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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 44

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Capítulo 44: 36. el misterio de la isla olvidada part.1

Mis manos temblaron de forma visible.

No por miedo ni pánico… sino por una mezcla peligrosa de incertidumbre y la adrenalina pura que recorría mi cuerpo en ese instante.

Al alzar la vista hacia el gigante de roca sólida que se erguía frente a mí, pude sentir con claridad la presión invisible que emanaba de su cuerpo inanimado. No era una fuerza física, sino algo más sutil: una opresión que calaba directo en los instintos, como si su sola presencia estuviera diseñada para recordarle a cualquiera lo insignificante que era frente a él.

El rostro del coloso, agrietado y carente de expresión, reflejaba una frialdad absoluta. No había ira, ni intención, ni emoción alguna. Solo era una criatura sin voluntad propia, un ente cuya razón de existir se reducía a cumplir un propósito impuesto por su creador.

Y aun así…

Era fascinante.

La simple idea de que un conjunto de minerales cuidadosamente seleccionados, moldeados con precisión y reforzados con los encantamientos adecuados, pudiera dar origen a una entidad capaz de moverse, reaccionar y combatir, resultaba tan impresionante como inquietante.

Un matrimonio perfecto entre la manipulación de la materia inerte y la energía sobrenatural.

El resultado era un caparazón mágico de complejidad absurda. Bajo su superficie, pese a estar compuesto de metales pesados y materiales arcanos, su estructura interna era capaz de emular con asombrosa fidelidad los sistemas más complejos de un ser vivo.

Donde debería haber músculos, existían sistemas de “músculos” neumáticos automatizados, impulsados por energía mágica.

Donde debería haber un sistema nervioso, había circuitos arcanos de procesamiento que reemplazaban por completo la necesidad de un cerebro orgánico.

En lugar de recuerdos, instintos o experiencias, estos constructos procesaban el maná a través de un núcleo central. Un núcleo que dictaba cada acción mediante un sistema de control predefinido. Dependiendo de su tamaño y complejidad, ese núcleo determinaba el nivel de autonomía, capacidad de análisis y toma de decisiones del golem.

En esencia…

Eran robots increíblemente sofisticados.

Y eso los hacía aún más peligrosos.

Porque los golems frente a mí estaban muy lejos de ser simples máquinas con órdenes rígidas y respuestas limitadas. Su calidad de construcción, junto con su capacidad de procesamiento y análisis, los colocaba en una categoría completamente distinta.

Eso explicaba su comportamiento desde el inicio.

Desde el momento en que los vi por primera vez, nunca atacaron de inmediato.

En lugar de eso, me observaron.

Me vigilaron.

Analizaron cada uno de mis movimientos, cada cambio en mi postura, cada fluctuación de energía, evaluando constantemente si yo representaba una amenaza real o no.

Si mi suposición era correcta, entonces estos golems no solo eran capaces de análisis táctico avanzado, sino que también podían registrar eventos previos, batallas pasadas, analizar patrones de combate y medir resultados posibles en tiempo real.

Y a partir de ahí… adaptar su respuesta.

Claro, existía la posibilidad de que me estuviera equivocando. Que en realidad solo actuaran bajo escenarios específicos, guiados por ecuaciones mágicas frías y sistemas de control inflexibles. Algo similar a un software avanzado que emite impulsos predeterminados para dirigir cada movimiento de sus cuerpos inertes.

Pero la experiencia —y haber leído demasiados mangas shōnen— me había enseñado una lección fundamental:

Nunca subestimes a un enemigo del cual no tienes información.

Y mucho menos a uno cuyas capacidades desconoces por completo.

En situaciones como esta, el mejor curso de acción no era confiar en suposiciones optimistas… sino asumir el peor escenario posible.

Evaluar al enemigo como una amenaza de nivel máximo.

Porque no tenía la más mínima intención de convertirme en otro de esos personajes rotísimos que, pese a tener un poder absurdo, terminan muriendo de forma patéticamente repentina por cometer un solo error al medir a su oponente.

Y yo…

No pensaba morir aplastado aquí.

Bajo el efecto combinado de la adrenalina y la presión emocional, los pensamientos atravesaron mi mente en fracciones de microsegundos, lo suficientemente rápido como para permitirme reaccionar cuando el rostro del golem que tenía justo frente a mí se iluminó de pronto con un brillo cegador.

No hubo advertencia.

Su mandíbula pétrea se abrió con un crujido profundo y, desde el abismo incandescente de su boca, emergió un haz de luz sagrada extremadamente comprimido. Una lanza de energía pura que se precipitó hacia mí con una intención asesina tan clara que helaba la sangre.

Gracias a mis reflejos agudos y a una capacidad de reacción llevada al límite, me moví a una velocidad superior a la del rayo, abandonando el área de impacto en el último instante.

‘¡Zzzzzzzzzt!’

El rayo de energía mágica surcó el terreno en una trayectoria perfectamente lineal, abriendo una zanja colosal que se extendía por centenares de metros. Incluso en su punto más estrecho superaba los diez metros de ancho, y su profundidad… imposible de calcular. La tierra fue pulverizada, calcinada y arrancada de raíz, formando un barranco de destrucción que parecía no tener fondo.

Cuando el ataque finalmente se disipó, lo hizo en un silencio inquietante, dejando atrás un paisaje reducido a cenizas y roca fundida.

Desde mi posición solo pude contemplar las consecuencias superficiales de aquella devastación, pero era más que suficiente. Podía afirmar con total seguridad que incluso mi Susanoo en su forma completa tendría serias dificultades para resistir un ataque así. No por su radio destructivo, sino por su aterradora capacidad de penetración: una potencia concentrada capaz de partir montañas como si fueran papel húmedo.

Dentro de mi arsenal, solo los ninjutsus de rango A o superior poseían un poder letal comparable.

(Sí… esto definitivamente no será fácil).

Ese pensamiento resonó en lo más profundo de mi mente, pues la demostración acababa de dejar algo muy claro: estos dos golems no solo contaban con una fuerza y durabilidad absurdas, sino que además estaban equipados con un arsenal ofensivo variado y extremadamente peligroso.

Eso complicaba la batalla de forma exponencial.

Ya no bastaba con evitar sus puños colosales o su velocidad antinatural; ahora debía mantenerme alerta ante ataques de media y larga distancia capaces de borrar el terreno mismo.

“Pero bueno, al menos estos no se regeneran”, murmuré para consolarme, mientras fijaba nuevamente la mirada en la herida visible del golem.

La marca seguía ahí.

“Je… al menos sé que no son imbatibles”.

La patada potenciada por el Chakra natural que le había propinado a una velocidad mayor a la de la luz, cuando aún tenía acceso al modo sabio, había dejado su huella.

No era un daño crítico, pero sí innegable. A simple vista se apreciaba una enorme grieta recorriendo el lado derecho de su gigantesco rostro, acompañada por múltiples fracturas en forma de telaraña que se extendían desde la herida hasta el cuello.

El coloso seguía en pie.

Intacto en su arrogancia mecánica.

Pero ahora no estaba tan preocupado puesto que sabía con certeza, aquellas cosas podía sangrar… y yo pensaba exprimir cada grieta hasta hacerlos caer por más difícil que fuera.

“Muy bien…”

Me estiré ligeramente el cuello hasta hacerlo tronar antes de bajar con cuidado a la maestra Katsuyu y dejarla en el suelo.

“¿Hades-sama, qué está haciendo?” preguntó Katsuyu, visiblemente confundida.

Me incorporé con calma y giré apenas la cabeza, sin apartar la vista de aquellas colosales montañas de piedra que se alzaban frente a mí, dos titanes silenciosos que parecían dispuestos a pulverizarme como si no fuera más que carne viva.

“No se preocupe, maestra,” respondí con voz firme. “Solo necesito espacio para la pelea que se avecina. Le agradecería que buscara un lugar seguro desde donde pueda observar el espectáculo.”

Entonces me giré hacia ella y le dediqué una sonrisa tranquila, cargada de una confianza casi provocadora.

“Por favor, no se pierda el próximo acto… porque estoy a punto de ponerme serio.”

Al escuchar mis palabras, Katsuyu dudó. Durante un instante pareció reacia a abandonar mi lado, como si quisiera intervenir o advertirme una vez más. Sin embargo, al percibir mi determinación absoluta de enfrentar aquella batalla por mi cuenta, terminó aceptando mi petición, aunque no sin cierta resistencia.

“Está bien, Hades-sama,” dijo finalmente. “Como su maestra, espero sinceramente ver su desempeño en combate… pero recuerde que, si necesita ayuda, siempre puede llamarme.”

Fueron sus últimas palabras antes de desaparecer en un borrón de velocidad.

Con mis sentidos agudizados, pude detectar su reaparición en la cima de una montaña lejana. Desde allí, sin duda, me observaba en ese mismo instante.

(Perfecto…)

Volví a fijar mi atención en los golems mientras que el aire a nuestro alrededor se volvió pesado, esta vez, ya no habría margen para errores.

Agitando mi mano una serie de patrones glificos se entrelazaron alrededor de mi ropa.

Desde mis zapatos hasta mi sudadera y camiseta, al instante en que los glifos se manifestaron actuaron la estructura de mis prendas se amplificó, y su estructura se volvió más resistente, los patrones luminosos se iluminaron por unos instantes más antes de atenuarse y desaparecer, dejando detrás de sí varios beneficios impregnados en mi ropa.

No me arriesgaría quedar a la intemperie con lo que se venía.

Poniéndome en posición arrodillada, decidí tomar la iniciativa.

Formé un sello de manos con precisión y grité con voz firme:

“¡Liberación de la Madera… el Nacimiento del Mundo de los Árboles!”

(Mokuton; Jukai Kōtan)

El efecto fue inmediato.

El valle entero tembló como si la tierra misma despertara de un sueño ancestral. El suelo se resquebrajó violentamente y, desde sus entrañas, gigantescas raíces emergieron con fuerza descomunal. Árboles colosales brotaron a una velocidad antinatural, elevándose hacia el cielo mientras su tamaño crecía sin control.

En cuestión de segundos, el campo de batalla quedó irreconocible.

Donde antes había tierra abierta, ahora se extendía un bosque primigenio, con árboles que superaban con facilidad los veinte metros de altura, cuyas copas oscurecían el cielo.

Gruesas ramas y raíces se lanzaron desde todas direcciones, envolviendo los cuerpos de los dos gigantes de piedra con una velocidad feroz. Pronto, ambos golems quedaron atrapados hasta el cuello en la prisión natural del mar de árboles.

Pero la ofensiva no terminó ahí.

Las raíces comenzaron a pulsar con energía propia, absorbiendo sin descanso la energía sagrada que recorría los cuerpos de los colosos.

Aun así, los golems no mostraron signos de pánico ni desorientación.

Con una altura superior a los cuarenta metros, avanzaron lentamente, arrancando árboles y rompiendo raíces como si se tratara de simples obstáculos. El bosque crujía y se desgarraba bajo su avance imparable.

Un zumbido agudo llenó el aire.

“¡Zzzzzzzp!”

En las bocas de ambos gigantes volvió a formarse aquella luz sagrada, compacta y letal. Sus cabezas se alinearon al unísono, apuntando directamente hacia mí.

Me preparé para esquivar nuevamente el rayo mortal, pero para mi sorpresa, esta vez el ataque fue distinto.

‘¡Explosión!’

En lugar de un haz concentrado, dos enormes esferas de luz sagrada fueron disparadas a la velocidad del rayo, surcando el aire con una intención inequívocamente asesina.

“¡Liberación de la Madera; Muro de Bloqueo de Madera!”

(Mokuton; Mokujōheki)

Reaccioné al instante.

Di un salto hacia atrás mientras sus manos se movían a una velocidad sobrehumana. En el momento en que tocó el suelo, múltiples pilares de madera emergieron y se retorcieron alrededor de mi cuerpo, entrelazándose hasta formar una enorme cúpula defensiva.

