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VERANO DEL 98 - Capítulo 12

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Capítulo 12: DÄMONENKUNST (ARTE DEMONIACO)

El hombre sufría por los golpes, cortadas, el cansancio, agotamiento y el hambre, se desangraba, en cada segundo que pasaba en el lugar, se encontraba de pie agarrándose de su costado izquierdo, su frente sangrando, le ardía la espalda, le dolía el cuerpo, estaba agotado en todos los sentidos físicos y mentales. Se limpiaba con el antebrazo la sangre, el sudor y las lágrimas, por momentos pudo apreciar todo a su al rededor, los lentes no le ayudaban mucho pero tenía claridad. Una habitación llena de estatuas, figuras, pinturas y esculturas de todo tipo, también libros y variedad de objetos, así como una mesa grande de piedra. Leo llevo su mirada hacia lo que le daba la espalda, el sujeto o criatura que lo ayudo a librarse del monstruo, aquello que lo había ayudado a escapar y que le había hablado, eso que llevaba una túnica negra dio vuelta y se descubrió el rostro echando para atrás la capucha, era un hombre de unos cincuenta años, se quitó por completo la túnica negra, la cual dejo por un lado, dejando ver su cuerpo robusto y estatura enana, calculando unos ciento cincuenta centímetros de altura, cabello corto, con una barba tupida como si llevara mucho tiempo ahí, no contaba con su brazo izquierdo, y llevaba unos lentes con múltiples aumentos como si de un inventor se tratase.

—Bienvenido hombre, hace mucho tiempo que no veía a otra persona, he estado muy solo, por favor siéntate donde quieras —dijo el hombre.

—Gracias, gracias por salvarme, soy Leonardo.

—Yo soy Francisco Domingo Santiago Santiago, dejéis de té curo un poco las heridas, antes de que mueras desangrado.

—Tu acento Francisco, ¿De qué parte de España eres? —dijo Leonardo, mientras se acomodaba para que el hombre lo ayudara a sanar.

—¿Cómo sabéis diferenciar los acentos?, tú hablas perfectamente el español, pero no tienes mi acento, ¿De dónde eres tú? —pregunto Francisco, le echaba alcohol y tallaba con unas gasas las heridas de Leonardo.

—Pregunte primero —dijo Leonardo, haciendo muecas por el alcohol.

—¡Bueno hombre, no te enojes! Soy de Málaga, ahora contesta tú.

—Soy de aquí, soy de Guanajuato, México.

—Eso no ésta en España, ¿Dónde es eso? —insistió francisco, mientras terminaba con la espalda de Leonardo.

—Te digo que es en México, estamos en México, en el estado de Guanajuato, es el municipio de San Juan Caído, ¿qué, no conoces? —Leonardo dio la vuelta.

—Y yo te digo que no lo conozco, nunca había escuchado eso, es alguna especie de broma, ¡Estamos en la nueva España! —respondió Francisco enojado, curando el brazo y costado de Leonardo.

—La nueva España era el nombre con el cual se le conocía a México antes, ahora es México.

—Como le van a cambiar el nombre si tenemos unos años de haber llegado, hubieras visto la paliza y masacre que le hicimos a esos malditos salvajes y estúpidos nativos, creían en dioses estúpidos, pero logramos educarlos con nuestra doctrina.

—De que estas hablando Francisco eso paso hace más de cuatrocientos años.

—Estas, loco Leo, Ualtepotsoka te golpeo muy fuerte, eso paso hace unos cinco años a lo mucho, hoy es ocho de diciembre de mil quinientos veintiséis. La verdad no se hace mucho tiempo que estoy encerrado aquí.

—Estas diciendo que eres de la época de la conquista, venias con Hernán Cortez.

—Oh Hernán, viejo amigo, si conquistamos a esos hijos de puta, hubieras visto intercambiaban su oro y piedras preciosas por simples espejos —echo a reír.

—Maldición le ensañare historia a alguien que estuvo ahí y yo aprendí historia de ellos —pensó Leonardo.

—Perdona Leo, pero no te pareces en nada a ellos, se ve que eres alguien culto, con estudios —Francisco comenzó a reír y se alejó, terminando de ayudar a Leo.

—Sera por el mestizaje —pensó Leonardo de forma irónica—. Gracias por curarme y ayudarme.

—No hay de qué.

