Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 20
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20: El precio de la libertad 20: El precio de la libertad Tras la victoria en la mazmorra de Kharak-Zum y la obtención de una fortuna de 18,000 monedas de oro, el grupo de Hiroki se enfrentó a la cruda realidad: la Guerra Elemental ha estallado.
Eldoria, el hogar de los elfos, está siendo consumida por la plaga de Valerius.
Hiroki, impulsado por el deseo de proteger a Lyra y a la matriarca, decidió invertir su oro en equipo de alta calidad y emprender el viaje de regreso.
El grupo zarpó en un navío mercante, enfrentando no solo los peligros del mar, sino la tensión de un mundo que se desmorona.
El sol de la tarde golpeaba con fuerza la cubierta del barco.
El olor a salitre se mezclaba con el aroma metálico del equipo nuevo que Hiroki y los demás portaban.
Damian estaba apoyado en la borda, con sus ojos rojos fijos en el horizonte, donde las nubes empezaban a teñirse de un gris poco natural.
Brianna, inusualmente callada, jugueteaba con el pomo de su espada, perdida en pensamientos sobre la legión de Zargoth que los esperaba al otro lado del océano.
En el centro de la cubierta, la situación era menos épica.
Reina, la orgullosa arquera, estaba doblada sobre un cubo, con el rostro pálido y sudor frío recorriendo su frente.
—Te dije que no miraras las olas fijamente, Reina.—susurró Hiroki, colocando una mano suave en su espalda mientras le ofrecía un paño húmedo.—El mareo por movimiento es una respuesta fisiológica, no puedes simplemente ordenarle a tu cuerpo que se detenga.— —Cállate…
líder idiota…—logró articular Reina entre náuseas.—Soy una cazadora de las llanuras…
el suelo no debería…
moverse así.
Es una traición de la naturaleza.— Hiroki suspiró.
A pesar de ser una de las guerreras más letales que conocía, verla así le recordaba que, al final del día, todos eran vulnerables.
—¡Jefe!
¡Mire eso!—el grito de Damian rompió la calma.
El demonio señalaba hacia arriba.
Una silueta oscura descendía de las nubes a una velocidad aterradora.
Hiroki activó su bendición del conocimiento, sus ojos brillando levemente mientras los datos se materializaban en su mente.
—Es un Demonio Alado de Rastreo—sentenció Hiroki, su voz volviéndose profesional.—Nivel de poder: 1,980.
Es un Rango C sólido.
No es una amenaza masiva para nosotros ahora, pero si daña el mástil, estamos acabados en medio del océano.— El capitán del barco, un hombre canoso y curtido, gritó aterrado: —¡A los camarotes!
¡Si esa cosa desgarra las velas, no llegaremos a Aerthos!— Damian soltó una carcajada ronca, una que hizo que los marineros retrocedieran.
—¿Refugiarse?
Capitán, usted no sabe con quién está viajando.
Jefe, ¿puedo?
He estado encerrado en ese entrenamiento dos meses, mis alas necesitan estirarse.— Hiroki asintió con seriedad.
—Hazlo, pero no te confíes.
Su ventaja es la altitud.
Si te lleva demasiado alto, el aire se volverá escaso.— —Todo tiene una debilidad, jefe—dijo Damian, con una profundidad inesperada que dejó a Brianna y a Hiroki atónitos—.
Incluso lo que parece indestructible o inalcanzable tiene un punto de ruptura.
Solo hay que saber dónde golpear.— Sin más palabras, la espalda de Damian se arqueó.
Con un sonido de carne desgarrándose y cuero tensándose, un par de alas de murciélago negras y membranosas brotaron de sus omóplatos.
Con un batir potente que levantó astillas de la cubierta, el demonio oscuro se lanzó al cielo.
La batalla aérea fue un espectáculo de brutalidad.
El demonio alado, una criatura de piel grisácea y garras como cimitarras, chilló al ver a otro de su especie o algo parecido ascender para enfrentarlo.
