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Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 16

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16: Los más grandes 16: Los más grandes En el capítulo anterior, la gran guerra estaba apunto de comenzar, pero un zooni guerrero viajó hasta Umbralys para impedirlo.

Noa, un habitante de Eldoria, viajó sólo venciendo varios demonios en el camino, incluso lastimandose.

En otras partes como Eldoria y Aerthos, los demonios y dragones comenzaron a llegar para atacar, pero algunos de los caballeros presentes los enfrentaron para evitarlo.

Mientras que en un lugar nevado La nieve caía por montones en la zona, nieve acumulada en el suelo y los árboles cubiertos.

En un lugar desconocido, un grupo de tres aventureros estaban descansando en una fogata luego de una misión exitosa.

El líder, un hombre con una pequeña barba y una expresión de confianza.

El mago, un zooni gato con un báculo el cual lleva una piedra dorada.

Y la espadachína, una demonio oscuro con varias cicatrices en el cuerpo y un parche en el ojo.

Los tres reposaban para regresar al gremio para una segunda misión.

—Descansaremos esta noche.

Mañana regresaremos al gremio—Dijo el líder mientras se acostaba en el suelo.

—Vas a amanecer con la nieve en la cara.

Les haré un iglú para que puedan dormir tranquilamente.—Dijo el zooni usando magia para crear hielo y juntarlo para formar una estructura y terminar el iglú.

—No era necesario, pero agradezco la oferta Mael.—Dijo el líder entrando al iglú.

La mujer se quedó sentada, perdida en sus pensamientos.

Fue entonces cuando el mago, Mael le llama.

—Oye, deberías entrar también.

Solo por que ses un demonio, no significa que no puedas tener un resfriado.

Anda, entra.—Dijo el zooni mirando a la mujer.

Ella siguió perdida en sus pensamientos, sin escuchar a su compañero.

—¿Siquiera me estás escuchando?—Volvió a hablarle.

—Yo me quedaré a vigilar.

Las bestias pueden atacarnos si nos dormimos todos.—Dijo ella mirando al fuego.—Ve tú adentro.— —Es tu decisión.—Entró el mago adentro de la estructura.

La mujer quedó afuera, pensando profundamente.

Las horas pasaron, ella estaba luchando para no dormirse, los demás estaban durmiendo plácidamente dentro del iglú.

Ella se mantuvo despierta hasta que una voz en su mente empezó a hablarle.

—Kaede…

Kaede…

despierta.

Es la hora.—Dijo una voz distorsionada.

Ella abrió su ojo con tensión al escuchar la voz en su mente, pero no dudó en responder a esa voz.

—¿Es usted…

señor?—Habló con un tono bajo.

—Así es.

La hora ha llegado, y cumple con mi petición.—Respondió la voz con una risa que ponía los pelos de punta.—Cumple con mi deber…

Kaede.— Ella asiente y se levanta, pero antes de irse, escribió una carta y la dejó dentro del iglú de sus compañeros y se retiró del lugar con su cabello siendo soplado por el viento frío.

Ella había caminado varios kilómetros hasta encontrarse con una bestia de las nieves.

La bestia se levanta para intentar atacarla pero ella desenfunda su espada y con un corte veloz dividió al animal en dos pedazos.

La bestia cayó muerta al instante, la sangre manchando la nieve alrededor.

Una sombra se movía atravez de los árboles, siguiendo a Kaede con cautela, pero ella se detuvo y se dio la vuelta.

—Mael…

sé que eres tú.

No me sigas.—Habló con la voz baja.

Mael sale del árbol y se para frente a ella, sus ojos afilandose mientras los entrecerraba.

—Kaede, no hay razón para irse así sin decirnos nada.

¿Al menos consideraste despedirte de nosotros?

¿Adonde vas…?—Preguntó él.

Ella se dio la vuelta, su mano tomando la tira del parche.

—Lejos.

No quiero meterlos en algo de lo que me arrepienta.—Respondió, quitándose el parche y revelando que su ojo estaba bien.

