Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Mirando a el paso de los Caídos
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26: Mirando a el paso de los Caídos 26: Mirando a el paso de los Caídos El sonido de la puerta al abrirse despertó a Vaxen, quien dormía en el suelo abrazando su arma.
El oficial lo miró mientras retiraba de forma lenta el rifle para evitar que se disparase de manera accidental; su mirada se fijó en la bala encasquillada.
Mientras preparaba su café matutino, desencasquilló el arma, tomó el informe y lo empezó a leer, pensando para sí mismo: “¿Por qué el mando piensa que es buena idea mandar niños a la guerra?”.
Él dejó su saco sobre Vaxen; las mañanas suelen ser frías, y más cuando duermes en el suelo como si eso no afectara en lo más mínimo a tu salud dentro de una zona de guerra.
Miró el mapa, sacando unos alfileres para recrear la batalla tal cual el informe hecho por Vaxen.
“Creo que, desde aquí, Vaxen solo sigue siendo un niño que aún no madura”.
Me levanté; tenía uno de los peores dolores de cabeza.
Miraba cómo los rayos de luz cruzaban por dentro del vagón, el cual seguía avanzando a través de la cordillera.
Miré dentro del lugar y observé que Berenice estaba sobre la mesa donde el oficial tomaba un café.
—Mira quién se levantó, mi alcohólico favorito.
Te tomaste uno de los más caros que tenía; algún día me lo tienes que pagar.
Bueno, veo que al menos hiciste un informe entero en una sola noche, y no parece contar mentiras.
—Él jamás despegó la vista de los papeles, pasando hoja tras hoja.
—Tengo una pregunta…
¿Cómo mierda lograste entrar a mi oficina si estoy seguro de que la cerré con candado?
—Él le dio un sorbo a su café mientras seguía mirando el informe—.
Me hubieras pedido permiso para usarla.
Y Marine, o como se llame, estaba preguntando por ti.
Él seguía en el papel y, a un lado, el mapa del campo de batalla.
Recreaba cómo en teoría habíamos luchado para ver si siquiera era posible de realizar; señalaba puntos críticos y miraba mi respuesta.
“Formación dentada”, dijo para sí mismo.
Sus ojos se fijaron en mí mientras esperaba una respuesta sólida de la maniobra ejecutada; yo solo me levanté tambaleándome de un lado al otro, mirando al paisaje…
—Quiero vomitar —dije antes de correr rumbo a la salida del vagón.
Sentí cómo todo el alcohol del día anterior me golpeaba de forma directa, cobrándose mi agonía como paga por sus efectos.
Sentí una mano detrás de mí dando pequeños golpes en la espalda; él extendió un vaso de agua a mi lado.
Lo tomé; me sentía fatal, tenía la lengua seca y, no sé por qué, pero mi propio cuerpo decidió que ese era un día no laboral.
—Oye, Vaxen…
—su voz salió seca, casi como si se preparara para decirme algo que pudiera ser tabú—.
Ayer tú tenías el arma debajo de tu barbilla…
estaba encasquillada.
Trataste de dispararte…
¿o acaso me equivoco?
Mi cuerpo se tensó de inmediato mientras giraba mi cabeza de forma tosca.
—¡Yo no haría eso nunca!
—Traté de fingir un tono de indignación mientras me llevaba la mano al pecho.
—No te hagas.
Pero piensa en Marine; no creo que la quieras dejar sola en un mundo como este.
Dime, ella no parece ser la típica chica que encuentras por ahí; es el tipo de mujer que da paz con solo verla.
¿Tú no piensas igual sobre ella?
Si yo fuera tú, ya me hubiera casado con ella…
o al menos lo trataría.
—No creo que yo la merezca.
Quiero que ella sea feliz lejos de la guerra.
Yo solo soy un inútil que no puede mantenerse de pie por sí mismo; dependo de los demás para poder ganar una batalla.
Creo que no puedo darle una vida donde ella esté segura.
—Miré a las montañas desde aquí antes de acomodarme; tomé el resto del agua.
Él sonrió mientras acariciaba mi cabello.
—Verás, Vaxen, tienes solo quince años.
Yo sé que tú no ves de lo que eres capaz.