Damian no usó su espada de inmediato.
Quería sentir la resistencia del enemigo.
Se chocaron en el aire con un impacto sónico que sacudió los aparejos del barco.
Damian recibió un arañazo en el hombro, pero su bendición de Resistencia Oni absorbió el dolor, convirtiéndolo en una chispa de adrenalina.
—¿Eso es todo —rugió Damian, sujetando el cuello del enemigo mientras ambos caían en barrena.—¡Mi abuela golpea más fuerte cuando no le gusta la sopa!— El demonio alado respondió escupiendo una ráfaga de fuego fatuo.
Damian tuvo que soltarlo, realizando una maniobra evasiva que lo dejó suspendido boca abajo en el aire.
El enemigo aprovechó para intentar huir hacia las nubes, dándose cuenta de que el nivel de poder de Damian (Rango B) era superior al suyo.
—¡Oh, no te vas!—Damian batió sus alas con una furia renovada.
Alcanzó a la criatura a quinientos metros sobre el nivel del mar.
Con un movimiento preciso, Damian envainó su mano en el nacimiento de las alas del enemigo.
Se escuchó un crujido húmedo y espantoso.
Los gritos del demonio alado cesaron cuando Damian, con pura fuerza bruta, le fracturó las articulaciones de vuelo.
La criatura cayó como una piedra, impactando contra el agua con un estallido de espuma.
Al no saber nadar y tener las alas inutilizadas, se hundió rápidamente en las profundidades abisales.
Damian descendió lentamente, aterrizando en la cubierta con la gracia de un depredador.
Sus alas se retrajeron, dejando solo pequeñas cicatrices que sanarían en minutos.
—¿Qué tal lo hice, jefe?
¿Fui lo suficientemente “espectacular”?—preguntó limpiándose una gota de sangre de la mejilla.
Hiroki sonrió, dándole una palmada en el brazo sano.
—Buen trabajo, Damian.
Mantuviste el barco a salvo.
Eso es lo que hace un verdadero aventurero.— Al fondo, el sonido de alguien vomitando rompió el momento heroico.
Reina seguía abrazada al cubo, ignorando por completo la proeza aérea.
Un día después, el horizonte finalmente mostró la silueta de los acantilados de Aerthos.
El puerto de entrada, una vez vibrante y lleno de comercio, se veía extrañamente fortificado.
Había barcos de guerra patrullando y el ambiente era de una tensa calma.
Al bajar del barco, el capitán se acercó a Hiroki, estrechándole la mano con firmeza.
—Gracias, joven líder.
Este barco es lo único que me queda de mi padre.
Si lo hubiéramos perdido, mi familia no tendría nada.
Tengan cuidado en el camino a Eldoria…
dicen que los ríos están bajando rojos.— El grupo se puso en marcha, evitando las rutas comerciales principales para no ser interceptados por las patrullas de los Caballeros Blancos, quienes seguían buscando a Hiroki por los incidentes de la Isla Nus.
Caminaron durante horas hasta que el paisaje se volvió familiar para Hiroki y Reina.
El sonido del agua corriendo con fuerza anunció su llegada al río.
—Este lugar…—susurró Reina, deteniéndose frente a la orilla.
Era el mismo punto donde, meses atrás, se habían enfrentado a los Gigantes de Roca.
El lugar donde Hiroki murió aplastado y donde Reina empezó a sospechar que él ocultaba algo más que una simple suerte de principiante.
Reina miró a Hiroki de reojo.
Sus ojos, usualmente afilados, tenían una pizca de melancolía.
—Hiroki…
recuerdo lo que dijiste aquí.
Dijiste que entrenarías hasta que tu cuerpo no pudiera más Pero ahora lo sé…—hizo una pausa, apretando su arco.—Has estado muriendo, ¿verdad?
Durante estos meses de viaje, en secreto…
te has dejado matar una y otra vez para perfeccionar esa forma de Fénix.— Hiroki se tensó.
No esperaba que ella lo confrontara de forma tan directa frente a los demás.
