibujó en mi rostro.
Con una voz insegura pregunté: “¿Pero al final todo salió bien, verdad, maestra?”
Al escuchar mi pregunta, la actitud alegre y relajada de Katsuyu pareció regresar al instante.
“¡Por supuesto que sí, Hades-sama! Con mi fuerza no hubo ningún problema para lidiar con esos insectos trepamuros”.
Katsuyu sonó bastante orgullosa de sí misma en ese momento, presumiendo de sus habilidades ante su discípulo, al punto de que incluso yo no pude evitar contagiarme de aquel júbilo.
Aunque, en la mente de Katsuyu, pasaba algo muy distinto.
(Por supuesto que no hubo problemas… para escapar. Cada vez que esas bestias aterradoras se acercaban, yo ya había huido a una gran distancia).
Esa era la verdad. Si bien Katsuyu realmente no tenía nada que temer de los miembros de la tribu araña, tampoco era lo suficientemente temeraria como para enfrentarlos innecesariamente.
Después de todo, incluso con toda la experiencia y el poder acumulados a lo largo de sus múltiples siglos de vida, aún no podía deshacerse por completo de aquella sensación de inseguridad que surgía cada vez que se encontraba cerca de un depredador natural.
Por esa razón, siempre que se cruzaba con miembros de la tribu araña, prefería evitar el combate, a menos que fuese absolutamente necesario.
Ella sabía que, a los ojos de otros, aquello podía parecer cobardía, pero para ella no era más que una decisión lógica y natural.
Dejando de lado sus pensamientos internos, Katsuyu continuó.
“También está mi viejo amigo… el sabio Genbu.”
Su voz cambió sutilmente. Ya no era solo nostalgia: era reverencia.
“Genbu no es simplemente una tortuga gigante. Es un anciano que camina sobre el tiempo mismo” dijo con solemnidad. “Viaja sin rumbo fijo por los mares del mundo ninja desde antes de que las aldeas existieran, llevando sobre su caparazón ecosistemas enteros: bosques, ríos, bestias y formas de vida que han jurado permanecer bajo su protección.”
“Muchos lo llaman la gran isla viviente, otros lo conocen como el pilar errante del océano… pero para aquellos que saben escuchar, Genbu es un guardián de eras pasadas.”
No pude evitar fruncir ligeramente el ceño, intrigado.
“Pareces admirarlo mucho.”
Katsuyu no lo negó.
“Por supuesto. Genbu es uno de los poquísimos seres que aún recuerdan el mundo tal y como era antes de que el Chakra se fragmentara entre los mortales. Su sabiduría no proviene del estudio, sino de la observación paciente de incontables generaciones.”
Hizo una breve pausa antes de añadir:
“En términos de tamaño… incluso yo debo reconocerlo. Es el único ser en este mundo capaz de compararse conmigo sin recurrir a técnicas o artificios. Ni siquiera el sapo colosal Iwagama del Monte Myōboku pudo jamás reclamar algo así.”
Pero aquella admiración no nacía únicamente de su grandeza.
En su juventud, cuando Katsuyu aún no dominaba la división de su cuerpo, su tamaño descomunal la condenaba al aislamiento. Las criaturas de su territorio la evitaban instintivamente, temerosas de su mera presencia. Y aunque era una bestia de Chakra con siglos de vida, en esencia siempre había sido… sociable.
(Estar sola… dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.)
Todo cambió el día en que, durante uno de sus largos desplazamientos, alcanzó la costa de la Tierra del Rayo. Allí, como si el destino mismo hubiese intervenido —o quizás el Sabio de los Seis Caminos—, se encontró con aquel titán que desde tiempos inmemoriales surcaba los océanos.
Genbu.
La tortuga más antigua del mundo. El continente errante. El testigo silencioso de la historia.
Aquel día, sin temor ni prejuicio, Genbu habló con ella.
“Pequeña criatura,” dijo con una voz tan profunda como el mar, “tu altura no es una maldición.”
“Es un privilegio.”
“Se te concedió una perspectiva que pocos poseen. Mira más lejos, más profundo… y apunta siempre a lo más alto.”
Esas palabras quedaron grabadas en Katsuyu como una marca eterna.
Desde entonces dejó de preocuparse por cómo los demás la percibían. Aprendió a respetar las diferencias, a aceptar su lugar en el mundo… y a encontrar paz consigo misma.
Fue gracias a esa nueva forma de ver la existencia que nació su técnica de división, una extensión de su deseo de acercarse a otros sin perder lo que era.
“Sí…” concluyó suavemente. “Genbu es, sin duda, una tortuga única.”
Luego de eso, Katsuyu continuó compartiendo sus historias: las personas que conoció, los lugares que visitó y las experiencias personales que la marcaron para la posteridad. No eran pocas, pero cada una resultaba igual de interesante que la anterior.
Sin embargo, a medida que continuábamos nuestra caminata, algo empezó a cambiar de forma silenciosa.
El bosque se volvió más denso conforme avanzábamos. Las copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz, y el ambiente adquirió un silencio espeso, antinatural, como si incluso los insectos estuvieran conteniendo la respiración.
(No sé por qué, pero este lugar me pone los nervios de punta… es casi tan tenebroso como esa granja de El Conjuro— ¡maldita sea, acabo de pensar en la película! Ahora es peor).
Mis pasos crujían suavemente sobre las hojas secas mientras mi mirada recorría cada sombra sospechosa.
Incluso con la historia de Katsuyu en marcha, no podía evitar imaginar ojos observándonos desde cualquier ángulo.
“De todas formas,” continuó Katsuyu con un tono más calmado, “no todas las tribus reaccionan igual ante los forasteros. Algunas valoran el diálogo, otras solo respetan la fuerza individual… y unas cuantas simplemente siguen sus instintos.”
“Suena problemático,” murmuré. “Especialmente si ese instinto es comerse al enemigo.”
“Exactamente,” respondió sin negar lo obvio. “Por eso es importante que siempre mantengas la calma, incluso si la situación se vuelve tensa. Esa es la clave de la supervivencia.”
