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Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 41

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Capítulo 41: La novena de asalto

Cuando el sol cruzó las ventanas yo ya estaba despierto. Estaba viéndome en uno de los espejos; tenía el cuerpo cubierto de pequeños cortes y alguna que otra marca que se miraba a simple vista. Apenas me está creciendo una pequeña barba. Mi cuerpo entero estaba marcado, pero no era algo que me diera orgullo.

Me quedé sentado sobre mi cama. Mi uniforme estaba tendido en la parte superior de una silla. El sol empezaba a golpear el lugar; esta vez ambos soles salieron. En tres días se podrá ver cómo el sol de Eber domina. Me quedé mirando el alba del sol de Eber; pronto Solana tendrá su ocaso. Sé que estos seis meses serán muy fríos, algo que come los huesos y te deja sin aliento.

Los de la academia militar ya estaban corriendo; tenían rifles Kauser, algo que la infantería utilizaba toda su vida. Miré a Berenice; estaba en la cama, en el lado donde debería ir un acompañante. Estaba limpia, en un perfecto estado. Cuando miré cómo ella estaba entre las sábanas blancas, me dio por acostarme un solo momento y abrazarla.

—Solo puedo confiar en ti, Berenice —dejé que el metal frío de mi arma me diera un poco de calor. La verdad, siento que sin ella ya hubiera muerto hace mucho tiempo; es casi como si todo dependiera de un pedazo de metal que nunca me ha dejado atrás.

Estoy más que seguro de que, si sigo pensando de esta forma, le tendré más empatía a mi arma que a la gente; de eso estoy bastante seguro, o al menos eso trato de hacerme creer a mí mismo. Empecé a escribir en el cuaderno; dentro de esas hojas tenía todo escrito: mis planes y mis siguientes pasos a seguir para evitar morir en el Paso de los Caídos.

Me empecé a poner mi uniforme y coloqué a Berenice en un pequeño altar. En ese lugar estaba mi máscara… Ahora que recuerdo, esta máscara nunca la llevé conmigo; solo desperté con ella y todo eso pasó. Este día tengo que hacer muchas cosas, como ver a mi división, que está acantonada en el patio de armas del palacio. Hace una semana no les doy una sola orden.

Aunque tengo una vestimenta de alto mando, sigo utilizando mi uniforme de sargento, aunque todos saben que yo sigo siendo un mayor de sector. Busqué entre mis cosas; tenía unos dos mil marcos imperiales en billetes, son doscientos mil lumires. Con esto puedo crear los uniformes de unos dos mil efectivos de la nueva Novena División. Deben de tener bastantes bolsillos en sus sacos; sus pantalones deben de ser de un material duro para evitar que se desgasten de forma prematura.

Avancé con mis botas y uniformes desgastados entre los guardias reales. Algunos me saludaban guardando respeto; otros tantos me miraban con algo de asco, algo normal dentro de lo que cabe, ya que soy un invitado dentro del gran palacio; claro, una persona que suele ser demasiado problemática y que solo sigue viva porque una princesa y una emperatriz lo invitaron.

Ignoré cada mirada, cada susurro a mis espaldas. Solo quiero hablar con mis hombres, informarles que nuestra familia aumentará de número en gran medida, pero también que volveremos al Paso de los Caídos para empezar el entrenamiento que tengo en mente. Empiezo a bajar las escaleras para llegar al patio de armas; a cada paso que daba, la luz natural se volvía distante, reemplazada por la luz artificial de las farolas.

Me quedé mirando cómo ellos estaban realizando apuestas de quién era el hombre que más podía aguantar dentro de un combate de todos contra todos. Sí, eran una familia que de milagro no se mataban entre ellos mismos. Una ligera sonrisa se formó en las comisuras de mi boca; sabía que ellos son los únicos que se hieren; cuando alguien más lo haga, no dudarán en brincar al fuego por el otro.

Miré cómo Lien golpeaba a uno que le sacaba una gran altura. Sus golpes eran rápidos, golpes directos a su cráneo que buscaban forzarlo a rendirse. Cuando ese hombre atacaba, Lien se movía para esquivarlo; con un movimiento rápido se colocó debajo de él para lanzar un gancho en su barbilla. Él se movió de un lado al otro mientras seguía atacando al hígado y piernas del rival.

En un movimiento rápido, aquel hombre tomó a Lien. Antes de que él siquiera pudiera moverse, un cabezazo fue dado. Los ojos de Lien se volcaron antes de tratar de recomponerse; Lien se lanzó para atrás, pero ese hombre lanzó una patada directo a la rodilla de Lien, el cual no pudo seguir luchando.

