Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 27
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27: Las fortalezas 27: Las fortalezas Mi bota cruje sobre la nieve; se hunde a cada paso que doy.
Subir me quita las energías; a cada paso la tarea se vuelve más tediosa y, aunque lo hiciera, ya llevo un buen tramo avanzado.
Lo fácil fue subir la montaña; lo difícil será bajar.
Todos los de aquí arriba tienen el mismo rostro de querer terminar pronto el trabajo.
El aire frío golpea mi rostro y el de los demás; el tiempo se hace eterno.
Berenice pesa más de lo normal; la colina está muy empinada y eso solo hace más difícil esta “excursión escolar”.
Miro a mis lados; no parece haber presencia enemiga.
Mis ojos se acostumbran al rebote de la luz en la nieve.
No somos una división de montañeros y, aun así, estamos logrando subir.
—Es hora de descansar, no quiero que alguno de ustedes se mate por resbalarse.
Les señalo una pequeña cobertura donde no estamos a tiro de la parte de arriba…
Me desplomé sobre la nieve.
El frío atraviesa mi uniforme; es reconfortante.
Sigo vivo y, en camino, debería escribir un poema para Marine; este lugar me recuerda a su piel.
Busco en los bolsillos de mi uniforme el mapa de las montañas.
El tren ya debe de estar listo para disparar sus cañones; espero que no provoquen una avalancha.
Estoy a mitad de camino; según este mapa, si subo un poco más, podría ver las fortificaciones.
O al menos eso quiero creer.
Es hora de seguir caminando, se ven menos cansados.
—Es hora de caminar, quiero verlos moviendo el culo.
Es hora de ganarnos el pan que comeremos mañana.
Me levanté del suelo y tomé a Berenice.
No sé quién estaba más frío, si yo o ella; creo que estamos iguales.
Espero que no me falle porque el arma tiene frío.
Tiré de la corredera; una bala cayó a la nieve.
Mierda…
ya la había cargado y no me di cuenta.
Quería llorar al ver cómo la bala se hundía en la nieve mientras el resto del equipo se reía de un error tan básico.
—Y pensar que eres el tipo que destruyó a un Ejecutor de un disparo…
Sigues siendo solo un niño, Sargento.
—Miré cómo ellos seguían riendo mientras yo empezaba a avanzar.
En otro momento, este lugar tendría una de las vistas más hermosas.
Caminé un poco más cuando, por no mirar adelante, choqué con alguien.
De inmediato extendí mi mano para levantarlo.
—Discúlpame, no estaba mirando al frente.
—Igual a mí, no estaba prestando atención.
Bajar la montaña es muy difícil, ¿verdad?…
No sé por qué los mandos nos mandan aquí.
Espera…
no sé de quién es esa voz.
Mi cuerpo se lanzó de forma automática a tomar a Berenice mientras la bayoneta salía de su escondite.
Siento cómo mi arma se ve forzada a atravesar el cuerpo de esa persona y la sangre empieza a surgir de la herida.
El grito de él salió ahogado mientras trataba de tomar su rifle.
Miré la expresión de angustia en su rostro mientras la vida se le iba por el pecho.
Sus ojos se quedaron fijos en mi rostro mientras con una mano sujetaba la bayoneta de mi arma; sus ojos tenían un miedo dibujado a fuego.
Él no era un aliado, aunque por unos momentos fue un “amigo de penas”.
Sus respiraciones se volvieron lentas mientras me miraba; un color pálido surgió de él, envolviendo su rostro.
Saqué la pistola del comandante y apunté a su rostro mientras tiraba de la corredera.
Sus ojos se abrieron de par en par mientras levantaba una de sus manos para ponerla delante de su cara.
Sus ojos empezaron a ponerse cristalinos mientras negaba con la cabeza.
—Perdón…
—susurró.
—Espera…
Las fortalezas están llenas de civiles y prisioneros de guerra.
No hay más de veinte guardias.
Sabemos que el tren planea disparar…
—Sus últimas energías se fueron en ese grito.
Mi mente pensó de inmediato.
Coloqué una pierna sobre su pecho para sacar la bayoneta.
Apenas salía del risco cuando miré a uno de mis hombres.
—Quiero que alguien baje y solicite al resto de la división que aún se pueda poner de pie.
¡Arriba hay civiles y solo veinte guardias!
Quieren usar a nuestra propia gente como escudo para que el tren revele su posición.
Los miré; parecían confundidos.
Aun así, uno levantó la mano mientras me tiraba su fusil; él bajaría mientras nosotros asaltábamos las posiciones.
—¡Vamos!
Tenemos que correr si no queremos ver a mujeres y niños hechos pedazos.
Piensen en su familia como si estuvieran allá arriba.
Es hora de demostrar que la Novena de Asalto tiene menos miedo que las demás.
Tomé aire mientras empezaba a correr cuesta arriba.
Sentí cómo desde el fondo de mi corazón se despertaba algo; el calor me inundó y mi cuerpo empezó a bailar con el frío.
Deformaba la nieve debajo de mí mientras saltaba de un lugar a otro para alcanzar la cima, y ellos me seguían.
No puedo fallar esta misión si quiero ser llamado Héroe del Pueblo.
Lograba ver cómo las primeras defensas surgían.
Avanzaba a pasos agigantados a pesar de que mis piernas quisieran morir; avanzaba sin tener en cuenta mi propio dolor.
Salvar a esa gente era lo único importante.
