Un viaje a Star Wars - Capítulo 14
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14: Guerras Clon 4 14: Guerras Clon 4 Debo admitir que estaba bastante nervioso al principio.
Había practicado miles de veces en el Templo, pero esta era mi primera prueba de fuego real.
Sin embargo, conforme los segundos se convertían en minutos, me di cuenta de algo sorprendente: era exactamente igual a los entrenamientos.
Tal vez, incluso era más fácil.
Los disparos de los droides eran erráticos e imprecisos, mucho más predecibles que las ráfagas de las remotas de nivel maestro que desviaba en mis rutinas diarias.
Mi sable de luz danzaba con una fluidez que se sentía natural, casi instintiva.
Cada tajo, cada giro y cada balanceo se cobraba una víctima de metal.
Podía mover mi cuerpo con una libertad absoluta, realizando acrobacias que en mi antiguo mundo habrían sido físicamente imposibles.
Me emocioné de más, dejándome llevar por el flujo del combate, y para cuando recuperé la consciencia situacional, me di cuenta de que había despejado un radio considerable a mi alrededor.
Unos metros atrás, Kenobi me observaba con una expresión de genuino asombro mientras seguía despachando droides.
—¡Wow, Galen!
Definitivamente los rumores no eran solo rumores.
Eres excepcional…
pero deberías relajarte un poco.
La batalla podría alargarse y no queremos que te agotes…
¡¡GALEN, NO TE DISTRAIGAS!
¡CUIDADO DELANTE DE TI!!
—gritó Obi-Wan.
Giré la cabeza de inmediato.
Un tercer escuadrón, compuesto por superdroides de combate B2, se había plantado a escasos diez metros.
Como si estuvieran sincronizados por una sola mente, levantaron sus blásteres pesados al unísono.
—(¿Están centrando todo su fuego en mí?
Maldición…
aunque esto podría ser una oportunidad.
Hay algo que he querido probar desde que llegué a este universo)—.
Enderecé mi postura y visualicé la Fuerza formando una esfera perfecta a mi alrededor.
El radio se extendía justo hasta la punta de mi sable, creando un perímetro defensivo más amplio que la técnica original.
Sentí cómo el tiempo se ralentizaba, el zumbido de los motores y los gritos de batalla se volvieron un eco lejano.
Entonces, ellos abrieron fuego.
—¡¡Galen, qué haces!!
¡Sal de ahí!
—rugió Obi-Wan, estirando una mano como si intentara empujarme con la Fuerza.
—(No hay tiempo para huir…)—.
—Seikuken —susurré.
Inmediatamente, sentí cada perturbación en el aire.
Mi sable de luz se movió con una velocidad cegadora hacia cada punto de presión, interceptando y devolviendo cada perno de plasma que osaba cruzar el límite de mi esfera.
—(¿Qué es esa técnica?…
Su sable está trazando un arco perfecto frente a su cuerpo.
Ha proyectado la Fuerza para mapear su entorno inmediato y reaccionar de forma automática a cualquier intrusión…
Jamás se me habría ocurrido usar la Fuerza para crear un sistema defensivo tan absoluto.
El control que requiere debe ser inmenso)— pensó Obi-Wan, paralizado un segundo por la visión.
—¡Maestro, no se quede embobado!
—grité mientras desviaba una ráfaga triple—.
¡Son demasiados!
¡Ordene la retirada, debemos replegarnos!
—¡Cierto!
No debería distraerme…
¡Repliéguense!
¡Retirada!
—ordenó Kenobi, recuperando el mando.
El pánico me rozó cuando vi a los tanques AAT entrar en rango de tiro.
Sabía que mi Seikuken era inútil contra proyectiles de ese calibre.
Aprovechando que el número de droides de infantería había disminuido por nuestro asalto inicial, comencé a cubrir la retirada de nuestras tropas junto al Maestro.
Logramos ponernos a cubierto justo antes de que los tanques convirtieran nuestra posición anterior en un cráter humeante.
—Rex, Cody, tomen a sus hombres y retrocedan.
Protejan la artillería lo máximo posible; debemos aguantar hasta que Anakin logre desactivar el escudo.
Galen, tú acompáñalos.
Yo me quedo aquí —instruyó Obi-Wan con esa calma suicida tan suya.
—¡P-pero señor!
No podemos dejarlo solo —protestó Rex.
—General…
—añadió Cody con tono de advertencia.
—Descuiden, muchachos.
Parece que el Maestro tiene un plan —dije, guardando mi sable—.