‘¡AUGE!’

En el preciso momento en que la cúpula se cerró por completo, las esferas impactaron.

Una explosión colosal devoró el área, liberando un haz de luz que se elevó hacia el cielo antes de detonar con una fuerza devastadora. Todo en un radio de quinientos metros fue arrasado al instante, mientras las ondas expansivas se propagaban violentamente más allá de los cinco kilómetros.

A la distancia, Katsuyu fue sacudida por una violenta corriente de aire abrasador.

“¡¿Qué clase de poder es éste…?!” exclamó, antes de ser arrancada de la rama donde se encontraba. Su pequeño cuerpo no pudo resistir la presión y fue lanzado por los aires.

El daño no se limitó al campo de batalla.

Árboles cercanos fueron reducidos a cenizas, animales huyeron despavoridos o murieron a consecuencia de la explosión y las montañas circundantes mostraron grietas y desprendimientos causados por la onda de choque.

Cuando todo se calmó, el paisaje había sido transformado por completo en un sumidero aún mayor del que ya era.

El bosque de Mokuton había desaparecido.

Solo quedaban los dos colosales golems… y una cúpula de madera gravemente dañada, aún en pie.

Al ver que su objetivo seguía con vida, los gigantes no dudaron.

Se prepararon para atacar de nuevo.

‘¡Whoosh!’

“¡Lanza Chidori!”

‘¡ZAP!’

Una figura oscura se desplazó a una velocidad antinatural.

Hades apareció en el aire, justo a la altura del rostro de uno de los golems. En su mano, la electricidad rugía, formando una lanza de rayo pura, afilada y letal.

El coloso no tuvo tiempo de reaccionar.

La Lanza Chidori se estrelló directamente contra uno de sus ojos.

¡PUM!

Chispas eléctricas surcaron el aire mientras una explosión sacudía el rostro del gigante. Este retrocedió un paso, pero cuando el humo se disipó, su figura seguía casi intacta. El ataque apenas había dejado quemaduras superficiales en la roca.

“Tsk…,” chasqueó Hades en el aire, evaluando la situación.

Fue entonces cuando ocurrió.

Una intensa luz sagrada apareció detrás de él.

Antes de que pudiera reaccionar, una gigantesca mano luminosa se cerró sobre su cuerpo.

El segundo golem había entrado en acción, utilizando su velocidad cercana a la de la luz para capturarlo en el momento exacto de vulnerabilidad.

Sin vacilar, el coloso comenzó a apretar su mano.

Hades sintió cómo la presión aumentaba de forma brutal.

Controlando su chakra, reforzó su cuerpo y empujó con todas sus fuerzas, logrando mantener un frágil equilibrio durante unos instantes.

Pero el golem no se detuvo.

Una energía sagrada abrasadora recorrió todo su brazo, brillando con una intensidad comparable a la de un volcán en erupción.

El cuerpo de Hades colapsó ante el contacto directo.

Convencido de haber aplastado a su enemigo, el golem abrió finalmente la mano.

Pero lo que encontró no fueron restos humanos.

Solo trozos de carbón ennegrecido.

¿…?

¡AUGE!

“¡Liberación de la Madera; Jutsu del Dragón de Madera!”

(Mokuton; Mokuryū no Jutsu)

A la distancia, la cúpula de madera semidestruida se abrió violentamente.

Un rugido ancestral resonó por todo el campo de batalla.

De su interior emergió un colosal dragón oriental, completamente formado de madera viva, elevándose con una presencia que evocaba a las leyendas más antiguas.

Al instante en que el dragón de madera fue liberado, y antes de que ambos golems pudieran siquiera procesar lo que estaba ocurriendo, la colosal criatura se lanzó directamente hacia el más cercano.

El golem reaccionó con rapidez, levantando una de sus gigantescas manos e intentando atraparlo por la cabeza.

Pero el dragón era demasiado ágil.

Con un movimiento serpentino, esquivó el agarre sin dificultad y, aprovechando el impulso, su cuerpo de más de cuarenta metros se enrolló alrededor de la cintura del coloso, descendiendo por sus piernas y atrapando también uno de sus brazos en un abrazo constrictivo brutal que le impidió moverse con libertad.

El golem, al percibir la gravedad de su situación, intentó canalizar su energía sagrada, envolviendo su cuerpo en una capa de luz abrasadora con la intención de calcinar al dragón de madera.

Pero algo salió mal.

En el instante en que la energía entró en contacto con el cuerpo del dragón, esta fue absorbida inmediatamente, como si fuera devorada antes de poder siquiera condensarse.

El coloso intentó entonces liberarse por la fuerza.

Sus músculos artificiales rugieron mientras ejercía presión para romper el cuerpo del dragón. La madera crujió bajo la tensión… pero no cedió.

Al contrario.

El dragón apretó aún más su constricción y, desde su cuerpo, brotaron múltiples raíces que se clavaron en el golem, envolviéndolo por completo y drenando su energía a una velocidad vertiginosa. Poco a poco, el cuerpo del gigante comenzó a volverse más pesado, sus movimientos más lentos, su reacción más torpe.

El segundo golem, al ver la precaria situación de su compañero, se dispuso a intervenir.

Su cuerpo volvió a iluminarse con energía sagrada, preparándose para lanzar un golpe devastador contra el dragón de madera.

Pero no logró dar ni un solo paso.

De repente, su cuerpo se detuvo en seco y casi perdió el equilibrio.

Miró hacia abajo.

El suelo firme bajo sus pies había cambiado.

La tierra comenzó a moverse y a ceder, transformándose en un terreno blando y húmedo, similar a un pantano que se tragaba lentamente sus piernas.

“¡Vamos!”

Fue entonces cuando finalmente salí del refugio formado por los pilares de madera y me lancé de frente contra el segundo golem.

Pero no iba solo.

A mi izquierda y derecha corrían dos de mis clones de madera.

Uno de ellos sostenía un par de aros dorados en ambas manos, imbuídos con el poder del fuego y el viento: los Feng Huo Lun, las legendarias ruedas mágicas capaces de manipular ambos elementos.

El otro portaba un martillo colosal, de más de dos metros de largo. Su cabeza combinaba la forma de un martillo de demolición con la de un propulsor de cohete. En la parte posterior se distinguía un mecanismo miniaturizado similar a una turbina, conectado a un motor de combustión de diseño futurista.

Yo, por mi parte, llevaba equipados los Guanteletes Titanes.

Sentí cómo su poder mágico recorría cada fibra de mi cuerpo, reforzando mis atributos mientras la energía dorada fluía por mis brazos.

“¡Ataquemos juntos!” grité, acelerando hasta alcanzar una velocidad superior a la de la luz, apuntando directamente a la monumental figura del golem que seguía hundiéndose en el barro.

“¡¡¡Sí!!!” respondieron ambos clones al unísono.

En el siguiente instante, utilizaron la técnica de parpadeo corporal, desapareciendo para reaparecer en los puntos ciegos del enemigo.

La cacería había comenzado.

‘¡Zas!’

El primero en actuar fue el clon que portaba las Feng Huo Lun.

Con un movimiento firme elevó los dos aros dorados sobre sus palmas. En cuanto quedaron suspendidos, comenzaron a girar a una velocidad vertiginosa. El viento rugió primero, formando corrientes circulares que cortaban el aire; después el fuego despertó, abrazando los anillos en un resplandor ardiente que creció hasta convertirse en un halo incandescente.

El calor distorsionó el espacio a su alrededor.

Y, sin embargo, el clon permaneció intacto en el centro del torbellino, como si los elementos reconocieran su autoridad.

En el instante en que las ruedas alcanzaron su punto máximo de rotación, desapareció.

Su figura se volvió un borrón y reapareció detrás del golem atrapado en el barro, justo a la altura de su espalda titánica.

Extendió ambas manos hacia el coloso.

Como si obedecieran una orden silenciosa, las Feng Huo Lun se dispararon hacia adelante.

El golem lo percibió.

Su gigantesca cabeza giró ciento ochenta grados con un crujido antinatural hasta apuntar a su retaguardia, y de su boca emergió una ráfaga de luz sagrada concentrada.

‘¡Zssss!’

El láser atravesó el aire con violencia, derritiendo partículas a su paso. Pero antes de que impactara, las ruedas se separaron en direcciones opuestas, dividiéndose con precisión quirúrgica.

El rayo continuó recto e impactó el suelo a lo lejos, perforándolo como si fuese mantequilla, dejando una cicatriz humeante que ardía con energía residual.

Las Feng Huo Lun, en cambio, comenzaron a orbitar alrededor del gigante.

El clon se movía por el perímetro, guiándolas con gestos fluidos. Sus manos dibujaban trayectorias invisibles en el aire mientras los aros aceleraban cada vez más.

El viento se volvió ciclón.

El fuego, columna.

En cuestión de segundos, un tornado ígneo se alzó alrededor del golem, elevándose decenas de metros hacia el cielo. Las llamas envolvieron su figura y el calor se intensificó brutalmente, superando temperaturas capaces de fundir acero.

La coraza de roca empezó a tornarse rojiza.

Pero el golem reaccionó a tiempo.

Una barrera de energía sagrada emergió alrededor de su cuerpo, una cúpula luminosa que repelía las llamas y contenía el embate del artefacto divino. El ciclón rugía contra esa defensa como un océano enfurecido contra un acantilado.

Dentro del torbellino, el coloso perdió momentáneamente la visión.

Sus brazos se movieron con violencia, intentando atrapar las ruedas doradas que zumbaban como cometas ardientes. Pero por más rápidas que fueran sus manos, las Feng Huo Lun eran demasiado pequeñas, demasiado ágiles.

Intocables.

Fuera del ciclón, el clon sonrió.

Por un instante contempló el tornado en llamas elevándose como una columna de juicio, y luego bajó la mirada.

El gigante no había notado lo que ocurría bajo sus pies.

El calor extremo había evaporado parte del lodo, deteniendo el hundimiento. Sin embargo, sus piernas seguían atrapadas hasta los talones en la tierra reblandecida y agrietada.

No lo detendría mucho tiempo.

Pero sería suficiente.

‘¡Crack!’

La tierra retumbó cuando una de las piernas del golem comenzó a elevarse. Era como ver levantarse un edificio de cinco pisos. El terreno vibró bajo la presión colosal.

El ciclón de fuego tembló.

La roca ennegrecida ahora brillaba con un tono rojo opaco por la exposición a temperaturas extremas.

Entonces el golem liberó nuevamente su poder sagrado.

Su cuerpo se transformó en un gigante de luz. La energía comprimida recorrió sus extremidades y su velocidad se disparó. Sacó un pie del barro con violencia, dejando un cráter profundo, y lo asentó con un pisotón que pulverizó el terreno.

Se preparó para liberar la segunda pierna.

Ese instante fue todo lo que necesitaba.

“¡Hey, Aquiles! ¡Voy a demoler tu talón!”

Desde su perspectiva, apenas era una mota.

Pero esa “mota” avanzaba a una velocidad comparable a la suya.

El golem giró la cabeza hacia abajo y abrió la boca. Disparó una columna de luz directamente al suelo.

‘¡Zas!’

‘¡Retumbar!’

El rayo impactó con precisión, levantando una explosión cegadora.

Pero yo ya no estaba allí.

Reaparecí en otro punto, moviéndome con destellos cortos de velocidad lumínica, esquivando ráfaga tras ráfaga mientras el coloso disparaba sin descanso.

“¡Cómete esta!”

Elevé ambos puños a la altura de mi cintura.

Los guanteletes Titanes comenzaron a brillar con una luz dorada intensa. El poder acumulado en ellos vibraba, capaz de arrasar montañas.

Pero no me detuve ahí.