(Ah, sí… claro. Calma. Mucho más fácil decirlo cuando tú no eres el posible bocadillo).
Avancé unos metros más cuando, de pronto, sentí una ligera presión en el pecho. Una sensación familiar que ya había aprendido a no ignorar.
(Esto… es esa sensación otra vez).
No era miedo exactamente, sino esa incómoda certeza de que algo estaba a punto de suceder.
Seguimos caminando hasta llegar a la parte más profunda de la cuenca, detrás de una de las montañas en la zona central de la isla. A simple vista, todo parecía normal, dejando de lado el ambiente cargado de tensión… y algo más que no lograba discernir.
No fue hasta que me topé con una extraña formación rocosa que mi mente hizo clic.
Mis pasos se detuvieron al instante y mis sentidos se elevaron al máximo, escaneando toda el área.
Nada.
Fruncí el ceño y fui más allá. Coloqué la palma de mi mano contra la superficie de la roca volcánica sedimentada y envié un pulso de Chakra cuidadosamente controlado. La energía se expandió como una onda invisible, recorriendo gran parte de la isla en cuestión de segundos.
Y aun así… Nada.
Estaba confundido. Juraría que había sentido algo, pero no podía identificar qué, sin embargo, mis instintos gritaban que debía permanecer alerta en ese lugar específico.
Al parecer, no había sido el único en detectar la anormalidad.
La maestra Katsuyu también pareció percibir una leve alteración en el entorno.
“¿Hades-sama… lo notaste?” preguntó, su voz tornándose más seria.
“Sí,” respondí mientras me detenía por completo. “Y no me gusta nada.”
El aire parecía más pesado, más denso. Entre los pilares de piedra a la derecha se escuchó un leve movimiento. No fue agresivo ni rápido… más bien curioso.
(Genial. Justo cuando pensaba que este viaje estaba siendo demasiado tranquilo).
Apreté inconscientemente los puños, activando una pequeña fracción de mi energía mágica, lo suficiente para reaccionar si era necesario.
“Recuerda,” dijo Katsuyu con suavidad, “no todo encuentro extraño tiene que terminar en combate.”
“Lo sé,” exhalé lentamente. “Pero por experiencia… casi siempre lo hace.”
Entonces, la vegetación frente a nosotros se agitó una vez más.
Y en ese instante tuve la clara impresión de que aquella mano invisible que tantas veces había guiado mi vida volvía a empujarme, sin contemplaciones, hacia otro evento que definitivamente no podía llamar casualidad.
¡Crack… crack… crack!
Desde el suelo comenzaron a escucharse sonidos de piedra chocando y tierra fragmentándose.
“¿Qué demonios…?” murmuré con incredulidad.
Ante mis ojos, un enorme montículo —tan grande como una pequeña colina— empezó a elevarse desde la superficie del suelo.
No… no solo eso.
Toda el área estaba levantándose.
La roca sólida emergía del subsuelo a un ritmo claramente visible, deformando el terreno como si fuera arcilla.
Entonces finalmente vi algo que hizo que mis ojos se abrieran de par en par.
“Eso… definitivamente no es algo que esperaba ver hoy.”
Frente a mí, alzándose por encima de los pilares de piedra, se erguían dos gigantes hechos completamente de roca negra como el carbón. Sus cuerpos humanoides tenían un aspecto aterrador, cubiertos de múltiples líneas talladas con runas y hechizos antiguos.
Sus rostros, esculpidos con una expresión de indiferencia eterna, y sus grandes ojos dorados —vacíos, carentes de emoción— lejos de hacerlos parecer guardianes, les otorgaban un aire profundamente antinatural.
Ambos colosos, de más de sesenta metros de altura cada uno, parecieron cobrar vida al levantarse por completo.
Las runas en sus cuerpos se encendieron al unísono, irradiando luz, y de sus formas pétreas comenzó a filtrarse una cantidad abrumadora de energía.
“Eso es…” murmuré, pero las palabras se atascaron en mi garganta.
Porque lo que realmente me dejó consternado…
Era que conocía esa energía.
No se trataba de la energía sagrada de atributo acuático que obtuve a través de mi divinidad.
Era algo distinto.
Más violento.
Más antiguo.
Más primitivo.
Era una energía sagrada de origen completamente diferente, nacida de una era donde los dioses no pedían permiso… y los débiles no tenían voz.
Al instante supe que ambos colosos no eran enemigos a los que pudiera tomar a la ligera.
¿Cómo lo sabía?
Bueno… la descripción del sistema tenía mucho que ver con eso.
{Zuriel}
{Autómata guardian– Constructo mágico}
{Roca de Dios – el Inamovible del Primer Mandato}
{Nivel de potencia: 57.000}
.
.
.
{Aturiel}
{Autómata guardian– Constructo mágico}
{Fortaleza de Dios – el Portador de Secretos}
{Nivel de potencia: 57.000}
“…oye, oye, ¿qué demonios pasó aquí?” murmuré mientras daba varios pasos hacia atrás, con una sonrisa incómoda clavada en el rostro.
“Se suponía que iba a pasar unas largas y emocionantes vacaciones en una isla paradisíaca… así que, ¿¡cómo fue que terminé encontrándome con dos personajes de nivel jefe de mazmorra!?”
Ambos constructos gigantes, si bien no eran ni de cerca lo más grande que había visto alguna vez, sin duda eran lo más intimidante.
Esos ojos muertos no decían precisamente “hola, soy un buen tipo”.
Al parecer no era el único que había recibido una sorpresa desagradable, porque al girar ligeramente la cabeza pude ver cómo el pequeño cuerpo de la maestra Katsuyu se encontraba completamente tenso, en un estado de alerta extrema.
“Hades-sama… ¿qué son esas cosas?” preguntó.
En todos sus años de vida, Katsuyu jamás había visto algo parecido.
“No estoy seguro,” admití con honestidad.
“Pero si el sistema no está exagerando… estamos frente a auténticas armas divinas de primer grado.”
Me quedé quieto, observando.
Esperando.
Listo para reaccionar ante cualquier ataque preventivo.
Pero dicho ataque nunca llegó.
Pasaron varios segundos.