Si no puedes darle un lugar de paz, construye uno.
Eres un gran líder, solo te falta crecer; aún eres demasiado joven para decir que eres un inútil…
Aparte de eso, tengo sospechas de que el alto mando no te quiere ver con vida.
Su voz fue cortante y seca.
Miró a los pueblos cercanos donde una mujer, al lado de su esposo, tomaba agua del río mientras su cuerpo se hacía hacia adelante.
—Explícate.
Dame un porqué.
—Tienes más visitas al frente que yo y que casi cualquier persona.
No es normal que te muevan de un lado al otro, y menos en tan poco tiempo.
Además, te quieren volver un Héroe del Pueblo; te mandan a operaciones que, de otra forma, serían suicidas, pero por alguna razón siempre sales con vida.
Tienes los ojos encima de muchos al lograr subir de rango en un tiempo increíblemente bajo.
Todos te miran, Vaxen; eres una pieza muy valiosa.
—Él se acomodó su uniforme mientras tomó un cigarrillo para prenderlo—.
Eres un diamante en bruto que buscan explotar.
Una risa suave salió de él mientras sacaba el humo de sus pulmones.
—A veces las estrellas brillan con una gran fuerza, pero solo es momentáneo; las estrellas más hermosas gastan su vida antes de lo previsto.
Vamos a parar pronto para dar fuego de artillería contra fortificaciones unionistas.
Él dejó su cigarrillo con una mueca de seriedad, olvidando la plática.
Se escuchó el sonido del tren al frenar mientras los cañones se movían a uno de los lados para esperar la orden de bombardeo.
Él se colocó su gorra mientras daba pasos para subir y ver el área…
Tomé algo de aire antes de levantar la voz.
—Quiero dar reconocimiento antes del bombardeo.
No quiero que el disparo acierte de forma accidental a nuestra propia gente.
Deme el permiso para hacer esa acción.
Él se detuvo a medio camino mientras tomaba algo de la mesa.
—Déjame ver qué tan capaz eres…
Ve, Vaxen.
Tomé a Berenice mientras corría a donde estaban el resto de los hombres; solo necesito a cuatro para dar reconocimiento.
Mi mente pensaba en cómo entrar y salir sin ser vistos mientras mi cuerpo reaccionaba a la presión.
Algunos maquinistas en el camino me miraban con desprecio; para ellos era un invasor en su hogar de acero.
Esquivaba a quienes se trataban de poner en mi camino mientras mis ojos solo se fijaban delante mío.
El peso de Berenice sobre mis hombros era algo a lo que ya me había acostumbrado.
Cuando pasé la enfermería, miré cómo mis hombres estaban en el suelo por la falta de espacio y la cantidad de heridos.
Las enfermeras me miraban con curiosidad; una se puso delante de mí y me encorvé poniendo el arma delante mío antes de brincar para esquivarla…
“Los de infantería son unos salvajes”.
Después de la enfermería estaba la cocina donde los maquinistas desayunaban.
Este lugar era una ciudad móvil; me pregunto cuánta gente puede entrar aquí.
El olor a comida recién hecha me hizo perder la concentración; es verdad, desde ayer no he comido nada…
¡Mierda!
Me olvidé de Marine.
¿Dónde mierda estará Marine?
Me acerqué a la cafetería donde estaba un chef; miré cómo él trataba de esconder la comida que estaba frente a mí antes de que lo lograra.
Saqué la pistola del comandante.
—Negarle servicios a un superior se castiga con la muerte, hombre.
—Sus ojos se abrieron de par en par mientras una gota de sudor bajaba por su rostro.
Dejó la bandeja en el mostrador; sus manos temblaban mientras él solo asiente—.
Discúlpeme, señor; la comida es toda suya.
Cuando tomaba la comida, miré cómo una sombra se proyectaba detrás mío.
—Maldito renacuajo.
—Su voz fue dura; se notaba un enojo a simple oído.
Con el rabillo del ojo miré cómo él se lanzaba contra mí.
Tomé a Berenice para darle una vuelta; la bayoneta se sale por accidente logrando casi rebanarme el cuello.
El golpe fue dado en el mecanismo del arma mientras el sonido seco y bruto del puño se hace claro.
