Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 29
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29: CAPÍTULO 29: ÚLTIMO FANTASMA 29: CAPÍTULO 29: ÚLTIMO FANTASMA Los años han seguido pasando, casi sin darnos cuenta.
Los niños han crecido rápido, demasiado rápido.
Caín ya está en la universidad, estudiando Periodismo, decidido a contar la verdad incluso cuando duela.
Los mellizos acaban de empezar segundo de secundaria.
Cada uno con su propio carácter, su propia luz.
Y Alex y yo, seguimos trabajando codo a codo en la CIA.
Formamos un equipo, dentro y fuera del trabajo.
Una familia.
Esa tarde volvemos a casa como cualquier otra, charlando sobre un informe que nos tiene hasta el cuello, cuando vemos a mi madre esperando en la puerta.
Parada, seria, con las manos cruzadas frente a sí.
–¿Mamá?
¿Qué haces aquí?
–pregunto, desconcertada.
–Quería hablar con las dos.
Es importante.
Abro la puerta y la dejo pasar.
Su tono no deja lugar a evasivas.
–¿Sobre qué quieres hablar?
–Jason –dice con calma, pero con una sombra en los ojos.
Frunzo el ceño.
Solo oír su nombre me remueve algo en el pecho, aunque hacía años que no sabía nada de él.
–¿Qué le pasa ahora a ese idiota?
–¿No has visto las noticias?
Niego con la cabeza.
–No.
Apenas tenemos tiempo para verlas.
Alex y yo vivimos entre informes y misiones.
–Pon las noticias –insiste.
Cojo el mando y enciendo la televisión.
El rostro de Jason aparece en una esquina de la pantalla, junto al titular: “Última hora”.
–Sube el volumen, bambina –dice Alex, su voz tensa.
Obedezco.
La periodista comienza a hablar con ese tono neutro que tienen los presentadores cuando intentan separar la tragedia de la rutina.
–“Hoy, el criminal Jason Muller ha fallecido en prisión.
Según fuentes oficiales, su compañero de celda lo atacó brutalmente durante la madrugada.
Las autoridades indican que el motivo del asesinato fue el incumplimiento de una deuda relacionada con drogas o dinero.
Jason murió en el acto, con múltiples heridas graves en todo el cuerpo.” Apago la televisión sin decir una palabra.
Me dejo caer en el sofá, sintiendo que el aire pesa más de lo normal.
Alex se sienta a mi lado y me rodea con sus brazos.
No dice nada.
Solo está ahí abrazándome.
Luna se acomoda en el sillón frente a nosotras.
Mira en silencio.
No necesita decir mucho.
Lo entiende todo.
–Espero que Caín no lo haya visto –digo finalmente, con la voz más apagada de lo que esperaba–.
Le romperá el corazón saber que su padre ha muerto así.
–Se enterará igual –respondió Luna, serena–.
Aunque no vea las noticias, tiene redes sociales.
Alguien se lo dirá.
Asiento con un suspiro.
Apoyo la cabeza en el hombro de Alex, que me acaricia el pelo con esos gestos suyos que siempre logran calmarme.
–¿Por qué te sigue afectando cualquier cosa que le pase a Jason?
–pregunta mi madre con cuidado, aunque con ese tono directo que nunca pierde.
La miro un instante, sorprendida.
Pero no era una acusación.
Era una pregunta real.
Humana.
–Porque en algún momento lo amé.
Nos criamos juntos.
Éramos inseparables cuando éramos niños.
Tontos, jóvenes, llenos de sueños.
Y aunque todo se torció con los años, fue el padre de mis tres hijos.
No puedo fingir que no me importa lo que fue de él.
Me duele pensar que terminó así.
Solo.
Perdido.
Y ahora, muerto sin haber visto crecer a sus hijos.
–Aún le querías –murmura mi madre.
Niego despacio.
–No lo amaba ya.
No como antes.
Lo que sentía por él se había convertido en otra cosa: compasión, tal vez.
Tristeza.
Pena por lo que pudo haber sido y no fue.
No podía salvarlo, y eso siempre pesará un poco en mí.
Luna no dice nada más.
Se limita a asentir, en ese gesto suyo tan sencillo y, sin embargo, tan lleno de comprensión.