Luego un minuto.
Nada.
“…¿eh… ok?” Al notar que nada ocurría, relajé mi postura de manera casi subconsciente.
“¿?… Hades-sama, ellos no se mueven…” dijo Katsuyu con cautela.
“Sí, eso puedo ver,” respondí sin apartar la mirada.
Al no percibir una hostilidad inmediata, empecé a tantear el terreno. Nada complicado: simplemente caminé alrededor de los golems de piedra.
Ellos no reaccionaron.
Sin embargo, tampoco dejaron de observarme.
Sus enormes cabezas se movían lentamente, siguiendo cada uno de mis pasos con una precisión inquietante, como cámaras de vigilancia divinas.
Eso… definitivamente no me gustó.
Después de varios rodeos, y al comprobar que incluso al acercarme lo suficiente como para apreciar mejor los detalles de sus cuerpos no me atacaban, reuní un poco más de valor.
Entonces decidí hacer algo estúpido.
Me acerqué aún más.
Quería tocarlos
El golem se encargó de demostrarme, de inmediato, que esa había sido una idea terrible.
Cuando estuve a menos de seis metros de su cuerpo pétreo, sentí cómo la energía sagrada que emanaba de él se condensaba de golpe frente a mí.
Una barrera.
Densa
Compacta.
Violentamente poderosa.
Extendí la mano para tocarla—
Y fui rechazado al instante.
“Ouch…” gruñí, sacudiendo la mano.
No había dolido demasiado, gracias a que mis atributos también incluyen energía de naturaleza sagrada, pero el choque fue inmediato. Aquella energía no solo era sagrada… era distinta.
Su naturaleza mística entró en conflicto con la mía, generando una reacción de rechazo que dejó mi mano completamente entumecida.
(Santa mierda…)
Di gracias internamente de que, gracias al sistema, mis divinidades del agua y de los muertos estuvieran perfectamente equilibradas.
Porque si no lo estuvieran…
No era difícil imaginar que con solo ese contacto mi brazo entero podría haber quedado gravemente dañado, o directamente destruido, por la cantidad absurda de poder sagrado que fluía alrededor de ese coloso.
“Bueno,” murmuré, retirándome un paso.
“Eso significa que tocar es un gran no.”
Tras esperar unos momentos a que el entumecimiento disminuyera, retomé mi recorrido alrededor de ambos gigantes.
Esta vez fui hacia la parte trasera.
Aunque ambos golems giraron parcialmente el torso y la cabeza para no perderme de vista, logré observar sus espaldas con mayor claridad.
Y entonces lo vi.
Sobre sus dorsos había una gruesa capa de rocas cristalinas, brillantes como cristales enfurecidos de color amarillo intenso, que pulsaban rítmicamente con destellos de energía mágica.
La cantidad de energía que emanaba de ellos era enorme.
Fácilmente superior a la que podría almacenar una docena de cristales de maná de rango intermedio.
Pero aun así, lo entendí casi de inmediato.
Esos cristales no eran la verdadera fuente de poder de los golems.
Eran otra cosa.
Un sistema de filtración.
Canales por los que escapaba el exceso de energía acumulada en sus cuerpos… y, al mismo tiempo, una defensa natural extremadamente eficaz contra ataques por la espalda.
“…esto no es golemancia normal,” pensé con seriedad.
“Esto es alquimia divina de alto nivel.”
Y eso solo dejaba una pregunta realmente preocupante en mi mente.
(¿Qué clase de cosa necesita dos guardianes como estos?)
Incluso para mí, esos dos tipos resultaban… excesivos.
Y eso ya era decir bastante.
Si me enfrentara a uno solo de ellos, estaba razonablemente seguro de que podría vencer. No sería una pelea sencilla ni limpia; habría complicaciones, desgaste y errores inevitables, pero el resultado final acabaría inclinándose a mi favor.
Con uno.
Pero si fueran ambos al mismo tiempo…
Ahí la certeza desaparecía.
Y no se trataba de una exageración ni de una falsa modestia. Técnicamente hablando, ambos golems eran más débiles que yo. El sistema lo dejaba claro, frío e inapelable. Sin embargo, que fueran más débiles no implicaba que fueran débiles en términos reales.
La diferencia entre nosotros apenas superaba los cinco mil puntos de estadística pura.
Cinco mil.
En escalas mortales, esa brecha sería abismal.
En escalas divinas… apenas representaba una ventaja incómoda.
Era seguro afirmar que, si me enfrentaba a ambos de frente, tendría todas las de perder, al menos en lo que respectaba al poder general, la resistencia y la capacidad de combate sostenido. Podría recurrir a estrategias, trampas o tácticas indirectas, pero en un enfrentamiento directo y prolongado, las probabilidades no estaban de mi lado.
Eran, en esencia, fortalezas vivientes.
Al girarme, finalmente pude observar con mayor claridad lo que se extendía detrás de aquellos colosos.
El paisaje no parecía particularmente especial a primera vista. Ante mí se abría una planicie amplia, salpicada por varias formaciones rocosas de gran tamaño. Nada fuera de lo común: pilares de roca negra que emergían varios metros por encima del suelo, erosionados por el tiempo y los elementos. Junto a ellos, una cuenca profunda y extensa, como si el terreno hubiese cedido siglos atrás bajo una presión colosal.
Aparte de eso… nada.
Y esa ausencia fue lo que más me inquietó.
No había árboles.
No había vegetación.
No había fauna de ningún tipo.
Nada vivía allí.
Además… estaban esos extraños pilares de roca negra ubicados en el centro del valle.
Ahora que los observaba con más atención, resultaba evidente que ellos eran el verdadero objetivo de protección de aquellos gigantes.
Los golems no estaban allí por casualidad.
“Mmm…” reflexioné en silencio.
“Viéndolo bien… esa textura negra…”
Entrecerré los ojos.
“No es la misma que la de los golems, ¿verdad?”
“¿Acaso ambos están relacionados?”
La idea encajaba demasiado bien.
Explicaría por qué parecían estar hechos del mismo material. También explicaría la disposición del terreno, la ausencia total de vida y la sensación constante de opresión que impregnaba el ambiente.
