Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 19
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19: Decisiones costosas 19: Decisiones costosas Tras una batalla agónica en la cuarta plataforma de la mazmorra, Hiroki murió a manos de Sil, el Dragón Blanco.
Sin embargo, su Bendición del Fénix le permitió resucitar en su forma espectral, derrotando al guardián de un solo golpe.
Al final, se reveló que Sil era un sirviente maldito sellado hace 400 años.
Con el tesoro en su poder y un nuevo y peculiar aliado dragón, el grupo regresó al gremio para recuperarse.
La luz de la mañana se filtraba por las ventanas de la taberna del gremio, iluminando las motas de polvo que flotaban sobre las mesas de madera.
Era un día inusualmente tranquilo.
El bullicio habitual de los aventureros se sentía distante, como si el mundo se hubiera tomado un respiro tras el caos de los días anteriores.
Hiroki estaba sentado en su mesa habitual, con la cabeza apoyada sobre sus brazos cruzados.
El brillo azul del fénix de la noche anterior había desaparecido, dejando en su lugar un agotamiento que le calaba hasta los huesos.
—Maldita sea…
—murmuró Hiroki, su voz sonando como un roce de papel de lija—.
Siento que me di un golpe con una roca en mi cabeza.
Tengo una jaqueca insoportable.— Damian, que estaba devorando un muslo de pollo con la energía de quien no ha muerto recientemente, se detuvo en seco.
Levantó la vista, con un trozo de carne aún asomando por la comisura de su boca.
—¿Jaqueca?
—preguntó Damian, entornando sus ojos rojos con genuina curiosidad—.
¿Qué es eso, jefecito?
¿Es algún tipo de monstruo raro?
¿Se puede cazar?
¿Sabe bien si se come?— Hiroki levantó ligeramente la mirada, dedicándole una expresión de cansancio absoluto.
—No, Damian.
No es un monstruo.
Es un dolor de cabeza.
Y no, definitivamente no se come.
Ojalá pudiera escupirlo y que tú le dieras un espadazo, pero no funciona así.— Reina estaba sentada frente a ellos, limpiando meticulosamente la cuerda de su arco con un paño impregnado en aceite aromático.
Se veía impecable, como si no hubiera estado al borde de la muerte en una mazmorra hace apenas unas horas.
—Es el precio de jugar a ser un mártir espectral, líder —dijo Reina sin levantar la vista, con su habitual tono afilado pero con un matiz de alivio oculto—.
Tu cuerpo revive, pero tu sistema nervioso parece recordar que te atravesaron el corazón.
Es lógico que tu cerebro esté protestando.— Hiroki suspiró y miró alrededor de la mesa.
Notó un vacío evidente.
El chico albino de ojos blancos, el dragón que casi los aniquila y que luego decidió seguirlos como un perrito perdido, no estaba por ninguna parte.
—Oigan…
¿y Sil?
—preguntó Hiroki, enderezándose un poco—.
No lo veo desde que llegamos anoche.
Se supone que iba a quedarse con nosotros, ¿no?— Reina se encogió de hombros con total indiferencia, guardando el paño y probando la tensión de su arco.
—Tal vez se dio cuenta de que somos un grupo de locos y decidió que cuatrocientos años en un cofre eran preferibles a pasar un día más con Damian —respondió ella con calma—.
O tal vez simplemente se fue a buscar a su “Reina de los Dragones”.
Quién sabe.
Los dragones son criaturas volubles; aparecen y desaparecen como el viento.— Brianna llegó a la mesa cargando una bandeja con cuatro jarras de jugo de bayas frío.
Se veía radiante, aunque sus ojos todavía mostraban una pizca de la preocupación que sintió al ver a Hiroki morir.
—No creo que Sil se haya ido para siempre —dijo Brianna, dejando una jarra frente a Hiroki con especial cuidado—.
Tenía esa mirada de alguien que no tiene un lugar en este tiempo.
