Un viaje a Star Wars - Capítulo 20
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20: Encuentro con el Sith 4 20: Encuentro con el Sith 4 Anakin fue disminuyendo gradualmente su andar hasta que se frenó en seco.
No podíamos ver su expresión, pero la Fuerza me permitió asomarme al torbellino que rugía en su interior: vergüenza, amargura, una tristeza infinita y…
un destello de placer culposo que lo devoraba por dentro.
Tatooine no era solo el lugar donde Anakin había vivido encadenado.
Aquí también había cometido el acto de barbarie más grande de su existencia.
El recuerdo de lo que le hizo a aquella aldea de Moradores de las Arenas, tras descubrir el cadáver torturado de su madre, palpitaba en su mente como una herida abierta.
Hombres, mujeres, niños…
El Elegido no había dejado a nadie con vida aquel día.
Lo que más lo atormentaba no era solo el pecado, sino el hecho de que, en el clímax de su furia, lo había disfrutado.
Algo esencial se rompió dentro de Anakin ese día.
Una grieta que el Consejo no veía, pero que yo podía sentir.
Antes de que esa oscuridad terminara de asfixiarlo, decidí intervenir.
—Es el esqueleto de un Dragón de Krayt —solté, rompiendo el silencio como quien lanza una piedra a un pozo.
—¿Eh?
—exclamaron Anakin y Ahsoka al unísono, descolocados.
—Sus sombras son grandes porque es el esqueleto de un Dragón de Krayt —repetí con calma.
—Lo sé, pero yo no me refería a la biología, Galen…
—protestó Ahsoka.
Le corté la frase antes de que pudiera volver al tema peligroso.
—Son bestias magníficas.
Pueden vivir más de cien años y alcanzar los cuarenta y cinco metros de longitud.
Son criaturas tan famosas que incluso los antiguos Jedi nombraron una de sus artes como “El Camino del Dragón de Krayt”.
Actualmente, esa técnica se conoce como la Forma V: el Shien o Djem So…
La forma de la perseverancia.
Anakin se giró lentamente hacia mí, sorprendido.
Bajó la mirada hacia su propio sable de luz; a pesar de ser un maestro absoluto de la Quinta Forma, no parecía conocer ese nombre ancestral ni su conexión con el desierto que tanto odiaba.
—Bueno…
ese es un dato curioso que no conocía —admitió Anakin, su voz recuperando algo de estabilidad—.
Pero Galen…
¿tú qué crees que quiere decir el Maestro Yoda con ese dicho?
—preguntó Ahsoka, insistente.
—Puede entenderse como: “Tu pasado afectará negativamente tu futuro si tú lo permites” —respondí, caminando hacia ellos—.
Pero también me gusta verlo de otra forma: “Aquel que no puede aceptarse a sí mismo, está destinado a fracasar”.
—¿Haaah?
¿Qué tiene que ver eso con lo que dijo Yoda?
—Ahsoka frunció el ceño.
—Tiene todo que ver.
Tal como dice el Maestro, tus pecados forman parte de ti; alargan tu sombra o se convierten en tu oscuridad.
Pero tus acciones pasadas no tienen por qué encadenar tu futuro…
si no les das ese poder.
El Código nos diría: “Desapégate de tu pasado, déjalo ir, eres un Jedi”.
Nos pide que ignoremos esas emociones para que no nublen nuestro juicio.
Anakin cerró los ojos, meditando en silencio mientras reanudábamos la marcha.
Esa era la doctrina de Obi-Wan, la que escuchaba todos los días.
Pero Ahsoka me miró, instándome a continuar; sabía que yo tenía algo más que decir.
—Aunque…
mi forma de pensar se desvía un poco de lo establecido —añadí, mirando hacia los soles que se hundían en el horizonte—.
Creo que es irresponsable simplemente “desapegarse”.
El pasado no puede alterarse, pero ignorarlo es como poner una venda sobre una amputación y fingir que el miembro sigue ahí.
En mi caso, no renegaré de mis errores.
Los aceptaré, lloraré por ellos y me arrepentiré.
Pero también aprenderé.
Sabré en qué fallé e intentaré mejorar mis carencias.
Recurriré a mi pasado para buscar consejo y no repetir las acciones que me causaron dolor.
Mejoraré como Jedi…
y como persona.
O algo así, supongo.
Bajé un poco el tono al final, tratando de que mis palabras no sonaran demasiado extremas o heréticas, sino como los pensamientos sinceros y algo erráticos de un Padawan que intenta entender su lugar en la galaxia.
—Tú…
Haha~ —Anakin soltó una risa corta, cargada de nostalgia—.
Hablas igual que el viejo Maestro Qui-Gon.
Qui-Gon Jinn era el Maestro de Obi-Wan.