Su cuerpo cayó como un costal de papas mientras la multitud empezaba a gritar vítores. El gigante se abrió de brazos mientras gritaba por haber ganado la apuesta. Me quedé ahí; estoy seguro de que, si entro, ellos querrán que luche con alguien y eso va a terminar muy mal.

El siguiente era Ruhit contra un chico de cabello rubio. Estos empezaron a pelear rápido, lanzando golpes rectos de forma directa a sus rostros. Era un intercambio de golpes fuertes; la sangre empezó a brotar. El sonido de los huesos y la carne al chocar eran una mezcla de muchas cosas. La sangre brotaba y la multitud estaba expectante por ver quién dejaba de golpear primero. Sus choques eran violentos, haciendo que cada golpe fuera pesado de escuchar; era un ruido tenso que hacía que mi cuerpo se congelara, como si la carne fuera golpeada por una pala de trinchera.

Era suficiente. Di un paso; cuando mi bota cayó sobre el suelo provocó un crujido y el silencio se extendió como el fuego. Ambos dejaron de pelear; sus ojos se quedaron en blanco mientras realizaban un saludo militar, esperando a que yo los regañara.

—Bueno, pronto tendremos hermanos nuevos, al igual que uniformes únicos para nuestra unidad —me quedé en silencio esperando escuchar algún ruido—. Vamos a volver al Paso de los Caídos, pero para entrenar de forma diligente. El imperio quiere una unidad fuerte y se nos dio esa misión. Guarden sus energías para ese día.

—Vaxen no quiere jugar con nosotros, puede conseguir un buen dinero —uno de mis hermanos dijo. Es verdad que necesito el dinero para comprar aún más uniformes; creo que debo de pedir algo como comisiones por cada pelea que hagan o por lo menos unos mil marcos más.

Me quedé mirando a mis hermanos; algunos ya estaban apostando cuanto pudieran. Era obvio que el dinero era necesario. Tomé algo de aire antes de decir cualquier cosa.

—Te daremos dos mil quinientos marcos si logras vencer a Manal —al escuchar ese nombre, un hombre de uno ochenta se puso frente a mí. Su cuerpo era robusto y medía más que yo; sus manos estaban llenas de callos, además de tener los nudillos destrozados por anteriores peleas. No sería la primera vez que peleo con alguien así.

—Bueno, qué quieren en el caso de que yo pierda, qué es lo que ustedes desean —él miró mi collar de Ilithana. Entendí de inmediato. Me quité el saco mientras tomaba distancia para iniciar el conflicto. Dos sirvientas salieron de la misma nada levantando un cartelón que mostraba un número de peleas ganadas: 17 vs. 0.

Manal era un muro de carne que se miraba duro de derribar, algo que no muchos podrían hacer. Cuando la pelea inició, el golpe fue dado por él, cortando el aire antes de lanzar otro de nuevo para tratar de darme en la mandíbula. Fue algo rápido, pero me cubrí de forma efectiva para lanzar un recto como forma de castigo. Me moví de un lado al otro para cortar distancia y lanzar una serie de golpes sobre sus costados.

Seguí dando muchos más golpes, moviéndome de un lado al otro. Sus ojos se quedaron fijos en mis piernas; cuando él lanzó una patada yo ya la esperaba. Di un salto para que el golpe no fuera a darme, para después entrar dentro de su guardia y dar un codazo en la mandíbula de ese hombre. Seguí lanzando un golpe tras otro para eliminar cualquier tipo de oportunidad de un contraataque.

Lancé un golpe a su mandíbula antes de lanzar otro golpe para seguir evitando cada uno de los impactos. Tomé impulso para lanzar una patada directa a su rodilla; se tambaleó unos pasos para tratar de evitar uno de los tantos. Él lanzó un cabezazo contra mi rostro, pero respondí con un gancho que hizo que su cuerpo cayera al suelo. Tomé una respiración rápida antes de ver cómo su cuerpo caía al suelo.

—Quiero verlos a todos trabajando, tienen mucha energía —ellos se lanzaron al suelo empezando a trabajar. El resto de la noche ellos entrenaron hasta que sus cuerpos ya no podían más.

Durante la noche el frío fue algo que nos dio compañía, un frío que nos obligaba a seguir entrenando para evitar congelarse. Diría que incluso algunos cuantos buscaron algo para cubrirse del frío.