Aunque a simple vista esos pilares no se diferenciaban demasiado de cualquier formación de roca volcánica, yo podía sentir la diferencia. Había algo más allí, algo cuidadosamente oculto.
Desde ellos emanaba una energía mágica débil, casi imperceptible, pero constante. Esa energía reaccionaba directamente a la energía sagrada de los titanes de piedra que tenía detrás de mí. No solo eso: ambas resonaban en frecuencias similares, superponiéndose entre sí y provocando una ligera distorsión en el entorno.
No era algo visible para ojos normales, pero para alguien con mis sentidos mágicos, el aire mismo parecía vibrar.
Y por mi experiencia como maestro en formaciones de sellos, aquello solo podía significar una cosa.
Esos pilares no eran normales.
Muy probablemente actuaban como anclajes: soportes destinados a mantener una pseudo dimensión de bolsillo oculta tras una barrera mágica de alto nivel.
Un santuario sellado.
O algo mucho peor.
Todo aquello era lo que podía deducir basándome únicamente en mi experiencia personal y en mis instintos mágicos como titán. En cuanto a información más concreta —qué había detrás de la barrera, cuántos sellos la sostenían o qué tipo de entidad se encontraba encerrada—, esos datos estaban completamente fuera de mi alcance.
Para profundizar más, necesitaría un contacto directo con la barrera.
Y ahí residía el verdadero problema.
Porque, aunque poseía un linaje poderoso como miembro de una raza de Titanes mágicos de otro mundo, aún no contaba ni con el poder ni con la experiencia necesarios para ejecutar algo tan complejo como un descifrado sistemático a distancia de una barrera mágica de ese nivel.
Era una tarea que requería siglos de práctica… o una cantidad obscena de poder bruto.
En otras palabras, aunque bajo los estándares de los dioses de mi mundo podía considerarme un individuo destacable en el uso de las artes arcanas, bajo los estándares de los Titanes del mundo de The Owl House apenas alcanzaba la categoría de aceptable.
Siendo generoso.
Y no, no era una exageración.
Durante el tiempo en que mi… ¿alma?, ¿esencia espiritual? Bueno, durante el periodo en que mi conciencia fue arrancada a la fuerza de mi mundo y arrastrada al universo de Gravity Falls —ya que, hasta donde sabía, ese mundo, The Owl House y Amphibia coexistían dentro del mismo macro-universo—, tuve la oportunidad de aprender mucho más sobre la verdadera naturaleza de los Titanes primordiales.
Ellos, al ser la encarnación primaria del concepto de la magia y del poder cósmico, eran una raza primordial.
Gracias a la guía del Titán de las Islas Hirvientes, aprendí no solo sobre la naturaleza de los glifos, sino también múltiples principios fundamentales sobre su correcta ejecución y sobre la forma en que la magia fluía en ese mundo.
Los Titanes eran una raza absolutamente única.
No solo porque fueran vistos como la encarnación de la magia… Sino porque, literalmente, eran magia.
No la canalizaban.
No la invocaban.
No la manipulaban.
Ellos la encarnaban.
Aquellos colosales seres, originarios de un reino desconocido antes de su llegada al Reino de los Demonios, eran gigantescas fuentes vivientes de energía mágica.
Que bajo la traición y posterior persecución sistemática de parte de la raza de los Archivistas, viajaron por todo el universo a través de múltiples realidades, creando puertas a través del tiempo y el espacio.
En su travesía, esparcían las semillas de la magia allí donde pasaban, alterando mundos enteros de manera irreversible.
No eran inmortales en el sentido tradicional. Poseían una vitalidad y una esperanza de vida inconcebiblemente mayores que las humanas, pero aun así podían envejecer… y morir.
Por causas naturales.
O por fuerzas externas.
Sin embargo, incluso la muerte no representaba un final definitivo para ellos.
El mejor ejemplo era el Titán que ahora era conocido como las Islas Hirvientes.
Aunque su cuerpo había muerto siglos atrás durante su último enfrentamiento con los Archivistas —conflicto en el que el Coleccionista estuvo involucrado—, su alma y su conciencia persistieron.
(Dios santo sabrá cómo lograron derretir a un ser casi tan grande como un país).
En lugar de desaparecer, el Titán logró fusionar su esencia con el planeta, existiendo como una especie de pseudo espíritu del mundo, siendo la isla su propio cuerpo.
Eso, por sí solo, ya era una hazaña inconcebible.
Pero no fue todo.
Cuando su cuerpo fue disuelto, su carne y su sangre se filtraron en el planeta, convirtiéndose en parte fundamental del mismo. Fue gracias a esos restos que el mundo adquirió propiedades únicas, dando origen a la magia y a la brujería.
El Titán explicó que, aunque la energía que recorría el mundo ya no era comparable a la que poseía en vida, seguía siendo absurdamente poderosa.
Lo suficiente como para manifestar su conciencia en cualquier punto del planeta.
Lo suficiente como para poseer una forma de omnisciencia localizada.
Lo suficiente como para manipular la realidad, aunque de forma limitada.
Y aun así… Seguía siendo capaz de afectar su entorno a escala planetaria.
E incluso de extender su influencia, de manera limitada, a otros planos gracias a la filtración de su sangre, la cual tenía la capacidad de abrir brechas dimensionales.
De hecho…
Había una probabilidad bastante alta de que esa habilidad fuera la responsable de haberme arrastrado a su mundo en primer lugar.
A la fuerza.
En resumen, en comparación con un Titán completamente maduro y experimentado, yo apenas sería comparable a un niño que recién está aprendiendo a caminar.
Incluso en su estado de vida en muerte, debilitado de forma sustancial y muy lejos de su apogeo, el Titán de las Islas Hirvientes seguía siendo infinitamente más fuerte que yo. La diferencia era tan abismal que ni siquiera podía imaginar cuán poderoso debió haber sido en vida.
Aunque, siendo justos, teniendo en cuenta que sus enemigos eran dioses capaces de manipular la realidad a escala multidimensional como si se tratara de un simple juego, y que podían destruir planetas enteros por mero capricho… estaba claro que incluso antes de su caída ya se encontraba en un nivel absurdamente alto de poder.
