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Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 5

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5: Balanza 5: Balanza El olor del azufre me hacía entender que tenía que trabajar con la máscara antigás.

La pala se hacía pesada en cada golpe que daba para sacar la tierra.

Era curioso que, aunque no viera gas, la máscara dejara pasar el olor a mi nariz; debe de ser que está mal hecha o no sé por qué sobrepasa el filtro.

Estaba sudando demasiado; cada cierto tiempo tenía que quitarme la máscara para pasarme algún tipo de trapo y limpiarme el sudor.

—Oye, parece que tú ya sabes hacer este tipo de trabajos, ¿no es así?

—dijo una voz temblorosa por las horas de trabajo seguido—.

En la ciudad no solía hacer trincheras de dos fosas y media; a lo mucho solo de una.

Lo miré.

Él se había sentado en uno de los escalones que acabábamos de poner, con sus ojos clavados al suelo mientras su pecho subía y bajaba por las respiraciones pesadas.

Seguí trabajando mientras le respondía: —Puede decirse que sí.

Trabajaba en el campo junto a mi abuelo; tenía que mover a las vacas y a los animales cuando no querían salir del establo.

Incluso hacía sus tumbas.

Tenía que seguir trabajando incluso bien llegada la noche.

Cada vez que levantaba la tierra, se me hacían más pesados los brazos.

Clavé la pala antes de sentarme a su lado.

—Cada día era más difícil que el anterior.

Cuando el sol rojo se ponía en los últimos seis meses del año, los animales no podían pastar de forma normal, así que traíamos la pastura.

Me surgió la duda de cómo era su vida antes de estar aquí; era un chico de ciudad.

—Tengo una pregunta para ti: ¿Cuál era tu vida antes de estar aquí?

Una risa salió de su boca.

—Hablas como si ya fuéramos unos veteranos —no pude evitar esconderme detrás de mis manos—.

Era hijo de un mercader, así que vivía bastante bien.

A mi papá le faltaba poco dinero para comprar mi servicio militar, pero aquí estoy.

Mi padre decía que el dinero podía pagarlo todo, comprar todo aquello que pensara, incluso mi vida.

Me decían que el frente era toda una pesadilla y tengo miedo de que sea así; aunque los confederados no atacan nunca, nosotros somos quienes iremos a atacar.

Su rostro se volvió oscuro, como si supiera cuál era su destino.

—Yo la verdad no sé —respondí—.

Las únicas historias que tengo del frente son de hace sesenta años, cuando mi abuelo combatía en el frente Republicano.

Miré al frente.

El lugar estaba destruido; el fuego consumía la mayoría del terreno y el campo tenía esa vibras de muerte horrible.

—Tengo la sospecha de que jamás lograremos salir con vida de aquí.

Cada vez que me despierto y veo que todo sigue igual que ayer, siento que no avanzamos.

Él me miró.

Sus ojos tenían una sensación de miedo casi impresa, como si fuera el miedo de otra persona.

Lograba entenderlo; a mí también me molestaba tener que cambiar mi estilo de vida de forma tan completa.

Miré hacia delante junto con él.

Era cierto, ahora no éramos más que simples soldados; dudo que a alguien le importe nuestra seguridad realmente.

Tomé mi saco; el día estaba por acabar.

En mi interior, una voz tenue, casi fantasma, susurró: «Agáchate».

Su voz era totalmente seca, como una advertencia en un susurro.

No sabía si hacerle caso, pero tomé mi rifle antes de agacharme.

—¿Oye, y cuál es tu…?

¿Qué estás haciendo en esa posición?

No estás muy bien de la cabeza, ¿cierto?

—me miró extrañado.

—Solo tengo un muy mal presentimiento —respondí mientras me movía a la trinchera mejor construida.

Desde el cielo surgió una aurora de color azul, el presagio de un impacto seguro.

El cielo pareció romperse para soltar las primeras ojivas de artillería.

Sentí cómo la tierra vibraba antes de que todo se volviera blanco.

Dejé de escuchar por una fracción de segundo; un ruido que me destruía el cráneo.

Cuando pude ver de nuevo, noté que caía al barro.

Traté de sostenerme de pie, no quería tocar el suelo.

Una voz distante, la de mi oficial al mando, se acercaba gritando algo que no entendía porque su voz se sentía lejana.

Parecía estar preocupado mientras con sus manos señalaba un fuerte lejano.

Me levanté del suelo; estaba cubierto de fango que olía extraño: hierro, tierra y un fuerte olor a pólvora vieja.

Cuando mis oídos se ajustaron, logré escuchar cómo todo se había vuelto un desastre.

Me levanté para mirar la trinchera que recién habíamos construido.

El chico de familia adinerada tenía una herida en su rostro, pero nada grave; sin embargo, sus ojos parecían desorbitados.

Tenía la vista fija en un cadáver.

Bajé para arrastrarlo hasta donde hubiera más seguridad.

Su rostro estaba pálido por lo que acababa de ver; esa herida dejaría cicatriz.

Miré al cielo y vi de nuevo las raras figuras de color celeste: más ojivas listas para ser accionadas.

De un momento a otro, la trinchera se volvió un caos.

Hombres saliendo de sus escondites, tomando posiciones defensivas mientras a lo lejos se divisaban figuras corriendo hacia nosotros.

Nos preparamos para pelear cuando otra racha de artillería impactó contra el campo.

Un fuerte zumbido apareció en mi oído.

—¡Rápido, pónganse sus máscaras!

