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Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 25

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  3. Capítulo 25 - 25 Fue un buen descanzo
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25: Fue un buen descanzo 25: Fue un buen descanzo Sentí una suave brisa.

No sentía a Berenice entre mis manos, pero no me importaba mucho; estaba lejos de cualquier campo de batalla, lo notaba por el lugar y el aire limpio.

Toqué el pasto; era suave.

Un olor dulce llegó a mi nariz.

En el árbol donde antes descansaba había un columpio donde una mujer me daba la espalda; aunque su figura me era reconocible a simple vista, no sentía el peso de nada sobre mí.

A cada paso que daba escuchaba el cantar del mar, el graznar de las aves; todo aquí era tan tranquilo.

Cuando traté de acercarme a ella, sentí como si dos manos sujetaran mis pies, impidiéndome avanzar.

Al mirar hacia abajo, vi dos rostros mordiendo mis pantorrillas y tratando de derribarme.

Luché por salir de su agarre.

Algunos tenían el rostro deforme, como si una pala los hubiera golpeado.

Miré al frente y aquel árbol estaba en llamas.

En la costa, divisé acorazados confederados disparando sus cañones hacia la ciudad.

Miré una última vez al mar: ahora su agua era de color negro mientras un extraño brillo surgía de ella.

Cuando giré, vi a un hombre con el rostro triturado; él me empujó al abismo.

Mis ojos se abrieron de par en par mientras mi cuerpo se tensaba al instante alrededor de mi arma.

Miré a mi alrededor buscando indicios de alguna amenaza.

Mis ojos se centraron en las enfermeras, buscando a Marine entre ellas.

Sentí una descarga de adrenalina.

Me levanté de forma apresurada, tirando una hoja de papel al suelo.

Me agaché para levantarla.

En ella estaba anotado de forma rústica el número 127; abajo decía: “42 aptos, el resto herido”.

Caminé un poco; quería tomar algo de aire fuera del vagón.

Me quité el blindaje y lo tiré al suelo; de inmediato me sentí más ligero.

Jamás me había puesto una coraza y no estaba acostumbrado a cargar tanto peso.

Sentí el frío de la noche.

Sujetaba mi arma mientras el viento pasaba alrededor de mi rostro.

Me recosté en las barandillas mirando cómo el tren avanzaba entre el bosque; desde ese lugar, notaba cómo pequeñas luciérnagas hacían brillar el interior de la arboleda.

Recordé que debía ir a la oficina del oficial; quería hablar conmigo.

Me pregunté qué sería; espero que no sea nada malo, Ilithana no lo quiera.

Empecé a caminar entre los vagones observando que el lugar se encontraba limpio, algo que jamás esperé ver en un tren blindado.

A cada paso atraía miradas no deseadas de la tripulación.

Buscaba la parte trasera del tren; ahí debería estar el vagón del oficial.

Al llegar al último vagón, vi una luz cálida saliendo de las ventanas.

Definitivamente era ahí.

Toqué la puerta de forma suave y uno de ellos se acercó para dejarme pasar.

El ambiente era sereno.

Entre los rostros presentes había uno muy familiar…

era Z.

—Veo que sigues con vida.

¿Dónde está el H1-645?

Lograste subir muchos escalones en poco tiempo, estoy sorprendido.

Aquel oficial me hizo una seña para que tomara asiento.

¿Qué hacían los confederados aquí?

Miré a Z; estaba tomando un trago de alguna sustancia y parecía disfrutar mi cara de confusión.

—¿Quieres un poco de whisky?

Es del bueno.

—Miré la botella a un lado, medio llena; tenía una etiqueta con la imagen de un cuervo.

—Gracias, pero yo no tomo.

¿Cuál es el motivo de esta “reunión”?

—dije mientras rechazaba el trago y me sentaba frente a él en un sillón de terciopelo color vino.

—Vamos, solo un poco, no está envenenado.

Supongo que ya sabes que el motivo de este encuentro es sobre lo que encontraste en el laboratorio.

Obtuviste cierta fama por lograr matar a una de esas cosas tú solo, y entre la población civil se te tiene en alta estima.

No me sorprende, teniendo en cuenta que libraste batallas tan desiguales y aun así te las apañaste.

Me miró de forma atenta mientras me pasaba el trago.

Lo tomé con ambas manos; un fuerte olor a alcohol me abrió las fosas nasales.

Él me observaba con una sonrisa.

Me llevé el vaso a la boca y el líquido quemó mis labios.

De un trago, ingerí todo el contenido mientras un calor se forjaba en mi garganta.

Ver a este tipo me daba miedo.

—Perfecto, Costa Marco.