De hecho, dudaba seriamente que siquiera el emperador Belos (Philip Wittebane) o Luz Noceda hubieran sido capaces de aprovechar realmente la totalidad del poder del Titán durante sus respectivos momentos de empoderamiento.
Pero tampoco era quién para criticar.
Después de todo, ya fuera en términos de habilidad técnica o de poder mágico bruto, yo seguía siendo un completo novato en comparación con cualquiera de ellos.
Y aun así… no podía sentirme derrotado por esa verdad.
Porque, a diferencia de todos ellos, yo poseía algo que ninguno tuvo jamás.
El poder del Titán que fluía por mis venas no era un préstamo, ni una bendición concedida por capricho, ni una chispa tomada de una entidad moribunda.
Era mío.
Había nacido conmigo, crecido conmigo y, con el tiempo, evolucionaría junto a mí.
No dependía de pactos, rituales ni sacrificios ajenos. No se desvanecería cuando una voluntad superior decidiera retirarlo. Ese poder me pertenecía por derecho propio, ligado a mi esencia, a mi alma y a mi existencia misma.
Y por eso, aunque el camino fuera largo… aunque me tomara miles, o incluso decenas de miles de años, sabía con absoluta certeza que algún día alcanzaría ese nivel.
El nivel de un verdadero Titán.
Cuando ese momento llegara, ya no sería una sombra comparándose con gigantes del pasado, ni un aprendiz observando desde abajo.
Sería una fuerza capaz de alzarse a la misma altura que aquellos seres primordiales que una vez moldearon mundos enteros con su sola presencia.
Y entonces, con ese poder plenamente despierto, no solo competiría… dominaría.
Porque en ese futuro inevitable no habría duda alguna:
Yo estaría en la cima.
En lo más alto de este caótico universo de dioses caídos, dragones degenerados y absurdos power-ups sacados de la imaginación más desvergonzada.
Y desde allí, miraría todo lo demás… hacia abajo.
Figurativamente hablando, por supuesto.
“Mmm…”
Dejando de lado mis pensamientos, me acerqué al área central más elevada, desde donde se podía observar con mayor claridad aquellas gigantescas estructuras monolíticas negras que se alzaban en medio de toda el área formando un patrón de hexagrama perfecto, con seis pilares alineados con una meticulosidad casi inquietante.
“…ok, estoy bastante inquieto”, dije con una calma forzada en la voz, sabiendo que no era la primera —ni probablemente la última— vez que me encontraba en una situación como esta.
“Pero bueno, ya estoy aquí… así que, ¿por qué no llegar hasta el final?”
Con un pequeño salto hacia el borde del sumidero, me deslicé hacia abajo, aterrizando sobre mis pies.
Una vez abajo, finalmente estuve lo suficientemente cerca como para observar el lugar con total claridad.
El suelo, que en un principio pensé que había sido moldeado por algún fenómeno natural —como una erupción volcánica—, ahora parecía tener un origen completamente distinto… y, a decir verdad, bastante coherente con todo lo que había encontrado hasta ahora.
Porque no, aquello no era simple roca volcánica ni ningún otro mineral oscuro común. El suelo estaba hecho del mismo material mágico que componía los cuerpos de aquellos gigantescos guardianes.
Y hablando de ellos…
Solo para confirmar, giré levemente la cabeza hacia atrás para comprobar si algo había cambiado con respecto a nuestros silenciosos vigilantes.
“¡Su puta madre!” exclamé, sobresaltado.
De alguna manera, en el breve instante en que no había estado plenamente concentrado, aquellos dos colosales seres humanoides se habían movido. Y lo habían hecho sin emitir la más mínima señal.
Ahora se encontraban de pie justo al borde del cráter, observándome con esos rostros inexpresivos, casi budistas, que no reflejaban absolutamente nada.
(Ajá… y eso definitivamente no es terrorífico. Seguro que en cuanto les quite la vista de encima, para cuando vuelva a mirar ya estarán a dos metros de mí, como en una maldita película de terror… jajajaja. En serio, necesito empezar a sentir mis alrededores de forma más activa).
En mi hombro, Katsuyu se movió con inquietud. Ella sí había percibido el movimiento de los golems, pero fue tan rápido que apenas pudo seguirlo, incluso con sus sentidos amplificados por el senjutsu. No tuvo tiempo ni de advertirme.
Por suerte, los colosos se habían detenido al borde del barranco, manteniendo una distancia que, por ahora, no representaba una amenaza directa. Aun así, eso no hizo que la tensión desapareciera.
“Hades-sama… se movieron muy rápido”, dijo Katsuyu con seriedad. “Tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar”.
“Lo sé”, respondí con la mayor calma que pude reunir. “Yo tampoco los sentí. Incluso lograron evadir mis sentidos”.
Eso era… impresionante.
Mis capacidades como sensor, incluso en un estado pasivo, eran extremadamente altas. Podía percibir mi entorno con claridad en un radio de más de una milla, detectar fluctuaciones mágicas, anomalías energéticas y cualquier movimiento fuera de lo normal.
Y aun así, esos gigantes se habían acercado sin producir sonido alguno.
Eso fue suficiente para ponerme en un estado de alerta máxima.
Afortunadamente, no parecían tener intenciones hostiles. Al menos, no por ahora.
Negué con la cabeza y me dirigí a Katsuyu.
“Puede estar tranquila, maestra. No volveré a pasarlos por alto. Prometo estar atento a cualquier movimiento”.
Las antenas de Katsuyu se relajaron un poco, aunque no bajó la guardia. Mantuvo —literalmente— un ojo fijo sobre los dos colosos de piedra negra, que no se movieron ni un centímetro bajo su escrutinio.
No sabía si eso significaba que no nos consideraban una amenaza… o si simplemente aún no cumplíamos las condiciones necesarias para provocar su ira.
Y francamente, no tenía intención alguna de averiguarlo.
“…sí~ la situación es bastante extraña”, murmuré sin mirar atrás. “Pero no importa. No me detendré por pequeños detalles”.
