Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 42
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Capítulo 42: Un camino lleno de baches
A la mañana siguiente, todos estábamos listos para ir a nuestro lugar de entrenamiento. Lyna quería ir con nosotros; afortunadamente, su madre le negó ese tipo de salida, ya que el Paso de los Caídos solo estaba a unos cuantos minutos del frente con las tropas de la Unión y, en caso de combate, ella podría resultar herida.
Dentro de nuestras filas el ambiente era pesado; en todo caso, era porque estaban listos para un nuevo despliegue sin saber que en verdad serían seis meses en un acercamiento al Necro. Todos estaban listos para combatir de nuevo, pero en algunos aún existía una inocencia de primer combate. El resto de la división debería de estar sobre la base del Paso de los Caídos; en todo caso, desde ese punto era algo irreal para ellos.
Los camiones empezaron a avanzar con una confianza ciega, seguros de que nada podría pasarles, y en parte era cierto: ninguna artillería sería capaz de darles. Muchos de los que habíamos luchado empezábamos a temblar, algunos incluso rezaban a sus diosas, pero no entiendo por qué, si yo les dije que serían entrenados.
El miedo de muchos se había quedado marcado en sus rostros, algo que no se miraba de buena manera. Los soldados de mayor rango se miraban con miedo, sus manos quedaban blancas de tanto apretar sus rosarios; sus miradas impacientes esperando a que todos estuvieran listos para la primera orden de ataque, una orden que no llegaría de forma rápida, y espero que todos puedan llegar a escuchar.
Muchos estaban quejándose del frío, algunos cuantos estaban cansados aún por el entrenamiento. Era algo que se repetía de formas variadas; era una forma de desaparecer los nervios o, por lo menos, hacerlos temblar. Los suboficiales tomaron unos cigarrillos, listos con cigarro en mano para fumarlos; era algo necesario para controlar los nervios.
Yo tomé un trago de un vino que Lyna me regaló; tenía un sabor bastante dulce además de fuerte, algo que me hacía disfrutar aún más el viaje. Al igual que los demás, estaba sumido en un intenso fuego mental, asaltado por los recuerdos de las ofensivas dentro de las trincheras. Miraba el mapa una y otra vez, mirando cómo, en teoría, dos divisiones se habían quedado cubriendo los flancos, algo que espero que sea real.
Me quedé mirando a la capital, la cual empezaba a alejarse de manera clara. Cuando menos lo esperaba, entre el horizonte y el cielo rojo se tragaron a lo que una vez fue la capital. Muchos vieron lo mismo que yo; con el tiempo y conforme el sol avanzaba, nuestros camiones avanzaron sin duda alguna. Era una sinfonía de diferentes cantos, algunos incluso empezaban a cantar canciones del folclore de sus culturas.
Pero, en todo caso, solo eran momentos donde las risas y los gritos hacían que todo pareciera ir a mejorar. Cuando estuvimos aún más cerca, la tierra empezó a verse afectada por grandes trincheras y antiguas posiciones de las baterías de artillería, nidos de ametralladoras y aún más fortalezas a cada lado que miraba. Siento que muchas veces no puedo mirar la belleza de este mundo por estar dentro de la guerra día y noche; por eso valoro los pequeños momentos donde puedo descansar y observar los pétalos de las rosas bailar.
El viento pasaba sin esfuerzo por las fortalezas, moviendo las plantas de un lado al otro junto con él. Cada hombre tenía su historia en el rostro, algo que me generaba una confianza de que todos sufríamos de la misma forma. Supongo que la guerra succiona lo poco de humanidad que te queda. Era un momento donde me tomaba la libertad de mirar cómo Eber ya era el sol principal; ahora, cuando esto pasaba, el gris era el color predominante.
Algunas plantas se habían tornado negras; ese tipo de plantas son necesarias para que la flora y fauna no mueran de hambre. Los colores más vibrantes se habían perdido dentro de la naturaleza. Lo único malo de estos periodos es que el trigo no crece, mucho menos los cultivos normales; pero, por ahora, creo que nos da la mejor situación: las temperaturas caerán en picado y la congelación será el pan de cada día.