Mael sintió una presión mental sobre él, llevando una mano a su cabeza para sostenerse y intentar recuperarse.

—Ah sí…—Habló ella.—No soy rango A…

mi poder es de rango SS+.—Deja caer el parche, caminando adelante.

Mael se incorpora, mirando a Kaede alejarse y el parche tirado en el suelo.

—Quedatelo…—Dijo ella desapareciendo entre los árboles y la nieve.

Mael mira el parche en el suelo, agachandose y tomándolo.

Apretó su mano con fuerza sobre el parche y lo guarda en el bolsillo.

—Gracias por acompañarnos, hasta pronto.—Dijo Mael levantándose y regresando.

Cuando el sol salió, Kaede estaba sentada sobre una roca con la mirada tensa hacia el mar.

La voz misteriosa volvió a hablar.

—Kaede…

quédate en Frostice.

Domina esas tierras por mí.—Habló con él mismo tono distorsionado de antes.

—Entendido señor.—Respondió ella con calma.

Se levantó y se dirigió a otro lado.

En Eldoria Una gran batalla entre un dragón y un caballero blanco estaba dando inicio.

El dragón voló con rapidez hacia Marcus, dándole un golpe directo al estómago.

Marcus retrocedió ante el golpe, pero se mantuvo de pie.

—¡Todos, váyanse de aquí.

Este lugar no es seguro!—Gritó Marcus a los demás.

Algunos corrieron de inmediato.

Otros dudaron pero se estaban empezando a irse.

—Oh no…

¡Nadie va a huir de mí!—Dijo el dragón extendiendo su mano para lanzar un ataque de fuego a las personas.

Marcus saca su espada blanca y se lanza para intentar cortar al dragón.

El chico dragón se defiende con sus garras, deteniendo el ataque.

Él contraataca con un arañazo en el pecho a Marcus.

Por suerte las garras sólo arañó la armadura blanca.

—¡No te des por vencido capitán Marcus!—Gritó el niño antes de irse con su madre.

Marcus levanta la mirada del suelo, su espada levantándose para apuntar al dragón.

—No sé quien te envió…

pero no eres bienvenido aquí.—Dijo Marcus con determinación.

El dragón dio un salto hacia arriba y abrió la boca en dirección a él, una pequeña llama formándose.

—”Con mi aliento, creo un ciclón incandescente.

Una columna giratoria de destrucción y calor concentrado.

Vortex Ignis.”— Una fuerte corriente de fuego salió de su boca, dirigida a los alrededores.

El fuego comenzaba a llegar a los edificios, casas y puestos de comercios, el fuego empezando a quemarlo todo.

Marcus se quedó tenso ante el caos creado por el dragón, sin moverse.

Hasta que reaccionó y extendió su mano a las casas en llamas.

—”Llamo al inmenso abismo.

¡Que el espíritu del gran océano se manifieste aquí, ahora, para mi defensa!

Oceanus.”— —¿Que?—Se quedó confundido el dragón antes de que una tormenta cayese sobre todo, mojando el fuego y apagándolo.

la lluvia se hacía más fuerte para apagar las grandes llamas.

El dragón intentó soplar más fuego, pero era inútil contra la gran tormenta.

Enojado, se transforma en su forma dragón y voló a toda velocidad hacia Marcus.

El caballero saltó en dirección hacia el dragón y apareció arriba de su cabeza para darle una patada y mandarlo directo al suelo.

—Eres fuerte en esa forma…

pero tienes la desventaja de ser grande y predecible.—Dijo con seriedad.—Tus llamas solo destruyen.

Vete, antes de que sea demasiado tarde…— El dragón vuelve a su forma humana y se lanza contra Marcus para matarlo.

—¡¡Ya cállate!!—Gritó con furia, sacando sus garras para atacarlo.

Las garras del dragón pasaron por el aire en donde una vez estuvo Marcus.

