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Un viaje a Star Wars - Capítulo 25

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  3. Capítulo 25 - 25 Enfrentamiento en Toydaria 3
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25: Enfrentamiento en Toydaria 3 25: Enfrentamiento en Toydaria 3 La transmisión se movió bruscamente y la imagen del Rey Katuunko se desvaneció en estática.

—Alguien parece no estar muy contenta con nuestro avance, Gran Maestro —comenté, guardando el comunicador.

Avanzamos un poco más hasta llegar a un cañón que nos separaba de nuestro destino final.

Buscamos una pequeña cueva para descansar y reagruparnos.

Allí, el Maestro Yoda aprovechó el silencio para darles a los clones una lección sobre su propia identidad; les explicó que, aunque compartieran el mismo rostro, en la Fuerza cada uno era una chispa única y distinta.

Fue un momento necesario para subirles la moral.

Descansamos por casi una hora, hasta que el suelo empezó a vibrar.

El estruendo metálico de los tanques droides retumbaba bajo nosotros; habían liberado el bloqueo del camino más rápido de lo que mis cálculos originales sugerían.

—Bueno, parece que se acabó el descanso, muchachos…

Hora de volver a la batalla —anuncié, poniéndome en pie y estirando los músculos.

Salimos al pequeño precipicio que daba al fondo del cañón.

La vista era desalentadora para cualquier mente normal.

—¡E-ellos son demasiados!

—exclamó un soldado clon, cuya confianza recién recuperada se esfumaba ante la visión de seis escuadrones enteros y media docena de tanques blindados (AAT) desplegados en el valle.

—Su confianza, tal vez dirás, jaja —intervine con una sonrisa calmada—.

Chicos, un buen liderazgo infunde confianza en aquellos a quienes se dirige.

¿Ustedes qué piensan?

¿Hemos sido buenos apoyos hasta ahora?

Por favor…

no se preocupen.

Confíen.

—Mmm…

mejores palabras no podría haber elegido yo —añadió Yoda, mirándome con aprobación—.

Joven Galen, ¿listo estás?

Descenderemos ahora.

—¡Listo!

—respondí.

—¡A-alto!

¿Qué no ven la cantidad de hojalatas que hay allí abajo?

—gritó el Teniente Clon, alarmado—.

¡No podrán con ellos ustedes solos!

—Haha…

tal vez tengas razón —dije, justo antes de lanzarme al vacío—.

Pero el punto es que no estamos solos.

¿O sí?

El Maestro Yoda y yo saltamos simultáneamente.

Caímos como dos meteoros, aterrizando con suavidad justo frente a la vanguardia enemiga.

Miles de blásters y los cañones pesados de los tanques nos apuntaron de inmediato.

Un droide con marcas amarillas de comandante sacó su comunicador.

—Líder Suprema, hemos encontrado al pequeño Jedi verde.

Se encuentra aquí sentado frente a nuestros tanques…

junto a un chico humano que nos está saludando.

—[¿¡Y qué están esperando!?] —la voz de Ventress rugió por el altavoz, cargada de odio—.

[¡Abran fuego, háganlos pedazos!] —Yo tomaré la parte trasera, Maestro —le dije a Yoda.

—Con los de enfrente me quedaré entonces —asintió el anciano.

Justo cuando terminamos de hablar, el valle se iluminó con fuego de plasma.

De un solo salto, esquivé la primera ráfaga y me propulsé por encima de sus cabezas hacia la retaguardia.

Aterricé sobre la cúpula de un tanque AAT y, con un movimiento fluido de mi sable, cercené la punta del cañón principal.

Cuando el tanque intentó disparar un milisegundo después, el hierro fundido por mi hoja taponó la salida.

El proyectil implosionó dentro de la recámara, destrozando el tanque desde su interior.

Aproveché la onda expansiva para impulsarme hacia el siguiente objetivo y repetí el proceso, convirtiendo otra máquina de guerra en chatarra humeante.

Para el último tanque, que se encontraba demasiado lejos, me dio pereza saltar.

Simplemente extendí la mano e imaginé una garra gigante cerrándose sobre el acero.

Usando un agarre de la Fuerza, aplasté el cañón hasta que la tubería se volvió tan delgada como una lámina de papel.

El tanque intentó abrir fuego y, tal como esperaba, estalló al instante.