“Ahora… a lo que vine”.
Me acerqué con cautela a uno de los enormes pilares, deteniéndome a una distancia prudente del límite de una barrera invisible que rodeaba el área. La barrera en sí no era el problema.
El verdadero problema era que, en el instante en que estuve a menos de diez metros, ambos golems se tensaron imperceptiblemente, como si todo su cuerpo se hubiera convertido en una sola roca alerta.
“Mmm… tal como lo pensé”, solté una pequeña risa nerviosa. “Definitivamente estoy metiéndome donde no debería”.
Y tenía que admitirlo.
Esto estaba en otro nivel.
La complejidad de esta barrera superaba por completo cualquier cosa que hubiera visto antes. No se trataba de unos cuantos sellos… ni siquiera de cientos.
Había miles.
Miles y miles de sellos entrelazados.
Intentar descifrar cada símbolo individualmente era suficiente para provocar una migraña. Sin embargo, de alguna manera, todos aquellos símbolos —aparentemente incompatibles— funcionaban en perfecta sinergia.
Era como una orquesta caótica, compuesta por instrumentos de estilos imposibles de mezclar, que aun así interpretaba una melodía perfecta.
Aterrador…
Y hermoso.
Eso era lo que realmente amaba de la magia. No se trataba solo de gritar palabras llamativas y lanzar rayos al azar. Era un arte. El arte de doblegar la realidad mediante voluntad, conocimiento y comprensión profunda.
Los símbolos arcanos no solo nombraban las cosas… las transformaban desde su esencia.
Me acaricié la barbilla mientras analizaba con absoluta concentración las cadenas de símbolos que se desplegaban ante mí. No era griego, ni ninguna lengua mágica que conociera.
Pero eso no era un obstáculo.
Como medio Titán, poseía el lenguaje mágico innato de aquella raza. Aunque estaba diseñado para comprender los glifos primordiales, también me permitía intuir el significado funcional de símbolos ajenos.
Podía separarlos mentalmente, analizarlos de forma individual y luego reconstruir su relación me permitía crear un mapa conceptual de sus posibles funciones. No era un método perfecto, pero era lo mejor que tenía.
Sí, técnicamente también poseía la habilidad universal de comprensión lingüística de DxD… pero esa solo funcionaba con lenguaje hablado, no con símbolos escritos.
En esta situación, era inútil.
Katsuyu observaba todo con evidente interés.
“Hades-sama… ¿encontró algo?”, preguntó.
“Por ahora, parece ser una barrera espacio-temporal destinada a contener algo”, respondí con tono académico. “Pero no sé qué”.
“Lo extraño es esto… muchos de los sellos están repetidos. En circunstancias normales, eso sería un error grave que provocaría el colapso del sistema. Pero aquí están conectados con tal precisión que no interfieren entre sí. Al contrario… se refuerzan”.
“Crean ciclos de fortalecimiento periódico que garantizan la estabilidad a largo plazo”.
Exhalé lentamente.
“¿Quién demonios fue el genio al que se le ocurrió diseñar algo así…?”
Aunque lo había preguntado en voz alta, en mi mente ya tenía una idea bastante clara de quién podía estar detrás de todo esto.
Después de todo, una barrera aparentemente imposible para esta época y unos golems extremadamente avanzados que funcionaban a base de energía sagrada me habían dado las pistas necesarias para conectar los puntos.
Para empezar, dudaba seriamente que dioses como Vishnu, Spenta Mainyu o Amaterasu se dignaran a abandonar sus territorios únicamente para sellar a un enemigo.
Según todo lo que recordaba de la mitología, ese tipo de deidades no eran precisamente conocidas por contener amenazas… sino por purificarlas hasta no dejar ni cenizas.
Por otro lado, dioses relacionados con lo sagrado como Ran o Apolo, en esta era apenas deberían ser novatos sin la experiencia ni el poder necesarios para llevar a cabo un acto de este calibre. O, directamente, ni siquiera habrían nacido aún.
Y fuera de ellos… no conocía a ningún dios actual que se especializara de forma tan absoluta tanto en sellos como en energía sagrada.
Eso solo dejaba a uno, a “Él”.
El gran Big-G, alias papá paloma, también conocido como el Dios de los ángeles… y, para muchos, el dios más fuerte tanto de la era mítica antigua como de la actual.
Sabía de su existencia no solo por los antiguos textos conservados en la biblioteca de Thalassia, sino también por los rumores que había escuchado de dioses mayores como Gaia y Océano.
El Dios bíblico era una figura peculiar: respetado por su neutralidad y su aparente bondad, pero al mismo tiempo temido por un poder y unas habilidades que superaban con creces a las de sus contemporáneos.
Un ser capaz de pasearse libremente por cualquier rincón del mundo sin pedir permiso… ni siquiera avisar.
Y aun así, no parecía molestar a nadie sin motivo.
A diferencia de la versión más extrema descrita en la antigua Biblia, este Dios no atacaba simplemente porque alguien le desagradara. De hecho, por lo que había logrado averiguar, las pocas ocasiones en las que intervino de forma directa fueron cuando los actos de otros seres estaban causando daños irreversibles al mundo.
Dioses malignos que provocaban muertes en masa y masacres por diversión.
Dragones que perdían el control y desataban una devastación generalizada, arrasando con todo a su paso: seres vivos, animales, humanos… incluso el propio mundo.
En resumen, mientras te mantuvieras en su lado bueno —o al menos en el neutral—, no había nada que temer.
Además, el panteón del Cielo también era responsable de una enorme red de comercio que se extendía a múltiples panteones, funcionando como un centro de intercambio colosal donde era posible comerciar materiales y recursos raros que las facciones más pequeñas jamás podrían obtener por su cuenta.
Ese tipo no solo era absurdamente fuerte.
También estaba absurdamente forrado.
Pero ahora la verdadera pregunta era…
(¿Debería involucrarme?)
Porque, siendo honesto, ya tenía suficiente con dos montañas vivientes vigilándome el trasero en todo momento. No quería sumar a la lista a un Dios de la luz potencialmente irritado decidiendo que mi cabeza era un objetivo aceptable por meter las manos donde no debía.
