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Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 La sombra del pasado
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21: La sombra del pasado 21: La sombra del pasado El alba se filtraba tímidamente por las rendijas de la posada en Remanso Verde.

Damian fue el primero en desperezarse; sus instintos de demonio, acostumbrados a la vigilancia constante en las cuevas de la montaña, no le permitían el lujo de dormir hasta tarde.

Al bajar al comedor, el silencio se apoderó del lugar.

Las miradas de los aldeanos eran como alfileres clavados en su espalda: sospecha, asco y, sobre todo, un miedo paralizante.

Damian sintió que la sangre le hervía.

Estuvo a punto de soltar un rugido y exigir respeto a gritos, pero la voz de Hiroki resonó en su memoria: “Si quieres ser un héroe, Damian, tienes que aprender que el miedo no se quita con más miedo”.

Apretando los dientes, se sentó en una mesa apartada y tomó el menú de cuero.

Lo miró fijamente, girándolo de arriba abajo, pero las letras seguían siendo garabatos sin sentido para él.

—¡Oye, mujer!

—llamó a una camarera que pasaba cerca.

La joven se detuvo en seco, haciendo tintinear las tazas en su bandeja.

Se acercó con pasos cortos, su rostro pálido y una voz que apenas era un susurro tembloroso.

—¿S-sí, señor…?

¿En qué puedo…

s-servirle?— Damian, tratando de suavizar su expresión pero fallando debido a sus colmillos prominentes, señaló el papel.

—No entiendo estos dibujos.

Dime qué hay para comer que sea…

grande.— La camarera tragó saliva, señalando los renglones con un dedo que no dejaba de agitarse.

—B-bueno…

tenemos estofado de mijo…

gachas de avena con miel…

y…

y el especial del día es…

es carne de búfalo asada con especias del sur…

pero es…

es algo cara…— Damian observó la timidez de la mujer.

Por un momento, su mirada recordó a la de un niño pequeño intentando descifrar un misterio, lo cual hizo que la camarera relajara un poco los hombros, aunque el sudor frío seguía en su frente.

—Esa.

La carne de búfalo.

Tráeme dos raciones —ordenó Damian, dejando una moneda de plata sobre la mesa.

La mujer tomó la moneda y desapareció hacia la cocina como si la persiguiera un lobo.

Damian se quedó solo, jugueteando con un tenedor de madera, hasta que dos niños se asomaron por el borde de una mesa vecina.

—¿Es verdad que eres un demonio de los de verdad?

—preguntó el más pequeño, con los ojos muy abiertos.

—¿Has matado a muchos monstruos?

—añadió el mayor.

Damian se iluminó.

El reconocimiento, aunque viniera de unos infantes, era su combustible.

—¡Je!

He matado cosas que harían que sus cabellos se volvieran blancos, pequeños.

Mi primera pelea importante fue en las tierras rojas de Umbralys.

Estaba rodeado de sombras que no tenían rostro, y mi espada de roca…— —¡Niños!

¡Vengan aquí ahora mismo!

—el grito de una madre interrumpió la historia.

Los padres llegaron apresurados, tomando a los niños de los brazos y arrastrándolos lejos sin dedicarle una sola palabra a Damian.

Los niños miraban hacia atrás con tristeza, y Damian se quedó con la palabra en la boca, sintiendo un vacío amargo en el pecho.

La camarera regresó con el plato humeante.

Intentó forzar una sonrisa, pero sus ojos delataban que quería estar en cualquier otro lugar.

—Aquí tiene…

su carne…— —Oye —dijo Damian antes de que ella se fuera—.

No tienes que asustarte tanto.

Soy un héroe, un aventurero.

Estamos aquí para ayudar.— La camarera lo miró un segundo, pero los rumores de la guerra y la apariencia de Damian pesaban más que sus palabras.

—Eso dicen todos antes de que las cosas se quemen…

—murmuró ella, alejándose rápidamente.

Poco después, Brianna y Reina bajaron las escaleras, inmersas en una conversación que parecía haber empezado en la habitación.

—…y te digo que ese ungüento de flores de elfo es lo único que mantiene mi piel roja sin escamas —decía Brianna con entusiasmo.—Deberías probarlo, Reina, el viento del mar te ha dejado el cutis algo seco.— —Mi cutis está perfectamente, Brianna —respondió Reina con su frialdad habitual.—Además, no creo que tengamos tiempo para tratamientos de belleza en medio de una invasión.— Se detuvieron al ver a Damian.