Miré cómo él se hace hacia atrás, moviendo su mano de un lado para el otro.
De forma automática, mi cuerpo se mueve para golpear su hígado con la culata del arma.
Él cae al suelo mientras se lleva la mano a su estómago.
Yo me muevo para dejar la bayoneta apuntando a su cuello; él me mira con los ojos perdidos mientras veo el reflejo de mi postura en sus ojos.
—Son unos malditos monstruos.
Cada lugar que pisan lo destruyen.
Lárguense de nuestro maldito tren; ustedes solo son una plaga, bola de salvajes.
—Sus palabras salieron con una debilidad palpable; en sus ojos había una mezcla de miedo y repulsión.
—La guerra no se gana desde la comodidad de una pieza de artillería, mucho menos en un lugar donde no ves a tu enemigo de frente.
Peleas de la forma más cobarde posible, desde la retaguardia.
Eres un cobarde; si yo soy una plaga, tú eres un animal carroñero que se beneficia de la infantería.
No miré atrás.
Me quedé mirando la comida, la tomé mientras robaba otros dos panes y avancé por los vagones.
El frío aquí se sentía más fuerte, incluso había nieve en ciertos lugares.
Avancé hasta el vagón donde estaban los hombres que aún podían seguir de pie; busqué a Marine.
Mis ojos pasaron de un soldado a otro; ella estaba en una esquina con un traje de enfermera.
Ella reía junto a otras enfermeras mientras comía algo…
Miré la comida que sujetaba en mis manos y miré a los lados buscando a alguien que se notara al borde de la muerte por falta de alimentación, pero para mi sorpresa todos estaban comiendo.
Entonces tomé la comida y comí todo como si no hubiera comido en meses.
Me sentía un idiota al casi matar a alguien.
Marine tenía mi coraza y casco a un lado de ella; esa pelea fue totalmente innecesaria.
Ella me mira, sus ojos se abren de par en par; deja de comer mientras sus ojos me escanean.
Me acerqué a ella para tomar mi equipo.
Ella se levanta y me mira de forma directa, sus ojos fijos en mi cuello mientras da un paso frente a mí.
Su mirada se clavó en mi arma, cubierta de sangre por el golpe.
—¿Qué te pasó, Vaxen?
Estás sangrando del cuello.
Ella extendió sus manos a mi rostro, pero mi cuerpo reaccionó de una forma ilógica: se agachó para esquivar su agarre.
Caminé directo a mi equipo, tomando mi máscara de gas para ponérmela.
El olor del filtro me ayudó a tranquilizarme; después me coloqué el casco y, por último, mi coraza.
Miré cómo ella formaba un puchero.
—Vaxen, no me ignores.
Quítate la máscara y déjame ayudarte.
—Su voz salió chillona, como si buscara una respuesta.
—¡Necesito cuatro personas que no tengan valor a sí mismos y que me acompañen a hacer un reconocimiento sobre la montaña!
—Algunos hombres saltaron de inmediato levantando sus armas.
Pensé que tendría que obligarlos; miré los rostros de todos y señalaba a los que se miraban más curtidos en combate.
—Tú, tú, tú y tú.
Me van a acompañar al frente.
Tomen sus cosas y vamos de aquí.
—Miré cómo la puerta se abría; el frío cortó el aire mientras ellos se levantaban por pura inercia.
Sus cuerpos se levantaron y miré cómo ellos se equipaban de la misma forma que yo.
Las botas cayeron sobre la nieve rompiendo el silencio de la naturaleza.
Detrás mío cayeron los otros cuatro; todos miraron a su alrededor.
—Sargento, la visibilidad es casi nula; solo veo de aquí a cien fosas o cincuenta —dijo uno mientras miraba a los lados.
—Quiero verlos en posición de cuña.
Es hora de iniciar el avance.
Si uno es herido en el avance, olvídenlo; si lo es en el regreso, lo traemos, aunque sea un contratiempo.
—Mi voz salió casi de una forma robótica mientras empezaba a caminar entre la nieve…
Espero no tener bajas…
mucho menos a la artillería disparando contra mis soldados.
Que las diosas nos den su bendición.
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