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Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 Una nueva bendición
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7: Una nueva bendición 7: Una nueva bendición Ubicación: Tumbas Húmedas.

Afuera del pueblo.

Las Tumbas Húmedas eran una zona pantanosa y maloliente, llena de la niebla que tanto les recordaba a la masacre de Nus.

Los Slimes eran criaturas lentas, casi ciegas, que se movían absorbiendo la humedad.

—Recuerda: Evita el contacto.

El ácido de su cuerpo disuelve hasta el metal —advirtió Reina, preparando una flecha.

Apareció un Slime Menor (Rango E), del tamaño de un perro pequeño.

Era verde brillante y vibraba ligeramente.

—¡Punctura!

—exclamó Hiroki, extendiendo la mano.

Un pico de hielo se formó y salió disparado.

Impactó al Slime en el centro, congelando instantáneamente el punto de impacto.

El Slime no murió, sino que se partió en dos Slimes aún más pequeños.

—¡Maldición!

¡Se dividió!

—gritó Hiroki.

—¡Los Slimes Menores se dividen al ser atacados por un golpe seco!

¡Usa Glaze para congelar el suelo y ralentizarlos!

—ordenó Reina, disparando dos flechas que pasaron rozando a los Slimes.

Hiroki lanzó su hechizo al suelo.

—¡Glaze!— El lodo bajo las criaturas se convirtió en una fina capa de hielo, inmovilizando a los pequeños Slimes.

Reina aprovechó y disparó flechas infundidas con Fractura Ventus contra ellos.

El choque de los elementos —Viento y Hielo— desintegró completamente a los Slimes Menores en una niebla ácida que se disolvió en el aire.

—Bien.

Ahora, por los grandes —dijo Reina.

De un charco cercano emergió un Slime Mayor (Rango D), del tamaño de una vaca.

Era de color morado y su cuerpo pulsaba con veneno.

Al moverse, arrastró consigo una masa de huesos y armaduras incompletas que había absorbido.

—No puede dividirse.

Tiene que morir de un solo golpe penetrante —explicó Reina.

—Lo entiendo.

Pero mi Punctura no es lo suficientemente fuerte —dijo Hiroki, respirando pesadamente por el agotamiento del conjuro Hastam.

—Intenta el Hastam de nuevo, pero concéntrate más en la punta, menos en la longitud —aconsejó Reina, tensando su arco.

Hiroki cerró los ojos y trató de concentrarse, visualizando el filo perfecto que había creado.

Sin embargo, su mente estaba agotada por el esfuerzo anterior.

—No puedo.

Estoy demasiado drenado.

Si lo fuerzo, el maná se descontrolará.— —¡Entonces apóyame!

Distracción.

Lo inmovilizo con Fractura Ventus y tú lo golpeas con el hielo más puro que puedas crear, aunque sea pequeño.

¡Rápido!— El Slime Mayor, a pesar de su lentitud, detectó la vibración en el suelo.

Su cuerpo gelatinoso se aceleró, cubriendo la distancia entre ellos con una oleada de lodo.

—¡Cuidado, su ácido es más potente que el anterior!

—gritó Reina.

El monstruo estaba sobre ellos.

Reina disparó, creando una ráfaga de viento que ralentizó momentáneamente al Slime, abriendo un hueco en su masa.

—¡Ahora, Hiroki!— Hiroki lanzó una Punctura, pero era débil, un pico corto que solo penetró la capa exterior del Slime.

La criatura, enfurecida, agitó un tentáculo de gelatina.

Hiroki apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Glaze!

—gritó, congelando solo un parche de lodo a sus pies.

El tentáculo, espeso con veneno y huesos triturados, golpeó a Hiroki con una fuerza brutal.

Lo que no mató el golpe, lo hizo el ácido.

—¡Agh!— El golpe lo levantó del suelo y lo lanzó directamente dentro del cuerpo gelatinoso del Slime Mayor.

—¡Hiroki!

—gritó Reina con terror.

El mundo de Hiroki se convirtió en una masa morada y viscosa.

El aire escaseaba.

Pero lo más aterrador fue la sensación de su ropa.

—¡Mierda!

—gritó, sintiendo cómo el ácido corroía el algodón y los materiales de su chándal y camiseta del otro mundo.