—Los pilotos son bastante tontos —murmuré, viendo el tercer hongo de fuego elevarse hacia el cielo de Rugosa—.

Realmente deberían instalar sensores de obstrucción en estas cosas.

—¡Ay, mamá!

—gritó un droide mientras veía cómo desguazaba a su compañero.

—No tenemos mamá, pero te entiendo…

—respondió otro justo antes de ser alcanzado por un rebote.

—¿¡Qué hacen!?

¡Dispárenle!

—ordenó el líder del escuadrón.

—Hahahaha~ —me reía sinceramente, de todo corazón.

Estos droides siempre fueron mis favoritos de la saga; son tan absurdamente humanos en su estupidez que resulta imposible no divertirse con ellos.

Salté de cabeza en cabeza con la fluidez de un acróbata, decapitándolos conforme avanzaba.

Bloqueaba y redirigía sus disparos con movimientos económicos, casi perezosos.

Al bajar al suelo tras acabar con el último de ese grupo, giré lentamente hacia el último escuadrón que quedaba en pie…

pero no recibí disparos.

—¿?

—me quedé confundido por un segundo.

Los droides se estaban empujando entre sí.

“Ve tú”, “No, ve tú”, “Eres el nuevo, te toca”, “Tú eres el líder, deberías ir tú”.

Al final, empujaron al frente a un droide con marcas azules de capitán.

Me miró tímidamente, moviendo su cabeza metálica de un lado a otro antes de hablar.

—Emmm…

señor…

Yo, quiero decir, ellos…

Bueno, nosotros…

queríamos preguntarle si podría dejarnos ir.

¡A fin de cuentas ya hemos perdido!

Y viendo sus grandiosas habilidades, no tenemos ninguna oportunidad de vencer…

así que, ¿qué dice?

—preguntó el capitán, frotándose las manos y agachándose un poco en un gesto de súplica robótica.

Me quedé embobado, procesando lo que acababa de oír.

No sé qué cara habré puesto, pero la situación superó mi resistencia y estallé en carcajadas.

—¡Jajajajajaja!

tos, tos ¡Ay!

—Me dio un calambre en la quijada de tanto reír.

—Jejeje~ sí…

¿es una buena oferta, verdad?

Jaja…

¿entonces?

—insistió el capitán droide.

—B-bueno, si prometen no volver a atacarnos, no tengo ningún problema en dejar que se vayan…

—dije, tratando de recuperar el aliento.

De reojo, vi a los droides de atrás apretar sus puños metálicos en señal de victoria, mientras otros se tapaban la “boca” simulando una risa silenciosa.

—(¿…?

No me digas que…)—.

Sabía que esto era demasiado bueno para ser cierto, pero quería ver hasta dónde llegaba la broma.

—¿¡Eso es en serio!?

Genial.

Le aseguro que no se arrepentirá, señor —concluyó el capitán.

Mentira.

No habían soltado sus blásters en ningún momento.

—Está bien, los dejaré entonces.

Les deseo suerte en su regreso —dije, dándoles la espalda con una tranquilidad fingida.

Caminé en dirección opuesta, hacia donde el Maestro Yoda seguía despachando a los últimos rezagados de la vanguardia.

Esperé el momento exacto.

—Sí, señor Jedi…

Espero que con esto entienda que algunos droides somos inteligentes y que…

¡¡no se debe confiar en nosotros!!

—gritó el capitán.

Apenas terminó la frase, una lluvia de disparos de plasma cayó sobre mi espalda a quemarropa.

Varios dieron en el blanco perfectamente, levantando una nube de humo y polvo que me cubrió por completo.

—¡Jajajaja!

¡Eso te enseñará a no confiarte!

¿Lo ven, muchachos?

La mayoría dimos en el blanco.

¡Derrotamos a un Jedi!

—celebró el capitán—.

Ahora volveremos como héroes y seremos ascendidos, jeje~.

Tenía razón en algo: su táctica habría funcionado con cualquier Padawan ingenuo.

No sabía que su programación incluía este tipo de “guerra psicológica barata”.

Desgraciadamente para ellos, yo ya venía con el escudo activado.

Justo antes de que dispararan, recubrí mi espalda con una capa delgada pero increíblemente densa de la Fuerza.

Los disparos standard de los B1 no tenían la potencia necesaria para penetrarla; simplemente fueron absorbidos por la energía cinética del escudo.

Giré mi cuerpo lentamente mientras oía a las hojalatas celebrar entre ellas.