«Creo que el plan puede salir bien, más si ellos desarrollan esa lealtad entre ellos mismos». La niebla empezaba a surgir; después de esto, ver a más de quinientas fosas será prácticamente imposible. Sé que estamos cerca porque a nuestro lado se miran las vías del tren. Me quedé mirando cómo todos empezaron a organizar pequeñas apuestas con sus cigarrillos.
«Esta gente tiene un problema grave con las apuestas». Algunos otros hacían chistes malísimos, cosas que no tenían sentido alguno, o mucho peor: apuestas sobre quién viviría y quién moriría. Los más veteranos se quedaban pegados a sus cigarrillos. Todo eso estaba pasando a la vez, una mezcla de muchas cosas que estoy seguro de que no debería de permitir. Mi piel se erizó mientras el frío llegaba con las suaves brisas; tomé mi saco, este al menos me ayudaría un poco contra el frío.
—Diosa de la vida, Ilithana, usted que anda descalza sobre el oro y la tierra, tú que haces que la gente recupere la vida con tu sola mirada: quiero pedirte que nos lleves de vuelta a casa. No permitas que la plaga toque nuestra frente, mucho menos que la oscuridad del Necro nos envuelva. Permítenos descansar bajo tu abrazo, permítenos vivir bajo tu cobijo.
Sin pensarlo había lanzado esa oración. La mayoría de ellos me miraron extrañados, como si no hubieran pensado que yo creyera en algo; pero en el fondo sigo siendo devoto de la diosa que mi madre me enseñó a adorar. Me quedé mirando al horizonte; realmente estoy aburrido de solo seguir avanzando y mirando a la nada en una pose de héroe. Si no fuera porque Lien y Ruhit van en el camión de atrás, estaría platicando con ellos, aunque estoy seguro de que me platicarían sobre alguna pendejada.
Me senté al lado de dos reclutas. Su charla parecía ser sobre cosas tribales, pero al sentarme dejaron de hablar. Uno de ellos dejó ver sus ojos verdes sobre mi rostro. Aunque tenían mi misma edad, no tenían la misma experiencia ni el rango. Creo que soy el Mayor de Sector más joven que el Imperio ha tenido; aún me sigo preguntando el porqué. En los ojos de ese renacuajo estaba mi figura, como siempre, envuelta en ese miedo que no sé por qué existe.
Me recosté sobre los asientos; creo que me voy a dormir un tiempo. El viaje será largo y no poder hablar con nadie es una tortura. Espero que cuando despierte ya estemos a las puertas del Paso de los Caídos, pero sé que va a ser algo difícil.
Un golpe fuerte llegó. Mis ojos se abrieron de par en par mientras sentía cómo el camión se movía de un lado al otro. Me sujeté de las barandillas para evitar caerme. El camión se movía de forma errática, como tratando de retomar el control. Un golpe fue dado bajo mi cabeza, lo que me hizo saltar del camión. Caí con fuerza contra el suelo; junto a mí estaba Berenice. Me quedé sentado mientras miraba cómo el camión se estrellaba más adelante.
El segundo camión y el tercero se detuvieron de forma inmediata. Muchos salieron para ayudar a los hombres que se habían quedado dentro. Me quedé en el suelo; la nieve había amortiguado el golpe. Me quedé sentado unos momentos mientras miraba cómo mi uniforme se empezaba a cubrir de sangre en pequeñas partes. Me levanté del suelo mirando cómo todo estaba destrozado; del motor empezó a surgir humo antes de empezar a salir algo de fuego.
Me levanté del suelo y me deslicé como un rayo. El crujir de mis botas sobre la nieve era constante. Los demás también se acercaron para sacar a los que seguían adentro. El camión ardió en fuego; la gasolina se había extendido sobre el suelo. El tiempo empezaba. Empezamos a sacarlos de uno en uno. El conductor se había prendido en fuego, sus gritos eran insoportables. Uno de los jóvenes usó su pala para empezar a golpear de forma frenética el vidrio, el cual se rompió. Él trató de sacarlo, pero de hacerlo se quemaría sus propias manos. Tomé a Berenice cargándola; disparé. La bala impactó en su cráneo.
