Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 43
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Capítulo 43: Entrenamiento
El resto de la noche marchamos; de vez en cuando parábamos para tomar un descanso. Era algo necesario: llevábamos nuestras balas y equipo en las cajas; dejarlo atrás nos dejaría sin herramientas ni forma de defendernos. Estoy seguro de que, si eso pasa, el entrenamiento no sería seguro. Pondremos el campamento en la base del Paso de los Caídos, pero quiero que aprendan a organizar defensas y levantarlas en tiempo récord.
Desde aquí ya empiezo a ver cómo se forman las pequeñas laderas de ambos lados. Me quedé mirando a las imponentes montañas del Paso de los Caídos; de cierta manera quiero que sea rebautizado como el Nido de la Novena. Sería una forma de decir de qué lugar salen los mejores hombres del Imperio. Solo es un sueño infantil, un simple y tonto sueño.
Caminamos un poco más, avanzando hasta llegar a las montañas y viendo las primeras fortalezas de la Unión. Estaban vacías, pero había algo raro: había un gran campamento donde muchos jóvenes estaban estableciéndose, talaban árboles y hervían el agua. No tomaron las fortalezas porque para ellos es un terreno muy impasable.
Al vernos se nos quedaron mirando. Al parecer eran los diez mil hombres; muchos de ellos muy jóvenes, contando solo con algunos cuantos veteranos. Había dos capitanes de logística pesada quienes habían hecho el trabajo de inmediato. Un pelotón entero de Guardianas Blancas salió de la enfermería; así que esta es mi nueva división: los soldados que habían obtenido quemaduras o heridas por los golpes. Mucha gente nos miraba raro, buscaban al Mayor de Sector. Tomé mi gorra de Mayor de Sector.
Al ver la gorra, levantaron las manos en saludo militar. Tiene sentido que pensaran que era otra persona; ver a un joven con los ojos cansados y un traje de sargento, sin saber la historia… les diré que dejen de usar sus uniformes de oficial y se pongan los de sargento. Nuestra forma de diferenciarlos será mediante una insignia en el casco.
—¡Mayor de la Novena, Vaxen Costa Marco! —El campamento entero se agrupó en posiciones escalonadas. Era una amalgama de edades; lo único que nos acompañaba era el silbido del viento. Cuando todos nos agrupamos, fue momento de hablar.
Mi voz se trabó; era un golpe seco, rasposo, algo que me generaba conflicto. ¿Por qué no puedo hablar? Sus rostros eran expectantes, esperando a que yo dijera algo.
—Hoy… estamos aquí para entrenar. Será un entrenamiento pesado, donde puede que tengamos a algunos cuantos que no quieran seguir. Son seis meses. Seis meses en el Necro.
Aquellas palabras habían llamado la atención de muchos. Miré el libro; cada dibujo me ayudaba a recordar cuál era el objetivo. Tomé algo de aire para seguir hablando.
—Son siete fases donde desarrollarán habilidades en varios ámbitos. Se volverán el puño de hierro de nuestro Imperio e iremos a donde nadie quiere ir.
Algunos cuantos miraron a la montaña, dándose cuenta de cuál era mi idea. Incluso en ese momento, muchos solo miraron sus armas, empezando a dejarlas; era una forma de prestar atención ante lo que yo decía.
—Debemos ser una gran familia, mis hermanos. Debemos subir una y otra vez. Debemos dominar la noche y el miedo a morir enterrados —levanté mi mano derecha, cerrando el puño—. Debemos atacar cuando nadie más lo espere, cuando el viento y la lluvia caigan, cuando la nieve llegue a las rodillas. Seremos los únicos dispuestos a entrar. Somos de la guerra y para la guerra debemos morir. Que vuestros nombres estén escritos en los futuros libros de historia.
Algunos cuantos empezaron a gritar y la masa entera siguió ese ejemplo. Muchos de los jóvenes empezaron a gritar el nombre de la Novena división. Creo que muchos de estos lograrán pasar el entrenamiento; solo les falta un pequeño empujón para alcanzar eso. De lograrse, estoy seguro de que nos espera un mejor mañana.
Los primeros rayos de sol de Eber empezaron a salir, iluminando el cielo como lo haría cualquier otra estrella. Las sombras que se proyectaban eran difusas, pero aun así creaban uno de los mejores espectáculos visuales que yo podía mirar. Es algo irónico que se pueda mirar algo tan hermoso en el Paso de los Caídos; tiene una de las mejores vistas. Solo mirar aquí me deja pensando en lo hermosa que puede llegar a ser la vida.
Era un lugar tranquilo. Diría que si en alguna otra vida no hubiera guerra, tal vez mi hogar lo hubiera hecho aquí. “Ese lugar es muy peligroso”, algo así me hubiera dicho mi madre, o al menos eso quiero pensar. «Creo que es algo hermoso de pensar, aunque solo sea eso».
Estoy seguro de que por ahora eso bastará. La multitud entera se esparció por todos lados, volviendo a sus anteriores actividades. Durante la noche los levantaré; será su primera misión de entrenamiento: subir la montaña con todo su equipo puesto, para después bajarla de la misma manera.
Mis botas crujieron contra la nieve. Eran pasos suaves, casi cautelosos. Me siento como la nobleza porque sus pasos no suelen hacer ruido. La nieve virgen se miraba tranquila, únicamente manchada por pequeñas gotas de sangre que se habían adherido a mis botas. Dejé mi equipo sobre un tronco, acostándome al lado del mismo y apoyándome en él para no tocar el suelo. Dejé a Berenice sobre mi pecho para que esta no se congelara.
