Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 5
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5: El golpe bajo 5: El golpe bajo El silencio era tan profundo que incluso las gotas de sangre que caían del techo sonaban como golpes secos contra el suelo.
Nadie respiraba.
Nadie se movía.
El aire era espeso, casi sólido.
Reina estaba inclinada sobre el cuerpo destrozado de Hiroki, sus manos temblando, sus dedos hundidos en un charco tibio de sangre que ya no le pertenecía a nadie.
La niña elfa, demacrada, apenas sostenía su propio peso contra la pared del pasillo.
Estaba pálida, sus ojos muy abiertos, incapaces de parpadear.
Y aun así no podía apartar la vista del cadáver mutilado frente a ella.
Inorl, con su mirada helada, observaba la escena con un suspiro casi molesto, como si la vida se le hubiera escapado de las manos demasiado rápido.
El sonido tenue del metal chocando contra el suelo rompió el silencio.
El collar de Hiroki se había deslizado de su cuello muerto.
Reina levantó la cabeza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—H-Hiroki… no… por favor… —susurró, con la voz quebrada.
Y entonces ocurrió.
Primero, un leve resplandor azul comenzó a emanar del charco de sangre.
Sutil.
Fragilísimo.
Como una luciérnaga intentando alumbrar la noche más profunda.
Reina abrió los ojos de golpe.
Las manos de Inorl se tensaron.
La elfa dio un paso tembloroso hacia atrás.
El brillo se intensificó.
Las venas abiertas de Hiroki liberaron un vapor celeste.
Las partes mutiladas de su cuerpo empezaron a brillar.
Los fragmentos, los restos, incluso la sangre derramada empezaron a elevarse del suelo, vibrando en el aire.
Inorl frunció el ceño, dando un paso hacia adelante.
—Esto… no es magia común.
No es curación.
—murmuró, con un tono por primera vez inquieto.
Las gotas de sangre flotaban, girando en espiral.
Las costillas expuestas comenzaron a desintegrarse en polvo azul brillante.
Los dedos rotos, el torso desgarrado, incluso la piel quemada se deshacían en pequeñas partículas que giraban alrededor del aire, pulsando como estrellas diminutas.
La niña elfa cubrió su boca, horrorizada y fascinada al mismo tiempo.
Reina retrocedió, sin saber si estaba soñando… o presenciando un milagro.
El polvo azul se reunió en el centro del pasillo.
Formó una figura.
Primero un contorno.
Luego un cuerpo sin detalles.
Un esqueleto translúcido.
Músculos formándose como humo sólido.
Venass de luz azul expandiéndose.
Un corazón brillante latiendo con enorme intensidad.
Inorl lo entendió antes que nadie.
—Una bendición… —gruñó, entre dientes—.
El maldito chico tenía una bendición… ¿oculta?— El corazón latiendo se encendió como un faro.
Un destello los cegó a todos.
Cuando la luz cedió, allí estaba él.
De pie.
Respirando.
Temblando un poco.
Con la piel teñida de un tono azulado translúcido, casi espectral.
Su cuerpo entero parecía hecho de luz sólida, como si el mundo pudiera atravesarlo… o como si él pudiera atravesar al mundo.
Hiroki había vuelto a la vida.
Reina se llevó las manos a los labios, las lágrimas cayendo sin control.
—¿H-Hiroki…?
—su voz era un susurro quebrado.
La niña elfa intentó hablar, pero solo salió un sollozo ahogado.
Hiroki abrió los ojos lentamente.
Sus pupilas brillaban en un azul más profundo que el resto de su cuerpo.
Miró a su alrededor, confundido, respirando con dificultad… como si el aire mismo estuviera regresándole la memoria de su muerte.
Por un momento, nadie dijo nada.
Inorl fue el primero en romper el silencio.
—Tú.
—su voz era grave, controlada, pero… tensa—.
Niño.
¿Qué eres?— Hiroki no respondió.
Dio un paso adelante… pero sus pies no hicieron sonido alguno contra el suelo.