El demonio tenía medio trozo de carne colgando de la boca mientras agitaba una mano para saludarlas.

—¡Hola!

¡Ehtá mu’ bueno!

—exclamó con la boca llena.

Reina y Brianna compartieron una mirada de absoluta vergüenza ajena.

Se acercaron y, sincronizadas, cada una tomó a Damian de una oreja, tirando hacia arriba.

—¡Ay, ay, ay!

¡Duele!

—se quejó Damian.

—Usa los cubiertos, animal —susurró Reina cerca de su oído.—Estás asustando a la mitad de la aldea y confirmando sus peores sospechas.

Si pareces menos amenazante, tal vez dejen de mirarnos como a criminales.

—¿La gente comía con la mano antes de esto?

—preguntó Damian, frotándose las orejas.—¿Y quién inventó estos palitos de metal y madera?

Son estorbos para el hambre.— Ellas no respondieron.

Brianna, con paciencia, empezó a señalarle qué cubierto usar para cada cosa.

Reina resopló, mirando por la ventana hacia el cielo gris.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo, Damian?

Medio mundo está en llamas y tú solo piensas en tu estómago.— —¿Por qué vamos específicamente a Eldoria?

—preguntó Brianna de repente, mirando a Reina.—Damian y yo aceptamos seguir a Hiroki, pero no conocemos a esa tal Lyra ni su aldea.

¿Es tan importante?— Reina guardó silencio un momento, ajustando su carcaj.

—Es un secreto de Hiroki.

Algo que él prefiere contar cuando sea el momento.

Solo diré que es una deuda de honor que empezó el día que él llegó a este mundo.— Brianna entrecerró los ojos.

Sus dedos empezaron a brillar con una tenue luz púrpura.

Quería usar su magia psíquica para hurgar en la mente de Reina y obtener respuestas, pero se detuvo en seco.

Recordó la mirada de desprecio y odio que Hiroki le dirigió cuando se conocieron y ella manipuló sus recuerdos.

—No…

—murmuró Brianna para sí misma.—No quiero que vuelva a odiarme.

No quiero perder su afecto.— —¿Dijiste algo?

—preguntó Reina.

—No…

nada —respondió Brianna, bajando la mirada hacia sus propios pies.

—Sé lo que dijiste —sentenció Reina, sin mirarla.—Y sé perfectamente lo que ibas a hacer.

Te detuviste porque sabes que Hiroki te tendría rencor, pero no te engañes, Brianna.

Solo tienes curiosidad, y la curiosidad en una guerra puede ser mortal.— Brianna asintió en silencio, aceptando la reprimenda.

En ese momento, Hiroki entró al comedor, terminando de ajustarse su equipo y su nueva capa.

—¿Por qué fueron los primeros en despertar?

—preguntó Hiroki, acercándose a la mesa.—Pensé que estarían más cansados.— Reina soltó una risa suave, una rareza que sorprendió a los presentes.

—Incluso siendo el líder, tenías el derecho de descansar un poco más, Hiroki.

No todos tenemos la energía inagotable de un demonio hambriento.— Hiroki miró alrededor, buscando una silueta blanca.

—¿Y Sil?

No estaba en su cama cuando desperté.— —No estaba cuando nosotras bajamos tampoco —respondió Brianna.—Ese dragón tiene una personalidad muy extraña.

Aparece y desaparece como si fuera el dueño del mundo.— Hiroki suspiró, pidiendo un desayuno rápido.

Mientras comían, los murmullos de los aldeanos subieron de tono.

“Son espías de Zargoth”, “Ese de los cuernos huele a azufre”, “No deberíamos confiar en extranjeros en tiempos de plaga”.

De repente, un hombre robusto, con un delantal manchado y venas marcadas en los brazos —posiblemente el dueño del local—, se acercó y golpeó la mesa con un puñetazo que hizo saltar los platos.

—¡Ya basta!

—gritó el hombre—.

Su presencia está alejando a mis clientes habituales.

Desde que pusieron un pie aquí, el aire se siente pesado.

¡Fuera de mi posada!— Damian se puso de pie, su mano yendo instintivamente al pomo de su espada abisal, pero Hiroki le puso una mano en el pecho, deteniéndolo.

