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Un viaje a Star Wars - Capítulo 24

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24: Enfrentamiento en Toydaria 2 24: Enfrentamiento en Toydaria 2 POV: GALEN Pude reencontrarme con la Maestra Billaba antes de partir.

Tuve suerte de verla; realmente no estoy seguro de en qué momento cronológico toma a Caleb Dume como aprendiz —sé que fue tras recuperarse de las heridas de Grievous en Haruun Kal—, pero la continuidad en Star Wars a veces es un rompecabezas imposible.

—Bien, espero que no se quite esa pulsera —murmuré mientras caminaba hacia los hangares—.

Si funciona como la diseñé, debería protegerla de las heridas que le causaría el “droide de las pajas”.

Es una contramedida por si no llego a evitar esa batalla a tiempo.

Ahora debía concentrarme en lo que tenía delante.

Hoy acompañaría al Maestro Yoda al sistema Toydaria para abrir negociaciones en una de sus lunas.

Negociaciones que, según mis recuerdos, serían interrumpidas por una emboscada.

Seremos atacados apenas salgamos del hiperespacio; es inevitable.

Lo bueno es que, con Yoda a bordo, las bajas deberían ser mínimas o nulas.

—(A quien debo prestar atención es a Ventress.

Ella estará allí, y aunque no recuerdo que se enfrentara a Yoda en la serie, quién sabe qué podría pasar ahora.

También será una buena oportunidad para ver si Dooku le mencionó algo sobre mí…)—.

Llegué a la bahía del hangar y vi la pequeña figura verde esperándome junto a la rampa de una fragata clase Consular.

—Veinte minutos tarde de la hora acordada llega usted, joven Padawan —reprochó Yoda suavemente, apoyándose en su bastón.

—Ah, sí, lo siento, Maestro.

Al parecer algo que comí me cayó mal anoche, por lo que me encontraba ocupado cagand…

—General, señor —un Teniente Clon me interrumpió justo a tiempo, salvando la decencia de la conversación—.

Los preparativos están listos.

Podemos partir en cualquier momento…

¿Ya llegó el Jedi que esperábamos?

Yoda negó con una sonrisa burlona y nos instó a abordar.

—Así es, Teniente.

Al Padawan Marek esperando estábamos.

Abordemos rápidamente; a la luna Rugosa del sistema Toydaria nos dirigiremos.

El viaje fue corto.

No muchas horas después, me citaron a la cabina de mando.

Estábamos a pocos minutos de salir del hiperespacio.

La puerta metálica se deslizó automáticamente al llegar y vi a Yoda observando el torbellino azul del hiperespacio.

—A tiempo has llegado esta vez, joven Galen —comentó sin girarse.

—Bueno, parece una misión importante.

Hay que ser responsables —respondí, colocándome a su lado.

El anciano asintió con esa serenidad que te hace sentir que sabe lo que vas a decir antes de que lo pienses.

Me aclaré la garganta y miré al oficial al mando.

—Almirante, ¿podría hacerle una sugerencia?

Algo me dice que sería prudente activar los escudos antes de salir al espacio de Toydaria.

El Almirante clon me miró con una ceja alzada y clara sospecha.

—¿Por qué sugeriría algo así, chico?

Nuestras reservas de energía deben conservarse para imprevistos.

Activarlos “porque sí” no sería prudente.

—Digamos que soy algo perceptivo ante las malas situaciones —insistí, cruzándome de brazos—.

Es solo una corazonada; llámelo un mal presentimiento.

Pero definitivamente creo que deberíamos salir con los escudos en alto y los sistemas de armas preparados.

El Almirante aplanó su expresión, como si pensara: “¿Derrochar energía solo por un mal presentimiento?”.

Pero el Maestro Yoda me dirigió una mirada curiosa durante un par de segundos y luego giró hacia el oficial.

—Escuchar a nuestro Padawan debería, Almirante…

Las malas corazonadas Jedi, lamentablemente, suelen cumplirse.

Y un niño bastante sensible a ellas parece que tenemos con nosotros, juju~ —rio Yoda entre dientes.

