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VERANO DEL 98 - Capítulo 17

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17: RECALENTADO 17: RECALENTADO “Lo que proviene de las cenizas no es más que resurgimiento, para crear hay que destruir” —Olookun 1 Esto era el evento canónico de Leonardo, su prueba de fuego para que viera la cruel realidad en la que vive, se enfrentó cara a cara con demonios, monstruos y seres sacados de cuentos de hadas, mato a un ser, grito para sacar todo el dolor que carga, vio caer a un pueblo que solo busca la redención.

—Era imposible que alguien pudiera penetrar esta magia —mencionó el chamán a Leonardo Los dos estaban en el pantano donde anteriormente fueron atacados por la Tlahula.

—Pero lo lograron, Abrahela lo logro.

Atravesó el bosque y llego al refugio.

Era de mañana, con el sol en lo más alto del cielo, quemando sus cabezas.

—Destruyeron todo, no quedo nada bueno para nosotros ahí, la fortuna fue que no murieron muchos —dijo el chamán.

—No hubo muchas bajas, pero para mí esto fue una derrota.

—Seguimos en el juego, es lo importante.

No es la primera ni la última en la que nos patearan el trasero, debes de ser consciente de eso.

—¿Qué harán ahora?

—pregunto Leonardo.

—Nos reubicaremos por ahora, cuando logremos estar en algún lugar que sea seguro para nosotros, te avisare, por el momento tú debes continuar, nosotros podemos hacer poco en esta situación, el bosque nunca fue seguro para nosotros, pero nos tenía separados de los peligros de la mansión y el pueblo.

—Porque no se exilian en las catacumbas, son inmensas.

—Y… esperar a que John despierte y nos encuentre, sería peor, arruinaría nuestro plan.

—¿Ya lo han intentado?

—pregunto Leo.

—Supongo que, en el pasado, por eso todos huyen de ahí, nadie quiere regresar, si acaso por información o un ataque directo.

—¿Crees que Abrahela entro porque soy diferente o se cansó de esperarme y lo hizo para motivarme?

—Supongo que un poco de ambos, la niña nos advirtió de que eres un usuario demasiado poderoso, por eso te quieren recuperar a como dé lugar.

No dejes que te atrapen, no dejes que te convenzan a servir con ellos, si no te matan el señor oscuro te querrá en su ejército.

—Descuida, nos iremos pronto de aquí.

—Te escoltaremos hasta la salida del bosque, y cuando llegue el momento llegaremos ayudarte —finalizo el hombre jaguar con el asentimiento de Leonardo.

Octavio junto a un puñado de hombres escoltaron a Leonardo fuera del bosque, para protegerlo hasta que se volvieran a encontrar.

El escritor cargaba la espada y el morral con las pociones.

Unos gruñidos provenientes del estómago de Leonardo hicieron reír a más de uno.

Siguieron los gruesos arboles hasta la enredadera y el muro de arbusto alto por donde entro el hombre hace unas noches.

—Todos vieron lo que hiciste, te seguirán hasta la muerte, demuéstranos que eres el elegido, que eres el campeón y el salvador —dijo Octavio.

—Tratare de no defraudarlos, pronto nos estaremos riendo fuera de este pueblucho, yo invitare las primeras rondas de cerveza —expreso Leonardo.

Todos rieron y se estrecharon las manos.

—Nos vemos pronto.

Leonardo solo asintió —nos vemos pronto— finalizo.

2 De regreso a sus pesadillas.

El muro de arbusto se cerró detrás de él, estaba de nuevo en el pateo inmenso de la propiedad de Abrahela, ha vuelto a ser parte de esa propiedad, como un animal con dueño.

—¡Vaya noche la que acabo de pasar!

—Se preguntó—, el mismísimo infierno.

Del camino que recorrió hacia la casa se distrajo con todo, los árboles frutales, los árboles que dan más sombra, el pasto verde y crecido, el cielo azul con pocas nubes.

Su idea era no querer volver a entrar, que le esperaba, que era lo que le aguardaba al poner un pie en esa casa.

Con lo sucedido anoche, Abrahela pudo separar al grupo y fragmentar los planes para ganar tiempo, recordó por qué Abrahela no entro y solo abrió el campo de fuerza.

Será el hecho de intimidar o es acaso que en verdad no le importa en lo absoluto lo que pase y tiene la seguridad suficiente para estar tranquila porque ganara.

Rodeo un poco la casa para perder más tiempo ante su necedad de no ingresar, jardineros limpiando, mujeres regando flores y plantitas en el huerto, cerca de él un sistema de alcantarillas que pastan peor de lo que se ve, llama su atención ya que el líquido que recorre es negro como brea, pero sin la textura de esta.