Pero ahora, lo importante es que desayunes.
La “jaqueca” se cura con azúcar y descanso.— Hiroki tomó la jarra, sintiendo el frío del cristal contra sus palmas.
—Estoy aburrido —confesó Hiroki tras un sorbo—.
Sé que casi morimos ayer, pero esta calma me pone nervioso.
Siento que el mundo se está moviendo muy rápido allá afuera y nosotros estamos aquí sentados tomando jugo.— Damian soltó una carcajada, limpiándose la grasa de la cara con la manga.
—¡Si estás aburrido, vamos a buscar a esa Jaqueca y le partimos la cara, jefe!
¡Yo invito el primer golpe!— Hiroki cerró los ojos, dejando que su cabeza volviera a caer sobre la mesa con un golpe seco.
—Definitivamente necesito un manual de instrucciones para tratar con demonios…— El silencio de la mañana se rompió de golpe cuando las puertas de la oficina del gremio se abrieron de par en par.
Anna caminaba hacia ellos con un paso enérgico, cargando varias bolsas de cuero que tintineaban con un sonido metálico celestial: el sonido de la riqueza.
—¡Atención, equipo de supervivientes!
—exclamó Anna con una sonrisa radiante, dejando caer las pesadas bolsas sobre la mesa con un golpe seco—.
El tasador terminó de revisar las joyas y el contenido del cofre blanco.
Sumando la recompensa de la misión y el valor del tesoro…
su parte total es de 18,000 monedas de oro.— Hiroki, que todavía tenía la mejilla pegada a la mesa por la jaqueca, se enderezó como si le hubieran dado una descarga eléctrica.
Sus ojos empezaron a brillar mientras su mente procesaba los números a una velocidad asombrosa.
—Dieciocho mil de oro…
—murmuró Hiroki, haciendo cálculos mentales rápidos—.
Si el cambio actual es de diez a uno…
eso significa que tenemos…
¡180 millones de Yeris!— El grito de Hiroki atrajo las miradas de todos en la taberna.
El grupo se quedó en silencio un segundo antes de que estallara el caos.
—¡Mesero!
—rugió Reina, levantando su arco como si fuera un estandarte de victoria—.
¡Trae cinco…
no, diez tarros de la mejor cerveza de barril!
¡Y que sean de la reserva especial!— —¡No sé cuanto es eso de dinero pero traigan más carne!
¡Traigan un jabalí entero!
¡O dos!
—gritaba Damian, golpeando la mesa con sus cubiertos mientras sus ojos rojos brillaban de codicia carnívora.
Brianna era la única que permanecía calmada, aunque una pequeña sonrisa de satisfacción adornaba su rostro.
Hiroki, viendo cómo sus compañeros empezaban a planear el despilfarro del siglo, se puso de pie de un salto, ignorando el dolor de su cabeza.
—¡Oigan, oigan!
¡Cálmense todos!—gritó Hiroki, extendiendo los brazos para detener la marea de pedidos—.
¡Acabamos de ganar una fortuna, no significa que debamos quemarla en una sola mañana!
Tenemos que cuidar este dinero, invertir en mejor equipo, suministros…
¡podríamos comprar una casa propia!— Reina le dirigió una mirada de soslayo mientras recibía su primer tarro de cerveza espumosa.
—La vida es corta, líder —dijo ella antes de darle un trago largo—.
Ayer te atravesaron el corazón.
Mañana podríamos ser devorados por un dragón más grande.
El oro en el bolsillo no sirve de nada si estás bajo tierra.
¡Salud!— Damian, por su parte, había bajado el menú de cuero que estaba intentando descifrar.
Sus cejas estaban fruncidas en un gesto de frustración absoluta; las letras seguían pareciéndole dibujos sin sentido.
—Jefe…
—dijo Damian, dejando el menú a un lado con resignación.—No entiendo nada de lo que dice este papel, pero tengo una idea mejor para gastar mi parte.— —¿Ah sí?