La ropa mágica y tecnológica que había traído de Japón, incapaz de resistir el ácido demoníaco de Aethel, se disolvió en segundos, dejando su piel expuesta.

—¡Duele!

¡El jodido ácido quema!— Pero el dolor físico se detuvo abruptamente.

El ácido no solo quemó la tela, sino que penetró en su piel, sus músculos, sus huesos.

Su cuerpo se estaba desintegrando a nivel molecular, absorbido por la masa gelatinosa del Slime.

Era una muerte instantánea y eficiente.

El mundo se desvaneció en negro.

—La Bendición se ha activado.

Regulación del flujo de vida.

Once segundos.

— Reina vio con horror cómo la figura de Hiroki se hundía por completo en la gelatina púrpura del Slime.

Luego, una luz azul etérea, brillante y pura, emanó del centro de la criatura.

El Slime rugió, como si la luz lo estuviera quemando desde dentro.

Un segundo después, el Slime Mayor explotó violentamente.

No por la magia de hielo, sino por la fuerza arcana que lo empujaba hacia afuera.

En medio del aire, un ser de luz azul espectral, completamente desnudo, apareció donde antes estaba Hiroki.

La figura de luz azul cayó en el lodo.

La Bendición había funcionado.

Lo había sacado y lo había reformado, dejando atrás solo la ropa disuelta y las toxinas.

Hiroki tosió, sentado en el lodo, empapado, con la piel irritada pero ilesa por la regeneración.

Su corazón latía a mil por hora.

—No… no duele.

Pero… ¡¿qué demonios?!

—se palpó el cuerpo—.

Me disolví… ¿así de fácil?

Y estoy…— Se miró.

Estaba completamente desnudo.

Reina se acercó corriendo, cubriendo su propia cara para ocultar la vergüenza.

El Slime Mayor, ahora inofensivo, se había reducido a una masa inerte de gelatina púrpura, y sus huesos habían sido expulsados.

—¡Cúbrete!

¡Rápido!

—gritó Reina, lanzándole su capa.

Hiroki se envolvió en ella, temblando, no por el frío, sino por la humillación.

—Mi ropa… era mi chándal favorito —murmuró, sintiendo que había perdido el último vestigio de su vida anterior.

—¡Olvídate del chándal!

Moriste, Hiroki.

Por un Slime —dijo Reina, su voz aún temblorosa por la sorpresa—.

El ácido te disolvió en cuestión de segundos.

Moriste por la cosa más ridícula en Aethel.— —Pero reviví.

Lo hice, Reina —dijo Hiroki, levantándose, sintiendo el lodo frío entre los dedos de sus pies—.

Solo… solo que fue tan rápido que no sentí el dolor de la muerte.

Solo la irritación por el ácido.

Ahora sé que mi ventana de regeneración es muy corta.— Reina lo miró con una mezcla de consternación y respeto.

—Vamos, aventurero Rango E.

Recoge la piedra de la criatura.

Necesitas ropa y urgentemente.— Hiroki, envuelto en la capa de Reina, tomó la piedra de maná del Slime Mayor y se dirigió, desnudo y avergonzado, de vuelta a la ciudad.

En el gremio De vuelta en el Gremio, Hiroki y Reina cambiaron las piedras de maná por 4.000 Yeris en el mostrador, mientras Hiroki, avergonzado, esperaba envuelto en la capa de Reina en un rincón oscuro.

—No voy a dejar que me veas comprar ropa interior, Hiroki —dijo Reina, molesta, dándole un puñado de monedas—.

Es la tienda de al lado.

Cómprate algo decente.

Hiroki fue a la tienda más cercana, que vendía ropa de cuero resistente para viajeros y mercenarios.

Decidió que era hora de dejar atrás los vestigios de su vida de otaku y vestirse como un verdadero aventurero de Aethel.

Compró una camisa de tela sencilla (para la capa base), Un par de pantalones de cuero negro, flexibles pero resistentes, Unas botas de cuero grueso, ideales para la caminata que venía, Y, lo que le dio un toque más rudo, una túnica larga de color gris carbón y una chaqueta de cuero con cuello alto.

Se miró en un espejo de cobre.

El atuendo era oscuro, funcional y le daba una silueta mucho más imponente.

Los 18 años que tenía en su vida anterior parecían haberse convertido en la madurez de un aventurero con experiencia.

