Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 34
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34: El gran palacio 34: El gran palacio Nos metimos entre los callejones de la ciudad.
El palacio era visible a dos avances de distancia; lograba ver grandes columnas de un color blanco con sus capiteles dorados.
Tomé algunas insignias de la división que llevaba en mi equipo y empecé a colocarlas sobre el lateral de los uniformes de gala.
—Bueno, quiero decirles dos cosas muy importantes: ahí adentro no tenemos aliados, vamos a ser sus exhibiciones.
No beban más de dos copas de vino.
No creen problemas y traten de no arrasar con el banquete— Ni los uniformes de gala ni nuestras armas listas y limpias nos hacen ver más pulcros; con solo ver nuestros rostros se darán cuenta de cómo nuestra unidad ha pisado el Necro varias veces.
Cada uno de nosotros reía de camino al palacio; estaban felices por poder ir a un festín.
Incluso en estos momentos no puedo relajarme.
Mi mente sigue alerta; mi cabeza busca amenazas que no existen.
Sentí un tirón en la manga de mi uniforme.
Antes de que pudiera girarme: —Vaxen, te estás rasgando la mano de nuevo, deja de rascarte.
Miré el dorso de mi mano izquierda; pequeñas partes de pellejo empezaban a surgir mientras mi piel tomaba un relieve extraño.
—Oh, mierda, esto no es bueno —bajé la manga de mi uniforme tratando de ocultar la marca, e hice lo mismo con el guante blanco.
Estábamos de frente a una gran puerta.
En ambos lados había soldados con rango de suboficiales de fosa; sobre sus manos sostenían dos alabardas decorativas y en su cintura portaban un OTs-38.
Esta arma estaba diseñada como una pieza de arte, de tal forma que el armazón era de una madera casi negra adornada con plata, dándole un diseño único ante la Guardia Real.
Era similar al de Berenice, solo que la mía es mucho más lujosa, aunque sea un arma heredada.
—Sargento Vaxen, debo decirle que su unidad debe entregar sus armas para entrar; es por la seguridad del Emperador y la familia real.
De negarse, pueden ser llevados a un tribunal de guerra por intento de golpe de Estado.
Los miré a los ojos mientras, de forma lenta, retiraba el cargador de mi arma, señalando el interior: —Son armas sin capacidad de combate.
Están descargadas.
Al igual que ustedes, queremos proteger al rey.
Él me interrumpió de forma rápida: —Es Emperador, analfabestia.
Las risas cesaron detrás de mí; la unidad entera guardó silencio.
—Cuidado con tu vocabulario, sigo siendo tu superior, soldado de porcelana.
Recuerda que si deseo puedo dispararte ahora mismo.
Dime algo, ¿qué edad tienes?
¿Ya viste la guerra de primera mano?
Él sacudió la cabeza en señal negativa mientras colocaba su alabarda en posición de pica.
La punta terminó sobre mi pecho, a escasos centímetros de tocarme.
Di un paso adelante, haciendo que el acero se hundiera en mi cuerpo; el metal me devoró con un frío intenso mientras una gota de color carmesí surgía de la herida y empezaba a resbalar por la punta de la alabarda.
En ese momento salió un hombre.
Su uniforme era parecido al de los demás, con la diferencia notable de que tenía un listón rojo cruzando todo su pecho.
Este tocó el hombro del guardia, quien de inmediato cambió su expresión a una de miedo.
El silencio empezó a pesar en el aire, casi como si todo empezara a verse de una forma más agresiva.
El Mayor tocó la alabarda, señalando que dejara de apuntar.
—Sargento de Hierro Costa Marco, actual líder sustituto de la Novena de Asalto…
es un honor tenerlo de visita dentro del palacio.
El Emperador lo espera.
Aquel Mayor bajó la cabeza en señal de respeto mientras nos dio el pase con todo y armas.
El lugar rebosaba lujo; el interior contaba con grandes obras de arte y estaba adornado por placas de oro y plata.
Dentro había muchos uniformes de todas las ramas militares.
El olor a perfume era abrumador para mis sentidos.
Había grandes masas de gente de todos los rangos.
Había uniformes blancos de la Marina; cada uno tenía un brazalete con el nombre de su barco y su rango.
Después, unos uniformes verdes: era la gente de artillería, cuyos rangos no se divisaban por ninguna parte.