El dragón se quedó confundido hasta que recibe una fuerte patada por la espalda y es enviado directo a unas casas, estrellándose y destruyendola.

La expresión en el rostro de Marcus era solo seriedad, decidido a vencer al dragón.

El dragón sale de los escombros con bastantes heridas en su cuerpo y bastante empapado por la lluvia.

—No lo volveré a repetir.

Regresa a tus tierras.—Dijo Marcus con una expresión dura.

El dragón empezó a acumular una gran cantidad de maná en sus manos, un aura roja intensa ardiendo alrededor de él.

Marcus desenfundó su espada blanca y reunió también un poco de maná en la espada, dándole un aspecto azul marino.

El dragón extendió sus manos hacia Marcus, una gran esfera en llamas creciendo frente de sus palmas.

Marcus levanta su espada lentamente y susurró un conjuro.

—Vortex…— El dragón disparó la esfera, la cual desprendía llamas que evaporaba las gotas de lluvia.

La esfera viajaba muy rápido, pero Marcus fue más.

Agitó su espada, lanzando un remolino de agua hacia el dragón.

El remolino atrapó la esfera de fuego, provocando una enorme explosión de energía mágica en el lugar.

Ambos salieron disparados hacia atrás debido a la onda expansiva.

El dragón se levantó de los escombros, agotado por haber usado mucho maná en el ataque.

Marcus se puso de pie sin signos de cansancio.

Levantó la cabeza con una mirada penetrante.

—Te lo advertí…

una vez.— El capitán deshizo la cúpula repentinamente, sorprendiendo al dragón.

Usando el vapor como cobertura, Marcus se impulsó hacia adelante con una velocidad que desafiaba su pesada armadura.

El fuego del dragón pasó rozando su hombro, quemando parte de su capa blanca, pero Marcus ya estaba a pocos metros.

—”Invoco la alianza primordial entre el mar y el cielo.

Mi voz es la de las nubes, mi voluntad es la de la tormenta.

¡El clima es mi sirviente, y obedecerá mi mandato total!

Deus Caelum.”— Marcus realizó un tajo horizontal.

De su espada no salió solo agua, sino una masa de energía azulada con la forma de una mandíbula colosal de una bestia marina.

El ataque cortó el rayo de fuego a la mitad, como si fuera papel, y avanzó implacable hacia el dragón.

El joven dragón solo pudo abrir los ojos con terror antes de que el impacto lo alcanzara.

No fue un corte físico, sino una presión hidráulica masiva que aplastó sus huesos y extinguió su fuego interno de un solo golpe.

El chico fue lanzado por los aires, atravesando tres edificios hasta quedar sepultado bajo una montaña de escombros en las afueras de la aldea.

El silencio regresó a Eldoria, solo interrumpido por el goteo de la lluvia.

Marcus envainó su espada con un clic metálico, aunque su mano temblaba levemente.

Su armadura estaba chamuscada y su respiración era pesada.

Había ganado, pero el costo en maná había sido enorme.

—Capitán…

¿lo logró?

—preguntó un soldado Zooni, acercándose con cautela.

Marcus miró hacia los escombros donde el dragón yacía inconsciente, volviendo a su forma humana.

—Está vivo, pero su núcleo de fuego está sellado por ahora —respondió Marcus, mirando hacia el cielo oscuro—.

Pero esto es solo un frente.

Siento que el equilibrio del mundo se ha roto…

algo mucho peor que un dragón está despertando.— En Aerthos.

El combate contra Kage.

El caballero blanco de la máscara estaba frente a frente, conectando golpes contra Kage mientras esté simplemente sonreía.

—¿¡En serio esa es toda tu fuerza!?

¡Pensé que eras más fuerte, pero estaba equivocado!—Gritó Kage con locura El caballero blanco desenfunda su espada blanca y le corta la cabeza a Kage.

La cabeza cae rodando sobre el hueso del esqueleto oscuro gigante.

La cabeza terminó de rodar, nada de reacción.