A la mañana siguiente el frío golpeó nuestros rostros. Creo que debo de comprar más equipo de invierno, lo cual será bastante costoso; así que voy a gastar dinero de la división que debería ir a la comida. Por lo menos podría pedir seis mil, aunque aún no sé cuánta gente pueda terminar el entrenamiento. Me levanté primero que todos. Sentí cómo los ojos me pesaban; me había acostumbrado a la buena vida. Antes, con dormir cuatro horas podía funcionar de forma perfecta.

Cuando subí por las escaleras lograba mirar cómo pequeños cúmulos de nieve se formaban. Una gran cantidad de nieve caía desde el cielo; me quedé pausado esperando ver qué pasaba. Los sirvientes y la guardia real empezaban a moverse; parecían llevar madera y carbón para hacer funcionar la calefacción. Tengo que ir por el libro y mi arma.

Tomé las escaleras para seguir subiendo. Avancé cuidándome de no chocar o algo similar. Cuando por fin llegué al segundo piso, busqué la habitación donde había dejado todo: mi equipo, mi arma y, sobre todo, el maldito libro. Cuando entré, la habitación estaba oscura en su totalidad; las cortinas no dejaban que la luz solar pasara. En la cama estaba una figura sentada con mi arma entre sus manos; antes de que pudiera siquiera hablar, escucho cómo esta es alimentada por una bala.

—Es un arma bastante hermosa, Vaxen; diría que es una pieza de destrucción vuelta arte —dijo eso en un susurro frío mientras seguía mirando el arma—. Su metal es de las canteras de Finara, hechas con las manos de los artesanos de la capital. Es única.

«¿Qué tiene en mente Lyna?» Miré cómo Berenice me apuntaba directo a mi rostro con una frialdad mecánica.

—Ayer me dejaste aquí sola esperando a que llegaras para poder platicar contigo. Me quedé a dormir aquí y aun así no apareciste. ¿Dónde estabas? Quiero saberlo.

¿Por qué de la nada se comporta de esta manera? ¿Cuál es la razón de que se ponga loca? El cañón de mi arma me miraba de forma fría, casi como si buscara verme muerto. Sus dedos estaban sobre el cargador lateral, su dedo firme en el gatillo. Sus ojos morados se quedaron sobre mi arma.

—Estaba junto a la Novena, evitando que se mataran entre ellos.

Ella niega con la cabeza antes de mirarme a la cara.

—No estoy acostumbrada a que alguien me deje plantada, mucho menos un simple plebeyo. Te podría matar ahora mismo y decir que intentaste abusarme; te juzgarían por traición y se acabaría con tu vida militar.

¿Por qué conozco a pura mujer loca? Estoy seguro de que está de mal humor; ella no suele ser de esta forma. No sé si esté en esos días de una mujer, o simplemente me ve como una posesión más; ambas cosas podrían estar pasando a la vez.

—Recuerda algo simple, Lyna: solo por estar en el palacio no te vuelves invencible. Tengo los suficientes hombres para acabar con la realeza, aunque nuestra división sea triturada después, pero ten por seguro eso. Devuelve a Berenice; no creo que valga la pena provocar un infierno solo por un berrinche de una princesa.

Sus dedos juegan una última vez con Berenice. En sus ojos se formó una mueca de asombro para después, tras dejar el arma, levantarse de la cama. Tomó algo de impulso para darme un abrazo; no era un gesto cariñoso, su cuerpo estaba bastante tenso. Ella se pegó a mí como si tuviera un dolor dentro de ella. Mis ojos se presurizaron empezando a mostrarme los detalles de su cuerpo.

Este mostraba una menor tasa de oxígeno en sangre, además de una presión arterial desplazada. Antes de cualquier cosa, ella me habla al oído:

—Cuando el frío de Eber surge, nuestros cuerpos tratan de entrar en modo de ahorro de energía. El problema es que en las mujeres eso desata una guerra interna donde el cuerpo no sabe qué hacer ante la astrología y encoge un poco nuestros órganos. Para los hombres que son expuestos, son mucho más brutales en combate directo; no dudan en saltar al necro con tal de matar.

Me separé de ella antes de dejarla sobre la cama. Empecé a tomar mis armas y mi equipo; quería irme lo más rápido que pudiera, pero antes de siquiera poder avanzar, ella me tomó del borde de mi uniforme.

—¿Puedes quedarte conmigo? No pude dormir toda la noche.