Invocando el poder del Titán, glifos antiguos comenzaron a manifestarse sobre la superficie de los guanteletes. Símbolos complejos giraron y se expandieron por mis brazos como cadenas místicas.

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Uno tras otro se activaron.

Mi impulso se multiplicó.

Entre una lluvia de rayos sagrados di un último pisotón que fracturó el suelo bajo mis pies y salí disparado como un proyectil.

‘¡Whoooosh!’

En el aire activé la levitación de los Titanes para mantener la trayectoria.

En menos de un parpadeo impacté contra la barrera de energía sagrada que protegía su pierna.

La atravesé.

‘¡Crack—!’

La roca y el metal chocaron con un estruendo ensordecedor. Sentí el retroceso recorrer mis brazos mientras mi cuerpo perforaba la estructura interna del golem en postura recta, como una lanza humana.

Y entonces—

‘¡BROOOOOOOOOOOM!’

La explosión superó todo lo anterior.

Una luz cegadora devoró el campo de batalla y una onda de choque se expandió en todas direcciones. El suelo colapsó bajo la presión, formando un gigantesco sumidero.

A la distancia, montañas que habían resistido ataques previos finalmente cedieron, desmoronándose como castillos de arena.

El impacto no se limitó al valle.

A lo largo de la isla, grietas kilométricas se abrieron en la tierra. Barrancos surgieron donde antes había llanuras. Un terremoto violento sacudió cada rincón del territorio.

El mundo entero pareció estremecerse ante la colisión.

Y en el epicentro… el destino del gigante acababa de cambiar.

En el centro del cráter humeante… el talón del gigante ya no estaba intacto.

Donde antes se alzaba una estructura pétrea impenetrable, ahora solo quedaban fragmentos dispersos y una herida brutal que ascendía desde la pierna mutilada hasta más allá de la cintura. La roca sagrada se había resquebrajado en una red de fisuras que trepaban por su cuerpo como telarañas doradas al borde del colapso.

Las líneas de sellos —antiguas cadenas místicas que recorrían su armazón— titilaban con inestabilidad. Algunas se apagaron por completo, desvaneciéndose en chispas de luz moribunda; otras permanecían apenas visibles, opacas y fracturadas, como cicatrices grabadas sobre la piel de un titán derrotado.

“Grrrrrh… grrrrr…”

El sonido emergió desde el interior del coloso, un rugido bajo y áspero que vibró en el aire antes de extinguirse. El golem terminó desplomándose de costado, levantando una nueva nube de polvo y vapor.

A más de doscientos metros del punto de impacto, en el fondo de otro cráter profundo, Hades yacía entre roca pulverizada y metal fundido.

Sus dedos se movieron primero. Luego los brazos.

El dolor llegó como una ola ardiente: músculos desgarrados, articulaciones resentidas, venas latiendo con violencia bajo la piel abrasada. La adrenalina lo mantenía erguido por pura terquedad.

{STR +1}

{VIT +2}

(Valió la pena…)

Pero su cuerpo no estaba diseñado para caer tan fácilmente.

Desde lo más profundo de su pecho, el segundo corazón —el corazón del titán— comenzó a latir con fuerza. Un pulso grave, rítmico, como un tambor de guerra anunciando el regreso del conquistador. Sangre espesa, cargada de energía primigenia, inundó sus venas.

Al mismo tiempo, su núcleo divino respondió.

Oleadas de energía sagrada recorrieron su organismo, sellando desgarros, realineando huesos desplazados, apagando el ardor de las quemaduras. La piel ennegrecida recuperó color. Los músculos dejaron de temblar.

“…¡Ja!… Genial, al menos esta vez no perdí ninguna extremidad, benditos glifos de de absorción de impacto”

Exhaló con fuerza cuando la última punzada desapareció.

Se incorporó con cierta rigidez y llevó ambas manos a la espalda. Presionó.

‘¡Crac!’

“Uff… definitivamente no salió exactamente como lo planeé… pero vaya explosión.”

Su mirada recorrió el paisaje.

El terreno había dejado de parecer un campo de batalla. Ahora era el epicentro de un cataclismo. El cráter principal descendía casi cien metros bajo el nivel original del suelo, y su diámetro —a simple vista— superaba los diez kilómetros. Las montañas lejanas, que antes habían resistido la bomba de luz sagrada, ahora yacían derrumbadas.

(Genial… otra vez Gaia va a querer hablar conmigo… si es que se entera por supuesto)

Decidió no profundizar en ese pensamiento.

Su atención volvió al golem.

La pierna destruida no era más que escombros colgando de la cadera. La otra, aunque aún unida, estaba despojada de su coraza exterior. El interior quedaba expuesto: un esqueleto artificial de metal arcano, recorrido por débiles pulsaciones de energía sagrada que parpadeaban como un corazón mecánico moribundo.

El mecanismo estaba arruinado.

Del torso hacia arriba, el daño era menor, pero el coloso permanecía inmóvil.

Quizás recalibrando.

Quizás demasiado dañado para continuar.

En cualquier caso, ya no era una amenaza inmediata.

Hades entrecerró los ojos… y entonces lo vio.

Más allá del cuerpo caído del golem, los pilares de piedra seguían en pie.

No solo eso.

El terreno alrededor de ellos permanecía intacto.

Mientras todo el campo de batalla había sido reducido a una cuenca devastada, los pilares se alzaban sobre una columna de roca perfectamente definida, como si un escultor invisible hubiera protegido aquel fragmento del mundo.

Una torre natural de casi cien metros de altura, cuyo diámetro no superaba los treinta. En su cima, los pilares reposaban intactos.

“¿…?”

Hades inclinó ligeramente la cabeza.

“¿La barrera no solo protegía el perímetro… sino también el subsuelo?”

Era la única explicación lógica. La protección debía extenderse en profundidad, aislando esa sección del terreno del impacto.

Observó unos segundos más… y luego negó.

“No voy a perder tiempo con eso ahora.”

Me giré, escaneando el horizonte devastado.

Fruncí el ceño.

“¿Dónde demonios está el segundo golem…?”

El silencio fue mi única respuesta.

Un silencio antinatural. Demasiado denso. Demasiado quieto para un campo de batalla que segundos antes había rugido como el fin del mundo.

Y entonces—

Una sombra colosal me cubrió por completo.

El aire se volvió pesado, como si el propio cielo hubiera decidido desplomarse sobre mí. Una presión brutal descendió desde arriba, aplastando la atmósfera con violencia.

‘¡AUGE!’

El impacto sacudió la isla. El suelo explotó justo detrás de donde me encontraba un instante antes, lanzando rocas y columnas de polvo en todas direcciones.

El segundo golem descendió estrepitosamente.

Había estado oculto entre el humo, camuflado por la distorsión térmica y la lluvia de ceniza, esperando el momento preciso para caer como una sentencia divina.

Giré sobre mi eje, el vendaval del impacto azotando mi cabello y desgarrando los restos de polvo que aún flotaban en el aire.

Mis labios se curvaron lentamente.

(Oh… así que todavía sigues en funcionamiento…)

Entrecerré los ojos, analizando su figura.

(…aunque esas grietas que recorren tu cuerpo dicen otra cosa. Parece que no saliste del todo ileso tras la explosión anterior.)

Efectivamente, finas fracturas cruzaban su armazón pétreo. No eran tan severas como las del primero… pero estaban ahí. La onda expansiva había dejado su firma, además la gran y distintiva grieta qué le recorría lado derecho del rostro me recordaba que este debió de haber sido el Golem al que había pateado al principio.

Enderecé la mano y flexioné los dedos. Los guanteletes respondieron con un brillo tenue, como si también hubieran detectado un nuevo oponente digno.

“Perfecto…”

Un aura oscura y fría comenzó a expandirse desde mi cuerpo.

No era Chakra.

No era divinidad sagrada.

Era el aura de la muerte.

Una presión densa y antigua, cargada del poder que me define como dios del inframundo. El aire vibró, y la temperatura descendió bruscamente. La ceniza suspendida cayó como polvo al suelo como si el mismo mundo reconociera mi autoridad.

Ya no importaban los daños colaterales.

La tierra estaba rota.

El cielo ennegrecido por polvo y humo.

La isla entera temblaba bajo las secuelas del primer choque.

Y aun así…

Di un paso al frente.

El suelo crujió bajo mi peso, incapaz de soportar la presión combinada de mi aura y mi intención de lucha.

El segundo acto acababa de comenzar.

“Esta vez…” —dije lentamente, mientras flexionaba los dedos dentro de los guanteletes y el metal resonaba con un murmullo grave— “no habrá cráter lo suficientemente profundo para contener lo que quede de tu cuerpo.”

‘¡CLANG!’

Choqué mi puño contra la palma enguantada. El sonido metálico seco resonó como el golpe de una campana funeraria.

“Porque a diferencia de tu amigo…”

Levanté la mirada, dejando que la sonrisa burlona en mis ojos se hiciera más evidente.

“…a ti te molere hasta convertiré en polvo.” alcé la mirada hacia su rostro inerte, dejando que mi aura se expandiera un poco más, oscureciendo incluso la luz que lo rodeaba. “Demos una batalla para rememorar”

El golem no respondió a mi provocación.

Su rostro pétreo permaneció inmutable, vacío de emoción, como si la burla de un dios no fuese más que ruido irrelevante.

En lugar de palabras, respondió con poder.

Grandes cantidades de energía sagrada comenzaron a liberarse desde su núcleo, envolviendo su cuerpo hasta convertirlo una vez más en un cúmulo de luz incandescente. No era una luz cálida ni reconfortante; era sofocante, opresiva, una radiación que evaporaba lentamente la humedad del ambiente y hacía vibrar el aire como si estuviera al borde de la combustión.

Por un instante, el campo de batalla quedó sumido en una tensión absoluta.

Luz y sombras se enfrentaron en silencio, disputándose el dominio del espacio.

Ninguna cedía.

‘¡Explosión!’

El golem hizo el primer movimiento.

Impulsado por su energía sagrada, su cuerpo se disparó hacia mí a una velocidad cercana a la de la luz. En menos de un parpadeo, su gigantesco puño —del tamaño de un autobús— descendía directo hacia mi posición con la intención clara de convertirme en una nube roja suspendida en el aire.

El tiempo pareció desacelerarse.

Observé el puño acercarse.

No retrocedí.

Lancé mi propio puño derecho al frente, el guantelete Titán brillando con intensidad dorada.

‘¡BOOM!’

‘¡CRACK!’

El choque fue brutal.

El suelo explotó bajo nuestros pies en una onda expansiva devastadora. La tierra se desgarró en todas direcciones, fragmentos de roca salieron despedidos como proyectiles, y vientos huracanados azotaron el cráter.

El poder sagrado ultraconcentrado del golem colisionó contra mi aura de muerte y la energía de los Titanes.

Calor y frío extremos se superpusieron violentamente.

El cráter entero comenzó a fracturarse bajo el estrés térmico: expansión, contracción, ruptura. Rocas estallaban espontáneamente, el polvo se elevó en columnas densas y el agua subterránea se vaporizó al instante, liberando chorros de vapor y gases atrapados desde las profundidades.

‘¡Whoosh!’

“¡Maldición!”

Mi cuerpo fue sacudido y expulsado hacia atrás como si hubiese sido golpeado por una montaña en movimiento.

Salí despedido por el aire, recorriendo una larga distancia antes de recuperar el control. Realicé una voltereta en el aire y enterré ambos pies en el suelo, creando dos profundos surcos que frenaron mi impulso.

El terreno crujió bajo mis botas.

“Bueno… eso no salió tan bien como esperaba.”

La idea había sido simple: aprovechar el incremento brutal de fuerza que me otorgaban los Guanteletes Titanes.

Y en términos de fuerza bruta… había funcionado.

Pero había cometido un error básico.

olvidé el peso.

