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Un viaje a Star Wars - Capítulo 19

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19: Encuentro con el Sith 3 19: Encuentro con el Sith 3 Apenas terminé de hablar, el cielo de Teth se convirtió en un infierno de fuego cruzado.

Una flota de cazas clon emergió del hiperespacio, interceptando a los enjambres de droides buitre en una danza mortal sobre el monasterio.

El comunicador de mi muñeca chirrió con la voz de Kenobi.

—[Galen, acabo de hablar con Anakin.

El niño está en estado crítico, necesita apoyo médico urgente.

¿Cómo está la situación allí abajo?] —preguntó Obi-Wan entre el estruendo de las explosiones de fondo.

—Es bueno escucharlo, Maestro.

Tuvimos complicaciones imprevistas, pero el área es segura.

El Maestro Anakin puede regresar sin problemas…

Más importante aún: he confirmado quién está detrás del secuestro —respondí, ajustando la frecuencia del escáner.

—[¿Lo has descubierto?

¿De quién se trata?] Apunté el sensor del holopad hacia la figura de Ventress.

Los clones ya la habían envuelto en tantas correas y esposas de energía que apenas se le distinguía el rostro.

—Nos topamos con la asesina personal de Dooku.

Ella dirigía el asedio.

Mis sospechas eran ciertas: los Separatistas han orquestado todo esto para culparnos ante los Hutt —sentencié.

—[¿¡Qué!?

Espera…

¿cómo es que ella acabó en ese estado?

¿Tú la derrotaste…?] —Obi-Wan soltó una carcajada de pura incredulidad—.

[Hahaha~ Definitivamente, cada momento que pasa me sorprendes más, mi Padawan.] —Ya hablaremos de los detalles después, Maestro.

Por ahora, dígale a Skywalker que se dirija hacia aquí.

Puedo estabilizar al niño con la Fuerza, pero necesito equipo diagnóstico para un tratamiento real.

—[Entendido.

Informaré a Anakin.

Mantén tu posición, me dirijo hacia allá.

Asegurad a Ventress…

esto es un logro inmenso, Gal—.] La conexión se cortó bruscamente cuando una formación de cazas droide picó sobre nuestra posición, obligando a las naves de Kenobi a maniobrar.

—(Bueno, no es como si pudiera asegurarla más de lo que ya está…

Ahora mismo parece una momia)— pensé, mirando el bulto inconsciente.

Mi comunicador volvió a vibrar.

Esta vez era Anakin.

—[¡Marek, dime que estás libre!] —su voz sonaba agitada—.

[Ahsoka y yo conseguimos una nave chatarra, pero la pequeña oruga empeora por momentos.

No sé si soportará el salto al hiperespacio.

¿Hay alguna forma de que abordes con nosotros antes de partir?

Te envío mi ubicación.] —Descuide, Maestro Skywalker.

Justo estoy viendo pasar mi transporte por aquí…

Espérenme un poco, cambio y fuera.

A unos cientos de metros, un escuadrón de droides en speeders STAP se dirigía hacia el monasterio para intentar un último contraataque.

—Prepárese, Capitán Rex, tenemos compañía —le dije, ajustando mi agarre—.

Yo iré a ayudar al General.

El Maestro Kenobi llegará en cualquier momento para relevarlos.

Sin esperar respuesta, eché a correr hacia el borde del patio.

Con un salto potenciado por la Fuerza que cubrió veinte metros de vacío, caí justo en medio de la formación de speeders.

En un parpadeo de luz azul, corté a los droides escolta y me hice con los mandos de uno de los vehículos, dándole la vuelta en el aire.

En ese instante, vi la lanzadera de Obi-Wan aterrizar pesadamente en el patio.

El Maestro saltó de la rampa y corrió hacia Rex, pero se detuvo en seco al verme alejarme a toda velocidad en un transporte enemigo.

—¡Oye, Galen!

¿A dónde vas?

¿Dónde está el niño?

—gritó Kenobi, desconcertado.

—¡Voy a curar al hijo de Jabba!

¡Skywalker tiene una nave lista!

—le grité de vuelta por encima del rugido del motor.

—¡Espera, hijo!

¡Debemos reagruparnos!

¿Dónde está Anakin?

—¡No hay tiempo, Maestro!

¡Despegamos hacia Tatooine!

¡Nos vemos allí!

—hice una maniobra evasiva mientras señalaba hacia el bulto que los clones custodiaban—.

¡Por cierto, Ventress acaba de despertar!

¡Asegúrela bien, es un gran logro, haha!

¡Adiós!

Apenas terminé de gritar mi advertencia, vi a Kenobi girar sobre sus talones con una expresión de alarma pura.

Solo tuvo tiempo de ver una mancha oscura liberándose de las ataduras con una agilidad desesperada: Ventress, despojada de sus sables y de su orgullo, corría hacia las sombras del monasterio buscando una ruta de escape.