¿Qué?
¿Una armadura nueva?
¿Una espada de mithril?—preguntó Hiroki, esperando un poco de sensatez del demonio.
—¡Vamos a un burdel!—exclamó Damian con entusiasmo, mostrando sus colmillos en una sonrisa orgullosa.—Escuché que las Zoonis están de oferta hoy.
Dos por el precio de una, ¡es una inversión inteligente!
—¡¡ESE NO ES EL PROPÓSITO DEL DINERO, IDIOTA!!—le gritó Hiroki, su rostro pasando del pálido de la jaqueca a un rojo de pura indignación.
Damian resopló, cruzando sus musculosos brazos sobre el pecho y recostándose en la silla con un gesto de desdén.
—Solo era una sugerencia, jefe…
No hace falta que te pongas así.
A veces eres más aburrido que el cofre donde estaba encerrado Sil.— Brianna suspiró, colocando una mano reconfortante sobre el hombro de Hiroki.
—Estoy de acuerdo contigo, Hiroki —dijo ella con voz suave—.
Deberíamos ser prudentes.
Pero…
—miró a Reina y Damian con una chispa de travesura— tal vez una pequeña celebración no nos vendría mal después de lo que pasamos.— Hiroki miró las bolsas de oro que Anna había dejado en la mesa.
180 millones de Yeris.
Era suficiente para cambiar sus vidas, pero en un mundo en guerra, el oro pesaba tanto como la responsabilidad.
—Está bien —cedió Hiroki, sentándose de nuevo—.
Una comida, solo una.
Y después, vamos a repartir esto y a guardarlo en un lugar seguro.
¿Entendido?
—¡Entendido, líder tacaño!
—gritó Reina, brindando con el aire mientras Anna se reía de la escena desde la barra, pero de repente la bola de cristal a su lado brilló, mostrando algo que la dejó pálida y con las manos temblorosas.
La risa de Reina y los gritos de Damian se cortaron en seco cuando notaron la expresión de Anna.
La recepcionista ya no sonreía; sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la bola de cristal de comunicación que emitía un brillo intermitente y rojizo.
—Silencio…
por favor —pidió Anna con una voz que heló la sangre de los presentes.
Todos se acercaron a la barra.
En la superficie de la esfera mágica, se proyectaban imágenes borrosas pero aterradoras: columnas de humo negro alzándose sobre bosques familiares, gritos distantes y siluetas de criaturas esqueléticas marchando sobre campos de trigo calcinados.
—Acaba de llegar el reporte de la red de gremios—anunció Anna, su voz recuperando una frialdad profesional teñida de miedo.—La Guerra Elemental ha escalado de forma catastrófica en las últimas 48 horas.— Anna caminó hacia el tablón de anuncios y, con un movimiento seco, clavó un cartel con un borde rojo sangre.
El anuncio era simple y brutal: Captura o eliminación de demonios rebeldes y no-muertos.
Recompensa: 2 monedas de oro por cabeza.
Hiroki sintió un nudo en el estómago.
El contraste entre los 180 millones de Yeris que acababan de ganar y el valor de una vida en el frente de batalla era repugnante.
—Desarrolla…—dijo Hiroki, su voz sonando extrañamente calmada mientras su mente de ingeniero empezaba a conectar los puntos del desastre.—Danos los detalles técnicos, Anna.
¿Qué tan cerca está esto de nosotros?— Anna suspiró, apoyando las manos en el mostrador.
—Según los medios y los mensajeros mágicos, la mayoría de las aldeas fronterizas de Eldoria an sido aniquiladas.
Es posible que el ejército del rey oscuro esté tomando prisioneros.
Han usado tácticas de tierra quemada.
En Aerthos, la capital Orós resiste, pero las aldeas periféricas están cayendo una tras otra bajo nubes de plaga.— Hizo una pausa, mirando a Damian y luego a Hiroki.
