Un viaje a Star Wars - Capítulo 21
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21: Encuentro con el Sith 5 21: Encuentro con el Sith 5 POV: ANAKIN —Lo lamento, Maestro Skywalker.
No le consultamos antes de decidir actuar por nuestra cuenta…
¿usted qué opina?
—preguntó Galen, recuperando su tono calmado tras el “latigazo” a Ahsoka.
—¿E-eh?
Ah, yo…
ejem —me aclaré la garganta, tratando de recuperar la compostura—.
Estoy de acuerdo.
Solo no me grites a mí también, por favor.
Continúa con lo que estabas pensando, yo tenía una idea similar después de todo.
Y…
luego debes enseñarme cómo hiciste eso.
A mí esa Sabionda nunca me hace caso.
Nos reímos un breve instante, aliviando la tensión, y luego vi a Galen partir.
Debía adelantarse para interceptar a los Magnaguardias y despejar el camino de Ahsoka.
Me quedé solo en la inmensidad de las dunas, esperando a que la sombra se materializara.
Me alejé en dirección opuesta, dejando que mi presencia en la Fuerza brillara como un faro.
Quería que Dooku centrara toda su atención en mí.
No tuvo que pasar mucho tiempo antes de que su speeder cortara el horizonte, levantando una estela de arena fina.
Se detuvo a unos metros, bajando del vehículo con esa arrogancia aristocrática que tanto detestaba.
—¿Dónde está el Hutt, Skywalker?
Entrégamelo y te dejaré ir en paz —sentenció Dooku.
Sin esperar respuesta, desató una tormenta de rayos Sith.
Sus dedos eran como cables de alta tensión escupiendo odio azulado.
Reaccioné por instinto, encendiendo mi sable y bloqueando la descarga.
Ya no era el novato de Geonosis; esta vez, mi defensa era de granito.
—¿Por qué no vienes a buscarlo?
—le espeté.
Los tres llevábamos mochilas idénticas, pero en la mía y en la de Galen solo había piedras.
Era Ahsoka quien cargaba el verdadero peso de la misión.
Por supuesto, Dooku no lo sabía.
—Tan arrogante como siempre.
Solo eres un niño que no conoce la vastedad del universo —dijo, saltando hacia mí.
Su sable carmesí bajó con una elegancia letal.
Dooku era un maestro del Makashi; sus estocadas fluían buscando los huecos más ínfimos en mi guardia.
Para contrarrestarlo, empecé a mezclar los movimientos acrobáticos del Ataru con la potencia bruta de mi Shien, intentando que mis ataques fueran tan erráticos como potentes.
—¡Solo saltas como un mono!
—se burló, desviando un tajo ascendente—.
Debes sentirte cómodo aquí…
este es tu planeta natal, ¿cierto?
Puedo sentir las emociones que este lugar desprende de ti…
Enojo, amargura, arrepentimiento, sufrimiento e ira.
Odias este sitio.
Me parece adecuado…
después de todo, ¡no eres más que un esclavo!
—¡CÁLLATE!
—rugí.
Odiaba cómo podía leerme.
Sus palabras se sentían como dedos fríos hurgando en mis heridas abiertas.
Mi ira empezó a hervir, nublando mi visión.
Usé la Fuerza para lanzar una ráfaga de arena hacia sus ojos, pero él reaccionó con la velocidad de un rayo, devolviéndome el impacto y haciéndome rodar por la duna.
—Patético…
Te dejas dominar por la ira, pero lo haces de la forma incorrecta —Dooku caminaba hacia mí con paso lento—.
Deberías probar el Lado Oscuro; siempre creí que te adaptarías mejor a él.
Dime, Anakin Skywalker, ¿qué fue lo que hiciste aquí que te atormenta tanto?
Me levanté rápidamente para contraatacar, pero él anticipó mi movimiento.
Antes de que pudiera girarme, su sable de luz partió mi mochila en dos.
Sentí el calor del plasma quemando la piel de mi espalda.
—Asesino…
—susurró él al ver que solo caían piedras de la mochila rota.
—¡¡NOOOO!!
—grité, retrocediendo.
(¡N-no!
Ellos se lo merecían…
mataron a mi madre…
Pero yo sé que estuvo mal.
Mi ira cayó sobre los inocentes).
Las sombras de mi pasado se alargaron de golpe, amenazando con asfixiarme.
Pero entonces, recordé la voz de Galen bajo el esqueleto del dragón: “No es una venda sobre una amputación…
Aceptaré mis errores, me arrepentiré y aprenderé de ellos para mejorar”.
Inspiré el aire ardiente de Tatooine.
—(No soy un monstruo.
Cometí un acto terrible, pero puedo ser mejor.
No dejaré que este anciano use mi culpa como una cadena)—.
Enderecé mi postura y me preparé para enfrentarme a ese anciano una vez más.
Mis músculos protestaban y el costado me ardía, pero al menos la bruma en mi mente se había disipado.
