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Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 6

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6: En guardia 6: En guardia Cuando el ataque finalizó, se nos obligó a recoger el material bélico que aún estuviera en “condiciones de combatir”.

Según tengo entendido, esto fue una mala idea del Emperador por recapturar una de las trincheras perdidas no hace más de tres días.

Cuando recogía las armas de ambos bandos, no pude evitar mirar sus placas de reconocimiento: ocho de los veinticuatro soldados que vi tenían mi edad; seis tenían dieciséis o diecisiete años, otros ocho tenían dieciocho y solo dos superaban esas edades.

En el bando Confederado la desigualdad se notaba: tenían entre veinte y treinta años.

Es raro que a unos simples niños les den guerra unos adultos.

Tomé fusiles, tantos como pudiera sujetar entre mis manos.

Era pesado hacer estos trabajos; a cada paso que daba salía algo nuevo: otro cuerpo, un hospital de campaña…

Notaba cómo algunos no aguantaban y corrían a vomitar fuera de la trinchera.

Siendo honesto, ganas no me faltaban, pero yo no debía de sentir asco.

Había matado a alguien y eso es algo que no me podré perdonar.

Tanto tiempo que he dedicado fe a la Diosa para terminar aquí, en un sitio donde para sobrevivir debo matar.

El solo hecho de seguir adelante me causa un cansancio horrible; me he quedado sin fuerzas para avanzar, me ha dejado sin ganas de combatir.

Desearía que algo me causara la muerte en este lugar que no tiene nada para mí.

Cada paso hacía que la madera crujiera bajo mis pies.

El silencio que todos guardábamos era extrañamente reconfortante, como si nos entendiéramos.

Me senté al borde de uno de los escalones mientras de mi bolsa sacaba ese colgante.

—Oye, ¿qué haces?

—Guardé el colgante de forma rápida.

—Solo estoy tomando un pequeño respiro —le respondí.

Él me miró con desaprobación; su rango era mayor al mío.

—Bueno, no es que realmente me importe, pero me dieron órdenes de repartir las raciones entre todos.

—Me lanzó una bolsa de papel.

Al abrirla, salió un olor a comida empaquetada—.

Oye, muchacho, sé que no fumas.

¿Puedes darme tus cigarrillos?

Cuando voltee a verlo, tenía la mano extendida con una mirada de victoria.

—Te los vendo —le dije.

Su expresión cambió a una de desagrado total mientras soltaba un suspiro.

—Cincuenta lumires por cada uno.

Sacó un par de monedas de su saco, dos marcos, y le pasé los cuatro cigarrillos.

Una ligera sonrisa se marcó en mi rostro antes de abrir la bolsa para ver qué tenía enfrente: era un pan, carne enlatada, unas galletas de jengibre y una extraña tableta de color marrón oscuro.

La tomé entre las manos; su textura era fibrosa y tenía un olor increíble.

La dejaría para el final.

Cuando mordí el pan, sentí que estaba duro, pero no de una manera normal; si se lo lanzaba a un soldado enemigo, era capaz de matarlo.

Desde ahora lo llamaré “pan de defensa personal”.

Sentía como si comiera piedras.

Mascar el pan era un sufrimiento, así que empecé a empaparlo con el agua de mi cantimplora.

El pan dejó de ser tan robusto cuando, de pronto, escuché unos pasos; mi cuerpo se tensó y dejé de masticar casi en automático.

—Es un milagro que uno de los renacuajos esté con vida.

Tal vez mañana Vaelith Nox venga a llevarse a los menores caídos, pero dejando eso de lado…

no deberías gastar el agua limpia en un simple pan.

A veces los suministros tardan en llegar.

—Él se sentó frente a mí, mirándome de forma atenta—.

Oye, no respiraste el gas, ¿verdad?

Tienes los ojos amarillos.

Él no parecía ser una mala persona.

Tenía un arma extraña con el cargador del lado derecho; era corta, parecía una ametralladora en miniatura.

Me limpié algo de barro y sangre del rostro.

—Es la primera advertencia de Isht-Tar.

Cuando sea la siguiente, morirás; eso es todo lo que cuenta.

Debes ser más cuidadoso con tu máscara antigás.

Si tienes mala suerte, el filtro que te dieron al inicio no servirá de nada; si tienes mucha, estará a mitad de su vida útil.

—¿Cómo se hace eso?

—le pregunté.

Una mirada de sorpresa se formó en su rostro.

—Creo que debí haber esperado eso.