Aunque fácilmente puedo superar la tonelada en masa corporal realmente no puedo comprarme con el coloso frente a mí, que debe de pesar miles, quizá decenas de miles de toneladas. Sumado a su velocidad absurda, el resultado de nuestro choque era obvio:

En un intercambio directo, la inercia lo favorecía.

“Peso… mmm…”

La palabra giró en mi mente.

Hasta que encajó.

“Eso es.”

Sin esperar a que el polvo se disipara, tomé impulso y me lancé nuevamente hacia el gigante, el puño crepitando con energía dorada.

El golem respondió al instante, destrozando el suelo bajo sus pies con un pisotón y lanzándose hacia mí a velocidad cegadora.

El tiempo volvió a comprimirse.

Nuestros puños estaban a punto de colisionar de nuevo.

Pero esta vez no repetí el error.

En lugar de atacar desde el suelo, di un salto poderoso, elevándome varios metros mientras mantenía la trayectoria de colisión.

Sonreí.

“Tom Tom no Mi… aumento de diez mil toneladas.”

Activé el poder de la fruta del diablo que, irónicamente, había olvidado que poseía.

Mi masa se disparó de forma absurda.

‘¡KABOOM!’

El choque fue antinatural.

El cuerpo del golem se detuvo en seco… y luego fue lanzado hacia atrás como si hubiera sido golpeado por un meteorito.

‘¡RUMBLE!’

El coloso describió un arco perfecto en el aire antes de estrellarse violentamente contra el suelo, formando un nuevo cráter con la silueta de su cuerpo.

El impacto hizo temblar la isla entera.

“¡JAJA! ¡Eso fue increíble!”

Sentí la vibración recorrer mis huesos.

“No puedo creer que combinar la fruta con la amplificación de los Guanteletes Titanes produzca este efecto… Machvise la usaba de la forma más aburrida posible, simplemente aplastando cosas con su peso. Parece que encontré una aplicación mucho más eficiente.”

Apreté los puños y di un paso al frente.

El suelo cedió bajo mi nueva masa.

Un cráter profundo se formó bajo mis pies.

A lo lejos, el golem comenzó a levantarse.

Levantó su brazo derecho, y pude ver claramente el daño: tres de sus cinco dedos habían perdido completamente el recubrimiento de roca, dejando expuesto el esqueleto metálico interior. Fisuras finas recorrían su antebrazo desde los nudillos hasta el codo.

Ese último golpe le había arruinado una extremidad.

No tenía la velocidad descomunal ni la acumulación explosiva del ataque que destruyó al primer golem…

Pero concentrar diez mil toneladas en un puño humano había sido suficiente.

El golem observó su brazo con frialdad mecánica.

Luego giró la cabeza hacia mí.

Sus orbes dorados brillaron con una intensidad distinta.

Abrió la boca.

La energía comenzó a concentrarse en su interior, mucho más densa que antes. El aire alrededor de su cabeza se distorsionó por la compresión de poder.

Sonreí.

La adrenalina me inundó el cerebro como una descarga eléctrica.

“Perfecto.”

Extendí ambas manos frente a mí, palmas abiertas.

Canalicé la energía de los Guanteletes Titanes hacia mis brazos sin ningún tipo de restricción. Circuitos grabados con símbolos dorados comenzaron a encenderse uno tras otro sobre el metal, expandiéndose como constelaciones vivas sobre mis antebrazos. Una vibración grave, profunda, resonó en el aire… como si la propia atmósfera estuviera siendo forzada a sostener algo que no debería existir.

“Veamos cuál de los dos aguanta más.”

¡Explosión!

Dos haces de energía surgieron al mismo tiempo.

El rayo sagrado del golem y mi descarga mágica dorada colisionaron en un punto intermedio.

No fue una simple colisión.

Fue un pulso detenido.

Un núcleo caótico de energía comenzó a formarse entre nosotros, una esfera comprimida donde ambos ataques luchaban por imponerse. La presión aumentó hasta volver el aire irrespirable; la atmósfera crujía como si estuviera siendo triturada por manos invisibles. Una estela de aura blanquecina, cargada de calor casi nuclear, se expandía a nuestro alrededor.

La presión aumentó de inmediato. El aire se volvió delgado, el suelo se fracturó bajo nuestros pies mientras la estela blanquecina y abrasadora, se expandía alrededor del punto muerto como el halo de una estrella recién nacida.

La isla entera pareció contener el aliento.

Y yo…

Sonreí más ampliamente al contemplar aquella escena digna de los sueños más exagerados de cualquier fanático del shōnen podría soñar… y estaba ocurriendo porque yo así lo quería.

Incrementé la producción de energía de los guantes. Forcé los circuitos. Añadí mi propia energía divina al rayo, vertiéndola como combustible sobre una llama ya descontrolada.

Esta vez no pensaba ceder ni un centímetro.

El golem pareció tomar la misma decisión.

La intensidad de su rayo aumentó bruscamente. La luz sagrada se volvió más densa, más compacta, más violenta. El núcleo entre nosotros comenzó a vibrar con mayor inestabilidad.

El empate era absoluto.

Hasta que decidí romperlo.

Activé mi Mangekyō Sharingan.

El mundo cambió de tonalidad.

Al instante la técnica de mi ojo izquierdo, Bekijō, se desplegó..

Al instante, el chakra en mi interior rugió como un volcán en erupción. Lo sentí ascender por mis redes de chakra como una marea azul furiosa, concentrándose con precisión quirúrgica en la palma de mis manos.

En circunstancias normales, el chakra se utiliza para moldear técnicas elementales o alimentar sellos de fuinjutsu en general, técnicas estructuradas y controladas, nadie en su sano juicio intentaría mezclarlo crudamente y sin moldear lo de esta manera con energía divina y poder mágico, en una descarga frontal de energía concentrada.

Pero…

¿Desde cuándo yo era alguien normal?

Tengo reservas industriales de chakra. Y un dōjutsu capaz de amplificarlo hasta límites absurdos.

¿Por qué debería jugar bajo reglas diseñadas para mortales?

‘¡ZOOOOSH!’

Un feroz torrente de chakra azul emergió desde mis manos enguantadas con un impulso aterrador. No fue un añadido sutil: fue una inundación.

La energía se arremolinó alrededor del rayo dorado de los Titanes como un torbellino devorador, envolviéndolo, reforzándolo, fusionándose con él en una danza violenta de poder.

La mezcla de energía mágica dorada y chakra comprimido generó el impulso necesario.

La mezcla fue inestable, brutal y sumamente hermosa.

El núcleo caótico se estremeció bajo esté aterrador impulso y finalmente… el equilibrio se rompió.

El punto muerto se había roto.

Mi rayo, ahora dorado y azul entrelazados como serpientes de luz, devoró el ataque sagrado del golem y comenzó a empujarlo hacia atrás.

El coloso comprendió el peligro de inmediato.

Cortó el suministro de energía de su boca sin dudarlo, haciendo que su rayo desapareciera al instante. Luego recubrió su cuerpo con luz concentrada y se desplazó hacia un lado a la máxima velocidad posible.

‘¡Whoosh!’

Mi ataque pasó rozando su posición anterior.

Y siguió avanzando.

Cortó el terreno como una espada celestial.

Atravesó el borde del cráter.

Cruzó la isla de extremo a extremo, partiendo montañas, desgarrando valles, perforando acantilados como si fueran arcilla blanda, y entonces alcanzó el mar.

‘¡Zap!’

‘¡¡¡BROOOOOOOOOOOM!!!’

Un resplandor cegador iluminó el horizonte junto con una explosión colosal que se manifestó en medio del océano.

La onda expansiva levantó el agua en todas direcciones. Vientos furiosos azotaron la costa. Olas de más de treinta metros comenzaron a formarse alrededor del punto de impacto.

Cuando la luz finalmente se desvaneció…

Lo que quedaba era un vacío.

Cuando la luz finalmente se disipó, lo único visible era un enorme vacío en el mar… un cráter acuático que comenzaba a llenarse poco a poco con miles y miles de toneladas de agua que caían en cascada de vuelta en su interior.

‘Silbido~’

No pude evitarlo.

Observé la cicatriz de destrucción que mi ataque había dejado a través de la isla.

Con el Mangekyō activo, vi a lo lejos una montaña atravesada de lado a lado por un túnel incandescente. En su interior, la roca todavía brillaba al rojo vivo, fundida por el paso del rayo, sin tiempo suficiente para enfriarse.

“…Tengo que decirlo.”

Bajé ligeramente las manos y miré los guanteletes.

“Subestimé completamente el nivel de destrucción que puedo causar con estos. Declaro oficialmente que, desde ahora, son mis artefactos favoritos.”

Acaricié con satisfacción la superficie dorada del metal.

Claro… no lo decía del todo en serio.

Después de todo, Gungnir seguía almacenada en mi inventario, lista para ser invocada en cualquier momento si decidía terminar esta pelea sin más espectáculo, tan solo bastaría con invocarla.

Pero tenía que admitirlo.

La sensación de disparar ráfagas de energía desde mis propias manos… era absurdamente adictiva.

Y lo peor, es que apenas estaba empezando a divertirme.

De repente, el trance de poder se hizo añicos.

El peligro irrumpió por mi costado como una sentencia.

—¡AUGE!

Un destello cegador devoró mi visión… y al instante siguiente, el impacto.

Un puño descomunal se estrelló contra mi costado con la fuerza de un meteorito. El mundo explotó en luz y sonido. Sentí cómo mis huesos vibraban bajo la presión brutal del golpe.

Y entonces salí disparado.

Mi cuerpo fue lanzado a más de cuatrocientos metros sobre el suelo, girando sin control, como una maldita pelota de béisbol tras un jonrón imposible. El viento rugía en mis oídos. El cielo y la tierra se intercambiaban lugares en un torbellino vertiginoso.

Jadeé, apretando los dientes con rabia.

Un dolor sordo me atravesaba el brazo. Exteriormente apenas había daños visibles… pero lo sentí con claridad: mi hombro se había dislocado. El ardor interno era profundo, punzante, traicionero.

(Demonios… me distraje.)

“mente gamer” reaccionó de inmediato, sofocando parte del dolor y envolviendo mi conciencia en una fría y artificial serenidad. El sufrimiento seguía ahí… pero distante. Amortiguado. Encerrado tras una muralla mental.

Y justo cuando intenté estabilizarme en el aire—

Algo cambió.

Mis sentidos se encendieron como alarmas enloquecidas.

Múltiples firmas de energía mágica.

Rápidas.

Demasiado rápidas.

Venían hacia mí a la velocidad del rayo.

Mi cuerpo finalmente giró en el ángulo correcto… y entonces las vi.

Docenas.

Esferas de luz ardiente surcando el cielo como proyectiles divinos, dejando estelas incandescentes a su paso.

“¡Mierda!..”

En ese momento no había un punto de apoyo del cual impulsarme, pues no había superficie, no había escape de esta situación.

No podía volar lo suficientemente rápido, e incluso si pudiera, no podía esquivarlas todas, así que hice lo único posible.

Moví mi brazo sano.

Mis dedos cortaron el aire a velocidades inhumanas, trazando patrones complejos con precisión quirúrgica. Símbolos arcanos ardieron ante mí, líneas de poder entrelazándose en una danza frenética.

Un círculo colosal de glifos se desplegó a mi alrededor, girando, expandiéndose, sellándose sobre sí mismo.

Una barrera.

Mi última línea de defensa.

Y entonces llegó el impacto.

¡PUM!

¡PUM!

¡PUM!

¡PUM!

¡PUM!

El cielo se desgarró.

Explosiones ensordecedoras detonaron una tras otra, cada una encendiendo el firmamento como un sol en miniatura. Nubes en forma de hongo florecieron en el aire, ardientes y colosales. El calor se volvió abrasador. El aire mismo parecía incendiarse.

La onda de choque descendió como el martillo de un dios, sacudiendo la tierra y levantando polvo, rocas y escombros en todas direcciones.

