Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 15
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15: Algo de paz 15: Algo de paz Sentía un líquido caer de mi mejilla al suelo, una gota de alguna sustancia.
La oscuridad envolvía todo a mi alrededor; no me dejaba ver más de cinco fosas delante de mí.
A cada paso que daba, sentía cómo algo se pegaba a mi espalda tratando de tirarme al suelo; avanzaba paso a paso mientras, detrás de mí, esa cosa se acercaba a mis oídos.
Cuando menos me doy cuenta, más líquido aparece en mi rostro y mi uniforme se llena de sangre, como esa vez cuando mis costillas fueron atravesadas.
El olor dulce vuelve a aparecer mientras se pega a mi garganta; un líquido naranja fosforescente trataba de escapar de mis pulmones mientras el olor a madera quemada surgía.
Frente a mí estaba mi hogar, hecho trizas por alguna razón.
Me acerqué para tratar de abrir la puerta mientras todo se quemaba, cuando de entre las llamas unos ojos de un color azul pálido se marcan, con la misma frialdad de esa vez, como si me hubieran esperado durante tanto tiempo.
Un zarpazo dirigido a mi propio rostro…
Levanté las manos tratando de cubrir mi cara del golpe para darme cuenta de que todo había sido solo un sueño.
Miré a mi alrededor: Marine estaba dormida, ajena a lo que pasaba por mi mente.
Tomé mi saco antes de vestirme; aún ni siquiera pasaban los primeros rayos de sol.
Tomé a Berenice para empezar a desarmarla.
Lien me enseñó a hacerlo sin tener miedo a dañarla.
Desde que salí de ahí, tengo pesadillas similares a esa.
Perdí casi todo mi equipo esa vez y comprarlo de nuevo fue casi una extorsión.
El olor del engrase de armas era un tranquilizante natural; su olor era pesado, similar al de la grasa en descomposición, pero solo por unos momentos.
Cada golpe metálico en la mesa de madera me hacía sentir tranquilo.
Una vez la limpiaba y me aseguraba de su funcionamiento, salía del lugar para hacer ejercicio, como un día me dijo Kauger —creo que ese era su nombre—: “Debes de acostumbrar a tu cuerpo a trabajar, incluso en tus días de descanso”, o al menos así lo recuerdo.
Trato de olvidar el Frente Confederado.
Cuando el sol finalmente salió, escuché lo clásico de todos los días: la pelea entre Lien y Ruhit por una simple lata de atún.
Eso no sería un problema si no fuera por el pequeño detalle de que vendrán aquí cuando recuerden que Marine come mejor que yo.
Terminé de entrenar; el sudor cubría mi rostro y cuerpo.
Tengo que darme un baño pronto antes de que inicie mi turno.
Además, creo que debería de solicitar nuevos uniformes para mi compañía; tienen el olor a muerte que tanto me molesta.
Entré de nuevo y tomé dos barriles para llenarlos de agua; uno era para mí, otro para Marine.
A veces creo que la terminaré volviendo una inútil si le sigo resolviendo todo, pero prefiero que sea una inútil feliz a un soldado tan eficiente como Talos, con esa mirada de las mil batallas.
Tomé su uniforme mientras empezaba a colocar agua y carbón en una plancha.
Empecé a quitar las arrugas de su uniforme, tanto en el cuello como en el resto del cuerpo, mangas y otras partes.
El vapor del agua al evaporarse me rodeaba.
Aunque el uniforme le quedaba tres tallas más grande, trataba de que se viera en el mejor estado posible.
De un momento al otro escuché el suelo crujir de forma rápida.
Mi tiempo de paz había terminado; lo confirmé al ver el rostro de uno de los dos idiotas espiando entre las puertas.
Una de las botas falló haciendo un ruido estrepitoso, seguido de escuchar como si algo pesado cayera por las escaleras.
Miré a Marine abriendo los ojos de par en par, no con susto sino con asombro; ese golpe pudo levantar incluso a los muertos.
Cuando escuché la risa de Ruhit, supe que el que se cayó fue Lien.
—Ya tengo todo listo para ti —le mostré una sonrisa falsa a Marine.
Estaba molesto por los dos idiotas; acababan de despertarla.
Tomé mi subfusil antes de asomarme y le di un golpe con la culata del arma a Ruhit, que seguía riéndose; de inmediato soltó un quejido.
Parece que Lien se había desmayado por el golpe que se dio.
Miré a Marine asomándose por la ventana mientras se estiraba; sus ojos tomaron un ligero parecido a un naranja al ser golpeados directamente por el sol.