—Ahora sí parezco alguien que ha sobrevivido a lo imposible.—murmuró para sí mismo.

Regresó al Gremio, su nuevo look sorprendió a Reina.

—Mira, hasta que te vistes como un hombre que vive en un mundo peligroso —comentó Reina, cruzada de brazos.

—Funcionalidad primero.

Y el cuero es más resistente al ácido Slime, en teoría —replicó Hiroki, sintiéndose mucho más cómodo—.

¿Ahora qué?— —Ahora, vamos a la cantina.

Llevo días sin comer algo que no sea pan duro de la biblioteca.

Andando, Hiroki.— La cantina era un lugar de madera rugosa, con mesas grasientas y la iluminación sombría de las lámparas de aceite.

El ambiente era alegremente ruidoso, lleno de risas borrachas y el tintineo de tazas de ron.

Hiroki y Reina se sentaron en un rincón tranquilo, pidiendo estofado de ternera y cerveza de cebada.

La presencia de Reina, una mujer atractiva, con un arco en la espalda y esa mirada fría de quien ha visto demasiado, no pasó desapercibida.

Un grupo de tres aventureros Rango C, corpulentos y con armaduras abolladas, se acercó a su mesa.

—Hola, guapa —dijo el líder, un hombre barbudo con un hacha de guerra en el cinturón—.

¿Por qué una joya como tú se sienta sola en un rincón?

Soy Groll, el mejor cazador de la costa.— —No estoy sola —replicó Reina, sin levantar la vista de su estofado.— —Claro que sí, preciosa.

Ese enano ahí al lado no cuenta —dijo Groll, mirando a Hiroki con desprecio—.

Los Rangos E son más bien mascotas.

¿Por qué no te sientas con nosotros?

Tenemos misiones más interesantes que cazar Slimes.— Reina levantó la vista, sus ojos se entrecerraron en un gesto que Hiroki sabía significaba peligro inminente.

—Aprecio la oferta, Groll —dijo ella, con un tono peligrosamente tranquilo—.

Pero no estoy interesada en cazar con hombres que se definen por el tamaño de sus hachas.

Y estoy en misión con mi compañero.— —Vamos, no seas tan dura.

¿Es que el muchacho es tu novio?

—preguntó otro aventurero, con una sonrisa burlona—.

Tienes un gusto muy pobre, nena.

Déjalo aquí, que seguro no te estorbará en la cama.— La vena en el cuello de Reina se hinchó.

Ella era la que más odiaba que su vida privada fuera cuestionada, y que insinuaran que tenía un vínculo romántico con Hiroki.

Ella sabía que esto escalaría rápidamente.

Groll se inclinó sobre la mesa, desafiando a Reina.

—¿Es tu novio, princesa?

Dilo, o te llevo conmigo.— Reina iba a responder con una amenaza de muerte, pero Hiroki se adelantó, sin alterar la calma, dándole un sorbo a su cerveza.

—No tienes de qué preocuparte, Groll —dijo Hiroki, con una voz extrañamente madura y desinteresada.

Los tres aventureros y Reina lo miraron con sorpresa.

—¿No tengo de qué preocuparme de qué, enano?

—se burló Groll.

Hiroki dejó la taza de cerveza en la mesa, mirándolos a los ojos.

Su tono era de una honestidad tan brutal que cortó el ambiente.

—Que no soy su novio, ni tengo el más mínimo interés en serlo.

Francamente, después de haber pasado por muertes agonizantes y ser disuelto por un Slime como imbecil, mi libido está bajo cero.

Mis prioridades son recuperar mi vida y vengarme de Inorl.

Ella es mi jefa.

Y no tengo tiempo para romances de taberna.— El silencio fue absoluto.

Los aventureros se miraron, completamente desconcertados por la extraña y contundente revelación.

—Pero, eh… ella es preciosa —tartamudeó el tercer aventurero.

—Y está a mi lado.

Si eso es un problema para tu masculinidad, tienes un problema grave de autoestima —replicó Hiroki, sin una pizca de emoción—.

Ahora, si me disculpas, mi estofado se enfría.— Groll, completamente desarmado por la honestidad descarnada de Hiroki y la mención de haber sentido una “muerte agonizante”, decidió que el joven estaba completamente loco.

Él y sus compañeros se retiraron, murmurando.