Era como si no estuviera realmente allí.
Reina se acercó lentamente, pero antes de tocarlo, Hiroki levantó una mano temblorosa, advirtiéndole sin palabras que no debía hacerlo.
Inorl no planeaba esperar.
Avanzó hacia Hiroki con determinación, extendiendo su mano para tomarlo del cuello.
—No importa qué seas —dijo—.
Voy a— Su mano atravió el cuello de Hiroki.
Literalmente.
Como si su cuerpo fuera humo.
Como si Hiroki no fuera más que un recuerdo con forma humana.
La expresión de Inorl cambió en un instante.
Pasó de la autoridad fría y confiada… a la incredulidad absoluta.
—¿…Qué…?
—respiró, casi sin voz.
Hiroki ni siquiera retrocedió.
No se movió.
Solo lo observó.
Intocable.
Inalcanzable.
Vivo después de morir.
El silencio era un arma.
Uno que Inorl no estaba acostumbrado a enfrentar.
El chico frente a él —ese cuerpo azul, transparente y vivo después de muerto— no era algo que pudiera descifrar con mera lógica.
Inorl apretó los dientes y lanzó un puñetazo al pecho de Hiroki.
Su mano lo atravesó como humo otra vez.
Tragó saliva.
No lo admitió, pero aquello le asustó.
Golpeó otra vez.
Su puño atravesó la cabeza del chico.
Intentó un rodillazo a las costillas.
Un codazo.
Un golpe descendente al cuello.
Nada.
Nada lo tocaba.
Hiroki solo miraba con expresión desconcertada, como si no supiera si estaba vivo… o si seguía muriendo.
—¿¡QUÉ ES ESTO!?
—bramó Inorl, perdiendo su calma habitual.
Reina retrocedió, aterrada de que intentara lastimar a Hiroki otra vez.
La elfa niña observaba todo con ojos enormes, respiración entrecortada.
Su maestro esclavizado, un elfo adulto detrás de ella, sangrando del brazo, murmuró casi sin voz: —Bendiciones… es… una Bendición…— Reina lo escuchó primero.
Después Inorl.
Hiroki giró la cabeza lentamente hacia el elfo sangrante, confundido.
—¿Be… ndi… ción…?
—susurró.
El elfo tembló, pero habló, obligado por la magnitud de lo que veía.
—Las… bendiciones… son Regalos Arcanos… Marcas del Destino… no pueden conseguirse… se nace con ellas… jamás pueden adquirirse después del parto…— Las palabras resonaron como un martillazo en el aire.
Inorl abrió los ojos con furia.
No era simple curiosidad ahora.
Era avaricia.
—Se nace con ellas… —repitió, entendiéndolo todo—.
Entonces tú…— Hiroki dio un paso atrás, instintivamente.
El elfo continuó hablando entre jadeos.
—Las bendiciones… escalan con la intención… con la pureza del usuario… no pueden robarse… ni replicarse… pero si el cuerpo vive… pueden… ser estudiadas…— Inorl dejó de escucharlo.
Solo vio lo esencial: Un chico que revive de la muerte.
Un arma.
Un experimento.
Un tesoro.
Un valor incalculable.
Su lenguaje corporal cambió por completo.
Sus ojos ya no buscaban matar.
Querían capturar.
—No eres un error… —dijo, sonriendo con loca determinación—.
Eres un recurso.— De inmediato, canalizó maná en su mano derecha.
Se acumuló de manera abrupta y peligrosa, una esfera púrpura rodeada de electricidad negra.
Los esclavos, la elfa, Reina, todos sintieron un escalofrío en la columna.
Era un hechizo letal.
Un nivel que no debía lanzarse bajo techo.
Reina gritó: —¡Inorl, eso matará a todos!— Inorl no la escuchó.
O quizá sí, pero no le importó.
Solo habló con una voz fría y decisiva: —No importa.
Lo usaré en el mínimo grado.
