una venganza ineludible - Capítulo 39
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Capítulo 39: imperio Norvik
El norte era distinto a todo.
El aire cortaba la piel. El cielo era gris casi permanente. Y la tierra… dura, implacable.
En el corazón de ese territorio se alzaba una arena de piedra oscura, rodeada por gradas repletas de gente. No era un espectáculo cualquiera. Era una demostración.
De poder.
De control.
De ley.
En lo alto, en el palco principal, estaba Harald Noren. A su lado, su esposa Astrid Noren, de mirada fría y postura firme. Junto a ellos, su hijo Eirik Noren, aún joven pero con una presencia que no pasaba desapercibida, y sus dos hijas menores, observando en silencio.
Abajo, en la arena, dos hombres encadenados apenas podían mantenerse en pie. Frente a ellos, un enorme oso de pelaje oscuro respiraba con pesadez, clavando sus ojos en sus presas.
El público gritaba.
No por justicia.
Por espectáculo.
Harald apoyó una mano firme sobre el hombro de su hijo.
—Escucha, hijo —dijo con voz grave—. Esto es lo que les debe pasar a los que no respetan las leyes.
Eirik no apartó la vista de la arena.
—Sé que no te gusta —continuó Harald—. Pero es así.
Hubo un breve silencio.
Eirik giró apenas el rostro.
—¿Por qué piensas que no me gusta?
Harald lo miró, sorprendido.
—Quiero que al preso más peligroso de aquí lo den de comer al oso —añadió el joven, con una calma inquietante—. Si es que gana esta pelea.
Astrid no reaccionó. Como si ya conociera esa parte de su hijo.
Harald sostuvo la mirada de Eirik unos segundos.
Luego sonrió.
No era una sonrisa cálida.
Era aprobación.
Le hizo una seña a un guardia cercano.
—Hazlo.
El guardia asintió sin dudar y se retiró de inmediato.
Abajo, el combate había comenzado.
Los dos prisioneros intentaban mantenerse juntos, retrocediendo, buscando alguna forma de resistir. Pero el oso no dudó.
Atacó.
El primer hombre cayó casi al instante, derribado por el peso brutal de la bestia. El segundo intentó escapar, pero las cadenas lo frenaron.
Los gritos llenaron la arena.
Del público.
De los hombres.
De la bestia.
El oso terminó con ambos sin apuro, como si supiera que no tenía rival.
La multitud estalló en vítores.
Algunos reían.
Otros gritaban nombres.
Otros simplemente observaban, en silencio.
Eirik no apartó la mirada en ningún momento.
—Débil —murmuró.
Pasaron unos minutos.
El oso seguía en la arena, agitado, manchado.
Entonces, las puertas de hierro se abrieron de nuevo.
El siguiente prisionero fue arrastrado hacia el centro.
Encadenado.
Golpeado.
Sin posibilidad alguna.
Un murmullo recorrió las gradas.
—Ese es —dijo uno de los presentes.
—El que intentó asesinar a la mano derecha del emperador.
El hombre apenas podía mantenerse en pie.
Pero aun así… levantó la cabeza.
Y miró hacia el palco.
Directamente a Harald.
No había súplica en sus ojos.
Solo desafío.
Harald no reaccionó.
Eirik observó con atención.
—Ese sí es interesante —dijo en voz baja.
El guardia soltó al prisionero.
Las cadenas limitaron cada uno de sus movimientos.
El oso lo olfateó.
Un segundo de silencio.
Y luego…
Atacó.
El hombre intentó resistir. Golpeó, esquivó lo que pudo. Pero no había posibilidad real.
La bestia lo superaba en todo.
El final fue rápido.
Brutal.
Definitivo.
La arena volvió a estallar en gritos.
Harald observó en silencio.
Luego miró a su hijo.
—Aprende bien esto, Eirik.
El joven asintió.
Sin emoción.
Sin duda.
—La ley no es solo palabras —continuó Harald—. Es lo que hace que todos recuerden su lugar.
Eirik no apartó la vista del cadáver.
—Lo entiendo.
Y en su mirada… no había miedo.
Había algo peor.
Convicción.