Estaba claro que el señor era de otra época y no entendía nada de lo que pasaba, Leonardo no tenía forma de cómo explicárselo, estaba cien por ciento seguro de que no lo entendería.

Leonardo lo siguió, francisco se detuvo de un lado y cogió una especie de prótesis mecánica la cual coloco en su brazo izquierdo, la prótesis era completamente funcional. Francisco apunto con su mano mecánica a Leonardo.

—¿Quién te envía Leonardo, porque estás aquí? —pregunto el hombre.

—Nadie, estoy buscando respuestas, solo eso, también estoy atrapado, yo llevo aquí días, pero por voces de otros llevo años, no sé en realidad cuanto tiempo llevo, pero es una maldita tortura, y tú dices que es mil quinientos veintiséis, estas atrapado hace más de cuatrocientos años, no sé cómo has sobrevivido aquí tanto tiempo.

—No, si llevo atrapado algo de tiempo, pero no más de cuatrocientos años, ni Jesús hubiera vivido mucho —respondió Francisco.

—Está bien, no lo llevas, podemos cambiar de tema, sería muy difícil el hacerte entender. Ahora dime como es que llevas una prótesis mecánica, y esos lentes con demasiados aumentos, eres una especie de científico o inventor.

—Soy un sacerdote católico o solía serlo, también matemático e inventor, esto lo he ido creando por partes, no eres el primero que llega aquí, y cada vez que uno nuevo llega deja conocimiento y se va, he conocido a muchas personas, ya perdí la cuenta, pero han sido miles, le explico mucho de lo que he conocido referente a esta habitación y se van, uno de ellos traía una de estas prótesis, pero el ya no sobrevivió a sí que la estudié y seguí modificándola hasta que fuera completamente funcional, una vez paso una especie de armadura pero se perdió en la habitación, era como si se hubiera desintegrado, apareció y desapareció de un lado a otro, pasan cosas extrañas aquí adentro.

—Entonces si hay un modo de salir de este lugar y porque no te has ido.

—La verdad es que le sigo teniendo miedo a la criatura, la gente llega aquí pero no sé si logran salir de las catacumbas cuando dejan el cuarto, así que solo me queda nutrirme de esta información.

—¿Cómo has logrado sobrevivir, que comes? —pregunto Leonardo.

—Ratas, cucarachas lo que encuentre, y no me enorgullece decirlo, pero los pobres moribundos como tú que no la libran, aprovecho su cuerpo y recurro al canibalismo, la ventaja es que él fuego de estas antorchas, no se agotan, siempre y cuando no las quites de donde están, puedes apagarlas y volverlas a prender, parece magia —respondió el hombre.

—Debió ser muy duro, todo este tiempo, hay que sobrevivir de alguna forma, ¿cómo perdiste el brazo?

—La criatura me lo arranco con sus enormes manos, por eso no salgo, logre curarme, hay buenos libros de medicina aquí abajo.

—Entiendo, lo siento.

—No es problema, aunque ya me siento un poco viejo para estar aquí, a veces me dan ganas de salir.

—Hay que salir juntos de aquí, sé que lo lograremos, si trabajamos en equipo, sé que podremos.

—Vete tu Leo, yo estoy cansado para correr, solo te retrasaría, al final el monstruo me atrapara.

—No te des por vencido, ya has pasado por mucho, debe de haber alguna forma en la que podamos escapar —insistió Leonardo

—Es generosa tu oferta, pero ya lo he intentado y no me ha funcionado, ya perdí un brazo no quiero perder otra cosa, aquí me entretengo, siempre hay algo que leer.

—Si eso es lo que quieres no te diré más, no te voy a rogar, sin ofender Francisco, pero, ¿cómo fue que entraste por esa diminuta brecha?

—Antes era más amplia y yo un poco más delgado, pero lo derrumbe para que la criatura no entrara, ahora que cada vez que llega alguien lo ayudo.

—¿Por qué lo hiciste Francisco?

—¿Hacer qué?

—Salvarme, ayudarme de esa cosa, no tenías por qué, no era tu responsabilidad y sin embargo lo hiciste.

—Estas bromeando, toda vida es valiosa, no dejaría que alguien fuera asesinado por el Ualtepotsoka.

—¿El qué?, hace rato lo mencionaste, solo que no había entendido, ¿qué es eso?

—Eso que te seguía allá afuera, es el Ualtepotsoka, su traducción al español sería “El que te sigue, o sigue a alguien”, acompáñame, te explicare.