Las palabras de Galen habían actuado como un ancla, impidiendo que Dooku me arrastrara al abismo de mi propia culpa.
—Hump.
No sé qué ha ocurrido para que pongas esa cara de suficiencia ahora —siseó Dooku, ajustando el agarre en su empuñadura curva—.
Pero no importa.
No tienes al hijo de Jabba contigo; una traición esperable de un Jedi: sacrificar la misión para salvar el pellejo.
Aunque siento lástima por ti, tengo un seguro…
Mis guardias se encargarán de asesinar al niño y, de paso, a tu pobre Padawan.
—Hahaha~ ¡pobre de ti, Dooku!
—le devolví el desprecio con una sonrisa desafiante—.
Las cosas no saldrán como esperas.
Ahsoka no es ninguna tonta, y ya nos encargamos de que alguien se ocupe de tus estúpidas chatarras de lujo.
—¡Ja!
¿A quién te refieres?
¿A tu patético droide astromecánico?
No hay nada que puedas hacer, Skywalker.
Ambos morirán bajo el sol de este desierto —sentenció el Conde con una frialdad absoluta.
—¿Eh?
—me quedé helado.
Lo que dijo el Conde me tomó por sorpresa.
Por un segundo, creí haber escuchado mal.
—(¿Él no sabe nada de Galen?
Eso es imposible…)—.
Galen estaba a menos de tres metros de mí cuando sentimos el sondeo de Dooku.
Estaba allí mismo, hablando, respirando, emanando su presencia.
—(¿Cómo es que un Lord Sith pudo pasar por alto a un Padawan con ese nivel de poder?
¿Qué clase de truco está usando ese niño?)—.
Ese segundo de duda fue mi error.
Un error fatal.
—¡No deberías distraerte en una batalla contra mí!
—rugió Dooku.
—¡AGHH!
Fui un estúpido.
Bajé mi defensa una fracción de segundo y no logré imprimir la fuerza necesaria en el brazo con el que me cubría.
Dooku aprovechó la palanca de su sable curvo y empujó mi propia hoja contra mí.
El plasma azul cortó mi túnica y me abrió un surco abrasador en el costado del torso.
Fue un toque leve, apenas una caricia de luz, pero el dolor fue un estallido blanco que me nubló los sentidos.
Caí de rodillas sobre la arena ardiente, jadeando, mientras el mundo daba vueltas.
Dooku, el depredador perfecto, no iba a desperdiciar esta oportunidad.
—Eres un tonto, Skywalker.
Prepárate para perderlo todo —declaró con una voz carente de emoción.
Su espada láser carmesí comenzó el descenso final hacia mi cabeza.
En ese instante, el tiempo pareció detenerse.
Sentí el calor del arma de Dooku acercándose…
y entonces, sentí otra cosa.
Una vibración eléctrica en la Fuerza, un estallido de energía dorada que venía de la dirección donde estaban los Magnaguardias.
POV: GALEN El familiar sonido de un sable de luz cortando el acero reforzado hizo eco en mis oídos por cuarta vez.
—(Suspiro).
Ese ha sido el último…
No era tonto; se dio cuenta de mi estrategia y logró entretenerme más de lo esperado —murmuré, desactivando mis hojas de plasma.
Había logrado interceptar a las chatarras de lujo mientras se dirigían hacia el desfiladero que llevaba al palacio de Jabba.
Siempre me había preguntado cómo, en la historia original, sabían exactamente por dónde pasaría Ahsoka, considerando que hay cuatro rutas distintas hacia las entradas del complejo.
Pero aquí, yo era la variable que no esperaban.
Los Magnaguardias no detectaron mi presencia hasta que fue demasiado tarde.
Los esperé oculto tras un afloramiento rocoso; salté frente a ellos derribando al líder de un solo tajo y luego arrojé mis sables en un arco perfecto, cercenando los motores de los speeders de los otros tres.
Después de eso, fue una cuestión de técnica sobre fuerza bruta.
Solo tuve que añadir fintas a mis movimientos: fingía un ataque a un punto vital de su armadura y, cuando ellos movían sus electrolanzas para bloquear, usaba la Fuerza para alterar la trayectoria de mi sable en el último milisegundo.
En lugar de chocar contra las puntas electromagnéticas —lo único capaz de detener un sable de luz—, mi hoja cortaba el centro del bastón, dejando a los droides con dos pedazos de chatarra inútil en las manos.
El último droide pareció aprender de sus compañeros caídos y logró bloquearme un par de veces, prediciendo mis fintas.
Pero cometió un error fatal: olvidó que mi arma podía dividirse en dos.
Mientras bloqueaba mi mano derecha, la izquierda ya le había atravesado el procesador central.
—Pero tal vez me he exigido demasiado, haha…
—me apoyé un momento en mis rodillas, sintiendo el sudor frío recorrer mi nuca—.