Él debería haber sido mi Maestro originalmente, pero falleció hace ya algunos años…
Lo que acabas de decir suena a algo que perfectamente podría haber salido de su boca.
Pero un consejo: no menciones esas ideas frente al Consejo si quieres llegar a ser Caballero algún día, hahaha.
Parecía que mis palabras habían logrado despejar las nubes en su mente.
Su risa sonaba sincera; recordar al hombre que lo rescató de la esclavitud siempre lograba mejorar su semblante.
Si mis ideas servían para que él pudiera procesar su futuro con menos amargura, me daba por satisfecho.
—Mmmm…
bueno, no es una idea que pueda descartar como errónea —intervino Ahsoka, pensativa—.
Al final, tratas de no volver a cometer los mismos errores, lo cual es una buena acción alineada con el Lado Luminoso.
Pero no es exactamente la enseñanza tradicional, así que…
no sé qué pensar.
La Padawan le estaba dando demasiadas vueltas al asunto, buscando una respuesta de manual donde no la había.
—Entonces, ¿no estaría bien aceptar que ambas visiones pueden ser correctas?
—sugerí con una sonrisa—.
No todo en la galaxia tiene que ser blanco o negro, Ahsoka.
—Esa es una forma de verlo…
supongo que está bien.
¿Usted qué opina, Maestro?
Skywalker miró a su aprendiz con una media sonrisa y un brillo de complicidad en los ojos.
—Eso también funciona para mí, jaja.
…
Poco después de nuestra charla poco ortodoxa, sentí una pequeña sacudida en la Fuerza que se fue acrecentando hasta convertirse en una presión pesada y asfixiante.
—(Con que así se siente el Lado Oscuro de verdad…)—.
El sentimiento que tuve con Ventress no tenía punto de comparación; ella, al final, no era más que una asesina entrenada.
Esto era distinto.
Era la presencia de Dooku, una sombra elegante pero gélida que parecía estarse expandiendo por las dunas, sondeándonos.
—(¡Ja!
Como si fuera a dejar que entres en mi cabeza, anciano)—.
—Maestro Skywalker, parece que ya nos han descubierto —dije, deteniéndome y mirando hacia las dunas más altas.
—Lo sé…
es él.
Reconocería esta presencia en cualquier rincón de la galaxia: Dooku.
Pero me sorprende que tú también lo hayas notado tan rápido, Galen.
Ahsoka giraba la cabeza de un lado a otro, confundida por nuestra repentina seriedad.
—¿De qué están hablando?
No me dejen fuera de esto.
—También deberías poder sentirlo.
Concéntrate en tu entorno, Ahsoka.
Siente a través de la Fuerza —le indiqué.
La niña cerró los ojos y meditó durante un instante, solo para fruncir el ceño con una mueca de puro desagrado.
—¿Qué es esto?
Se siente…
repugnante.
—Así se siente el Lado Oscuro, Ahsoka —sentenció Anakin, cuya mano ya descansaba sobre el pomo de su sable de luz.
—No podremos proteger al niño mientras nos enfrentamos al Conde —analicé rápidamente—.
Alguien debe llevarlo al Palacio de Jabba mientras los demás ganamos tiempo.
—Oye, alto, alto.
“Los demás” me suena a mucha gente —intervino Anakin, deteniéndonos con un gesto firme—.
Tú y Ahsoka llevaréis al niño al palacio mientras yo me quedo aquí para interceptarlo.
Dooku no es Ventress, Galen.
Esta vez no puedes ayudarme.
—¿¡Quedarte solo!?
De ninguna manera, Maestro —protestó Ahsoka de inmediato—.
¡Yo pelearé a tu lado!
—¡Ahora no, Sabionda!
—rugió Anakin—.
Debemos separarnos.
Dooku no tardará en llegar y si nos encuentra a todos juntos, la misión fracasará.
Yo me encargaré de él; ustedes cumplan con su deber y asegúrense de que ese niño llegue vivo a los brazos de Jabba.
¡Es una orden!
—¿Y quién se encargará de cuidarte a ti, Maestro?
—exclamó Ahsoka, plantándole cara—.
¡Yo me quedaré aquí, yo puedo ayudar!
—¡Eres una Padawan, Ahsoka!
No lo olvides —rugió Anakin, señalándola con el dedo—.
En esta guerra, te guste o no, eres un soldado.
Y los soldados deben acatar órdenes…
La misión está primero.
—¡Pues usted no es precisamente el mejor ejemplo de acatar…!
Maestro y alumna continuaron su disputa, pero yo ya no los escuchaba.
Me concentré en la mancha de oscuridad que se desplazaba por el desierto.
Dooku se movía con una velocidad antinatural; debía de estar usando un speeder.