—gritó el oficial mientras se colocaba la suya.

Seguí sus órdenes.

Tomé mi rifle; ¿acaso hoy lo dispararía por primera vez?

—¡Rápido, muchachos, quiero verlos moverse!

No sé cuánto tiempo puedo aguantar aquí.

Una nube de gas se levantó y el olor a azufre me llegó a la nariz.

¿Cuál era mi deber?

—Oye, ¿crees que tengamos que atacar?

—preguntó mi compañero.

Ya no podía más.

Quería golpearlo, quería gritar.

¿Por qué mierda me pasaba esto a mí?

Me hice bolita en una de las esquinas de la trinchera; estaba aterrado, no tenía madera de soldado.

No paraba de temblar.

Quería pararme, pero mis piernas no respondían.

De nuevo, otra de esas auroras celestes se formaba en el cielo.

Era una vista hermosa, hasta que cayeron sobre la trinchera.

Sentí cómo la tierra temblaba y se levantaba mientras las piedras volaban de un lado a otro.

Una mano cayó al suelo; la sangre brotó de ella.

Sentí que el estómago se me revolvía; no estaba hecho para esto.

—¡Rápido a sus posiciones!

¡Muevan esos culos!

—tomé mi fusil—.

¡Es hora de luchar!

¡Quien se niegue a avanzar será ejecutado!

Tuve un pequeño destello de ganas de darme un tiro.

Esperé unos momentos, ajusté mi uniforme y tiré del cerrojo de mi arma; una bala cayó al suelo.

Me agaché para tomarla y añadí la bayoneta en la punta del fusil.

Suspiré antes de esperar la orden de avance.

—Hoy serán parte de la ofensiva contra la Confederación.

Para muchos será su primera vez.

No defrauden a su Emperador.

¡En la muerte, la gloria!

Claro, él no tenía que avanzar con nosotros; él solo observaría nuestra carga suicida.

Cuando el silbato sonó, la orden fue clara: avanzar.

De todas las trincheras saltaron hombres.

Brinqué yo también.

Los alambres de espino seguían y seguían.

Por más que corriera, no veía posibilidad de salir ileso.

Frente a mí, los primeros combatientes caían al suelo y eran reemplazados rápidamente.

Las ametralladoras rugían y cada vez era más difícil respirar.

Sentí un dolor de cabeza y la realidad se volvió difusa.

Mis ojos empezaron a arder mientras la visibilidad se empañaba por el esfuerzo.

Llegué a la trinchera enemiga y cargué con la bayoneta.

Salté directamente sobre un hombre que sacaba el pecho; era un confederado con uniforme blanco.

Él se movió y mi estocada dio contra una pared de madera.

Sentí cómo el viento se rompía y retrocedí justo cuando un cuchillo de trinchera buscaba mi pecho.

Lo tomé de los brazos para intentar tirarlo, pero él me lanzó al suelo.

Tenía sus manos sobre mi cuello; en sus ojos solo había odio.

Todo se volvía borroso.

La falta de aire me hacía perder la conciencia.

¿Acaso hoy moriría?

Sentí cómo mi cuerpo se calentaba mientras una extraña sensación recorría mis músculos.

Clavé mis uñas en sus antebrazos y di un rodillazo desesperado.

Me levanté tratando de recuperar aire.

Mi rifle había volado, pero aún tenía la pala de trinchera.

Cuando él se lanzó de nuevo, tomé mi pala para bloquear su cuchillo antes de golpearlo con mi pierna.

Levanté la pala para golpear su pecho cuando la voz volvió a sonar: «No ataques».

Retrocedí unos segundos.

Él lanzó un ataque desde un ángulo ciego y el cuchillo me rozó el cuello.

Ahora era mi turno.

El golpe de la pala fue directo a su rostro; su cráneo se abrió de un tajo.

Sus ojos se quedaron en blanco mientras lo llevaba al suelo.

Empecé a lanzar ataques a su rostro, que se deformaba con cada golpe.

La sangre salpicó mi cara.

Miré a mi lado para recuperar mi arma.

Del otro lado había un fusil confederado, pero no tenía cerrojo.

Lo tomé igual antes de levantarme.

Con el uniforme lleno de barro y sangre, limpié un poco mi fusil Kauser y empecé a correr por la trinchera enemiga, listo para disparar a todo lo que se cruzara.

Apunté al frente.

Veía cadáveres deformados por heridas atroces.

Dos hombres corrían hacia mí; disparé contra ellos.

Las balas impactaron.

De repente, un hombre salió por detrás, me tomó del cuello y me lanzó al suelo.

Trataba de ahogarme en el barro mientras me golpeaba el cráneo.

Utilicé el resto de mi fuerza para lanzarme contra él.

Iniciamos una cadena de golpes, rasguños y, finalmente, le propiné una mordida en el cuello.

Mordí con fuerza, intentando desgarrar su garganta.

El sabor a hierro inundó mi boca.

Había arrancado un pedazo de carne.

Su cuerpo empezó a convulsionar.

Mastiqué la carne de forma inconsciente antes de tragarla; cuando me di cuenta, tuve ganas de vomitar.

Él se retorcía en el suelo intentando frenar el sangrado.

Tomé mi rifle y lo coloqué en su cabeza.

El sonido del disparo fue seguido de un silencio sepulcral.

La batalla finalmente había terminado.

La trinchera había sido capturada.

Me senté, exhausto por todo lo que había hecho.

Creo que fui muy idiota al pensar que la guerra era bonita.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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