Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 37
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37: Fuera de combate 37: Fuera de combate Abrí los ojos de poco en poco; traté de moverme, pero algo me detenía…
Era muy temprano, los rayos de luz entraron iluminando la habitación con luz natural.
El olor del pasto entraba por la habitación; sobre una silla estaba mi uniforme militar y mi arma.
Estoy seguro de que sigo dentro del palacio, en alguna de las tantas alas del palacio.
Estar aquí me hace sentir en casa; esto debe de tener algo que me cuesta entender.
¿Por qué hay tanta paz?
Esto me parece algo que no debería de ser algo que yo deba sentir.
Miré por la ventana; el borde del cielo tenía un ligero toque rojo en su base.
Estoy viendo los últimos días de Solana y el nacimiento del sol rojo Eber; esto es gradual, pero en menos de dos semanas ya veremos el gran eclipse, después el sol rojo estará el resto del año.
Llevé ambas manos a mi cuello; estaba cubierto de vendajes, y era lo mismo en mi torso.
Tenía vista directa a la academia militar del imperio, donde se llevaban prácticas de esgrima.
Tal vez pueda replicar su técnica si los sigo viendo; después de todo, así aprendí a trabajar el campo.
El sonido de las bisagras por la puerta al abrirse; de ella entra un hombre acompañado por dos mujeres, sus uniformes eran de médicos de hospital.
Mi cuerpo reaccionó ante sus presencias, mi cuerpo se tensó al instante.
Fue algo involuntario, pero la respuesta seguía ahí: me delataba como combatiente.
Ellos se miraron mientras sostenían equipo médico; sus ojos eran una mezcla de confusión y miedo.
Se acercaron de forma lenta mientras sus ojos seguían fijos en mí.
—Usted lleva dos días dormido, sufrió un colapso respiratorio y su yugular fue rosada; aun así, la hemorragia casi le cuesta la vida.
Por orden de la emperatriz fue tratado dentro del palacio.
Su voz era casi mecánica, calculada, como si no quisiera hacerme enojar o temiera utilizar las palabras o el tono incorrecto; una mezcla de ambas cosas.
—¿Puede decirnos cómo se encuentra actualmente?
—La voz de una de las enfermeras surgió; era una voz tímida, calmada, pero tenía su propio peso.
Ambos tenían sus ojos en un color morado, pero estos estaban con un tono mucho más rebajado que a simple vista no se notaba tanto, pero si prestaba atención, esto era más notorio.
Ellos empezaron a acercarse de forma cuidadosa; esta gente debe de ser de la misma dinastía, mas no tienen un morado muy marcado, así que deben de ser de una rama inferior o por lo menos conocida de la realeza.
Ellos se acomodaron a mi lado; mis ojos se presurizaron dejando ver cómo mi cuerpo se estaba recuperando de forma lenta.
Estar en esta situación me hace valorar más a Marine; sé que no tengo daños mayores ni heridas que atenten contra mi vida, por ahora no me tengo que preocupar mucho.
Me relajé lo más que pude, pero estoy seguro de que si trato de seguir así mi cabeza empezará a alterar la realidad para mantenerme en guardia.
Debo de pensar en alguna manera de distraerme; sé que estoy mal, pero debo de tratar de mantenerme cuerdo.
Tal vez pensar en darles un mínimo entrenamiento a los nuevos de la novena, cruzar todo el Paso de los Caídos o llevarlos a un lugar donde puedan recibir un entrenamiento y por lo menos no tenerlos al frente; estoy tratando de idear algo.
Me quedé mirando a una de las enfermeras; mis ojos dieron con los de ella en un momento donde el mundo desapareció.
Sus ojos eran de miedo, un miedo que solo se entendía si ella miró al príncipe; su mirada se escondió entre ella y su portafolio.
Mientras anotaba mi acción, tal vez debería hundirle el cráneo cuando me recupere…
¿Por qué pensé eso?
Ni siquiera debía imaginarlo.
Ella me regresó la mirada.
—Usted quiere algo.
—Asentí lo más rápido que pude.
—Quiero una hoja y una pluma, o algo que me ayude a escribir.
—La enfermera salió.
—Dígame Vaxen, ¿qué es lo que siente?
Usted no tiene ningún tipo de malestar.
Según sabemos, usted se quedó de rodillas después del combate con graves daños; fue un milagro traerlo con vida.
Por ahora debemos de seguir monitoreándolo.
La enfermera trajo un pequeño libro junto a un lápiz y un borrador; ambas cosas fueron dejadas sobre la remesa.
Las tomé para mirar la hoja en blanco; dejé que el grafito empezara a dibujar sobre el papel.
Lo primero dentro será tomar la máscara como un órgano más dentro del cuerpo; que su mismo cuerpo pueda tener la capacidad de seguir corriendo con agotamiento extremo, una forma de entrenar su mente y su cuerpo a la falta de oxígeno.
Después, que un grupo de ocho hombres bajen con un tronco; además de eso, subir de nuevo cargando el tronco.