—Lo siento —dijo Hiroki con voz serena, aunque firme—.

Siento que hayamos molestado en su local.

Chicos, vámonos.

No ganamos nada peleando aquí.— Hiroki comenzó a guiar al grupo hacia la salida, sin saber que Damian, en su confusión, aún no había pagado la cuenta de la carne.

El dueño, al verlos salir, estalló en furia.

—¡Ladrones!

¡Encima de monstruos, son ladrones!

—gritó el hombre.—Son una amenaza para Remanso Verde!— Hiroki intentó sacar unas monedas de oro para pagar, pero el ambiente se volvió hostil.

Algunos aldeanos lanzaron vasos de madera y restos de comida hacia ellos.

Hiroki y los demás salieron al exterior bajo una lluvia de insultos y objetos.

De repente, una sombra bajó velozmente desde el tejado de la posada.

Sil apareció frente a ellos, recibiendo los vasos de madera que le lanzaban sin siquiera inmutarse; los objetos simplemente rebotaban en su aura o caían al suelo.

Sil posó su mano pálida sobre la madera de la pared exterior de la posada.

Su tono era tan frío que el aire pareció congelarse alrededor de los aldeanos.

—No somos una amenaza —dijo Sil, y su voz resonó con un eco sónico que hizo vibrar los cristales de las ventanas.—Pero como su limitada inteligencia humana insiste en ver una…

aquí tienen algo que procesar.— Sil apretó la mano y el local entero empezó a vibrar violentamente, como si un terremoto localizado estuviera sacudiendo los cimientos.

Los platos se rompían y los aldeanos caían al suelo, presas del pánico.

—La mente humana es fascinante —comentó Sil, mirando a los asustados aldeanos con desprecio.—Puede ser manipulada tan fácilmente por el miedo que los hace actuar como seres inferiores, incluso ante quienes vienen a salvarlos.— Sil soltó el madero y se alejó con elegancia, dejando a la aldea en un silencio sepulcral, roto solo por los sollozos de terror.

Hiroki y los demás lo miraban con rostros decepcionados.

Reina incluso se palmeó el rostro con frustración.

—Ya está arreglado —dijo Sil al llegar al grupo, con una actitud leal pero distante, similar a un guerrero solitario que no busca aprobación.

—Sil, eso no ayudó en nada…

—intentó decir Hiroki, pero el dragón mostró un desinterés absoluto por la opinión de los humanos.

El grupo decidió explorar la pequeña aldea antes de partir, notando cómo las personas ahora se escondían en sus casas y cerraban las persianas a su paso.

—¿Podría ir a hablar con ellos?

Tal vez si razono…

—empezó Damian, sintiéndose mal por ser visto como un monstruo.

—Ya no podemos hacer nada, Damian —respondió Hiroki con tristeza.—El daño está hecho.— —El miedo es lo que hace a las personas débiles —sentenció Sil, caminando al frente.—Deben superarlo por sí mismos o morirán cuando la verdadera oscuridad llegue.

—¿Por qué eres tan frío de repente?

—preguntó Hiroki.—En la mazmorra parecías…

diferente.— —Aquello fue un efecto secundario del hechizo de sellado de 400 años —respondió Sil sin girarse.—Esta es mi personalidad natural.

No esperen calidez de un dragón que ha visto imperios desmoronarse.— El grupo se acercaba a la salida de la aldea cuando, de repente, una serie de gritos desgarradores rasgaron el aire.

Se dieron la vuelta y vieron, en el centro de la plaza, a un enorme esqueleto blanco de veinte metros que acababa de aparecer de la nada.

La criatura empezó a pisotear las casas y a golpear los edificios con una fuerza devastadora.

—¡Miren!

—gritó un aldeano desde una ventana, señalando al grupo de Hiroki con odio.—Es una de sus criaturas!

¡Ellos lo invocaron para destruirnos!

Hiroki desenvainó a Alquilem, su rostro endureciéndose.

—Prepárense.

Esa cosa no parece nada débil.— Hiroki entrecerró los ojos, analizando la imponente estructura ósea que se alzaba sobre Remanso Verde.

El sistema de su Bendición de Conocimiento parpadeó en su mente con advertencias en rojo.