El patio de entrenamiento del norte estaba cubierto por una capa fina de escarcha. El frío no perdonaba a nadie, pero allí nadie se quejaba. El acero chocaba con acero, el aliento se convertía en vapor y cada error se pagaba con dolor.
En el centro del campo, Eirik Noren sostenía una espada con firmeza. Su postura era buena… pero no perfecta. Sus movimientos eran rápidos, aunque todavía rígidos en algunos puntos. Frente a él, su entrenador lo observaba sin intervenir.
—Ataca —ordenó el hombre.
Eirik avanzó sin dudar. Golpeó con precisión, combinando cortes y estocadas. Su técnica no era torpe, pero tenía vacíos. Espacios donde alguien más experimentado podría haberlo derrotado en segundos.
El entrenador bloqueó sin esfuerzo.
—Otra vez.
Eirik repitió.
—Otra vez.
Y otra.
Después de varios intercambios, el entrenador alzó la mano.
—Detente.
Eirik respiraba con fuerza, pero no parecía cansado.
—¿Cuántos años tienes?
El joven lo miró, desconfiado.
—Diecinueve. ¿Por qué?
El entrenador caminó lentamente a su alrededor.
—¿Y hace cuánto entrenas?
—Dieciocho meses.
El hombre soltó una risa corta.
—Se nota.
Eirik frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
El entrenador tomó un escudo del suelo y se lo arrojó. Eirik lo atrapó por reflejo.
—No sabes siquiera luchar con esto.
Eirik lo sostuvo, incómodo.
—No lo necesito.
—Claro que sí —respondió el entrenador con dureza—. Solo un idiota desprecia lo que no entiende.
El silencio se tensó.
Eirik apretó el escudo con fuerza.
—Ten cuidado con lo que dices.
El entrenador no retrocedió.
—¿O qué? —dijo con una leve sonrisa—. ¿Ordenarás que me encierren?
Eirik dio un paso adelante, molesto.
—Vete antes de que lo haga.
El hombre soltó una carcajada abierta.
—No pueden lastimarme por órdenes de un niño caprichoso.
Eirik tensó la mandíbula.
—Eres un…
—Ya que no tienes modales —lo interrumpió el entrenador—, mañana irás a las montañas. Saldrás al amanecer y volverás antes de la noche.
Eirik lo miró como si no hubiera escuchado bien.
—¿Qué?
—Lo que oíste.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Eirik soltó el escudo, dejó caer la espada al suelo con un golpe seco y se dio media vuelta.
—No pierdo tiempo con esto.
Y se fue.
El entrenador no lo detuvo. Solo lo observó alejarse.
—Entonces nunca aprenderás —murmuró.
Una hora después, el viento soplaba más fuerte en las torres del palacio. En una sala privada, Harald Noren estaba de pie frente al entrenador.
El ambiente era frío. No por el clima… sino por la tensión.
—Mi hijo dice que lo amenazaste con mandarlo a las montañas a morir.
La voz de Harald era calmada. Demasiado calmada.
El entrenador no se inclinó. No bajó la mirada.
—No es cierto.
Harald lo observó en silencio.
—A menos —continuó el hombre— que su hijo sea un inepto.
El aire se volvió más pesado.
—Explícate —dijo Harald.
El entrenador dio un paso al frente.
—Su hijo no ha entrenado como debe. Tiene talento, sí. Tiene fuerza. Pero carece de disciplina real.
—Ha estado entrenando —respondió Harald.
—Ha estado practicando —corrigió el hombre—. No es lo mismo.
Harald entrecerró los ojos.
—Cuidado con tus palabras.
Pero el entrenador no se detuvo.
—Lo único que tiene en la vida es un padre poderoso —añadió sin rodeos—. Y eso lo ha protegido de aprender lo que realmente importa.
El silencio fue absoluto.
Cualquier otro habría sido ejecutado por menos.
Pero Harald no habló.
El entrenador continuó.
—No sabe usar escudo. No sabe resistir. No sabe adaptarse. Solo sabe avanzar, como si la fuerza fuera suficiente.
—Es joven —dijo Harald.
—No —respondió el entrenador—. Es tarde.
La frase cayó como un golpe.
—Dieciocho meses es tiempo suficiente para formar una base sólida. Pero él no la tiene. ¿Sabe por qué?
Harald no respondió.