El gris de los trenes de guerra y la maquinaria se asemejaba a los de la Marina.
Era una amalgama de trajes de gala, pero entre todos ellos, el azul marino oscuro de la Tercera, la Cuarta y la Quinta de Asalto se daba a notar.
De un momento a otro, uno de los oficiales levantó su mano haciendo una seña.
Avanzamos juntos hacia donde estaba el resto de Asalto; jamás había visto a las otras divisiones juntas.
Cada uno de ellos sujetaba una copa de cristal.
La multitud se abrió para que la Novena entrara antes de ser saludada por los Mayores de sector.
Extendieron sus manos para saludarme con una ligera sonrisa marcada en sus rostros.
Nuestros guantes se cerraron y los agarres fueron firmes mientras aquel hombre miraba al resto de sus compañeros.
—Había apostado a que la Novena no se recuperaría.
Me alegra perder ese dinero.
—Te dije que la Novena tiene la extraña suerte de parir un gran líder en sus peores momentos.
Es un renacuajo que solo las diosas saben cómo se las arregló para tomar el Paso de los Caídos y aguantar una ofensiva de la Unión en menos de una semana.
—¡Esta gente desayuna ataques suicidas!
—gritó el Mayor de la Cuarta mientras miraba a mis hermanos.
Su grito retumbó en el palacio mientras las demás ramas nos miraban con enojo.
—Baja la voz, idiota —el de la Quinta le dio un golpe en la espalda al gritón.
De pronto, el grupo empezó a reír en conjunto.
—Oye, Vaxen, ¿qué les das de comer a tus hombres?
Estoy seguro de que su comida debe tener algo —preguntó el Mayor de la Tercera mientras sus ojos se quedaban fijos en el guante cubierto de mi sangre.
—Es una mezcla de lodo y mierda.
Son así porque el mando los abandonó y salimos vivos de puro milagro; aunque casi morimos de la peor manera varias veces.
Supongo que nos volvimos igual de duros.
—¿Con cuánta gente lo lograste?
¿Mil hombres o tal vez menos?
—ahora esto parecía un interrogatorio, aunque sabía que era por pura curiosidad ante una victoria tan única.
—Éramos menos de trescientos.
Se suponía que debíamos apoyar a la Octava y a la Tercera, pero para cuando llegamos no había nadie.
Se puede decir que lo que nos salvó fueron las armas de la Tercera y el tren de la Octava.
Ahora solo somos cuarenta; el resto están muertos o heridos.
El de la Cuarta habló mientras miraba al de la Quinta: —Mierda.
Entonces el Emperador nos tiene aquí solo para dos cosas: o ser las próximas unidades en atacar a los Confederados durante el Sol Rojo, o algo mucho peor.
El de la Tercera respondió con voz apagada.
—Creo que será así.
Estoy viendo a los contraalmirantes de la costa oeste.
¿Cómo están sus divisiones?
La mía está a doscientos hombres de estar completa.
Cada uno hablaba de números bastante grandes; me daba vergüenza que…
Marine me dio un golpe en el hombro.
Ella se pegó a mí antes de hablarme de forma tímida.
—Vaxen…
por favor, acompáñame al baño.
Fue un momento extraño, pero debía acompañarla.
No sé por qué, de un momento a otro, su personalidad cambió tanto.
Ella empezó a escabullirse entre la gente y yo la seguí tratando de mantener el ritmo.
Era mucho más pequeña que yo, lo cual le permitía andar como si no hubiera gente en el camino.
Con paso firme nos abrimos paso; el lugar estaba bajo una fuerte vigilancia de la Guardia Real (ahora noto que muchos de ellos tienen una altura similar).
Ella me arrastró al baño antes de que yo pudiera oponer resistencia.
Su mano ya estaba brillando con ese verde pálido.
Reaccioné rápido para evitar que me tocara.
—Espera, no…
—Te prometo que no es para hacerte daño —ella me dio un ligero golpe para que su mano fuera a mi pecho.
El calor me rodeó mientras mi cuerpo se curaba de forma casi inmediata.
Antes de darme cuenta, tomó una flor para dejarla sobre mi pecho, aprovechando la rasgadura de la alabarda.
—Ya está, Vaxen.
—Es hora de que el Rey ponga en alto tu nombre— Ella salió del baño primero mientras yo tardé un poco más.
