Un nacimiento, dos tesoros: el dulce amor del billonario - Capítulo 295
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295: Capítulo 295 – Perfectamente Justificado 295: Capítulo 295 – Perfectamente Justificado Editor: Nyoi-Bo Studio Yun Shishi observó en detalle cada centímetro de su cara.
De repente, aceptó de verdad el hecho de que ese hombre era atractivo.
A veces, sólo se podía lamentar lo sesgado que era Dios; parecía haberle concedido generosamente a ese hombre las mejores cosas del mundo.
Le había dado un increíble poder, una familia cuyas riquezas ilimitadas que podían rivalizar con las de un país, y una belleza sin igual, él era la encarnación de la perfección.
No obstante, se le dio un temperamento extraño para ir a la par con todos esos.
Era temperamental y tenía un mal carácter.
Tal vez, eso era propio entre los ricos.
Siempre había sido egocéntrico.
Cuando quería algo, debía conseguirlo; si no lo conseguía, prefería destruirlo antes que darlo.
Y si no le gustaba algo, no lo quería, y nunca podría ser forzado por otros a que lo quisiera.
Él era contundente, pero insufriblemente arrogante.
Pero tenía el dinero para comportarse de esa manera.
Mientras esos pensamientos se filtraban en su mente, el hombre acostado en la cama repentinamente abrió sus ojos de par en par, y su mirada escrutiñadora se encontró con la de él.
¡Fue tomada por sorpresa!
En el siguiente segundo, su fuerte brazo rodeó su cintura y la empujó hacia su abrazo.
Todo lo que tenía delante de sus ojos se pusieron de patas arriba e instantáneamente fue presionada por el cuerpo del hombre.
La cama no era tan grande y apenas cabían dos personas, pero era muy blanda.
El colchón de la cama ligeramente se curvó bajo su peso combinado, por lo que como resultado ella terminó hundiéndose.
Con el enorme cuerpo del hombre sobre el de ella, era inevitable que le costara respirar.
Debido a que el cuerpo de él era demasiado grande, la cara de ella se fue enrojeciendo.
―Oye, Mu Yazhe, ¿qué estás haciendo?
Bajó la vista y olfateó ligeramente la fragancia que aún le quedaba en su pelo.
Con su voz grave, le susurró al oído.
―Durmiendo con mi mujer.
―¿Qué?
Ella pensó que había oído mal.
En vez de eso, el hombre le repitió amablemente.
―Dije que estoy acostándome contigo.
Un poco derrotada, ella lo rechazó con rabia: ―Sólo piensas en eso.
¿No puedes pensar en otra cosa?
―El acostarme con mi mujer, ¿no es eso algo perfectamente justificado?
Era mejor que dejara de luchar.
¿Cómo podría olvidarlo?
Ese hombre siempre era dominante e imponente sobre los demás.
Nunca le habían importado los sentimientos de los demás.
No hubo más luchas, y no hubo más empujones ni forcejeos.
¡Ella simplemente se entregó para que él tomara lo que necesitara!
Cerró los ojos sin emociones y sin resistirse, tan callada como un pescado muerto.
Las cosas llegaron a un punto muerto debido a eso, y no hubo ningún tipo de avance de ninguna de las partes.
El hombre, quien la presionaba, la enjauló en silencio, pero durante mucho tiempo no hizo ningún otro movimiento.
Se sintió un poco insegura y, a través de sus párpados, vio cómo la miraba con escrutinio.
De repente, él preguntó monótonamente.
―Yun Shishi, no tienes mucho tacto, ¿verdad?
―¿Qué quieres decir?
―Aquellas que buscan mi favor se alinean voluntariamente de aquí hasta Milán, por el contrario, sólo tú me evitas como a la plaga.
La miró fríamente.
Había visto a muchas mujeres jugando al juego del gato y el ratón y, a menudo, algunas ignorantes ejecutaban esa táctica con él; por lo que podía fácilmente darse cuenta ahora mismo de que la resistencia y el desafío de esa mujer hacía él no eran una treta.
Ella realmente lo estaba evitando a toda costa.
¡Qué arrogante!
En el orden correcto de las cosas, ella debía estar religiosamente agradecida con él en gratitud por haberla favorecido y debía tratarlo como a un gran benefactor.
Ella se mofó: ―Puede que sean ciegas, pero yo no.
―¿Están ciegas?
―dijo, y movió ligeramente su cuerpo hacia un lado, usando su brazo para apoyarse y sentarse, se tranquilizó y luego replicó mientras la miraba intensamente―:¿Cómo es que están ciegas?
―… Tenía la lengua atada.
―¿Por qué no dices algo?
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