—Pero ¿qué quieres que haga? —Dejé mi equipo sobre el suelo. Me senté a su lado mientras ella me miraba con unos ojos cansados.

Ella se envolvió entre las sábanas blancas.

—Solo quédate aquí, puedes hacer eso. —Se miraba desgastada; es increíble lo que un solo día les hace en su rostro. Ella cerró los ojos al sentir cómo la cama se hundía al sentarme. Se quedó ahí con una respiración lenta. Tomé el libro para empezar a dibujar el equipo de invierno, apoyándome en la remesa, dibujando cada uno de los detalles sobre el libro.

«Creo que dejaré que alguien se encargue de trabajar», me dije eso a mí mismo mientras caminaba rumbo al patio de armas. Empecé a correr a gran velocidad, casi como si mi vida dependiera de eso, avanzando entre la guardia real y todos los caminos para seguir por ahí. Solo quiero avanzar, darle el dinero a Lien o a Ruhit para poder descansar un último día al lado de Lyna.

Cuando miré a Lien subiendo las escaleras, tomó el libro y todo el dinero dándoselo; era momento de que él tomara el mando de la Novena.

—Te doy un ascenso a Maestro de Armamento. Ve a una sastrería, quiero que lo tengas ordenado.

Él me miró de forma confusa, pero asintió. Yo volví a la habitación; el resto del día lo pasaría con Lyna.

A la mañana siguiente, todos estábamos listos para ir a nuestro lugar de entrenamiento. Lyna quería ir con nosotros; afortunadamente, su madre le negó ese tipo de salida, ya que el Paso de los Caídos solo estaba a unos cuantos minutos del frente con las tropas de la Unión y, en caso de combate, ella podría resultar herida.

Dentro de nuestras filas el ambiente era pesado; en todo caso, era porque estaban listos para un nuevo despliegue sin saber que en verdad serían seis meses en un acercamiento al Necro. Todos estaban listos para combatir de nuevo, pero en algunos aún existía una inocencia de primer combate. El resto de la división debería de estar sobre la base del Paso de los Caídos; en todo caso, desde ese punto era algo irreal para ellos.

Los camiones empezaron a avanzar con una confianza ciega, seguros de que nada podría pasarles, y en parte era cierto: ninguna artillería sería capaz de darles. Muchos de los que habíamos luchado empezábamos a temblar, algunos incluso rezaban a sus diosas, pero no entiendo por qué, si yo les dije que serían entrenados.

El miedo de muchos se había quedado marcado en sus rostros, algo que no se miraba de buena manera. Los soldados de mayor rango se miraban con miedo, sus manos quedaban blancas de tanto apretar sus rosarios; sus miradas impacientes esperando a que todos estuvieran listos para la primera orden de ataque, una orden que no llegaría de forma rápida, y espero que todos puedan llegar a escuchar.

Muchos estaban quejándose del frío, algunos cuantos estaban cansados aún por el entrenamiento. Era algo que se repetía de formas variadas; era una forma de desaparecer los nervios o, por lo menos, hacerlos temblar. Los suboficiales tomaron unos cigarrillos, listos con cigarro en mano para fumarlos; era algo necesario para controlar los nervios.

Yo tomé un trago de un vino que Lyna me regaló; tenía un sabor bastante dulce además de fuerte, algo que me hacía disfrutar aún más el viaje. Al igual que los demás, estaba sumido en un intenso fuego mental, asaltado por los recuerdos de las ofensivas dentro de las trincheras. Miraba el mapa una y otra vez, mirando cómo, en teoría, dos divisiones se habían quedado cubriendo los flancos, algo que espero que sea real.

Me quedé mirando a la capital, la cual empezaba a alejarse de manera clara. Cuando menos lo esperaba, entre el horizonte y el cielo rojo se tragaron a lo que una vez fue la capital. Muchos vieron lo mismo que yo; con el tiempo y conforme el sol avanzaba, nuestros camiones avanzaron sin duda alguna. Era una sinfonía de diferentes cantos, algunos incluso empezaban a cantar canciones del folclore de sus culturas.

Pero, en todo caso, solo eran momentos donde las risas y los gritos hacían que todo pareciera ir a mejorar. Cuando estuvimos aún más cerca, la tierra empezó a verse afectada por grandes trincheras y antiguas posiciones de las baterías de artillería, nidos de ametralladoras y aún más fortalezas a cada lado que miraba. Siento que muchas veces no puedo mirar la belleza de este mundo por estar dentro de la guerra día y noche; por eso valoro los pequeños momentos donde puedo descansar y observar los pétalos de las rosas bailar.

