Veluxe (Entre trincheras y barro) - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: En marcha 8: En marcha El ruido del motor cortaba la tranquilidad de la trinchera mientras subíamos al camión.
Aunque éramos únicamente diez, se nos asignaron dos vehículos.
Nuestro oficial hablaba con uno de los conductores; tenía una mezcla de irritación y desánimo en el rostro.
Parecía que buscaba algo que hacer antes de largarse.
Antes de partir, miré mi subfusil —o así me habían dicho que se llamaba—.
A mi lado estaban los pocos sobrevivientes del inicio de la ofensiva, la mayoría en un estado de incertidumbre, charlando entre ellos para evitar pensar en el próximo despliegue.
Un soldado nos pasó otra bolsa con comida: era la misma basura de siempre.
En serio, quiero ver si este pan es capaz de matar a una persona por impacto.
Cuando los camiones avanzaron, aumentaron la velocidad de poco en poco.
El vehículo rodó durante gran parte del camino.
Pensé que sería buena idea hablar con alguno de los chicos, aunque, pensándolo mejor, tal vez no fuera lo más sabio; tarde o temprano morirán, o en el peor de los casos, lo haré yo.
Un joven de ojos azules y cabello castaño me miró.
Su expresión era serena, casi indescifrable.
Tenía el arma entre los brazos; esa clase de personas con mirada inexpresiva siempre me genera conflicto.
Levanté la mano para saludarlo y él me devolvió el gesto.
Me levanté para cambiarme de lado, algo que técnicamente no debería hacer.
—¿Cómo obtuviste esa arma?
—Esa pregunta me causó una inquietud inicial.
—Me la dieron antes de venir aquí.
Es heredada de un soldado que estaba por terminar sus diez años de servicio —respondí, mientras él extendía la palma de su mano.
—¿Me dejas verla?
—preguntó con voz entusiasmada—.
Préstamela solo un momento, te la devolveré enseguida.
Me quité el subfusil.
Cuando lo tomó, lo observó con ojos de niño ante un juguete nuevo.
Lo examinó, le acopló una bayoneta y ajustó la mira.
—Es un modelo Vekter M-3.
Es un lujo tener una de estas en las manos.
¿Cómo lograste conseguirla?
Parece que la Diosa Kalia tiene a sus favoritos; hasta siento envidia —dijo con una sonrisa mientras me devolvía el arma.
Sus ojos seguían serenos, como si no estuvieran conectados a sus emociones.
Luego, sacó de su mochila una pistola de trinchera, una Kiro—.
Esta arma utiliza la misma munición que la tuya.
La diferencia es que la tuya escupe balas en segundos.
Creo que son seiscientas por minuto; su complejidad limita la producción a solo trescientas anuales.
—Bueno, yo no sabía eso.
Para mí, todas las armas sirven para lo mismo.
El chico me miró como si acabara de cometer una blasfemia contra la Diosa de la Creación.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Parece que conoces hasta el último tornillo, ¿no?
—solté una pequeña risa nerviosa.
Él parecía tener ganas de golpearme por mi ignorancia.
—A veces pienso que todos son estúpidos menos yo.
Después de esa frase, volteó hacia el horizonte, donde grandes montañas se extendían con picos cubiertos por nubes gigantescas.
Era un lugar virtualmente inaccesible; tendrían que volar la montaña entera para pasar por ahí.
La naturaleza aquí descansaba: aves surcaban el cielo y animales pastaban en los campos.
Este lugar me recordaba a mi hogar; el olor a pasto y la luz del sol golpeando mi rostro creaban un paraíso que se sentía ajeno al frente de batalla.
—Oye, ni siquiera sabemos nuestros nombres, pero…
¿qué harás si sobrevives a esta guerra?
Me quedé pensando.
¿Realmente no lo había meditado?
—Tal vez forme una familia.
Una linda esposa e hijos…
pero dudo que pueda hacerlo.
Si no hay paz, solo los traeré al mundo a sufrir.
—El motivo real, claro, era mi marca de la Diosa de la Muerte.
Él me miró con una sonrisa al notar que mi ánimo decaía.
—Vamos, somos demasiado jóvenes para decir eso.
Lo único que nos limita es la muerte.
Tenía razón.
El sonido de un arroyo cercano llamó mi atención; era una cascada enorme que alimentaba uno de los lagos más grandes que había visto.
Me hacía sentir pequeño.
