Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 38
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38: Un pequeño hogar 38: Un pequeño hogar Llevo una semana así: no entiendo qué me dicen, ni de qué me hablan, ni el significado del movimiento de sus bocas.
Mi mente se está quedando en blanco; estoy dejando de entender cómo seguir siendo humano.
Vivo gracias a un traductor dentro del sistema de interfaces que me dicta cada palabra de la gente, aunque creo que no entender a los demás es lo de menos.
A veces, antes de dormir, veo sombras negras pasar detrás de mí.
Me siguen todas las noches; veo los rostros de quienes asesiné, de quienes destrocé, y esas pesadillas me persiguen incluso durante el día.
Todos los días, Lyna me ayuda a escribir y leer un poco más.
Gracias a eso, he podido usar el traductor de forma más eficaz y, según ella, aprendo demasiado rápido.
Me gustaría poder escuchar su voz, al igual que la de Lien, Ruhit y el resto de mis hermanos, pero por ahora es algo que me resulta casi imposible.
Puedo escuchar con nitidez los pasos de la gente o el simple desenvaine de un arma, pero ¿qué castigo es este, donde no puedo disfrutar de una voz humana?
Mi cerebro me está cobrando todos esos traumas que no le dejé procesar.
Estaba frente a la salida del palacio; quería, al menos, escuchar cómo silbaba el viento, pero mi cabeza dictaba que eso también era innecesario.
Sin embargo, sí es buena para obligarme a ver los cuerpos y escuchar los gritos de agonía cada noche.
Esto me deja en un lugar donde no soy capaz de cuidar de mí mismo; creo que he estado cerca de orinarme accidentalmente.
Diosa Ilithana, ¿por qué me hace perder el gusto por la vida?
Estando en uno de los lugares con las mejores puestas de sol, ¿por qué no me deja sentir cómo el viento acaricia mi piel o cómo el sol me quema?
En el borde del paisaje, el rojo se vuelve algo más claro.
Pero ¿cuál es el sentido de seguir dando guerra en este mundo tan cruel si no sé por qué peleo?
Llevo tres días sin comer y, cuando eso pasa, siento que mi cuerpo flota, hasta que en algún punto despierto para estudiar con Lyna.
Ella siempre me pregunta si estoy comiendo bien, pero ni siquiera recuerdo si lo hago o no; mi cerebro solo me dicta que debo escribir y asegurarme de aprender.
Ahora estoy seguro de que pronto dejaré de estar aquí.
Me quedaré sentado hasta la noche sin preguntar nada y, tal vez, hoy Lyna me olvide.
¿Ella siempre cubría tanto su rostro, o es mi mente la que ya olvidó cómo se veía?
Ya no lo sé realmente; ya no puedo confiar en mi propia memoria.
No tengo tiempo de pensar en nada sin que esos entes aparezcan frente a mí y me griten con un odio que creo merecer.
Creo que solo soy un ser hecho para hacer sufrir a los demás.
Esos enemigos…
no, hombres, tenían una familia que los quería de vuelta en casa.
Pero yo los maté.
Los asesiné a todos por igual, ¿y todo para qué?
Sentí cómo mi cuerpo empezaba a flotar.
De nuevo, no pude romper esa barrera; mi mente me alejó de la culpa y, no voy a negarlo, siento una gran tranquilidad.
¿Así se sentirá estar muerto?
No lo sé, no sé nada.
Mis ojos se quedaron fijos en el suelo; mi mente se había desconectado de la realidad.
La interfaz trató de hacer de todo para hacerme recordar algo que me hiciera volver, pero era difícil de lograr.
Evitaba leer los textos que el sistema generaba para que no me quedara suspendido en el vacío; los ignoraba a propósito.
Incluso para mí, esto es demasiado pesado.
Sentí el tiempo volar, notando cómo cada sombra se deformaba; era parte de mi día a día.
Al menos me puedo permitir ver cómo pasa el tiempo, algo que aún conservo.
Estoy seguro de que moriré aquí; al menos podré ser enterrado en la ciudad.
Es mi único consuelo real: pensar que mi cuerpo no terminará en un lugar desconocido, lejos de casa.
Entonces cayó la noche y vi cómo frente a mí se posaba la figura de la princesa.
Estaba cansada; aun así, no dudó en hablar a dos guardias reales para obligarlos a llevarme a una habitación.
Ella charlaba sobre cómo la guerra suele afectar a los soldados, más cuando no tienen ni dieciséis años.
El guardia que me levantó me apretaba demasiado.
«¿Puedes creer que un solo mes de guerra dañe de manera tan severa la psique de un adolescente?
O bueno, al menos eso dice el doctor que hace esa investigación».
El texto estaba resaltado como si fuera algo importante.
«Estoy seguro de que, si alguno de sus hombres sufriese un ataque, él se levantaría de entre los muertos; la Novena tiene muchos rumores sobre su tipo de división».
El texto seguía así, transcribiendo cada palabra del guardia.