Reina lo miró fijamente.

Una sonrisa muy sutil y casi invisible apareció en sus labios, una rareza en ella.

—Eso… fue lo más eficiente que has hecho en tu vida, Hiroki —dijo Reina, volviendo a su estofado.

—Soy un ingeniero.

Resuelvo problemas.

Y la verdad siempre es la herramienta más rápida —dijo él—.

Además, ¿por qué iba a mentir?

No eres mi tipo.— —¡Oye!

—protestó Reina, sorprendida, aunque en el fondo, aliviada.

—Eres demasiado irritable y autoritaria.

Mi pareja ideal sería alguien más… tranquila.

Una bibliotecaria, quizá.

Pero me agradas.

Y te debo mi vida, jefa —dijo Hiroki, sonriendo de verdad—.

¿Seguimos con el plan?— Reina se encogió de hombros, riendo ligeramente.

—Claro, genio inútil.

Luego veamos que hacemos.— El destino de Aethel parecía depender de un otaku recién isekaiado que había muerto dos veces y una arquera genio con problemas de confianza.

A la mañana siguiente, Reina insistió en que la habilidad con la espada, o la falta de ella, de Hiroki, era una responsabilidad que debían arreglar antes de infiltrarse en Orós.

Fueron a la escuela de esgrima más discreta de la ciudad, alejada del centro.

El maestro era un hombre mayor, conocido como Maestro Kael, con una barba entrecana y manos callosas, que parecía más interesado en beber té que en entrenar.

—Buenos días, Maestro Kael —saludó Hiroki, haciendo una reverencia—.

Vengo a aprender.

Pero debo advertirle: soy un caso especial de incompetencia destructiva.— El maestro Kael levantó una ceja, sin dejar de sorber su té.

—He entrenado a caballeros de Orós y a bárbaros de Umbralys.

Dudo que seas un desafío.— —He destrozado mi propia espada dos veces, y en mi último intento, hice explotar la escuela de esgrima de la capital por un simple golpe fallido —confesó Hiroki con una honestidad desarmante—.

Mi voluntad mágica es muy fuerte, y se desvía incontrolablemente a través del metal cuando fallo.

Mi precisión es nula.— El Maestro Kael sonrió, una risa seca.

—¡Jajaja!

Los maestros de hoy en día son demasiado orgullosos de sus trofeos.

Me sorprende que no te hayan encadenado.— El maestro se levantó, tomando su propio bastón de entrenamiento.

—Bien, forastero.

No voy a cometer el mismo error que esos estúpidos.

No voy a dejar mis pertenencias valiosas cerca de ti.— Maestro Kael caminó hacia una puerta trasera y la abrió.

—Sígueme.— Hiroki y Reina entraron a un patio trasero.

Era un área grande, sin árboles, con solo tierra batida y un solo poste de madera clavado en el centro.

No había nada valioso a la vista, solo el cielo y el suelo.

—Aquí.

Aquí no puedes romper nada —dijo Kael, señalando el poste—.

Ahora, toma esta espada de práctica y golpéame.

Con toda tu intención.— —¿A usted?

¿No al poste?— —Si fallas el poste, golpearás el aire.

Si fallas el aire, te golpearé con mi bastón.

Es la única forma de que concentres esa voluntad asesina en algo que no sea la destrucción de la propiedad privada.— Hiroki tomó la espada, la sintió equilibrada en su mano, y asintió.

—Entendido, Maestro.— El Maestro Kael, sospechando una conexión arcana, le entrega una espada de metal blanco de élite, revelando que Hiroki posee la extinta Bendición del Dominio de Arma, una afinidad mágica con el acero puro.

La Espada y la Voluntad Desviada El Maestro Kael observó a Hiroki con una mezcla de curiosidad y desdén.

Reina se mantenía a la distancia, apoyada en una pared, lista para intervenir si el caos mágico se desataba de nuevo.

—Adelante, muchacho —instó Kael—.

Concentra todo el odio que tienes por ese Slime que te disolvió, y ataca.— Hiroki tomó la postura básica de la espada.

Cerró los ojos y respiró.

Se imaginó al Emperador Inorl.

Quería que su golpe fuera perfecto, rápido y letal, la encarnación de su voluntad de supervivencia.

—¡Hah!