El viento pasaba sin esfuerzo por las fortalezas, moviendo las plantas de un lado al otro junto con él. Cada hombre tenía su historia en el rostro, algo que me generaba una confianza de que todos sufríamos de la misma forma. Supongo que la guerra succiona lo poco de humanidad que te queda. Era un momento donde me tomaba la libertad de mirar cómo Eber ya era el sol principal; ahora, cuando esto pasaba, el gris era el color predominante.

Algunas plantas se habían tornado negras; ese tipo de plantas son necesarias para que la flora y fauna no mueran de hambre. Los colores más vibrantes se habían perdido dentro de la naturaleza. Lo único malo de estos periodos es que el trigo no crece, mucho menos los cultivos normales; pero, por ahora, creo que nos da la mejor situación: las temperaturas caerán en picado y la congelación será el pan de cada día.

«Creo que el plan puede salir bien, más si ellos desarrollan esa lealtad entre ellos mismos». La niebla empezaba a surgir; después de esto, ver a más de quinientas fosas será prácticamente imposible. Sé que estamos cerca porque a nuestro lado se miran las vías del tren. Me quedé mirando cómo todos empezaron a organizar pequeñas apuestas con sus cigarrillos.

«Esta gente tiene un problema grave con las apuestas». Algunos otros hacían chistes malísimos, cosas que no tenían sentido alguno, o mucho peor: apuestas sobre quién viviría y quién moriría. Los más veteranos se quedaban pegados a sus cigarrillos. Todo eso estaba pasando a la vez, una mezcla de muchas cosas que estoy seguro de que no debería de permitir. Mi piel se erizó mientras el frío llegaba con las suaves brisas; tomé mi saco, este al menos me ayudaría un poco contra el frío.

—Diosa de la vida, Ilithana, usted que anda descalza sobre el oro y la tierra, tú que haces que la gente recupere la vida con tu sola mirada: quiero pedirte que nos lleves de vuelta a casa. No permitas que la plaga toque nuestra frente, mucho menos que la oscuridad del Necro nos envuelva. Permítenos descansar bajo tu abrazo, permítenos vivir bajo tu cobijo.

Sin pensarlo había lanzado esa oración. La mayoría de ellos me miraron extrañados, como si no hubieran pensado que yo creyera en algo; pero en el fondo sigo siendo devoto de la diosa que mi madre me enseñó a adorar. Me quedé mirando al horizonte; realmente estoy aburrido de solo seguir avanzando y mirando a la nada en una pose de héroe. Si no fuera porque Lien y Ruhit van en el camión de atrás, estaría platicando con ellos, aunque estoy seguro de que me platicarían sobre alguna pendejada.

Me senté al lado de dos reclutas. Su charla parecía ser sobre cosas tribales, pero al sentarme dejaron de hablar. Uno de ellos dejó ver sus ojos verdes sobre mi rostro. Aunque tenían mi misma edad, no tenían la misma experiencia ni el rango. Creo que soy el Mayor de Sector más joven que el Imperio ha tenido; aún me sigo preguntando el porqué. En los ojos de ese renacuajo estaba mi figura, como siempre, envuelta en ese miedo que no sé por qué existe.

Me recosté sobre los asientos; creo que me voy a dormir un tiempo. El viaje será largo y no poder hablar con nadie es una tortura. Espero que cuando despierte ya estemos a las puertas del Paso de los Caídos, pero sé que va a ser algo difícil.

Un golpe fuerte llegó. Mis ojos se abrieron de par en par mientras sentía cómo el camión se movía de un lado al otro. Me sujeté de las barandillas para evitar caerme. El camión se movía de forma errática, como tratando de retomar el control. Un golpe fue dado bajo mi cabeza, lo que me hizo saltar del camión. Caí con fuerza contra el suelo; junto a mí estaba Berenice. Me quedé sentado mientras miraba cómo el camión se estrellaba más adelante.

El segundo camión y el tercero se detuvieron de forma inmediata. Muchos salieron para ayudar a los hombres que se habían quedado dentro. Me quedé en el suelo; la nieve había amortiguado el golpe. Me quedé sentado unos momentos mientras miraba cómo mi uniforme se empezaba a cubrir de sangre en pequeñas partes. Me levanté del suelo mirando cómo todo estaba destrozado; del motor empezó a surgir humo antes de empezar a salir algo de fuego.