Todo fue demasiado rápido; Marine se comporta como más le conviene dependiendo de la situación.
Ella empieza a ser más inteligente de lo que yo algún día seré.
Ella ya está lista para irse a la Confederación a estudiar “Z”.
Dijo que pronto estaría estudiando…
o al menos eso intenta creer mi mente para poderla dejar ir.
Espero que pueda alejarse de la guerra; este lugar no está hecho para alguien como ella, o eso pienso yo.
No siempre la podré ayudar.
El salón entero estalló en aplausos.
De inmediato tuve que correr a donde estaban el resto de las unidades de asalto.
Era el momento donde el Emperador y la familia real se sentarían sobre el trono; quiero ver qué hombre es el que nos manda a morir todos los días en la trinchera.
La familia real empieza a salir.
Los primeros son los sirvientes; después los hijos menores, los que no tendrán algo en el pastel.
Después todos los de mi edad: dos hombres y tres mujeres.
Ahora un hombre viejo, tal vez de cincuenta años, para que al final una mujer anciana se sentara sobre el trono.
Una gran corona es puesta sobre su cabeza: tenía grandes gemas de varias magnitudes y colores envueltas en oro.
—Un gusto verlos, hijos míos.
He tenido la noticia de su eficiencia en la defensa de nuestras tierras de esas…
sucias alimañas despreciables.
Vosotros habéis dado la vida por y para el Imperio Soberano de los Dos Soles.
Pronto será la salida del Sol de Eber y es cuando debemos avanzar por las tierras confederadas.
El área se envolvió en un silencio increíble; ella bebía una copa de vino antes de seguir hablando.
—Es momento de hacerlos pagar, de demostrar que aún podemos atacar y no solo defendernos.
Alguien ya lo logró contra los Estados Unionistas; es un caso de estudio por la situación en la que se logró.
Estos fueron logros hechos por la unidad de asalto de la Novena División, con un hito casi imposible: organizó una defensa con poco material y, horas después, tomaron el Paso de los Caídos.
Para ese momento, todos dentro del palacio tenían los ojos fijos en nosotros.
En el rostro de la Emperatriz se formó una sonrisa mientras la princesa a su lado le decía algo al oído.
De un lado al otro se escuchaban susurros mientras se nos juzgaba con la sola mirada.
—La novena el año anterior sufrió pérdidas masivas, casi fue eliminada junto la décima y la primera en un embolsamiento, no ha tenido un respiro para reforzarse y ya ha vuelto a el combate sin dudar.
La tercera de asalto junto a la cuarta logró penetrar en las defensas Republicanas, la quinta logro realizar un asalto dentro de la unión.
Es una forma de seguir avanzando, somos la unidad más destrozada de todas y aun así no hacen llamar objeto de estudio como si fuéramos un animal exótico; Lo peor de todo es que se dejan ver como que realmente les importan los soldados de a pie, no son mejores que las demás facciones solo nos ven como un numero en una gran tabla.
—Vaxen Costa Marco, es un honor tenerlo como invitado de honor.
Usted ha demostrado una habilidad de liderazgo que no puedo dejar pasar usted es un hombre de respetar, por favor acérquese un momento.
No tuve otra oposición empecé a caminar rumbo al trono de esa emperatriz sus ojos me seguían con una frialdad mecánica, tomé algo de aire mientras tiraba de la palanca de mi arma, tenía un único cargador lleno suficiente para acabar con la familia real y conmigo mismo de ser necesario: Ella se levanto de su trono antes de tomar una espada de gran filo.
—Yo te declaró defensor de las tierras imperiales.
Bajo el título de Mayor de sector S-5 Se te asigna el mando de la novena por bendición de Xaltari.
Es hora de que defiendas la tierra de la que te alimentas, que demuestres la clase de hombre que eres.
Ella coloca la espada en cada uno de mis hombros, con una suavidad sorprendente de un arma, ella se dobla para darme un pequeño beso sobre la frente.
—Te quiero proponer algo Vaxen costa Marco—ella dijo en un susurro, fue solo un simple susurro como cuando tratas de informar algo, el salón entero exploto en aplausos.
El retumbar de un tambor hizo que mi cuerpo bajo de forma rápida REFLEXIONES DE LOS CREADORES Frenesi No fue un error lo de Rey Emperador Emperatriz.
El protagonista no sabe que son diferentes y los ve como términos iguales
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