Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 3
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3: CAPÍTULO 3: MARCAS 3: CAPÍTULO 3: MARCAS Salgo de la cabaña y cierro la puerta tras de mí.
Escucho a mi madre decir algo, intentando detenerme, pero ya es tarde.
El aire es frío, y apenas doy unos pasos cuando los aullidos se vuelven más cercanos.
El enfrentamiento comienza.
Desde dentro, sé que solo pueden oír los sonidos de la pelea: gruñidos, crujidos de ramas, golpes, algún alarido.
Nada claro.
Nada que les permita saber si estoy ganando o perdiendo.
Mi madre se sienta en el sofá, visiblemente angustiada.
Tom observa la puerta con seriedad, luego se sienta de nuevo con calma calculada.
–Kira se las apaña bien –dice.
Mi madre lo mira, con la voz temblorosa y el rostro marcado por el miedo.
–Sigue siendo una niña.
No debería estar enfrentándose sola a algo así.
Los minutos se hacen eternos.
Poco a poco, los ruidos del exterior cesan.
Un silencio denso lo cubre todo.
Todos dirigen la mirada a la puerta.
Se abre lentamente.
Entro tambaleándome un poco, con algunos rasguños y heridas visibles.
Mi madre se levanta de un salto y corre hacia mí, abrazándome con fuerza.
–Estoy bien, mamá.
No pasa nada –le digo, intentando tranquilizarla.
–No lo estás, cariño.
Tienes muchas heridas.
¿Qué ha pasado ahí fuera?
–Solo era una manada de lobos.
Nada fuera de lo común –respondo con ironía, restándole importancia.
–¿Cómo has podido enfrentarte tú sola a una manada entera?
–Para eso sirven los ojos rojos.
–¿Y qué hacen?
–Transformación.
Camino hasta el sofá y me dejo caer en él, agotada.
Mi madre se sienta a mi lado.
Tom sonríe desde su sillón.
–Enana, lo lograste.
–Sí, pero a qué costo –respondo señalando las heridas en mis brazos y rostro.
–Hay que curarte eso –dice mi madre, preocupada.
–No hace falta.
–¿Cómo que no?
¿Has visto cómo estás?
–Sí, mamá.
No estoy ciega.
Antes de que pueda seguir discutiendo, Jason se acerca y le entrega un botiquín a mi madre.
–Gracias, Jason –dice ella, aliviada.
–Sí, gracias, Jason –añado yo, con un toque de sarcasmo.
Mi madre comienza a limpiar y vendar mis heridas.
Me duele, pero intento no quejarme.
–Lo siento, sé que duele, pero tengo que hacerlo.
–Tranquila, está bien.
Jason se queda a mi lado, cogiéndome la mano en silencio mientras mi madre termina.
–Ya estaría –dice al colocar la última gasa.
Le sonrío, agradecida.
–Creo que es hora de irnos, cariño.
Está oscureciendo –me dice mi madre.
–Tienes razón.
Me levanto y empiezo a recoger todo para volver al quad.
Mi madre hace lo mismo.
Nos despedimos de los demás.
–Espero verte más seguido, enana –dice Tom.
–Ya veremos.
Sabes cómo soy.
–Demasiado bien.
Jason se acerca y me da un fuerte abrazo.
Le correspondo.
–Iré a verte a la ciudad cuando Tom me deje salir.
–Eso va a tardar –respondo riendo.
Salgo de la cabaña con mi madre.
En el camino de regreso, vemos los cuerpos de los lobos esparcidos por el terreno.
–Vaya.
Nunca había visto algo así –dice ella, sorprendida.
–Es nuevo para ti, pero no te preocupes.
Subimos al quad.
Luna se agarra fuerte, soltando un suspiro.
–Por favor, no vayas tan rápido como esta mañana.
–No prometo nada.
Arranco y conduzco a buena velocidad, aunque reduzco un poco cuando el terreno lo exige.
Unos minutos más tarde llegamos a la ciudad.
Esta vez acelero un poco más, ya que las calles me resultan familiares.
Aparco frente a casa.
Luna se baja, quitándose el casco y las gafas.
–No vuelvo a subirme contigo en ese cacharro.
Me vas a matar de un susto.
Río mientras también me quito el casco.
–Si tú lo dices…
Entramos en casa y ella se va a la cocina.
Yo guardo el equipo de protección en el armario de la entrada y la sigo.
–¿Cenamos algo?
–Voy a ver qué hay.
Abre la nevera, la examina, y me mira.
–¿Pizza?
–Perfecto.
Mete la pizza en el horno y se sienta a la mesa.
Yo me siento enfrente, apoyando los brazos sobre la superficie.
–Ahora ya lo sabes todo.
–Sí.
Aún estoy procesando todo lo que ha pasado hoy.
–Siento no habértelo contado antes.
–No te culpo.
Solo querías protegerte.
Lo entiendo.
Nos sonreímos mutuamente.
Entonces ella pregunta: –¿Y para qué sirve cada color de tus ojos?
–Bueno, los dorados me dan una fuerza increíble.
Los morados curan heridas, aunque no las mías propias.
–Vale.
¿Y los rojos?
–Transformación –repito, haciendo una pausa–.
Puedo convertirme en cualquier animal que exista o haya existido.
Obtengo sus habilidades y características.
–Eso es…
impresionante.
–Lo es.
–¿Y los verdes?
–Me permiten volar.
–¿Volar?
Es increíble.
–Y por ahora solo tengo esos cuatro colores –añado con una sonrisa.
Mi madre ríe, y yo también.
Saca la pizza del horno y la sirve.
Comemos mientras charlamos de todo un poco.
Al terminar, recojo la mesa y friego los platos.
Entonces ella me lanza una pregunta inesperada.
–¿Nunca has pensado en salir con Jason?
Me quedo paralizada, sin saber qué decir.
–Él es solo mi amigo, mamá.
Es como un hermano.
–Sí, claro…
–¡Es verdad!
Jamás lo vería como pareja.
–Sé cómo os miráis.
No puedes mentirme.
–No le miro de ninguna forma especial.
Es solo mi mejor amigo.
–Lo que tú digas, cariño.
Y con eso, se marcha a su habitación.
Me quedo sola en la cocina, terminando de ordenar.
Cuando termino, subo las escaleras y entro en mi habitación.
–Qué tontería.
¿Salir con Jason?
Estamos locos –murmuro.
Me pongo el pijama y me meto en la cama.
No tardo mucho en quedarme dormida.
Desde su habitación, mi madre, que estaba leyendo, oye el silencio y sabe que ya me he dormido.
Apaga su luz también, y poco después, el descanso nos alcanza a ambas.
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