Obi-Wan intercambió una mirada de resignación irónica con Rex antes de emprender la persecución.

—(Suspiro).

Definitivamente, parece que he adoptado a otro niño problema —murmuró Kenobi para sí mismo, aunque había un deje de orgullo en su voz mientras desaparecía tras la Sith.

…

Cuando alcancé las coordenadas marcadas por Anakin, la nave chatarra ya estaba despegando, levantando una densa nube de polvo y hojas secas.

No esperé a que se detuvieran; aceleré el speeder STAP al máximo y salté directamente hacia la compuerta de carga que aún permanecía entreabierta.

Ahsoka fue la primera en recibirme.

Corrió hacia mí cargando una mochila de la que asomaba una criatura…

francamente difícil de mirar.

Era una especie de oruga babosa con ojos desproporcionados que emitía gemidos lastimeros.

—¡Galen!

¡Por favor, revísalo!

No sabemos qué le ocurre, está ardiendo en fiebre —exclamó Ahsoka.

Su voz temblaba; incluso en medio de una guerra, su empatía seguía siendo su rasgo más luminoso.

—Tranquila, Ahsoka.

Déjame ver al pequeño —dije, tratando de transmitirle calma mientras le daba un suave apretón en el hombro—.

Sin equipo médico es difícil dar un diagnóstico preciso, pero puedo estabilizarlo mediante la Fuerza.

Tendrá que aguantar hasta que lleguemos al palacio de Jabba.

Tomé a la pequeña criatura en mis brazos.

Cerré los ojos y dejé que la energía fluyera, envolviendo su pequeño y frágil sistema inmunológico para frenar la infección.

—Bien, es un alivio que lo lograras —intervino Anakin desde la cabina, ajustando los controles—.

Planeábamos abordar un crucero Jedi si no aparecías en un minuto…

¡R2, programa la navicomputadora para un salto a Tatooine!

El pequeño droide respondió con un pitido afirmativo y comenzó a procesar las coordenadas.

Tras unos minutos de examen silencioso, identifiqué el problema.

—Ahsoka, creo que ya sé qué tiene este pequeño.

¿Podrías llevarlo a la cabina médica?

Estas naves de carga suelen tener un kit de primeros auxilios básico.

Solo sigue las instrucciones del holograma médico y adminístrale el supresor que te indique.

—¿Y ya está?

¿Eso era todo?

—ella soltó un suspiro de alivio, abrazando la mochila con más cuidado—.

Al menos ya no estás en peligro, pequeño verde.

En cuanto Ahsoka se retiró, Anakin se volvió hacia mí con una sonrisa algo incómoda.

—Lo siento, te hice cruzar medio campo de batalla para algo que parece que Ahsoka podía manejar con un manual…

¿Cómo terminaron las cosas por allá?

—Descuide, Maestro.

Ya habíamos limpiado el área cuando llamó.

Pero…

hay algo que debe saber.

Asajj Ventress apareció poco después de que ustedes bajaran al nivel inferior —informé con seriedad.

—¡¿Ventress?!

¿La asesina de Dooku?

—el tono de Anakin cambió instantáneamente.

—Sí.

Logré derribarla y capturarla, aunque sospecho que no por mucho tiempo con mi Maestro allí —añadí con una mueca—.

Si ella estaba dirigiendo el asedio, significa que todo esto fue una trampa de los Separatistas desde el principio.

Anakin apretó su mano mecánica con tanta fuerza que el metal crujió.

Su mirada se llenó de un odio antiguo; después de todo, fue el amo de esa asesina quien le arrebató el brazo.

—¡Dooku!

Ese malnacido siempre encuentra la forma de meterse en nuestro camino…

Ugh.

—Suspiró, tratando de recuperar el control—.

No te preocupes porque haya escapado.

Hiciste un trabajo increíble, Galen.

Ventress le ha causado problemas a maestros veteranos, yo incluido…

El hecho de que la dominaras es impresionante.

Eres una caja de soppresas; pareces tener más trucos de los que muestras.

Skywalker me observó con un ojo inquisidor, tratando de descifrar cómo un Padawan “ordinario” pudo vencer a la aprendiz de un Sith.

—Haha~ me da demasiado crédito, Maestro Anakin.

Simplemente aproveché sus errores.

La hice enfadar y ella dejó que sus emociones nublaran su técnica.

Me subestimó por ser un niño…

y esa fue su perdición.

Anakin asintió lentamente, como si estuviera proyectando la secuencia del combate en su mente.

Aún parecía albergar dudas sobre cómo un aprendiz pudo someter a Ventress, así que solté una tos seca para romper su concentración.

—Ejem.

Dejando mis métodos de lado, Maestro…

debe entender por qué le informo esto ahora.