“Mmmmmmm… creo que…”
[Ding~ se ha emitido una misión: Los sellos de los antiguos]
{Condiciones de la misión: desvela los misterios dejados en la oscuridad de una era que ya no existe}
{Recompensa: cupón plateado ×2 – puntos de estado ×40}
{Condición secundaria: derrota al ser que yace dormido en la oscuridad y dale el descanso definitivo}
{Recompensa: cupón dorado ×1 – puntos de estado ×100}
“…creo que definitivamente lo haré.”
Alcé el puño en alto, con una expresión de férrea determinación grabada en el rostro.
“¡Después de todo, vine aquí por la aventura!”
Katsuyu me observó con absoluta confusión. Hacía apenas unos instantes su discípulo había mostrado una expresión analítica y cautelosa, y ahora, de la nada, había pasado a una actitud inquieta y resuelta, sin contexto alguno.
Y como ella no podía ver la pantalla del sistema, la situación solo resultaba aún más desconcertante.
“Vamos, maestra Katsuyu. Esta barrera no nos detendrá”.
Sin pensarlo dos veces, di un paso al frente en dirección a la barrera, avanzando con la determinación de alguien que ya había tomado una decisión.
Al quedar frente a la cúpula invisible que protegía el área alrededor de los pilares, no dudé y levanté ambas manos hacia el monolito más cercano.
“Maestra, solicito su colaboración”, dije, mirando hacia mi hombro.
“A sus órdenes, Hades-sama”, respondió la voz suave pero firme de Katsuyu.
Ella comprendió mi intención al instante. Sin vacilar, se envolvió alrededor de mi brazo estirándose desde mi cuello, mientras de su cuerpo emanaba una espesa aura verde. Katsuyu comenzó a canalizar su energía senjutsu directamente hacia mí.
Yo, por mi parte, me preparé.
Regulé mi respiración, cerré los ojos y me concentré en la sensación de aquella energía recorriendo mi cuerpo. Junté mis palmas, formando el sello de recolección, y comencé a absorber la energía sabia que la maestra me transfería.
“¡Modo sabio de la babosa!”
—Explosión—
Una onda de chakra pequeña pero increíblemente poderosa estalló desde mi cuerpo, formando una estela de aura azul que recorrió cada centímetro de mi ser.
Desde mi frente surgieron marcas azul verdosas que se extendieron por mi cuello y brazos hasta alcanzar el centro de mi estómago.
Mi piel perdió su tono habitual, volviéndose más pálida, con una textura rugosa y resbaladiza similar a la de una babosa, mientras líneas azuladas recorrían mi cuerpo, latiendo con energía viva.
En mi rostro, los cambios se hicieron aún más evidentes. Marcas azules y verdes se dibujaron sobre mi piel, formando patrones similares a los de un ajolote y mis cuernos se suavizaron y largaron en una curva, hasta parecer las astas de un carnero.
Pero los cambios más impactantes se manifestaron en mis ojos.
Donde antes había unos ojos negros, profundos como el vacío del espacio, ahora brillaban dos orbes de aspecto antinatural. La pupila, antes pequeña y redonda, se había transformado en una figura oscura de patrón cuadrado de contorno verde brillante, extendiéndose por la mayor parte del iris.
Y en ese instante, con el poder sabio fluyendo sin restricciones por mi cuerpo, comprendí algo con absoluta claridad.
Si esta barrera era un legado de los antiguos… entonces yo sería quien lo reclamaría.
Porque no había venido hasta aquí para dar media vuelta.
Y definitivamente no me perdería un cupón dorado por nada del mundo, ¡por el gacha!
[Estado]
{Nombre: Hades}
{Raza: Dios griego / Aithyropoioi – Titán primigenio / Colossus Sapien Arcana}
{Dominio: Dios del Inframundo – Dios del Agua – Titán}
{Título de estado temporal: Sabio de las babosas}
{Nivel de potencia: 62.623 → 83.700} (aumentado temporalmente)
{STR: 2.992 → 5.000}
{DES: 2.214 → 4.200}
{VIT: 10.304 → 12.000}
{MAG: 59.900}
{CHA: 45}
{KRA: 170.390 → 250.000}
[El Anfitrión ha entrado al estado: Modo Sabio de la Babosa (Imperfecto).
Todas las estadísticas físicas reciben un aumento temporal.
Las capacidades de percepción y reacción se ven significativamente potenciadas.
Las reservas de chakra incrementan su producción de manera temporal.
Se obtiene acceso al chakra natural del modo sabio.
Las reservas de maná no aumentan.
La suerte no se ve afectada.]
Las alertas del sistema siguieron apareciendo una tras otra mientras observaba mi estado actual con detenimiento.
(Me siento… increíble.)
Era como si cada célula de mi cuerpo hubiera recibido una descarga brutal de adrenalina divina. Mi mente estaba clara, mi cuerpo ligero, y mi percepción tan afinada que podía sentir el flujo de energía a kilómetros de distancia.
En ese instante, honestamente, sentía que podía hacerlo todo.
“Así debió sentirse el tipo del Old Spice”, murmuré mientras flexionaba los músculos y comenzaba a posar exageradamente, encadenando poses dramáticas dignas de JoJo’s.
Pero mi improvisada sesión de fisicoculturismo terminó abruptamente.
“Hades-sama, por favor apúrese”, sonó la voz apurada de Katsuyu. “No creo poder mantener el suministro de chakra por mucho más tiempo”.
Giré la cabeza hacia ella.
En ese momento, Katsuyu estaba forzando su límite absoluto. Absorbía mi chakra, lo refinaba en chakra natural y luego lo devolvía a mi cuerpo, manteniendo artificialmente activo el modo sabio.
El problema era evidente.
Este mundo carecía de la energía natural pura necesaria para condensar el chakra senjutsu de manera óptima.
Katsuyu estaba sosteniendo el proceso con pura maestría… y fuerza de voluntad.
Incluso para ella, aquello no era sostenible.
En el mejor de los casos, solo podría ayudarme a mantener este estado durante un minuto.