Francisco camino hacia un lado de la habitación donde se encontraba una pequeña estantería con muchos libros viejos empastados de piel, Leonardo lo siguió, Francisco tomo uno de los libros, el cual llevaba por nombre “Ualtepotsoka”. En un manuscrito poco visible y sucio.

—Como te mencionaba, Leo, el Ualtepotsoka, es la criatura de las catacumbas, esa cosa que te siguió no es una especie de guardián, alguien la puso ahí para fines no mencionados —Francisco volteo hacia Leonardo y le apunto hacia una de las estatuas.

La estatua era de la criatura de las catacumbas, era Ualtepotsoka, perfectamente tallada, la estatua estaba tan bien diseñada, con lujo de detalle, Leonardo se a cerco a ella y la visualizo.

—Tiene alguna debilidad —pregunto Leonardo.

—No se sabe si puede morir, creo que nadie ha intentado matarla, pero si no le prestas atención y la ignoras esta no te atacara, si la miras a los ojos o le haces caso se pone como loca, como que le incomoda la presencia de los demás lo mejor es seguir caminando y no prestarle atención.

—Ya veo, por eso en ratos no me atacaba, a menos que la aluzara y la viera.

—Si, por eso te dije que no te movieras, pierde el interés.

Leonardo camino alrededor de la escultura.

—Cuando nosotros llegamos de España, los nativos nos contaron de esta criatura, que asechaba los bosques, y mataba y se llevaba a la gente, debíamos irnos con cuidado y lo mejor era ignórala, pero obviamente muchos no hacían caso y desaparecían, muchas veces se escuchaban gritos y lamentos por el bosque, era la gente que moría a manos de la criatura, los nativos nos decían que no pertenecía a su panteón y que eso había llegado con nosotros, pero que ellos, los nativos fueron los primeros en verlo. Pero como todo, como nosotros no creíamos en eso, como lo íbamos a traer nosotros y matar a nuestra gente, le echábamos la culpa a los nativos, pensábamos que ellos nos estaban matando, hasta que entré a las catacumbas tuve contacto con esa cosa y me acorde de las historias, que solían contar los nativos.

—El karma Francisco, el karma.

—Puede que sí, puede que no, ya no hay mucho que tenga explicación, la criatura es un acosador, se encarga de infligir miedo, por eso está aquí abajo, protege con el miedo ajeno.

Los dos continuaron caminando se acercaron a una pared donde estaba una escultura en bajorrelieve de la criatura Skuardo, tan bien detallada en una base negra con ojos rojos y alada.

—Esta ya lo había visto antes, pero era un dibujo mal hecho, parecía haberla hecho por un niño.

—Es Skuardo, entre los nativos, se dice que era descendiente de Camazotz, el dios murciélago, asechaba muchos pueblos y devastaba todo a su paso, nunca lo vimos y no le he visto por aquí, así que no te puedo decir que exista.

—Pues con todo lo que hemos visto, no creo que no sea fantasía —menciono Leonardo.

—Efectivamente Leo, ya no se sabe.

Los dos caminaron por la habitación y Francisco iba agarrando libros.

—Todos estos te van a ayudar a lograr salir de aquí —dijo Francisco, mientras le daba los libros a Leonardo—. Puedes leer por allá y si necesitas ayuda me puedes decir —termino Francisco.

—De acuerdo, gracias —Finalizo Leonardo.

Camino con los libros y aun lastimado, hizo un esfuerzo, sentía alivio cuando francisco lo curo, debía de guardar reposo. Se sentó en una orilla, puso todos los libros por un lado y tomo solo uno, estaba a punto de comenzar a leer cuando algo golpeo su cabeza y termino inconsciente.

Lo último que recuerdo fue que iba a leer y ahora solo ve por pausas, alguien lo lleva en su hombro, lo lleva cargando, parpadea, la cabeza le da vueltas, una ligera migraña, no sabe a dónde lo llevan, se encuentra muy débil para moverme y ese golpe le sacudió todo.

Francisco llevaba a Leonardo en su hombro por la habitación y lo colgó en un gancho de carnicería para una res muy gorda. Leo colgaba de un hombro, el gancho había perforado por completo su hombro izquierdo, los gritos de Leonardo sonaban por toda la habitación, Francisco de poco comenzó a levantarlo, tirando de una cadena, Leonardo se elevó de poco a poco. Esos gritos, hacían que Francisco se excitara y si lamiera los labios, el hombre también era un problema, en el que Leonardo no debió confiar.