A ustedes no les dan ningún tipo de entrenamiento.

Te sacaron de tu casa, te dieron un rifle, dedicaron una pequeña oración por tu alma y esperaron que vivieras lo suficiente para tomar una trinchera.

Lo decía con tristeza mientras tomaba uno de los fusiles que yo había recogido.

Lo extendió frente a mí.

—Es hora de que alguien te enseñe cómo utilizar un arma de buena forma.

Me dio un ligero golpe en el hombro.

—Es hora de que sepas todo sobre tu arma.

Bajo el sol de Eber no verás bien, así que debes poder desarmar y armar tu fusil con los ojos cerrados o bajo los disparos.

Si se te encasquilla, estarás muerto en unos segundos.

Solo lo haré una vez; si se te cae una sola pieza, la recogerás del suelo con la boca.

Empezó a desarmar el arma de forma ordenada y rápida.

Quitó el cerrojo y, en unos segundos, el rifle yacía totalmente desarmado.

Me entregó las piezas.

—Ahora debes ensamblarlo de nuevo, con los ojos cerrados.

—¿Cómo quieres que logre hacer eso?

—lo miré con confusión.

—Como la Diosa te ayude —levantó un pulgar.

No soy un superhumano capaz de lograr tal hazaña.

—¡Échele ganas, mijo!

Cuando cerré los ojos, me guié por los pequeños relieves y las formas.

Me tomé un tiempo para analizar cada parte.

Empecé a encajar las piezas de forma ordenada, sintiendo cómo el frío del metal se fundía con mi piel.

En unos momentos, había logrado armarlo.

Sentí que mi cuerpo se relajaba.

Cuando voltee a verlo, tenía un rostro de aprobación.

—Desde ahora debes hacer eso todas las mañanas, hasta que tu cuerpo lo guarde en su interior.

Ahora, apunta con tu rifle al único árbol que queda de pie frente a nosotros.

Levanté mi rifle.

Uno de mis ojos se cerró por instinto, pero sentí un golpe en mi nuca.

—Nunca cierres el otro ojo, pierdes visión.

Abrí ambos ojos.

Aquel árbol estaba totalmente quemado, despojado de sus hojas.

Controlé mi respiración y enfoqué.

—Tardas mucho apuntando, eso te puede joder bastante.

Cuando finalmente fijé el blanco, disparé.

El sonido del martillo golpeando el accionador fue seguido por el aire rompiéndose y el impacto de la bala sobre el tronco.

—Lo lograste.

Acabas de hacer un disparo perfecto.

Si lo hicieras más rápido, serías una máquina de matar.

Trata de no morir, renacuajo; hasta ahora veo potencial en ti para salir bien parado de este frente.

—¿A qué te refieres con “salir del frente”?

¿Eso es posible?

—El hecho de poder volver a casa, aunque solo fuera una semana, me llenaba de esperanza.

—Renacuajo, mi nombre es Krauger.

¿Cuál es el tuyo?

—Mi nombre es Vaxen.

Él extendió la mano y la tomé para sellar ese momento.

Me sentí un poco más humano.

Sin embargo, una voz tenue, casi indistinguible, surgió desde lo más profundo de mi cabeza: «No tengas miedo de lo que aún no pasa».

¿Qué clase de criatura era la que me hablaba?

Solo quería una maldita explicación.

El sol finalmente se escondió.

En el horizonte se dibujaba una sutil línea roja mientras las dos lunas salían.

De niño, mi mamá me contaba que se crearon cuando una mujer que viajaba sola por un tramo oscuro, donde las estrellas se apagaban, decidió prenderse fuego.

De sus cenizas nacieron dos lunas.

Vora tomó los recuerdos de la infancia y los sueños; por eso es pálida y elegante, pero carece de alma.

En cambio, Keth nació de su fragilidad, de su soledad y rencor contra quienes la olvidaron.

De esa unión surgieron los humanos.

El nombre de esa mujer era Aethelis.

Siento que si sigo aquí me volveré loco en menos de una semana.

Cuando me acostaba para dormir, un pensamiento llegó a mi mente: ¿dónde estará el niño rico?

Bueno, ya no importa, probablemente ya esté muerto.

Tengo ganas de dormir, pero siento miedo de ser asesinado mientras lo hago.

Saqué el colgante y miré la fotografía de la mujer sonriendo.

Quiero tener a alguien especial a quien guardar en este colgante.

Solo necesito sobrevivir más tiempo.

Mañana tendré que seguir…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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