Desde el suelo, el gólem observaba.

Aquel ataque contenía toda la energía que su núcleo había logrado reunir.

Y ahora, el cielo era un infierno blanco.

No celebró.

No se movió.

No expresó nada.

Sus ojos fríos, clínicos, calculadores, escudriñaban el epicentro de la devastación en busca de cualquier anomalía. Cualquier señal. Cualquier error en la conclusión lógica de la batalla.

Silencio.

Fuego.

Humo.

Y entonces…

Lo vio.

Un punto.

Minúsculo.

Oscuro.

Una silueta diminuta salió disparada desde el corazón mismo de la explosión, atravesando el humo y la luz como un proyectil rechazado por el infierno.

Seguía vivo.

El gólem no pronunció palabra.

Ignoró las grietas que recorrían su macizo cuerpo como cicatrices ardientes. Ignoró el desgaste de su núcleo.

Se inclinó ligeramente.

Adoptó posición de carrera.

Una luz cegadora envolvió su figura de piedra.

Y al siguiente instante—

Desapareció del lugar.

El suelo estalló bajo sus pies cuando salió disparado, persiguiendo a su objetivo con la implacable determinación de una máquina creada para destruir.

En su mente neuromorfica solo había un propósito claro: {encontrar al objetivo ostil ( prioridad alta) }, {eliminar a la amenaza (prioridad alta) }, {proteger el objetivo designado por el creador ( ¡¡¡prioridad primaria!!!) }

.

.

.

[Felicidades al anfitrión por obtener un aumento de estadísticaa en:]

{STR +4}

{VIT +5}

{MAG +3}

{CHA +5}

“¡Duele, duele, duele… duele mucho!”

Mi propia voz sonó ridículamente humana en medio del paisaje devastado. Quejosa. Vulnerable. Casi infantil.

El contraste con el desastre a mi alrededor habría sido gracioso… si no fuera yo el que estaba medio muerto en el centro.

Permanecí rígido en el corazón del pequeño cráter que mi cuerpo había tallado al aterrizar de la forma menos elegante concebible. Por no decir que me estrellé como un maldito meteorito contra el suelo.

La tierra a mi alrededor estaba fracturada en patrones irregulares, como una telaraña de grietas que se extendía varios metros en todas direcciones. Surcos profundos marcaban el camino por el que mi cuerpo había rebotado antes de detenerse definitivamente. Árboles cercanos ardían todavía, convertidos en esqueletos negros que crujían suavemente bajo el calor residual.

El aire olía a tierra quemada. A resina. A algo más… algo metálico.

Sangre.

El impacto había excavado un cuenco irregular en el terreno. Un pequeño y “acogedor” pozo humeante donde ahora descansaba mi cuerpo calcinado, mirando el cielo como si estuviera tomando el sol.

No.

Definitivamente no estaba pasando por mi mejor momento.

Pero hey…

Al menos no caí en la pose de Yamcha.

Eso sí habría sido devastador para mi dignidad.

Giré lentamente la cabeza.

Grave error.

Un dolor sordo y profundo recorrió cada centímetro de mi cuerpo como una ola pesada, lenta, inevitable. No fue un dolor explosivo. Fue peor. Fue constante. Persistente. Como si cada músculo estuviera protestando en voz baja.

Bajé la mirada hacia mis extremidades.

Mi ropa —que hasta hacía unos minutos estaba casi intacta gracias al poder estabilizador de los glifos— ahora era poco más que jirones ennegrecidos. Tela carbonizada colgaba de mi piel en tiras irregulares. Algunas partes todavía humeaban débilmente.

“…Me encantaba esa camiseta.”

Lo dije con genuino pesar.

Cerré los ojos e hice un minuto de silencio por la sagrada prenda caída en combate.

El minuto duró aproximadamente ocho segundos.

Suspiré.

Había prioridades mayores que el duelo textil.

Con esfuerzo, levanté uno de mis brazos. Se sentía rígido. Pesado. Como si lo hubieran rellenado con plomo fundido.

Una mueca torcida cruzó mi rostro cuando un ardor punzante me atravesó desde el hombro hasta la muñeca. Mi piel estaba enrojecida, inflamada, con pequeñas zonas ampolladas que comenzaban a formarse.

Parecía que alguien hubiera colocado mi brazo bajo una lupa gigantesca en pleno mediodía veraniego… y luego decidido aumentar la intensidad por diversión.

Y eso era solo lo visible.

Porque por dentro…

Por dentro era otra historia.

Cerré los ojos y extendí mi percepción hacia mi propio cuerpo.

No había huesos fracturados graves —milagro estadístico—, pero mi hombro seguía resentido por la dislocación previa. Los músculos estaban sobrecargados. Microdesgarros recorrían fibras completas. Los nervios estaban saturados por la sobreestimulación.

En algunas zonas el dolor era agudo.

En otras…

No sentía nada.

Y eso era lo preocupante.

El entumecimiento nunca es buena señal.

Ni siquiera mi físico de Titán había salido completamente ileso de aquella explosión.

Tenía que admitirlo: la barrera de glifos improvisada había hecho un trabajo excepcional. Soportó el impacto inicial. Desvió parte de la energía. Redistribuyó presión.

Pero cuando recibió el bombardeo continuo de docenas de ataques —cada uno con potencia suficiente como para hundir una isla entera— terminó fracturándose.

Lo sentí en su momento.

El sonido no fue audible.

Fue conceptual.

Como vidrio cósmico rompiéndose bajo presión divina.

Y cuando eso ocurrió…

Mi cuerpo se convirtió en la última línea de defensa.

La onda de calor posterior fue brutal.

No fue simplemente fuego.

Fue presión térmica concentrada. Energía sagrada comprimida expandiéndose violentamente. El aire mismo se volvió abrasivo. La piel se tensó. La humedad se evaporó.

Durante una fracción de segundo, el mundo fue blanco.

Pero hey.

No todo es tan malo.

Las escamas se activaron en el último instante.

Las sentí emerger bajo mi piel como placas superpuestas, absorbiendo gran parte de la energía sagrada antes de que penetrara más profundo. No fue perfecto. Nunca lo es.

Pero fue suficiente.

De no haber sido así…

No estaría aquí contemplando el cielo con sarcasmo existencial.

Habría quedado reducido a algo irreconocible.

No hablo de simples quemaduras de tercer grado.

Hablo de carne vaporizada.

Hablo de tejidos convertidos en ceniza antes siquiera de tener tiempo de gritar.

Hablo de temperaturas que, pese al diámetro relativamente contenido de la explosión, puedo asegurar —por experiencia directa y nada agradable— superaban con creces la potencia térmica de varios artefactos nucleares.

Esa cosa era un pequeño sol artificial comprimido.

Me habría convertido en carbón.

Sí…

Definitivamente agradecido con el de arriba por esta pequeña victoria estadística.

No quiero imaginar lo que habría sido regenerarme de algo así.

Porque la regeneración…

No es bonita.

No es limpia.

No es esa luz verde brillante que cubre el cuerpo mientras suena música épica de fondo.

En el mundo real —o al menos en mi mundo— regenerarse duele.

Y duele mucho.

El cuerpo no crea tejido de la nada.

Tiene que fabricarlo.

Reemplazar células destruidas. Reconstruir fibras. Restaurar conexiones nerviosas. Eso requiere materia prima.

Grasa.

Músculo.

Reservas energéticas.

Autocanibalismo biológico optimizado.

Mi cuerpo literalmente se consume a sí mismo para reconstruirse.

Si llegara a perder una extremidad…

La situación sería aún peor.

Mi corazón tendría que bombear cantidades absurdas de icor para compensar el vacío circulatorio. Y no es poca cosa. Puedo almacenar hasta cinco litros de icor en un solo brazo.

Cinco.

Eso es más que la sangre total de un humano promedio.

Sin mi auto-recuperación pasiva del cuerpo gamer…

Sin mi segundo corazón de Titán —varias veces más grande y eficiente que mi corazón divino original—

No podría sostener un proceso regenerativo masivo sin entrar en colapso temporal.

De hecho, eso explica por qué incluso los dioses, con toda su vitalidad descomunal, pueden quedar fuera de combate si pierden demasiada sangre o energía.

Sus recursos se agotan.

Su núcleo se vacía.

Nada es infinito.

Bueno…

Casi nada.

Porque no todos pueden presumir lo que yo tengo.

Un cuerpo de videojuego que convierte estadísticas altas en recuperación acelerada.

Un físico de Titán que puede reemplazar sangre divina con energía mágica pura si es necesario.

Y una segunda divinidad sagrada que potencia pasivamente todas mis capacidades, aumentando mi eficiencia regenerativa sin que siquiera tenga que concentrarme.

Casi sin esfuerzo consciente… casi.

Sonreí levemente, aún tendido en el cráter humeante, mientras sentía cómo las primeras fibras comenzaban a reconstruirse bajo mi piel.

“Sí… podría estar peor. Mucho peor.”

El aire seguía vibrando por el calor residual de la explosión. No era solo una sensación térmica; era como si el espacio mismo todavía recordara el estallido. Ondas distorsionaban ligeramente el paisaje, haciendo que las llamas de los árboles cercanos se vieran borrosas, casi irreales.

Los troncos ennegrecidos crujían mientras el fuego consumía lo que quedaba de su savia. El humo ascendía en espirales lentas hacia el cielo aún marcado por el resplandor lejano del combate.

Y en el fondo… muy en el fondo de mi percepción ampliada…

Algo se movía.

No lo veía.

No lo necesitaba.

Una presión conocida atravesó mi campo sensorial como una aguja atravesando tela.

Se desplazaba a una velocidad monstruosa.

El aire no solo se apartaba ante su avance; era violentamente empujado, comprimido. El suelo vibraba en intervalos rítmicos, casi imperceptibles para cualquiera que no tuviera mis sentidos.

Sonreí un poco más.

No fue una sonrisa alegre.

Fue aceptación.

“Bueno… algo me dice que nuestro amigo pronto estará aquí.”

La lucha claramente no había terminado.

Esa cosa venía hacia mí como una bala divina, con intenciones homicidas y cero sentido del humor.

“Problemático…” suspiré con fastidio.

No había miedo en mi voz.

Pero sí cansancio.

Apoyé ambas manos en el borde del cráter y me incorporé lentamente. Sentí cómo la tierra suelta cedía bajo mis dedos, todavía caliente.

Estiré el cuello presionandolo con mi mano.

‘Crujido.’

Luego flexione los hombros, estos crujieron también.

El proceso de regeneración no era espectacular desde fuera, pero desde dentro…

Desde dentro era otra historia.

Sentí cómo la nueva piel terminaba de cerrarse, tensándose suavemente sobre los músculos reconstruidos. Fibras magras recién formadas se alineaban con precisión quirúrgica, integrándose a la estructura previa como si siempre hubieran estado allí.

Las microfracturas internas se sellaban con precisión quirúrgica, los nervios reconectaban unos con otros en una intrínseca red vital.

Las zonas entumecidas comenzaron a despertar lentamente, primero con cosquilleos incómodos, luego con una sensación de presión renovada.

Mis venas empezaron a bombear icor con fuerza creciente.

Lo sentía recorrer mi cuerpo como un río espeso y ardiente, cargado de energía mágica pura. Cada latido de mi corazón divino era profundo… pero el segundo corazón de Titán era el que realmente marcaba el ritmo.

Boom.

Boom.

Boom.

Más lento.

Más pesado.

Más poderoso.

La presión interna aumentó de manera controlada, empujando nutrientes y energía a cada célula recién creada. Era como si mi cuerpo estuviera celebrando en silencio su propia supervivencia.

Flexioné los dedos.

El movimiento fue limpio, sin ningún dolor o incomodidad, incluso… se sentían más firmes que antes.

Podía sentir los cambios que aunque minúsculos, eran notables.

Mi cuerpo había sufrido una ligera mejora general.

