Un viaje a Star Wars - Capítulo 18
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18: Encuentro con el Sith 2 18: Encuentro con el Sith 2 —Así es, Maestro.
Logramos tomar el monasterio y el hijo de Jabba parece estar a salvo —informé a Kenobi, aunque mi tono carecía de triunfalismo—.
Pero no puedo dejar de pensar que hay algo profundamente mal en todo esto.
Desde que pusimos un pie en Teth, he sentido una perturbación en la Fuerza…
y no solo aquí; también la percibo allí, donde está usted.
No puedo evitar pensar que somos piezas en una trampa diseñada con mucha antelación.
—[Eso definitivamente no suena bien…] —respondió Obi-Wan, cuya imagen azulada pareció oscurecerse por la preocupación—.
[Gracias por compartirlo conmigo, Galen.
¿Tienes alguna sugerencia táctica?] —Me gustaría pedirle que investigara el origen de esa sensación en su sector, pero la realidad es que lo necesitamos aquí con urgencia.
Maestro, por favor…
¿podría apresurarse?
—[Estaré allí lo más pronto posible, Galen.
¿Dónde está Anakin?] Giré el rostro hacia la izquierda.
A unos metros, Anakin y Ahsoka libraban su propia batalla doméstica, intentando meter a la pequeña y babosa “oruga” dentro de una mochila de suministros.
Tras un forcejeo cómico, lo lograron y se acercaron al holograma.
—El Hutt ha sido asegurado, Obi-Wan.
Pero su salud es precaria…
está débil y febril.
No sé si lograremos entregarlo a tiempo si no recibe atención médica inmediata —explicó Anakin con el ceño fruncido.
Fue en ese instante cuando la Fuerza gritó una advertencia.
Sentí una multitud de presencias gélidas y mecánicas sobre nuestras cabezas, y una más…
orgánica, rebosante de una malevolencia familiar.
—¡Maestro, mire arriba!
—gritó Ahsoka, señalando el firmamento.
Una inmensa nave de desembarco separatista rompió la capa de nubes, escoltada por enjambres de cazas repletos de droides.
El cielo de Teth se oscureció bajo el peso de la invasión.
—[¡Anakin, bajo ninguna circunstancia permitan que al niño le ocurra algo!] —exclamó Kenobi antes de que la señal parpadeara—.
[¡Partimos ahora mismo hacia allá, resistan!] Nuestros cañones, posicionados gracias a la cautela previa, comenzaron a rugir.
Las explosiones iluminaron el bosque mientras derribaban las naves enemigas en pleno descenso, pero la marea era demasiada.
Unas cuantas lograron aterrizar pesadamente en el patio del monasterio, vomitando regimientos de droides B1 y B2.
—¡No necesitamos ganar esta pelea, solo aguantar!
—ordenó Anakin, encendiendo su sable—.
¡Retrocedan al templo y sellen las puertas principales!
Cubrimos la retirada de los clones con una coreografía de plasma, desviando ráfagas mientras retrocedíamos centímetro a centímetro hasta que la inmensa puerta de acero del monasterio se cerró con un estruendo metálico, dejándonos en una penumbra iluminada solo por nuestros sables.
—(Suspiro).
Lo logramos…
—murmuró Rex, limpiándose el visor—.
Fue una suerte que derribáramos a la mayoría antes del aterrizaje.
“¿La victoria aguarda a los cautos”, eh?
Jejeje, debería tatuarme esa frase, Comandante.
—Aguardaremos aquí hasta que Obi-Wan llegue con los refuerzos —sentenció Anakin, aunque su mirada se desvió hacia la mochila donde el pequeño Hutt gemía débilmente.
—¡Pero Maestro!
Este pequeño no aguantará tanto tiempo —protestó Ahsoka—.
Nuestra misión es llevarlo a Tatooine antes de que el ciclo termine.
Se nos agota el tiempo.
—Entonces supongo que tienes un mejor plan —replicó él, desafiante.
Levanté la mano, interrumpiendo la disputa, mientras señalaba al pequeño droide astromecánico que pitaba frenéticamente a nuestro lado.
—Al parecer, R2 ha estado intentando decirnos algo desde hace rato —intervine.
—¡Es cierto!
¡R2 puede ayudarnos a encontrar otra salida!
—exclamó Ahsoka, comprendiendo de inmediato.
—Deberían seguirlo —sugerí, mirando hacia las profundidades del monasterio—.
Tal vez él tenga la solución para sacar al niño de aquí.
Yo me quedaré con Rex y la 501; detendremos a los droides todo lo que podamos en esta puerta.
Les compraremos el tiempo que necesitan.
Anakin me miró fijamente, evaluando el peso de mi decisión.
Finalmente, asintió.