Algunos caballeros de plata que presenciaron el ataque celebraron, pero el caballero blanco miraba con el seño fruncido la cabeza en el suelo.

La cabeza de Kage sonrió mientras su cuerpo permanecía de pie.

Algunos caballeros de plata se asustaron, pero el caballero blanco ni se inmutó.

—Ese fue un ataque inesperado…—Se ríe mientras su cuerpo levanta la cabeza y se une nuevamente.—Pero no creas que has ganado.

El caballero blanco baja su máscara, mostrando su rostro completo.

Su expresión era de completa seriedad.

—Sabía que no eras el real…

Solo eres una marioneta.—Dijo él con una voz más grave que antes.

Kage se río muy fuerte, su risa sonando por los alrededores.

—Pensé que no lo sabrías ¿Pero sabes qué?

Te he subestimado.—Antes de seguir hablando, El caballero blanco le lanzó un poderoso ataque de fuego, provocando que la marioneta se borrara a cenizas mientras se reía.

Cuando el fuego cedió, los esqueletos se apagaron y cayeron uno por uno, hasta que la pelea había terminado.

Algunos caballeros de plata empezaron a celebrar, Syran estaba destruyendo los cráneos de los esqueletos por si despertaban.

—¡Los hemos vencido!—Gritó uno —¡Ganamos!—Gritó otro —Ganamos la pelea…

pero no la guerra.—Habló el rey desde el balcón de su reino—¿Por qué tuvo que ser ahora?

Pensé que la guerra elemental había terminado hace siglos.—Empezó a entrar en pánico.

El caballero blanco volvió a colocarse la máscara.

Algunos caballeros de plata lo observaron y algunos preguntaron.

—¿Por qué siempre usa eso?— El caballero los fulmina con la mirada, haciendo que la mayoría se quede en silencio.

En Umbralys.

El camino de Noa.

El zooni lobo continúa caminando, gravemente herido pero decidido a parar la guerra.

Su brazo amputado y cauterizado goteaba por la sangre que había quedado.

Su única espada descansaba en su espalda mientras era tomada de la empuñadura.

Continuó caminando hasta llegar a la entrada del reino demoníaco o llamado “purgatorio”.

Al entrar, algunos demonios lo notaron y fueron de inmediato a matarlo, pero Noa desenfunda la espada de su espalda y de defendió.

El primero en acercarse fue cortado en dos desde la cabeza hasta la entrepierna.

El segundo fue atravesado por la punta de la espada.

El tercero fue mordido por la mandíbula de Noa, hasta que su cuello se rompió.

Varios demonios continuaron atacando, pero Noa no se rendía.

Un demonio le dio una patada por la espalda y otro le conecto un golpe de lleno en la cara, casi dejandolo inconsciente, pero su voluntad era más fuerte y se mantuvo de pie.

Levantó su espada y le cortó la cabeza a uno de los demonios, y al otro le apuñaló en el pecho, la espada saliendo por un costado y matándolo casi al instante.

Noa se mantuvo de pie con cansancio, casi desmayandose por el dolor y la pérdida de sangre, pero no podía quedarse y rendirse.

Continuó caminando, aunque despacio, siguió.

Al caminar por el gran pasillo de roca roja, se encontró con un hombre sentado en un trono.

La oscuridad no debajo ver quien era, pero Noa no dudó y corrió para atacarlo.

El hombre se levantó y la poca luz de las llamas revelaron su rostro; sonrisa maniática, ojos grises, un cráneo flotando.

—¡Te estuve esperando!—Gritó.

Noa se dio cuenta que no era su objetivo, pero era alguien que odiaba.

—¡¡¡Valerius!!!—Gritó Noa con furia.

Valerius sonríe y extiende su mano y susurra: —Genesis Chaos Umbra.— Su sombra se separa del suelo, moldeadose y formando una copia parecida a él, pero era de un color oscuro y emanando un aura oscuro e inquietante.

El clon abre los ojos, un par de cuencas brillantes y radiantes.