—Descuida esto terminara pronto, no es anda personal, pero lo que Ualtepotsoka no sé come, me lo como yo, así es como he sobrevivido todo este tiempo Leo, la ratas y cucarachas son ustedes los estúpidos que llegan hasta aquí, los estúpidos infelices, pecadores y herejes que dios me manda y deben ser devorados por mí, para clamar su pecado y ser perdonados.

—¿Por qué, porque lo haces Francisco?, ¿Al menos si eres sacerdote o eres otro de esos monstruos?

—Era sacerdote antes, también fui pecador, pero tuve una visión y decidí comerme a los demás para poder excomulgar mis pecados y ser un hombre libre, si no me hubiera dejado tentar por esa mujer hermosa, esa bruja que en realidad era una mujer muy gorda, leprosa y mal cuidad, me dejé convencer por el demonio, peque, rompí mis votos, me embrujaron.

—¿Una mujer gorda?, dices, ¿De cabello canoso, leprosa, mal aseada?

—Sí, esa estúpida mujer, esa maldita bruja.

—También la vi, está en la superficie, de donde vengo, te puedo llevar a ella para que te vengues, si me dejas bajar de aquí.

—¿Crees que soy estúpido?, si te dejo bajar me atacaras, si te creo que la hayas visto, todos venimos de la superficie, pero no te bajare, primero te comeré y después iré por ella, hace semanas que no comía ya se habían atrasado con la comida, el ultimo antes a ti, nunca bajo la guardia y se fue, era igual que tú, esta podría ser mi venganza.

—Por favor no lo hagas, donde quedo de servir a dios y ayudar a los demás.

—“Mi fe es grande, pero mi hambre más”.

Francisco rezo frente a Leonardo pidiendo por la comida, Leonardo se orinaba en los pantalones, para que a Francisco le desagradara, era sobrevivir, el miedo lo invadió, suplicaba que no lo matara.

—Que haces estúpido, deja de orinarte encima.

Francisco lo tomo de una mano, le mordió el dedo anular izquierdo hasta arrancárselo, Leonardo grito frenético, el sacerdote masticaba el dedo una y otra vez para después escupirlo

—Un poco salado —dijo Francisco, echándose a reír.

Leonardo gritaba y se tocaba el dedo amputado para que dejara de sangrar, se zangoloteo con dificultad, el gancho también le molestaba haciendo que la herida doliera más, el sentía que en cualquier momento se desgarraría y caería, así le sería más difícil escapar o por morir desangrado y más fácil para el sacerdote el comérselo. Francisco regreso a donde estaban los libros y tomo uno y volvió con Leo.

—Anotare tu nombre en este libro, serás unos de los muchos corderos de dios que fueron perdonados por mí.

—Púdrete maldito infeliz, te iras al infierno, no eres un sacerdote católico, eres un pobre infeliz que se dejó convencer por una mujer horrenda y dejo atrás su fe.

—Si no te has mordido la lengua mi querido Leo, estas apunto de hacerlo, tú te dejaste convencer por una mujer también, siempre son las mujeres, solo que la mía a mí me engaño siendo una bruja y a ti por razones carnales.

—Lo sé, pero al menos yo no me sigo llenando la boca con la palabra dios y sigue pensando que su dios está aquí, cuando obviamente ya te abandono o de plano nunca existió.

—¡No blasfemes de esa formo, maldito hereje! ¿Y a ti, a ti ya te abandono dios?

—Nunca creí en uno, maldito estúpido, al menos no moriré siendo un hipócrita —Leonardo se movió fuerte y escupió a Francisco.

El sacerdote se a cerco a Leonardo y lo golpeo tres veces en el estomagó, saco un cuchillo y lo acuchillo dos veces en la pierna izquierda dejando enterrado el cuchillo. El hombro de Leonardo se desgarro un poco.

Leonardo grito y comenzó a respirar fuerte y rápido, nunca había experimentado tanto dolor, sufría, lloraba, gritaba al techo que los gritos inundaban el lugar.

—Venga, algo dice que comeré primero brazo, veo que ya te está doliendo más, ya pronto te vas a morir, pronto te debilitaras.

—¡Comete esta! Maldito desgraciado, bájame para que te pueda matar, seré yo quien te coma a ti.

