Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 19
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19: Un mal paso 19: Un mal paso El olor de la mañana entró por mi nariz.
Sentía el pecho de Marine subir y bajar, pero todo era demasiado tranquilo.
Miré mi uniforme cubierto de sangre; mis sentidos se volvieron hipersensibles.
No había tenido una pesadilla, pero eso tal vez era porque…
la real me espera en mi vida diaria.
Y lo peor de todo era el vacío que tenía en mi interior, como si no sintiera nada.
Marine se había encargado de ponerme su propia cobija sin importarle mucho la sangre en mi uniforme; revisé mis bolsillos, tenía las llaves dentro de ellos.
Sin darme cuenta, me quedé mirando el casco con el que ayer casi mato a Kael; no sentía alegría ni culpa, de hecho, no sentía nada.
Estaba envuelto en un lugar donde antes no me hubiera despertado en la noche.
Cómo detesto estar en un lugar donde la guerra es lo único que conozco.
Me odio a mí mismo por estar en un lugar tranquilo cuando mis manos destrozaron familias, cuando provoqué daño.
Debería de estar muerto, porque si sigo así terminaré acabando con más vidas de las que puedo contar.
¿Acaso estoy destinado a esto solo por tener una marca en el pecho?
Cada vez me estoy volviendo más un arma que una persona.
¿Y todo esto para qué?
Si solo me queda la opción de pelear hasta el final, creo que debería de terminar con todo, porque si mis manos no sirven para manipular un arma, no creo que sirvan para nada más.
Tomé una bocanada de aire; el aire me dolía.
Era frío, tan frío que sentía como si los cristales de hielo se formaran dentro de mí; cuando soltaba el aire, un vapor lo acompañaba.
Mi camino no solo puede ser a disparos; tengo que seguir adelante sin importar lo cansados que lleguen a estar mis ojos, o si mis brazos y piernas fallan.
Me levanté tratando de no despertar a Marine.
Me acerqué a uno de los vidrios rotos y lo tomé con mi mano desnuda para verme en el reflejo.
Tenía unas ojeras enormes; en mis ojos de color gris parecía no haber alma y tenía moretones en algunas partes.
Tomé mi máscara antes de ponérmela; no quería que me vieran.
Tenía el rostro de alguien que quería morir; mis rasgos juveniles se volvieron casi inexistentes.
Cuando me la puse, me ajusté las correas.
El crujir de mi máscara apretando mi cabeza hizo que esta se fijara.
Mi respiración se volvió pesada, casi metálica; la forma en la que mis pulmones empezaron a sobreexigirse y mi cuerpo lo aceptaba como si fuera un órgano más.
No debo de ser un humano para pelear contra monstruos; debo de ser igual o peor que ellos.
Tomé a Berenice y me la sujeté al cuerpo.
Era la madrugada y el sol apenas saludaba a Ouro; era como si, antes de romper la suavidad de la noche, buscara darnos un momento para agradecer a Ilithana por un día más de vida.
Bajé por las escaleras rompiendo la suavidad del silencio; mis pasos hacían que la madera crujiera cada vez que ponía un pie en ella.
—¡Atención!
—mi grito rompió el silencio de la habitación como lo hace una bala—.
¡Los quiero de pie en menos de dos minutos!
No quiero vagos en la división.
El efecto fue casi inmediato; mis hombres brincaron como gatos poniéndose en posición de firmes.
Al verme, algunos incluso se apuraron aún más.
Me mantuve expectante mientras ellos acomodaban su equipo y lo subían a sus espaldas; el ruido de las mochilas moviéndose de un lado al otro y el de las botas sobre la madera llenó el lugar.
—Si Ilithana y Zethiris no reclamaron sus almas es para que trabajen, no para que lloriqueen como perros.
¡Quiero verlos moviéndose y en fila en un minuto y veinte segundos!
Desde hoy en adelante, no se les dejará fumar frente a mí.
Sus pulmones son un milagro de la diosa de la creación.
Era increíble cómo su eficiencia se veía duplicada; cada palabra parecía que el mismo Rey se las hubiera dicho.
Se movieron como pudieron.
La mirada de Lien o Ruhit parecía evitar la mía, como si solo vieran los círculos rojos de mi máscara antigás.
En eso, el sonido de alguien caminando: era Marine.
Parece estar activa, lista para irnos, pero en su mirada había una extraña soledad.
—¿Dijiste mi nombre, Vaxen?
O eso creo…
—ella tenía esa mirada mecánica que tanto conflicto me generaba.