—Bien…
Pero no te excedas, Galen.
Si ves que la posición es insostenible, retrocede de inmediato.
Andando, R2.
Ahsoka y su Maestro descendieron por los pasillos inferiores siguiendo el rastro del droide.
Yo, por mi parte, me senté en el suelo frío, cruzando las piernas en posición de loto.
Necesitaba que el ruido del mundo exterior desapareciera; necesitaba convertirme en el centro de la tormenta que estaba por desatarse.
—¿Ehh…
Comandante?
—preguntó un cabo clon, extrañado por mi calma.
—Shhh, no lo molestes —lo cortó Rex, haciendo una señal para que se posicionaran detrás de las barricadas—.
Él ha sentido algo…
se está preparando.
Escuchando la conversación de los clones mientras mantenía los ojos cerrados, no pude evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro.
—Pareces saber mucho sobre los Jedi, Rex —comenté, manteniendo mi respiración rítmica.
—Bueno, después de luchar tanto tiempo a su lado, uno empieza a adivinar ciertas cosas…
Lo que está haciendo ahora, señor, se lo he visto hacer a otros antes de una gran batalla.
Ustedes están, eh…
conectándose con la Fuerza o algo así —respondió el Capitán.
—Hahaha~ algo así, Rex.
Pero tienes razón en algo: solemos hacerlo antes de entrar en una batalla donde nuestra vida está en juego.
Escuché a los soldados tragar saliva al unísono.
El aire en el vestíbulo se cargó de una tensión eléctrica mientras los hombres se ponían en alerta máxima.
En mi mente, la red de la Fuerza me devolvió una imagen clara: esa presencia gélida y afilada acababa de aterrizar en el monasterio y se aproximaba al templo con una confianza depredadora.
—(Qué mujer tan temeraria…
Creí que sus planes cambiarían al saber que ahora somos tres Jedi, pero parece que sigue sin tomarnos en cuenta a los “niños”)—.
Sentí cómo se detenía justo frente a la puerta principal, donde los droides habían estado intentando forzar el acceso sin éxito.
Era el momento.
Hoy vería cuánta distancia real había entre un duelo de práctica en el Templo y un combate a muerte contra un usuario del Lado Oscuro.
—Tú, soldado…
—señalé sin abrir los ojos—, deberías alejar la espalda de esa puerta.
Los demás, alzad las armas y preparaos.
Justo cuando el clon se retiró, una hoja de plasma rojo carmesí atravesó el acero, cortando exactamente donde había estado su columna un segundo antes.
El sable comenzó a girar, despedazando el panel de control de la puerta.
—Retrocedamos un poco, hahaha~.
Cubríos detrás de las columnas —ordené, poniéndome en pie con una calma que desentonaba con el caos inminente.
—¡Señor, por favor, no se ría ahora!
—exclamó Rex, parapetándose—.
¡Ahí vienen!
La enorme puerta de acero comenzó a abrirse pesadamente con un chirrido agónico.
En cuanto hubo un resquicio, una lluvia de disparos láser inundó el vestíbulo.
Yo era el único que permanecía en el centro, expuesto, pero mi cuerpo ya se movía dentro de la esfera del Seikuken.
—¡COMANDAN…
¿te?!
—la voz de Rex se quebró al ver lo que sucedía.
Mis manos y mi sable se movían en arcos mínimos, casi invisibles por la velocidad.
Con una precisión milimétrica, devolví cada disparo hacia su origen.
Las tres primeras filas de droides B1 y superdroides B2 colapsaron antes de cruzar el umbral, destruidos por sus propias ráfagas.
Tuvieron que caer decenas de máquinas para que la asesina, oculta tras la marea de metal, ordenara el alto al fuego al notar que algo no iba según el plan.
Un silencio sepulcral se instaló en el salón, roto solo por el eco de unos pasos elegantes que se acercaban desde la cortina de humo.
—Agh…
Tras ver tal muestra de habilidad, creí que me encontraría con alguien como el General Skywalker al cruzar esta puerta…
Pero solo veo a un niño —la voz de Ventress era una mezcla de decepción y un matiz seductor, cargado de veneno.
—Hahaha~ lamento decepcionarla, señorita…
Pero si tiene la duda, podría acercarse y comprobarlo por sí misma.
Siempre creí que para mi edad estaba bastante bien —le respondí, rascándome la mejilla con una falsa modestia que sabía que la irritaría.
—¿Oh?
Qué voz tan linda tienes~.
¡Entonces tal vez debería comprobarlo yo misma!
—rugió ella.
En un parpadeo, Ventress se lanzó al aire con sus dos sables apuntando directamente a mi cuello.
Pero no permití que sus pies tocaran el suelo del templo.