—Adelante.

Déjalo hasta que esté al borde de la muerte.—Habló Valerius a su clon.

El clon no dudó.

Con una velocidad abismal, apareció frente a Noa y le dio un fuerte cabezazo en el estómago, mandandolo a volar lejos hasta chocar contra uno de los muros del castillo.

Noa se quedó incrustado en el muro, jadeando de cansancio y dolor.

Notó al clon moverse hacia el e inmediatamente colocó la espada en su boca, usando su mano para correr en tres patas en su forma semi bestia.

El clon se movió a una velocidad hipersonica, apareciendo frente a Noa para intentar darle el golpe definitivo.

Noa se libera del muro y esquiva el golpe por poco.

El puño del clon destruye el muro por completo, dejando solo escombros.

—Oye…

No destruyas el castillo del rey.

Nos va a castigar.—Dijo Valerius con una calma inquietante y una sonrisa sádica.

Noa se preparaba para aterrizar en el suelo, pero el clon fue más rápido y le conectó una patada en el abdomen, enviándolo lejos hasta chocar contra un pilar, destruyendolo por completo.

Noa cayó al suelo y le cayeron varios escombros encima, quedando inconsciente debido al golpe.

El clon se acercó par rematarlo, pero fue detenido por Valerius quien apareció repentinamente frente a él.

—Alto.

Lo quiero vivo.—Le levanta la mano y le hace un gesto con el dedo.—Ven.— El clon se desvaneció y regresó al cuerpo de Valerius.

Mientras la consciencia de Noa se hundía en la oscuridad tras el golpe del clon, su mente se refugió en el único lugar que el dolor no había podido borrar por completo: el hogar.

El Recuerdo: El Dorado Atardecer de Eldoria Eldoria no era solo una aldea; era un santuario.

Situada en el corazón de los bosques de plata, donde los árboles susurraban leyendas antiguas, la comunidad Zooni vivía en armonía con la naturaleza.

Noa, un cachorro de apenas ocho años, corría descalzo sobre la hierba húmeda, sintiendo la tierra entre sus garras.

—¡Noa!

¡Espera!

¡Mis piernas no son tan largas como las tuyas!

—gritaba una vocecita aguda.

Era Ren, su hermano menor.

Ren era un Zooni de tipo lobo blanco, pequeño y de ojos curiosos que siempre brillaban con admiración hacia Noa.

Noa se detuvo en la orilla del río cristalino y esperó a que el pequeño lo alcanzara, jadeando.

—Si quieres ser un gran guerrero como papá, tienes que entrenar tus pulmones, Ren —dijo Noa, revolviéndole el cabello con cariño—.

Mira, el río está tranquilo hoy.

Es el momento perfecto.

Pasaron horas pescando.

Noa le enseñaba a Ren cómo quedarse quieto, cómo mimetizarse con las sombras de los sauces.

Ese día, Ren atrapó su primer pez grande.

Sus ojos se llenaron de una alegría tan pura que Noa sintió que nada malo podría pasar jamás.

Al regresar a la aldea, su padre, el Jefe Fenris, los recibió con los brazos abiertos.

Fenris era un hombre imponente, de pelaje grisáceo y cicatrices que contaban historias de defensa contra bestias salvajes, pero con sus hijos era la criatura más dulce del mundo.

—Habéis traído comida para la comunidad.

Bien hecho, mis cachorros —dijo Fenris, mirando hacia el horizonte con una sombra de preocupación que Noa, en su inocencia, no supo interpretar.

La Noche de la Ceniza: La Tragedia a los 14 años La paz terminó seis años después.

Noa ya no era un niño; era un adolescente de catorce años que empezaba a destacar en el manejo de las dagas.

Pero no hubo entrenamiento que pudiera prepararlo para lo que vino del cielo.

Zargoth, el Rey Oscuro, había enviado un ultimátum: la aldea debía entregar a todos los jóvenes varones mayores de doce años para ser “convertidos” en soldados de su ejército inmortal.

