Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 32
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Capítulo 32: CAPÍTULO 32: LEGADO DE ACERO Y FUEGO
El sol entra tímidamente por la ventana cuando me despierto. A mi lado, Alex duerme tranquila, su mano aún sobre la mía. Me tomo un segundo para observarla, grabarme su rostro sereno. Luego me levanto en silencio. Bajo a la cocina y me encuentro a Caín preparando café. Lleva una camiseta vieja de la universidad, el pelo algo despeinado, pero hay algo diferente en su expresión. Determinación.
–Buenos días –me dice, mientras sirve dos tazas.
–Buenos días, agente –bromeo, aunque en mi interior no dejo de preguntarme si realmente está preparado para lo que quiere.
–He hablado con la abuela -dice de pronto.
Eso me saca de mis pensamientos. Me quedo helada.
–¿Cuándo?
–Esta mañana. Me llamó temprano. Le he contado todo. Las cámaras, el mensaje, la persecución de Sofía. Y mi decisión.
–¿Y qué ha dicho?
–Que me respaldará si realmente quiero hacerlo. Pero me ha hecho prometer que no lo haré por venganza.
Suspiro aliviada. Porque si algo me da miedo, es que Caín viera todo esto como una forma de ajustar cuentas. No lo quiero convertir en un arma más.
–¿Lo haces por ti?
–Lo hago porque quiero proteger. Porque sé lo que está en juego. Porque sé lo que vosotras arriesgan cada día.
–¿Y estás dispuesto a perder tu vida privada, tu libertad, tus noches en paz?
–Ya las he perdido –responde–. Desde el primer día que supe quién era mi padre, supe que mi vida no sería normal. También las perdí cuando tuviste a Katie y Diego –Caín dice la última frase con un tono bromista.
Río ante la broma, pero sé que en parte tiene razón sobre eso. Ha crecido demasiado rápido.
–Alex aún no está segura –le digo–. Pero si esto es en serio, si realmente estás preparado, vas a tener que demostrarlo.
Él asiente con convicción.
–Lo haré.
Esa misma tarde recibimos la notificación de la central: Sofía Yelich ha escapado.
Nos lo comunican con una frialdad brutal. Como si no acabara de intentar matar a mi hijo.
La calma se evapora. Alex golpea la mesa con el puño. Yo cierro los ojos. Caín, en cambio, permanece en silencio. Frío. Centrado.
–Nos van a mandar a buscarla, ¿verdad? –pregunta.
–Es muy probable –le respondo–. Pero tú no vienes. Aún no.
–Aún no –repite él, y se marcha a su habitación.
Alex me mira. Veo en sus ojos lo que no dice: tiene miedo. Miedo de perderlo.
–Se siente inútil. Quiere venir con nosotras.
–Aún no puede, amor. Alfonso aún no nos ha dado permiso. Además, pensaba que no estabas segura de esto, de que trabajara con nosotros.
–No estoy segura, pero necesitamos un equipo. Hay varias bajas esta semana y se necesitan agentes. Tal vez sea su oportunidad.
–¿Estás segura, mi amor?
–Sí, bambina. Que venga hoy a la CIA. Que Alfonso decida que puede hacer Caín.
–Me fío de ti esta vez, Alex.
–Hablaré con él para que se prepare.
Asiento un poco insegura. Estoy a favor que Caín trabaje con nosotras, pero me da miedo perderlo en una misión tan peligrosa como esta.
Alex sube a la habitación de Caín y lo ve sentado en su escritorio. Entra y cierra la puerta.
–Escucha. Te vienes con nosotras hoy para ver si Alfonso te da permiso, pero nada de ir gritando por ahí que trabajas en la CIA. Dejaremos a los mellizos en casa de tu abuela y nos iremos. Ponte algo cómodo. Allí te dan ropa para cambiarte.
Caín salta de alegría pero sin decir ni una sola palabra. Se cambia rápido y baja las escaleras. Los tres subimos al coche y Alex conduce hacia el lugar. Entramos en el edificio y Caín va mirando todo su alrededor. Caminamos hasta llegar al despacho de Alfonso. Le comentamos el caso de Caín y le da el aprobado.
Dos días después, nos llaman a un encuentro en Viena. Caín se queda en casa cuidando de los mellizos, ya que Alfonso no le ha permitido empezar por lo alto.
Hay informes que indican que Sofía podría estar intentando contactar a uno de sus antiguos enlaces del Este. La misión es sencilla: interceptar, interrogar, eliminar si es necesario.
Pero cuando llegamos a Viena, no es Sofía quien nos espera. Es alguien más.
Un hombre que lleva gafas oscuras, traje gris, y una sonrisa familiar. Muy familiar.
–Kira Lewis. Alexandra Fox. Qué gusto verlas de nuevo.
–¿Quién eres? –le pregunto, el dedo cerca del gatillo.
–Yo soy el que ha entrenado a Sofía. El que ha vigilado tu casa. El que sabe que tu hijo quiere entrar a la agencia.
Nos congelamos cuando nos dice eso.
–¿Qué quieres?
–Quiero hacerte una oferta. Y si no la aceptas, tendrás que enterrar a uno de tus hijos en menos de una semana.
Saco el arma y apunto a su cabeza.
–Te equivocas si crees que puedes amenazarnos.
Él sonríe. Suena un pitido. Miramos a nuestro alrededor. El café donde estamos comienza a vaciarse. Clientes que se levantan todos a la vez. Agentes. Todo era una trampa.
Alex me agarra del brazo.
–¡Tenemos que salir!
Corremos, disparamos y esquivamos. Alguien nos cubre desde una azotea. Un disparo certero derriba a uno de los atacantes. Lo reconozco al instante. Caín. Está en Viena. Nos ha seguido. Y está armado y equipado con un traje de la CIA.
–¡¿Qué estás haciendo aquí?! –le grito por el comunicador.
–¿Creías que no os iba a seguir? ¡No después de lo de las cámaras! ¡No después de saber que van a por nosotros!
Maldita sea. Está aquí. Y por una vez, me doy cuenta de que no es un niño. Es un Lewis.
La batalla en Viena termina con varios enemigos neutralizados y el resto huyendo. Pero Sofía sigue libre. El hombre del traje desaparece sin dejar rastro.
En el avión de vuelta, Alex no dice nada. Caín duerme, agotado, pero con una sonrisa tranquila. Como si, por fin, estuviera donde siempre quiso estar.
Alex me toma la mano.
–Supongo que ya es uno de los nuestros.
–Supongo que sí –respondo, aunque en el fondo desearía que no lo fuera.
Porque el mundo que hemos construido es de acero y fuego. Y me aterra que, al final, nos lo arrebaten.
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