Confiemos en él y regresemos a la línea de defensa.
El Maestro Kenobi me asintió con una sonrisa de confianza antes de darnos la espalda para encarar su propia misión.
Siguiendo sus órdenes, logramos replegarnos hasta la posición de la artillería mientras yo cubría la retaguardia, desviando los disparos persistentes que buscaban nuestras espaldas.
—¡Cubranse!
¡Debemos evitar que ese escudo alcance los cañones!
Resistiremos aquí e impediremos su avance —ordené en cuanto llegamos al perímetro.
—¿Cubrirnos?
¿¡Con qué!?
—exclamó un soldado de la 212, señalando la calle abierta.
Tenía razón en replicar; estábamos vendidos.
Revisé el terreno a mi alrededor a toda velocidad.
En la serie, los droides lograban hacer retroceder a los clones en este punto y muchos morían en el proceso.
Tenía que alterar el guion.
—¡Cody!
Toma a tus hombres y posiciónense en los pisos superiores de aquellos edificios.
Las chatarras no tienen un rango de elevación tan amplio; podrán dispararles desde arriba sin que los tanques los alcancen —(Galen).
—¿Qué estás diciendo, niño?
—soltó otro clon, incrédulo—.
Puede que los tanques no nos den, ¡pero seremos blancos fáciles para su infantería!
Además, si nos vamos de la calle, ¡ustedes tendrán el doble de espacio que cubrir!
Cody no dijo nada.
Se limitó a mirarme fijamente, analizando mis palabras.
Parecía estar esperando una justificación técnica antes de comprometer a sus hombres.
—Tú solo ve allí y cumple con lo que te digo.
Yo y la 501 los detendremos en este cuello de botella.
Descuida, me encargaré de que sus tanques no tengan más opción que centrar su fuego aquí si quieren pasar —aseguré con una frialdad que me sorprendió a mí mismo.
—¡Pero…!
—insistió el soldado.
—¡Es suficiente!
—intervino Cody, cortando la protesta—.
Comandante, seguiremos sus órdenes.
Les deseo suerte.
—(¿Oh?
¿Ahora soy “Comandante”?
Supongo que así es como se gana el respeto en esta unidad)—.
—Espero que realmente tengas un plan, chico.
No podremos resistir mucho tiempo si nos flanquean —la voz de Rex sonaba algo desganada; se notaba que le pesaba perder el apoyo de fuego de la 212 en tierra.
—Calma, Rex.
Ahora…
¡disparen los cañones hacia esos dos edificios aledaños!
Los más cercanos, no a los que subieron los hombres de Cody.
—¡¿Qué?!
¿¡Ese es tu plan!?
—Rex me miró como si me hubiera vuelto loco.
—¡No hay tiempo!
Hagan lo que les pido, yo me encargo del resto —(Galen).
—P-pero…
¡Maldición!
¡Ya lo escucharon, fuego a discreción!
—rugió Rex por el canal de mando.
Los cañones AV-7 rugieron, bombardeando las bases de los edificios hasta que las estructuras comenzaron a ceder.
—(¡Ahora!
No tengo tiempo para acomodar los escombros uno a uno)—.
Mientras las moles de concreto se desplomaban, extendí ambas manos y me sumergí profundamente en la Fuerza.
Dirigí el derrumbe del primer edificio hacia el frente de nuestra posición para crear una barricada masiva.
El segundo lo desvié de manera que bloqueara parcialmente la avenida, impidiendo el paso fluido de las tropas enemigas.
Me aproveché de la inercia de la caída para “empujar” las secciones más grandes hacia donde las necesitaba.
Debido al peso, el estruendo fue ensordecedor y el suelo vibró bajo mis pies cuando impactaron, rompiéndose en bloques gigantescos que ahora obstruían el camino.
Los tanques pesados ya no podrían flanquearnos; tendrían que detenerse a demoler los escombros disparo a disparo.
Y la barricada frente a nosotros nos otorgaba una cobertura perfecta.
—Eso debería bastar…
Sus tanques están atascados hasta que limpien el camino.
Y el espacio estrecho entre los bloques impedirá que los droides usen su superioridad numérica; tendrán que pasar de pocos en pocos.
Ahora, solo necesitamos abrir fuego desde ambas alturas y aguantar —sentencié, limpiándome un poco de sudor de la frente.
—(Para cuando los droides logren abrirse paso, Anakin ya debería haber destruido el generador)—.