Fenris, sabiendo que eso significaba borrar el alma de sus hijos, se negó rotundamente.

—No somos armas de nadie —había dicho Fenris ante el emisario.

La respuesta llegó al atardecer siguiente.

El cielo se tiñó de un púrpura enfermizo.

Valerius R.

Milovnia no llegó con un ejército; llegó solo, flotando sobre la aldea como un dios de la muerte.

—Qué desperdicio de sangre —susurró Valerius, extendiendo su bastón.

En cuestión de minutos, el santuario se convirtió en un matadero.

Noa vio a su madre intentar proteger a las mujeres de la aldea, solo para ser consumida por una ráfaga de plaga.

Vio a su padre, Fenris, luchar con la fuerza de diez hombres, cortando esqueletos y demonios menores, hasta que Valerius, aburrido, le lanzó un hechizo que petrificó sus pulmones desde adentro.

Fenris murió asfixiado frente a sus hijos, incapaz de darles un último adiós.

—¡Papá!

¡No!

—gritó Noa, intentando correr hacia él, pero Ren lo sujetó del brazo, temblando de terror.

—¡Noa, tenemos que huir!

¡Por favor!

—suplicaba Ren con lágrimas en los ojos.

Pero no había dónde huir.

Valerius aterrizó frente a ellos, bloqueando el camino.

Con un movimiento perezoso de su mano, lanzó una cadena de energía oscura que atrapó a Ren por el cuello, levantándolo del suelo.

—¡Suéltalo!

¡Mátame a mí, pero déjalo a él!

—rugió Noa, lanzándose con sus dagas.

Valerius lo detuvo con un dedo, congelando el tiempo alrededor de Noa.

—No, pequeño lobo.

La muerte es demasiado misericordiosa para ti —dijo Valerius, mirando a Ren—.

Este pequeño es débil, pero tú…

tú tienes un odio que podría alimentar a un demonio.

Veamos qué pasa si rompo tu mente.

Ante los ojos de Noa, Valerius cerró el puño.

La energía oscura aplastó el cuello de Ren.

El cuerpo del pequeño lobo blanco cayó al suelo como una muñeca de trapo, sin vida.

El grito que salió de la garganta de Noa no fue humano.

Fue el sonido de un alma rompiéndose.

—Maledictio Berserk —susurró Valerius, colocando su mano sobre la frente de Noa.

La magia de Valerius no solo alteró su cuerpo; infectó su ADN Zooni.

La transformación fue una tortura.

Noa sintió cómo sus huesos se alargaban y se astillaban para volver a unirse en formas monstruosas.

Sus músculos crecieron hasta desgarrar su piel, y su consciencia fue sepultada bajo un mar de sangre y furia.

Esa noche, el Berserk despertó.

Bajo el control de Valerius, Noa terminó de destruir lo que quedaba de su hogar, devorando las sombras de sus propios recuerdos.

El peso del silencio Hace meses atrás El sol de Aerthos calentaba la piel, pero por dentro, Noa seguía congelado.

El joven Zooni lobo caminaba como un extraño en su propio cuerpo.

Aunque Hiroki y Reina lo habían arrancado de las garras de los traficantes y habían sanado sus heridas físicas, el vacío en su mente era una herida que no dejaba de supurar.

Sus recuerdos eran cristales rotos: destellos de fuego, el sabor metálico de la sangre y, sobre todo, aquella risa pálida que se filtraba en sus pesadillas.

—No sé quién soy…

pero el oeste me llama.

Es como un tirón en el pecho que no me deja respirar —le había confesado a Anna antes de marchar.

Con las dos espadas que Anna le ayudó a recuperar y una mochila que pesaba más por la incertidumbre que por las provisiones, Noa cruzó el mar.

Trabajó en un carguero, usando sus ojos de lobo para vigilar el horizonte nocturno.

A solas con el oleaje, observaba sus manos; las cicatrices le contaban historias de batallas que su mente se negaba a recordar.