Los ojos de Leonardo se tornaron al suelo y con ello su cabeza, sus brazos cayeron de igual forma, y quedo suspendido.

—Bueno, no creo que me puedas comer mi querido Leo, porque ya estás muerto —menciono el sacerdote.

Francisco tiro de la cadena que sostenía al gancho con un sistema de polea, la cadena hizo la función de regresar y dejar caer el cuerpo suspendido de Leonardo quien cayó sobre su costado derecho. El sacerdote poso sus manos sobre el hombre y al sentir el contacto desenterró el cuchillo de su pierna, entre el grito y el dolor provocado al retirar el arma blanca lo clavo en el estómago de Francisco en repetidas ocasiones. El hombre regordete retrocedió sangrando y maldiciendo, Leo de su parte cogió de una pierna y se abalanzó sobre Francisco, herido y chorreando sangre por la boca, enterró el cuchillo en la mano izquierda del sacerdote, tomo la cadena con el gancho y lo enterró en el hombro derecho, pasando la cadena por el cuello para ahorcarlo y asfixiarlo.

—Te dije maldito, te matare ¿dónde está tu dios? ¿dónde está? —gritaba Leonardo, quien bloqueaba su propio dolor por debajo de su odio.

Francisco respiraba con dificultad cuando Leonardo lo soltó y jalo de la cadena para poder levantarlo un poco, recargándolo en la pared medio sentado, Leonardo se puso a un metro de Francisco.

—¡Ahora sí!, tienes que hablar, si quieres vivir, cuéntame todo lo que sepas y todo lo que quiera saber, y déjate de juegos, de que no sabes, deja de hacer como si tuvieras amnesia, si no me cuentas y no respondes mis preguntas te llevare con esa cosa a la que tanto le temes y averiguaremos si se puede salir o no de aquí.

—Está bien Leoncito, está bien, hablare —dijo el sacerdote, con timidez.

Leonardo se sentó arriba de unos pequeños escombros, echo alcohol en sus heridas, rompió un pedazo de su camisa y se hizo un torniquete en donde había estado su dedo, aparentándolo, se quejó un poco, agarro su hombro lastimado y también apretó fuerte con otro pedazo de trapo.

—¿Quién eres en realidad? —pregunto el escritor.

—Ya te lo dije Leonardo, soy Francisco Domingo Santiago Santiago, soy un sacerdote español.

—¿En qué año llegaste a México?

—Te vuelvo a repetir que no sé qué es México —dijo el sacerdote, retando.

—Maldita sea contigo, ¡Nueva España! A donde tú y tu gente llegaron a destruirlo todo.

—En el año de mil quinientos veintitrés, llegamos muchos sacerdotes, frailes, entre ellos yo, fue poco después de que Hernán llegara a estas tierras, y justo a tiempo para ver como los sometían, parecían unas ratas —Francisco rio y luego a toser un poco de sangre.

—Esas ratas eran mis ancestros y te pediré que no te burles de ellos —dijo Leonardo mientras se acercó al sacerdote y le enterró el cuchillo en la pierna derecha, le saco el cuchillo y regreso a donde estaba sentado, Francisco grito—. ¿Entendido?

—Entendido Leoncito, no seas agresivo con este pobre viejito, ten un poco de compasión.

—Como tú la tuviste conmigo o los demás que llegaron aquí, continuemos pobre viejito, ¿Dónde estamos y que es todo esto?

—Se más específico por favor.

—¿Dónde estamos?, cuéntame cómo llegaste aquí.

—Cuando llegue ese año nos dividieron en varios grupos, ya que nos hicieron ir en diferentes direcciones, porque había muchos puntos de asentamientos de nativos. A veces llegábamos en días o en semanas, y aun que teníamos guías locales era tardado. Yo fui con un grupo a un asentamiento, en el asentamiento Chupícuaro, nos establecimos por variamos años, y ayudamos a los nativos, aprendimos de ellos y ellos de nosotros.

—¿Qué es Chupícuaro?

—Es un asentamiento de los chichimecas y toltecas, como te digo estuvimos años con ellos.

—¿Porque aquí, porque en esta parte del territorio?

—Me escogieron a mí y a doce más para llevar la palabra del señor.

—¿Y específicamente donde es aquí?

—Esto está a kilómetros del asentamiento de Chupícuaro, pero desde allá y desde otros asentamientos se crearon unos túneles para llegar a hasta acá, muchos asentamientos se conectan por debajo de la tierra.

