Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 36

  1. Inicio
  2. Veluxe (Entre trincheras y barro)
  3. Capítulo 36 - 36 El gran palacio III
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

36: El gran palacio III 36: El gran palacio III Detrás de mí una voz se formó; era un tono quisquilloso que me molestaba con solo escucharlo, algo que representaba un problema para mí.

Levanté mi mano para organizar un saludo militar.

La mujer a la que yo saludaba tenía una piel similar a la porcelana fina; sus ojos eran de un morado muy sutil y su vestido era de un azul pálido, similar a los ojos de esas…

criaturas.

El mundo a mi alrededor se volvió oscuro.

Algo dentro de mí surgió: un odio ante ese azul pálido.

Un temblor leve se marcó en mi mano.

El olor de los perfumes caros y un aroma dulce me recordaban a ese laboratorio donde esas cosas me trataron de matar; mi respiración se volvió errática y mi «cerbero» hizo que el sonido de la música se amortiguara para prestar atención al lugar.

Mis manos viajaron a donde debería estar mi máscara, pero al no encontrar nada, surgió un terror visceral.

Mis ojos se presurizaron de una forma en la que parecían desgarrarse; se pasearon de forma frenética de un lado al otro buscando alguna amenaza potencial.

Las pestañas se volvieron claras, recreando la habitación dentro de mi cerebro y dejándome ver un mapa en la parte lateral de mi vista.

Mi cuerpo se tensó mientras mis manos tomaron el arma sin pedir permiso.

Mi cuerpo empezó a reaccionar de forma mecánica buscando amenazas; mis piernas se prepararon para saltar a una trinchera que no existía y mis ojos se quedaron fijos en un lugar, esperando escuchar algo que fuera una amenaza real.

Todo se quedó en un silencio que mi cerebro creaba para resaltar esas posibles amenazas.

Pero una voz quebró ese momento donde mi cuerpo se preparaba para un ataque que no existía: —Oye, tonto, te estoy hablando.

¿Es que en el ejército no les enseñan a respetar a la realeza?

Su voz salía con un tono que me hacía sentir que hablaba con una niña muy mimada.

Ella me miraba con cierto asco que me hizo retornar a la realidad; era verdad, yo no dejaba de ser un simple soldado ascendido a mayor de sector.

—Bueno, pido una disculpa.

Mi nombre es Vaxen…

Vaxen Costa Marco, soy mayor de sector de la Novena División de Asalto Imperial.

Había logrado articular esas palabras de puro milagro.

Solté mi arma, la cual ya estaba a medio levantar.

El mapa y las interfaces empezaron a desvanecerse de forma lenta; todo se quedó en un simple sobreesfuerzo.

Una risa seca, sin tonos de humor, salió de ella.

Sus ojos morados se quedaron fijos en mí con la misma frialdad de su madre.

Acomodé las mancuernillas de mi uniforme.

—Eres una bestia, ¿sabes?

—Ella tomó mi mano para acomodar mi uniforme de forma «correcta».

Mi cuerpo reaccionó de una forma violenta, pero ella solo me dio un manotazo para seguir corrigiendo.

Me siento como un muñeco de trapo siendo ajustado por una muñeca de porcelana.

—Yo soy Lyna, de la dinastía gobernante Malphas; soy la actual sucesora al trono.

No busques el nombre de mis padres en el mío, la cultura de los Haimar aún no llega a estas partes de la nación.

Su voz sonaba casi como si me estuviera regañando.

Sus manos arreglaban cada defecto en mi uniforme con una frialdad mecánica.

—Tu madre me dijo que estabas interesada en hablar conmigo.

Sus mejillas se volvieron rojas mientras se llevaba las manos al rostro; su piel se vio envuelta en ese color, ella que antes era blanca como el mármol.

—¿¡Esa mujer por qué siempre me tiene que avergonzar!?

—Su cuerpo se movió de un lado al otro.

No supe cómo reaccionar.

Me quedé en el aire, aún con el saludo militar, mientras ella seguía con ese berrinche infantil.

Uno de los guardias no pudo evitar reírse junto a uno de esos superiores; ambos estallaron en risas.

Su sonrojo solo aumentó mientras miraba a esos dos guardias.

Ambos con ojos morados.

—No se rían de mí, hermanos —sentenció contra sus hermanos.

Sus ojos se quedaron fijos en ellos mientras trataba de retomar la compostura.

