Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 21
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21: Autómatas 21: Autómatas Ver cómo todos se movían tratando de reagrupar lo poco que quedaba de la Novena División…
Aunque el escenario era desalentador, tenía que hacer lo que tuviera a mano para evitar la disolución de la misma y, con ello, la de Marine.
Tal vez seamos unos cien o doscientos hombres; jamás se recuperó del todo.
A fines prácticos, solo somos un batallón demasiado castigado.
Ellos esperan que seamos tres divisiones enteras y frescas, pero solo somos los restos de una “división”.
Marine trazaba los planos con una mirada fría mientras de su dedo dejaba caer una gota de un líquido naranja sobre el papel.
¿Qué carajos?
—Marine…
¿Cómo puedes hacer esa mierda?
—Mi mirada era seca y fija; cada vez me sorprende más esta mujer—.
Claro, si puedes explicarlo.
—No sé.
Así de fácil: no entiendo cómo puedo hacer muchas de las cosas que hago.
El aire está muy contaminado; detecto muchas firmas biológicas y algunas otras que parecen ser motores.
Es difícil decirte qué es de forma exacta.
—Aunque sigo sin saber qué son, aun así debemos utilizar el arroyo como punto de defensa.
Además —ella hizo una partición con su mano—, podríamos cavar “trincheras” que sirvan como perímetro de defensa.
Mis hombres trajeron a todos los que alcanzaron.
Se veían demasiado jóvenes; eran conscriptos, probablemente como yo y Lien.
Las supuestas compañías no eran más de quince hombres; portaban armas en condiciones fatales.
—¡Necesito que hagan un conteo de cuántos somos!
—Me desgarré la garganta al soltar ese grito; la máscara me obligaba a gritar mucho más fuerte.
Aún así, se empezó a realizar el conteo.
Parecían una amalgama de personal no profesional.
Estoy perdiendo mucho tiempo aquí.
No tengo ni idea de cuántos somos, mucho menos de si tienen balas o solo les dieron el rifle y su beso de despedida.
Tienen rostros muy inocentes; estos no llevan ni una semana en el frente.
No deben tener una orden, por eso estaban sentados.
Eso es bueno: esta gente no está desmotivada, solo no tiene un mando al cual seguir.
Miré a ambos lados; ya estaba casi todo hecho antes de dar la primera orden de qué haríamos, de cuál debe ser nuestra primera opción.
Si todo falla, debe haber un plan de escape.
Un camión pasó detrás de nosotros; en la caja tenía un montón de cajas apiladas una sobre otra.
Era un camión de la Cuarta División; dentro de él había cuatro hombres que tenían implantes Veluxe en su cuerpo.
Una voz mecánica, como si fuera creada por engranajes, salió de uno de ellos: —Dentro de cuarenta minutos pasará un tren de guerra por aquí —señaló una pequeña montaña que estaba cerca—.
Tal vez sea la única forma de que logren irse de aquí.
Eres un sargento, ¿qué haces aquí?
¿Planeas pelear?
Asentí de forma discreta.
—Esta gente es demasiado joven para morir aquí sin dar algo de pelea.
Supongo que si muero, quiero que sea peleando y no escondiéndome bajo la falda del Imperio.
—Bueno, es tu decisión.
Trajimos armas del Maestro de Armamento de la Octava.
Son varios kits de “Ataúdes de Hierro” y “Hacedores de Viudas” (ametralladoras pesadas), munición y explosivos.
Créeme que esto los podría sacar de apuros.
Los renacuajos fueron a bajar el equipo mientras Ruhit se acercaba a mí.
—Señor, son 286.
Casi todas las unidades tienen entre doce y treinta y dos hombres, pero no hay señal de la Cuarta ni de la Octava.
Eso es…
Marine intervino: —La media es de veintiséis, o eso al menos pienso que son ahora.
Vaxen, el tren no se va a detener; debemos estar sobre la montaña.
Es nuestra única oportunidad de salir con vida de aquí.
Debemos organizarnos; siento cómo la tierra empieza a temblar debajo de nosotros.
Pronto empezaremos a combatir.
—Mire, es hora de que nos larguemos.
Dejamos el equipo aquí y se olvidan de nosotros…
No olvide este apoyo, Vaxen, si en algún punto llega a tener mayor rango.
El polvo provocado por el avance del camión tiñó de un color terroso el aire.
Los rifles empezaron a ser repartidos entre los reclutas de enlace.
Por ahora haré una formación escalonada, aprovechando para hacer una fortificación improvisada con las cajas metálicas: cincuenta hombres, veinticinco en cada flanco.
—Okey, necesito que organicen a los renacuajos.
Deben entender que el miedo los hará morir; que si pelean con todo lo que tienen, podrán ver un nuevo amanecer.
Ustedes deben ser los encargados de llevar el mensaje: que si falla uno, fallan todos.
En casa los esperan.
Mi mente estaba al borde del colapso; no podía sujetarme de ningún lugar.
Incluso Marine parecía ser más confiable para este puesto; yo solo sirvo para pelear, no sé qué haré cuando esta guerra termine.
Me quité la máscara; mis ojos prestaron atención al paisaje, un lugar que en otro momento…
me hubiera parecido hermoso.
El aire que entraba a mis pulmones era rasposo, pesado; aun así, el olor a campo me traía una paz inmensa.
Este lugar me recuerda a la época de no hace muchos ayeres, donde mi mayor preocupación era que el trigo no se pudriera.
Mi cuerpo se movió de forma automática levantando a Berenice.
Tiré levemente de la recámara; dentro había una bala.
Estaba cargada.
Sea lo que sea, debo estar listo para dar la vida aquí.
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