—Reina, no es…— —No mientas —lo interrumpió ella.—Vi tus ojos anoche en el barco.
Tienes esa mirada de alguien que ha visto el otro lado demasiadas veces.
¿Por qué hacerlo?
¿Por qué pasar por ese dolor voluntariamente?— Hiroki suspiró, mirando el reflejo de la luna en el agua.
—Porque soy débil, Reina.
Mi base es débil.
Si no forzaba mi Bendición al límite, no podría protegerte.
No podría proteger a nadie.
Lo hice para ser el escudo que este grupo necesita.— Reina se dio la vuelta rápidamente, ocultando el intenso sonrojo que cubrió sus mejillas.
—Eres un idiota…
un mártir idiota —murmuró con la voz temblorosa.
Brianna, que había estado escuchando con los brazos cruzados, intervino con un puchero exagerado: —¿Y yo qué?
¿Acaso yo no debería estar incluida en esa protección, Hiroki?
Me siento excluida de tu heroísmo suicida.— Hiroki se rascó la nuca, avergonzado.
—En ese entonces no los conocía a ti ni a Damian, Brianna.
Solo éramos Reina y yo contra el mundo.— Brianna resopló, inflando las mejillas.
—Hmpf.
Pues ahora estamos aquí, así que más vale que cuentes con nosotros.
No dejes que todo el dolor sea tuyo.— Decidieron acampar allí mismo.
El lugar era estratégico y el sonido del río ocultaba sus conversaciones.
Reina, queriendo ser útil a pesar de su agotamiento, bajó al río y, con una precisión asombrosa, cazó tres peces grandes usando solo sus flechas de práctica.
Mientras la noche caía, Reina se arrodilló frente a la leña amontonada.
—”Pequeña chispa del hogar, atiende mi llamado…
¡Ignis!” —susurró.
Una pequeña llama brotó de sus dedos, encendiendo la fogata.
Era una magia de fuego de nivel principiante, casi insignificante comparada con los hechizos de Hiroki, pero suficiente para cocinar.
—Huele bien.—dijo Damian, afilando su espada cerca del fuego.
Reina colocó los peces sobre las brasas, mirando las chispas volar hacia el cielo estrellado.
De repente, soltó una risa suave, una que Hiroki no escuchaba a menudo.
—¿De qué te ríes?—preguntó él, sentándose a su lado.
—Estaba recordando el día que nos conocimos —dijo Reina, mirándolo con una chispa de travesura en los ojos—.
Estabas tan débil después de tu primer entrenamiento que ni siquiera podías moverte.
Cociné la carne de venado que tú cazaste, ¿te acuerdas?
Estaba tan caliente que te la dejé caer en la cara a propósito para que reaccionaras.— Hiroki hizo una mueca, tocándose la mejilla como si todavía sintiera el calor.
—Cómo olvidarlo.
Pensé que habías decidido terminar el trabajo que los Goblins empezaron.
Fue el “descanso” más doloroso de mi vida.— —Te lo merecías por ser tan imprudente —respondió ella, pero su tono era dulce.—En ese momento pensé: “Este chico no durará ni una semana en Aethel”.
Y mírame ahora…
siguiendo a ese mismo chico a una guerra suicida.— —Hemos recorrido un largo camino, Reina —dijo Hiroki con seriedad—.
De la Isla Nus a las Mazmorras de Kharak-Zum…
y ahora de vuelta a Eldoria.— —Sí —susurró ella, acercándose un poco más al calor del fuego—.
Y esta vez, no dejaré que te enfrentes a Inorl o a Valerius solo.
Si vas a morir de nuevo, asegúrate de que sea después de que yo me haya quedado sin flechas.— El grupo compartió la cena en silencio, disfrutando de la paz momentánea.
Sabían que, al cruzar el río al amanecer, entrarían oficialmente en territorio en disputa.