Acostumbrado a ver solo horrores, la belleza de la vida me devolvía la esperanza.
Incluso el oficial miraba la cascada, sorprendido por la magnitud del Imperio.
«Solo debes entender que no busco tu mal».
Esa voz de nuevo.
Esta vez era cálida, como si me hablara un padre a su hijo.
Me confundía.
Cada vez que me hablaba, sentía que debía luchar para que no me controlara; la idea de ser un títere me resultaba horrorosa.
Aun así, no podía hablar de esto con nadie; podrían ejecutarme por traición o locura.
A lo lejos, una ciudad se dejó ver.
Estaba hecha pedazos; grandes columnas de humo negro surgían de su corazón.
Los pocos edificios en pie tenían al menos un impacto de artillería.
El oficial se levantó y golpeó el techo del camión para que se detuviera.
Usó sus binoculares mientras un asistente marcaba puntos en un mapa.
—Esta ciudad ha sido sitiada desde el año pasado, pero no se han rendido.
Han llevado la guerra de guerrillas a otro nivel.
Los altos mandos dicen que este lugar es un infierno.
—Su voz se quebró y sus manos temblaban mientras sacaba un pañuelo blanco—.
Les deseo la mayor de las suertes.
A esta ciudad solo llega gente, pero rara vez salen sobrevivientes.
Si lo hacen bien, nuestra compañía ascenderá de clase.
Parecía estarse despidiendo.
La prepotencia de antes desapareció conforme la ciudad se volvía más cercana.
—Bueno, al menos no tendremos que preocuparnos por la artillería —soltó un cabo con una sonrisa sarcástica mientras encendía un cigarrillo.
Nos quedamos callados hasta que el motor murió.
El oficial bajó primero, acomodándose el uniforme.
—A partir de aquí iremos caminando.
Aunque no se puede usar artillería dentro de la ciudad, fuera de ella se encargan de hacer pedazos la logística.
Señaló hacia el frente y empezamos a avanzar.
—Oye, ¿cuál es tu nombre?
—pregunté.
Era verdad, nunca lo habíamos dicho.
—Mi nombre es Vaxen.
¿Cuál es el tuyo?
—¡MI NOMBRE ES LIEN!
—gritó con energía.
Parecía emocionado por algo tan básico.
Le hice un gesto para que bajara la voz y él asintió con una reverencia de disculpa.
Caminamos por un descampado mientras las señales de la batalla se hacían presentes.
El suelo se volvió irregular.
—Cuando era niño —dijo Lien con nostalgia—, me contaban que al final del mundo se podían observar los misterios más grandes de la humanidad.
Decían que si llegaba ahí, podría reclamar un trono.
Es un sueño lejano, pero lo uso para tranquilizarme cuando ya no puedo más.
—Oye, Vaxen…
si muero en algún punto de nuestra aventura, quiero que seas tú quien le entregue la noticia a mi madre.
Te lo pido como favor, sabiendo que seremos grandes amigos.
—Vamos, no pienses en morir cuando estamos frente a la muerte.
Si yo muero, tú harás lo mismo por mí.
—Extendí mi mano—.
¿Es una promesa?
—De sangre —respondió él, chocando mi mano con una sonrisa.
De pronto, un olor dulce inundó el lugar.
«Tu máscara, cariño; el aire está muy sucio».
Esta vez sentí como si una figura se posara detrás de mí, abrazándome por el cuello.
Saqué mi máscara antigás de inmediato.
El resto notó mi acción y me imitó.
Al mirar al suelo, vi un gas de color terroso grisáceo que empezaba a formarse.
Tomé mi subfusil y avancé entre la neblina.
Los escombros de los primeros edificios aparecieron.
El terreno estaba demacrado por los explosivos; era una hazaña cruzar sin tropezar.
«Ten cuidado; en esta ciudad las sombras tienen mayor dominio».
Esas palabras me dieron la clave.
Con ese gas a mis pies, era difícil ver dónde pisaba; podía haber trampas en cada esquina.
No nos habían dicho casi nada sobre la ciudad.
Subir a los edificios parecía la mejor opción: evitaríamos el gas y veríamos al enemigo antes que ellos a nosotros.
Hice una señal de pausa antes de agruparnos.
—Debemos subir a los edificios.
Aquí abajo ocurrirá un accidente, y un hombre herido solo nos traerá más problemas.
Es hora de demostrar que no somos solo carne de cañón.
Reclamaremos la victoria en este frente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com