A veces, sentía un gruñido naciendo en lo profundo de sus pulmones, un eco del “Berserk” que todavía dormitaba en su sangre, esperando una grieta para volver a salir.

Cuando sus pies tocaron la tierra de Eldoria, el mundo cambió.

No fue una imagen, fue el aire.

El olor a tierra húmeda y pinos de plata lo golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Su nariz, instintiva y salvaje, captó un rastro dulce y melancólico: flores de Luna Azul.

—Estoy cerca…

—susurró.

Por primera vez, el gris de sus ojos no reflejaba confusión, sino una determinación feroz.

Evitó los caminos principales.

No quería ver humanos, no quería hablar.

Se movió por el bosque como una sombra, con una agilidad que sus músculos recordaban mejor que su cerebro.

Pero a medida que se internaba en el Valle de los Susurros, la naturaleza empezó a sentirse enferma.

El silencio era antinatural; no había pájaros, solo árboles retorcidos que parecían suplicar un final para su agonía, marcados por una plaga que olía a magia podrida.

Al coronar la colina, Noa se detuvo en seco.

El aire se le escapó de los pulmones.

Abajo, donde su corazón esperaba encontrar hogares y risas, solo había una costra negra.

La aldea Zooni era un cementerio de cenizas y madera carbonizada.

—No…

por favor, no —balbuceó, y sus piernas, antes firmes, cedieron.

Bajó la colina a trompicones, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Al cruzar el viejo puente, un recuerdo lo asaltó: el tacto de una caña de pescar, el sonido de una risa infantil a su lado.

El velo de la amnesia se estaba rasgando, y lo que había detrás dolía.

Entró en la plaza central y el crujido de la madera quemada bajo sus botas sonaba como gritos.

Entonces, la realidad lo golpeó.

Entre el lodo y los escombros, asomaban fragmentos blancos.

Huesos.

Pequeños, grandes, cráneos con orejas de lince, de oso, de lobo.

Valerius no solo los había matado; los había dejado allí para que el tiempo los devorara, un monumento a su propio sadismo.

Noa cayó de rodillas frente a las ruinas de la casa del Jefe.

La memoria estalló como una granada: Vio a su padre, Fenris, rugiendo contra una marea de esqueletos.

Vio a su madre envuelta en un fuego púrpura que no se apagaba con gritos.

—¡MAMÁ!

¡PAPÁ!

—su alarido desgarró el aire estancado del valle, una mezcla de dolor humano y aullido animal.

Sus garras se hundieron en la ceniza.

Recordó el festival de la cosecha, el olor a carne asada…

y luego la llegada del hombre del bastón de cráneo.

Pero el horror aún tenía un escalón más.

En el centro de la plaza, donde solía estar el tótem de la tribu, ahora se erguía una pica de hierro oxidado.

En su punta, clavado con una crueldad meticulosa, había un cráneo pequeño.

Un cachorro de lobo.

El tiempo se detuvo.

El nombre brotó de sus labios como una oración rota: —Ren.— Lo vio todo.

Su hermano pequeño llorando, el crujido de su cuello bajo la mano de Valerius, y la orden final del nigromante antes de que la oscuridad del Berserk lo reclamara: *”Mira lo que queda de tu sangre, cachorro.

Ahora, destruye el resto”*.

Noa no solo había perdido a su familia; Valerius lo había obligado a pisotear sus cenizas en su primer frenesí.

El aura de Noa se volvió pesada, asfixiante.

Su pelaje se erizó y sus ojos se tiñeron de un rojo carmesí, pero esta vez no había locura en ellos.

Había una claridad gélida.

Se puso de pie con una lentitud aterradora.

Con una delicadeza que contrastaba con la violencia de su mirada, bajó el cráneo de su hermano y lo envolvió en una tela limpia.

Lo guardó contra su pecho, cerca del corazón.

—Perdóname, Ren.

Te dejé solo en este infierno —susurró, mirando hacia el horizonte, donde el continente de Umbralys se ocultaba en las sombras—.