Mientras su cuerpo no quede destruido, seguirá siendo útil.— Estaba dispuesto a mutilarlo.
A dejarlo sin extremidades.
A romperlo hasta dejar solo un torso respirando.
Lo importante era que siguiera vivo.
El maná vibraba en el aire, listo para explotar.
Pero justo antes de lanzarlo… algo se movió en la mente de Inorl.
Un pensamiento simple, cortante y estratégico: Si destruyo demasiado…
La bendición no podría activarse otra vez.
Y detuvo el hechizo, dejando que el maná se disipara lentamente.
No por compasión.
Por cálculo.
Reina y los esclavos exhalaron, temblando de miedo.
Hiroki parpadeó, todavía confundido por estar vivo.
Inorl ya no lo atacaba.
Solo lo observaba como si fuese una gema rara.
—Vivo.
Intocable… por ahora —murmuró el hombre, sonriendo—.
Eres mío.— Fue entonces cuando, sin previo aviso… Los once segundos terminaron.
Hiroki sintió algo: como si su cuerpo se solidificara, como si el ruido del mundo lo tocara otra vez.
Su piel volvió al tacto firme.
Su respiración se sintió pesada, con sabor a hierro.
Sus dedos temblaron.
Estaba completamente vivo ahora.
Y el primero en notar el cambio fue Inorl.
—Ahora sí —dijo—.
Hiroki retrocedió, sin saber qué hacer, sin entender lo que le ocurría.
Inorl extendió una mano para tomarlo.
Reina gritó su nombre.
Justo entonces, el elfo maestro —el esclavo que había hablado— gritó con fuerza, arriesgando su vida: —¡CORRAN TODOS!
¡MUEVANSE!
¡ES UNA BENDICIÓN DE RENACIMIENTO, NO PUEDE MORIR OTRA VEZ HOY!— Eso fue una campana en la noche.
Los esclavos reaccionaron instintivamente, corriendo en dirección opuesta.
Reina tomó a la elfa niña de la mano y tiró de ella.
El suelo se llenó de pisadas, sangre y terror.
Inorl chasqueó la lengua, irritado de que se movieran.
—Es inútil escapar.— Pero el grupo corrió.
Desesperados.
Hiroki… no.
Hiroki dio media vuelta y corrió hacia el otro extremo del pasillo.
Reina lo vio y gritó: —¡HIROKI, POR AQUÍ!
¡NO ESCOJAS ESE LADO!— El chico no la miró.
Sus ojos estaban fijos en una sola dirección: el área más oscura del corredor, donde no iban los demás.
Hacia las celdas más profundas.
Reina entendió en ese instante.
—¡Lyra…!
—susurró, con horror y esperanza—.
Él va por… ¡Lyra!— El elfo maestro abrió los ojos, comprendiendo que el chico con la Bendición… iba a salvar a otra.
Inorl solo sonrió, sin moverse todavía.
Pero su sonrisa decía algo claro: Ve.
Ve a tu propia trampa.
Te seguiré vivo.
Hiroki no lo escuchó.
No pensó.
Solo corrió.
Hacia el calabozo.
Hacia Lyra.
Hiroki empujó la pesada puerta del calabozo, el eco de los pasos resonando en los muros húmedos.
El olor a metal oxidado y a humedad llenaba el aire, mezclado con un aroma más penetrante: el veneno que debilitaba a Lyra.
Sus ojos recorrieron el espacio en penumbra, buscándola entre las sombras.
Allí estaba.
La joven estaba tendida en el suelo, sus respiraciones cortas y agónicas delataban la fiebre que la consumía.
Sus labios temblaban, y el brillo en su rostro era el de alguien atrapado entre la vida y la muerte.
—Lyra—, murmuró Hiroki, arrodillándose junto a ella.
—Tranquila, te sacaré de aquí—.
Con cuidado, cortó las cadenas que la mantenían atada.
Lyra respiró con dificultad, tratando de hablar, pero sólo un hilo de voz escapó de sus labios.
