Una Vida (Casi) Perfecta - Capítulo 33
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Capítulo 33: CAPÍTULO 33: FUEGO EN EL HOGAR
Han pasado tres semanas desde Viena. Tres semanas desde que Caín nos salvó con un solo disparo. Tres semanas desde que entendimos, sin lugar a dudas, que ya no hay vuelta atrás.
La Agencia no ha cuestionado su presencia. Al contrario: lo han reclutado oficialmente.
–Es brillante –dijo Alfonso, el director de operaciones, hojeando su expediente–. Y tiene la sangre de dos leyendas. No lo vamos a rechazar.
Caín ha comenzado su entrenamiento en un centro subterráneo cerca de Langley. Es el recluta más joven, pero no el más débil. Lo hemos visto entrenar con una ferocidad que ni Alex ni yo teníamos a su edad. Está enfocado. Casi obsesionado.
A veces me preocupa. Pero entonces me mira con esos ojos suyos, mitad fuego, mitad ternura, y sé que todavía está ahí. Nuestro hijo.
Es jueves por la tarde y Alex y yo estamos en casa con los mellizos. Katie practica su discurso para el concurso de ciencias. Diego intenta arreglar un viejo dron. La casa huele a comida casera. Por una vez, parece normal.
Hasta que las luces parpadean. Una. Dos veces. A la tercera, se apagan del todo.
Alex y yo nos levantamos al mismo tiempo.
–Generador de respaldo, ya –ordeno.
Pero antes de que llegue al panel, escuchamos algo. Un zumbido sordo, como un enjambre de insectos metálicos. Y luego, el impacto de un dron contra el ventanal trasero.
–¡Katie, Diego! ¡A la habitación segura! –grita Alex.
Los mellizos corren. Yo saco el arma del compartimento secreto en la pared. Los cristales estallan en mil pedazos. Un gas denso y amarillento se cuela flotando.
–Gas tóxico –susurro–. ¡Máscaras!
Alex y yo nos cubrimos en segundos. Cerramos la puerta de acero tras los mellizos. Puedo oír sus respiraciones agitadas al otro lado. Y entonces, la voz se escucha por los altavoces internos.
–Hola, Kira. Hola, Alex. ¿Recuerdan cuando les dije que iba a destruir algo suyo?
Sofía.
–Bienvenidas al principio del fin.
Lo que sigue es una guerra. La casa fue diseñada para resistir ataques, pero esto es diferente. Hay infiltrados dentro. Tres hombres armados. Han entrado desde el sótano, usando códigos de acceso que solo alguien interno podría conocer.
Derribo al primero con una bala en la garganta. Alex neutraliza al segundo, precisa como siempre. Pero el tercero llega hasta la habitación segura. Y entonces escuchamos la voz de Katie, gritando.
–¡NO!
La puerta está cediendo. El metal se dobla. Disparo sin pensar.
Caigo sobre el atacante justo cuando va a lanzar una granada. La alejo con el pie. Explota lejos, destrozando parte del muro exterior.
Alex se lanza sobre los mellizos. Están vivos. Temblando, pero ilesos.
–¿Dónde está Caín? –le grito.
–En Langley. No puede saber de esto.
–Ya lo sabe.
Lo sabe porque, al otro lado del país, su reloj vibra. Un protocolo que él mismo había programado en la CIA: ALERTA FAMILIAR. NIVEL 1.
Sin pedir permiso, roba un coche de la agencia. Atraviesa medio país en menos de cuatro horas. Sin música. Sin distracciones. Solo con una frase que le enseñé para emergencias en casa:
“Si alguna vez tienes que correr por nosotras, corre.”
Y él corre. Con el coche. Con el corazón en llamas.
Cuando llega, la casa está en ruinas. Aún hay humo. Policías locales y dos agentes de la CIA intentan contener el caos.
Caín no frena. Salta la valla, derriba un dron con un disparo certero y entra por lo que queda del salón.
Y allí estamos. Armadas. Cubiertas de sangre. Vivas, pero apenas.
–¡Caín! –grito, al verlo.
Él me abraza, luego corre hacia sus hermanos. Están bien. Asustados, pero vivos. Se arroja al suelo con ellos y los envuelve en un abrazo. Llora en silencio.
–Estoy listo –dice sin mirarnos–. Para lo que venga. No quiero volver a estar tan lejos nunca más.
Alex se sienta a su lado. Le toma la mano. Yo me arrodillo frente a él.
–Entonces prepárate, hijo. Porque ha empezado una guerra.
Al día siguiente, intentamos reconstruir lo que podemos. Nos mudamos temporalmente con mi madre, mientras los arquitectos evalúan los daños.
La Agencia ya ha clasificado la amenaza como interna, de alto nivel. Sofía sigue suelta, y ahora sabemos que tiene más recursos, más acceso y más razones para ir a por lo que amamos. Pero esta vez, no estamos solas.
Caín entrena cada día. No como un simple recluta, sino como un agente con propósito. Determinado. Imparable.
Y yo empiezo a entender algo que me rompe el alma: no podemos protegerlo del mundo. Solo podemos enseñarle a sobrevivir en él.
No sé en qué momento exacto se rompió algo.
Tal vez fue cuando vi la nota amenazante en sus manos. O cuando él nos miró a los ojos y dijo, sin pedir permiso, que ya era parte de esto.
Desde hace días, Caín entrena con nosotras en la base que hay en cerca de la CIA. Alfonso, con su voz imperturbable, es claro.
–Está dentro. No como tu hijo. Como agente en formación. Si no puede con la presión, lo sabremos. Y si puede, también.
Caín no ha dudado. No ha pedido ayuda. No ha mirado atrás.
Lo observo en las grabaciones cuando la casa vuelve al silencio. Corre. Dispara. Resiste. Tiene una precisión que ni Alex ni yo teníamos a su edad. Tiene una mirada que no reconozco. Ya no es el niño que nos esperaba con dibujos en la nevera. Es alguien que se está armando por dentro.
–¿Crees que lo estamos perdiendo? –pregunta Alex una noche, sentadas en el sofá.
–No. Creo que, por primera vez, lo estamos viendo como es. No como queríamos que fuera.
Ella asiente. Pero no está tranquila. Yo tampoco. Hay algo gestándose. Y no es solo miedo. Es otra cosa. Más fina. Más peligrosa. La certeza de que alguien nos está empujando hacia el borde. Y el borde está mucho más cerca de lo que pensábamos.
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