Alex me besa en la cabeza y aprieta un poco mi mano.
–No estás sola –susurra.
Y no lo estoy.
Por muy oscuras que hayan sido algunas partes del pasado, he aprendido que no definen quién soy hoy.
Jason fue parte de mi historia.
Pero no es mi presente.
Ni mi futuro.
Miro a Alex, a mi madre, a esta casa llena de recuerdos y vida.
Pienso en mis hijos, en cómo han crecido, en todo lo que aún les queda por vivir.
Y sé que, aunque el pasado siempre deje huellas, el amor que hemos construido aquí es más fuerte que cualquier sombra.
Poco después de que Luna se marcha, escuchamos el sonido de la puerta principal cerrándose con suavidad.
Alex y yo seguimos en silencio, abrazadas en el sofá, cuando lo oímos.
Es Caín.
Llega de la universidad con la mochila al hombro y la expresión más cansada de lo normal.
Pero apenas cruza el umbral y nos ve, sé que ya lo sabe.
Se queda quieto.
En sus ojos hay algo que no veo desde que era niño: confusión, rabia y tristeza.
–Lo he visto –dice.
Su voz suena firme, pero le tiembla por dentro–.
Vi el titular en el metro.
Pensé que era una noticia vieja.
Un error.
Pero no lo es, ¿verdad?
Me levanto sin pensarlo.
Me acerco despacio.
–No, cariño.
No lo es.
–Así que, ¿ya está?
¿Se acabó?
¿Murió solo, en una celda?
¿Así termina todo?
Asiento con dificultad.
Quiero decir algo, ofrecerle consuelo, una explicación, lo que sea, pero él levanta una mano, pidiéndome silencio.
–No quiero que me digáis que era un criminal.
Ya lo sé.
Sé todo lo que hizo.
Lo viví.
Tú y mamá también me lo contasteis en su momento.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos.
No puedo apartar la mirada.
–Pero también era mi padre.
–Lo sé –susurro–.
Nunca he intentado quitártelo.
Nunca.
Solo quería protegerte para que él no te hiciera más daño.
Él baja la mirada.
Deja caer la mochila al suelo con un golpe sordo y se pasa una mano por la cara.
–Creí que tendría tiempo.
Tiempo para algún día, hablarle.
Gritarle.
Perdonarle.
No sé.
Algo.
Algo que cerrara esto.
Pero ya no hay nada.
–A veces no hay cierre, Caín.
Solo queda aceptar que hay heridas que no sanan como quisiéramos –le digo con suavidad, acercándome más–.
Pero puedes hacer las paces con tu historia.
No con él, tal vez, pero sí contigo.
Él traga saliva y por un instante me parece más joven, como si volviera a tener cinco años y se metiera en mi cama por las noches, asustado por las pesadillas.
–¿Tú cómo lo hiciste?
–pregunta–.
¿Cómo seguiste adelante?
Le acaricio la mejilla.
No se aparta.
–Porque tenía razones.
Te tenía a ti, a los mellizos, a Alex… No podía quedarme atrapada en lo que pasó.
Aprendí a amar lo que tenía delante, no lo que perdí.
Caín asiente, despacio.
El silencio que se instala entre nosotros ya no es tenso.
Luego, sin decir nada más, se apoya en mi hombro y me abraza con fuerza.
Lo rodeo con los brazos, como hacía cuando era pequeño.
Alex se acerca y le pone una mano en la espalda.
–No estás solo –dice con dulzura.
Caín no contesta.
Pero su silencio ya no es rabia.
Es duelo.
Es aceptación.
Esa noche, cuando todos duermen, me quedo sola en la cocina.
El vapor de una taza de té sube lento, como el tiempo cuando no sabes qué viene después.
Miro por la ventana.
El silencio me envuelve.
No lamento que Jason se haya ido.
Pero sí lo que pudo haber sido.
Lamento lo que mis hijos no pudieron vivir.
Lamento que él mismo se haya arrebatado la oportunidad de redimirse.
Pero en esta casa hay amor.
Hay crecimiento.
Hay segundas oportunidades.
Y eso es más de lo que jamás imaginé tener.
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