El humo de los incendios de Eldoria ya se podía oler en el viento del norte, y con él, el destino de un mundo que Hiroki estaba decidido a salvar, sin importar cuántas veces tuviera que morir para lograrlo.
La noche en el gean río transcurrió bajo un manto de estrellas que, por un momento, hizo olvidar la guerra.
Sin embargo, la paz en Aethel es un cristal frágil.
Al despuntar el alba, una neblina azulada se arrastraba sobre la superficie del agua.
Hiroki fue el primero en incorporarse, frotándose los ojos y estirando sus músculos entumecidos.
Al girarse para buscar su cantimplora, su mirada —traicionada por sus instintos de adolescente— se posó involuntariamente en la figura de Reina, quien dormía apoyada contra un tronco.
El ligero ascenso y descenso de su pecho bajo la armadura de cuero atrajo su atención por un segundo de más.
De repente, un ojo color avellana se abrió con una nitidez aterradora.
—¿Por qué…
—la voz de Reina sonó ronca por el sueño, pero cargada de una advertencia letal— …lo haces de nuevo, en el mismo lugar y a la misma hora, líder idiota?— Hiroki saltó hacia atrás como si hubiera tocado una brasa ardiente, agitando las manos frente a su rostro.
—¡No es lo que parece!
¡Solo estaba…
verificando si estabas respirando!
¡Sí, eso!
¡Control de constantes vitales!— —¿Ah, sí?
—una voz melosa y peligrosamente tranquila susurró justo detrás de su oreja.
Antes de que Hiroki pudiera reaccionar, sintió una presión suave pero firme contra su espalda.
Brianna se había levantado en silencio y ahora lo envolvía en un abrazo parcial, presionando su busto contra él.
—Si tienes tantas ganas de realizar un “control de constantes”, Hiroki-kun…
no deberías ignorar el mío.
¿O es que mi anatomía no es lo suficientemente interesante para el “Héroe del Fénix”?— Hiroki sintió que su cerebro entraba en cortocircuito.
Intentó armar una frase coherente, pero solo salieron sílabas desordenadas y un balbuceo que hizo que Reina soltara una carcajada seca.
La arquera se levantó y, con un movimiento fluido, le propinó un zape en la nuca que resonó en todo el claro.
—Aprende modales, Hiroki.
Si quieres mirar, al menos ten la decencia de pedir permiso —dijo ella, ajustándose el protector del brazo.
—¿Es en serio?
—preguntó Hiroki, sobándose la cabeza con incredulidad.
Reina lo miró de arriba abajo con una sonrisa enigmática.
—Si lo tomas como una broma o como una invitación…
esa es tu decisión, no la mía.— —¿Qué está pasando?
—Damian emergió de su saco de dormir, rascándose un cuerno y bostezando—.
¿Por qué el jefe está rodeado por ustedes dos tan temprano?
¿Es algún tipo de ritual de apareamiento humano?
Reina se alejó de inmediato, bufando: —¡Ni en tus sueños, demonio!
Solo le recordaba al líder su lugar en la cadena alimenticia.— Brianna, sin embargo, no lo soltó.
Al contrario, apretó más su abrazo, usando su fuerza sobrehumana de Oni para casi dejar a Hiroki sin aire.
—¡Es que Hiroki es tan lindo cuando se pone rojo!
—exclamó ella, ignorando los quejidos de asfixia del chico.
Tras el caótico despertar, el grupo retomó el sendero.
El mapa indicaba que Eldoria aún estaba a más de 300 kilómetros de distancia.
El terreno se volvía más accidentado y la urgencia crecía en el pecho de Hiroki.
—A este paso tardaremos una semana —se quejó Hiroki—.
Si usamos magia de viento para potenciar nuestras piernas, podríamos recortar el tiempo a la mitad.— —Mi magia de viento está ligada a mis flechas y a la percepción, Hiroki —respondió Reina, caminando con paso firme—.
No he entrenado mis piernas para correr como un vendaval.