Me levanté del suelo y me deslicé como un rayo. El crujir de mis botas sobre la nieve era constante. Los demás también se acercaron para sacar a los que seguían adentro. El camión ardió en fuego; la gasolina se había extendido sobre el suelo. El tiempo empezaba. Empezamos a sacarlos de uno en uno. El conductor se había prendido en fuego, sus gritos eran insoportables. Uno de los jóvenes usó su pala para empezar a golpear de forma frenética el vidrio, el cual se rompió. Él trató de sacarlo, pero de hacerlo se quemaría sus propias manos. Tomé a Berenice cargándola; disparé. La bala impactó en su cráneo.

Los gritos dejaron de escucharse; la bala había acabado con su vida de forma inmediata. No sabía qué fue lo que pasó, solo sé que no siento ningún dolor por la gran cantidad de adrenalina. Miré mi cuerpo buscando señales de hemorragia o de que algo me hubiera atravesado. «Qué mierda fue lo que pasó, todo salió volando por los aires».

Sentí cómo una ligera energía pasó por todo mi cuerpo, seguido de un dolor punzante, sobre todo en las partes donde yo sangraba. Me quedé mirando el fuego, escuchando cómo este tostaba el camión. El fuego es algo que purifica, pero a la vez no duda en consumirlo todo. Me senté mientras algunos empezaron a tirar nieve sobre el fuego para evitar la explosión. Qué mierda fue lo que pasó.

—Quiero que hagan un perímetro sobre la carretera, quiero verlos moviéndose.

De inmediato se formaron en fila india a cada uno de los lados. Miré el camión: debajo del camino había un gran cráter, como si una mina terrestre hubiera hecho todo el trabajo.

Me levanté, asegurándome de que no hubiera un sabotaje dentro de los camiones. Levanté mi arma para usarla como muleta; estaba cubierto de sangre. Sentí cómo mi cuerpo se presurizó de forma rápida. Mi interfaz mostraba todos los daños dentro de mi cuerpo; estaba seguro de que algunos tenían suficiente profundidad para quitarme la vida.

«Mierda». Tenía un dolor horrible, pero tenía que seguir avanzando. Me levanté del suelo; estoy seguro de que el camión va a explotar.

—¡Sálganse de aquí, la gasolina tocó el fuego! —alguien gritó desde el camión en llamas.

Me tiré al suelo mientras una estampida de soldados salió; los gritos empezaron a surgir. Me llevé las manos a la cabeza. El sonido fue horrible, como un crack. El suelo y el aire se retorcieron por la gran fuerza de la explosión. Mis oídos gritaron desde dentro de mi cabeza, mi cerebro rebotó dentro de mi cráneo. Fue un destello blanco mientras sentía cómo el fuego lamía la suela de mis botas, y la explosión me hizo levantarme un poco del suelo.

El fuego saltó a los árboles, empezando a bailar junto al viento, una danza que empezaba a consumir el borde del bosque. El humo era negro mientras el suelo se prendía fuego; la nieve se empezaba a derretir a los alrededores. Estaba seguro de que vi a uno de mis hermanos volar por los aires, o lo que quedaba de él.

Los restos del camión seguían en llamas. No era seguro ir por la carretera. «Debíamos dejar los camiones atrás e ir el resto del camino a pie»; esa es la forma más segura de seguir avanzando. Creo que eso debe de ser parte del entrenamiento: aprender a no confiar en la logística.

Levanté la mano; de inmediato muchos se giraron, guardando silencio.

—¡Quiero que hagan un recuento de daños! ¡A partir de esta parte del camino debemos avanzar a pie!

Considero que es la mejor manera para seguir vivos todos. Es una forma para que no tengamos que morir durante el camino; además de eso, creo que todos los que iban conmigo, menos el conductor, siguen vivos. Eso quiero creer. Berenice es mi soporte; no me puedo mover de forma correcta, pero no soy una carga aún, por ahora.

Con esfuerzo, me volví a poner de pie. Era algo obvio, pero a la vez no lo era. Creo que estar con Lyna me hizo algo blando. Fue esa pequeña paz la que me hizo pensar en que yo mismo ya no deseo la guerra; pero de igual forma, no quiero estar vivo para cuando la paz surja. Estoy tan cansado de viajar solo, tan cansado de guardarme todo para mí.

Me quedé mirando el fuego. El resto de la noche caminaríamos hasta llegar al Paso de los Caídos, donde nadie nos espera… ¿Soy bueno para esto?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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