Que aprendan a no tener miedo a los disparos que caigan cerca de ellos; algo que los haga perder el miedo a las balas, de esa forma podré darles una mayor oportunidad de vivir.
Después aprovecharé las antiguas fortalezas que dejaron los unionistas para realizar ataques y defensas simulados.
Después de eso planeo adaptarlos al frío; el Paso de los Caídos es un lugar donde el frío es persistente, algo que te congela los huesos sin el equipo adecuado.
Entonces, un soldado con frío deja de poder apuntar; un soldado que se rinde ante este es una baja más.
Creo que también su cabeza debe de estar preparada para matar…
Eso es, les daré algún animal doméstico durante su entrenamiento; lo deben de cuidar como una unidad, pero al final de la misma, estos deben de decidir entre comerlo o morir de hambre.
Después de eso, entrarán a la habitación durante dos días y dos noches; los dejaré a oscuras dentro de las fortalezas, donde deben armar y desarmar sus armas, comer y avanzar en total oscuridad, para que sus ojos se adapten a ella y esta sea su mejor amiga.
Después de eso, deben pasar por combates nocturnos durante la noche; mientras duermen, un grupo de hombres debe atacar al resto.
Cuando eso termine, cavaremos fosas de tres niveles de profundidad donde perderán el miedo a ser sepultados por la artillería.
Si su miedo es morir aplastados, ese será su bautizo de fuego.
Para ese punto, deben estar muertos por dentro y sus cuerpos deben estar cansados.
Cuando esa fase termine, la siguiente debe ser construir trincheras y fortalezas en menos de un día, para que, cuando sea necesario, todos trabajen como hormigas.
Lo último debe ser subir la montaña en grupos, sin sus oídos y con la visión más limitada, para terminar corriendo al río que está debajo y bañarse en él.
Quienes logren pasar la prueba, se cortarán a sí mismos para dibujar el símbolo de la Novena División de Asalto.
Esto debe ser algo que, por lo menos, llevará seis meses lograr; algo donde muchos morirán durante el entrenamiento, pero quienes sobrevivan estarán listos para morir en combate; listos para morir para que otros no lo hagan.
Detrás de mí sentí un ligero toque: era una de las enfermeras que miraba con curiosidad el texto y los dibujos que yo había hecho; eran cosas muy simples que solamente me ayudaban a no olvidar cada fase.
—Parece que está planeando la tortura de un rival.
Todo eso no lo podría hacer un humano normal.
¿A quién odia tanto como para diseñar un plan tan macabro?
Creo que usted está un poco loco —dijo eso mientras hacía mímica con sus manos.
Sus ojos se quedaron fijos sobre mi rostro mientras analizaba cómo yo tenía toda una idea sobre cómo realizar un entrenamiento.
El ruido de la puerta al abrirse y ver a una Lyna con un uniforme de oficial fue algo extraño; sus ojos se quedaron en blanco al ver cómo yo ya estaba despierto y trabajando.
Quiero ir al frente cuanto antes, pero para eso debo tener, por lo menos, mil hombres dentro de la Novena; mil hombres que ya pasaron por el infierno y a los que la guerra les parezca un descanso.
Debo ser un gran general si quiero evitar que me terminen matando ellos mismos…
Lo tengo: haré el entrenamiento con ellos, debo entender el sufrimiento que ellos sufren.
Es algo que debo mantener.
Quiero verlos vivir, pero para que eso pase deben sufrir; deben tener un entrenamiento que sus huesos recuerden.
Que no duden en brincar al infierno a mi lado.
Yo debo morir junto a mi unidad.
Con un susurro, dijo Lyna: —¿Qué es lo que hace?
—Sus ojos se quedaron fijos en los de la enfermera.
—Yo no lo sé realmente; está así desde que despertó —Su voz se quedó en el aire, una forma en la que ellas dos buscaban entender qué era lo que hacía.
Empecé a dibujar un nuevo uniforme, uno de color gris y donde los pantalones eran de un azul fuerte.
En el casco debía haber una pequeña insignia de la Novena División de Asalto.
—Oye, Lyna, ¿cuál es la razón de no enviarme a una prisión después del combate?
—Ella no supo qué responderme; se quedó mirando a la nada mientras se llevaba una mano a la barbilla.
Sus ojos morados eran un espejo de lo que ella miraba.
Antes de que siquiera contestara, ya se escuchaba un alboroto afuera.
—Solo queremos saber cómo está nuestro Mayor —Estoy seguro de que esa era la voz de Ruhit.
Es posible que todos estén afuera esperando alguna orden o respuesta; son unos salvajes cuando les conviene.
Miré a Lyna; ella seguía pensando.
Traté de levantarme, pero mi cuerpo se negaba, casi como si me tuvieran amarrado a la cama, aunque no veía alguna sujeción clara.
Tomé todo el aire que mis pulmones podían; mis ojos se desorbitaron, era una mezcla de dolor y pesadez.
Sentí como si mi espalda estuviera pegada a la cama.