Hiroki la sostuvo con fuerza, apoyando su peso para que no cayera.
Sabía que cualquier movimiento brusco podía empeorar su estado.
Cada segundo contaba.
—Casi… no llego a tiempo—susurró Hiroki, más para sí mismo que para ella.
Su mente trabajaba febrilmente, recordando lo que había aprendido sobre el veneno.
No podía curarla por completo, pero podía mantenerla estable el tiempo suficiente para escapar.
El sonido de pasos pesados en los corredores lo alertó.
Inorl estaba cerca, y el aura de amenaza que desprendía podía sentirse incluso en el aire contaminado del calabozo.
Hiroki no podía enfrentarlo; lo sabía.
La bendición del fénix no le daba el control, sólo la posibilidad de sobrevivir.
Su única opción era correr.
—Vamos, Lyra, aguanta un poco más—, dijo, levantándola con cuidado en sus brazos.
Su corazón latía con fuerza, cada golpe del veneno contra su cuerpo era un recordatorio de lo frágil que estaba la situación.
Apenas comenzaron a avanzar por el corredor, Inorl apareció ante ellos, su expresión era de furia contenida y frustración.
Sus manos comenzaron a brillar con energía mágica, cada movimiento parecía capaz de romper la piedra misma del calabozo.
Hiroki sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—No puedes escapar—, dijo Inorl, la voz baja pero cargada de amenaza.
Sus ojos brillaban con la intensidad de un enemigo que había sido frustrado muchas veces.
Hiroki apretó los dientes y aceleró el paso.
Cada fibra de su cuerpo estaba en tensión, moviéndose con la precisión de alguien que había aprendido a sobrevivir en situaciones imposibles.
Lyra se aferraba a él, débil, pero consciente, sus ojos cerrándose en breves momentos de dolor.
El enfrentamiento fue breve y desesperado.
Inorl intentó barrerlos con ataques mágicos devastadores, pero Hiroki logró esquivarlos con movimientos rápidos, casi instintivos.
No era suficiente para vencer, sólo para ganar segundos que podrían significar la vida de Lyra.
Finalmente, lograron salir del calabozo y atravesar los pasillos del castillo en ruinas.
El aire del exterior los golpeó como un alivio y un recordatorio de lo que estaba en juego.
Avanzaron hasta el bosque cercano, un lugar que debería haber sido seguro.
Pero en lugar de encontrar refugio, Hiroki se detuvo abruptamente.
Lo que vio lo paralizó.
El bosque estaba silencioso, pero la calma era falsa.
Entre los árboles yacían cuerpos por doquier.
La masacre era evidente: soldados, guardias, y cualquier rastro de los fugitivos había desaparecido.
El horror se intensificó cuando vio a Reina.
Estaba sobre el suelo, inmóvil, con una espada atravesando su espalda.
Sus ojos apenas podían abrirse, y la sangre manaba de su cuerpo con una lentitud que hacía que cada segundo pareciera eterno.
—¡Reina!—gritó Hiroki, su voz quebrándose mientras corría hacia ella, arrodillándose a su lado.
—¡Aguanta, no puedes… no puedes irte ahora!— La niña elfa estaba cerca, inconsciente pero viva, un hilo de esperanza que no podía ignorar.
Hiroki sentía cómo el peso de la desesperación lo arrastraba, pero su determinación era más fuerte.
Su mirada se dirigió al cielo, buscando alguna señal, algún milagro que pudiera salvarlos.
—¡Alguien!
¡Por favor!— En ese momento, el aire cambió.
Una presencia poderosa y serena se manifestó frente a él.
El susurrador B apareció, y su verdadera forma quedó revelada.
No era sólo un enemigo; era alguien con historia, alguien cuya habilidad había sido subestimada.
—Hiroki…—dijo, con una calma que contrastaba con el horror del entorno.
Su voz no tenía amenaza, sino autoridad.
—Es hora de que vean lo que significa la maestría en la espada…— Con un gesto rápido, su energía fluyó hacia Reina, sanando la herida mortal que la atravesaba.