Antes de que pudiera aterrizar, expandí mi presencia en la Fuerza y descargué un empujón telequinético concentrado que la golpeó de lleno en el aire, lanzándola violentamente de regreso hacia el patio exterior.
—¡Ahora, FUEGO!
—grité.
Rápidamente, mis clones salieron de su asombro y abrieron una descarga cerrada contra los droides que intentaban reorganizarse.
La verdadera batalla acababa de empezar.
—¡Presionad!
—rugí sobre el estrépito de los disparos—.
¡Empujadlos hacia fuera y utilizad las cajas de suministros como cobertura!
—¡Ya habéis oído al Comandante!
¡Vamos, vamos, vamos!
—secundó Rex, liderando la carga de los clones con una ferocidad renovada.
Giré sobre mis talones y me dirigí hacia el patio exterior, siguiendo el rastro de la presencia que había enviado a volar segundos antes.
Ventress ya se había restablecido; se sacudía el polvo de sus oscuras vestiduras con una elegancia felina, aunque sus ojos inyectados en odio contaban una historia distinta.
—Auch…
Eso ha sido algo rudo para usarlo contra una dama como yo, ¿no crees?
—siseó ella, encendiendo sus sables gemelos de hojas curvas—.
¿Realmente eres un Jedi?
—Solo soy un simple Padawan en entrenamiento, señorita, haha~ —respondí, relajando los hombros pero manteniendo los pies firmes—.
Así que, por favor, perdone mis pequeñas faltas de cortesía.
—Mmm…
¿Es así?
—Ventress ladeó la cabeza, recorriéndome con una mirada depredadora y un extraño tono de voz que enfatizaba cada palabra—.
Me has hecho dudar.
Ahora tengo curiosidad por saber si realmente hay algo pequeño en ti…
guapo.
Debo admitirlo: escuchar eso, con ese matiz seductor y venenoso, encendió una chispa de adrenalina en mi interior.
Sus movimientos sinuosos y la forma en que manejaba su lenguaje corporal eran una distracción peligrosa.
Sin embargo, ese calor se enfrió de golpe al recordar los informes sobre la cantidad de gente que había pasado por sus manos antes de acabar en una fosa común.
—Ah, sí…
sobre eso…
—hice una mueca de falsa resignación—.
Muy a mi pesar, preciosa, tendré que rechazar tan generosa oferta.
El problema es que…
me gustan con cabello.
La expresión de Ventress se deformó al instante.
La rabia pura sustituyó a la seducción; un tic nervioso empezó a palpitar en su ojo y una sonrisa tétrica, carente de cualquier rastro de humanidad, emergió de su rostro.
—(Debería dejar de bromear…
creo que la he roto)— pensé, mientras una melodía de combate empezaba a sonar en el fondo de mi mente.
—¡JAJAJAJAJA!
—su risa fue un graznido seco—.
Parece que tienes una lengua muy divertida.
¡Deja que la arranque para pintar estas paredes con tus entrañas!
Ventress se lanzó al ataque.
Fue un salto prodigioso que la situó frente a mí en un parpadeo.
Gracias al aviso de mi Seikuken, reaccioné a tiempo para bloquear el primer tajo.
Sus golpes eran pesados, erráticos y cargados de una furia que buscaba abrumarme.
Sus movimientos acrobáticos hacían difícil prever su siguiente ángulo, pero yo no necesitaba adivinar.
Tenía a mi alrededor la esfera de defensa absoluta.
Solo necesitaba concentrarme en los huecos que dejaba tras cada pirueta.
Sus estocadas eran quirúrgicas, buscaba puntos vitales con una intención asesina tan transparente que se volvía predecible: pulmones, columna, laringe, corazón.
Ni siquiera necesitaba la técnica avanzada para saber dónde golpearía; su sed de sangre era el mapa de su derrota.
A medida que el duelo avanzaba, su empuje inicial empezó a flaquear.
Mis bloqueos eran mínimos, eficientes, devolviendo la vibración del impacto a sus propios brazos.
Ella empezó a notar que sus patrones, por muy complejos que fueran, estaban siendo leídos como un libro infantil.
En ese momento, vi la apertura.
Un hueco en su guardia cuando cruzó los sables para un golpe de tijera.
Balanceé mi hoja hacia arriba en el instante exacto en que ella movía su defensa.
Ventress abrió los ojos con un destello de puro terror y, con unos reflejos inhumanos, ejecutó una voltereta hacia atrás para poner distancia.
Pero no iba a dejarla aterrizar con dignidad.
Mientras estaba en el aire, extendí la Fuerza como si fuera un látigo invisible.
Envolví su pierna dominante y tiré con un movimiento seco.
No fue lo suficientemente fuerte para atraerla hacia mis manos, pero fue más que suficiente para arruinar su aterrizaje.