Entidad: Esqueleto Gigante No-muerto Rango: B+ Nivel de poder: 4,571 Fuerza: 3,524 Poder Mágico: 449 —Es un B+ —masculló Hiroki, ajustando el agarre de Alquilem.—Pero su estadística de fuerza es absurda.

Supera por mucho a Sil en potencia física bruta.— Sil, que escuchaba a su lado, soltó un bufido de indignación.

—¿Superarme a mí?

Un montón de calcio viejo no es rival para un…— Antes de que terminara la frase, Sil se lanzó hacia adelante con una velocidad subsónica, convirtiéndose en un borrón blanco que cruzó la plaza en un parpadeo.

El esqueleto, sin embargo, reaccionó con una rapidez antinatural; movió su brazo masivo en un arco horizontal tan veloz que el aire silbó.

Sil apenas logró rotar en el aire, sintiendo el desplazamiento de viento rozar su capa mientras se alejaba de un salto.

—Ese montón de huesos es…

sorprendentemente fuerte —admitió Sil, aterrizando con elegancia pero con la mirada tensa.

—No me digas, no lo sabía —respondió Hiroki con un sarcasmo cargado de nerviosismo.

Reina dio un paso atrás, tensando su arco pero bajándolo casi de inmediato.

—No creo que pueda ser de mucha ayuda, Hiroki.

Mis flechas solo son tiros de precisión, no tengo la potencia para demoler esa estructura.

—No seas tan insegura, Reina —le dijo Brianna, colocándole una mano en el hombro.—incluso con un poder menor, puedes vencerlo si quebras su punto de apoyo, tal como dijo Damian contra aquel demonio.

Todo lo que es grande tiene una base que lo sostiene.— Hiroki asintió.

Su mente de ingeniero trabajaba a mil por hora.

“Podría intentar romper el cráneo directamente, pero es demasiado alto y se defenderá”, pensó.

—¡Jefe, úselo!

—gritó Damian.—¡Congélelo y luego lo partimos en pedazos!— La idea de Damian encendió una chispa en Hiroki.

Recordó el cristal rojo oculto bajo su pechera de cuero.

Lo extrajo, activando la caja mágica que contenía su maná condensado.

Hacía días que no liberaba su magia de hielo a plena potencia.

Desenvainó a Alquilem y, tras hojear rápidamente su libro de hechizos, se lo lanzó a Reina.

—¡Cuídalo, Reina!

—exclamó.

Luego, susurró el conjuro de aceleración.—”El viento me impulsa más allá de mi velocidad.

El tiempo se estira solo para mí, acelerando mi movimiento en un instante fugaz.

Tempus.”— Usando magia de viento avanzado, Hiroki multiplicó su velocidad cinco veces, moviéndose casi a la par de Sil.

Activó su bendición Cuchillo Implacable y comenzó a rotar sobre su propio eje, convirtiéndose en un pequeño tornado de acero y escarcha: su técnica “Tornado Implacable”.

El esqueleto intentó aplastarlo con un puñetazo descendente, pero Hiroki, en el centro del torbellino, incrustó la punta de Alquilem en el metacarpo del gigante.

La bendición estalló, enviando una onda de choque interna que desintegró los huesos de la mano desde adentro hacia afuera.

Sin embargo, la inercia del golpe del esqueleto fue tal que, aunque su mano se hizo pedazos, el impacto envió a Hiroki volando como un proyectil contra una hilera de casas.

—¡Hiroki!

—gritó Brianna.

Mientras Hiroki desaparecía entre los escombros, Damian y Brianna corrieron hacia una casa que estaba colapsando para rescatar a una familia atrapada.

Damian levantó una viga de madera maciza mientras Brianna sacaba a los niños y a los padres.

Pero, al ponerlos a salvo, el padre de familia los empujó con asco.

—¡Aléjense, seres impuros!

—gritó el hombre, agachándose para recoger una piedra y lanzársela a Damian en la frente.—¡No nos toquen con sus manos malditas!

—¡Papá, ellos nos salvaron!

—gritó uno de los niños, pero el padre le dio un tirón del brazo.

—¡Son monstruos, hijo!

¡Seguro el esqueleto vino con ellos!— Damian y Brianna se quedaron quietos, recibiendo la lluvia de piedras de los aldeanos que se unían al ataque.

Damian apretó los puños, pero no se defendió; recordaba la promesa de ser un héroe.