—Kharak-Zum, al ser un continente de terreno difícil y bajo el control de los enanos y gremios independientes, no ha mostrado casos de ataques directos todavía.
Pero el rey oscuro no se detendrá en las fronteras.
No bajen la guardia.
El mundo que conocían hace una semana ya no existe.— El silencio que siguió fue sepulcral.
Damian bajó la mirada hacia su plato de carne, perdiendo el apetito por primera vez en su vida.
Brianna apretó los puños, sintiendo el peso de su propia historia de pérdida.
Pero para Hiroki, el mapa del mundo se dibujó en su mente con una claridad dolorosa.
Pensó en el Bosque Susurrante.
Pensó en la aldea elfa donde despertó por primera vez, en la calidez de la matriarca Elderan y en la mirada decidida de Lyra.
Si Eldoria estaba siendo purgada, ellas estaban en el epicentro del desastre.
Hiroki no dijo una palabra.
Se quedó mirando el cartel de recompensa, con los puños cerrados tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos.
Reina, que había dejado su tarro de cerveza a medio terminar, se acercó a él.
Su hombro rozó el suyo y, con un tono tan bajo que solo él pudo escuchar, le susurró: —Sé en qué estás pensando, líder.
Conozco esa mirada.
Tú piensas en Lyra y en esa aldea de árboles…
y yo también.— Reina lo miró fijamente a los ojos, con una seriedad que rara vez mostraba.
—Dime qué vamos a hacer.
Ahora que tenemos el oro para comprar lo que sea, ¿vas a dejar que se queme el lugar donde empezó todo?— Hiroki levantó la vista hacia sus compañeros.
El “aburrimiento” de hace unos minutos se había transformado en una chispa de determinación peligrosa.
—Anna…
—dijo Hiroki, señalando las bolsas de oro—.
Cancela los pedidos de comida de lujo.
Vamos a necesitar suministros de viaje de largo alcance, cristales de maná de alta pureza y mapas actualizados de las rutas hacia Eldoria.
Damian levantó la cabeza, sus ojos rojos brillando con una nueva luz.
—¿Entonces no hay burdel, jefe?—preguntó, pero esta vez no había burla en su voz, sino una disposición absoluta para la batalla.
—No, Damian —respondió Hiroki con firmeza.—Hay una guerra que detener.— —¡Hiroki, detente!
—el grito de Brianna cortó el aire, cargado de un pánico que rara vez mostraba.—No entiendes a qué nos enfrentamos.
No puedes subestimar a la raza de los demonios de Zargoth.— Hiroki se giró, manteniendo su fachada de líder pragmático.
—He derrotado a un dragón y he vuelto de la muerte, Brianna.
Creo que puedo manejar a unos cuantos demonios rebeldes.— Pero la expresión de Brianna no cambió.
Sus ojos temblaban.
—No son “unos cuantos”.
Incluso los demonios más débiles de esa legión son guerreros natos, mucho más fuertes que un aventurero promedio.
Y no vienen solos, Hiroki…
vienen por miles.
Son una marea que devora continentes.
Para ellos, nosotros somos solo insectos que hacen ruido antes de ser aplastados.— El rostro de Hiroki palideció.
La escala del conflicto finalmente golpeó su mente de ingeniero: no era una misión de gremio, era una extinción masiva.
—Usaremos la ruta costera que tomé para llegar aquí —intervino Reina, cruzando los brazos.—Es más larga, pero está oculta.
Si evitamos los caminos principales, podremos llegar a Eldoria sin que nos detecten los exploradores de Zargoth.— —¡Ni hablar!
—rugió Damian, golpeando la mesa—.
¡Tenemos oro y tenemos fuerza!
Deberíamos ir por el camino público y partirle el cráneo a cada demonio que se cruce.
¡Es la oportunidad perfecta para probar quién es el más fuerte!
¡CLANG!
El sonido del tarro de cerveza de Reina impactando directamente en el tabique de Damian resonó en todo el gremio.