Perdió el equilibrio de forma violenta al tocar el suelo y, sin darle un segundo para recomponerse, me lancé en una embestida cargada con todo mi poder.
Ventress alcanzó a cruzar sus sables de luz justo a tiempo para interceptar mi embestida, pero fue inútil.
No tuvo el espacio ni la estabilidad necesarios para imprimir fuerza en sus brazos.
Cuando mi sable impactó de lleno contra los suyos, la inercia del golpe fue tal que sus armas salieron volando de sus manos, perdiéndose entre los escombros del patio.
—¡AGHHH, NOO!
—gritó, su voz cargada de una mezcla de dolor e incredulidad.
En ese instante, una extraña y oscura euforia se apoderó de mí, alimentada por la adrenalina del combate.
Mi mente me decía que solo necesitaba un tajo más, un movimiento fluido para desprender su cabeza de su cuerpo y terminar con la amenaza para siempre.
Sin embargo, tan rápido como ese impulso asesino apareció, lo hice trizas.
—(Ese no es el camino que transito.
No soy un genocida que destruye todo a su paso…
Haré las cosas a mi manera.
Ni la luz ni la oscuridad dictarán mi proceder; solo yo soy dueño de mis actos)—.
Suprimí la influencia del Lado Oscuro en un microsegundo.
En lugar de usar la hoja de plasma, apagué mi sable y, aprovechando su desequilibrio, sujeté con fuerza su cintura para atraerla hacia mí.
—¿Eh?
—balbuceó ella, totalmente descolocada por el cambio de ritmo.
Sin darle tiempo a procesar el contacto, agarré su brazo, barrí sus pies y, en un movimiento de judo perfectamente ejecutado, la lancé por encima de mi hombro.
Ventress, haciendo gala de sus reflejos sobrehumanos, giró sobre su eje en el aire para intentar aterrizar de pie, pero yo ya estaba un paso por delante.
Giré sobre mi talón, estiré el brazo y, con el dorso de mi puño, conecté un golpe seco y potente directamente en su sien.
En el momento del impacto, liberé una pequeña descarga eléctrica de color dorado que brotó de mis nudillos y recorrió su cráneo.
—(¡Juicio de la Fuerza!)—.
Era una técnica legendaria, una variante Jedi de los rayos Sith que el Maestro Plo Koon había descubierto.
No era letal, pero su función de aturdimiento era devastadora.
Al combinarla con el impacto físico en la sien, el efecto fue instantáneo: el sistema nervioso de Ventress se cortocircuitó antes de que pudiera soltar un solo grito.
La asesina cayó rendida a mis pies, totalmente noqueada.
La había derrotado.
—(Suspiro).
Qué combate tan agitado…
Fue más agotador de lo que esperaba —murmuré, sintiendo el peso del cansancio en mis hombros.
Atraje magnéticamente los sables de Ventress hacia mi mano y, activando mi propia hoja, los destruí en un siseo de metal fundido.
Sin embargo, rescaté sus cristales Kyber corrompidos de entre los restos y los guardé en mi cinturón.
—(Tendré algún uso para ellos más adelante)—.
De repente, me percaté de un silencio sepulcral.
El estruendo de los blásters y el choque del metal habían cesado.
Miré a mi alrededor confundido y me encontré con una escena casi cómica: decenas de clones de la 501 permanecían estáticos, mirándome fijamente con lo que yo estaba seguro eran expresiones de absoluta estupefacción bajo sus cascos.
—( ●__● )— (Rex y sus hombres).
—¿Qué están haciendo?
¡Apresadla de inmediato!
—ordené, rompiendo el hechizo.
—¡AH!
¡Sí, señor!
—exclamó Rex, reaccionando de golpe.
Al parecer, mi duelo con Ventress había sido tan intenso que perdí la noción del tiempo; no me di cuenta de cuándo los clones habían terminado de barrer a los droides restantes.
Me pregunté si a ella le habría pasado lo mismo.
—Asegúrense de esposar también sus tobillos y maniatar su cuerpo con amortiguadores de energía —añadí mientras los soldados envolvían a la Sith—.
Aunque, siendo sincero, no sé cuánto tiempo servirá eso con alguien como ella.
Una vez que Ventress estuvo asegurada, Rex se acercó, todavía procesando lo que acababa de presenciar.
—Señor, la nave separatista en órbita no tardará en enviar cazas para investigar por qué han perdido la señal del monasterio —advirtió el capitán.
—No creo que tengan tiempo para preocuparse por nosotros —respondí, mirando hacia las nubes—.
Siento una presencia familiar acercándose a gran velocidad.
Parece que nuestros refuerzos finalmente han llegado, Capitán.
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