—¿Y con qué propósito lo hicieron los nativos?

—No fueron los nativos.

—¿Los españoles?

—Después de la llegada de Cortez, llegaron más embarcaciones, con más soldados españoles y unos cuantos ricachones de la misma nacionalidad, entre ellos un alemán, con un pequeño grupo dispuestos a poblar la Nueva España.

—¿¡Dijiste un alemán!? ¿Cuál es su nombre?

—¡John Kamper!… conocido como el señor oscuro.

—Maldición, no puede ser posible, el llego en el mil ochocientos diez.

—No, el llego dos años antes de que yo llegara, llego con un grupo pequeño de alemanes, su mano derecha Albert, una mujer hermosa que lleva un nombre raro, y una niña de mirada inexpresiva, parecía que tenía el diablo dentro, pero esa mujer hermosa y estúpida, fue la que me hechizo, para solo darme cuenta que no era ella si no esa mujer gorda.

—¿Abrahela? —dijo Leonardo en voz baja.

—¿Qué dijiste Leoncito? —expreso el sacerdote con admiración al escuchar el nombre.

—¡Abrahela!

—¡Sí! Ella, ese nombre, es ella, es la que enamora a todos los hombres solo para después tenerlos secuestrados.

—No puede ser posible, yo leí los periódicos, leí cuando llegaron, yo conocí al padre de Abrahela cuando yo era niño, ¿Cómo es posible que tu sigas vivo y que la conozcas si eres de otra época?

—Hay muchas cosas que ni yo sé, solo sé que hay mucha maldad y que esa maldad está presente en todos lados, el tiempo se maneja en formas muy misteriosas.

—¿Ese alamán mando a construir todo esto?

—Sí, puso a trabajar a su gente, la mano de obra fue española y nativa, se llevaron dos años en la construcción porque cuando llegue ya estaba todo, servía como hogar para los alemanes y centro ceremonial, donde asistía mucha gente importante.

—¿Y esa criatura… porque hay cosas como esas? He visto más monstruos.

—Muchos son monstruos que se crearon aquí, otros los trajeron de Europa, otros son del panteón de los pueblos nativos de América.

—Antes dijiste que los nativos dijeron que ustedes trajeron a la cosa esa, que nos sigue.

—Ualtepotsoka, nosotros no la trajimos, la trajeron ellos, desde que conocí a John a los demás supe que no eran humanos, se podía sentir que no eran buenas personas, pero no podíamos hacer nada, a todo mundo le agradaban y no hacían nada malo, hasta que empezó a desaparecer mucha gente, y empezaron pequeñas riñas por eso, todos se echaban la culpa, porque pensaban que había traición, los nativos nos echaban la culpa a nosotros y nosotros a ellos, pero nadie pensaba que eran los alemanes por ser menos, todos pensábamos que ellos no podían hacer algo por ser pocos, pero yo no confiaba en ellos y empecé a investigarlos y me di cuenta los pactos que tenían con muchos monstruos y demonio, tal vez la criatura fue creada aquí basándose en la cultura local, fue una época muy loca.

—¿Y todas esas criaturas están encerradas en el pueblo?

—No he visto a todos, están encerradas en las catacumbas, antes de que acabara aquí, muchos se fueron, fue como si los hubieran liberado para irse a otros lados a matar, desde que nuestra caída contra los nativos me refugie en este lugar, y no he vuelto a salir desde entonces.

—¿Cómo acabaste aquí abajo? —dijo Leonardo.

—Después de haber sido seducido por esa mujer, quede atrapado y por alguna extraña razón no podía irme, así que comencé a investigar todo, hasta que llegue a este cuarto, ¿y tú Leo, como acabaste aquí abajo conmigo?

—De la misma forma, me sedujeron, me enamore y termine investigando la casa, ahora estoy atrapado con un caníbal, que más que ayudar, perjudica.

—Ves somos iguales, yo moriré en cualquier momento, estoy muy herido, pero tu podrás salvarte, si me comes, sobreviras y cuando llegue más gente te las tendrás que comer para seguir viviendo, después cuando te canses alguien más tomará tu puesto, así como tu estas apunto de tomar el mío.

