Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 3
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3: Nido de paja 3: Nido de paja Desde que tengo uso de razón, jamás he dejado este pueblo, Nací cerca de la ciudad de Tama, una gran ciudad desde mi punto de vista.
Cuando solo tenía ocho años, el Imperio se llevó a mi papá; mamá dijo que él fue a defender nuestras tierras.
Pero sé que mentía, La ayudé a cuidar del ganado y de mis hermanos, aunque me costó tenerles respeto a los animales, Me preguntó: «¿Cuánto tiempo me queda aquí?» Me gustaría visitar la ciudad algún día, pero en mi pequeño pueblo me siento tranquilo; nunca he deseado alejarme de este sitio tan pacífico.
Miré a mi alrededor los pastos verdes y la granja de trigo que se extendía por varias fosas, Me recosté junto a un árbol mientras cuidaba al ganado cuando se alimentaba Miré cómo, a lo lejos, la ciudad estaba en constante cambio, A veces barcos de guerra la “destruían”, pero en unos cuantos días se volvía a levantar: es un recordatorio de que el Imperio sigue en guerra, aunque no sé cuál es la razón de que ellos peleen por unas tierras sin sentido, O eso dice mi abuelo Él dice que cuando era joven no tenían esos rifles y que peleaban con avancarga, aunque disparar era algo similar a jugar a los dardos.
no le dabas a nada a cincuenta fosas El abuelo- Una ligera sonrisa se formó en mi rostro.
El pensamiento de mi abuelo peleando con un arco y flecha me hacía reír; es capaz de decir que él luchaba con palos y piedras, pero ya qué.
Miré cómo el sol pronto se escondería detrás de las montañas, Me levanté del suelo mientras obligaba a los animales a entrar a los establos, Cuando entraron, se acomodaron como siempre.
Fui de nuevo a casa y vi a mi abuelo en su silla mecedora, mirando a la nada con la misma mirada muerta de siempre.
Entré a la habitación; dentro ya estaba la cena servida.
Mis hermanos estaban sentados con las manos sobre la mesa, rezando a la Diosa.
Me senté en mi silla, escuchaba los rezos a mi lado y seguí con la oración —Diosa de la vida, tú que andas descalzas sobre el oro y la tierra tú que haces que la gente recupere la vida con tu sola mirada.
Gracias por darnos cobijo y abrazarnos, por poner la comida en nuestra mesa, por guiarnos en la hambruna y hacernos llegar al cielo.
Cuando terminamos, empecé a comer de forma rápida Me levanté para asomarme afuera mi abuelo seguía allí con la escopeta en sus brazos y la mirada perdida.
—¿Oye, abuelito, no vas a comer?
—preguntó uno de mis hermanos.
—No, mijo Tengo que cuidar que los lobos no se traten de comer al ganado.
No intervine Si lo hacía, no dormiría hoy; tenía miedo de estar afuera y hacía mucho frío durante la noche, Me puse un poncho y salí para colocar una silla a su lado —Cada vez que miro hacia Tama recuerdo a tu abuela, Eran buenos días antes de que fuera a la guerra…
Las noticias dicen que pronto sacarán a los conscriptos y esta vez tomarán a los niños.
Me quedé mirando a la nada.
Era cierto: mañana cumpliré los quince años.
Dudo que vengan hasta este lugar solo para llevarme al frente, ¿verdad que no serían capaces?
—¿Crees que a mí me lleven al frente?
Él se quedó callado.
Su respiración se sentía pesada antes de levantar su escopeta hacia el bosque cercano, simulando un disparo.
—Vaxen, te voy a ser sincero, nieto: debes de seguir avanzando.
Tienes que construir tu camino con tu propia fuerza.
Es hora de que camines por ti mismo y abandones el nido…
Tu madre no quiere que salgas de aquí, pero tienes la marca de la Diosa de la Muerte en tu espalda.
Sentí un frío recorrer mi columna.
Sentí el olor del campo en mi nariz como si este se despidiera de mí.
El sonido de la silla mecedora, el crujir del suelo…
Todo esto tenía un sentido, pero ¿cuál era?
¿A dónde tengo que ir?
La ciudad era la mejor opción si no quería arrastrar a mi familia a este problema.
—Son solo diez marcos —dijo mi abuelo mientras me entregaba una bolsa—.
Lo suficiente para vivir un mes en la ciudad o comprarte equipo.
Son mil lumires.
Ve a la ciudad mañana por la mañana; si te presentas como “voluntario”, tal vez te traten un poco mejor.
Su mirada se volvió triste.
—Tus ojos son idénticos a los de tu abuela: grises como el cielo cuando está a punto de llover.
Para cuando tú salgas de tu servicio, yo ya estaré muerto.
Es hora de que duermas, hijo.
Mañana será un día largo.
Me levanté de la silla de inmediato, Subí las escaleras antes de tirarme a la cama.
Miré por la ventana cómo las luciérnagas danzaban con el viento.
Mis días en casa van a acabarse pronto, pero tal vez esa es mi labor Tal vez debo de seguir igual y la guerra…
NO ES TAN MALA.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Frenesi Disculpen las faltas de ortografía
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