—Si esa es su orden, Gran General, lo haré…

Pero tiene razón en algo: es difícil comprender a un Jedi —respondió el Almirante, aún con dudas.

Dio la orden justo a tiempo.

En el momento exacto en que salimos del hiperespacio, el espacio se iluminó con el fuego de dos cruceros separatistas que nos estaban interceptando.

El impacto inicial sacudió la fragata, pero los escudos absorbieron el golpe que, de otro modo, nos habría desintegrado.

Los pilotos clon comenzaron de inmediato las maniobras evasivas entre ráfagas de turboláser.

—¡Señor, es una emboscada!

¡Debemos sacarlo de aquí rápidamente!

—exclamó el Almirante sobre el sonido de las alarmas.

Yoda negó con la cabeza, imperturbable.

—En una trampa hemos caído.

Retirarse ustedes deben.

En esa luna mi misión está; allí presentes debemos estar nosotros.

Acompañé al Maestro hacia las cápsulas de escape mientras tres soldados clon se nos unían en la carrera por los pasillos inclinados.

—¿¡En una cápsula!?

—gritó el Almirante por el comunicador—.

¡No podrán aterrizar!

¡Dispararán a todo lo que se mueva!

—Lanzarlas todas, entonces, debemos…

Confío en nuestras probabilidades —sentenció Yoda.

Nos apiñamos en una sola cápsula.

Al momento del lanzamiento, accionamos las otras cuatro de forma simultánea para crear señuelos.

El caos de disparos y explosiones rodeó nuestra caída, pero tal como predijo el viejo Maestro, ningún disparo directo impactó en nuestro transporte.

—Hemos salido de su alcance, señor.

La puntería de estas hojalatas es tan mala como recordaba —comentó el Teniente Clon mientras la cápsula vibraba al entrar en la atmósfera.

—Tal vez eso cierto sea…

pero prepararnos debemos.

Hacia una trampa más nos dirigimos; otra emboscada nos espera al aterrizar —advirtió Yoda.

—Una perturbación en la Fuerza viene desde esa luna…

—añadí, cerrando los ojos para sintonizar con el entorno—.

El Maestro tiene razón; definitivamente nos están esperando.

Y no es para darnos la bienvenida.

Los clones se miraron entre sí.

Nuestras palabras deben sonarles a chino cuando no pueden sentir lo que nosotros sentimos, pero su profesionalismo es impecable: simplemente prepararon sus blásters.

Poco después, nuestra cápsula atravesó el espeso follaje de coral de Rugosa y se estrelló contra la superficie con un impacto seco.

Descendimos al terreno pantanoso y el Maestro Yoda le pidió al teniente que estableciera contacto con el Rey de Toydaria.

—[¿Si?

¿Con quién tengo el placer?] —la voz de Katuunko surgió del holoproyector.

—El Maestro Jedi Yoda solicita una conversación con usted, señor —anunció el Teniente.

El ancianito verde se acercó a la luz azulada del holograma.

—[Gran Maestro Yoda, qué alegría me da ver que se encuentra bien.

Sinceramente creí que no vendría] —dijo el Rey con alivio.

—Retrasado estoy, mas no muy lejos me encuentro.

Un aterrizaje algo forzoso hemos tenido, sí…

Pero no esperaba que el Conde Dooku a nuestra reunión invitado estaría…

—lanzó Yoda, con ese tono que mezcla sabiduría y reproche.

—[El Conde se invitó solo…] —se disculpó Katuunko—.

[Me asegura que, en estos tiempos de guerra, sus droides serán más eficientes que los Jedi de la República para defender mi mundo].

—Mh, eso definitivamente debatirse podría —respondió Yoda, con esa calma que solo dan novecientos años de experiencia.

En ese momento, la voz sibilante de una mujer se unió a la transmisión.

—[Pues tal vez eso podría arreglarse…

Si el Maestro Yoda es tan buen Jedi como dicen, que lo pruebe…] —desafió Ventress desde el holograma.

Tras descubrir la presencia de la asesina, el Gran Maestro aceptó la apuesta: si Yoda derrotaba a las tropas de Ventress, Toydaria se uniría a la República.