Apreté mis dientes; no era tiempo de ser frágil.
Levanté mi arma con una sola mano como si fuera una trompeta antes de dar un fuerte golpe con el talón de mi bota al suelo.
—Es hora de que salgan, ya les di mucho tiempo.
¡En posición!
Se movieron como si fueran una especie de amalgama de hombres, pero aún bajo cierto orden.
Cuando finalmente nos quedamos solo Marine y yo, fue cuando volteé a verla.
En su rostro no había más que una mirada de extrañeza; sus ojos procesaban los alrededores de la habitación en búsqueda de respuestas.
—¿Por qué tienes la máscara puesta?
No detecto ningún tipo de gas tóxico.
—Ella dio dos pasos al frente; en su rostro tenía una expresión de angustia.
Colocó una de sus manos sobre mi mejilla; la pasó un par de veces acariciando mi rostro cubierto por la máscara.
Solté un suspiro de alivio.
—A veces el gas no tiene que ser lo que nos impulse a portar la máscara antigás.
Tienes que estar lista para lo que se nos aproxima; la guerra será lo próximo que tus ojos podrán mirar.
Me giré mientras los rayos de luz empezaban a surgir del horizonte como si de una magia se tratara, dejando ver las pequeñas partículas de tierra que flotaban sobre el suelo.
Di media vuelta sintiendo cómo mi pie presionaba el suelo para darme el impulso del otro paso, decidido a poner mano de hierro sobre esta gente.
Marine me seguía; su cuerpo se había vuelto un poco más rígido al andar, pero sus pisadas parecían haber desaparecido, como si fuera un fantasma que levita sobre el suelo.
El sol proyectaba las sombras alargadas de la columna de hombres que se formaba en línea recta.
—¡Quiero verlos en firmes cuanto antes!
—mi grito fue como el resonar de un tambor.
Acataron la orden mientras sus rostros mostraban una mueca de cansancio.
—¡Por el error de uno de ustedes, todos deben hacer cincuenta flexiones en menos de un minuto y veinte segundos!
Se acabó el jardín de niños.
Sus cuerpos se colocaron en posición, uno al lado del otro, y empezaron a bajar y subir de forma rápida.
Me quedé ahí parado mientras Marine observaba el amanecer a mi lado.
Ella tenía una de sus manos en reposo mientras la diestra sujetaba algo en su cuello.
Otro día de mierda antes de combatir; lo único que queda de mí es un pequeño colgante con una foto de una mujer que no he visto nunca.
Debería de poner a Marine en esta cosa.
El silencio tras el minuto fue abrumador.
Ellos estaban sentados sobre el suelo, visiblemente agotados, mientras mi figura seguía serena.
Fue algo extraño; cuando mi reloj mental llegó a cero, levanté mi mano.
Era la señal de que se detuvieran.
Cuando estuvo en alto, me hicieron caso.
El silencio fue increíble, solo cortado por sus respiraciones cansadas.
A mi lado estaba Marine; aún tenía cuidado al respirar y hablar, como si su cuerpo buscara realizar la menor cantidad de ruido posible, solo afectada por el sol que iluminaba sus ojos creando un destello naranja en ellos y un brillo irregular en su piel.
—La artillería no espera a que estén de pie.
¡Vamos, levántense!
—hice un gesto con las dos manos hacia arriba.
Todos en la fila se levantaron; si trabajaran a sobremarchas serían mucho más efectivos.
Miré a todos de forma directa, con un movimiento tosco hecho a propósito.
Dejé a Berenice descansar en mi cintura, mirando al suelo.
El sol ya se había puesto en su punto más alto, golpeando estructuras y proyectando sombras.
Era un espectáculo visual, aunque dentro de este lugar miraras a donde miraras encontrarías devastación.
Solo dejamos esto a nuestro paso, como si fuéramos máquinas sin alma: Nacidos para Sufrir, forjados para aguantar, destinados a morir.
El ruido de un motor cercano rompió el silencio casi perfecto.
Con cada golpe del motor, el camión se acercaba; no tenía la parte trasera expuesta, sino que estaba cubierta por una lona acompañada de una red con camuflaje de hojas.
Era parte de la Novena.
Era hora de ir al frente de la Unión.
Empezamos a subir el equipo al camión: las armas y los pertrechos de la unidad.
El olor a edificios quemados aún flota en el aire; un olor curioso porque a veces las fosas comunes seguían abiertas, combinando ambos aromas.
La máscara de gas filtraba casi todo, pero aun así alcanzaba a oler.
Pronto estaré camino al infierno.
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