El plan es fácil y todos vamos a ser felices: el plan es que inicies una revolución.

Los hombres que están a mi alrededor son gente que, al igual que tú, están cansados de la guerra.

¿Y quién mejor para esta misión que los héroes del pueblo?

Es un mal necesario.

Tienes que mostrar a la población que la guerra no es la única forma de progresar.

No será una tarea fácil y, de los cuatro elegidos, eres quien más difícil la tiene.

Aun así, creo que no hay nadie mejor para lograr tal hazaña.

Te niegas a rendirte…

y eso es lo que te hace único, sin importar la dificultad.

Serví más whisky; debía tomar una decisión y no quería hacerlo de forma consciente.

—Es hora de acabar con esta mierda de guerra, y qué mejor que iniciando otra…

Solo hay un pequeño detalle: te tendrás que alejar de H1-645 por su propia seguridad.

Ella no tiene carácter para gobernarte.

—Él jugó con el vaso mientras me miraba con una sonrisa.

—¿Qué mierda es Marine?

—intervine de forma rápida.

Mi voz salió ahogada; lo miré a los ojos mientras me servía otro vaso.

—Tranquilo, niño, te puedes desmayar.

Eres todo un alcohólico, muy mal —dijo con tono sarcástico—.

Marine…

no sabría decir qué es realmente.

Solo sé que no es una “humana”; es un híbrido.

Verás, hace más de 400 años hubo una guerra entre los humanos y las demás razas.

Ellos eran superiores a nosotros en todo, menos en algo: nuestra terquedad.

Nos veían como una raza inferior por no poder utilizar el parna, así que utilizamos nuestras manos para controlar el fuego.

Todo eso para que el Gran Rey uniera el continente bajo un solo estandarte…

quién pensaría que ahora nos matamos entre nosotros mismos.

—Diría que Marine es la unión de los “elfos y la máquina”; además, sospechamos una relación directa con el programa republicano para traer a las diosas a la Tierra.

Cuando esté dormida, dile al oído: “Diosa Zethiris”; es solo para confirmar mi teoría.

Cuando salgas de la capital, tienes que dejar a Marine.

La llevaré a la nobleza confederada para que sea instruida en el arte de gobernar…

Ella debe ser nuestra esperanza de paz.

Él tomó sus cosas y se dirigió a la parte final del tren, donde había un árbol con tres caballos enlazados.

Saltó sin dudar junto a los demás hombres.

Me quedé solo con la botella frente a mí.

Dejé que mis brazos cayeran a los lados del sillón, soltando a Berenice.

Frente a mí había una gran pila de papeles; el título era: “Batalla de los campos de la provincia de Kisona”.

Él había dejado el informe ya redactado por mí.

Tome la botella mientras mi mente daba vueltas.

No había tenido tiempo de procesar mi propio trauma y ahora me daban esta información.

Sentí cómo el whisky quemaba mi interior mientras seguía bebiendo hasta que no quedó nada.

¿Y ahora qué mierda hago?

Esto es peor de lo que pensaba…

Tomé a Berenice del suelo, mirando sus acabados de oro y plata.

La coloqué entre mis piernas y tiré de la palanca; una bala subió a la recámara.

No pude evitar mirarla.

Mis manos temblaban mientras colocaba el cañón bajo mi barbilla.

¿Al menos puedo elegir cuándo voy a morir?

Sentí el frío del metal contra mi piel.

Solo debo tirar del gatillo y no tendré que aguantar más.

Ya no podrán elegir por mí…

Solo tengo que disparar.

¿Por qué tengo tanto miedo a dejar de existir?

El cañón se hundió en mi carne.

El calor de mi cuerpo se convertía en vapor en cada respiración.

Miré mi reflejo en un espejo, notando las ojeras y mis ojos vidriosos; dentro de ellos ya no quedaba nada.

Soy un cobarde.

¿Por qué no acabo con todo de una puta vez?

Apreté las manos alrededor del arma, cerré los ojos y mordí mi lengua.

Se escuchó el golpe del percutor…

seguido del silencio de una bala encasquillada.

Mierda, ni morir puedo.

No pude evitar reír.

Ni la muerte me quería.

Me reía solo mientras sentía las lágrimas bajar por mis mejillas.

De mi risa maniática surgió un llanto desconsolado que hacía arder mis ojos.

Me tumbé en el suelo mientras el llanto me consumía.

Ni para darme de baja sirvo; soy un inútil en todo.

Parece que yo fui quien destruyó a Orythea…

Qué clase de vida es esta.

Aunque creo que el suelo es muy cómodo; podría descansar aquí solo un momento…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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