Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 4
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4: Trincheras 4: Trincheras Sentí la cálida brisa de la mañana; un ligero viento pasaba por la ventana empujando levemente una cortina.
Me froté los ojos antes de salir de la cama.
Aún era muy temprano, el sol acababa de salir de detrás de las montañas.
Tomé aquellas cosas que me dieron; saldría desde la mañana para llegar a la ciudad y darme de alta en el ejército Imperial.
Es la única opción que tengo por ahora.
Cuando salí afuera, noté un silencio extraño en la casa.
Cuando bajé a la cocina, no vi a mis hermanos ni a mi madre.
Miré en todos los cuartos: más de lo mismo.
Parece que ellos decidieron irse; creo que es un buen regalo para evitar tener que estar aquí.
Cuando salí afuera, noté cómo había un camión militar esperando.
Ya me estaba aguardando un reclutador.
Sentí una chispa en mi columna que recorría toda mi espalda.
Me extendió un papel y una pluma; en estos había un montón de letras que no entendía del todo.
El oficial me señaló dónde tenía que firmar, una línea recta al fondo.
—Sabemos que tú eres un soldado en potencia —dijo el oficial—.
Desde que naciste notamos que no tienes ningún problema de salud y mucho menos un impedimento para prestar tu servicio militar.
Sé que no sabes leer, así que te ayudaré.
Él se colocó a mi lado mientras empezaba a señalar varios párrafos de la escritura: —A ver, dice que si mueres en combate se le darán cien marcos a tu familia para cubrir gastos funerarios, en caso de que tu cuerpo sea encontrado; si no es así, se te declarará desaparecido.
Tu salario es de mil lumires quincenales.
Se te dará un fusil de infantería Kauser y un uniforme junto a tu equipo inicial.
—Bien, pero ¿dónde firmo, señor?
Es lo que no entiendo.
Él señaló la barra de abajo mientras apreté la pluma para escribir de forma rústica.
Dejé mi nombre en ese lugar antes de que él me señalara los asientos del camión.
Estaban totalmente desocupados; no había nadie en ninguno de ellos.
Tenía marcado un águila bicéfala, señal del imperio para su logística.
Subí al camión y me senté donde más sombra había, sobre unas cajas de armas en los escalones superiores.
—¡Ey, toma!
—lanzó mi uniforme a mi rostro.
Era de un color verde desteñido, tenía los dos bordes en morado y estaba cosido por dentro—.
Póntelo mientras puedas, iremos por algunos cuantos más.
Me empecé a quitar la ropa para ponerme mi uniforme mientras que el camión empezaba a avanzar.
El motor rompía el silencio del bosque.
La tela del uniforme era áspera y robusta, como si hubiera sido reutilizada una y otra vez.
Tenía marcados varios rasguños maltratados por el tiempo.
Su olor era algo desagradable, como si la sangre y la putrefacción se combinaran en su interior; un olor que me hacía daño en la nariz.
Miré para adentro del uniforme…
tenía otro nombre que definitivamente no era el mío.
¿Quién era Erik Volcatierra?
—Disculpe, oficial, este uniforme tiene otro nombre.
Él me volteó a ver antes de mirar la prenda.
—Debe de ser un simple error de fábrica.
Solo arranca el nombre y cose el tuyo.
Parece que pertenecía a alguien y no lo revisaron bien.
Dentro de uno de los bolsillos internos tenía un colgante de color dorado; había una foto de una mujer.
Parece que él se había comprometido.
El camión empezó a avanzar; sentí cómo las piedras rebotaban en las llantas.
Conforme agarró velocidad, empezó a rebotar.
Miré detrás de mí: el camino era continuo.
Mi hogar se alejaba de poco en poco mientras un nudo en mi garganta se formaba.
Tomé mi gorra antes de ponerla en mi cabeza.
Ahora estaba siendo más un arma que una persona, y eso lo sabía a la perfección.
Guardé silencio mientras sentí cómo el frío me tomaba del cuello.
Ir en estas máquinas me hacía entender lo pequeño que era en comparación a las grandes fábricas y bestias de acero.
Sentí cómo el bosque se hizo un poco más distante.
Tuve una idea difusa de lo lejos que estaría de mi hogar.
Cuando lo pensé más, noté cómo ya me había alejado del pueblo y ahora entraba a la ciudad.
He visto muchas cosas en el campo, pero la ciudad no se compara; se ve tan viva.