Ella me miró con una mezcla de emociones en sus ojos.

Bajé mi mano mientras sentía que mi cuerpo no sabía cómo reaccionar ante este tipo de humor; estaba acostumbrado a reírme de mis desgracias, no de cosas tan triviales.

Sus hermanos siguieron riendo pese a sus advertencias.

Yo seguía callado mientras tomaba aire, esperando a que algo pasara o que alguien quisiera realizar alguna acción hostil; mas, al no ver nada, mi cuerpo se destensó.

Ellos siguieron riendo.

Yo no encuentro la gracia y no creo que mi risa sea la mejor para este tipo de ocasiones .

—¿De dónde sacaste a este gato callejero?

Al menos no es de mal ver.

—Mira, tiene razón.

¿De dónde sacaste a este tipo?

Ambos se reían de mí mientras yo empezaba a apretar mis puños.

¿Cuál era el sentido de insultarme?

Creo que el problema está entre la nobleza y la gente que se deja pisotear, pero ¿qué hago cuando estoy en un lugar tan lejano a mi hogar?

Una ligera sonrisa se formó entre las comisuras de mi boca; es verdad, no puedo luchar por mi honor.

—Este hombre recuperó un sector entero, son diez mil fosas; algo que poca gente logra en menos de una semana.

Su voz era de molestia mientras empezaba a salir.

Ella me hizo una seña para seguirla, a lo cual yo no me negué, caminando detrás de ella.

Antes de cruzar, uno de ellos susurró algo: «Eso, corre detrás de tu dueño».

Una ira recorrió mi cuerpo.

Me giré mirándolos a los dos.

—¿Tienen algo parecido a un duelo o solo sirven para tener uniformes bonitos?

Mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

Las risas pararon; el humor se esfumó en un momento.

Finalmente, el más alto de los dos dio un paso al frente.

—Qué clase de persona muerde la mano que le da de comer.

Aunque tengas traje de gala, no puedes esconder que eres un animal que puede explotar en cualquier momento.

Pero igual no importa mucho eso; te perdonaré esta ofensa y te daré un combate de exhibición.

Veamos qué tan ciertos son los rumores.

El aire se cargó de tensión mientras Lyna miraba a ambos lados antes de darme un empujón sobre mi pecho.

—¡No lo tomen en serio!

Sus palabras no sirvieron de nada.

Ya se estaban dando órdenes para abrir un espacio para un combate.

Su rostro se ensombreció antes de tomarme de la mano para llevarme a un lugar más solitario; sus ojos estaban aterrorizados.

Ella me había arrastrado a otra habitación.

—Ellos utilizarán armas con filo.

No será una batalla, será una masacre.

Mejor vete mientras puedas, ellos no saben lo que es la bondad.

Su voz era un susurro frenético.

Unos ligeros temblores recorrieron sus manos, algo de lo que no me daría cuenta si mi cabeza no estuviera lista para cualquier cosa.

—Vengo del «necro» de las trincheras, no es la primera vez que peleo con uñas y dientes.

¿Tienen una máscara de gas o una pala?

Mi voz era mecánica.

Mi cuerpo empezó a apagar mi lado humano; esto se siente igual que cuando estoy en combate.

La sangre dentro de mí se presurizó, mi pulso aumentó y las interfaces empezaron a brillar de rojo en los puntos vitales de Lyna.

Aún no sé utilizar esta cosa, pero tiene mucha utilidad.

Sus ojos se abrieron de par en par, todo su cuerpo se tensó y sus ojos se quedaron fijos en mí.

—¿Para qué quieres una pala?

Eso está lejos de ser algo de lo cual presumir.

¿Una máscara?

Cuál es la necesidad de tener una, aquí no hay gases tóxicos.

En sus ojos morados miraba el reflejo de mi rostro: una cara cansada de dar tanta guerra a donde fuera.

Estos ojos quieren llorar…

pero si lo hago, ¿qué será de la Novena y de Marine?

Es cierto, se la debo entregar a Z; quiero que esté lejos de la guerra y pueda estudiar.

—La pala es aquello que usamos en el frente para cavar la tumba de nuestros camaradas.

O la del enemigo, de ser necesario.

Incluso puede ser la mejor arma dentro de una trinchera.

Mi voz era seca.

Mi mente se puso en blanco, todo se deformó.

—Eres una bestia, Costa Marco.