—Porque nadie lo ha obligado a fallar.
El hombre dio un paso más cerca.
—Por eso lo mandé a las montañas. No para que muera… sino para que entienda.
—¿Entienda qué?
—Que el mundo no se adapta a él. Él debe adaptarse al mundo.
Harald lo observó fijamente.
—Y si este imperio —continuó el entrenador— no puede con mi entrenamiento… entonces nunca tendrá guerreros de verdad.
El silencio volvió.
Largo.
Pesado.
Harald caminó lentamente hacia la ventana. Miró el paisaje helado del norte.
Pensó.
Luego habló.
—Mañana al amanecer.
El entrenador no dijo nada.
—Mi hijo irá a las montañas.
El hombre asintió apenas.
—Solo.
Harald giró la cabeza.
—Y volverá antes de la noche.
El entrenador sostuvo su mirada.
—O no volverá.
No fue una amenaza.
Fue una realidad.
Y Harald… no la negó.
La oscuridad todavía dominaba el palacio cuando el golpe de agua helada cayó sobre el rostro de Eirik.
Se incorporó de golpe, jadeando, empapado, el corazón acelerado.
—¿Qué hacés? —escupió, furioso—. ¡Guardias!
El eco de su voz se perdió en la habitación.
Nadie entró.
Parpadeó, desorientado… y entonces lo vio.
El entrenador, de pie frente a él, inmóvil.
Y a su lado… su padre.
Harald Noren.
El rey no mostraba enojo. No mostraba duda.
Solo decisión.
—Hijo —dijo con calma—. Ve a las montañas. Te veo a la noche.
Nada más.
No hubo explicación.
No hubo advertencia.
No hubo orgullo.
Solo una orden.
Harald se dio media vuelta y se retiró.
Eirik se quedó sentado en la cama, respirando fuerte, con el agua fría aún corriendo por su piel.
Miró al entrenador.
—Esto no termina bien para vos.
El hombre no reaccionó.
—En una hora —dijo simplemente—. Afuera.
Y se fue.
Eirik apretó los dientes.
Se levantó.
El frío del suelo le atravesó los pies, pero no le importó. Empezó a moverse con rapidez, buscando su equipo.
Armadura ligera.
Capa gruesa.
Botas reforzadas.
Cinturón con cuchillo.
Espada.
Se detuvo un segundo.
Pensó.
Sonrió levemente.
—Esto va a ser fácil.
Una hora después, salió al patio.
El cielo apenas comenzaba a aclarar.
El entrenador ya estaba ahí.
Eirik avanzó con todo su equipo, firme, preparado.
El hombre lo miró… y negó lentamente.
—¿Qué hacés?
Eirik frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Tanto tardarás para vestirte así?
El tono no era de burla.
Era de desprecio.
—Estoy listo.
—No —respondió el entrenador—. Estás cargado.
Se acercó y golpeó con el dedo el broche dorado de su capa.
—Sacate esas cosas de oro, estúpido.
Eirik dio un paso adelante.
—No te—
—Sin espada.
Silencio.
—¿Qué?
—Solo escudo —continuó el entrenador—. Nada de lanzas. Nada de cuchillos. Nada de comodidades.
Eirik lo miró incrédulo.
—¿Querés que vaya desarmado?
—Quiero que vayas como lo que sos —respondió—. Alguien que todavía no sabe luchar.
La tensión fue inmediata.
Eirik apretó los puños.
Por un segundo… pensó en negarse.
Pero recordó la mirada de su padre.
Sin palabras.
Sin opción.
Lentamente… se quitó la espada.
Luego el cuchillo.
Luego la capa pesada.
Quedó solo con ropa básica… y el escudo.
El entrenador asintió.
—Tu equipo será eso.
Se giró levemente, señalando el norte.
—Ve. Te veo en la noche.
Eirik no respondió.
Simplemente empezó a caminar.
Las montañas del norte no eran un desafío.
Eran un castigo.
El terreno se volvía más duro a cada paso. La nieve cubría partes del camino, el viento golpeaba con fuerza, y el frío… no daba tregua.
Eirik avanzaba con el escudo colgado al brazo.
Al principio, caminaba firme.
Con confianza.
Con orgullo.
Pero a medida que el tiempo pasaba…
El peso del escudo se hacía más evidente.