Pero juro por la sangre que nos quitaron, que este monstruo que él creó será el que le arranque el alma.

Desenvainó sus espadas.

El acero captó el último rayo de luz de un sol que se ponía sobre un mundo que ya no le debía nada.

Noa ya no era una víctima, ni un superviviente.

Era un heraldo de la retribución.

—Valerius…

no importa dónde te escondas.

Ya puedo oler tu miedo.— Sin mirar atrás, dejando que las ruinas de su infancia se hundieran en la noche, Noa comenzó a caminar hacia el norte.

El Berserk ya no era su cadena; ahora, era su filo.

El Presente: El Despertar en el Purgatorio Noa abrió los ojos de golpe, tosiendo sangre sobre el frío suelo de Umbralys.

El dolor de su brazo amputado era un eco lejano comparado con el vacío en su pecho.

Frente a él, Valerius seguía sentado en su trono, observándolo como a un insecto interesante.

—¿Recordando los viejos tiempos, Noa?

—preguntó Valerius con una sonrisa cruel—.

Deberías agradecérmelo.

Te quité la debilidad de la familia y te di el poder de un dios.

Noa se puso de pie con dificultad, usando su espada como apoyo.

Su respiración era un silbido ronco.

—Tú…

lo mataste…

mataste a Ren…

—Noa levantó la vista, y sus ojos ya no eran grises, sino que empezaban a emitir un brillo rojo inestable.

—Él era un estorbo.

Al igual que tú lo eres ahora si no te unes a mí —Valerius se levantó, su túnica negra ondeando—.

Sé mi general, Noa.

Ayúdame a traer este “orden” al resto del mundo.

Imagina Eldoria, pero bajo nuestro mando eterno.— —¡Prefiero que el mundo arda antes de que tú pongas un pie en él!

—gritó Noa, lanzándose en un ataque suicida.

Valerius suspiró, esquivando el tajo de Noa con una elegancia insultante.

Apareció detrás de él y le propinó un golpe en la nuca que lo mandó de nuevo al suelo.

—Sigues siendo el mismo rebelde testarudo.

Si no puedes ser un general, volverás a ser mi mascota.— Valerius levantó su bastón, y el cráneo flotante empezó a recitar un cántico en una lengua olvidada.

—Liberatio Berserk: Fase Dos.— Noa sintió el mismo fuego de hace diez años.

Sus venas se tornaron negras, su tamaño aumentó hasta los tres metros y su cordura se desvaneció por completo.

Un rugido de pura agonía y odio sacudió las paredes de la fortaleza.

El Berserk había regresado, y esta vez, no había nadie para detenerlo.

Mientras tanto en las profundidades de Kharak-Zum…

A miles de kilómetros de distancia, ajeno a la tragedia de su amigo, Hiroki Haruno daba el primer paso dentro del abismo.

La luz de la antorcha de Brianna revelaba una arquitectura que desafiaba la lógica humana.

El primer piso subterráneo de la mazmorra no era una cueva, sino una ciudad invertida, con edificios colgando del techo y puentes de piedra que cruzaban un vacío sin fondo.

—El aire aquí es denso…

—susurró Hiroki, ajustando el agarre de Alquilem.

Su poder vibraba, detectando las amenazas que acechaban en las sombras de las ruinas.

—Siento presencias de Rango B —advirtió Reina, con una flecha ya en la cuerda—.

Y algo más…

hay rastros de sangre fresca.

El “anónimo” que entró antes que nosotros dejó un rastro.— Hiroki miró hacia el oscuro corredor que se extendía frente a ellos.

No sabía que el mundo exterior estaba en guerra, ni que Noa estaba sufriendo un destino peor que la muerte.

En ese momento, solo había una prioridad: sobrevivir al primer piso.

—Vamos —dijo Hiroki con determinación—.

El tiempo de entrenar terminó.

Ahora empieza la verdadera lucha.— CONTINUARÁ…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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