Un poco marginal quizás, pero real.

La regeneración no solo restauro mi cuerpo en su totalidad, si no que está causó una optimización general de algunas de mis funciones corporales.

El daño severo seguido de la recuperación obligaba al cuerpo a adaptarse, a reforzar, y corregir imperfecciones estructurales previas. Cada herida superada dejaba una versión apenas superior de mí mismo, en ese aspecto las estadísticas del sistema no mentían.

Sin duda era una sensación bastante agradable, bastante cálida, satisfactoria y hasta diría que adictiva.

Y a riesgo de sonar como un fetichista del masoquismo…

Recibir daño a cambio de una mejora de poder valía completamente la pena.

Claro.

Siempre y cuando ese “daño” no cruzara cierta línea, Porque si esa línea se rompía…

Ya no habría regeneración que me salve, no habría mejora que valga la pena, porque pese a ser muy resistente no soy invencible ni inmortal, si voy mucho más allá de mis límites de mi cuerpo en situaciones que claramente están por encima de lo que puedo hacer lo único que me espera es la muerte.

Y francamente, morir frente a un gólem con complejo de arma nuclear no estaba en mis planes inmediatos.

La presión en la distancia se intensificó.

Ya no era una vibración sutil.

Ahora era un estruendo creciente.

El suelo comenzó a temblar con mayor claridad. Piedras sueltas rodaron hacia el interior del cráter. El fuego de los árboles se inclinó en dirección opuesta al punto de aproximación.

La atmósfera misma parecía apartarse ante su llegada.

Exhalé lentamente.

El icor circulaba con estabilidad.

Los músculos respondían con potencia.

La piel nueva brillaba débilmente bajo la luz del fuego.

“Bien…” murmuré.

Di un paso fuera del cráter, dejando atrás el pequeño monumento a mi caída anterior.

El suelo crujió bajo mi peso.

Levanté la mirada hacia el horizonte.

“Veamos si esta vez puedes golpear más fuerte.”

A lo lejos, una silueta envuelta en luz cegadora atravesó el bosque como un proyectil divino.

Los árboles no eran obstáculos.

Eran meros detalles en su trayectoria.

Troncos centenarios estallaban al contacto. Rocas eran pulverizadas. El suelo se abría bajo cada paso suyo como si la tierra misma se rindiera ante su avance.

Y yo…

Yo lo estaba esperando con los brazos abiertos y los puños blindados.

“Pero antes que nada…”

Bajé la mirada hacia mi propio cuerpo.

Mi camiseta oscura y el chaleco gris estaban prácticamente reducidos a harapos chamuscados. La tela colgaba en tiras irregulares, aún humeantes en algunas partes. Mis pantalones largos no estaban mejor; tenían tantos agujeros y zonas quemadas que bien podrían pasar por un disfraz postapocalíptico de Halloween.

Y mis zapatos…

Bueno.

Opinaría algo si todavía los tuviera.

“…”

Suspiré.

“Bueno, qué se le va a hacer.”

Sin dudarlo un instante, agarré los restos de las prendas que aún cubrían mi torso y las arranqué de un tirón decidido. La tela quemada se desgarró con facilidad y la arrojé a un lado sin ceremonia.

Hice lo mismo con lo que quedaba de mis pantalones.

Ni siquiera parpadeé cuando quedé prácticamente desnudo a la intemperie, usando únicamente una prenda interior para cubrir lo estrictamente necesario.

El aire caliente rozó mi piel recién regenerada.

Y al momento siguiente—

“¡Banbutsu Sōzō!”

Junté las manos frente a mi pecho. Un brillo azul violáceo comenzó a filtrarse entre mis dedos mientras canalizaba chakra Yin y Yang en perfecta sincronía. se condenso en la energía conceptual con enorme potencial puro.

La capacidad de crear todas las cosas.

—En teoría.

El chakra se condensó entre mis palmas como una esfera densa y luminosa. Las energías opuestas giraban en armonía forzada, equilibrándose hasta alcanzar un punto de estabilidad absoluta.

Un resplandor suave comenzó a envolver mi cuerpo.

La energía descendió como una segunda piel, moldeándose alrededor de mi figura. La sensación era extraña: ni fría ni caliente. Era como si el mundo estuviera aceptando que aquello que no existía… ahora debía existir.

Las nuevas prendas comenzaron a manifestarse.

Primero una capa base ceñida y flexible.

Luego pantalones reforzados, oscuros, cómodos pero resistentes.

Guantes ligeros.

Botas de material denso y adaptable.

La ropa se ajustó a la perfección, como si hubiera sido confeccionada exactamente para mi anatomía.

No era muy distinta a la anterior… salvo que esta vez omití el chaleco gris.

Practicidad ante todo.

Además, el material era visiblemente más grueso y flexible. La textura revelaba resistencia mágica integrada desde su concepción.

“Bien… oficialmente estoy listo. Ahora no necesito preocuparme por quedar desnudo en medio del combate…”

Parpadeé.

“¡Oh, es cierto! Casi lo olvido.”

Levanté una mano y comencé a dibujar patrones complejos en el aire.

Glifos brillantes se formaron uno tras otro, líneas geométricas superpuestas con precisión mecánica. Los símbolos flotaron un instante antes de adherirse a la superficie de mi ropa como tatuajes de luz.

Recorrieron las fibras recién creadas.

Se integraron.

Y luego desaparecieron, ocultos, pero activos.

Refuerzo estructural.

Absorción de impacto.

Dispersión térmica.

Durabilidad aumentada.

Todo el proceso no tomó más de un segundo.

Exhalé satisfecho.

Ahora sí.

Volví mi atención al frente.

Mis ojos no se detuvieron en el camino de destrucción que había dejado mi caída.

Se fijaron más allá.

En lo que se aproximaba.

Un estruendo sacudió el bosque.

“¡BUM!”

Una explosión de luz sagrada irrumpió entre los árboles cuando la figura colosal emergió, llevándose consigo troncos y rocas como si fueran juguetes.

El gólem finalmente había aparecido.

Su cuerpo agrietado brillaba desde el interior. La energía acumulada en su núcleo pulsaba con intensidad irregular. A pesar del daño visible en su estructura, seguía avanzando con una determinación inquebrantable.

Sonreí.

“Hey~, viniste tan rápido. Oh, no lo puedo creer… ¿acaso me extrañaste?”

Incliné ligeramente la cabeza, adoptando una postura relajada, casi burlona.

Con una mano en el bolsillo, la otra colgando con despreocupación.

Mientras que frente a mí, se alzaba una entidad que incluso en su estado actual podría potencialmente ser capaz de arrasar una isla o un pequeño país sin dificultades.

“No me sorprendería. Soy del tipo de persona cuya interacción suele ser inolvidable para otros.”

El gólem no respondió.

La luz que emanaba de su cuerpo comenzó a intensificarse.

“Bien, bien… ¿sin respuesta, eh? Se nota que ni tú ni tu amigo son de muchas palabras.”

Metí la mano en el inventario.

El espacio frente a mí se onduló como agua alterada por una piedra invisible. Mi brazo se hundió en el vacío distorsionado… y salió sosteniendo un objeto llamativo.

Una fruta dorada, brillante, con un leve aura propia.

{Manzana dorada}

Alcé una ceja.

“¿Te gusta? Es un souvenir.”

Le mostré la manzana al gólem como si estuviera presentando un trofeo.

Luego sonreí.

Y me la comí de un solo bocado.

El efecto fue inmediato.

Mi cuerpo entero entró en un estado extraño.

Una oleada de energía recorrió cada fibra de mi ser. Mi vitalidad se disparó momentáneamente, mis reservas de maná se expandieron como si alguien hubiera eliminado limitadores invisibles.

Durante cinco segundos…

Fui más.

Más fuerte.

Más denso.

Más vivo.

Luego el pico descendió.

Pero no desapareció.

Una corriente constante comenzó a restaurar mis reservas de energía mágica y poder divino a un ritmo estable y sostenido. Lo suficientemente rápido como para que mis niveles volvieran a zonas cómodas en cuestión de minutos.

Mi maná estaría al cien por ciento pronto.

Mi chakra…

Bueno.

Mi chakra era otra historia.

Mucho más vasto.

Eso podría tardar hasta quizás una media hora en reponerse.

Pero no importaba, no lo necesitaba al máximo, y todavía tenía más que suficiente para pelear cómodamente.

Flexioné los dedos.

La energía fluía limpia.

Sin interferencias.

Con fuerza renovada, levanté la mirada hacia el constructo mágico maltratado que aún se alzaba obstinadamente frente a mí.

Le hice una señal con el dedo.

Un gesto simple.

Provocador.

“Y bien… ¿qué esperas~?”

El aire entre nosotros comenzó a tensarse.

El gigante realizó el primer movimiento.

No hubo advertencia.

No hubo tensión acumulada.

Simplemente ocurrió.

Su cuerpo, tan alto como una montaña y ancho como una fortaleza antigua, se precipitó en mi dirección con una violencia que partió el paisaje antes siquiera de recorrerlo. La energía sagrada que cubría su estructura pétrea se comprimió como una segunda piel luminosa, formando una capa blanca que distorsionaba el aire a su alrededor.

Y entonces aceleró.

No fue una carrera normal.

Fue una violación directa al sentido común.

El suelo explotó bajo sus pies. No se agrietó, no se fracturó: explotó. Toneladas de tierra y roca salieron despedidas hacia el cielo como si una bomba hubiera detonado desde el núcleo mismo del terreno.

La estela detrás de él se encendió.

La fricción con la atmósfera generó una línea incandescente que cruzó el bosque como una cicatriz de fuego.

Velocidad relativista.

Rozando lo absurdo.

Al ver aquello, no pude evitar suspirar con fastidio.

Que los gólems fueran fuertes era entendible.

Que sus cuerpos fueran más resistentes que el bronce divino, aceptable.

Que almacenaran cantidades simplemente ridículas de energía sagrada en sus núcleos… aterrador, sí, pero todavía explicable mediante mecanismos mágicos avanzados y métodos de alquimia divina desconocidos.

¿Pero qué demonios pasa con esa velocidad?

Yo ya era un individuo que podía acercarse —o incluso igualar en ráfagas cortas— la velocidad de la luz. Mi cuerpo había sido refinado, reconstruido, optimizado hasta límites que rozaban lo divino.

Y aun así…

Ese armazón blindado, esa colosal masa de roca que fácilmente debía superar varias miles de toneladas, no era mucho más lento que yo.

La diferencia de tamaño y peso era grotesca.

No tenía sentido.

Claro, no era como si no tuviera referencias.

Esto era DxD.

Desde las primeras etapas de la historia se dejó claro que romper la barrera del sonido era trivial para demonios de clase media o alta. Con magia, con alas, con artefactos como los engranajes sagrados… la física aquí era más sugerencia que ley.

Incluso entidades al nivel de un Maou podían esquivar ataques basados en luz sin esfuerzo real. Ráfagas que alcanzaban fracciones absurdas de la velocidad lumínica eran tratadas como proyectiles ordinarios.

Eso ya lo había aceptado.

En este mundo, la velocidad no estaba ligada a la masa.

Estaba ligada al poder.

Y prácticamente cualquier idiota con alas, un artefacto mágico poderoso y suficiente energía podía moverse como un rayo.

Pero esas expectativas eran “realistas”.

Siempre asumí que solo seres pequeños y absurdamente poderosos —dioses, dragones ancestrales, entidades conceptuales— podían realizar tales hazañas.

No una maldita montaña con piernas.

Ahí estaba.

Una figura colosal hecha de roca sólida, runas grabadas en cada segmento de su cuerpo, con un peso que debía distorsionar el terreno incluso estando quieto…

Corriendo hacia mí como una bestia enloquecida.

Ni su masa.

Ni su estructura.

Ni su composición.

Nada justificaba que se moviera a una velocidad con la que incluso muchos dioses actuales tendrían dificultades para competir.

