Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 7
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7: Heradica 7: Heradica Abrí los ojos de poco en poco; el olor a mierda inundó mi nariz desde el inicio del día.
Tenía la máscara antigás llena de barro y no sé cómo llegó ahí, mucho menos cómo me embarré.
Me la quité; el simple hecho de que el olor se fuera me hacía tener un momento de paz.
—Recuerda lo que te dije ayer, renacuajo.
Lo que tienes que hacer es desarmar tu rifle y armarlo.
Ahora tienes que hacer flexiones y sentadillas; que no nos ataquen no significa que tengas que estar haciendo huevonadas.
Tan temprano y ya estaba aquí, con su rostro de “no voy a dejarte dormir tranquilo nunca”.
Me levanté para tomar mi rifle y empezar a desarmarlo y volverlo a armar.
Desacomodar, acomodar, hacer las flexiones y las sentadillas, comer junto a él y a su equipo…
Esa fue mi semana.
Estaba agotado cuando terminó.
Pero creo que estoy teniendo buenos resultados en este poco tiempo que llevo entrenando.
Me siento más fuerte, más móvil, más capaz.
Aunque mis músculos duelen como si metal caliente se vertiera sobre ellos, espero poder descansar, aunque solo sea un día.
También me enseñó algunas otras cosas, como a sumar y restar, además de a leer y escribir.
Puedo escribir y leer pocas cosas, pero al menos ya entiendo cómo hacerlo.
Resulta que Krauger era de una familia burócrata y que está aquí porque quiere defender al Imperio, aunque dudo que eso sea verdad; probablemente hizo algo mal para tener que estar aquí.
Me pregunto qué fue tan grave como para obligarlo a venir al frente.
Cada fin de semana se nos rota; ahora estoy en la línea de apoyo.
Aunque el frente no está muy movido, se habla de que mi compañía será cambiada al Frente Republicano.
Según historias de otros soldados, ese frente es un infierno: atacan día y noche y es raro tener algo de paz.
Este frente solo es movido cuando, en los últimos seis meses del año, se ordenan ataques suicidas aprovechando el sol de Eber.
Realmente a mí no me afectaría; en este sitio aprendí lo suficiente como para no morir en cualquier momento.
Solo tengo la duda de cuándo será el siguiente ataque, cuándo volveré a mancharme las manos de sangre.
Por ahora solo me queda esperar a que me den alguna orden.
Los días han sido demasiado pacíficos; reconstruimos y limpiamos las trincheras, y con el tiempo el lugar fue tomando una vibra hogareña.
Pero un día, nuestro oficial nos hizo un llamado a todos: —Son ustedes los supervivientes de la ofensiva —en su rostro había una mirada de sorpresa.
De los treinta y tantos hombres solo quedaban diez—.
Ustedes son los últimos de la división.
Esperaba que fueran muchos menos; esto debería estar en los libros de historia.
Bueno, llevamos tres semanas aquí.
Hace una semana que la ofensiva sobre estas trincheras resultó en victoria —en su rostro había una sonrisa sarcástica.
—Su Emperatriz decidió cambiarnos al Frente Republicano.
Nuestro traslado será a mitad de semana; no se nos utilizará en ninguna otra ofensiva hasta ser movidos —empezó a caminar entre nosotros antes de golpear el hombro de algunos.
Se fue directo a su lugar de descanso.
Mientras caminaba por los pasillos de las trincheras, Krauger se me acercó.
—Oye, sé que pronto estarás lejos de aquí, pero te diré un pequeño secreto: el Imperio oculta los nombres de los demás países.
Además, la guerra jamás podría terminar; la Confederación tiene siete capitales, son siete estados diferentes y la Dinastía…
—sopló su cabello—.
Son siete necios sentados en una mesa redonda.
Si uno cae, otra dinastía toma su lugar.
Actualmente se sabe que tienen espías en todos los frentes y buscan alejar la guerra de sus tierras.
Me tomó del cuello del uniforme para alejarme de los demás.
—Saben cuándo atacamos, cuándo estamos en retirada, cuándo movemos tropas…
es un infierno logístico para el Imperio.
Incluso cuando la Policía Imperial interviene y ejecuta a los espías, no cambia nada.
El Frente Republicano está peor que el Confederado.
El Imperio es manipulado desde los planos de batalla.
Su agarre se volvió más fuerte, sus nudillos quedaron blancos mientras sus ojos marrones se fijaron en mí.
—A mí me quedan solo tres meses de servicio.
Pronto cumpliré los veinticinco y olvidaré toda esta mierda.
En cambio, a ti te quedan diez años para irte de aquí.
Cuando su mano cayó de mi cuello, su mirada hizo lo mismo.
Se quedó mirando su arma.
—Esto de aquí —tomó su arma— es un seguro de vida.
Es un arma que vale cincuenta marcos imperiales; cada cargador cuesta cinco marcos y cada cien balas, tres —miró al suelo antes de escupir al barro.
Soltó una sonrisa agridulce—.
Te la voy a regalar.
Cuídala.
Si tienes suerte, puedes llegar a ser miembro de las Reservas Imperiales, pero aléjate de hombres que tengan una marca roja en su casco.
Los de la República son creyentes de la Diosa de la Muerte; realizan ataques suicidas sin dudar.
Si se les da la orden de cazarte, lo lograrán sin importar el costo.
Son la Guardia Gris.
Sus palabras volaban en el aire mientras extendía su arma, adornada con oro y un collar enrollado alrededor del cañón.
—Krauger, no puedo aceptar esto.
¿Qué será de ti después?
No podría dormir si te quito el arma con la que te defiendes, menos sabiendo lo que cuesta.
Los ojos de Krauger se abrieron de par en par antes de darme un ligero golpe.
—Eres muy tonto, niño.
Yo compraré mi salida cuando me vuelvan a desplegar.
Esa arma no me servirá de nada cuando vuelva a ser un simple civil en una oficina en la capital.
En cambio, a ti te será más útil.
Solo que, cuando estés cerca de terminar tu servicio, debes darle tu arma a un novato.
Esta arma ha tenido dos combatientes anteriores; es un arma que sabe cómo hacerte volver a casa.
Miré la culata y el cargador.
Tenían escrito el nombre de Krauger y su servicio de 368-378.
El otro era Marine (358-368) y Firale (352-368).
Debajo había inscripciones: “Espero que la guerra termine pronto” hecha por Firale; “Tal vez esta arma haga que regreses a casa” por Marine.
La de Krauger decía: “Las flores más hermosas nacen de los lugares más oscuros”.
—Pronto tu nombre estará escrito en esta arma —su voz era suave, como la de mi padre al enseñarme a amarrarme los cordones.
Tomé aire antes de decir lo que pensaba: —No…
yo acabaré con esta guerra para que la paz sea una realidad y no un sueño lejano.
Y si no lo logro, me cambiaré el apellido para evitar darle vergüenza a mi linaje.
Los ojos de Krauger tomaron un brillo de orgullo o quizá de terror.
Puso una mano en mi cabeza.
—Renacuajo, eres un gran soñador —su tono era incrédulo, pero una pequeña esperanza surgía en él—.
Pero si un día lo logras, no dudes de que mi gente estará de tu lado.
Él se puso de pie y fue hacia la salida.
Me recosté sobre una plancha metálica y usé mi mochila como almohada.
Mañana será un día nuevo.
¿Qué fue lo que hizo Krauger para ser obligado a estar en este frente?
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