La gente va de un comercio al otro cargando grandes bolsas de mercancías.
Pero el camión tomó otro rumbo, recorriendo algunas casas para recoger a otros jóvenes.
El mismo procedimiento.
Yo ayudaba a subir a algunos; me coloqué al borde del camión mientras miraba cómo sus familias los despedían.
Incluso algunos ya tenían hijos.
Cuando finalmente salimos de ese lugar, ya éramos más de la mitad.
Subió el oficial que nos reclutó a todos, se aclaró la garganta antes de hablar: —Soy Frank Von Famelia.
Estoy a cargo de ustedes como una nueva compañía dentro de la centésima división del cuerpo de voluntarios.
Nuestro deber es ayudar en el frente Confederado.
Para que se entienda mejor: debemos de luchar hasta que no nos queden ganas; pasados esos días nos dejarán descansar.
Es hora de que partamos, porque esas trincheras no se cavarán solas.
Bajó del camión para subir al asiento del copiloto.
Supongo que de ahora en adelante ellos serán mis compañeros.
—Oye, ¿qué edad tienes?
—bajé la voz para que solo él y yo nos entendiéramos.
—Tengo dieciséis años.
Yo aún no cumplía los dieciocho, pero modificaron la ley.
Miré su rostro: tenía la mirada baja y parecía tener ganas de pegarse un tiro.
Miré aquel colgante; no sé por qué lo había conservado.
Me parecía algo lindo y la mujer dentro de ella parecía tener una mueca de felicidad.
Levanté mi vista: dentro de este camión solo hay niños, dudo que alguien pase de los dieciocho años, excepto los conductores.
Ese oficial tiene cara de veinticinco años o algo así.
Para ser honesto, tengo la idea de que nos tienen aquí como ganado; solo nos tratan de una forma más humana.
Cuando la ciudad se volvió distante y la llanura y el mar fue lo único que nos acompañó, el sonido del motor rompía este ambiente que de otra forma sería tranquilo.
El motor seguía funcionando; tenía la idea de que estas cosas eran rápidas, pero no tanto.
No creo recibir algún tipo de entrenamiento básico.
Miré cómo el sol empezaba a esconderse; ya llevábamos gran parte del camino hecho.
Incluso desde aquí lograba ver el campo de batalla: las columnas de humo que se alzaban sobre el cielo en grandes columnas de humo negro.
Cuando me di cuenta de eso, apreté las manos en el asiento de forma inconsciente.
El camión paró unos segundos; en eso, el oficial subió a la parte trasera.
—A partir de aquí debemos de ir caminando.
Si seguimos en el camión, terminaremos entre el lodo.
Empezamos a bajar del camión y nos formamos en una línea recta esperando órdenes de avanzar.
Bajaron las cajas de las armas.
—Cada uno de ustedes tendrá el derecho a portar un fusil Kauser.
Es su arma de aquí hasta que mueran o, si tienen suerte, sean ascendidos.
La verdad, prefiero que sigan con vida porque si mueren a mí me descuentan dinero de mi paga, y eso no me divierte.
Traten de no morir y, si lo hacen, que sus cuerpos no se encuentren; háganme ese favor.
Tomó su silbato: la orden era clara.
Tomé el fusil; su madera era áspera.
No pesaba más que un pico, pero aun así se sentía raro poder acabar con la vida de alguien con un simple dedo.
Es extraño, pero sentí como si fuera más poderoso.
Miré cómo de poco en poco la tierra se volvía gris; la vegetación dejaba de crecer, todo estaba destrozado.
Avancé, brinqué a la trinchera; dentro de ella había un olor horrible a muerte, a podrido, sumado a la sangre y pólvora.
Incluso la máscara antigás no hacía efecto alguno; el olor la traspasaba.
Había barro en todo el suelo combinado con sangre que jamás fue quitada.
Había cascos tirados y basura; era un lugar bastante sucio.
El oficial nos guiaba a una parte lejana de la trinchera.
Parecía que nosotros no estaríamos en esta mucho tiempo, sino que nos pondrían a hacer una desde cero o reparar una vieja trinchera.
Preferiría que me enseñaran a disparar de buena manera y no solo a sostener el arma.
Solo me dieron el arma sin ningún tipo de entrenamiento.
Cada vez se volvía más pesado el solo hecho de caminar y esquivar todo lo del piso.
Me parecía como el estiércol de los animales cuando pasaban días sin limpiar.
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