Siguió el rastro del alcantarillado, un sistema subterráneo, por encima solo pasa un pequeño arroyo que cae en dirección de la fuerza de gravedad, dio puesta abajo y camino contando los pasos que recorría, pero ya no para ganar tiempo, si no se le había ocurrido un plan, una forma de entrada o salida, que le ayudara a detener todo esto.

—Las alcantarillas deben de conectar con el pueblo—, pensó.

Se alejó unos metros considerables de la mansión, pero algo le hacía sentir que debía el volver, es irritable esa sensación porque lo que te hace que no te puedas irte, lo que trato de explicarle Octavio y hasta ahora entendía.

Hizo su mayor esfuerzo para llegar al registro del alcantarillado, debajo de él solo se escuchaban un par de gotas cayendo, como si fuera una cámara vacía, poso su oreja en la tapa del alcantarillado para escuchar mejor.

—Caliente, debajo está caliente, huele a jabón—dijo.

Miro por una pequeña rendija, divisando: lavadoras, estantes y sábanas blancas.

¿Será una lavandería?

Se preguntó Leonardo, quien se alejó al escuchar un extraño sonido de furia, algo abajo chillo con extrema fuerza, como liberándose o queriendo salir.

El lugar poco iluminado solo dejaba ver lo ya mencionado y muchas sombras, en la penumbra unos puntos rojos que se acercaban, los sonidos extraños anunciaron la llegada de un bulto negro que sobre salto cerca de la mirada del escritor quien de un salto retrocedió sin poder ver qué era eso, se alejó pensando en que su plan involucraba derrotar a ese bulto.

—Debes de regresar —dijo una mujer detrás de el —¿Quién eres tú?

—dijo Leonardo, dando la vuelta.

—Soy del grupo de la resistencia, vengo del refugio, estoy infiltrada.

Debes de regresar, continua —expreso la mujer alejándose—, que no vean lo que portas o te lo quitaran, escóndelas, ese parece un sitio seguro.

Leonardo observo a la mujer que regresaba a regar y cortar plantas, miro en todas direcciones, retiro los objetos que colgaban a su espalada y los aventó por el alcantarillado, volvió a ver por la rendija, las cosas cayeron al centro de la habitación el bulto estaba parado al medio observando lo que el hombre tiro, liberando un parte alas enormes hizo retroceder al escritor que lo miraba.

Cayo de espaldas del susto, ya no era buena idea haberlas tirado ahí, que era el ser alado, la forma de John, quizá.

Recostado por unos minutos, se dispuso a continuar, camino cansado, con sueño y con hambre hasta la puerta principal de la mansión.

Respiro profundo, antes de que pudiera tocar el picaporte y abrir la puerta, esta se abrió sola, rechinando un poco, haciendo del lugar un poco más tétrico.

—Entra —dijo la voz de la mujer.

Entro, todo a oscuras, las persianas abajo, un par de velas en la mesa, la puerta se cerró fuerte a su espalda, dándole un ligero golpe y alentándolo a acercarse más.

—Tienes miedo —dijo una voz distorsionada.

Leonardo sentía un poco de miedo al estar a oscuras, caminaba sin ver nada, solo los puntos ardientes de las velas, camino despacio mapeando la sala, el comedor a como recordaba la casa antes de irse para no tropezar con algo o golpearse.

Llego hasta la mesa, ya con más claridad se sentó en el extremo, frente a él, del otro extremo sentada la mujer y a los dos costados la acompañaban dos criaturas de gran corpulencia, calvas con caras semejantes a las de una rana, una en cada lado, como guardaespaldas de Abrahela.

El mayordomo a un costado de ella, arrodillado y amarrado.

Los dedos de Abrahela se alargaron lo suficiente para parecer unas cuchillas las deslizo por el cuello de Nick, haciéndolo sangrar un poco.

—Por favor señorita, piedad —imploraba Nick.

Abrahela dio un guadañazo al cuello del mayordomo cortándolo y matándolo al instante, la cabeza rodo hasta las piernas de Leonardo, inquieto por lo acontecido, aparto un poco la cabeza y volvió su mirada a la mujer.

Hizo un silbido y las dos criaturas con cara de rana se abalanzaron al cuerpo cercenado del mayordomo y lo devoraban, peleándose entre ellos, se lo llevaron fuera de la habitación.

—Sabía que regresarías —dijo Abrahela.

—Bueno, no tenía a donde ir y te extrañaba —respondió Leonardo en tono de burla.