¿Cómo piensas pegarle a alguien con una simple pala?

Con solo un par de golpes ya le deformarías el rostro…

vas a pelear contra mi hermano, ¿qué piensas hacer?

No me digas que planeas usarla.

Su voz se volvió de sorpresa mientras, detrás de mí, un hombre se asomaba; su uniforme era de la Guardia Real.

—Señor Vaxen, se le espera en el patio de armas, parte este.

No deje a la Novena esperando, todos lo esperan.

Le deseo suerte…

un consejo: cuide su cuello, no lo deje al aire libre en ningún momento.

Esa advertencia flotó en el aire; fue algo que me dejaba claro lo que podría pasar en el combate real.

Tal vez deba probar si sus armas tienen filo.

Me levanté, mis ojos puestos sobre el camino.

Bajé el rostro mirando por donde andaría.

Mis ojos empezaron a arder como si se vertiera ácido sobre ellos; el dolor se propagó por gran parte de ellos.

Un dolor que me dejaba claro que mi cuerpo estaba listo para matar de ser necesario.

Todo era una mezcla; me daba un pellizco dentro de mi propia carne.

Sigo siendo ese tipo que no sabe usar la razón.

Esto no es culpa de la guerra; no puedo evitar ser un fracasado que no sabe arreglar las cosas sin tener que usar sus puños.

Caminé con la mandíbula trabada.

Todo el mundo a mi alrededor se oscurecía mientras mis ojos se quedaron en el mismo lugar, mirando únicamente al frente; todo se paralizó mientras los primeros rayos de la luna cruzaron la puerta.

A mi lado había una gran cantidad de armas, de todo un poco: mazas con picos y el mango con diseños de cráneos, sables con flores en la hoja, alabardas con águilas imperiales dentro de ellas, hachas…

pero por ningún lado miraba una pala.

Dejé en un lado a Berenice, asegurándome de que estuviera cargada.

Mis ojos se posaron sobre un hacha; esta no tenía ningún tipo de filo, además de parecer un arma vieja.

El óxido la cubría y su mango estaba astillado, pero al sujetarla sentí cómo esta se acomodó en mis manos, casi como si estuviera igual de podrida que yo; su peso era reconfortante.

Tomé uno de los sables para darle un pequeño símbolo de la Novena de Asalto; lo hice de la forma más rápida que podía.

Moví el hacha para dar un golpe a uno de los soportes de madera; esta no cortó, sino que golpeó a la misma.

No mataría a nadie, solo causaría un gran dolor, y creo que puedo lanzarla de ser necesario.

Tomé un suspiro antes de mirar el hacha.

—Ahora eres parte de la Novena de Asalto, concédeme la victoria y yo te daré un nombre.

Del metal frío no hubo respuestas.

Miré entre las dos puertas; ya había logrado vencer a un oficial unionista, ¿cuál sería la diferencia entre estos dos?

Mis ojos vieron cómo ese hombre se quitaba su saco y dejaba ver un camisón negro que contrastaba con el blanco de su piel.

Abrí las puertas.

Cuando mi bota crujió sobre el mármol, las miradas de los nobles y la marina se clavaron en mí; sus ojos estaban expectantes para ver qué clase de espectáculo se formaba el día de hoy.

Los ojos de ese hombre se quedaron clavados en el hacha, mientras la Novena y el resto de asalto me miraban; algunos se sorprendieron de verme ahí.

—Tiene que ser un chiste —dijo mientras la punta de su sable señalaba mi hacha—.

Quieres dar guerra con ese pedazo de óxido.

En su rostro se formó una mueca de desagrado; sus ojos violetas miraron a los míos.

Él dio unos pasos atrás.

De los balcones surgió una figura que ya conocía: la misma Emperatriz.

Ella levantó su mano.

—Apunten.

El silencio siguiente fue ensordecedor.

Mi cuerpo empezó a temblar de una forma muy sutil; estaba seguro de que mi cuerpo podría luchar.

—Duelo.

Él no corrió, se deslizó como si fuera una pluma sobre el aire.

Mis ojos se presurizaron; las interfaces calcularon la velocidad del golpe y la dirección.

Mis ojos me dieron dónde atacar y en qué momento.

Apunté a su espada y lancé un corte circular; el impacto causó que del choque brotaran chispas.

Pero, desde el lomo de mi hacha, él realizó una ráfaga de estocadas; algunas rasgaron la tela de mi uniforme.

