una venganza ineludible - Capítulo 40
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Capítulo 40: duro entrenamiento de la élite básica
La oscuridad todavía dominaba el palacio cuando el golpe de agua helada cayó sobre el rostro de Eirik.
Se incorporó de golpe, jadeando, empapado, el corazón acelerado.
—¿Qué hacés? —escupió, furioso—. ¡Guardias!
El eco de su voz se perdió en la habitación.
Nadie entró.
Parpadeó, desorientado… y entonces lo vio.
El entrenador, de pie frente a él, inmóvil.
Y a su lado… su padre.
Harald Noren.
El rey no mostraba enojo. No mostraba duda.
Solo decisión.
—Hijo —dijo con calma—. Ve a las montañas. Te veo a la noche.
Nada más.
No hubo explicación.
No hubo advertencia.
No hubo orgullo.
Solo una orden.
Harald se dio media vuelta y se retiró.
Eirik se quedó sentado en la cama, respirando fuerte, con el agua fría aún corriendo por su piel.
Miró al entrenador.
—Esto no termina bien para vos.
El hombre no reaccionó.
—En una hora —dijo simplemente—. Afuera.
Y se fue.
Eirik apretó los dientes.
Se levantó.
El frío del suelo le atravesó los pies, pero no le importó. Empezó a moverse con rapidez, buscando su equipo.
Armadura ligera.
Capa gruesa.
Botas reforzadas.
Cinturón con cuchillo.
Espada.
Se detuvo un segundo.
Pensó.
Sonrió levemente.
—Esto va a ser fácil.
Una hora después, salió al patio.
El cielo apenas comenzaba a aclarar.
El entrenador ya estaba ahí.
Eirik avanzó con todo su equipo, firme, preparado.
El hombre lo miró… y negó lentamente.
—¿Qué hacés?
Eirik frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Tanto tardarás para vestirte así?
El tono no era de burla.
Era de desprecio.
—Estoy listo.
—No —respondió el entrenador—. Estás cargado.
Se acercó y golpeó con el dedo el broche dorado de su capa.
—Sacate esas cosas de oro, estúpido.
Eirik dio un paso adelante.
—No te—
—Sin espada.
Silencio.
—¿Qué?
—Solo escudo —continuó el entrenador—. Nada de lanzas. Nada de cuchillos. Nada de comodidades.
Eirik lo miró incrédulo.
—¿Querés que vaya desarmado?
—Quiero que vayas como lo que sos —respondió—. Alguien que todavía no sabe luchar.
La tensión fue inmediata.
Eirik apretó los puños.
Por un segundo… pensó en negarse.
Pero recordó la mirada de su padre.
Sin palabras.
Sin opción.
Lentamente… se quitó la espada.
Luego el cuchillo.
Luego la capa pesada.
Quedó solo con ropa básica… y el escudo.
El entrenador asintió.
—Tu equipo será eso.
Se giró levemente, señalando el norte.
—Ve. Te veo en la noche.
Eirik no respondió.
Simplemente empezó a caminar.
Las montañas del norte no eran un desafío.
Eran un castigo.
El terreno se volvía más duro a cada paso. La nieve cubría partes del camino, el viento golpeaba con fuerza, y el frío… no daba tregua.
Eirik avanzaba con el escudo colgado al brazo.
Al principio, caminaba firme.
Con confianza.
Con orgullo.
Pero a medida que el tiempo pasaba…
El peso del escudo se hacía más evidente.
El frío comenzaba a meterse en los huesos.
El viento cortaba la piel expuesta.
No había comida.
No había descanso real.
Solo avanzar.
El sol empezó a subir… pero no calentaba.
Eirik respiraba más pesado ahora.
Sus botas se hundían en la nieve en algunos tramos.
Resbaló una vez.
Se levantó de inmediato.
—Nada —murmuró—. Esto no es nada.
Siguió.
Horas después…
El cansancio ya no era algo que podía ignorar.
Sus brazos dolían.
Sus piernas pesaban.
Su respiración era irregular.
El hambre apareció.
Primero leve.
Luego constante.
Miró alrededor.
Nada.
Solo roca, nieve y viento.
Intentó recordar cuánto había avanzado.
No lo sabía.
No había marcas.
No había referencia.
Solo el norte.
Al mediodía, el viento se volvió más fuerte.
Tuvo que cubrirse con el escudo en varias ocasiones para no perder el equilibrio.
En un momento, cayó de rodillas.
Respiró hondo.
Se quedó quieto unos segundos.
—Levántate —se dijo—. Levántate.
Y lo hizo.
Pero ya no caminaba igual.
Ahora… avanzaba por obligación.
Pasaron más horas.
El sol comenzó a bajar.
Y entonces lo vio.
Una marca en piedra.
Tallada.
Un símbolo.
Lo reconoció.
El símbolo de Norvik.
Un punto.
Un destino.
Llegó.
Se dejó caer contra la roca.
Respirando con dificultad.
Las manos temblando.
No había orgullo en ese momento.
Solo agotamiento.
Unos hombres salieron de entre las rocas.
No eran soldados comunes.
No llevaban insignias visibles.
Pero su presencia imponía respeto.
Uno de ellos se acercó.
Miró a Eirik.
—¿Él es?
Otro asintió.
—Sí.
Eirik los miró, confundido.
—¿Quiénes son?
No respondieron.
Lo levantaron.
Sin violencia.
Pero sin opción.
Lo llevaron hacia una estructura pequeña, oculta entre las piedras.
Dentro… calor.
Fuego.
Hierro.
Eirik empezó a entender.
—No…
Nadie habló.
Uno de los hombres tomó una barra de metal.
La puso al fuego.
El símbolo de Norvik estaba grabado en la punta.
Eirik intentó soltarse.
—Esperen—
Lo sujetaron.
Firme.
Inmovilizado.
—¡Suéltenme!
El hierro se volvió rojo.
El hombre lo tomó.
Se acercó.
Eirik gritó antes de que siquiera lo tocaran.
Y cuando el metal ardiente se apoyó contra su brazo…
El dolor fue absoluto.
No había entrenamiento.
No había orgullo.
No había resistencia suficiente.
Solo dolor.
Crudo.
Real.
El grito se perdió en la montaña.
El olor a piel quemada llenó el aire.
Luego…
Silencio.
Cuando terminó… lo soltaron.
Eirik cayó al suelo, jadeando.
El brazo ardía.
El cuerpo no respondía igual.
Uno de los hombres habló por primera vez.
—Ahora… puedes volver.
Nada más.
El camino de regreso fue peor.
Porque ya no tenía energía.
Ya no tenía orgullo.
Solo dolor.
Y la necesidad de llegar.
Caminó.
Tropezó.
Cayó.
Se levantó.
Una y otra vez.
Sin comer.
Sin descansar.
Sin pensar.
Cuando finalmente las murallas del imperio aparecieron… ya era de noche.
Eirik apenas podía mantenerse en pie.
Entró.
Los guardias no dijeron nada.
Ya sabían.
Cruzó el patio.
El entrenador estaba ahí.
Esperando.
Eirik llegó… y cayó de rodillas frente a él.
Respirando con dificultad.
Sin fuerzas.
El hombre lo miró.
En silencio.
—Bien —dijo finalmente.
No había elogio.
No había orgullo.
Solo aceptación.
Eirik levantó la mirada.
Los ojos… distintos.
Ya no había arrogancia.
Había algo nuevo.
Algo más duro.
Más real.
Y mientras el dolor seguía recorriendo su brazo…
Por primera vez…
Había empezado a entender.
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