—¡Que tierno eres!

Siéntate por favor, ya van varias noches que me dejas plantada, te había preparado una rica cena, fui a buscarte, pero nunca saliste a recibirme, así que me fui.

—Hiciste todo ese desastre por mí, has de quererme mucho.

—Haría lo que fuera por ti, mi amor.

—Matar a inocentes, mujeres, niños y hombres por igual.

—Todos ellos siempre quieren arruinar mis planes.

—Solo quieren ser libres, y ustedes los tienen cautivos, como me tienes a mí, solo un prisionero, porque solo no me matas y ya.

—Debemos espera a que el señor oscuro despierte.

Leonardo la miro, en el centro de la mesa estaba un traste muy grande tapado, se imaginaba que ahí estaba la comida, las criaturas, cara de rana, regresaron y se sentaron a lado de Abrahela, limpiándose la sangre de la boca con sus enormes lenguas.

—No dejes que te incomoden no te harán nada, a Nick lo mate porque tenía un único trabajo y era el de cuidarte, y ¿Adivina qué?, fallo en su único trabajo, lastima él había sido un buen mayordomo, no solo mío, sino de mi abuelo, pero no importa, yo no estoy para soportar.

—¿Y porque me soportas a mí?

—pregunto Leonardo.

—Tú eres mi esposo —menciono Abrahela de forma coqueta.

—Venga ya Abrahela, deja de jugar conmigo, dime ¿Por qué a mí?

—Hay mucho dolor dentro de ti, mucho sufrimiento y arrepentimiento, nunca fuiste un buen padre, nunca fuiste un buen esposo, dentro de ti se esconde un poder inmenso, serás un buen aperitivo para el señor oscuro.

—Te alimentas del sufrimiento y de las desgracias de lo ajeno, no podía esperar menos.

—No solo de eso, de muchas cosas, te has mantenido con vida por tu propia cuenta, bueno has recibido ayuda, pero es normal en la noble causa que hacen los demás por ti, proclamándote su salvador.

Pero de que los vas a salvar a estas alturas ya deberían saber que no la hay, su fe es grande, pero no se compara al poder descomunal del señor oscuro.

—¿Por qué lo hacen?

¿Cómo es que nadie allá afuera se ha dado cuenta?

—Todos allá afuera están bajo el control del rey de las secuelas, el demonio Abezi-Thibod, rey de uno de los círculos del infierno, el pueblo en el que naciste y creciste ya no es como lo conoces.

¡Bienvenido al pueblo de San Juan Caído!

Al terminar de decir esto, Abrahela voló por la habitación y el vestido negro soltaba una especie de manto tan ligero que parecía humo fino, que lo seguía por todo el comedor, cubriendo la mesa, las luces se encendían y apagaban.

De las escaleras que daban hacia los sótanos subieron mujeres con la peculiaridad de ser féminas ya muertas, y los mismos demonios con lo que Abrahela y Leonardo frecuentaban hacer orgias, las luces parpadeaban al ritmo, Abrahela se encontraba desenfrenada arriba de la mesa, las criaturas con cara de rana le destrozaron el vestido dejándola expuesta, desnuda frente a todos.

Las mujeres y los demonios se acercaron a ella tocándola y besándola por todos lados.

Leonardo poco a poco veía más allá de todo eso, Abrahela era la mujer gorda y todos a su alrededor la admiraban, la besaban y penetraban por todos lados.

—Eres el plato principal amor, cuídate mucho, quítale la tapa al traste y ve la comida que te estaba esperando, tu recalentado.

—dijo la mujer gorda con voz distorsionada.

Leonardo jalo el traste hacia él y lo abrió, mientras lo hacía, delante de él se reproducía una orgia y la admiraba como si fuera una obra teatral, veía el espectáculo en primera fila.

La impresión de Leonardo fue de sorpresa y satisfacción al ver que en el traste estaba la cabeza cercenada del sacerdote, hecha al horno decorada con verduras y guarniciones.

—Come amor —dijo la mujer gorda.

—Esta vez paso —respondió Leonardo.

Al terminar de decir eso, Leonardo tomo un tenedor para picar la cabeza del sacerdote, muy furioso la desfiguro, paro en seco rio como loco.

—Ven amor, únete a nosotros, usa tu ira contra mí, dame duro, te lo imploro.

Leonardo se subió a la mesa y se desnudó para integrarse a la orgia, de poco a poco toda esa masa humana donde más y más se integraban atravesaron la mesa y el suelo para desaparecerse de la habitación, dejando un extraño silencio, fuera de los ruidos y los morbos, los gritos y la euforia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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