Si fallaba, el Rey Katuunko consideraría la oferta de la Confederación.

El Rey insistió en una batalla justa, algo que Ventress aceptó con una sonrisa depredadora.

—(Confiar en la palabra de un usuario del lado oscuro es algo que solo un tonto haría.

Suspiro.

Pero el Maestro lo sabe mejor que nadie…)—.

—Si el Gran Rey de Toydaria la entereza de los Jedi desea probar, un gran día para eso es…

—Yoda hizo una pausa dramática y me miró de reojo—.

A un pequeño Padawan traje hoy conmigo; un aprendiz en entrenamiento.

Estoy seguro de que sus habilidades lo sorprenderán, Majestad.

La señorita Ventress lo conoce también; después de todo, tienen algo de “relación” el uno con el otro, juju~.

Ventress pareció congelarse al oír aquello.

El Maestro Yoda inclinó el holoproyector hacia mí y yo, sin saber muy bien qué hacer ante la mirada asesina que atravesaba la luz azul, simplemente levanté la mano y saludé tímidamente.

—[¿¡!?

¡GALEN MAREEEEEK!—] —el grito de Ventress fue tan agudo que distorsionó el audio del holograma.

—(Súper…

Le moví el cerebro)—.

El viejo Maestro cortó la transmisión justo en medio del arranque de furia de la asesina y giró hacia mí con una sonrisa traviesa.

—Hehe~ tu presencia gratificante para ella parece ser.

Una buena relación parecen tener.

—Por favor, no bromee así, Maestro…

—solté un suspiro, frotándome la nuca—.

Ahora en serio querrá matarme.

¿Realmente está bien provocarlos así?

Disparé una sonrisa nerviosa.

El odio que emanaba esa mujer a través de la comunicación era casi tangible.

Según mis recuerdos, Ventress no pretendía jugar limpio; enviaría tanques AAT y escuadrones de droides para emboscarnos.

Pero ahora, con el incentivo de mi cabeza en una bandeja, lo más probable es que ella misma bajara al barro para buscarme.

—Preocuparte por eso no debes…

—me tranquilizó Yoda—.

La aprendiz de Dooku inexperta en sus emociones parece ser.

Esto una ventaja podría darnos.

Ahora, despojarse de todo su peso extra deben.

Ligeros viajaremos.

—(Así que usa la palabra “aprendiz”, ¿eh?

Sabe perfectamente quién es ella)— pensé—.

Haha~ qué cruel es conmigo, Maestro.

Me quejé un poco entre risas, aunque yo solo cargaba mi sable de luz.

Los clones, en cambio, nos miraban con total confusión mientras empezábamos a caminar en la dirección “equivocada”.

—Ehhh…

General, Comandante…

el punto de encuentro es hacia allá —indicó el Teniente, señalando el horizonte.

—Sí, al igual que nuestro enemigo, Teniente —respondí, ajustándome el cinturón—.

Dirigirnos hacia ellos por el frente sería un suicidio logístico.

—Juju~ si esta misión completar para el anochecer queremos, un camino recto no seguiremos, amigos míos —añadió Yoda.

El Teniente se rascó el casco, resignado a la lógica Jedi, e instó a sus hombres a seguirnos.

Poco tiempo después, nos internamos en un denso bosque de corales gigantes.

El sonido metálico de los motores de los tanques AAT empezó a retumbar en la distancia; los droides estaban abriendo fuego a ciegas contra la maleza, intentando localizarnos por fuerza bruta.

Todavía estábamos lejos, pero la cacería había comenzado oficialmente.

Los soldados clon estaban visiblemente tensos; sus dedos no se separaban del gatillo ante el menor crujido de la vegetación de coral.

—(No los culpo…

¿Cinco contra diez mil?

Definitivamente no es una situación ventajosa en los papeles)— pensé, ajustando el agarre de mi sable.

—Descuiden…

—les dije en voz baja—, estamos fuera del alcance de sus tanques y seguirá siendo así por un largo tiempo.

Uno de los soldados ajustó su visor hacia el frente.