El frío comenzaba a meterse en los huesos.
El viento cortaba la piel expuesta.
No había comida.
No había descanso real.
Solo avanzar.
El sol empezó a subir… pero no calentaba.
Eirik respiraba más pesado ahora.
Sus botas se hundían en la nieve en algunos tramos.
Resbaló una vez.
Se levantó de inmediato.
—Nada —murmuró—. Esto no es nada.
Siguió.
Horas después…
El cansancio ya no era algo que podía ignorar.
Sus brazos dolían.
Sus piernas pesaban.
Su respiración era irregular.
El hambre apareció.
Primero leve.
Luego constante.
Miró alrededor.
Nada.
Solo roca, nieve y viento.
Intentó recordar cuánto había avanzado.
No lo sabía.
No había marcas.
No había referencia.
Solo el norte.
Al mediodía, el viento se volvió más fuerte.
Tuvo que cubrirse con el escudo en varias ocasiones para no perder el equilibrio.
En un momento, cayó de rodillas.
Respiró hondo.
Se quedó quieto unos segundos.
—Levántate —se dijo—. Levántate.
Y lo hizo.
Pero ya no caminaba igual.
Ahora… avanzaba por obligación.
Pasaron más horas.
El sol comenzó a bajar.
Y entonces lo vio.
Una marca en piedra.
Tallada.
Un símbolo.
Lo reconoció.
El símbolo de Norvik.
Un punto.
Un destino.
Llegó.
Se dejó caer contra la roca.
Respirando con dificultad.
Las manos temblando.
No había orgullo en ese momento.
Solo agotamiento.
Unos hombres salieron de entre las rocas.
No eran soldados comunes.
No llevaban insignias visibles.
Pero su presencia imponía respeto.
Uno de ellos se acercó.
Miró a Eirik.
—¿Él es?
Otro asintió.
—Sí.
Eirik los miró, confundido.
—¿Quiénes son?
No respondieron.
Lo levantaron.
Sin violencia.
Pero sin opción.
Lo llevaron hacia una estructura pequeña, oculta entre las piedras.
Dentro… calor.
Fuego.
Hierro.
Eirik empezó a entender.
—No…
Nadie habló.
Uno de los hombres tomó una barra de metal.
La puso al fuego.
El símbolo de Norvik estaba grabado en la punta.
Eirik intentó soltarse.
—Esperen—
Lo sujetaron.
Firme.
Inmovilizado.
—¡Suéltenme!
El hierro se volvió rojo.
El hombre lo tomó.
Se acercó.
Eirik gritó antes de que siquiera lo tocaran.
Y cuando el metal ardiente se apoyó contra su brazo…
El dolor fue absoluto.
No había entrenamiento.
No había orgullo.
No había resistencia suficiente.
Solo dolor.
Crudo.
Real.
El grito se perdió en la montaña.
El olor a piel quemada llenó el aire.
Luego…
Silencio.
Cuando terminó… lo soltaron.
Eirik cayó al suelo, jadeando.
El brazo ardía.
El cuerpo no respondía igual.
Uno de los hombres habló por primera vez.
—Ahora… puedes volver.
Nada más.
El camino de regreso fue peor.
Porque ya no tenía energía.
Ya no tenía orgullo.
Solo dolor.
Y la necesidad de llegar.
Caminó.
Tropezó.
Cayó.
Se levantó.
Una y otra vez.
Sin comer.
Sin descansar.
Sin pensar.
Cuando finalmente las murallas del imperio aparecieron… ya era de noche.
Eirik apenas podía mantenerse en pie.
Entró.
Los guardias no dijeron nada.
Ya sabían.
Cruzó el patio.
El entrenador estaba ahí.
Esperando.
Eirik llegó… y cayó de rodillas frente a él.
Respirando con dificultad.
Sin fuerzas.
El hombre lo miró.
En silencio.
—Bien —dijo finalmente.
No había elogio.
No había orgullo.
Solo aceptación.
Eirik levantó la mirada.
Los ojos… distintos.
Ya no había arrogancia.
Había algo nuevo.
Algo más duro.
Más real.
Y mientras el dolor seguía recorriendo su brazo…
Por primera vez…
Había empezado a entender.
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