Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 12
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12: Spes Fragilis 12: Spes Fragilis Mi respiración era frenética por el esfuerzo que realizaba al mover cajas para buscar otra máscara antigás.
Ella se había quedado en la puerta; se sentó para tener una posición más cómoda al momento de cuidar la retaguardia.
Yo no lo ordené; parece que ella entiende cómo me siento en esta situación, aunque sospecho que es así por cómo me muevo de forma errática, mirando lugares que no debería.
En este punto me sentía desnudo, como cuando quieres cagar en la trinchera y no sabes si te atacarán en ese momento.
Estoy al límite; debo de hacer varias cosas a la vez y no me es fácil llevar carga.
Si hago mucho esfuerzo, la hemorragia empezará de nuevo.
Si eso pasa, sería mi final, y no solo el mío, también el de ella.
Somos un equipo: si uno falla, el otro también lo hará.
Kauger decía que esta arma me llevaría a casa de nuevo.
Solo tengo que pensar en eso, en esas manos pequeñas y suaves como si fueran de una mujer…
Ya lo tengo, solo debo de seguir haciendo esto.
A cada momento que pasaba me volvía más errático.
A veces mis manos no sujetaban bien las cosas y los objetos caían al suelo.
Entre dos cajas escondidas había una máscara de gas; esta estaba un poco más desgastada, pero parecía que aún serviría.
Me quité mi máscara antigás antes de tomar esa y ponérmela.
El olor dentro de ella era horrible, similar al de la sangre coagulada.
Le tiré en las piernas mi antigua máscara antigás.
—¿Cómo debo de ponérmela?
—Me acerqué a ella mientras tomaba sus manos y sujetaba la máscara—.
Debes de tener la máscara apretada, no está hecha para ser cómoda.
Si sientes que no puedes respirar dentro de ella, piensa que es lo único que te cuida.
Ella miró a través de los cristales.
—No debes de pensar en el aire que te falta al correr, debes de pensar en el gas.
Su rostro parecía estar confundido mientras preguntaba de una manera sutil: —¿Cuál de todos los gases?
Esa pregunta me desconectó un momento de la realidad; no entendía qué decía.
—Es hora de irnos, después platicamos.
Ella afirmó poniéndose de pie.
Tengo dos cargadores llenos; debo de tener 64 rondas, suficiente para comprar algunos minutos de vida extras.
Por ahora debo de evitar el combate a toda costa; es eso o morir de una forma estúpida para dejar que ella se largue antes que yo.
No sé por qué, pero siento una ligera afinidad a ella.
Como si algo que estaba escondido floreció cuando vi su marca: un instinto de proteger a toda costa.
Empecé a correr tomando su mano para evitar que ella se alejara de mí.
Era curioso porque la máscara le quedaba grande, dotándola de un aspecto alienígena.
Pero incluso con eso, ella parecía tener la vista al frente sin importar mucho; corría con una agilidad que envidiaba…
Cuando llegamos a una bifurcación donde una tubería emanaba un humo amarillento.
Este gas no lo había visto jamás.
Coloqué mis manos sobre la pared.
Un mareo repentino llegó a mi mente mientras ella me miró.
—Parece que debes descansar.
Si es así, podríamos tomarnos un momento para que descanses —lo dijo con una ingenuidad increíble, aunque con una carga de intuición.
—Estoy bien, solo no te alejes —dije entre susurros.
Incluso trataba de mentirme a mí mismo—.
Solo no te alejes de mi vista.
Ella asintió mientras tomaba la manga de mi camiseta.
Sentí cómo un sabor metálico llegaba a mi garganta.
Revisé rápidamente el filtro de mi máscara antigás…
Mierda, el filtro estaba dañado; me estaba haciendo mierda los pulmones desde hace tiempo.
Ella me tomó del rostro colocando sus manos alrededor de mi máscara; sentí el suave calor que emitían traspasando incluso la misma máscara antigás.