Me agotaría en diez kilómetros.— —Yo puedo correr más rápido que cualquier caballo humano —añadió Brianna—, pero llevar mi equipo y mantener ese ritmo me dejaría sin maná para pelear cuando lleguemos.— Hiroki resopló, frustrado por las limitaciones logísticas.
Siguieron avanzando hasta que, en un recodo del camino, se toparon con un carromato de aspecto lúgubre, tirado por dos bestias de carga de ojos inyectados en sangre.
Un mercante de piel cetrina y sonrisa aceitosa los saludó, ofreciendo rarezas de los continentes lejanos.
Hiroki se detuvo en seco al notar algo en la parte trasera del carro.
Dentro de una jaula de hierro reforzada con runas, había tres figuras acurrucadas: un ogro joven de piel grisácea, una zooni zorro con el pelaje sucio y, lo más desgarrador, un niño pequeño de la misma raza que lloraba en silencio.
“Si uso la fuerza bruta, el mundo me verá como un monstruo más en esta guerra.
Si uso la estrategia, me verán como un héroe”, pensó Hiroki, intentando mantener la calma.
—¿Cuánto por los esclavos?
—preguntó Hiroki, sacando una bolsa de monedas.
El mercante entrecerró los ojos, detectando la nobleza en el tono de Hiroki.
—¿Comprarlos para liberarlos?
No, joven.
Eso es un desperdicio de mercancía de calidad.
Estos están destinados a las minas de cristal de Aerthos.
No están a la venta para “beneficencia”.— Antes de que Hiroki pudiera negociar, un sonido de metal desgarrándose llenó el aire.
Damian, harto de la charla, había caminado hacia la jaula y, con un rugido de esfuerzo, arrancó los barrotes con sus manos desnudas como si fueran ramitas de madera.
—¡Damian!
¡Te dije que esperaras!
—le gritó Hiroki, aunque en el fondo agradecía la acción.
El mercante, enfurecido, sacó una varita de ébano para lanzar un hechizo de parálisis.
—¡Malditos ladrones!
¡Sentirán el peso de la ley del gremio de mercaderes!— Brianna se movió como un rayo.
Antes de que el hombre pudiera pronunciar la primera sílaba, ella atrapó la varita y, con un movimiento casual de sus dedos, la partió en dos.
El mercante cayó de rodillas, temblando.
—¡Está bien!
¡Me rindo!
¡Llévenselos, no haré nada!— Pero sus ojos brillaron con una malicia oculta.
Mientras el grupo ayudaba a los esclavos a salir, el mercante activó un dispositivo oculto bajo su túnica.
De repente, cuatro pilares de luz negra brotaron del suelo, encerrando a Hiroki, Reina, Brianna y Damian en una Caja Barrera Anti-Magia.
—¡Idiotas!
—gritó el mercante, recuperando su arrogancia—.
Esta barrera drena el maná de cualquiera que esté dentro.
¡Los venderé a ustedes como gladiadores!
¡Valen diez veces más que esos zoonis!— El mercante reía con locura, creyéndose victorioso.
No notó que el cielo se oscurecía sobre su cabeza.
Una silueta descendió sin hacer ruido, posicionándose justo detrás de él.
Una mano pálida y fría se posó en su espalda.
—¿Sabes qué pasa cuando interrumpes el viaje de alguien que tiene prisa?
—susurró una voz gélida.
El mercante se quedó helado.
Antes de que pudiera girarse, Sil, el dragón blanco en forma humana, soltó un grito sónico tan potente que la presión del aire hizo estallar los oídos del hombre.
El mercante cayó al suelo, muerto por la hemorragia interna instantánea.
Sil usó el objeto de control para desactivar la barrera y liberar al grupo.
—¿Por qué nos salvaste?
—preguntó Hiroki, recuperando el aliento—.
Pensé que te habías ido.— —Los he estado vigilando desde las nubes —respondió Sil con indiferencia—.
Además, quería ver si el demonio había mejorado su táctica.
Lo hizo bien, aunque le falta sutileza.— Hiroki suspiró y se dirigió a los liberados.