A lo lejos, el estruendo de los motores AAT se veía interrumpido por el chirrido del metal contra el coral.

Las máquinas de la Confederación eran demasiado grandes para maniobrar entre los densos y resistentes árboles de Rugosa; sus disparos impactaban contra las ramas mucho antes de acercarse a nosotros.

—No pueden avanzar…

—observó el soldado, casi con alivio.

—Ufufu~ ¿ven, ven, ven?

Seguros estamos —rio Yoda, saltando sobre una raíz—.

Pequeños y pocos seremos, pero en mente los superamos…

El tamaño no lo es todo, jujuju~.

¡Andando!

Avanzamos sorteando los corales durante un tiempo más, hasta que un clon divisó a dos patrullas de droides patrullando la zona baja.

Nos advirtió de inmediato con una señal de mano.

—Jmm…

parece que se acabó el sigilo —comenté.

—Rodearlos hay que…

los emboscaremos —ordenó Yoda.

Nos dividimos en dos grupos: los clones se posicionaron en los flancos para cubrir las rutas de escape, mientras Yoda y yo nos lanzábamos al centro.

El Maestro Yoda atrajo toda la atención moviéndose como un borrón verde entre las ramas superiores, provocando que los droides abrieran fuego al aire de forma caótica.

Aprovechando que las hojalatas ignoraban mi presencia por completo, salté desde una plataforma de coral justo en medio de su formación.

—¿Eh?

¿Eran dos?

—preguntó un droide B1, girando su cabeza metálica.

—Eres un tonto, te dije que debíamos revisar los sensores —le respondió su compañero.

Mientras ellos perdían el tiempo echándose la culpa, encendí mi sable y, usando un tirón de la Fuerza, los atraje violentamente hacia mí.

Cuando estuvieron a un par de metros, di un giro de 360 grados; una línea de plasma azul los cortó a todos por la mitad de un solo tajo.

Yoda aterrizó a mi lado con gracia y asintió, guardando su sable.

—Mh, gran control de la Fuerza tienes.

Un buen uso le estás dando.

—Muchas gracias, Maestro.

Solo me pregunto…

¿por qué su formación era un círculo perfecto?

¿Y escuchó su discusión?

—solté una pequeña carcajada—.

En serio, me pregunto quién programa a estos tipos.

El Gran Maestro simplemente se encogió de hombros con una sonrisa pícara, como diciendo: “El universo es un misterio”.

Poco después nos reunimos con los clones, quienes habían despachado a un pequeño escuadrón de superdroides B2 que intentaba flanquearlos.

—Muchas gracias por la ayuda, señor.

Creí que no llegarían a tiempo —dijo el Teniente—.

Pero me temo que hemos delatado nuestra posición.

Lo siento.

En ese instante, el zumbido de tres droidekas (rodantes) se escuchó acercándose a toda velocidad.

—¡Oh, no!

¡Rodantes!

¡A cubierto!

—gritó un soldado.

—Paciencia, mi amigo.

Yo los cubriré…

—dijo Yoda con calma.

El anciano saltó sobre unas rocas y comenzó a desviar los disparos de energía con una velocidad cegadora.

Mientras él mantenía su atención, yo arrojé mis sables hacia las bases de los corales gigantes que flanqueaban el camino.

El plasma cortó el material orgánico y los pesados árboles cayeron sobre los droidekas antes de que pudieran ajustar sus escudos, aplastándolos y bloqueando el sendero por completo.

—Haha, los Jedi pueden ser raros, pero definitivamente son increíbles —comentó un soldado, bajando su arma.

El comunicador del Teniente clon comenzó a sonar entonces.

Yoda, con una agilidad sorprendente, saltó sobre la mochila del soldado para responder mientras la figura del Rey Katuunko se proyectaba en azul.

—[Maestro Yoda, ¿se encuentra bien?

Me informan que está teniendo algunas…

complicaciones] —dijo el Rey, con tono preocupado.

—¿Complicaciones?

No sé de qué me habla, Su Majestad, juju~ —respondió Yoda con total tranquilidad—.

Estaremos allí pronto, antes del anochecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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