“Hades-sama”, insistió con urgencia, “lo que sea que vaya a hacer… hágalo rápido”.
“No se preocupe, maestra”, respondí con una sonrisa confiada. “No necesitaré más que un solo movimiento”.
(¡Muy bien… aquí vamos!)
Levanté una mano y comencé a canalizar chakra natural en ella.
Una pequeña esfera empezó a formarse en mi palma. Al principio era inestable, apenas del tamaño de una canica, pero creció rápidamente hasta alcanzar el tamaño de una pelota de tenis, mientras su estructura se comprimía de forma violenta.
Pero no me detuve ahí.
Bajo mi control, la esfera cambió.
Primero adquirió un tono rojizo intenso… luego se transformó en un blanco cegador.
Pequeñas aspas de energía comenzaron a girar a su alrededor, colapsando y expandiéndose al mismo tiempo, como si partículas microscópicas estuvieran siendo trituradas dentro de un remolino de destrucción absoluta.
“¡Arte sabio del elemento polvo… Rasenshuriken Jinto—!”
No terminé la frase.
Un instinto brutal me atravesó el cuerpo.
(Me van a atacar.)
Me moví.
Un segundo después, uno de los golems de roca que estaba a mis espaldas descargó un golpe devastador contra el suelo donde yo me encontraba.
¡BOOOM!
El impacto abrió un cráter gigantesco, pulverizando la roca como si fuera papel húmedo.
“¿¡Qué rayos!?”
Me reincorporé a más de doscientos metros de distancia en un parpadeo, con el corazón latiendo con fuerza.
No tuve tiempo para recuperarme.
En un destello de velocidad, el segundo golem apareció frente a mí y lanzó un golpe aún más brutal, cargado con una cantidad absurda de energía sagrada.
¡¡¡BOOOOM!!!
El sonido reverberó por todo el valle.
El suelo tembló como si un terremoto hubiera sacudido la isla entera, y una onda de choque arrasó el área, hundiendo el terreno hasta formar un abismo profundo y caótico.
En circunstancias normales, ningún ser divino habría sobrevivido a algo así.
Pero por pura suerte —y reflejos absurdamente mejorados— ya me había movido antes de que el golpe se completara.
Había escapado a velocidad lumínica, apareciendo a más de un kilómetro del valle.
“Ha… ha… ha…”, respiré con fuerza, más por el impacto emocional que por cansancio físico.
“¡¿Qué demonios fue eso?! ¿Cómo es posible que cosas tan grandes se muevan tan rápido? ¡Eso viola cualquier ley de la dinámica fundamental!”
“Hades-sama, ¿se encuentra bien?”, preguntó Katsuyu mientras se deslizaba de nuevo hasta mi hombro.
Incluso ella, con su vasto rango de percepción, había quedado impactada. Aquellos gigantes se movían a velocidades que jamás había visto en el mundo ninja, y la fuerza que demostraban estaba muy lejos de ser normal.
Estaba segura de que incluso su cuerpo original tendría dificultades para soportar un impacto así.
“Estoy intacto… por poco”, respondí con un suspiro tenso.
“Pero si no hubiera reaccionado a tiempo… ese golpe me habría arrancado la cabeza”.
Me estremecí ante la idea.
Esta vez había estado preparado.
Katsuyu observó el valle convertido ahora en un enorme sumidero. Los golems seguían de pie, buscando en todas direcciones. Y aun así, los pilares negros permanecían prácticamente intactos.
La barrera había absorbido todo el daño.
“Hades-sama… ¿qué piensa hacer ahora?”
Guardé silencio un instante… y luego sonreí, apretando el puño con fuerza.
“¿Qué más se puede hacer, maestra?”
“¡Pelearemos!”.
Katsuyu asintió lentamente, aunque la preocupación era evidente.
“Hades-sama… ¿está seguro de enfrentarlos solo?”
“Jajaja, tranquila”, dije tronándome los nudillos.
“Voy a golpearlos tan fuerte que van a volver directamente a la Edad de Piedra”.
“¡Hades-sama espere—¡”
No escuché.
Aceleré.
El mundo se distorsionó mientras corría directo hacia uno de los golems. El coloso levantó la cabeza… y entonces su cuerpo comenzó a brillar.
Una luz cegadora cubrió su torso y espalda.
Y lo imposible ocurrió.
El gigante se movió como un rayo.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando una mano colosal apareció a centímetros de aplastarme.
‘¡Explosión!’
El terreno volvió a estallar.
Pero esta vez…
El gigante quedó arrodillado, con el brazo enterrado en la roca.
“¡Surprise, motherf*cker!”
‘¡AUGE!’
Una sombra emergió de su costado y una patada brutal impactó de lleno en su rostro.
¡PUM!
El coloso salió volando decenas de metros antes de estrellarse contra el suelo.
‘Rrrrrrrrrrr—’
Su cuerpo se levantó con dificultad. Su rostro estaba destrozado, grietas recorriéndolo como una telaraña.
“Huff… eso debió doler”, dije burlón.
“O eso diría… si estuvieras vivo”.
“Hades-sama…”
“Tranquilo, tú sigues después”, señalé al segundo golem.
“Hades-sama…”
“Te voy a convertir en arte moderno”, añadí despreocupado.
Levanté mi mano izquierda mientras que de está se manifestaba una pequeña bola de la búsqueda de la verdad.
“¡HADES-SAMA!”
“¿Eh?”
Katsuyu estaba alarmada.
“El tiempo… ya terminó”.
(…Ese tiempo.)
La energía sabia comenzó a evaporarse.
Mis marcas desaparecieron.
La fuerza se fue que antes me recorria desapareció e incluso la gudodama se había diluido al no poder mantener su forma.
Apreté los puños.
Nada.
El golem se levantó nuevamente, su silueta adoptó una postura amenazante, y su cuerpo empezó a liberar cantidades absurdas de poder sagrado a cada segundo.
‘Tragar’
“Ejem… ¿qué te parece si lo dejamos para mañana?”
Sonreí incómodo, al parecer las cosas no iban a ser tan fáciles.
Final del capítulo.
20.300 palabras.
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