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VERANO DEL 98 - Capítulo 19

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Capítulo 19: “AMIGO”

1

Amigos

He vuelto a la tierra prometida, la tierra que nos vio crecer, jugar y reír, daría todo lo que fuera por un amigo, daría mi vida por un hermano. Decirme por lo que atraviesas y buscaremos la forma de solucionarlo, no me pidas que seamos enemigos cuando crecimos juntos como aliados. Hoy en tu lecho de muerte me di cuenta de lo que es la vida, pasajeros de un viaje que termina cuando alguien o algo más lo decide, somos incluso impropios de nuestra existencia, saca todo lo que tengas que decir, porque en la muerta nada vale. Si soy yo el que te matara para después enterrarte y eso te traiga paz, lo seguiré haciendo las veces que sea necesario. Porque, desenterrar un recuerdo sin vida, es como traer a alguien la vida, ya sin alma.

2

Pueblucho

Perdón por lo que hare, me tomare la molestia de purificar tu alma, un alma bendita que fue corrompida, por la gracia de no sé quién.

Un errante por el camino hacia el pueblo, un espadachín con su espada y un hogareño con su morral, bajo la colina a paso firme y sin descanso, temblaba de frio en cada respirar y titiritaba al exhalar, cansado de pies a cabeza iba el errante al pueblo maldito que le ofreció el nacer y vivir hasta cierta edad, el pueblucho que le quito la vida a su amigo, a muchos y próximo a él. Maldita sea la tierra del santo que la abandono.

—Es tu turno de lanzarte por la cuerda —escuchaba en su mente con risas, recordó un verano en el lago.

Tenía que descansar en cualquier momento, pero no debía ser pronto, no llegaba ni la primera casa del pueblo, poco faltaba para que fuera detenido y regresado a su prisión, entre un mar de hambruna, tristes recuerdos y un corazón roto, se desplomo en el suelo. Cansado y fatigado por estos últimos días, bajo de peso considerable. Recuerdos de su niñez y las ganas de vomitar que le producían el volver a vivirlos.

Observaba como crecía hasta su vida adulta en el pueblo.

—Es posible que así fuera y nunca salí de aquí o es solo otra mala pasada —pensó.

Él nunca vivió en el pueblo hasta su vida adulta de eso estaba muy seguro, pero con la mente atrofiada y los excesivos recuerdos que le atizaban en golpes críticos a su cabeza, las inundaciones de recuerdos que no son ni suyos, confiaba en que el empalme de información lo afecto tanto que cuestionaba su realidad en estos momentos.

—No es posible —grito.

—Levántate amigo mío —dijo una voz dulce y calmada.

Miro de reojo, el cielo se iluminaba en la densa noche, con destellos que parecían salir rodeando a la figura de un hombre, estiro su mano con un aura reconfortante, el errante nunca pudo ver su rostro, todo era borroso y confuso. Parecía que todo había terminado.

Parpadeo por unos instantes, algo lo arrastro, jalándolo del brazo hasta la calle arboledas, equina con laureles, lo dejo en las primeras cuadras del pueblo, bajando desde la colina.

Fachadas que estaban a punto de caerse de lo viejas que eran, el ambiente se sentía muy pesado y lúgubre, es como si antes hubiera habido un carnaval de la tristeza y hubiera llegado el a recoger los lamentos. Era la especie de un pueblucho fantasma, las calles parecían hacerse pequeñas, como si anunciaran con desaparecer, cada movimiento se sentía sacado de un cuento, la realidad se distorsionaba en cada movimiento, formas caricaturescas y animadas entre los inmuebles, calles y el cielo. En lo que el caminaba podía ver especies de formas en las fachadas de las casas, eran símbolos raros pero que recuerda haber visto en alguna parte, tal vez en los manuscritos de la biblioteca demoniaca o por el estilo. De las casas salieron personas. Personas que no notaban la presencia de Leonardo o que de plano no les interesaba el voltear a verlo, salían acomodar adornos raros, formas de hombres de madera, o representaciones artesanales de una especie de ritual.

El gueto en el que vivía la gente, se coordinaban, cada que Leonardo avanzaba, la gente salía, y la que se iba a quedando atrás se metía, parecían guiarlo, entre calles, era como si lo estuvieran esperando y la vez enseñándole algo o tratando de que así pareciera. El errante trato de ir más rápido, evitando ese espectáculo de vistas y miradas acosadoras que entre más se adentraba al centro del pueblo, más atraía los reflectores, dejaba de pasar desapercibido para ser el protagonista de un cuento de hadas. Pero las acciones de las personas lo hacían que se distrajera por donde ellos querían. A lo lejos se escucharon cantos, y música. La música provenía de un gran órgano instrumental, pero para producir semejante ruido, debía ser un órgano muy grande, industrial. Al seguir avanzando, la música incrementaba, la melodía se escuchaba como sacada de una película de terror, una especie de purgatorio en el cual nadie quisiera entrar, pero ahí seguía Leonardo llamado por aquella melodía, la noche iba despacio, no se sentía el transito del tiempo. De pronto estaba siendo guiado hacia una gran calle, dando de frente a una cuadra y en ella una única casa. Una casa al medio de la manzana.

