Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 24
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24: Todo ¿para que ?
24: Todo ¿para que ?
Cuando todo terminó, alcancé a ver los ojos de Marine; estaba visiblemente enfadada, o al menos eso pensaba yo.
Sentí cómo la tensión se disipaba; no había más señales de bombardeo.
En ese punto, creo que yo me encontraba bien.
Me tiré a un lado de Marine para ver el cielo a su lado.
De pura suerte seguía con vida; ese bombardeo fue horrible.
Hubo un silencio denso; mis oídos sangraban.
Vi cómo Marine utilizaba la sanación en sí misma para recuperar la audición y después hizo lo mismo conmigo.
Todo se volvió audible de nuevo.
Miraba cómo muchos se levantaban con heridas menores antes de recibir una bofetada en mi rostro.
—¡Jamás hagas eso de nuevo, Vaxen!
Somos un equipo.
Prefiero morir a tu lado antes de verte morir solo.
Eres un idiota.
—El silencio fue reemplazado por el calor de mi mejilla tras el golpe, antes de sentir su cálido abrazo.
Ella acomodó su rostro en mi pecho e intentó quitarse la máscara antigás.
La detuve mientras le señalaba la gran columna de humo que se alzaba detrás de nosotros.
—Aún no puedes quitártela.
Aunque seas capaz de sanar, la gente sospechará qué cosa eres.
Ten cuidado con lo que haces frente a los demás.
No creo que realicen otro ataque como ese.
Tomé a Berenice antes de subir a las vías del tren.
No faltaba mucho para que pasara; las vías empezaban a temblar por la presión de la máquina de vapor.
Esa era la extracción de los restos de la Novena.
Ya nos habíamos agrupado, o eso tratábamos de hacer; pocos eran los que aún se lograban mantener de pie.
Arrastraban a los soldados que aún se podían salvar; estábamos hechos mierda, pero la Novena había logrado sobrevivir.
Me pregunté si los del grupo original lo habrían logrado.
La gran máquina de acero se detuvo frente a nosotros.
El tren giró sus cañones en dirección a la Unión; el sonido fue ensordecedor.
Un oficial salió del tren junto a las enfermeras para ayudar con los heridos.
El oficial bajó con agilidad mientras se acercaba a mí.
Llevé mi mano al pecho; era un Capitán de Logística.
Él me devolvió el saludo.
—¡Sargento Vaxen Costa Marco!
—Él ya sabía quién era yo.
—A sus órdenes.
El oficial miró a ambos lados mientras sacaba una pequeña cámara de su bolsillo.
—Esto debe ser notificado a mis superiores.
La Novena se ha negado a morir otra vez.
Creo que usted fue quien planeó esta defensa.
Hace poco su compañía se añadió a la Novena y el Alto Mando quiere un informe.
—El clic metálico fue seguido de la fotografía de nuestras defensas improvisadas.
Todo era fotografiado: nuestras posiciones, las pruebas de una resistencia hecha con casi nada.
Sus ojos se quedaron fijos en el río mientras observaba el incendio detrás del mismo.
Para él, todo era parte de un gran informe estadístico; miraba el campo como la señal de un grupo que se negaba a morir a pesar de verse superado.
Giró para verme.
—La suerte no existe en el Imperio, Costa Marco.
Si sigues así, pronto llegarás a ser un alto mando; incluso podrías llegar a darme órdenes.
¿Qué edad tienes?
—Guardó su cámara con un gesto mecánico y me vio a los ojos.
—Solo tengo quince años.
Una sonrisa se formó en su rostro mientras se quitaba los guantes para darme la mano.
—Eres un renacuajo precoz.
No debes llevar ni seis meses y ya tienes más rango que muchos.
Sorprendente.
Tal vez seas un defecto burocrático, pero viendo tu eficacia, no dudo del porqué de tu ascenso.
Tomé su mano; su apretón fue frío, incluso más que el metal de Berenice.
—Sube al tren, Costa Marco.
Revisa cuántos siguen con vida.
Iremos a la capital; tienes tres días para organizar a tu gente y escribir los informes.
Te espero en la oficina; quiero hablar contigo de forma personal.
No sé cómo sentirme en este punto.
Miré a Marine; ella observaba a los heridos, escaneando sus daños con la mirada.
El oficial tomó aún más fotografías antes de hacer una señal con la mano.
Desde los cañones del tren, unos gritos de mando se escucharon antes de que un estruendo pulverizante rugiera.
Sentí cómo el tren se inclinaba hacia un lado mientras los cañones disparaban para cubrir nuestra retirada.
La máquina empezó a avanzar rápido mientras las enfermeras se centraban en curar a los heridos.
Marine parecía querer ayudar; me miraba a mí y después a los heridos, solicitando permiso.
Le di un golpe suave en la cabeza.
—Solo no demuestres tus poderes.
Ve y salva a cuantos puedas.
Ella corrió a ayudar, quitándose la máscara para mostrar su rostro a las enfermeras.
Miré a los hombres que aún podían combatir, o al menos sujetar su arma.
—¡Quiero un conteo de cuántos quedamos!
Además, quiero saber quiénes no podrán volver a pelear.
Me senté en el suelo mientras mi mente se ponía en blanco.
Mis ojos quedaron fijos en las puertas del vagón, ahora cerradas.
Sentí cómo mi cuerpo intentaba relajarse mientras estrechaba a Berenice contra mi pecho.
Sigo vivo de puro milagro…
¿Pero por qué yo?
¿Cuál es el sentido de mi vida si solo veo muerte y armas?
No llevo mucho tiempo aquí y ya tengo un rango alto.
Quiero llorar y no puedo.
Si yo lo hago, ¿qué les esperará a mis hombres?
Solo soy útil para eliminar, para acabar con vidas sin dudar.
No estoy hecho para sentir el cálido abrazo de la vida cuando soy un creador de muerte.
Yo solo debo sentir el dolor de aquellos a quienes destrocé; no debo ser feliz.
No debo llorar, no debo gritar.
He de pagar por todo el daño que he hecho.
¿Cómo puedo permitirme soñar cuando solo he sangrado sin parar?
Debería sufrir.
¿Cómo puedo seguir?
¿Acaso mi madre reconocerá mi rostro cuando vea estas ojeras profundas, estos ojos sin alma?
¿Y al final, de qué me sirve seguir peleando cuando ya no me reconozco a mí mismo?
¿Cuál es la razón de todo este sufrimiento?
¿Acaso estoy condenado a esta vida por mi forma de ser?
Solo quiero ser feliz…
pero eso es demasiado egoísta de mi parte.
Miré mis manos cubiertas de tierra y sangre; manos con callos de cuando trabajaba el campo, con las que un día demostré que no solo sirvo para dar muerte, sino para cuidar la vida.
Pero eso…
eso ya solo es un recuerdo lejano.
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