Un viaje a Star Wars - Capítulo 17
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17: Encuentro con el Sith 1 17: Encuentro con el Sith 1 Nuestros transbordadores atravesaron la densa atmósfera de Teth, sacudiéndose violentamente mientras los motores luchaban contra la resistencia del aire.
Justo cuando nos aproximábamos a las coordenadas del monasterio, el dispositivo de comunicación cobró vida, proyectando la figura azulada y parpadeante del Maestro Obi-Wan.
—Escucha con atención, Anakin —la voz de Kenobi sonaba distorsionada por la estática—.
Jabba solo nos ha concedido un ciclo planetario para rescatar y devolver a su hijo.
El tiempo es nuestro peor enemigo ahora…
pero no olviden ser extremadamente cautelosos.
Aún desconocemos la identidad y el alcance de los secuestradores.
La transmisión se cortó de forma abrupta en el momento exacto en que el cielo se iluminó con destellos carmesí.
Las torretas antiaéreas de los droides habían comenzado su sinfonía de destrucción.
—¡Señor, fuego enemigo!
¡Nos tienen en la mira!
—gritó el teniente clon mientras la nave se tambaleaba por una explosión cercana.
—¡Salga de la línea de fuego, Teniente!
—ordenó Anakin, sujetándose de una de las correas de seguridad—.
¡Desciendan a los pies de la montaña, desplieguen a los caminantes y prepárense para ejecutar el plan!
La adrenalina comenzó a fluir antes incluso de tocar tierra.
Esta operación prometía ser mucho más vertiginosa que nuestro encuentro en Christophsis.
Anakin se volvió hacia Ahsoka y hacia mí; su mirada había perdido cualquier rastro de humor, reemplazada por la intensidad de un General.
—Comenzaremos con una desventaja geográfica total, Marek.
Es momento de ver si tu plan funciona.
Ahsoka, recuerda tu posición y, por lo que más quieras, no te separes de mi lado.
—Descuide, Maestro.
Sé lo que debo hacer —respondió Ahsoka con una confianza que rozaba la insolencia—.
Intentaré evitar que mueran allá afuera.
—Esto es serio, sabionda —replicó Anakin, aunque pude notar un destello de orgullo en sus ojos—.
Concéntrate.
Me resultó fascinante observar a Anakin.
Aunque intentaba mantener su fachada de “Maestro severo”, era evidente que disfrutaba de tener a alguien a quien guiar.
Seguramente pensaba que, si lograba convertir a Ahsoka en una Caballero Jedi, el Consejo finalmente le otorgaría el reconocimiento que tanto ansiaba.
—(¿Cómo le decimos que las cosas no son tan sencillas?…)— pensé para mis adentros, antes de intervenir con una sonrisa ladeada.
—No se preocupe, Maestro Skywalker.
Protegeré a Ahsoka con mi vida; después de todo, me la encargaron sus padres.
Además, si ella falla, probablemente terminaremos todos fritos, hahahaha.
—Hahahaha —rio Anakin, contagiado por el humor negro.
—No le veo la gracia a esa posibilidad, señor —murmuró Rex, revisando su rifle con una seriedad imperturbable.
Ahsoka me miró sorprendida, abriendo la boca como si fuera a protestar por mi comentario sobre sus padres, pero tras un segundo de duda, simplemente desvió la mirada con una sonrisa oculta.
—¡Y-yo daré lo mejor de mí!
—exclamó con determinación.
Las rampas de los transbordadores se abrieron y soltaron a los caminantes AT-TE sobre la superficie húmeda de Teth.
Bajo una lluvia de plasma constante, logramos posicionarnos en la base de la imponente montaña.
—¡Caminantes, formen tres líneas!
—rugió Anakin por el comunicador—.
La infantería se cubrirá detrás de las máquinas.
¡Ustedes dos, listos!
Ahsoka, recuerda: tu estilo no es apto para este volumen de fuego pesado, así que limítate a desviar lo que te llegue.
¡Galen y yo nos encargaremos de redirigir los disparos para limpiar el camino!
¡Solo aguanta!
—¡Entendido, Maestro!
Los tres saltamos sobre las cabezas de los caminantes que ya habían comenzado su ascenso vertical por la pared de piedra.
Las torretas del monasterio, situadas en la cima, centraron todo su fuego sobre nosotros.
El aire se volvió pesado, saturado por el olor a ozono y el calor del plasma.
—Podríamos apostar quién llega primero a la cima —propuso Ahsoka, encendiendo sus sables de luz.
—Hahaha, pues los veo allá arriba, mocosos —respondió Anakin mientras empezaba a reflejar disparos con una velocidad cegadora.
Decidí no prestar atención a esos dos competitivos e hice lo propio.
Me concentré en el flujo de la Fuerza, sintiendo la trayectoria de cada perno de energía.