Por un momento, una parte de mí deseó que su petición hubiera sido real; habría sido una anécdota increíble para contar en el Templo.

Agité mi brazo para disipar la cortina de humo frente a mí mientras soltaba una risa suave, casi de decepción.

—Haha…

Sí.

Eso definitivamente podría haber funcionado con alguien menos astuto —dije, apareciendo intacto ante sus fotorreceptores.

Todas las risas metálicas se cortaron en seco.

El capitán droide, que estaba de espaldas celebrando, se volteó con un espasmo violento, sus articulaciones chirriaron por la sorpresa.

—¿Q-qué?

Tú…

¿¡Cómo puede ser posible!?

—exclamó, retrocediendo un paso—.

¡Nuestros disparos dieron a quemarropaaaaa!

¡Corran!

El escuadrón entero rompió filas y salió corriendo despavorido en todas direcciones, tropezando con los restos de sus compañeros caídos.

—Lamentablemente, no puedo permitir eso…

—murmuré, extendiendo la mano abierta frente a mí.

Me concentré en el flujo de la Fuerza que rodeaba sus procesadores y, con un giro mental, congelé sus servomotores.

Todos se detuvieron en seco, atrapados en posturas de huida ridículas.

Las quejas no tardaron en llegar: “N-no puedo moverme”, “¡Ay, no…”, “¡Capitán, esto es culpa suya!”.

—(Supongo que la lealtad tampoco viene programada de serie en los B1)— pensé.

Giré mi mano en un círculo lento.

Siguiendo el movimiento como marionetas obedientes, todos los droides giraron sobre sus talones y comenzaron a caminar de vuelta hacia mí en una marcha fúnebre y coordinada.

Me detuve frente al dueño de la brillante idea de la traición y hablé.

—Solo tengo una pregunta…

¿Por qué hacerlo?

De verdad los habría perdonado.

—B-bueno…

no sé…

—respondió el capitán, con su voz metálica temblando—.

Solo se nos ocurrió.

Está en nuestra programación.

Se supone que somos los malos, ¿no?

Observé al droide por un momento.

Su lógica era irrebatible dentro de su propio universo limitado.

—Supongo que tienes razón…

Esperaba algo diferente, pero…

bueno, la realidad con frecuencia es decepcionante —concluí con un suspiro.

Mientras terminaba de hablar, apunté mi dedo índice hacia adelante y el pulgar hacia arriba, dando a mi mano la apariencia de una pistola de juguete.

Lentamente, en un movimiento teatral y pausado, llevé mi mano hacia mi propio mentón, con el índice apuntándome en todo momento.

Siguiendo mi movimiento milímetro a milímetro gracias al agarre de la Fuerza que mantenía sobre sus brazos, todos los droides, empezando por el capitán, comenzaron a apuntar sus blásters hacia sus propios mentones.

—¡Ay, no!

—gritó el capitán.

—¡N-no puedo detenerlo!

—lloriqueó otro.

—¡Mi mano se mueve sola!

—¡Capitán, ¿qué pasa?!

—¡Ahhhhhhhhhhhhh!

—Bang…

—dije suavemente.

Terminé mi movimiento apoyando mi dedo índice en mi mentón y bajé rápidamente el pulgar, haciendo el acto de disparar.

En ese mismo instante, todos los droides repitieron mi acción.

El plasma de sus propios blásters perforó sus cabezas simultáneamente en un “¡CRACK!” coordinado.

Sus cuerpos se desplomaron en el suelo como sacos de chatarra.

—Siempre quise hacer algo así…

—murmuré, bajando la mano—.

Esa escena de la película de Hansel y Gretel me traumó de pequeño.

—(Espero no haberme sobrepasado…)— pensé, mirando la masacre mecánica.

Giré sobre mis talones y me dirigí hacia el Maestro Yoda, quien justo en ese momento estaba decapitando al último droide de la vanguardia con un movimiento acrobático.

—Parece que también terminando ha, joven Marek —comentó Yoda, desactivando su sable con un clic.

—Así es, Gran Maestro.

Luego le contaré los detalles; puede que le parezcan…

interesantes, jaja —respondí, tratando de sonar casual.

Justo cuando llegué a su lado, una tropa entera de más de treinta droidekas llegó a toda velocidad y comenzó a abrir fuego cruzado contra nosotros.