Brianna simplemente cerró los ojos, dejando que su Piel de Acero absorbiera los impactos de las rocas mientras seguía levantando escombros para sacar a un hombre que aún gritaba bajo las ruinas.

—¡Prefiero morir aplastado que ser devorado por ustedes dos!

¡Suéltenme!— —De nada…

idiota —gruñó Damian, sacando al hombre por el cuello de la camisa y dejándolo en el suelo antes de que este saliera huyendo despavorido.

En ese momento, el esqueleto levantó su enorme pie para aplastar una pequeña cabaña donde una pareja de ancianos zooni gato se abrazaba esperando el final.

Sil, viendo que Hiroki aún no salía de los escombros, soltó un rugido de furia y recuperó su forma de Dragón Blanco.

Voló a una velocidad cegadora, chocando su cuerpo masivo contra la espalda del esqueleto justo antes de que este pisara la casa.

El impacto aturdió a la criatura ósea, haciéndola tambalear.

Hiroki emergió de las ruinas de la casa, con la pechera de cuero rota y el brazo izquierdo enrojecido por la energía del impacto.

Al ver el caos, supo que debía evacuar a los civiles antes de que el pueblo se convirtiera en una fosa común.

—”¡Vox Ventus!” —gritó Hiroki, imbuido de magia.

Su voz resonó directamente en las mentes de todos los habitantes de Remanso Verde— ¡A todos los ciudadanos, huyan hacia la salida sur de la aldea!

¡Busquen refugio en el bosque!

¡Ahora!— El hechizo consumió casi todo su maná restante, dejándolo de rodillas y jadeando.

La mayoría de los aldeanos, al escuchar esa voz autoritaria en sus cabezas, dejaron de lanzar piedras y empezaron a correr presas del pánico hacia la salida.

El esqueleto, recuperándose del choque de Sil, logró atrapar al dragón en el aire con su brazo sano.

Apretó el cuerpo de Sil con una fuerza descomunal.

Las escamas blancas del dragón empezaron a crujir bajo la presión de los dedos de hueso.

—¡Sil!

—gritó Reina, disparando flechas a las articulaciones del brazo del gigante para intentar aflojar el agarre.

En un acto desesperado, Sil volvió a su forma humana para reducir el volumen de su cuerpo y escapar del puño cerrado.

Mientras caía, Sil abrió la boca y lanzó un Grito Sónico a quemarropa contra el rostro del esqueleto.

La onda expansiva hizo que el gigante retrocediera varios metros, pisoteando una casa vacía mientras sus cuencas oculares vibraban violentamente.

Hiroki se puso de pie, apoyándose en Alquilem.

Miró a sus compañeros: Damian y Brianna cubiertos de polvo y despreciados por quienes salvaron, Reina agotada y Sil recuperando el aliento.

—Esto aún no termina —murmuró Hiroki, mirando al esqueleto que empezaba a regenerar su mano rota con magia oscura—.

Prepárense para la fase dos.— El polvo de las casas derruidas formaba una neblina espesa que sabía a cal y a muerte.

Entre los escombros, un grito agudo y desgarrador rompió el estruendo de la batalla.

—¡Papá!

¡Despierta, por favor!

—un niño pequeño, con el rostro cubierto de hollín, tiraba desesperadamente del brazo de un hombre sepultado bajo una viga de roble.

El esqueleto gigante había pisoteado la estructura segundos antes, dejando al hombre inconsciente y atrapado.

Hiroki, con la ropa rota por el daño, descendió cojeando hacia ellos.

Sus ojos se encontraron con los del niño, que estaban llenos de un terror puro.

—Tranquilo, pequeño…

—susurró Hiroki, hincando las rodillas en los escombros—.

Voy a sacarlo.

Confía en mí.— Con un gruñido de esfuerzo, Hiroki canalizó su magia de viento en sus manos para aligerar el peso de la viga, desplazándola lo suficiente para liberar al hombre.

Sin embargo, la sombra del gigante se proyectó sobre ellos.

El esqueleto, detectando la fuente de maná de Hiroki, giró su torso con un crujido óseo y lanzó su puño masivo en un descenso vertical a máxima velocidad.

El puño del esqueleto baja como un meteorito de hueso blanco, comprimiendo el aire a su paso y creando una onda de choque que hace estallar las ventanas cercanas antes del impacto.

—¡Maldición!