—gritó, lanzando una estocada al aire.

La hoja de la espada de práctica vibró violentamente.

El mango, hecho de madera de roble, no soportó la presión mágica.

La madera se astilló con un sonido de látigo.

¡Crack!

¡Fwooom!

La hoja de acero salió disparada del mango, silbando como un proyectil, pasando a escasos centímetros de la cabeza de Kael.

La hoja se clavó en el poste de entrenamiento con tal fuerza que lo partió por la mitad.

Kael se tocó la barba, mirando el poste partido.

—Interesante.

Tu magia no es de destrucción elemental, sino de fuerza cinética pura.

La voluntad que imprimes en el arma es demasiada para el material —dijo el Maestro, recogiendo el mango roto—.

Tienes una concentración de maná ridícula para un Rango E.— Reina se acercó, arqueando una ceja.

—Te lo dije.

Es una plaga.— —Cállate, Reina.

Dame otra espada, Maestro —pidió Hiroki, frustrado.

Kael le dio una espada de acero templado, una herramienta de alta calidad que costaba un buen puñado de Yeris.

Hiroki intentó un movimiento simple de corte.

‘Quiero que este corte sea como el viento helado.’ La espada aguantó el corte, pero en la retracción, Hiroki sintió que la empuñadura se le resbalaba, como si una fuerza invisible la repeliera.

Su mano, ahora cubierta de una fina capa de hielo (un efecto secundario involuntario de su concentración), no tenía el agarre adecuado.

La espada giró en el aire y cayó a más de diez metros, rebotando en una piedra con un CLANG.

—No es el material, es la intención —murmuró Kael, pensativo—.

Tu voluntad de dominio es tan alta que rechaza la imperfección.

La madera es muy débil.

El acero templado es muy resbaladizo.

Kael se dirigió a un pequeño cobertizo que protegía sus herramientas de herrería personal.

Volvió con una funda de cuero envejecido y un peso sorprendentemente ligero.

—Esto… esto es caro.

Pero ya que has destruido la mitad de mi equipo, es hora de probar algo que la Resistencia Arcana de la Capital no vendería a cualquiera.— Kael sacó de la funda una espada larga, recta y de un brillo plateado casi blanco.

Su superficie tenía un ligero veteado azulado.

—Esto es Mithril Blanco.

No es el metal de los dioses, pero es el metal más puro que se puede trabajar en Eldoria.

Es arcano, rechaza la magia oscura y estabiliza el flujo de maná.— —¿Mithril Blanco?

Eso debe costar una fortuna —dijo Reina, acercándose, con los ojos fijos en el arma.

—Una fortuna, sí.

Pero la curiosidad vale más que el dinero.

Tómala.

Si logras romper esta, te daré mi respeto y te haré correr por tu vida —dijo Kael, entregándole el arma.

Hiroki tomó la espada de Mithril Blanco.

El contacto fue diferente.

No había rechazo, ni vibración.

Había una conexión inmediata, como si la espada siempre hubiera estado esperando su mano.

El Mithril era liviano, pero tenía un peso perfecto de equilibrio.

Hiroki sintió que la espada era una extensión de su propio cuerpo.

—Siento… que puedo usarla —dijo, asombrado.

—Entonces úsala —ordenó Kael.

Hiroki lanzó un golpe, un corte lateral simple.

El corte fue limpio, rápido y perfectamente ejecutado.

El aire silbó al paso de la hoja.

Hizo una estocada, y fue recta y precisa.

Hizo una serie de movimientos que nunca había aprendido, pero que sus manos ejecutaban con fluidez.

‘El filo debe ser la calma del hielo.’ El Mithril Blanco no solo no vibraba, sino que parecía absorber el flujo de maná de Hiroki, estabilizándolo.

Por primera vez, Hiroki no estaba fallando.

Estaba dominando.

Kael abrió la boca, asombrado.

—Por los dioses…

Esto no es habilidad innata.

Esto es…— —¿Qué es, Maestro?

—preguntó Reina, percibiendo el cambio en el aura de Hiroki.

—Es la Bendición del Dominio de Arma, mujer.

Una bendición rara que permite al usuario alcanzar el dominio inmediato sobre cualquier arma que toque.

¡Es como si la espada lo hubiera estado esperando!