—No tienes buen aspecto —dijo con un tono de ternura.
Tomé una bocanada de aire mientras me quitaba la máscara antigás.
—No siempre tengo que estar bien para poder seguir —tomé mi anterior trapo para enredarlo alrededor de mi rostro.
—Tu color de ojos es hermoso.
—Creo que este es el peor momento para decir esto.
Otro mareo llegó a mí.
El aire de este lugar tenía un olor dulce, casi empalagoso, como a fruta podrida bajo el sol.
Tomé sus suaves manos, quitándolas de poco en poco mientras desenfundaba mi arma para dejarla en sus manos.
—Está muy fría, además pesa demasiado.
—Yo sé que está fría, aun así debes de tomarla porque, tal vez, yo no pueda salir de aquí —mi voz salió amarga, casi resignada ante la situación.
El momento me dejaba sin aire cuando mi vista se empezó a volver borrosa.
“Por favor, Isht-tar, déjame estar de pie un rato más; es lo único que te pido, no dejes que me desvanezca en este momento”.
—Oye, no digas eso.
Tú y yo saldremos de aquí, y me ayudarías a entender lo hermoso que puede llegar a ser el mundo.
Su voz era dulce, similar a la de mi cabeza.
Así que era ella la que me decía a dónde ir y qué hacer.
No ha pasado ni un día y ya he vivido muchas cosas.
—Solo es por si…
—Mi garganta se contrajo mientras unas ganas de toser surgieron desde mis mismas entrañas, como si mi cuerpo dejara de estar consciente de sí mismo por unos instantes.
—Oye, ¿estás bien?
La tos empezó.
Mi cuerpo reaccionó de forma violenta mientras todo a mi alrededor dio vueltas.
Cuando miré al trapo que me había puesto en la cara…
estaba cubierto de sangre.
—Sí, estoy bien, solo debemos de seguir.
En caso de que caiga al suelo, dispara a mi cabeza y ahórrame el sufrimiento, por favor.
Ella me miró de forma extrañada hasta que notó la sangre que tenía en mi pañuelo.
De inmediato su mirada se volvió gélida, seria; parecía que la había insultado al decir eso.
—Yo no sé controlar el retroceso de un arma y, si lo intento, seguro me romperé la mano —me devolvió el arma mientras me miraba de forma gélida—.
Tienes que salir junto conmigo, esa fue la última directiva de H1-644.
Cuando sus palabras llegaron a mí, sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
No fue algo opcional: me lo había ordenado de forma casi robótica.
Tomé el arma y la volví a su lugar original mientras tomaba su mano para seguir adelante.
No sé cuánto tiempo de vida me quede, pero debo de sacarla de aquí a toda costa.
Avancé entre los pasillos mientras apretaba los dientes y seguía adelante.
Cuando mi cuerpo se volvía muy pesado utilizaba mi arma como una muleta, pero esta vez una pequeña mano me sujetaba.
Los pasillos eran oscuros y mi vista desaparecía de poco en poco mientras mis manos no respondían de la mejor manera y mis pies dejaban de caminar.
Pero cada que eso pasaba, un tirón en mi manga me hacía reaccionar; me decía que de mí dependía otra vida.
Cada vez que me recostaba contra la pared y mis ojos se rendían ante el cansancio, ella me obligaba a seguir andando, sin importar lo desgastado que estuviera.
Después de todo, yo debo de ser su guardián.
Finalmente, frente a mí estaba una gran puerta metálica: era la salida de este lugar.
Una consola que nos dejaría salir estaba ahí…
—Debes de abrirla, yo te cubriré la espalda.
Hazlo rápido…
Ella corrió a la consola mientras yo me giraba para darme cuenta de algo.
Entre las sombras, unos puntos se fijaron en nosotros dos: un color azul pálido similar al de esa cosa.
Pero ¿cómo estaba ahí si estoy seguro de que yo lo había matado?
Esto debe de ser una maldita broma
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