Redirigir ataques de artillería pesada era una tarea agotadora; la masa del disparo era mayor y el retroceso en la Fuerza se sentía como un golpe físico.
De vez en cuando, los disparos menores de los droides de infantería se colaban en mi guardia, obligándome a priorizar.
Fue un alivio sentir el apoyo de los cañones de nuestros propios caminantes, que devolvían el fuego para darnos un respiro entre ráfagas.
A mitad del ascenso, la verticalidad de la montaña empezó a pasar factura.
Giré la vista hacia Ahsoka, quien gracias a nuestra cobertura se mantenía a la vanguardia, pero su lenguaje corporal delataba un agotamiento extremo; el sudor empapaba su rostro y sus movimientos empezaban a perder precisión.
Aunque los disparos de las torretas no tenían la masa de un proyectil de tanque, el volumen de fuego era abrumador para alguien de su constitución.
Incluso para mí, la tarea habría sido un calvario de no ser por mi Seikuken.
Anakin, por su parte, lograba mantener el ritmo reforzando su musculatura con la Fuerza de una manera tan instintiva que resultaba humillante para cualquier Padawan ordinario.
—(Tenemos que restarle presión, o se va a desplomar antes de llegar a la cumbre)— pensé.
Anakin debió leer mis nervios, pues empezó a interceptar los pernos de energía con un fervor renovado, proyectando su presencia para atraer el fuego hacia él.
Sin embargo, un zumbido agudo y mecánico rompió el estrépito de la artillería.
Provenía de la cima, acercándose a toda velocidad.
—¡Maestro Skywalker!
¡Mire arriba!
—grité, señalando los riscos—.
¡Traen speeders!
—¡Maldición!
Bien, yo me encargaré de esas moscas.
Galen, te dejo la protección de los caminantes a ti —ordenó Anakin con una ligereza que me heló la sangre.
—¿¡Está loco!?
No podré cubrir ambos flancos yo solo —protesté, viendo cómo los cazas droide se posicionaban para ametrallar a los clones.
—Haha, un poco.
¡Pero estoy seguro de que se te ocurrirá algo!
—exclamó él antes de lanzarse al vacío.
Con una temeridad envidiable, Anakin ascendió dando saltos imposibles entre los salientes de la roca.
En un movimiento coreografiado, derribó a un droide de su montura, tomó el control del speeder y empezó a combatir en el aire.
—(Bastardo…
¡Bien!
Supongo que es hora de aplicar el plan B)—.
Con Anakin distrayendo a los cazas, el fuego de las torretas fijas disminuyó momentáneamente, permitiendo que Ahsoka recuperara terreno.
Yo, en cambio, me quedé rezagado, saltando frenéticamente de un caminante a otro para interceptar los disparos que amenazaban con perforar las cabinas de los pilotos.
—¡Escuchen todos!
—rugí por el canal interno—.
¡A la cuenta de tres, concentren toda la artillería en la zona de las torretas superiores!
—¡Pero señor!
—replicó uno de los pilotos por radio—.
¡Si hacemos eso, la ladera se derrumbará sobre nuestras cabezas!
—¡Es una orden, háganlo!
—sentencié.
Sin esperar respuesta, disparé mi cable de ascenso hacia un saliente estable.
Subí unos metros por delante de los AT-TE y me anclé a la roca, preparándome para el impacto.
El estruendo fue ensordecedor: Boom, Boom, Boom.
El bombardeo de nuestros cañones no solo redujo a chatarra las defensas enemigas, sino que fracturó la base del monasterio, enviando toneladas de escombros montaña abajo.
—¡HAAAAA!
—bramé, extendiendo ambos brazos.
A través de la Fuerza, visualicé dos paredes invisibles que se extendían sobre nosotros como un techo inclinado.
El impacto de los escombros contra mi barrera casi me arranca del risco; sentí un tirón violento en mi cable de seguridad que amenazó con dislocarme el hombro.
Pero funcionó.
Las rocas golpearon mi escudo y se deslizaron hacia los costados, dejando el camino de los caminantes libre de peligro.
Con las torretas silenciadas, corté el cable con un tajo de mi sable y comencé a subir.
Aproveché los bloques de piedra que aún flotaban o caían lentamente por el aire, usándolos como plataformas de impulso.
Se sentía como volar.
En mi mundo original, la física habría dictado mi caída inmediata, pero aquí, la Fuerza me permitía reescribir las leyes de la gravedad a mi antojo.
—(Y…
así es como se llega primero)— pensé con una chispa de suficiencia.
Sin embargo, justo cuando mis dedos estaban por rozar el borde de la cima, el speeder de Anakin aterrizó pesadamente frente a mí, levantando una nube de polvo.
Se bajó de la nave con una sonrisa de suficiencia, cruzándose de brazos mientras me veía trepar el último tramo.
—( ¿-.-?
)— lo miré con incredulidad.
—Haha, deberías ver tu cara.