Los gritos dejaron de escucharse; la bala había acabado con su vida de forma inmediata. No sabía qué fue lo que pasó, solo sé que no siento ningún dolor por la gran cantidad de adrenalina. Miré mi cuerpo buscando señales de hemorragia o de que algo me hubiera atravesado. «Qué mierda fue lo que pasó, todo salió volando por los aires».
Sentí cómo una ligera energía pasó por todo mi cuerpo, seguido de un dolor punzante, sobre todo en las partes donde yo sangraba. Me quedé mirando el fuego, escuchando cómo este tostaba el camión. El fuego es algo que purifica, pero a la vez no duda en consumirlo todo. Me senté mientras algunos empezaron a tirar nieve sobre el fuego para evitar la explosión. Qué mierda fue lo que pasó.
—Quiero que hagan un perímetro sobre la carretera, quiero verlos moviéndose.
De inmediato se formaron en fila india a cada uno de los lados. Miré el camión: debajo del camino había un gran cráter, como si una mina terrestre hubiera hecho todo el trabajo.
Me levanté, asegurándome de que no hubiera un sabotaje dentro de los camiones. Levanté mi arma para usarla como muleta; estaba cubierto de sangre. Sentí cómo mi cuerpo se presurizó de forma rápida. Mi interfaz mostraba todos los daños dentro de mi cuerpo; estaba seguro de que algunos tenían suficiente profundidad para quitarme la vida.
«Mierda». Tenía un dolor horrible, pero tenía que seguir avanzando. Me levanté del suelo; estoy seguro de que el camión va a explotar.
—¡Sálganse de aquí, la gasolina tocó el fuego! —alguien gritó desde el camión en llamas.
Me tiré al suelo mientras una estampida de soldados salió; los gritos empezaron a surgir. Me llevé las manos a la cabeza. El sonido fue horrible, como un crack. El suelo y el aire se retorcieron por la gran fuerza de la explosión. Mis oídos gritaron desde dentro de mi cabeza, mi cerebro rebotó dentro de mi cráneo. Fue un destello blanco mientras sentía cómo el fuego lamía la suela de mis botas, y la explosión me hizo levantarme un poco del suelo.
El fuego saltó a los árboles, empezando a bailar junto al viento, una danza que empezaba a consumir el borde del bosque. El humo era negro mientras el suelo se prendía fuego; la nieve se empezaba a derretir a los alrededores. Estaba seguro de que vi a uno de mis hermanos volar por los aires, o lo que quedaba de él.
Los restos del camión seguían en llamas. No era seguro ir por la carretera. «Debíamos dejar los camiones atrás e ir el resto del camino a pie»; esa es la forma más segura de seguir avanzando. Creo que eso debe de ser parte del entrenamiento: aprender a no confiar en la logística.
Levanté la mano; de inmediato muchos se giraron, guardando silencio.
—¡Quiero que hagan un recuento de daños! ¡A partir de esta parte del camino debemos avanzar a pie!
Considero que es la mejor manera para seguir vivos todos. Es una forma para que no tengamos que morir durante el camino; además de eso, creo que todos los que iban conmigo, menos el conductor, siguen vivos. Eso quiero creer. Berenice es mi soporte; no me puedo mover de forma correcta, pero no soy una carga aún, por ahora.
Con esfuerzo, me volví a poner de pie. Era algo obvio, pero a la vez no lo era. Creo que estar con Lyna me hizo algo blando. Fue esa pequeña paz la que me hizo pensar en que yo mismo ya no deseo la guerra; pero de igual forma, no quiero estar vivo para cuando la paz surja. Estoy tan cansado de viajar solo, tan cansado de guardarme todo para mí.
Me quedé mirando el fuego. El resto de la noche caminaríamos hasta llegar al Paso de los Caídos, donde nadie nos espera… ¿Soy bueno para esto?
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