—Hiroki agarró al hombre por el torso y al niño por la cintura.

En un estallido de adrenalina, activó un impulso de viento en sus pies, saltando hacia atrás justo cuando el puño impactaba el suelo, creando un cráter de tres metros.

Hiroki aterrizó al otro lado de la calle, rodando por el suelo para amortiguar la caída.

Estaba exhausto; sus pulmones ardían.

—¡Corre!

—le gritó al niño, señalando la salida de la aldea—.

¡Lleva a tu padre hacia el bosque, no mires atrás!— Mientras el niño se alejaba arrastrando a su padre con ayuda de otros aldeanos que miraban atónitos, estos preguntaron con voces temblorosas.

—¿Por qué…?

¿Por qué nos ayudas después de cómo los tratamos?

¡Les lanzamos piedras!

¡Los llamamos monstruos!— Hiroki se puso de pie, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.

Su mirada era serena, desprovista de rencor.

—El odio hacia la burla no arregla nada —respondió con voz firme.—Solo dejándoles ver la verdad por sí mismos entenderán quién es el verdadero enemigo.

No necesito su perdón, necesito que sobrevivan.— Dicho esto, Hiroki se dio la vuelta y corrió de regreso al epicentro del caos.

Reina ya estaba en posición sobre un tejado inclinado.

Sus dedos sangraban por la tensión, pero no flaqueó.

Sacó una flecha de diamante negro y la encajó en la cuerda de su arco, la cual vibraba con la energía del cristal incrustado.

—”Viento del norte, guía mi juicio…

¡Perfora!” —el disparo salió con un silbido sónico.

La flecha de diamante negro deja un rastro de luz turquesa en el aire, impactando directamente en el centro de la frente del cráneo del esqueleto.

Al chocar, se produce una explosión de chispas mágicas que abre una grieta profunda, pero el hueso, imbuido en magia oscura, se resiste a romperse.

—¡Ahora, Damian!

¡Brianna!

—gritó Reina.

Damian desplegó sus alas negras con un movimiento violento, elevándose en espiral.

Brianna, por su parte, dio un salto prodigioso, elevándose diez metros en el aire.

En pleno vuelo, su cuerpo se tornó de un gris metálico opaco.

—¡Piel de Acero!

—rugió Brianna, y entonces, un brillo dorado y violento rodeó su puño derecho—.

¡GOLPE DEVASTADOR!— El esqueleto reaccionó golpeando a Damian en el aire, enviándolo a estrellarse contra una torre de vigilancia, pero no pudo detener a Brianna.

La Oni impactó su puño contra la grieta que Reina había abierto.

Al mismo tiempo, Sil apareció en el punto ciego del gigante, golpeando con una patada cargada de energía cinética.

El impacto doble genera una onda expansiva que barre el polvo de toda la plaza.

El cráneo del esqueleto se inclina hacia atrás, crujiendo violentamente mientras las fisuras se extienden como telarañas por toda la mandíbula y la frente.

Brianna cayó al suelo, aterrizando pesadamente sobre una rodilla.

Su brazo derecho estaba entumecido, vibrando por el retroceso del golpe.

Había usado dos bendiciones simultáneamente, algo que agotaría a cualquier guerrero de élite.

—Maldita sea…

—jadeó Brianna, sosteniendo su brazo—.

Todavía…

sigue en pie…— El esqueleto, aunque tambaleante, rugió con un sonido que parecía el choque de mil lápidas.

Damian emergió de los escombros de la torre, con el rostro cubierto de sangre pero una sonrisa salvaje en los labios.

Se lanzó como un ariete, chocando su hombro contra la rodilla del gigante, obligándolo a hincar una pierna en el suelo.

Sil, aprovechando la vulnerabilidad, voló hasta quedar frente a frente con el cráneo agrietado.

Posó ambas manos sobre el hueso frío.

—Siente la frecuencia de tu propia destrucción —susurró el dragón.

De las manos de Sil emana una vibración visible, una distorsión en el aire que hace que el hueso empiece a pulverizarse lentamente, convirtiéndose en polvo blanco bajo sus dedos.

Hiroki llegó al centro de la plaza, jadeando.

Sus dedos se cerraron alrededor del collar con el cristal rojo de maná que colgaba de su cuello.

El cristal palpitaba con una luz carmesí, sedienta de ser liberada.