—No somos iguales, no te matare, al menos no por ahora, no tengo nada con los españoles modernos, pero ustedes los españoles que conquistaron México y que saquearon las tierras nativas de América, ustedes sí que son los malos, ustedes son los demonios de los que tanto los católicos y todas las religiones temen, toda la maldad en el mundo, ustedes son parte de esa maldad, mataron, asesinaron, saquearon y destruyeron asentamientos que no se metían con nadie.

—Esos nativos eran barbaron, eran idiotas y estúpidos primitivos.

—Esos estúpidos primitivos estaban avanzados en muchas cosas y te dije que no volvieras hablar mal de ello —dijo enfurecido.

El cuchillo fue enterrado en los dos pies del sacerdote, gritaba del dolor, Leonardo enfurecido por las palabras groseras que el sacerdote expulsaba.

—A ti un representante español colonizador, a ti te matare con mucho gusto para poder vengarme de todo.

—Por favor Leoncito me dijiste que si respondía todo me dejarías ir libre.

—Cambie de opinión, no te matare ahorita, pero te llevare a la superficie, aun me sirves, tengo más preguntas.

—Y como me llevarás, no puedo caminar estoy muy jodido.

—Te arrastrare y volveremos arriba, pero antes debo de hacer algo —termino leo.

Todo alrededor de Leonardo, es un santuario de conocimiento, estudio y capacitación, mucha parte de lo que quiere saber está aquí, no puede dejar pasar la oportunidad de lo que está buscando.

Tomo varios libros sin leer su título, los puso en la capucha del sacerdote, apilándolos, hizo un amarre, se lo iba a llevar, arriba en la superficie los leería con más calma, no podía quedarse, estaba admirado por la arquitectura, el diseño, los colores. Los libros olían a nuevos, como pueden conservarse así, si llevan mucho tiempo, se preguntaba, que truco de magia utilizan, tomo las pequeñas figuras bajorrelieve del Ualtepotsoka y Skuardo, todo lo puso en la capucha, amarro al hombre a las cadenas, en el suelo, puso arriba los libros, en el estómago y lo jalo para ver cuánto peso arrastraría. Se detuvo después de unos metros, sentía que, si lo aguantaría, debía hacer unas pausas, pero podría con ello. Leonardo golpeo la brecha para hacerla más grande, de modo que pudiera pasar el sacerdote, quitó los escombros se hizo paso para arrastrar a Francisco. Agarro la antorcha la cual encendió con las que estaban colgadas, arrastro al hombre de la cadena tirando con una sola mano, en la otra llevaba la antorcha, hizo mucho esfuerzo para arrástralo consigo, unos metros.

—Como piensas librarte de la bestia, nunca he sabido como volver —dijo el hombre.

—Solo cállate e ignóralo, y tal vez así salgamos de aquí, si llamas su atención, ahí te dejare.

Salieron del pasillo para entrar a la cámara oscura donde está el Ualtepotsoka, Leonardo alumbro con la antorcha y guiándose de la pared regreso, el libro que antes traía al llegar ahí lo vio tirado, camino hacia el para recogerlo, pero la pata de Ualtepotsoka se hizo presente pisándolo, dio un gran rugido, Leonardo solo cerro los ojos, la criatura corrió de ahí, tarde que temprano los gritos y los pasos se escuchaban por el lugar, pero Leonardo no le prestaba atención solo tomo el libro y lo metió entre los demás, aplastando un poco el estómago del sacerdote, este iba con los ojos cerrados, exhaló un poco de aire y rezaba en voz baja, los pasos se escuchaban más cerca y los gritos se aproximaban, Leonardo pensaba en si había sido buena idea, un suicidio o las dos cosas, pero continuo, cojo, con dolor en su hombro y el peso de Francisco le dificultaba mucho el seguir a ese ritmo. Ualtepotsoka dio un gran grito y brinco frente a él, Leonardo cerro los ojos respiro profundo y muy suave, camino más despacio, la criatura hacia ruidos y se le acercaba como intimidándolo para que este hiciera algo más y así atacarlo, después de unos largos y duros segundo Ualtepotsoka corrió en otra dirección a la oscuridad, se alejó gritando y Leonardo continuo. Arrastro más rápido al sacerdote y aligero el paso antes llevaba, alumbrando y a lo lejos podía ver el marco de la puerta, el marco por donde había caído antes al entrar a esa recamara, justo antes de poder cruzar el marco, la criatura se acercó, pero esta vez más y más rápido, caminando a un lado de Leonardo y viéndolo a los ojos para intimidarlo, el que te sigue lo iba observando y caminaba a su ritmo sin hacer ningún ruido, Leonardo no cerró los ojos, llevaba la vista al frente, sin prestarle atención, sus pasos se redujeron intentaba con todas sus fuerzas tan siquiera ver de reojo, la criatura chillo e hizo ruidos para ver si así Leonardo se distraía o infringirle miedo y así poder atacarlo, pero Leonardo caminaba serenamente ignorando a la perfección a la criatura, moría de miedo, sufría del dolor, la angustia y la preocupación pero no se daba por vencido. Antes de que Leonardo cruzara el marco, Ualtepotsoka grito al oído de Leonardo lastimándolo, pero siguió ignorándolo, dejando atrás al monstruo, quien corrió entre la oscuridad sin éxito alguno en atormentar al hombre. En todo el camino el sacerdote solo se limitó a rezar y por más que escucho los ruidos, nunca abrió los ojos.