Es casi seguro que nos aguarda una emboscada en cuanto entremos en la atmósfera de Tatooine —advertí.

—Lo entiendo perfectamente —respondió Anakin, recuperando su tono de mando—.

Pero no tenemos alternativa.

El ciclo planetario de Jabba está por expirar…

Solo nos queda lanzarnos de cabeza, ser extremadamente cautelosos y estar preparados para lo que sea.

Asentí en silencio, aunque no pude evitar pensar que, de una forma u otra, terminaríamos metidos en un lío monumental.

El “Elegido” parecía tener un imán gravitatorio para la mala fortuna.

Ahsoka regresó a la cabina poco después, con un semblante mucho más relajado.

—Pues tenías razón, oh gran sabio médico: el pequeño ya se encuentra mejor.

Vivirás para apestar otro día, renacuajo —bromeó ella, mirando la mochila.

—Es un alivio.

Ahora, Tatooine no está lejos y necesito que esta chatarra aguante el descenso en óptimas condiciones —Anakin se frotó las manos, echando un vistazo a los paneles desvencijados—.

Galen, ayúdame con las reparaciones.

He oído que te defiendes bien con la mecánica.

—Me defiendo un poco~ —respondí con modestia.

—¿”Un poco”?

—Ahsoka soltó una carcajada burlona—.

Maestro, no le crea.

Si él se “defiende”, el resto de nosotros somos analfabetos técnicos.

Galen construyó a Bee a los cinco años.

—¿Bee?

—preguntó Anakin, con la curiosidad de un ingeniero despertando.

—Es mi droide explorador, Maestro.

Bueno, es de Galen, pero él me lo confió la noche en que nos conocimos.

—¿Tú lo construiste, muchacho?

—Anakin me miró con un respeto renovado.

—Solo lo reconstruí a partir de chatarra.

En aquel entonces mi nivel no daba para más —admití.

—Haha, ¿y ahora sí?

—Anakin sonrió de lado, con un brillo competitivo en los ojos—.

Yo también construí a C-3PO cuando era un niño.

Se lo di a la Senadora Amidala como un…

símbolo de nuestra amistad.

Ahsoka hizo un puchero al verse excluida de la charla técnica.

—Vaya, pues parece que tienen mucho en común —bufó ella con sarcasmo—.

Tal vez deberían encerrarse un día entero a hablar de “cosas de nerds”.

¡Vamos a la cabina, apestoso!

Dejemos que los mecánicos sigan con su romance con las tuercas.

Anakin y yo intercambiamos una sonrisa cómplice.

Pasamos el resto del trayecto ajustando válvulas de presión y reforzando los circuitos de la nave mientras compartíamos anécdotas sobre nuestros droides.

Gracias a eso, el viaje se sintió mucho más corto de lo que realmente fue.

De pronto, el torbellino azul del hiperespacio se desvaneció, dejando paso a la negrura salpicada de estrellas y, frente a nosotros, a un gigantesco y abrasador planeta de arena.

—Tatooine…

—susurró Anakin.

Pronunció el nombre con una voz tétrica, cargada de una amargura tan densa que el aire en la cabina pareció enfriarse de golpe.

Ahsoka, distraída con el pequeño Hutt, no pareció notarlo.

—Wow…

Este fue su hogar, ¿no, Maestro?

¿Cómo era la vida aquí?

—preguntó ella con genuina curiosidad.

Me situé detrás de Anakin y levanté la mano a la altura del mentón, agitándola frenéticamente de lado a lado para que Ahsoka me viera.

—(¡Cállate!

¡No entres ahí!)— le indiqué con gestos mudos.

Ahsoka captó mi señal y guardó silencio, esperando la respuesta de su Maestro.

—Heh…

Sí, mi hogar…

Este infierno…

—murmuró Anakin.

Sentí cómo la temperatura emocional de la nave caía en picado.

La voz de Anakin bajó varios tonos, volviéndose sombría, casi peligrosa.

—(Ahsokaaaa…

este lugar no es bueno para él.

Tengo que hablar seriamente con ella después)— pensé, sintiendo la tensión en la Fuerza.

Por suerte, el trance duró poco.

Anakin soltó un suspiro pesado y volvió a centrarse en los controles, aunque sus ojos seguían fijos en la superficie desértica con un odio mal disimulado.

—No es un lugar al que podrías llamar hogar, Ahsoka.

R2, prepárate para cualquier contingencia.

No pierdas tiempo con los escudos; asegúrate de que los cañones funcionen perfectamente.

—¿Sin escudos, Maestro?

¿No será eso demasiado arriesgado?

—preguntó Ahsoka, aferrándose al respaldo del asiento.

—Mi Padawan, yo sostengo que a veces la mejor defensa es una ofensiva abrumadora —replicó Anakin con esa confianza ciega que lo caracterizaba.