Les entregó una bolsa generosa de oro y algunas raciones.
—Vayan al sur, lejos de los caminos principales.
Busquen refugio en las aldeas independientes.— El ogro y la zooni zorro se arrodillaron, con lágrimas en los ojos.
—Gracias…
son verdaderos héroes —dijo la mujer, abrazando a su hijo.
“Héroes…”, pensó Hiroki.
La palabra resonó en su mente, recordándole los animes que veía en su mundo original.
Nunca pensó que él sería quien protagonizara esa escena.
Antes de dejar el carromato, Damian encontró algo envuelto en seda negra: un cráneo pequeño con alas de hueso que emitía un aura de putrefacción.
—Esto es un Espíritu Oscuro de Rastreo —dijo Damian, soltándolo con asco—.
Solo los Liches de alto nivel pueden crearlos.
Si este mercante lo tenía, significa que estaba trabajando como informante para el ejército de Valerius.— El grupo se alejó del carro, dejando atrás los restos del mercante y el objeto maldito.
El ambiente se volvió más pesado; la sombra de la guerra ya no estaba solo en Eldoria, sino que se infiltraba en cada rincón de Aerthos.
Al atardecer, llegaron a una pequeña aldea llamada Remanso Verde.
El grupo entró a la aldea justo cuando las farolas de aceite empezaban a chisporrotear.
La presencia de Hiroki, Reina y Brianna ya era lo suficientemente llamativa, pero la adición de Sil cambió por completo la atmósfera del lugar.
El dragón en forma humana caminaba con una rectitud aristocrática, sus ojos completamente blancos escaneando todo con una mezcla de curiosidad científica y desdén milenario.
—¿Por qué todos estos humanos nos miran como si fuéramos exhibiciones de un museo?
—preguntó Sil en voz alta, su voz resonando con una claridad sobrenatural que hizo que una mujer cercana tropezara con su propia canasta.
—Porque pareces un fantasma que acaba de salir de una tumba de lujo, Sil —susurró Hiroki, tratando de empujarlo hacia la posada—.
Intenta…
no sé, ¿parecer menos amenazante?— —¿Menos amenazante?
—Sil ladeó la cabeza, confundido—.
Soy un dragón de clase alta.
Mi mera existencia es una amenaza para el ecosistema.
Pedirme que sea “menos” es un insulto a mi linaje.— Reina se dio una palmada en la frente.
—Genial.
Otro con complejo de superioridad.
Justo lo que necesitábamos para completar el circo.— Llegaron a una posada.
Al abrir la puerta, el bullicio de los aldeanos cenando se detuvo en seco.
El recepcionista, un hombre calvo con gafas que colgaban de la punta de su nariz, dejó caer la pluma con la que registraba las cuentas.
Sus ojos se fijaron en Damian (un demonio con cuernos), Brianna (una Oni imponente) y finalmente en Sil.
—Buenas noches…
—tartamudeó el recepcionista, retrocediendo un paso—.
No…
no solemos recibir a…
viajeros de su…
“índole” tan a menudo.— Sil se acercó al mostrador, apoyando sus manos pálidas sobre la madera.
El recepcionista sintió un frío repentino, como si el invierno hubiera entrado en la sala.
—Queremos una habitación.
La más grande.
Y que la comida no tenga ese olor a grasa rancia que emana de tu cocina, humano.— —¡Sil!—Hiroki intervino rápidamente, apartando al dragón—.
Disculpe a mi amigo, ha estado…
encerrado mucho tiempo.
Queremos una habitación para cinco.
Pagaremos el doble por las molestias.— Al mencionar el pago doble, el miedo en los ojos del recepcionista fue reemplazado instantáneamente por la codicia, aunque sus manos seguían temblando al entregar la llave de latón.
—Habitación 202…
al final del pasillo.
Por favor, intenten no…
romper nada.
Y que el señor de los cuernos no asuste a las camareras.— Damian gruñó, mostrando un colmillo.