Todo puede pasar si no detengo a estos idiotas, aunque debo esperar a que nos refuercen para poder organizar el entrenamiento: al menos diez mil hombres, lo de dos divisiones.
Lyna se quedó mirando el libro, leyendo todo lo que había escrito.
Su rostro era una mezcla de desagrado y ganas de tomar el libro y corregir todo aquello que estaba mal hecho.
Trató de tomar el libro, pero yo se lo negué; alejé el cuaderno y logré brincar de un salto.
Voces empezaron a surgir dentro de mi cabeza, lejanas pero frecuentes, como si buscaran dejarme sin mente, como si quisieran tomar el control.
Mis ojos se quedaron en nada; empezaron a perder su brillo.
Me miré en un espejo: mis ojos estaban cansados, pero esos dos sacos negros empezaron a dejar de verse.
He estado tanto tiempo en la mierda que me siento incompleto si eso falta, casi como si mi mente pensara que dejo de ser real.
Esta paz hace que me aleje del mundo; aunque sé que hablan, mi cerebro no me deja escuchar lo que dicen, casi como si me buscara apartar del mundo, como si quisieran que deje de pensar como un ser humano y vuelva a ir al frente.
Tomé mi equipo mientras empecé a cambiarme; el uniforme verde era algo que me hacía sentir en casa y Berenice a mi lado era algo que me ayudaba a poner los pies sobre la tierra, a retomar el control de mi mente y mi cuerpo.
Me coloqué la gorra de sargento; para ellos siempre seré eso.
Su sargento de hierro: Vaxen Costa Marco.
—Bueno, creo que ya estoy bien.
Me puedo mover de forma casi perfecta y no siento peso alguno.
Oye, Lyna, quiero pedirle algo a tu madre, ¿puedes acompañarme?
—Ella me mira con algo de incertidumbre, pero no se niega.
—Claro, pero quiero que me digas qué tienes en ese libro.
¿Es tu diario personal?
¿Qué tanto es lo que estabas escribiendo?
¿Ahí tienes escrito cómo vives en una trinchera?
Puedes tener tantas historias…
Aunque tu ortografía es muy mala y tu caligrafía las hace parecer viboritas.
Aunque sé que, con la suficiente práctica, empezarás a escribir mejor.
Su tono era algo alegre y juguetón, algo que contrastaba con la Lyna quisquillosa.
Supongo que sigue ahí, ya que criticó mi letra, aunque es verdad que es «deficiente»; no tengo muchas palabras dentro de mi repertorio.
Debería entrenar el cerebro de estos hombres; si solo sirven para la guerra, no tendrán nada que hacer cuando la paz llegue.
Pero estoy seguro de que ninguno de nosotros encuentra la paz en este imperio que desayuna y cena guerra.
—Claro, solo quiero pedirle algo a tu madre.
Tengo un gran plan en mente: crear la primera unidad multiusos, que sean buenos en defensa y ataque, que no se dejen intimidar por el fuego de la artillería y sean conocidos como una fuerza de la naturaleza.
Algo que no pueda ser eliminado de forma sencilla y para lo que se necesitaría un gran presupuesto para eliminarlos al cien por ciento; una división capaz de salvar una batalla ya perdida.
Su rostro tomó algo más de seriedad al escucharme hablar, casi como si mis ideas fueran un delirio o algo de lo cual se debe preocupar.
Su rostro se quedó en blanco mientras salía de la habitación.
Había unos cien hombres, todos con su equipo listo, peleándose a gritos con la Guardia Real; era la Novena que me quería sacar del palacio.
—¡Guarden silencio, dejen de hacer escándalo!
—La fuerza de mi voz me tomó desprevenido; sentí cómo un ligero sabor a hierro aparecía desde mi garganta.
De un momento a otro, los gritos pararon; ambos grupos se tensaron e incluso hubo un pequeño sobresalto en los enfermeros que nos seguían.
Creo que es momento de admitir lo mal que estoy.
Si no fuera por Marine, ya me habría dado un tiro…
Es cierto, ella debe estar con los confederados.
Espero que ella pueda ser feliz lejos de la guerra.
No entiendo porque, pero siento como si algo apretara mi tráquea como si quisiera gritar o al menos hacer algo para desahogarme, ¿ahora quien evitara que haga mis cagadas?
esto es algo malo algo que no pensé que pasaría, uno de los miembros de mi familia se ha ido, espero poder verla de nuevo algún día.
Ahora debo de seguir adelante y asegúrame de no morir en algún enfrentamiento innecesario, tengo que verla algún día.
Mis ojos se centraron en Lyna ella movía la boca como si hablara, pero para mí no decía nada, es como si mi mismo cuerpo ignorara el exterior y me dejara solo conmigo mismo; Esto no es para nada normal todos mis huesos se han ido todo lo que soy está empezando a ser olvidado.
¿Yo realmente tuve alguna familia?
o solo es una memoria falsa que crea mi cerebro para evitar su colapso.
¿Quién soy yo realmente?
quien es Vaxen Costa Marco.
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