Pero, tal como recordaba que ocurría en la serie, nuestro Teniente Clon se encargó de la situación.

Haciendo gala de una puntería impecable, disparó contra una saliente de coral del cañón, provocando un colapso masivo que aplastó a los rodadores bajo toneladas de escombros orgánicos.

Rápidamente, el Maestro Yoda y yo subimos por la pared del cañón para encontrarnos con nuestros hombres.

—Parece ser que terminando adecuadamente aquí hemos —dijo Yoda, palmeando el casco del Teniente en señal de aprobación.

—Deberíamos apresurarnos…

—advertí, mirando hacia el horizonte—.

Quién sabe qué locura de orden dará el Conde Dooku cuando le lleguen las noticias de que ha perdido la apuesta.

—De acuerdo estoy…

—asintió Yoda.

Había una sombra de dolor en su expresión mientras aceptaba mis palabras.

Debe ser un peso insoportable ser consciente de la profundidad de la oscuridad que ahora habita en quien fue tu aprendiz más brillante.

Recogimos nuestro equipo y partimos a paso ligero hacia el punto de encuentro.

Gracias a que decidimos apurarnos, llegamos justo a tiempo para interceptar la transmisión entre Dooku y el Rey Katuunko.

—¡No negociaré con aquellos que no cumplen su palabra!

—sentenció el Rey con firmeza.

—[Que así sea…] —la voz de Dooku sonó gélida a través del holograma—.

[Tal vez nuestras negociaciones sean más fructíferas…

¡con su sucesor!

¡Ventress, liquídalo!] En un parpadeo, el Maestro Yoda intervino.

Antes de que las hojas carmesí de la asesina pudieran tocar el cuello del Rey, Yoda detuvo sus brazos y sables en el aire usando un agarre de la Fuerza inquebrantable.

Por mi parte, simplemente cerré el puño y aplasté a los dos droides que la escoltaban, convirtiéndolos en cubos de chatarra antes de que pudieran levantar sus blásters.

—Maestro Jedi Yoda…

es un verdadero honor conocerlo al fin —dijo Katuunko, recuperando el aliento.

—Mío el gusto es, Rey Katuunko —respondió el anciano.

Con un empujón brusco, Yoda apartó a Ventress, quien retrocedió varios metros antes de estabilizarse con la gracia de un depredador.

—Parece que Ventress le ha fallado nuevamente, Conde —lanzó Yoda hacia la proyección.

Dooku ignoró por completo a su antiguo Maestro.

Sus ojos, fijos y calculadores, se clavaron en mí.

—[Nos encontramos nuevamente…

¡Galen Marek!

Hahaha] —exclamó el Lord Sith con una sonrisa que no auguraba nada bueno.

Yoda parpadeó, confundido por la fijación del Conde, y giró hacia la asesina para retomar el control de la situación.

—Poderosa en el Lado Oscuro eres, asesina…

Pero no tan poderos…

—¿?

Yoda se interrumpió al notar que él no era el centro de atención.

Ventress lo ignoraba por completo; sus ojos estaban inyectados en sangre y me miraba como si quisiera arrancarme la piel a tiras.

—¡Túuuuuu!

¡Voy a matarteeee!

—rugió ella.

—(…) Nuestro Padawan famoso entre las filas del enemigo es…

—murmuró Yoda, un tanto perplejo.

—Lo siento, pero el Maestro Yoda tiene razón, Asajj —dije, manteniendo la guardia alta—.

No tienes oportunidad contra nosotros.

Considera rendirte.

—¡Cállate!

—Hahahaha…

al parecer también he sido ignorado, Maestro Yoda —intervino Dooku desde el holograma—.

Ventress, ya sabes lo que tienes que hacer.

Y conoces las consecuencias si me fallas…

Vi un rastro de terror genuino cruzar los ojos de la mujer.

Quién sabe qué tormentos le habría infligido Dooku como castigo por su derrota en Teth y por perder sus sables originales.

La agente volvió a mirarme con una convicción desesperada.

—(¡Es cierto!

Ella va a causar un derrumbe para escapar)— recordé de pronto.

—Ventress, no tienes por qué oírlo.

Ven con nosotros…

no podrás huir esta vez —intenté razonar, sabiendo lo que venía.

—¡CÁLLATE!

Asajj accionó un detonador oculto.

Una serie de bombas colocadas en lo alto de los pilares de coral explotaron, haciendo que toneladas de roca y sedimento empezaran a llover sobre nosotros.

Aprovechando mi breve distracción, Ventress soltó un empujón de la Fuerza masivo, alimentado por todo su odio y miedo.

—¡Ugh!

El impacto me envió a volar por los aires.

Sin embargo, estaba preparado.

Usé mi propia telequinesis para estabilizar mi trayectoria en pleno vuelo y, tras una voltereta perfecta, aterricé de pie justo en la orilla del profundo cañón que se abría a mis espaldas.

No tuve tiempo siquiera de levantar el rostro cuando sentí un impacto brutal contra mi pecho.

Antes de poder reaccionar, me di cuenta de la realidad: ¡esta lunática me había tacleado!

—¡Brugh!

—el aire escapó de mis pulmones mientras salíamos despedidos hacia el vacío del cañón.

A duras penas intenté usar la Fuerza para sujetarme de la ladera, buscando cualquier saliente que frenara nuestra caída, pero Ventress no me lo puso fácil.

Levantó su rodilla con fuerza hacia mi entrepierna en un movimiento desesperado.

En puro pánico, la sujeté con mi mano libre.

¡Eso era jugar sucio, incluso para una asesina Sith!

Sentí un pequeño tirón desde arriba, un intento de atraerme de vuelta a la superficie.

Debió ser obra del Maestro Yoda, pero el vínculo desapareció casi al instante.

No lo culpé; se encontraba bloqueando una avalancha masiva sobre el Rey y los clones.

Si perdía la concentración por un segundo, todos serían enterrados vivos.

Mi situación no hacía más que empeorar.

—¿¡Estás loca!?

—le grité, mientras el viento nos azotaba la cara—.

¡Ambos moriremos si no hacemos algo a tiempo!

Su agarre contra mi espalda se apretó hasta el punto de hacerme crujir los huesos.

Lejos de intentar salvarse, sentí cómo usaba la Fuerza para empujarnos hacia abajo, acelerando nuestra caída de forma suicida.

—¡No me importa!

—rugió ella, con la voz distorsionada por la furia—.

¡Si yo me voy, te llevaré conmigo, bastardo!

—(¡Gh!

No tiene caso, no puedo razonar con ella)—.

Sentía su odio como una llamarada fría en el pecho.

No tenía sentido.

En la serie, Ventress se obsesionaba con Anakin y Obi-Wan, pero siempre era una superviviente; nunca habría tirado su vida por la borda así.

—(¿Por qué lo hace?

¿Una simple orden de Dooku fue suficiente para que decidiera suicidarse?

Espera…

¡Dooku!

Ese bastardo tiene que haber hecho algo con su mente)—.

Pero no tenía tiempo para teorías.

Estábamos a segundos de estrellarnos contra el fondo rocoso.

—(Maldición, tengo los brazos bloqueados.

¿Realmente moriré así en el primer capítulo de la serie?…

Espera…

¡Soy un imbécil!)—.

Me di cuenta de mi propio error.

Me había acostumbrado tanto a gesticular con las manos para usar la Fuerza —porque me ayudaba a visualizar el efecto— que había olvidado la regla básica: no necesito las extremidades.

Mi habilidad es prácticamente ilimitada si sé enfocarla.

Miré a Ventress.

Tenía la cabeza hundida contra mi pecho, apretándome con una fuerza sobrenatural mientras nos dirigía hacia la muerte.

—(Ella no necesita saber lo que soy capaz de hacer…

Si juego bien mis cartas, puedo sacar provecho de este desastre)—.

Trazado el plan en un milisegundo, tomé acción.

—¡Eres una tonta!

—exclamé.

Haciendo gala de una fuerza física potenciada por la energía interna, liberé mis brazos del bloqueo.

Envolví su cuerpo con uno y sujeté su cabeza con el otro, protegiéndola contra mi pecho.

—¿Q-qué haces?

—la voz de Ventress sonó amortiguada, perdiendo por primera vez su filo asesino.

Se escuchaba confundida, casi vulnerable.

No le contesté.

El suelo se nos venía encima a una velocidad aterradora.

En el último instante, giré mi cuerpo en el aire de manera que yo quedara debajo, usándome a mí mismo como un escudo humano para recibir el impacto.

—¿Q-qué…?

—fue lo último que alcanzó a decir ella.

Entonces llegó el impacto…

y todo se sumió en la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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