Si ellos los usan como escudos, son unos monstruos; entonces yo debo ser un monstruo peor para combatir contra ellos.
Cuando miré al primer guardia, mi cuerpo se tensó.
De inmediato me encorvé y, en cuestión de segundos, saqué mi pala.
Si uso a Berenice, puedo fallar en una carga; en cambio, si uso la pala…
Tomé impulso mientras la ponía al frente.
No necesito un arma filosa cuando quiero deformarles el rostro a golpes.
Con toda mi fuerza di un golpe en su nuca; él se derrumbó en el suelo.
Giró para tratar de sujetarme las manos, pero con la parte plana le di golpes en el rostro.
El sonido de los huesos al romperse me llenó los oídos mientras la máscara se me manchaba de sangre.
Su cuerpo convulsionaba a cada golpe mientras yo seguía deformando su cara.
Tomé la pala para usarla como un pico, usando la punta para partir su rostro en dos.
Me levanté mientras otro soldado se aproximaba; pude ver el miedo en sus ojos antes de ser golpeado.
El sonido de su carne desgarrándose era extrañamente excitante; la sangre de mis enemigos cubría mi uniforme.
Estaba en un placer inmenso mientras la sangre me manchaba.
No puedo evitar sentirme sucio por sentirme de esta forma, pero ¿qué hago si mi cuerpo decide que esta situación merece un placer tan reconfortante?
Miré a mi alrededor buscando una nueva persona donde desatar toda mi furia.
Vi a un hombre de frente, fusil en mano, listo para dispararme.
Su error: pensar que tengo miedo a morir.
Me lancé como un rayo para dar un golpe con la culata de Berenice; quedó de rodillas antes de que mi pala rompiera su cráneo.
La sangre brotó sin control.
Otro golpe, y otro; me sentía en un éxtasis único.
Me lancé contra el siguiente usando la bayoneta; atravesó su pecho mientras yo cargaba mi peso para que saliera tal cual entró.
De entre las trincheras salió un hombre; su traje de oficial estaba en perfecto estado.
Tenía una espada.
—Detente, seguidor del Necro.
Hasta aquí llegó tu camino.
Te voy a poner en tu lugar.
Pelea como un hombre y así al menos no te recordarán como la bestia que eres.
Mi respiración era pesada a través del filtro.
Este hombre, con solo mirarlo, me generaba un desagrado increíble.
Se ha pasado la vida matando críos y quiere un duelo de “hombre a hombre”.
—No tengo tiempo para juegos de niños —dije mientras limpiaba las viseras de mi máscara para ver mejor.
—Qué clase de mujer crea a una bestia como tú…
—Su voz salió chillona, marcada por el desprecio.
Tenía una boca muy afilada para ser un vejestorio.
—Pídeme perdón y tal vez no deformaré tu rostro, anciano.
Me lancé mientras descargaba ataque tras ataque.
Él tomó distancia para que mi pala no lo golpeara.
En un momento, lanzó un tajo a mi rostro; me agaché para esquivarlo y, antes de que lanzara otro, tiré mi pala al suelo.
Lancé un gancho a su mandíbula y luego un volado; los golpes dieron de frente y él se tambaleó.
En ese momento tomé mi pistola.
Apunté directamente a su rostro.
No dudo, no pienso, solo acciono.
Siento cómo el tiempo se vuelve lento mientras la bala impacta en el rostro del oficial.
La vaina del arma cayó de forma lenta mientras su cuerpo caía hacia atrás por el impacto en su cráneo.
Fue un momento breve de claridad mental en medio de mi apogeo, roto únicamente por el tintineo de la vaina al caer al suelo.
Había un silencio incómodo después de haber acabado con cinco hombres.
Sentí humedad en mi costado, debajo del pulmón.
Sabía qué era, pero no quería bajar la vista.
Miré mis manos cubiertas de un rojo intenso; el olor a hierro se había pegado a mi cuerpo y a mi ropa.
Era un extraño sentimiento tras el éxtasis; me sentía cansado mientras miraba cómo mis hombres sacaban a los civiles de las fortalezas.
Debo reagruparme.
Acabo de matar a cinco hombres; solo las diosas saben cómo logré hacer todo eso.
Me levanté, respirando de forma tosca, silbando detrás de los filtros de gas.
Salí de las trincheras para dar órdenes sobre qué hacer con los civiles y los prisioneros.
Respirar me causaba un dolor inhumano; en cualquier momento me desmayaré.
Mis ojos se centraron en el horizonte mientras sentía que mis huesos iban a colapsar.
El soldado me había dicho la verdad: solo había niños y mujeres, gente que no podía defenderse.
Se abrazaban para cuidar a los ancianos.
Unidad Imperial, ante todo.
Todos esperaban que mis hombres dijeran algo.
Me quité la máscara antigás, sintiendo cómo el aire frío cortaba mis pulmones.
Mi rostro solo dibujaba malestar, pero reuní las fuerzas para una última orden.
—¡Bájenlos de la montaña!
¡Que nadie se quede atrás!
Sentí cómo todo se volvía negro.
Mis piernas cedieron.
Lo siguiente que sentí fue el golpe de mi cuerpo al caer; mi rostro sintió el frío de la nieve.
Sentí una calma irónica mientras mis ojos se cerraban de forma automática.
Cubierto de sangre y nieve, mientras todo parecía querer devorarme, mis ojos grises se cerraron agotados…
solo queda un vacío negro dentro de ellos que no se debe observar.
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