Retrocedí lo más que pude ante los ataques.

Miré cómo el lugar estalló en aplausos mientras el combate seguía.

Después lanzó un ataque directo a mi antebrazo, buscando cortar mis tendones para que dejara de poder atacar.

Tomé un impulso para golpear sus piernas.

Su ataque se movía de forma directa a mi torso; llevé el hacha para cubrirme, pero con un movimiento de muñeca él cambió su dirección, apuntando directamente a mi cuello y lanzando una estocada directa.

Mis ojos se clavaron en el filo de la espada que cambió de forma repentina para darme un ligero golpe con la parte plana del arma; eso fue algo que no había pensado, el golpe fue una humillación pública.

Él retrocedió para abrir distancia, retrocedió al punto de estar a diez fosas de distancia.

Como un rayo acortó distancia antes de tratar de impactar sobre mi plexo solar; giré sobre mi propio eje aprovechando la inercia de mi cuerpo para golpear el hueso del arma.

Esta tembló y, por el golpe, casi se le sale de las manos.

Tomé todo el impulso que pude, lanzándome contra él; utilicé toda mi fuerza tratando de obtener una oportunidad.

Él levantó su sable para que el golpe no fuera a dar en él; giró entrando en mi guardia.

Lanzó un figure directo a mi rostro; el tiempo se volvió lento, casi como si pudiera ver el filo moviéndose a gran velocidad contra mí.

Levanté mi brazo tan rápido como pude; el corte hizo que desde mi brazo la sangre salpicara.

El dolor fue insoportable, pero mi cuerpo me obligaba a seguir peleando.

Desde este punto su rostro estaba expuesto, sus ojos me miraron con sorpresa.

Lancé un cabezazo; desde su nariz, un poco de sangre empezó a salir.

—Eres un maldito animal —siseó mientras dio un corte al aire para limpiar la sangre en el sable.

Mi visión periférica dejó de existir, centrándose únicamente en ese hombre frente a mí.

El dolor dejó de existir y lo único que sentía era cómo algo resbalaba sobre mi brazo.

Se lanzó de nuevo, algo que ya esperaba.

Mis ojos se quedaron sobre los de él; sabía a dónde iba a apuntar.

Me agaché para acortar distancia y con el hacha di un golpe en su estómago; antes de que él cayera al suelo, lo tomé de la cintura para derribarlo.

Con toda mi fuerza lo llevé al suelo; desde ahí tomé toda la ventaja aprendida en las trincheras y el barro.

Empecé a dar una serie de golpes mientras la sangre de ambos se combinaba sobre el suelo.

Él se cubría y trataba de obtener algún tipo de ventaja.

Fue un «clic» metálico lo que llamó mi atención: desde la manga de su camisón negro surgió el brillo de una navaja.

Un golpe fue a mi costilla y el otro a mi cuello.

Miré cómo mi interfaz mostraba daños severos en esas dos zonas del cuerpo.

Un codazo me derribó mientras la sangre empezaba a humedecer mi uniforme.

Tomé el hacha para dar un golpe en su cabeza con toda mi fuerza; él cayó al suelo como un saco de papas.

Llevé mis manos al cuello sintiendo cómo estas se llenaban de mi sangre.

«Ellos no saben de bondad», recordé esa frase antes de mirar al príncipe, desplomado sobre el suelo con su rostro hecho un desastre.

Sentí cómo me costaba respirar mientras recuperaba mis sentidos; aun así, solo escuché el silencio del lugar.

Estaba de rodillas con las manos sobre el cuello.

Miré a mis lados: en el rostro de muchos había sorpresa, mientras que en el de la Emperatriz había una mueca de estupor.

Entre todos ellos miré el rostro de alguien conocido: era Z.

A su lado estaba Marine…

al menos pude cumplir la promesa de que ella siguiera con vida.

Mi cuerpo empezó a desvanecerse.

Mis ojos se perdieron entre la magnitud de soldados mientras mi mente se volvía un ruido blanco y el latir de mi corazón.

Mis manos se engarruñaron sobre el mango del hacha.

Mi vista se volvió únicamente un punto dentro de mi propia realidad, algo que no me dejaba ver si tenía amenazas cercanas.

Había logrado vencer y eso era lo que más me importaba.

No puedo dejarme caer sobre el suelo.

Un soldado que lo toca es el que ya se dio por muerto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo