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Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 35

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  3. Capítulo 35 - 35 El gran palacio II
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35: El gran palacio II 35: El gran palacio II Dentro del palacio, las mesas fueron dispuestas; los sirvientes llegaban en tandas, arreglando y decorando cada una.

Los manteles eran de un color morado profundo, con un águila bicéfala bordada en cada esquina.

Era un símbolo pequeño, no demasiado notorio.

Los marinos comenzaron a sentarse primero; después los maquinistas y, por último, la artillería.

—Vamos a sentarnos.

Recuerden lo que les dije: no tomen de más ni arrasen con la mesa.

Necesito verlos sobrios, ¿está claro?

—Ellos asintieron con una serenidad increíble.

Las risas empezaron a surgir de cada una de las ramas militares.

Planeaba comer primero para luego ir con la emperatriz; quería saber qué quería de mí y de mis hermanos.

La Novena ya estaba demasiado jodida como para ir a otra ofensiva; al menos deberían darnos nuevos reclutas o veteranos de otras divisiones.

La comida fue servida: una mezcla de varios guisos y carne de un animal que no lograba identificar.

No era normal comerla en casa, donde lo común era cuidar a los animales, no servirlos.

Además, sobre la mesa pusieron unas frutas amarillas, casi fosforescentes y cubiertas de picos.

No sabía cómo utilizar los cubiertos.

Eran demasiadas reglas que desconocía totalmente.

La nobleza se alejó lo más posible de las divisiones de asalto, sentándose junto a la marina.

Desde mi lugar podía verlos riendo y compartiendo copas de vino, tratándolos como iguales.

Los de artillería estaban extremadamente callados, pero los maquinistas jugaban entre ellos mientras solicitaban más bebida a los sirvientes.

Era algo que nosotros no hacíamos, y no era solo mi división; pasaba en todas las de asalto.

Tomé el guiso del plato y lo bebí como si fuera un brebaje.

Después miré la carne; se veía apetecible.

—¿Puedo comer esto?

—pregunté, señalando el plato a uno de los sirvientes.

Su rostro se transformó en miedo al mirarme directamente.

Sus ojos celestes se abrieron de par en par, tanto que pude ver mi propio reflejo en ellos.

Su mirada era la de quien ve a una bestia, y no lo culpaba: mi apariencia no debía de ser agradable con esos dos sacos negros bajo mis ojos.

Noté cómo daba ligeros pasos hacia atrás, como si se alejara de una fiera salvaje.

—Así es, usted puede comer todo lo que hay en la mesa.

Solo tenga cuidado de no mancharse; cuide su uniforme…

¿Usted es el Ejecutor del Paso de los Caídos?

Mi hija estaba en esas fortificaciones.

Gracias por sacarla de ahí.

Dijo eso antes de huir.

Así que me estoy volviendo conocido; al menos es por salvar gente y no solo por matarla.

Tomé uno de los cubiertos para probar la carne.

Era tierna, se desmoronaba en la boca y tenía un sabor único.

Ningún animal de granja se le parecía; me preguntaba de dónde los sacarían para que supieran tan bien.

Me serví una copa de vino.

Sabía que, si no me cuidaba, terminaría la botella entera, aunque realmente no tengo gran resistencia.

Con poco quedaría fuera de combate.

Cuando el líquido cruzó mi garganta, el sabor resultó exquisito; no quemaba, era dulce y frutal.

Mierda, con solo una copa sentía ganas de beber mucho más.

Esto no se comparaba con el ron o el whiskey de las trincheras; era más ligero, más sabroso.

Creo que es lo único bueno en todo el palacio.

Sentí un calor reconfortante en el pecho mientras mi cuerpo se volvía ligero, como si hubiera soltado una gran carga.

Incluso podría dormir en cualquier lugar ahora mismo.

Algún día me gustaría investigar cómo se fabrica este alcohol; es algo que me interesa.

Quizás, después de la guerra, abra una destilería…

¿De qué mierda hablo?

No puedo terminar vivo.

De alguna manera tengo que morir, y cuando la guerra termine, yo ya debería estar muerto.