El demonio retrocedió, tambaleándose con las manos en la nariz mientras la sangre empezaba a gotear entre sus dedos.
—No es un maldito juego, idiota —siseó Reina, con una mirada gélida.—Si quieres morir, vete solo.
Nosotros tenemos una misión.— —¡Oye!
¡Mi nariz!—reprochó Damian con voz gangosa, pero no se atrevió a devolver el golpe.
Sabía que Reina hablaba en serio.
Hiroki suspiró, frotándose las sienes.
La jaqueca no ayudaba.
—Basta.
Si vamos a ir a una zona de guerra, necesitamos equipo real.
Ese oro no nos servirá de nada si nuestra armadura se rompe al primer golpe.
Vamos a la zona comercial.
Ahora.— Al salir del gremio, la atmósfera de la ciudad de Hils había cambiado.
Aunque el sol brillaba, las calles estaban inusualmente vacías.
Los pocos ciudadanos que se atrevían a salir no llevaban cestas de mimbre o herramientas de labranza; casi todos portaban una espada vieja, una lanza o incluso un hacha de leñador.
El miedo se respiraba en el aire, denso como la niebla.
El grupo entró en “El Yunque de Mithril”, la tienda de armamento más prestigiosa de la zona.
El olor a aceite de motor, carbón y metal encantado los recibió de inmediato.
Damian, olvidando su nariz sangrante por un momento, corrió hacia un pedestal central donde brillaba una armadura completa de Mithril puro, grabada con runas de protección física.
—¡Esta!
—exclamó Damian, con los ojos iluminados.—¡Jefe, con esto seré invencible!
¡Cómprala!— Brianna se acercó para leer la pequeña placa de oro a los pies del pedestal.
Al ver el número, sintió que su temperatura corporal descendía drásticamente.
—Setenta mil…
millones…
de Yeris —susurró Brianna, casi desmayándose.—Damian, aunque vendiéramos nuestras almas y las de nuestros nietos, no podríamos pagar eso.
Ni siquiera con el tesoro del dragón llegamos a la milésima parte.— —Es un robo a mano armada —gruñó Damian, pateando el suelo con frustración.
Mientras tanto, Hiroki caminaba por una sección más discreta de la tienda.
Sus dedos rozaron una tela que parecía hecha de luz estelar líquida.
Era una Capa de Impenetrabilidad Parcial, encantada para desviar proyectiles mágicos y resistir cortes de armas de grado B.
La textura era suave, pero al tensarla, se volvía tan rígida como una placa de acero.
—”Impenetrable”…
—murmuró Hiroki, sintiendo el flujo de maná en la tela.—Si vamos a Eldoria, esto podría ser la diferencia entre la vida y la muerte.— Reina se detuvo a su lado, observando un juego de flechas con punta de diamante negro.
—El dinero se va a ir rápido aquí, Hiroki.
Elige bien.
Porque una vez que crucemos ese mar, no habrá tiendas, solo cenizas.— Hiroki asintió, mirando su reflejo en la hoja de su espada Alquilem.
La guerra ya no era una noticia en una bola de cristal; estaba frente a ellos, en forma de acero y decisiones costosas.
Mientras Hiroki seguía hipnotizado por la capa, Damian soltó un silbido de admiración.
Había encontrado lo que buscaba: una espada de mandoble forjada en acero abisal, un reemplazo digno para su vieja y oxidada espada de roca negra.
A su lado, Brianna sostenía una espada de una mano, cuya hoja emitía un brillo tenue debido a un encantamiento de endurecimiento de alto nivel.
—Nada mal, cuernitos —comentó Damian, examinando la espada de Brianna con ojo experto.—Esa es una de las 40 Espadas de Grado Alto forjadas en las Herrerías de Fuego.