Me siento algo agitado…
y tengo que volver.
Ya.
Había tenido un mal presentimiento punzante desde que me separé de Anakin.
Se supone que, según lo que recordaba, él debía ser capaz de mantener a raya a Dooku y llegar a tiempo para ayudar a Ahsoka.
Pero no podía darme el lujo de confiar en el guion de una película que ya estaba empezando a desmoronarse.
—(Mi simple presencia ya ha cambiado demasiadas cosas.
Si Anakin cae aquí…
la historia se acaba antes de empezar)—.
Ignorando el cansancio y el calor asfixiante, me impulsé con la Fuerza.
Cada salto cubría decenas de metros sobre las dunas.
Tenía que llegar a la posición de Skywalker.
En la distancia, el choque de los sables azul y rojo iluminaba el atardecer como relámpagos en una tormenta de arena.
Y lo que vi a través de la Fuerza me heló la sangre: la firma de Anakin estaba parpadeando, debilitándose.
Dooku lo tenía donde quería.
Accioné el acelerador del speeder que había dejado intacto, lanzándome en dirección a la posición de Anakin.
De repente, una sacudida violenta en la Fuerza me golpeó el pecho: era la ira de Skywalker, roja y descontrolada.
—(El muy pendejo se está dejando llevar por sus emociones…
Será mejor que me apresure)—.
No me faltaba razón.
Por suerte, no estaba lejos y el motor del vehículo aullaba a su máxima potencia.
Llegué justo en el momento en que Dooku, con una frialdad aristocrática, se burlaba de la supuesta soledad de Anakin.
—¡Ja!
¿A quién te refieres?
¿A tu patético droide?
No hay nada que puedas hacer, Skywalker.
Ambos morirán —sentenció el Conde.
Anakin vaciló, su mente se llenó de confusión al notar que Dooku ignoraba por completo mi existencia.
—(¡Ups!
Me olvidé de avisarle que impedí que el viejo me notara)— pensé, viendo cómo Dooku aprovechaba la distracción para herir a Anakin en el costado.
—¿En qué estás pensando?
No deberías distraerte en una batalla conmigo —rugió el Sith.
—¡AGHH!
—Anakin cayó de rodillas, con el torso quemado.
—Eres un tonto, Skywalker.
Prepárate para perderlo todo.
—(Nonononono.
Lo siento, viejito, pero Anakin es el Elegido y no puedo permitir que su contrato se rescinda antes de tiempo)—.
Me puse manos a la obra en un parpadeo.
Extendí mi mano izquierda y, concentrando mi voluntad como un muro invisible, detuve el avance del sable carmesí de Dooku justo antes de que tocara el cuello de Anakin.
Solo fue un milisegundo de parálisis, pero fue suficiente para que Skywalker rodara por la arena, fuera de peligro.
—¿¡Qué!?
¿Quién…?
—Dooku comenzó a girar, pero no le di tiempo.
Con mi mano libre, invoqué un torrente masivo de arena.
El desierto respondió a mi llamado, levantando una cortina cegadora en un radio de veinte metros que nos envolvió a todos.
—(Esto evitará que me vea llegar)—.
Ajusté mi postura, apreté el agarre de mi sable y, con un impulso potenciado por la Fuerza, salté hacia el corazón de la tormenta.
Cubrí los cuarenta metros de distancia en un pestañeo; la percepción del tiempo se dilató mientras giraba en el aire para imprimirle la máxima inercia a mi tajo descendente.
Iba a por su cuello.
Estaba seguro de que no me había detectado.
Lo había estado sondeando y solo sentía en él incertidumbre.
Pero, de pronto, la realidad se torció.
En el último microsegundo, su sable carmesí apareció frente al mío.
Su brazo se movió a una velocidad que desafiaba la lógica biológica, en un ángulo imposible.
Cuando nuestras hojas chocaron, esperé que la fuerza de mi impacto lo hiciera retroceder, que su propia arma golpeara su hombro por la inercia.
Sin embargo, lo que sentí fue aterrador.
Toda la energía detrás de mi ataque simplemente se…
drenó.
Fue como golpear un colchón inmenso y suave que absorbía cada joule de mi fuerza.
El impulso cinético se desvaneció en el aire, dejándome en un punto muerto frente a sus ojos gélidos.
—(No sé qué acaba de pasar, pero no puedo detenerme)—.
El bloqueo duró un suspiro.
Antes de que él pudiera contraatacar, giré mi cuerpo en el aire y lancé una patada de barrido hacia sus pies.
Pero Dooku, como si pudiera leer mis nervios antes de que enviaran la señal a mis músculos, dio un salto acrobático hacia atrás, saliendo de la nube de arena y aterrizando con una gracia impecable a varios metros de distancia.
Allí estaba él, de pie bajo los soles gemelos, observándome con una mezcla de curiosidad académica y una amenaza mortal.
Había subestimado al Conde.
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