Aunque, realmente, no quiero morir.

Tal vez podría tener una vida normal; después de todo, sigo siendo un hombre joven.

Las risas y las charlas se volvieron pesadas, martilleándome la cabeza.

El banquete me hacía sentir como un idiota ante un mar de eruditos; utilizaban términos y gestos que jamás había visto.

A este punto, creo que prefiero el combate entre trincheras y barro; al menos allí estoy seguro.

Esto es complicado.

No puedo estar tranquilo; siento que tengo enemigos en todos lados.

La sangre se presurizó en mis ojos y las interfaces se abrieron, desplegando información sobre las personas: edad, pulso y oxigenación.

Miré a Marine; su edad aparecía oculta, pero el resto de los datos eran visibles.

Miré a Berenice, analizando su estado y fallas potenciales.

Verlas me daba tranquilidad.

A Marine la quiero como si fuera mi hermana menor.

Uno de los guardias reales se acercó y me tocó ligeramente la espalda.

—La familia real quiere verlo, Costa Marco.

De preferencia ahora mismo.

Es momento de que se presente ante el trono.

Su voz era serena, ensayada, como si hubiera practicado ese tono gran parte de su vida.

Miré a Marine antes de levantarme.

—Voy a ver a la familia real, trataré de no tardar mucho —susurré, dándole unas palmadas en la cabeza.

Seguí al guardia.

Desde aquí lograba apreciar la magnitud del palacio, un lugar donde el dinero era lo de menos.

Cada jarrón de porcelana parecía contar una historia del imperio.

En los pasillos, la seda y el oro decoraban cada rincón; el olor a perfume y los detalles mínimos aportaban una enorme cantidad de información sobre el régimen.

El silencio entre el guardia y yo era palpable.

Todo se redujo a avanzar por pasillos y cruzar habitaciones.

No creía que esta fuera la mejor noche de mi vida, ni el paso más grande en mi carrera militar.

En realidad, me sentía bastante miserable.

Es desgastante.

Finalmente, había logrado estar frente a las puertas del trono era una rara secuencia de escalones cómicamente grandes; Todo era una forma de hacernos entender que nosotros somos inferiores ante el brillo de la realeza, una parte de eso era una guerra dentro de otra para dejar ver que la realeza solo estaba debajo de las diosas.

Tomé algo de aire antes de entrar.

En el trono estaba sentada la Emperatriz; su figura era fría e imponente, algo capaz de mostrar un poder y una supremacía que, diría yo, me daría miedo.

Incluso una parte de mí quería bajar la cabeza; esta mujer deja ver una necesidad cruda: sin ella, el imperio ya se habría sublevado.

—Bienvenido, Costa Marco —su voz fue casi fantasmal y me tomó de imprevisto.

Era algo que no esperaba; me arrodillé de forma involuntaria.

Mi cuerpo reaccionó antes de que yo siquiera lo pensara, mi cabeza empezó a mostrar sumisión.

—Bueno, Costa Marco, dime…

¿tú crees que la guerra puede terminar?

¿Que la paz realmente existe?

Un miedo surgió dentro de mí; no sé cómo puedo responder sin parecer una bestia frente a ellos.

Todo mi cuerpo pensó lo más rápido posible, cada fibra de mi ser ideaba algo, pero todas mis respuestas se volvieron sádicas ante mis ojos.

Miré a la Emperatriz; los ojos de sus hijos estaban sobre mí.

No me juzgaban, esperaban mi respuesta.

—La guerra puede tener final.

La paz es algo que la gente sueña, pero es algo que se está construyendo a base de muerte y sangre.

La guerra terminará cuando los soldados depongan sus armas y se nieguen a matar; la paz no la construyen los reyes ni los emperadores —mi voz salió segura, casi como si esa fuera la propuesta de paz dentro del imperio.

Noté cómo el silencio arrasó con la sala.

Mis interfaces se activaron mientras las ventanas informaban sobre un aumento de presión dentro del cuerpo de la Guardia Real.

Tomé a Berenice del centro; estaba listo para morir aquí, pero antes de eso me llevaría a alguien, por lo menos.