No es tan legendaria como la Alquilem del jefe, que es la numero 4, pero cortará escamas de demonio como si fueran mantequilla.— Damian continuó alardeando de su conocimiento sobre armamento, enumerando los materiales y la procedencia de cada hoja en la tienda, mientras Reina simplemente dejaba un carcaj lleno de flechas de punta de diamante negro sobre el mostrador, ignorando la verborrea del demonio.
De repente, la campana de la puerta sonó con violencia.
Un aventurero de aspecto demacrado, con una armadura abollada y una espada pulida, entró gritando.
—¡A un lado!
¡Dame todo el dinero de la caja!—rugió el hombre, apuntando con su arma a la joven recepcionista, que se encogió tras el mostrador.¡El mundo se acaba y no voy a morir con los bolsillos vacíos!
Hiroki, manteniendo la calma, dio un paso al frente con las manos visibles.
—Oye, amigo, baja el arma.
El pánico no te va a salvar de la guerra.
Tenemos oro, podemos ayudarte si…— —¡Cállate, niño rico!
—el hombre lanzó una estocada frenética hacia el rostro de Hiroki.
Hiroki ni siquiera tuvo tiempo de invocar su magia de viento cuando una sombra masiva se interpuso.
Brianna, con una velocidad aterradora, atrapó la muñeca del atacante y, sin dudarlo, lanzó un puñetazo cargado de energía psíquica directamente a la frente del hombre.
El sonido del impacto fue seco y brutal.
El cráneo del aventurero crujió audiblemente mientras salía disparado contra una estantería de escudos, cayendo al suelo sin vida.
—¡Nadie toca a mi amor!—gritó Brianna, con los ojos inyectados en sangre y los puños temblando de furia.
El silencio que siguió fue absoluto.
Reina dejó caer una flecha, Damian se quedó con la boca abierta y Hiroki…
Hiroki sintió que su alma abandonaba su cuerpo por un segundo.
Sus ojos se volvieron dos puntos diminutos mientras procesaba la palabra “amor”.
Brianna, al darse cuenta de lo que acababa de gritar frente a todos, pasó del rojo de la ira al rojo de la vergüenza en un milisegundo.
—¡Ah!
¡Yo…
yo quise decir…!—empezó a tartamudear, cubriéndose la cara con las manos—.
¡Quise decir “mi líder”!
¡O “mi…
mi amigo de honor”!
¡Es el calor del momento!
¡No me miren así— Hiroki carraspeó, tratando de recuperar la compostura mientras su corazón latía con fuerza por razones que no eran la jaqueca.
—Eh…
sí.
El “calor del momento”.
Entiendo.— Reina soltó un suspiro cargado de sarcasmo.
—Sí, claro.
Muy convincente, Brianna.— Hiroki se acercó a la recepcionista, que estaba temblando de terror.
Dejó una bolsa con el pago de la capa, las flechas y las dos espadas, además de un extra generoso por el mostrador roto y el susto.
La chica estaba tan pálida que ni siquiera quería tocar las monedas, pero Hiroki insistió antes de guiar al grupo fuera de la tienda.
El grupo caminó hacia el puerto de Hils.
La brisa marina traía un olor a sal y a algo más…
algo metálico y pesado.
El puerto, que solía ser un centro de comercio vibrante, ahora estaba lleno de barcos que se preparaban para huir o para transportar tropas.
—Próxima parada: Aerthos—dijo Hiroki, ajustándose su nueva capa brillante sobre los hombros.—Reina, guía el camino hacia los muelles de carga.
No queremos un barco de pasajeros; queremos algo rápido y discreto.
Damian envainó su nueva espada abisal con una sonrisa satisfecha, aunque todavía se limpiaba un poco de sangre de la nariz.
—Al fin.
El mar es grande, jefe.
Espero que esos demonios sepan nadar, porque voy a tirar a varios por la borda.— Brianna caminaba al final del grupo, con la cabeza baja y las orejas de oni todavía encendidas de vergüenza, evitando a toda costa la mirada de Hiroki.
El viaje hacia el epicentro de la guerra acababa de comenzar.
CONTINUARÁ…
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