Mi cuerpo se vio envuelto en el suave abrazo del frío, el cual me adormecía. Lo único bueno es que el equipo de invierno es bastante decente; no me deja sentir ningún tipo de frío, es algo que me llena de confort. Bajo el sol de Eber soy una mancha negruzca que se queda a ras de suelo. Miré cómo mi cuerpo empezaba a destensarse y mi mente empezó a crear un sueño, uno donde estoy lejos de la guerra. Uno donde el miedo deja de ser real.
Tenía los ojos puestos sobre el campamento. Algunos ya estaban cenando mientras otros empezaban a encender las lámparas. Un humo blanco salía de mi nariz cada vez que respiraba; el frío parece que no va a desaparecer. Me levanté del suelo; aún sentía el dolor en las piernas, nada con lo que no pudiera.
—Mierda —mascullé para mí mismo. El dolor no me había dejado levantarme de buena manera. Mis botas se hundieron sobre la nieve a cada paso que yo daba; muchas de mis pisadas anteriores se borraron. Me quedé mirando a los soldados. Debemos subir la montaña marchando; quiero verlos haciendo eso.
Miré a uno de los postes; había unos megáfonos siendo instalados. Aún no se pueden utilizar, pero cuando se pueda será mi manera preferida de gritarles. Levanté mi mano cerrando el puño.
Tomé aire antes de empezar a gritar: —¡Este día inicia oficialmente la primera fase de entrenamiento! ¡Pónganse su equipo, quiero verlos como si fuéramos a pelear! ¡Tienen cinco minutos!
En dos minutos todos estaban formados. Algunos aún se colocaban sus equipos o cargaban sus fusiles de cerrojo; incluso las Guardianas Blancas estaban afuera. No sé por qué querrían estar aquí, pero portaban su equipo médico.
Muchos estaban cansados. Sus ojos mostraban enojo dirigido a mí; en su mirada había una rabia que no entendía, como si pensaran que yo no entrenaría a su lado. Después de todo estábamos en el mismo barco. Creo que debería decir una pequeña mentira.
—¡Ustedes son parte de una selección casi natural! ¡Cada herida, cada quemadura, incluso su familia y lugar de procedencia, su cultura y pueblo! —Bajé del pequeño escalón, colocándome a su altura. Pasé con paso suave frente a la primera línea—. ¿Y todo eso para qué? Fue para seleccionarlos a ustedes. Cada marca fue una prueba; cada día con miedo fue otra. Todo para saber quién era más resiliente que los demás. Para saber que no me equivoqué, creé este entrenamiento donde, si solo fueron un soldado más, no pasarán.
Tomé mi propio equipo. Algunos se quedaron mirando cómo un “Mayor de Sector” estaría a su lado. —Somos hermanos, estaremos mano a mano muchas veces. Aun así, quien quiera irse lo puede hacer. Si son unos cobardes con los que me equivoqué, claro está.
Miré cómo el orgullo de muchos era herido. Algunos cuantos esperaron la orden de marcha. Las Guardianas Blancas tomaron su equipo médico. ¿Esto no era parte del plan? Son simples enfermeras.
Mis ojos se quedaron blancos; no pensaba que las enfermeras quisieran apoyarnos. Caminé rumbo a ellas. Sus ojos eran fríos, sus rostros finos; aun así, estoy seguro de que no dudarán en meter la mano en un cuerpo si es necesario. Me quedé frente a esa columna: sus vestidos blancos con un brazalete que tenía el símbolo de mi Diosa.
—No es necesario que nos acompañen. Esto es solo un entrenamiento, no habrá heridos de muerte, se los aseguro.
No hubo una respuesta, por más fría que fuera mi voz. Estaban listas para partir junto a nosotros. Una que contaba con un pequeño moño de color verde sobre su uniforme dio un paso al frente. Con un susurro, como si cortara el viento, su voz salió disparada:
—Somos parte de la Novena de Asalto. Nuestro deber es cuidar de los enfermos y de los heridos, salvar a cuantos podamos sin dudar de su bando. Un médico no duda en salvar a alguien que muere desangrado.
Su voz era cálida, incluso diría que algo dulce, algo que no esperaba que hubiera en este campo. Esperé a que alguna de ellas dijera algo más, pero no hubo nada más que silencio.
—Quiero que carguen equipo, no me gustaría dejarlas sin una forma de defenderse. Cuerpo de Ángeles de la Muerte… —Creo que ese es un mejor nombre. La Novena tiene que rebautizar todos los lugares que pise.
Empecé a caminar esperando que el resto de la Novena me siguiera. Quienes no avanzaran serían los primeros en ser desechados. Toda la unidad empezó a moverse tal como si fuera una serpiente. Cuando avanzamos lo suficiente como para que el frío fuera una presencia tan fuerte como para hacer que nuestros rostros empezaran a ponerse pálidos y rojos, mis ojos se presurizaron con fuerza empezando a brillar de forma pálida. Mi cuerpo empezaba a gritar por la cantidad de frío; incluso el sistema mostró como la temperatura era de menos diez grados.
La enfermera de listón verde se colocó a mi lado. Sus ojos estaban en el suelo mientras seguía avanzando con cautela. Portaba el fusil en las manos, manejando de forma torpe el peso en este; su equipo más el rifle eran igual o un poco más pesados que el mío propio.
—Creo que el frío será el mayor de los enemigos dentro de los próximos seis meses, incluso provocará algunas muertes.
Tomé mi máscara antigás para ponérmela. Mi rostro fue tragado por la máscara; sentí cómo ya no percibía el frío en mi cara. Los que venían detrás de mí se colocaron las suyas. En un efecto dominó, los demás empezaron a hacerlo.
Creo que realmente puedo crear una gran división.
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