La espada desapareció de su espalda como si nunca hubiera estado allí, y la joven respiró con fuerza, su color volvió a la piel y sus ojos se abrieron, llenos de vida.
Hiroki dejó escapar un suspiro de alivio, el peso de la desesperación levantándose apenas un poco de sus hombros.
Lyra también fue alcanzada por la energía.
Su veneno fue neutralizado, su respiración estabilizada y su color recuperado.
Hiroki la sostuvo con cuidado, sintiendo un alivio abrumador.
—Sana…—murmuró, incapaz de contener la gratitud y la incredulidad.
El susurrador B miró a los tres con intensidad, sus ojos transmitiendo un mensaje claro.
—No crean que esto termina aquí—, dijo.
—Pronto volveremos a encontrarnos, y entonces pelearemos en serio.
Hasta entonces, huyan y sobrevivan.— Con un último gesto, desapareció, dejando a Hiroki, Reina y Lyra en el bosque, rodeados por el silencio de la masacre.
Nadie podía escuchar sus gritos; nadie podía ofrecer ayuda.
Pero estaban vivos, y eso era suficiente por ahora.
Hiroki sostuvo a Lyra cerca de su pecho, sintiendo cómo su respiración se estabilizaba y su corazón latía con fuerza.
La bendición del fénix no se había activado; aún no era necesario.
Pero sabía que aquel encuentro había cambiado todo: la verdadera fuerza no era la suya, sino la de sobrevivir contra lo imposible.
Reina se incorporó lentamente, sus movimientos torpes pero seguros, y miró a Hiroki con gratitud y determinación.
La niña elfa abrió los ojos, consciente de que estaban a salvo por el momento, aunque el peligro nunca estaría completamente lejos.
—Tenemos que seguir—, dijo Hiroki, con voz firme.
—No podemos quedarnos aquí.
Ellos… volverán.— Con cuidado, comenzaron a moverse, adentrándose más en el bosque, alejándose de la escena de destrucción.
Cada paso era un recordatorio de la fragilidad de la vida, pero también de la fuerza que tenían juntos.
El futuro era incierto, pero la promesa de luchar por él era más fuerte que cualquier miedo.
El viento susurraba entre los árboles, llevando consigo la sensación de algo que cambiaría para siempre.
Hiroki apretó los labios y miró hacia adelante, decidido a proteger a quienes podían ser salvados.
La bendición del fénix aguardaba su momento, silenciosa, autónoma y letal, recordándole que incluso en la muerte, la esperanza podía renacer.
El bosque ya no era un lugar para esconderse.
Cada crujido de rama sonaba como una amenaza, cada sombra parecía contener el aliento de un asesino.
Hiroki sentía el peso de las miradas que ya no estaban, de todos los que habían caído.
Nadie dijo una palabra durante el camino.
Era algo que el silencio ya estaba diciendo por ellos.
Reina caminaba con pasos lentos, todavía temblando; no era por miedo, sino por el dolor que su cuerpo recordaba aunque su herida hubiese desaparecido.
Lyra, apoyada en el hombro de Hiroki, respiraba con calma, pero su mirada estaba perdida en algún punto invisible.
Y la pequeña… —Tú… ¿cómo te llamas?
—preguntó Reina, rompiendo el silencio como si cortara una cuerda invisible.
La niña, que llevaba el cabello rubio lleno de tierra, volteó apenas.
Sus ojos verdes, grandes como si aún no entendieran lo que era el miedo, parpadearon un par de veces.
—Saila… —respondió con una voz muy bajita, casi un susurro.
Era un nombre sencillo, pero sonó como algo frágil, como si al pronunciarlo se pudiera romper.
Hiroki apretó el paso luego de escucharla, no porque tuviera prisa, sino para que no se notara el temblor en sus manos.
Esa niña no tenía la culpa de nada.
Ninguno de ellos la tenía.
Pero ahí estaban, vivos, como única explicación.