La única explicación plausible era esa maldita capa de luz sagrada.

Cada vez que se movía, la energía no solo lo envolvía.

Lo redefinía.

Anulaba inercia.

Redistribuía masa.

Convertía toneladas en algo funcionalmente ligero durante la aceleración.

Hacía trampa.

(bueno… esta vez vamos en serio.)

En menos de dos centésimas de segundo, me moví.

No pensé.

No analicé.

Mi cuerpo simplemente respondió.

Me deslicé hacia un costado en el instante exacto en que una mano colosal descendía sobre mi posición.

No era un golpe.

Era un evento geológico.

El aire a mi lado entró en combustión debido al calor abrasador de la energía sagrada. Sentí la presión raspando mi piel como si miles de agujas invisibles intentaran perforarla.

Pero no retrocedí.

Por el contrario, avancé.

Mis pies tocaron el suelo apenas una fracción mínima antes de impulsarme hacia la articulación de su muñeca.

El guantelete Titán brilló con intensidad dorada.

La energía divina se comprimió alrededor de mi puño hasta volverse densa, pesada, casi tangible.

Y golpeé.

‘¡PUM!’

El sonido no fue un simple impacto.

Fue una detonación.

El punto de contacto se oscureció por un microsegundo antes de estallar en una onda expansiva circular que arrasó todo a su alrededor. El choque entre metal divino y roca encantada generó un estallido de energía dorada que cortó árboles en un radio de decenas de metros.

La barrera de luz sagrada vibró.

Se agrietó.

Pero no colapsó.

Y entonces tuve que moverme otra vez.

La segunda mano apareció desde mi punto ciego, desplazándose con la misma absurda velocidad.

No intentó aplastarme.

Intentó atraparme.

‘¡BLAM!’

‘¡CRACK!’

Mis pies rasgaron el suelo al impulsarme hacia atrás. La mano descendió donde yo había estado y el terreno se abrió como si hubiese sido golpeado por un meteorito.

Un cráter profundo se formó instantáneamente.

El espacio parecía gemir.

Todo ocurrió en menos que un parpadeo.

Choque.

Desplazamiento.

Impacto.

Yo retrocedí varios metros, estabilizándome.

Miré la zona donde había golpeado.

La muñeca del gólem estaba prácticamente intacta.

La barrera luminosa tenía finas grietas, pero seguía activa.

“Viejo… ¿por qué esta situación no es como en esas historias donde el protagonista mueve la mano casualmente y sus enemigos explotan sin explicación?”

Carraspé con ligera molestia.

“Ah, cierto… eso solo pasa en los manhwas…”

Recordaba varios.

Persona X reencarna.

Persona X obtiene un sistema.

Persona X camina tres metros y encuentra un artefacto celestial antiguo tirado en el suelo porque sí.

Persona X sorprende al mundo por respirar.

Y, por supuesto, el inevitable harén de bellezas emocionalmente dependientes.

“Qué horror…”

Sacudí la cabeza.

“Pero bueno… puede que no tenga el guion de mi lado…”

Flexioné los dedos.

La energía vibró a mi alrededor.

“…pero sí tengo un sistema dinámico casi todopoderoso.”

Sonreí lentamente.

“Ah, sí.”

La energía cambió.

El aire se volvió pesado.

“Y también tengo los malditos ojos de dios.”

“¡Rinnegan!”

Mis pupilas se transformaron en ondas concéntricas púrpuras.

El mundo cambió.

El movimiento del gólem, que antes apenas podía seguir, se volvió cristalino.

No era exageración decir que ahora parecía lento.

Cada partícula suspendida en el aire tenía trayectoria definida.

Cada fluctuación de energía sagrada se dibujaba ante mí como líneas brillantes.

Un golpe de revés apareció avanzando fotograma a fotograma.

Mi cuerpo reaccionó sin pensamiento consciente.

Desaparecí de su trayectoria.

No retrocedí.

Avancé.

Me introduje en su zona muerta.

Deslicé mi cuerpo hacia la articulación de su pierna.

Concentré toda mi energía divina en mi puño.

Sin reservas.

Sin contención.

Y golpeé.

‘¡ESTRUENDO!’

Esta vez el sonido fue diferente.

No fue superficial.

Fue profundo.

Como roca ancestral fracturándose desde dentro.

La luz sagrada en esa zona parpadeó violentamente.

La rodilla cedió apenas unos grados.

Pero eso fue suficiente.

El gigante perdió el equilibrio en plena carrera.

Y la inercia hizo el resto.

Su cuerpo colosal salió proyectado hacia adelante.

‘¡BOM!’

‘¡BOM!’

‘¡BOM!’

‘¡BOM!’

Rebotó.

Literalmente rebotó.

Cada impacto levantaba columnas de tierra y pulverizaba árboles en cientos de metros a la redonda.

Hasta que finalmente, tras un último estruendo ensordecedor, se deslizó por el terreno destruido, dejando un surco recto que partía el bosque como una cicatriz titánica.

El polvo se elevó lentamente.

Silencio.

Parpadeé.

“…Eso sin duda salió mejor de lo que esperaba.”

Era como presenciar una caricatura absurda con presupuesto infinito y daños ambientales irreparables.

Crucé los brazos.

No pude evitar sonreír.

Ver una máquina bélica de destrucción divina rebotar por el suelo como una pelota era extrañamente satisfactorio.

“Bueno…”

Troné el cuello.

“Otra historia interesante para presumirle a posibles futuros hijos y nietos.”

Mi sonrisa se amplió.

Claro.

Eso asumiendo que el maldito gigante decidiera quedarse abajo.

El gigante finalmente terminó levantándose.

No fue un movimiento fluido.

Fue rígido. Mecánico. Forzado.

Fragmentos de roca fundida se deslizaron desde sus hombros como lava solidificada. Polvo espeso cayó en cascadas desde las grietas abiertas en su armadura pétrea. La barrera de luz sagrada parpadeaba de forma irregular, como una estrella a punto de extinguirse… pero no lo hacía.

Su núcleo seguía activo.

Y en cuanto terminó de erguirse, volvió a correr.

No dudó.

No recalculó.

No retrocedió para evaluar daños estructurales.

Las fracturas en su rodilla crujieron. Las runas grabadas en su torso chisporrotearon al redistribuir energía hacia las zonas afectadas. El campo sagrado volvió a intensificarse, envolviendo su cuerpo como una llamarada blanca.

Los daños no eran relevantes.

Su única prioridad era eliminar la amenaza frente a él.

quería reducirme a polvo, aniquilarme hasta que no quedara nada, sin importar el costo.

Yo también me preparé.

Respiré.

El aire estaba quemado, cargado de polvo y partículas de energía residual. Sabía a ozono y ceniza. Lo inhalé con calma.

Lo exhalé lentamente.

Originalmente cuando empecé a pelear contra ambos golems quería probar algo.

Quería saber si, únicamente mediante mis propios esfuerzos, podría derrotar a ambos gólems antiguos.

Una prueba personal.

Un límite.

Pero la respuesta ya era evidente.

No.

Ni en combate individual.

Ni mucho menos enfrentando a los dos al mismo tiempo.

Incluso habilidades como las llamas del inframundo o el Susanoo no habrían marcado una diferencia decisiva contra enemigos de este calibre. Habrían causado daño, sí… pero no el suficiente.

Eran máquinas diseñadas para enfrentar dioses.

Y yo… aún estaba creciendo.

Pero no había vergüenza en ello.

El hecho de que no pudiera lidiar con ambos sin el uso de artefactos o herramientas externas no significaba debilidad.

Significaba potencial.

Todavía tenía margen.

Todavía no había alcanzado mi techo.

“Jejeje… muy bien.”

Mis labios se curvaron.

“Vamos a darle con todo.”

En ese momento dejé de contenerme.

Dejé de intentar ganar “por mérito puro”.

Decidí usar absolutamente todo lo que tenía a mi disposición.

Sin orgullo innecesario.

Sin restricciones autoimpuestas.

Mis puños se cerraron.

Los guanteletes Titán despertaron.

Un brillo dorado y profundo se filtró desde las runas incrustadas en su superficie. La magia en mi cuerpo comenzó a verterse en grandes cantidades hacia ellos, alimentando sus mecanismos internos, activando capas de refuerzo que hasta ahora había mantenido en reserva.

El aire alrededor de mis manos se comprimió.

Mi propio cuerpo respondió.

Los efectos de los guanteletes amplificaron mi fuerza base, y mi vasto chakra comenzó a circular violentamente bajo mi piel. Se manifestó como una neblina azul que envolvió mi silueta.

No era solo chakra, era energía vital en su estado más puro.

Mi presión espiritual aumentó, y mi presencia se volvió más pesada.

Y entonces me moví.

Salí disparado como un relámpago oscuro, directo hacia la colosal figura que avanzaba en mi dirección.

¡BOOOM!

El choque fue frontal.

No esquivé.

No rodeé.

Colisioné.

El impacto generó una explosión esférica de presión que devoró el área circundante. Los árboles restantes fueron arrancados desde la raíz. El suelo se hundió bajo nuestros pies.

Pero no terminó allí.

No fue un único impacto.

Fue el inicio.

Ambos volvimos a movernos.

Y volvimos a chocar.

Y otra vez.

Y otra.

Nuestras figuras se difuminaron.

Desaparecíamos y reaparecíamos en explosiones de velocidad cegadora.

‘¡RETUMBA!’

Un nuevo choque.

Una nueva herida abierta en la superficie de la isla.

Cada vez que corríamos y cambiábamos de lugar, el terreno quedaba marcado por cráteres, surcos y ondas de destrucción que se expandían kilómetros.

Desde una perspectiva normal, la batalla apenas duró unas cuantas docenas de segundos.

Pero desde nuestra perspectiva…

Fue una eternidad comprimida.

Intercambiamos cientos de golpes en meros instantes.

Cada impacto iba acompañado de descargas de energía divina y ondas gravitacionales que distorsionaban el aire. A veces chocábamos en el aire, otras bajo tierra, otras en trayectorias oblicuas que atravesaban el bosque como proyectiles conscientes.

Pronto, una gran parte del bosque había desaparecido.

Y no solo eso.

Una quinta parte de la isla ya mostraba daños visibles.

El terreno estaba fracturado.

La línea costera se había alterado.

Columnas de agua se elevaban en la distancia debido a los impactos que desplazaban masas enteras de tierra.

De mi lado…

Mi estilo era una sinfonía de habilidades combinadas.

La visión dinámica del Rinnegan me permitía anticipar trayectorias con precisión absurda. Podía ver microajustes en su postura antes de que ejecutara el movimiento.

Mis golpes estaban amplificados por los guanteletes Titán, cada impacto cargado con fuerza suficiente para desestabilizar estructuras divinas.

En momentos clave, activaba brevemente la habilidad de mi fruta del diablo.

Aumentaba repentinamente mi peso.

No de forma constante.

Sino en el instante exacto del impacto.

Eso transformaba un golpe veloz en una colisión devastadora con masa multiplicada.

Varias veces logré colarme en sus puntos ciegos gracias a mi tamaño menor y mi mayor agilidad.

Golpeaba articulaciones.

Grietas.

Zonas donde la barrera sagrada ya mostraba inestabilidad.

Mientras tanto, el gólem era más simple.

Pero no menos peligroso.

Su mente artificial analizaba cada uno de mis patrones de movimiento. Ajustaba ángulos. Refinaba trayectorias. Corregía errores.

Si fallaba un golpe, el siguiente llegaba con una variación mínima diseñada específicamente para contrarrestar mi reacción anterior.

Sus mecanismos internos redistribuían energía hacia los puntos críticos.

Las redes de sellos mágicos en su cuerpo se reconfiguraban en tiempo real.

Cada uno de sus golpes era como la caída de un martillo divino.

No había rabia.