Primera lección Jedi: no cantes victoria antes de tiempo —se burló Anakin, aunque luego suavizó el tono—.
Aunque, debo admitir que lo que hiciste con el derrumbe fue…
impresionante.
—(Suspiro).
Después de todo usted es el Maestro Jedi; sería descortés de mi parte llegar primero —comenté, sacudiéndome el polvo de la túnica mientras ambos despachábamos a los últimos droides que custodiaban el borde del risco.
Anakin soltó una carcajada justo cuando Ahsoka aterrizaba tras nosotros, visiblemente agotada.
—¡Ugh, llegué última!
—exclamó, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento—.
No diré nada de Galen pero, Maestro, ¡usted hizo trampa!
—Hahaha~ ¿Es así?
La vida suele ser injusta, mi Padawan —replicó Anakin con esa suficiencia que tanto la desesperaba.
—Por eso los Jedi no debemos hacer apuestas, joven Tano…
Nos aleja del camino de la luz —añadí, juntando las palmas y cerrando los ojos con una solemnidad fingida, como si estuviera en profunda meditación.
A Ahsoka se le marcó una vena en la frente.
Se acercó a pasos rápidos y me jaló la oreja derecha con fuerza mientras se ponía la otra mano en la cintura.
—¿Ah, sí?
Pues me pareció que el “joven Marek” también disfrutaba bastante de la competencia —masculló ella.
Con un movimiento rápido, junté mis dedos índice y medio y le di un pequeño golpe en la frente.
Se separó de mí con un chillido de sorpresa y se llevó la mano a la zona afectada.
—Fue solo su imaginación, pequeña señorita —dije con una sonrisa ladina.
—¡Auch!
Pues pequeñas serán tus…
—Woa, woa~ Hahaha.
Ustedes dos parecen llevarse de maravilla, pero detengámonos ahí —intervino Anakin, divertido por la escena mientras envainaba su sable.
…
Poco después, los clones completaron el ascenso, asegurando el perímetro con la eficiencia de la 501.
Rex se acercó a nosotros, ajustándose el casco.
—General, hemos revisado el área.
Todo está despejado —informó el capitán.
—(Pues yo no lo creo…)— pensé, cerrando los ojos un segundo.
Gracias a mi entrenamiento sensorial, podía sentir presencias ocultas entre los muros de piedra milenaria.
Eran débiles, pero estaban ahí: dos formas de vida orgánicas y el zumbido estático de varios droides.
Una de esas presencias era pequeña y asustadiza —el hijo de Jabba—, pero la otra era fría, afilada y llena de un odio contenido.
Asajj Ventress.
Estábamos siendo observados.
—Bien, Capitán.
Debemos ser cuidadosos —advirtió Anakin, cuya propia intuición empezaba a despertar—.
Hay demasiados droides aquí como para que sean simples rezagados.
—Entonces, ¿no deberíamos prepararnos por si llegan refuerzos?
Teniente, ¿qué opina de colocar nuestros cañones en posición para repeler un posible ataque aéreo?
—sugerí, mirando hacia el cielo plomizo de Teth.
—¿Eh?
¿No crees que estás siendo algo paranoico, Galen?
—preguntó Ahsoka, arqueando una ceja—.
Ya hemos tomado el monasterio, tenemos la ventaja.
—Tal vez sea paranoia, pero tengo un mal presentimiento…
Ha sido demasiado fácil para tratarse de los secuestradores de un Hutt.
La victoria aguarda a los cautos —sentencié.
—Haha, suenas como el Maestro Yoda.
Pero Marek tiene razón; haga lo que dice el Comandante, Teniente —ordenó Anakin.
Mientras los clones fortificaban la entrada, nosotros tres nos internamos en las sombras del monasterio B’omarr.
Fuimos recibidos por un droide de protocolo cuya cortesía excesiva me resultaba irritante; yo sabía que estaba confabulado con Ventress.
El droide nos indicó dónde encontrar al pequeño Hutt, no sin antes llamar “asistente” a Ahsoka, logrando que ella perdiera los estribos por un momento.
—(Debería ayudarla a controlar sus emociones…
solo espero que me escuche algún día)—.
—Bien, nosotros dos bajaremos a buscarlo —decidió Anakin, señalando a Ahsoka—.
Ustedes vuelvan y revisen si las preparaciones están listas.
Galen, intenta contactar con el Maestro Obi-Wan y explícale la situación.
Tras la orden de Skywalker, nos separamos.
R2-D2 desplegó una antena de largo alcance desde la nave de desembarco y, tras unos segundos de interferencia, la figura de Kenobi apareció en el holograma.
—[Oh, hola Galen.
Eres tú.
¿Y bien?
¿Cómo les fue por allá?
Solo nos queda medio ciclo planetario…
y algo en tu rostro me dice que tienes algo importante que comentarme] —dijo Obi-Wan, observándome con esa mirada analítica que parecía ver a través del espacio.
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