—Pues espero que su teoría sea sólida, Maestro Skywalker, porque está a punto de ponerla a prueba.

Dos naves enemigas a las seis…

—advertí, pero no alcancé a terminar la frase.

El carguero se sacudió violentamente bajo un impacto directo.

El chirrido del metal desgarrándose en la parte baja de la nave nos indicó que esos malditos ya habían encontrado un punto débil.

—¡MAESTRO!

—gritó Ahsoka, con el corazón en la mano.

En ese momento de caos, el comunicador se activó, proyectando la figura de Kenobi justo cuando la Padawan se disponía a recriminar a su Maestro.

—[Anakin, ¿cuál es el informe?

¿Habéis logrado llevar al niño a salvo a Tatooine?] —preguntó Obi-Wan, ajeno al fuego cruzado.

—Bueno, ahora no es el mejor momento, Obi-Wan…

—respondió Anakin, luchando con los mandos—.

Acabamos de entrar en el sistema y nos han recibido con una emboscada de bienvenida.

—[Por Dios, Anakin…

¿ya te están disparando otra vez?

Aún estoy limpiando el desastre que dejaste en el monasterio.

En cuanto termine aquí, viajaré hacia allá.

Cambio y fuera].

—Bueno, despedíos de los refuerzos, chicos.

Tendremos que hacerlo a nuestra manera —sentenció Anakin, virando bruscamente para evitar otro impacto.

—Ahora sí suena bien la idea de los escudos traseros, ¿cierto, Maestro?

“A veces una buena defensa es la mejor ofensa” —se burló Ahsoka, devolviéndole sus propias palabras.

—¡Ahora no, Ahsoka!

—rugió él.

Mientras el par discutía, me giré hacia R2-D2, que se deslizaba por el suelo de la cabina debido a las maniobras evasivas.

Lo sujeté para estabilizarlo y le hablé con urgencia.

—Artu, parece que nuestros cañones están fijados hacia el frente…

¿Serías capaz de rotar el eje de fuego?

Pásame los controles manuales en cuanto lo logres.

Anakin logró destruir a uno de los perseguidores tras una serie de maniobras que desafiaban la inercia, y yo me encargué del segundo gracias a la asistencia del droide.

El espacio volvió a quedar en silencio, pero la nave echaba humo por todas partes.

—¿Qué opinas, Ahsoka?

¿No es mejor ir a la ofensiva?

—preguntó Anakin, tratando de recuperar su orgullo.

—Sigo pensando que mi idea nos habría ahorrado un agujero en el casco —replicó ella.

La nave comenzó a vibrar violentamente al entrar en contacto con las capas superiores de la atmósfera.

—Lo que yo pienso es que deberíamos prepararnos para un aterrizaje…

interesante —comenté, ajustando mi cinturón.

—¡Los choques son sacudidos!

¡Los aterrizajes no!

—exclamó Ahsoka, alarmada.

—¡Pues esto será un choque forzoso!

—sentenció Anakin.

Tenía razón.

El impacto contra las dunas de arena fue brutal.

El golpe me envió volando hacia el frente, pero logré envolver mi cuerpo en una burbuja de la Fuerza para amortiguar el latigazo.

Cuando el polvo se asentó y logramos restablecernos, Ahsoka abrió la compuerta de carga.

Fuimos recibidos por una bofetada de calor seco y kilómetros de arena ardiente bajo los soles gemelos.

Sentí cómo el aire abrasador me quemaba los pulmones con cada inhalación.

—El palacio de Jabba se encuentra a veinticuatro kilómetros en esa dirección —Anakin señaló hacia el horizonte infinito.

—Bueno…

¿qué estamos esperando entonces?

—Ahsoka se echó la mochila al hombro—.

Andando, pequeño apestoso.

—Te entiendo, Artu…

yo también odio el calor —le susurré al droide mientras avanzaba con dificultad—.

Te prometo que limpiaré tus circuitos en cuanto salgamos de este desierto.

R2 soltó un pitido de agradecimiento y comenzó a rodar por la arena.

Caminamos durante horas bajo un sol implacable que parecía querer fundir nuestras túnicas.

Durante todo el trayecto, Ahsoka intentó sacarle información a Anakin sobre su pasado en este planeta, sin notar que cada pregunta era como una estocada para él.

Al atardecer, mientras pasábamos junto al esqueleto colosal de un Dragón Krayt, Ahsoka se detuvo a observar la larga sombra que proyectaba sobre la arena y volvió a la carga.

—El Maestro Yoda tiene un dicho: “Los viejos pecados proyectan largas sombras”.

¿Acaso hiciste algo que no debías aquí y por eso no quieres hablar de tu pasado, Maestro?

Me quedé helado.

El silencio que siguió fue tan pesado que el viento del desierto pareció detenerse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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