—Es demasiado duro para romperlo por fuera…

—murmuró Hiroki, mirando al gigante que intentaba sacudirse a Sil de encima.—Absorberé el maná del cristal.

Voy a congelar su núcleo interno antes de que regenere sus defensas.

¡Aguanten un poco más!— El aire alrededor de Hiroki empezó a enfriarse drásticamente, y pequeñas partículas de escarcha comenzaron a flotar.

El aire se volvió pesado, saturado de un hedor a azufre y muerte antigua.

Antes de que Hiroki pudiera cerrar el puño sobre el cristal rojo, un destello escarlata brotó de las cuencas vacías del gigante.

El sonido fue lo peor: un crujido seco y rítmico, como si miles de lápidas se frotaran entre sí.

Los dientes del esqueleto se alargaron, afilándose hasta convertirse en colmillos de marfil amarillento, mientras que de sus hombros y nudillos brotaron espinas óseas de casi un metro de largo, serradas y goteando una sustancia negruzca.

Reina retrocedió un paso, dejando caer una flecha al suelo.

Sus manos, siempre firmes, temblaban violentamente.

—Esto no es una simple invocación…

está evolucionando —susurró con horror.

Brianna cayó de rodillas, abrazándose a sí misma mientras sus ojos se dilataban por el pánico.

—Es una pesadilla…

tiene que serlo.

Siento su sed de sangre…

es como si el mismo abismo estuviera mirándonos.— Damian, sin embargo, no se detuvo.

El orgullo de su raza lo impulsó a lanzarse al ataque antes de que la transformación terminara.

Desenvainó su espada abisal, que emitió un zumbido oscuro mientras canalizaba su magia.

—”Un filo invisible, el corte del vacío, que atraviesa la materia con frialdad.

¡Fractura Umbra!” —rugió el demonio, lanzando un tajo vertical que rasgó el aire.

La hoja de oscuridad pura impactó de lleno en el pecho del gigante, pero el esqueleto apenas se sacudió.

El corte, que partiría a un ogro a la mitad, solo dejó una marca superficial en el hueso ahora reforzado.

Sil no perdió el tiempo.

Inspiró profundamente y disparó un grito sónico concentrado, una onda de choque que hizo estallar las piedras del pavimento.

El esqueleto, con una velocidad hipersónica que desafiaba su tamaño, movió su brazo espinoso y golpeó a Sil en pleno vuelo.

El impacto fue seco y brutal; el cuerpo de Sil salió disparado contra el suelo, creando un cráter de cinco metros de profundidad.

El dragón en forma humana quedó tendido, tosiendo sangre y con la mirada nublada.

—Su rango no tiene sentido…

—jadeó Damian, retrocediendo mientras sus alas se agitaban con nerviosismo—.

Es más débil en nivel que Sil, pero su naturaleza de muerto lo hace antinatural.

¡No siente dolor, no se cansa!— Hiroki se quedó paralizado.

Sus ojos, fijos en el esqueleto, veían cómo los números en su visión mental se disparaban.

La fuerza del monstruo había incrementado 500 puntos en un parpadeo, rompiendo la barrera del Rango B+ para entrar de lleno en el Rango A.

El sudor frío empapó la nuca de Hiroki.

El cristal rojo seguía en su mano, pero sus dedos no respondían.

El miedo, ese viejo conocido que lo había visitado segundos antes de ser atravesado por la magia de Inorl, regresó con una fuerza devastadora.

Era un miedo visceral, el de una presa frente a un depredador absoluto.

Se vio a sí mismo de nuevo en la Isla Nus, desangrándose, muriendo inútilmente.

—Tengo que…

tengo que pelear…

—murmuró Hiroki, pero su voz era un hilo tembloroso que se perdía en el estruendo de la batalla.

Sus piernas se sentían como plomo.

Miró a sus amigos: Sil herido en el cráter, Brianna colapsada por el terror y Damian intentando mantener una guardia que sabía inútil.

El esqueleto terminó su transformación, irguiéndose con una majestuosidad macabra, sus nuevas espinas brillando bajo la luz del sol como cuchillas de carnicero.

Hiroki estaba congelado, atrapado en el eco de su propia muerte pasada, mientras la sombra del gigante se cernía sobre ellos, lista para borrar a Remanso Verde del mapa.

CONTINUARÁ…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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