¡Y el Mithril Blanco es el único metal capaz de soportar la magnitud de su poder!— Hiroki sintió una euforia inmensa.

Lo había logrado.

Ya no era un inútil.

—¡Soy un espadachín!

¡Puedo pelear!— —Sí, pero espera un minuto, muchacho —advirtió Kael, acercándose.

—La Bendición del Dominio de Arma es poderosa, pero exige un precio físico a un cuerpo no entrenado…— El cuerpo de Hiroki, que había revivido dos veces, seguía siendo el de un joven de 18 años con poco entrenamiento atlético.

Su mente y su voluntad eran muy fuertes, pero su cuerpo era débil.

La Bendición del Dominio no solo controlaba la espada, sino que forzaba al cuerpo a ejecutar movimientos perfectos a una velocidad y fuerza que sus músculos y tendones no podían soportar.

Hiroki intentó un movimiento final, un giro de 360 grados para un corte devastador, al estilo de un protagonista de anime.

‘¡Este es el golpe final, la voluntad de sobrevivir!’ La espada de Mithril se movió con la velocidad de un rayo, cortando el aire con una presión increíble.

El golpe fue perfecto, pero la tensión fue insoportable.

Un dolor agudo y explosivo recorrió el brazo derecho de Hiroki.

¡CRACK!

No fue la espada lo que se rompió.

Fue el hueso de su antebrazo derecho.

La espada de Mithril Blanco se deslizó de su mano con un sonido sordo, cayendo al suelo.

Hiroki gritó, retrocediendo y sujetándose el brazo destrozado.

El hueso roto estaba claramente desplazado bajo la piel.

Reina corrió hacia él de inmediato, examinando la herida.

—¡Hiroki!

¡Tu brazo!

¡Está roto!— —Duele… Duele como el infierno… —jadeó Hiroki, pálido y sudando—.

No fue el fallo, fue… ¡la fuerza!— Kael miró la espada de Mithril en el suelo y luego al brazo destrozado de Hiroki, su rostro ahora grave.

—Tu Bendición es genuina, joven.

Tienes un control de arma que haría llorar de envidia a los Paladines Reales.

Pero tu cuerpo es una vasija rota.

La Bendición del Dominio es demasiado fuerte para tu físico actual.

Forzó a tu brazo a hacer un movimiento que requería la fuerza de un guerrero de Rango A, pero solo tienes la estructura ósea de un principiante.— Reina usó un pañuelo para inmovilizar temporalmente el brazo de Hiroki contra su cuerpo.

—Entonces, ¿es inútil?

¿No puede usar espadas?— —No inútil, pero peligroso.

Necesita meses, tal vez un año, de entrenamiento de fuerza intensa para igualar el poder que su Bendición le otorga —explicó Kael—.

O necesita una espada que no requiera fuerza física.

Un arma ligera, mágica, quizás…

Hiroki, sintiendo el dolor pulsante, asintió con la cabeza, su frustración era palpable.— —Así que mi magia es una explosión incontrolable.

Y mi dominio de armas me rompe los huesos.

Soy una paradoja andante.— —Eres un arma potencial con un seguro defectuoso, muchacho —corrigió Kael, recogiendo la espada de Mithril—.

Te cobro por el Mithril, por el poste, y por la lección: la voluntad arcana no sustituye la carne y los huesos.— Hiroki apretó los dientes.

No podía usar la esgrima.

No podía entrenar magia sin destruir el entorno.

Su Bendición del Fénix era su única arma segura.

—Gracias por la lección, Maestro Kael —dijo Hiroki, haciendo una reverencia forzada—.

Usaré mi brazo izquierdo hasta que sane.

Al menos ahora sé exactamente lo que tengo que evitar, y lo que tengo que fortalecer.— Salieron del lugar.

Reina lo miró con simpatía, una rara emoción para ella.

—Bien, chico.

No más espadas por un tiempo.

Ahora, con tu brazo roto, es menos probable que te descubran en Aerthos.

Los Shiro Oni odian a los débiles.

Usaremos tu lesión como coartada.— Hiroki, con un brazo inutilizado y una nueva certeza sobre la doble naturaleza de su Bendición, asintió.

La Bendición del Fénix lo protegía de la muerte, pero el poder interior de su voluntad y sus Bendiciones latentes amenazaban con destruirlo internamente.

CONTINUARÁ…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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