—Si quisiera asustarlas, ya estarían gritando, calvito.— Mientras esperaban la cena en un rincón apartado de la taberna, la tensión era palpable.
Los aldeanos susurraban en las mesas contiguas, señalando al grupo.
—¿Escucharon?
Dicen que Eldoria ha caído —susurró un granjero en la mesa de al lado, pensando que no lo oían—.
Que los árboles caminan y matan a los vivos.— Hiroki apretó los cubiertos.
La ignorancia de la aldea era una bendición y una maldición a la vez.
—No saben que la plaga está a menos de dos días de camino de aquí —comentó Hiroki en voz baja—.
Si Valerius sigue avanzando, esta aldea será un cementerio para el final de la semana.— —¿Y qué piensas hacer, líder?
—preguntó Reina, observándolo fijamente—.
No podemos salvar a cada aldea en el camino.
Nuestra prioridad es la fuente del problema.— —Lo sé —respondió Hiroki, mirando a Sil—.
Sil, dijiste que nos vigilabas.
¿Viste algo más en los cielos?
¿Movimientos de tropas?— Sil, que estaba analizando un trozo de pan como si fuera un artefacto antiguo, levantó la vista.
—Vi nubes negras moviéndose contra el viento.
Eso no es clima, es magia nigromántica de escala continental.
Y vi sombras aladas…
más grandes que el demonio que Damian mató en el barco.
Se dirigen hacia el corazón del bosque elfo.— Brianna dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Si los dragones de hueso ya están en el aire, significa que la barrera de Eldoria ha sido perforada.— La cena llegó, servida por una camarera que dejó los platos y huyó casi corriendo.
Sil probó un bocado y arrugó la nariz.
—Primitivo.
Los humanos de esta era han perdido el gusto por las especias elementales.— —Cállate y come, “Su Majestad” —le espetó Damian, devorando su ración de un solo bocado—.
Mañana vamos a necesitar energía si vamos a cruzar la frontera.— Después de cenar, el grupo subió a la habitación.
Era un espacio amplio con varias camas de paja y una chimenea encendida.
A pesar de la comodidad, nadie podía relajarse del todo.
Hiroki se paró frente a la ventana, observando la aldea en silencio.
Las luces se apagaban una a una.
Era una paz artificial, sostenida por la falta de información.
—¿En qué piensas?
—Brianna se acercó a él, colocando una mano suave en su hombro.
—En que hace unos meses yo era un simple estudiante que se preocupaba por las tareas —confesó Hiroki—.
Y ahora…
tengo la vida de mis amigos en mis manos, y el destino de un reino que ni siquiera es el mío.
A veces me pregunto si la “Profecía” se equivocó de persona.— —La profecía dijo que vendría un guerrero —dijo Reina desde su cama, mientras afilaba un cuchillo de caza—.
No dijo que sería perfecto.
Solo que vendría.
Y hasta ahora, nos has mantenido vivos, incluso muriendo tú mismo.
Eso es más de lo que cualquier “Héroe de Rango S” haría.— Sil, que se había acomodado en un rincón oscuro de la habitación, cerró los ojos.
—El destino es una cadena de casualidades que los humanos llaman “propósito”.
No pienses tanto, Hiroki.
Solo asegúrate de que, cuando llegue el momento de quemar el mundo, estés del lado que sostiene la antorcha.— Hiroki asintió, sintiendo el peso de la espada Alquilem apoyada contra la pared.
Se acostó, pero el sueño tardó en llegar.
En su mente, las imágenes de la aldea elfa en llamas y el rostro de Lyra se mezclaban con el brillo azul de su propia muerte.
Afuera, el viento empezó a soplar con más fuerza, trayendo consigo un frío que no pertenecía a la estación.
La Guerra Elemental no estaba esperando a que ellos estuvieran listos; estaba llamando a la puerta de Aerthos, y el amanecer traería consigo el olor a ceniza y el inicio de la verdadera carnicería.
CONTINUARÁ…
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