El olor a mar comenzó a mezclarse con el húmedo aroma a tierra.
No era un olor agradable; era fuerte, salado, casi áspero.
Pero para ellos sonó a escapatoria.
A vida.
El puerto de Nus aparecía entre los árboles como una promesa que no se merecían, pero que necesitaban desesperadamente.
Un solo barco.
Viejo, con maderas descoloridas, pero listo.
—¿Seguros?
—preguntó Hiroki sin mirar a nadie.
Sabía la respuesta: no lo estaban.
Pero moverse era lo único que quedaba.
Lyra apenas asintió.
Reina también.
Saila tomó la túnica de Hiroki, como si decir algo fuera demasiado para ella.
Subieron al barco sin despedirse de nada.
Alguien podría esperar un momento solemne, pero no había tiempo ni energías para darle dignidad a la partida.
La tragedia no necesita discursos.
Cuando el ancla subió, Hiroki sintió un vacío extraño en el pecho.
El barco comenzó a alejarse y la isla Nus quedó atrás, tan oscura y silenciosa que parecía un cadáver que no se resignaba a morir del todo.
Él la miró como si fuera a saltar de nuevo a luchar, como si su cuerpo quisiera quedarse y quemarse allí con los demás.
Pero no lo hizo.
Se dejó caer junto a la barandilla, exhausto.
—Es feo, ¿no?
—dijo Reina con un tono casi irónico mientras también se dejaba caer.
—¿Qué cosa?
—preguntó Hiroki.
—Vivir —respondió ella con una risa floja, como si le costara sacarla.
—Cuando otros no pueden hacerlo.
El golpe de esas palabras no necesitó veneno para doler.
Hiroki no respondió de inmediato.
No sabía qué responder.
En vez de discutir el dolor, lo dejó reposar con ellos, como si fuera un pasajero más del barco.
Lyra cerró los ojos, recostándose de lado, dejando que el viento despeinara su cabello.
—Aún no hemos vivido lo suficiente para saber si vale la pena —dijo, echando el aire con cansancio.
La niña, Saila, no miraba la isla.
Observaba el mar.
Sus ojos parecían buscar algo más allá, como si intentara entender el mundo rápido, sin permiso.
Se acercó a Hiroki y tiró de su capa otra vez.
—No quiero volver ahí —susurró.
Hiroki tragó saliva.
No sabía si el nudo que sentía era rabia, tristeza, o simplemente cansancio.
—No vas a volver —contestó, aunque no podía prometer algo así.
Pero lo dijo igual.
Saila le creyó.
Eso era suficiente.
El viento comenzó a empujar el velero con fuerza, haciéndoles sentir que el mundo seguía moviéndose aunque ellos no quisieran.
El canto del mar cambiaba, menos grave, menos violento.
Más… indiferente.
Como si dijera: “Ya se fueron, ahora sigan”.
Reina se acomodó sentada, abrazando sus piernas.
—Ese tipo… el Susurrador B… si realmente era su hermano… —miró a Hiroki—.
¿Crees que nos dejó vivos por compasión?
Hiroki negó con la cabeza, sin titubeos.
—No.
Lo hizo para que peleemos otra vez.
Lyra frunció el ceño.
—Para él somos… piezas.
—O rivales —añadió reina, mirando su propia mano como si la espada aún estuviera ahí.
Hiroki apretó el puño, no de valentía, sino de aceptación.
—Ese hombre… no fue cruel.
Hizo algo peor.
Nos eligió.
El mar los recibió, no como un refugio, sino como un camino obligatorio.
La isla Nus desapareció detrás del horizonte como un secreto que se había quedado incompleto.
No sabían a dónde iban.
Pero, por primera vez desde que todo comenzó, el silencio no era miedo.
Era descanso.
Y también, sin querer admitirlo todavía, era el inicio de algo que ninguno de ellos estaba preparado para enfrentar.
Pero estaban juntos.
Y eso, aunque doliera… ya era una victoria.
CONTINUARÁ…
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