Sin embargo, una sonrisa se formó en el rostro de esa mujer sobre el trono.

Parecía estar contenta con esa respuesta.

—De entre tantas respuestas jamás escuché una como la tuya; aún sigues siendo un hombre y no una bestia —sus palabras eran alegres mientras su hija se acercaba a hablar con ella.

No sabía de qué hablaban y eso me generaba conflicto.

¿Acaso tramaban algo?

Mi mente empezó a trabajar sin que yo se lo pidiera; miraba amenazas, medía riesgos y buscaba lugares por los cuales escapar.

—Es momento de que hable de lo importante.

Verás, Vaxen, sabemos todo sobre ti, cada detalle dentro de tu linaje; incluso cosas que tú no sabes.

Por ahora debemos tratar de entendernos.

No tienes sangre noble; aun así, tus ascendientes gobernaron las tierras de la costa y, hace dieciséis generaciones, uno de tus abuelos acompañó al gran Héroe de los humanos.

Tomé una bocanada de aire mientras empezaba a levantarme.

Dios, esto es problemático; ni siquiera sabía que esto pasaría hoy.

—Bueno, Costa Marco, mi hija quiere conocerte de mejor manera.

Ella dijo que le pareces un hombre muy responsable a simple vista.

Aunque —ella levantó una mano mientras la gente empezaba a salir; todos se retiraron, incluso la Guardia Real— eres un humano que puede usar la Veluxe 0.6; es un experimento, un arma que combina la máquina y la carne.

Me quedé callado.

No quería saber nada de esto; esta gente solo quiere utilizar sus prototipos.

Quiero largarme de aquí, solo estoy a cuestas de mi salud mental.

—Vaxen, disfruta de la fiesta.

Si puedes, dile a mi hija que quieres conocerla; hazme ese favor, dime si puedes hacerlo —su voz era maternal, como si quisiera convencerme con solo hablar.

Tomé algo de valor antes de llevarme una mano al pecho.

—Antes dígame, ¿qué es lo que piensa de la guerra?

Fue un momento, pero el silencio llegó a cada parte del palacio.

A lo lejos escuchaba cómo todos empezaban a celebrar; la música era lejana.

Aunque me daba nostalgia, fue un extraño sentimiento que me llenaba de terror de solo imaginar que un día me podría volver blando.

—Verás, la gente ya tiene la guerra en la sangre.

Incluso si tratas de apagarla, solo atacas al síntoma y no a la enfermedad; la gente ya no sabe vivir sin la guerra, la llevan en su código genético…

Me temo que la guerra ha consumido como fuego a nuestra cultura.

Sin ella se acaba la economía y, sobre todo, habría gente que no sabría qué hacer con sus vidas.

Solo dime cuáles son tus planes a futuro.

Estoy segura de que no tienes nada de eso; piensas en morir en la guerra y no es porque quieras una muerte heroica, sino porque no sabes cómo seguir con tu vida.

Es normal que esto pase, porque nada de lo que tienes pensado suele pasar entre soldados que solo conocen la guerra.

Mi hija es igual que tú: alguien que quiere terminar la guerra; ya le he dicho que es algo muy difícil de hacer.

Guardé silencio.

Ella tenía razón: si me rebelaba contra el imperio solo atacaría al síntoma y no al problema…

Pero Z dijo que la rebelión en otras naciones estaba cerca.

De alguna u otra forma acabaré esta guerra, pero para eso debo de acabar con el viejo mundo para que la flor de la esperanza vuelva de entre las cenizas.

—Creo que tiene razón.

Por ahora seré fiel al trono; mi labor es proteger al imperio hasta que ya no pueda más por vejez Salí de la habitación algo consternado.

¿Qué es lo que debo de hacer ahora?

¿Cuál debe de ser mi siguiente paso?

Las cosas no eran como yo pensaba, aunque las señales eran claras para la gente dentro de las ciudades.

Pero ahora debo de proteger al imperio, porque la paz es lo único que deseo ver.

Espero que pueda ver esa paz que anhelo.

—Oye—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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