—A-ah…
¡Niño!
—Rex se quedó mudo, mirando la montaña de escombros que acababa de crear—.
¿Estás seguro de que eres un Padawan?
Ni siquiera he visto a un Maestro hacer algo como eso…
—Soy un Padawan, y esto no es algo que los Jedi hagamos a menudo…
Solo te falta conocer a más Maestros —respondí, tratando de restarle importancia a la montaña de escombros.
Rex alternaba su mirada entre la barricada y yo.
Juraría que, bajo ese casco, su boca estaba abierta de par en par.
Mientras disfrutaba de su asombro silencioso, un clon llegó corriendo hacia nuestra posición, jadeando.
—¡Comandante, señor!
E-el General Kenobi…
¡ha sido capturado por los separatistas!
—exclamó alarmado.
—(Bien, ya llegamos a esa parte de la historia.
La lucha debería terminar pronto)— pensé para mis adentros.
—No te preocupes por eso; contaba con que al Maestro se le ocurriría algo así.
Está ganando tiempo.
Nuestro deber es detener a las tropas que…
¡Aquí vienen!
¡Disparen!
—ordené al ver las primeras siluetas metálicas asomarse.
Nuevamente entramos en combate.
El número de droides que había destruido hoy me parecía ridículo, una marea de hojalata que no dejaba de fluir.
Reflejé y devolví cada disparo de plasma con una precisión quirúrgica, manteniendo el perímetro.
No sé cuánto tiempo estuvimos luchando bajo ese sol inclemente, pero algunos tanques AAT empezaban a abrirse paso entre los restos de los edificios.
Al menos el número de droides de infantería empezaba a raleas.
Pedí a los soldados que lanzaran sus granadas térmicas y, con un empujón de la Fuerza, las dirigí para que cayeran exactamente sobre las escotillas de las máquinas.
—(¿Qué ocurre?
¿Por qué el escudo no ha sido desactivado aún?
¿Pasó algo con Anakin?
Tal vez el tiempo en la serie fue igual de largo…
es difícil medirlo cuando lo ves a través de una pantalla con cortes de edición)—.
El estar perdido en mis pensamientos fue un error casi fatal.
No vi a tiempo el cañón de un tanque asomándose tras una cortina de humo y escombros.
Cuando lo noté, ya era tarde: el fogonazo de salida iluminó el aire.
—(¡No!
En esa dirección está el Capitán Rex.
No puedo permitir que muera aquí…
Pero estoy demasiado lejos, no llegaré a tiempo)—.
Al notar la distancia, mi instinto tomó el control y decidí usar, por primera vez, la Supervelocidad Jedi.
Conocía la teoría de los archivos del Templo, pero jamás lo había intentado bajo presión real.
Sentí como si, en lugar de aumentar mi velocidad, el espacio mismo a mi alrededor se contrajera, plegándose para acercarme a mi objetivo en un parpadeo.
—¡Rex, muévete!
—grité.
El Capitán no había notado el misil de plasma que se dirigía hacia él hasta que mi advertencia rasgó el aire.
No le di tiempo a reaccionar; fue un empujón brusco, pero logré apartarlo de la trayectoria justo a tiempo.
Ya en su lugar, planté los pies, estiré las manos y me preparé para recibir el impacto.
—(¡Por favor, ayúdame, Fuerza!
¡Visualiza, visualiza!)—.
Intenté con todas mis fuerzas visualizar una burbuja que atrapara el plasma y lo encerrara.
Sin embargo, en cuanto el proyectil hizo contacto con mi campo de fuerza, me di cuenta de mi error.
—(¡UGHHH!
¡Es pesado, muy pesado!
¡Me está arrastrando!)—.
No podía simplemente sujetarlo; tenía que usar su propia inercia.
Rápidamente, cambié la imagen mental de la burbuja por la de una corriente de agua que doblaba a mi alrededor.
Giré sobre mi eje 360 grados con la bola de plasma bullendo a centímetros de mis manos, siguiendo la corriente de la Fuerza.
—(Como un río empujando un tronco…
con calma y fluidez…)—.
Cuando completé el giro, solté la energía de golpe, redirigiendo el disparo con un impulso adicional hacia el tanque que lo había lanzado.
El AAT explotó en mil pedazos, como si el proyectil hubiera regresado con el doble de potencia.
—(¡Funcionó!)—.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Mi corazón palpitaba como si quisiera salirse de mi pecho…
Tuve un maldito misil frente a mi cara y viví para contarlo.
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