—Buenos días, sargento —su voz salió extrañamente tranquila, aunque sabía qué había pasado.
Por lo menos ahora tengo una excusa para ir al mercado mientras a ellos los pongo a trabajar; una buena forma de evitar las molestias.
—Buenos días, Marine —la miré mientras ella empezaba a tocar el agua con la punta de los pies.
—Está muy fría —dijo mientras se empezaba a desnudar.
—Si quieres caliento el agua, no te vayas a enfermar.
—No sé por qué me quedé quieto como un ciervo al ver un destello muy fuerte.
Tomé a Berenice antes de salir del cuarto—.
Me dices cuando termines.
Me coloqué fuera de la habitación recostándome sobre la puerta.
Miré cómo Lien se levantaba mientras Ruhit seguía sobándose el brazo.
—Ustedes dos hoy harán lo de tres hombres.
Desbordan energía, así que deben de tener muchas ganas de trabajar; no se pueden negar a hacerlo.
Se tomarán algunas otras medidas como castigo por su insubordinación.
El sonido de cada acción de Marine perturbaba mi regaño.
Parecía que incluso ella tenía sus cosas; tenía los ojos al frente, Berenice a mi lado tocando mi uniforme al balancearse de un lado al otro…
La paz había regresado al lugar; el castigo fue suficiente como para que se callaran.
Lien se levantaba tambaleándose y como si no recordara cómo caminar.
Presté atención a los sonidos que ella emitía; parecía estar cantando algo, en memoria de lo último que escuchó.
Los rayos de luz cruzaron por las pequeñas rendijas; dejaban ver las partículas de polvo.
Aunque el lugar estaba devastado, aun así se sentía un calor hogareño dentro.
Miré a Berenice; parecía que por más veces que la utilizara jamás sintiera eso.
El sonido del viento entrando por las fisuras de la pared me acompañaba.
Su melodía era extraña; no era algo que cantaría en las trincheras.
Era como si la misma naturaleza le dijera qué hacer.
Cuando ella salió de bañarse solo tenía el saco puesto; verla de esa forma me recordaba a cuando la conocí.
Cuando entré a la habitación ella me esperaba sobre una silla; tenía el cabello suelto.
—¿Me ayudas a peinarme?
—Dejé a Berenice en la entrada apuntando al techo.
—Deja que me lave las manos, no quiero volver a ensuciar tu cabello.
—Metí mis manos al barril donde ella se bañó.
El agua se tornó gris al quitarme el aceite.
Mis manos serían torpes al limpiar su cabello; mis ojos se fijaron en la copa de su cabeza, el sol parecía formar una aureola alrededor de ella.
Tomé su cabello.
Mis dedos se sentían como industria pesada intentando realizar relojería fina.
No pude evitar temblar al meter mis dedos entre sus mechones; los callos de mis manos raspando la suave capa de su cuero cabelludo.
Un olor dulce que emanaba de ella se impregnó en mis dedos como si fuera un chicle; sentía que mis manos eran lijas en su suave cabello.
Eso me aterraba; mis dedos se movían como si tuvieran miedo de dañar algo que era tan frágil, pero aun así eran toscos y torpes, y eso me enfurecía.
Miré cómo ella se quedaba quieta; parecía disfrutar de mi compañía.
Desenredaba su cabello como podía; sus ojos se mantuvieron fijos en la ventana viendo cómo el sol se colocaba en su punto más alto.
Empecé a hacer trenzas, sujetaba un mechón de su cabello mientras con el otro enredaba en “X”.
Cuando terminé, ella tomó un cristal del suelo usándolo como espejo.
Lo dejó de nuevo en el suelo antes de mirarme de nuevo.
—Creo que eso era innecesario, aun así se ven lindas —su voz salió satisfecha.
—Es que hoy te voy a comprar un uniforme de tu talla; es raro que seas la única que tiene que utilizar la ropa de otros.
Aparte se nos acabaron las provisiones, así que debemos comprar más.
Ella asintió mientras terminaba de vestirse.
Tomé a Berenice del suelo; por ahora esta es mi única compañía.
Algo me dice que nos dirán que estas fueron nuestras vacaciones.
Maldita burocracia.
Avancé mientras ella salía de la habitación con una sonrisa de oreja a oreja, pero era siniestro.
—Deja de hacer eso, das miedo.
—¿En serio?…
Bueno, está bien.
—Volvió a su forma normal, eso me alegra.
Ella me tomó de la manga de mi uniforme; ya parecía un ritual antes de salir o volver de cualquier lado.
Bajé de las escaleras mirando cómo esos dos parecían querer matarme.
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