Era algo que mi mente me daba para mantener un hilo de cordura, un ancla a la realidad que no había tenido en mucho tiempo.
No sé qué quiere mi cuerpo o mi mente; sigo en este estado de autodestrucción.
La emperatriz examinó todo el plan y dijo que lo pensaría, que tiene planes para la Novena, o algo así me dijo Lyna.
Estoy bastante jodido; ese tipo de sugerencias son nocivas para el Imperio.
Una división de ese tipo puede acabar con una capital en unas horas, algo que cualquier emperatriz miraría con sospecha.
Sentí mi cuerpo ser lanzado sobre la cama.
El aterrizaje fue un golpe fuerte.
La cama estaba dura, aunque eso fue lo de menos; dejé que mi cuerpo se acomodara, listo para dormir.
¿Qué bastardo puede dormir después de asesinar a tanta gente?
¿Qué tipo de persona sería capaz?
Yo aún no me veo capaz de lograrlo; merezco seguir sufriendo.
Incluso ahora, sé que no podré dormir sin miedo a orinarme.
Siento tanta vergüenza de estar en este estado, y lo que más me frustra es no entender el porqué de este sentir.
Después de mucho tiempo, pude moverme.
Me agaché para tomar a Berenice y empecé a limpiarla.
Estaba cubierta de una fina capa de polvo, algo que me molestaba.
Tomé agua de uno de los floreros para mojar el borde de la sábana y darle mantenimiento al arma.
Tomé el resto de mi equipo y comencé a ajustarlo sobre mí, viendo cómo, de nuevo, estaba listo para el combate.
Me senté en la orilla de la habitación.
Mis dedos recorrieron la base de mi arma, sintiendo la madera, el metal y sus relieves; las yemas de mis dedos jugaban con los retoques de plata y oro.
Los rayos de la luna trazaban los nombres de sus anteriores propietarios, y una voz fugaz cruzó mi mente: «Esta arma sabe cómo traerte de nuevo a casa».
El rostro de aquel hombre era borroso, diluyéndose en mi memoria.
Sujeté a Berenice mientras sentía un ligero brote de calor viajando desde mis manos; algo que a mi cuerpo le hacía mucha falta.
Por unos segundos me miré a mí mismo: cubierto de sangre, de muerte, de heridas…
¿Pero cuándo dejé de ser ese niño y empecé a ser este hombre?
Abracé mi arma y mi cuerpo se llenó de un calor placentero que me recordaba que seguía con vida.
Sin querer, hice que el arma chocara contra mi pecho.
Fue en ese momento cuando finalmente pude cerrar los ojos.
El arma es fría, de eso estoy seguro, pero su metal me ha mantenido con vida el tiempo suficiente como para que ahora ese frío sea mi refugio.
Cuando nací, lloré mucho según mi madre.
Ella pensó que era porque “no podía ver”.
Olvidó que mis ojos son del color de la niebla por mi abuela paterna.
Aún recuerdo sus canciones con esa voz dulce y me hace sentir fatal…
¿Podrá ella reconocerme si algún día vuelvo a casa?
Mierda, de nuevo ese nudo en la garganta que no me deja pensar, que no me deja decir las cosas como realmente quiero.
No puedo expresar cómo me siento o si tengo algo que hacer mañana; mi mente no sirve para descargar penas…
sirve para vaciar cargadores.
No puedo aspirar a una vida normal, a ser alguien con paz en el corazón, a imaginar una familia o un lugar al cual volver.
¿Pero por qué me impongo estos límites?
Es cierto que odio cada parte de mí; es verdad que tengo miedo de que un día mi cuerpo pierda el control y mate a alguien ajeno a la guerra.
Estoy tan mal de la cabeza que la sola idea de imaginar mi rostro con una sonrisa me perturba; me aterra pensar que puedo estar tranquilo con tanta sangre en las manos.
Cuando todo acabe, ¿a dónde podré ir?
¿Hacia qué lugar caminaré cuando los ríos de sangre dejen de fluir?
¿Cuándo podré dejar de mirar tanta sangre?
La neblina esconde cosas, pero es contradictorio que eso pase cuando mi mente se encuentra perturbada por todos esos heridos; Por todas esas muertes por todos esos desfigurado.
Por esas criaturas de piel gris y con ojos azul brillante esos asediadores.
Finalmente, me había dormido, pero por alguna razón aun podía seguir pensando puedo seguir sintiendo, puedo decidir avanzar o quedarme quieto tengo control total de mi cuerpo, pero ¿estoy soñando?
es solo algo que no puedo describir, sigo estando roto, pero al menos puedo tomar lo que me queda y tratar de reconstruirme.
«Había una vez un caballero que con su espada derroto al gran rey demonio, un héroe de la raza más débil, alguien que nadie esperaba con su espada derroto al resto de rezas que en algún punto humillaron a los humanos, no dominaba el Parma mucho menos podía levantar a los ciados y aun así derroto a esos seres infernales y creo una nueva era dorada para los humanos»
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