Leonardo cruzo el marco con el sacerdote, respiro de alivio, camino por el pasillo era más corto a como había recordado y a sus lados no vio las cosas que antes se habían desprendido y lo habían seguido. Llego del otro lado del pasillo y este tampoco tenía puerta o algo, solo el marco, lo cruzo y era otra recamara de las catacumbas, vio en todas direcciones, y lo primero que pudo notar fue que esa recamara era una especie de calabozo. Había muchas cadenas con cadáveres y otras cosas que no podía describir a simple vista, un poco más de iluminación con lámparas viejas y un sistema de electricidad dañado, goteras entre el concreto del techo viejo.

—Abre los ojos o despierta imbécil —le dijo Leonardo a Francisco.

—Ya, ya los abrí, ¿Qué pasa? Pudimos salir sanos y salvo.

—¿Haz estado aquí antes? —pregunto Leonardo.

—Son los calabozos, una vez, antes había más, pero veo que ya muchos murieron, te recomiendo que no te les acerques a esas cosas, muchas están hambrientas y otras furiosas, podrían cobrar vida y matarte.

Leonardo miraba a la derecha y a la izquierda, ignorando a Francisco que seguía hablando, iba caminando por en medio ya que a los lados es donde se encontraban las cosas amarradas con cadenas. Criaturas de todas las formas y colores, una calavera se levantó y trato de agarrarlo, pero fue espantado por el fuego de la antorcha, el calabozo estaba tan bien iluminado que podría apreciar con facilidad, estaba sorprendido y curioso al mismo tiempo, la antorcha ya solo le servía de protección para quemar o alejar.

Al caminar por el pasillo vio varias habitaciones con puertas de piedra muy bien selladas y unas pequeñas rendijas, camino hasta la primera, se asomó y vio a un ser de espaldas de piel azul, desnudo, el ser se dio media vuelta y sus ojos brillaban como si corriera mucha electricidad, tenía rasgos únicos como los de los nativos, tatuajes extraños y modificaciones corporales con metales enterrados, dejo de observarlo, a la cosa ahí adentro no le agradaba. Frente a la habitación estaba otra, y así sucesivamente como el pasillo de una prisión con sus celdas a cada lado, viéndose paralelamente. Leonardo se asomó a otra puerta, la curiosidad lo mataba, en la otra celda vio a una criatura colgando de cabeza, un humanoide mitad humano mitad murciélago, pero no era como la criatura que había visto en el dibujo o la que había visto en la escultura, no era como Skuardo, esta era diferente, se veía más imponente, de piel gris con rayas rojas, unas alas grandes que lo estaban cubriendo, parecía estar dormido. El ser se percató de la presencia de Leonardo, bajo y pego gran chillido, golpeando la puerta en repetidas ocasiones, era una bestia muy imponente, Leonardo quito su mirada de ahí y siguió caminado. Iba viendo en cada puerta mientras arrastraba al hombre regordete encadenado. Mataba su curiosidad en cada asomada, en las celdas criaturas distintas, unas más feas que otras, un hombre desnudo, sin cabello, el cual solo estaba ahí parado observando con esas enormes ojeras, una especie de bufón melancólico, un perro enorme y negro de ojos rojos.

No termino de recorrer todo, el pasillo era largo, le llevaría más tiempo andar husmeando y debía continuar. Frente a él había una puerta metálica, grande, batallo para abrirla, entro metiendo al sacerdote y la sello para dejar todo atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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