No había arrogancia.

Solo eficiencia.

Intención pura de destruir.

Mientras mi estilo se basaba en adaptación, versatilidad y creatividad…

El suyo era supremacía mecánica.

Fuerza bruta optimizada por cálculo constante.

Yo danzaba entre trayectorias imposibles mientras mantenía un control completo sobre mi ritmo de combate.

Él aplastaba el espacio mismo mientras liberaba ataques a gran escala.

Éramos fundamentalmente diferentes.

Yo explotaba mis habilidades mientras que buscaba oportunidades para responder.

Él maximizaba eficiencia y mejoraba constantemente en el combate.

Y aun así…

Ninguno retrocedía.

Ninguno cedía, los golpes seguían volando como bombas, causando destrucción a dónde quisiera que nos moviéramos.

Pero el siguiente choque fue diferente.

Sentí cómo su energía sagrada aumentaba abruptamente.

El campo que lo envolvía se densificó.

Su puño descendió.

No como antes, era más pesado, más comprimido, más decidido.

Yo sonreí enormemente al ver esto, para un amante del combate no había mejor sensación que la de un desafío en ciernes contra un enemigo capaz.

Activé simultáneamente el aumento de peso y vertí aún más magia en los guanteletes y me lance sin dudarlo con un gancho devastador.

Nuestros puños se encontraron en el centro del campo de batalla.

Y el mundo tembló.

.

.

.

“Tsk… mierda… esos dos sí que se están moliendo allá abajo…”

La voz provenía de una figura suspendida a más de veinte mil metros de altura.

Desde allí, la gigantesca isla parecía apenas una mancha oscura rodeada por el azul profundo del océano. Pero incluso desde esa distancia absurda, las explosiones eran visibles. Destellos blancos. Columnas de humo. Ondas expansivas que deformaban el aire como si la atmósfera misma estuviera siendo golpeada.

El que había hablado era uno de los clones de madera de Hades.

Sus ojos Rinnegan giraban lentamente, siguiendo los movimientos del combate con una claridad imposible. Gracias a las ruedas de viento y fuego que flotaban bajo sus pies, se mantenía suspendido en el cielo con estabilidad absoluta pese a las violentas corrientes de aire.

Pero no estaba solo.

Colgado de su brazo izquierdo, aferrado con fuerza casi infantil, había otro clon de madera. En su mano libre sostenía un enorme martillo-cohete cuya estructura metálica emitía un leve zumbido tecnológico. La cabeza del arma tenía grabadas runas de impulso y, ocasionalmente, pequeñas chispas recorrían su superficie.

“Rayos…” murmuró el segundo clon, mirando hacia abajo con evidente frustración. “El original sí que se está divirtiendo allá abajo… y yo aquí sigo siendo nada más que un espectador. Ni siquiera logré darle un martillazo a una de esas cosas…”

El primer clon puso los ojos en blanco.

“¿Te estás escuchando? Hace cinco minutos casi terminas convertido en leña carbonizada.”

El segundo hizo una mueca.

“Se suponía que yo sería el tanque de ataque en la estrategia inicial…”

Y no mentía.

El plan original había sido simple: coordinación entre clones, distracción, ataque frontal pesado con el martillo-cohete mientras el original abría una brecha decisiva.

Pero las cosas no salieron como estaban previstas.

La primera explosión masiva cambió todo.

Uno de los gólems había descargado una onda de energía tan brutal que lanzó al segundo clon cientos de metros hacia atrás. De no ser porque su compañero reaccionó a tiempo, volando a velocidades absurdas para atraparlo en pleno aire, habría sido pulverizado antes de poder siquiera regenerarse parcialmente.

El primer clon suspiró.

“Escucha… incluso si nos hubiéramos unido al combate desde el inicio, probablemente ni siquiera habríamos podido romper la superficie de su acorazado cuerpo.”

“¿Crees que no lo sé?” respondió el segundo, bajando ligeramente la cabeza.

Hubo silencio.

El viento silbaba entre ellos.

Abajo, una montaña explotó en una nube de polvo.

“Pero igual quería pelear,” añadió el segundo con voz más baja. “Aunque fuera contra uno solo. Quería probar la fuerza de esta preciosura.”

Agitó el martillo-cohete con orgullo.

El arma rugió brevemente, como si compartiera su frustración.

“¿Para qué?” preguntó el primero, ladeando la cabeza. “Sabes perfectamente que no le habría hecho nada serio. Y si bajas ahora, solo serías un estorbo.”

Señaló hacia abajo.

La isla estaba siendo remodelada.

Surcos gigantes atravesaban bosques completos. Cadenas montañosas habían sido convertidas en escombros. La costa se había fracturado por el impacto de ondas expansivas.

“¡Esa cosa te habría pulverizado con un solo movimiento!”

“¡¿Y crees que no lo sé?!” espetó el segundo.

El viento se intensificó.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Finalmente, el segundo clon habló más despacio.

“No me importa eso… lo que realmente me importa es aprovechar al máximo el tiempo en que existo.”

El primero lo miró.

“¿Eh?”

“Ambos sabemos que nuestra existencia es temporal,” continuó el segundo, con una sonrisa forzada. “Somos producto de una técnica de clonación de chakra.”

Apretó el martillo.

“Y a diferencia de los clones de sombra… nosotros ni siquiera podemos compartir recuerdos con el original. Cuando desaparezcamos, desapareceremos para siempre.”

El primer clon guardó silencio.

No había pensado demasiado en eso.

“Al menos quiero hacer algo significativo antes de disiparme,” añadió el segundo en voz baja. “Algo que importe.”

El primero apartó la mirada hacia el horizonte.

“Perdón… no sabía que lo veías así.”

“Bah,” el segundo suspiró. “Ya da igual. Al menos no fui tan impulsivo como el otro y me lancé en plan kamikaze contra esas moles…”

Ambos recordaron al tercer clon.

El que, cegado por exceso de confianza, atacó de frente a ambos gólems al inicio.

Su sacrificio había sido breve… pero útil.

“No digas eso,” respondió el primero con firmeza. “Puede que haya sido una locura, pero gracias a eso obtuvimos esa pequeña ventana para inmovilizar a uno de los gólems. Sin él, la pelea habría empezado peor.”

El segundo asintió lentamente.

“Supongo que tienes razón…”

¡¡¡BOOOOOOM!!!

Una explosión masiva interrumpió la conversación.

Una nube en forma de hongo se elevó desde la zona oeste de la isla. La onda expansiva tardó apenas segundos en alcanzar incluso aquella altura.

El viento azotó con violencia.

“¡Mierda!” gritó el segundo clon. “¿En qué rayos está pensando el original? ¡Se supone que debía terminar esto rápido y sin llamar la atención!”

El primero levantó una mano para cubrirse los ojos.

“¿De verdad necesitas preguntar?” respondió con tono seco. “Ya sabes cómo es. Cuando la emoción le sube a la cabeza… la estrategia pasa a segundo plano.”

“Lo sé,” murmuró el segundo. “Pero ¿era necesario entrar en combate tan cercano? ¿No podía usar ataques a distancia? ¿Jutsus masivos?”

El primero negó con la cabeza.

“Esos gólems no son enemigos comunes. Los jutsus elementales apenas les harían cosquillas. Su resistencia física y mágica es absurda.”

Miró hacia abajo con análisis frío.

“De hecho, en este momento solo puede mantener el ritmo gracias a la amplificación de los guanteletes Titán. Incluso así… sigue siendo ligeramente inferior en fuerza bruta.”

El segundo asintió.

“Sí… esas cosas son demenciales. Uno solo basta para que el original se tome esto completamente en serio.”

Pausa.

“Pero todavía tengo una duda…” dijo el segundo.

“¿Cuál?”

“¿De dónde rayos vinieron esas cosas?”

“De debajo de la tierra,” respondió el primero con tono burlón.

El segundo lo miró sin expresión.

“Muy gracioso. Lo que quiero saber es por qué estaban ahí.”

Silencio.

Ambos miraron hacia el centro de la isla.

El cráter gigantesco ocupaba casi una cuarta parte de su superficie. En el centro, un pilar de tierra se alzaba protegido por una barrera luminosa que aún permanecía intacta.

Y no muy lejos…

El cuerpo inerte del primer gólem, atravesado a velocidad lumínica por el original.

“Dos centinelas de ese nivel,” murmuró el segundo. “Entidades que, incluso deterioradas, operan a velocidades comparables a la luz… con capacidad destructiva suficiente para arrasar un país.”

Su voz se volvió seria.

“No son simples constructos. Aprenden. Se adaptan. Analizan patrones. Eso es inteligencia de combate.”

El primero también adoptó un tono más sobrio.

“Entonces la pregunta es… ¿qué necesitan proteger?”

El viento pareció enfriarse.

“…¿O qué necesitan mantener sellado?”

Ambos volvieron a mirar el pilar central.

La barrera brillaba débilmente.

“Dos de ellos en un mismo lugar…” murmuró el segundo. “¿Qué tan aterradora debe ser la cosa que está sellada ahí dentro?”

El primero respiró hondo.

“No lo sé.”

Luego sonrió con confianza.

“Pero confío en el original. Ya está peleando al nivel de uno de sus guardianes. Lo que sea que esté allí… no puede ser mucho peor.”

“¿Tú crees?”

“¡Por supuesto!” respondió con entusiasmo exagerado. “Después de todo… ¿quiénes somos?”

El segundo arqueó una ceja.

“Somos el maldito protagonista de la novela.”

“Pffffff—JAJAJAJAJAJA.”

El segundo soltó una carcajada.

“Lo dices como si nuestra vida fuera un capítulo escrito en algún libro.”

“¿Y por qué no?” respondió el primero, animado. “¿Quién sabe cómo nos ven las entidades que nos reencarnaron? Tal vez somos entretenimiento interdimensional.”

El segundo sonrió.

“Bueno… si es así, espero que me paguen derechos de imagen.”

Ambos rieron.

Por un momento, el ambiente se volvió extrañamente cálido.

Abajo, el mundo seguía rompiéndose.

Pero arriba, en el cielo, dos clones hablaban como hermanos.

Hasta que…

“…oye.”

“¿Qué?”

“¿No sientes que algo no anda bien?”

El segundo frunció el ceño.

“…Sí.”

Silencio.

“Siento como si hubiera olvidado algo importante…”

Intentaron recordar.

Nada.

“Bah,” dijo el segundo finalmente. “Seguro no era nada importante. Ya lo recordaremos.”

“Concuerdo,” respondió el primero, sonriendo.

Ambos volvieron la mirada hacia la batalla.

Ninguno notó la pequeña figura blanca con rayas verdes que luchaba por mantenerse en pie sobre una roca en uno de los extremos de la isla.

Una pequeña babosa.

Minúscula comparada con los titanes en combate.

“¡Hades-sama! ¡¿Qué está pasando?! ¡Hwaaaaaaaah!”

Un onda de viento pasó volando a su lado, destrozando La roca y levantando su cuerpo en el aire.

Giró.

Voló.

Fue arrastrada hacia el mar.

Pero antes de tocar el agua…

‘puff’

Se disolvió en una pequeña nube de humo.

Muy lejos de allí, en otro plano dimensional distinto, cierta gran babosa no estaba nada contenta.

Y se aseguraría de hacérselo saber a su imprudente alumno.

—————————————————————————

Fin del capítulo.

14.189 palabras.

este es el ultimo capitulo de los que tenia adelantados en borrador desde diciembre.

Últimamente e estado algo ocupado, entre el trabajo y crear un nuevo borrador para el capitulo 37, así que puede que tarde un poco en traer el nuevo capitulo, pero estoy agradecido con aquellos que siguieron leyendo mi historia a pesar de no tener ninguna actualización entre finales de diciembre y principios de febrero, agradezco de todo corazon sus comentarios reaccionando y sugerencias.

entonces siendo todo me despido de momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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