Pero lo que realmente me preocupaba no era el Conde.
—(No viene solo…
Hay cuatro más.
Fríos, mecánicos, letales)—.
Los únicos droides capaces de escoltar a un Lord Sith y mantener su ritmo en estas condiciones eran los Magnaguardias IG-100.
Los mismos que protegían a Grievous.
—Creo que existe un malentendido, General Skywalker —intervine, elevando la voz lo justo para cortar su discusión—.
Nunca dije que me quedaría para ayudarlo contra Dooku…
Lamentablemente, estaré ocupado con otra cosa.
Al parecer, el ex Maestro Jedi viene con compañía.
Anakin frunció el ceño, deteniéndose en seco.
—¿A qué te refieres?
Solo lo siento a él…
Se dirige hacia aquí a toda velocidad.
—Eso es porque quienes lo siguen no son seres orgánicos.
El Conde está siendo escoltado por cuatro droides.
Se mueven en perfecta formación detrás de él.
—¿Qué?
—Anakin me miró con una mezcla de duda y asombro—.
¿Eres capaz de sentir la firma estática de unos droides a esta distancia?
¿Cómo…?
Ahsoka, viendo que la conversación técnica nos distraía, estalló.
—¡Eso no es importante ahora!
Si lo que dice Galen es cierto, solo podrían ser Magnaguardias.
Ningún otro modelo resistiría este clima…
¡Y son cuatro!
Fueron creados para enfrentar Jedis.
Es una razón más que suficiente para no separarnos.
—(Un momento…)— entrecerré los ojos.
La presencia de Dooku seguía avanzando, pero las cuatro firmas mecánicas se habían detenido de golpe tras una duna masiva.
—(Están preparando una pinza.
Quieren interceptar a quien intente flanquearlos)—.
—Lamentablemente, yo sí pienso que debemos dividirnos —sentencié—.
Los Magnaguardias se han detenido unos kilómetros más adelante.
Han adivinado que intentaremos un rodeo y esperan para interceptar a quien lleve al niño.
Alguien debe enfrentar a Dooku aquí, otro debe actuar como cebo para los droides, y el último debe llevar al niño por la ruta segura.
—¡Ja!
Solo son unos estúpidos droides —bufó Ahsoka, encendiendo su sable—.
Soy más que capaz de…
—¡AHSOKA!
Por primera vez desde que comenzó nuestro viaje, dejé de lado mi actitud relajada.
Mi voz sonó como un latigazo, cargada de una seriedad que heló el aire entre nosotros.
La Togruta tensó los músculos, retrocediendo un paso, visiblemente asustada por el cambio en mi aura.
Incluso Anakin pareció descolocado; empezó a mirar hacia los lados, fingiendo que inspeccionaba el horizonte para no intervenir.
—Debes recordar cuál es nuestra misión aquí —le dije, mirándola fijamente a los ojos—.
Estoy seguro de que habrá tiempo para demostrar tu valor y que mereces este puesto más que nadie.
Pero ahora, nuestra prioridad es la vida del chico.
Debemos llevarlo sano y salvo con su padre, y eso significa alejarlo del peligro, por mínimo que sea.
Hice una pausa para que mis palabras calaran.
—Si puedes asegurarme, con total confianza, que eres capaz de proteger al niño mientras luchas contra cuatro máquinas diseñadas específicamente para matarnos…
entonces no nos separaremos.
Ahsoka vaciló.
Miró a Anakin buscando apoyo, pero su Maestro seguía “muy interesado” en una formación rocosa lejana.
Finalmente, bajó la cabeza y soltó un suspiro de derrota.
—No…
sería irresponsable de mi parte afirmar eso —admitió con desgana—.
Seguiremos adelante con tu plan.
Se echó la mochila al hombro y, sin mirar atrás, comenzó a avanzar junto a R2-D2 hacia la ruta lateral.
Me giré hacia Skywalker.
Me observaba con una expresión que era una mezcla de sorpresa y un extraño tipo de respeto.
—Lo lamento, Maestro Skywalker.
No le consultamos antes de decidir actuar por nuestra cuenta…
¿usted qué opina?
—pregunte, recuperando mi tono calmado tras el “latigazo” a Ahsoka.
—¿E-eh?
Ah, yo…
ejem —Anakin se aclaro la garganta, tratando de recuperar la compostura—.
Estoy de acuerdo.
Solo no me grites a mí también, por favor.
Continúa con lo que estabas pensando, yo tenía una idea similar después de todo.
Y…
luego debes enseñarme cómo hiciste eso.
A mí esa Sabionda nunca me hace caso.
Nos reímos un breve instante, aliviando la tensión, y luego continue mi camino.
Debía adelantarme para interceptar a los Magnaguardias y despejar el camino de Ahsoka.
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