3

Estereotipia de la muerte errante

El escritor poso frente a la casa, maravillado y extasiado, una enorme y amplia fachada, no recordaba quien fuera el semejante propietario del lugar, incluso no recordaba quien viviera o si de a tiro existiera en sus tiempos un lugar así, hizo memoria por unos minutos, la música al fondo proveniente del caserón no ayudaba en la concentración. —Sera de los viejos Hernández— pensó, una pareja de viejitos que tenían mucho dinero, pero ellos estaban más pegados al otro lado del pueblo, al oeste, no recordaba que una sola casa estuviera en medio de una manzana y que tuviera el suficiente espacio de toda la cuadra para ella sola. La casa pegándole a mansión, pintada en su totalidad de color purpura, con toques metálicos, ventanas viejas y una chimenea enorme, arboles sin hojas, en un costado un gran cartelón. —Mecánica Méndez—. Tuvo su respuesta, sabía que Josué era el mecánico del pueblo.

—Es de Josué —dijo.

Cuando dejo de prestar atención a todo eso y se enfocó en lo que realmente importa, lo que lo maravillaba y hacia resaltar la casa y las calles. Visualizo todo a su magnitud de campo visual. Una ardua marcha sin descanso de hombres, mujeres y niños alrededor de la casa, los sonidos del órgano producidos en música tétrica (cayendo en el estereotipo de las pistas compuestas para películas de terror) venían de la casa. La multitud cuya función era, exclusivo, dar vueltas sin descanso, unos seguidos de otros, sin tocarse, caminando como muertos vivientes, “errantes” como los bautizaría el escritor. Desnudos y otros con ropas ya muy, pero muy desgastadas, trozos de piel cayendo, leprosos, de cuerpos grisáceos, ya sin vida, ojos negros, sedientos por el movimiento repetitivo de la acción al solo tener el propósito de dar vueltas en círculo en la especie de un bucle infinito, que por algún motivo servían de algo y no eran mera decoración. Asombrado dio unos pasos. Más errantes se unían a la buena causa de vagar en esa prisión cíclica. Una marcha sin fin alrededor de la mansión de Josué.

Reflectores se encendieron, alumbrando la casa y la cuadra dando más protagonismo y horror al lugar, una ligera llovizna en el pueblo anuncio la llegada de truenos y escasos rayos serpentinos. Una luz de circo apuntaba al hombre, dejándolo ver como el protagonista del show, entre cerro los ojos por la gran iluminación, de un espacio estrecho que abrieron los errantes en la marcha, lo invitaban a pasar a la mansión cuya puerta se abrió sola. Los errantes se ralentizaron dejando más en claro que por ahí debía pasar, sujeto todo bien y camino, esperando a que la brecha pasara frente a él de nuevo, con curiosidad por ver qué pasaba si se unía a esa trifulca, pensaba en si lo atacarían o lo aplastaban entre los movimientos, cual fuera el caso estaba seguro que lo que lo guio hasta ahí quería que entrara. Llego su hora de entrar por la brecha que pasaba frente a él, dio un brinco y se incorporó de inmediato siguiendo los pasos de los errantes, quienes incluso de cerca eran más horribles, camino alrededor como todos, los observaba personas que hace no mucho seguían con vida, pueblerinos inocentes de San Juan Caído. Entre golpes y tropezones constantes seguía la marcha, molesto por los movimientos bruscos y los constantes jalones que lo impulsaban casi a caer. Las masas en una especie de luto por ver al elegido ahí sin poder hacerle nada, solo guiarlo al peor de su destino, miro con desesperación al otro lado como se abría una nueva brecha dando a la mansión, llevaba un par de vueltas y era cansado, los errantes se iban desgastando y dejaban la larga marcha para dar cabida a nuevos integrantes. Pies cansados, sediento y sin ganas de continuar, no lo dejaban pasar, lo retenían, era apropósito los empujones y el cerrarle el espacio, cayendo al suelo en tres ocasiones. Saco la espada y cortando avanzo, cortaba como podando el pasto, rebanando la hierba de un lote baldío. Varios errantes se le abalanzaron queriéndolo morder, solo uno de ellos pudo darle en la pierna derecha, Leonardo dando media vuelta a su torso corto al errante, pero otros más le llegaron, sin romper la marcha. En ese espacio de errantes un pequeño círculo, donde combatía Leonardo y seres putrefactos, corto y rebano: extremidades, cinturas y cabezas. La luz de circo lo volvió a apuntar, la música intensificada mezclándose con cada golpe que se repartía, caminaba al unísono para no ser aplastado por la multitud. Chasquidos se escuchaban del otro lado, lo que le avanzaba un paso para salir de ahí se veía reflejado en retroceder dos, por el impulso de las masas que; aunque su trabajo fuera el de conducirlo hasta el otro lado de la mansión, no se lo pondrían tan fácil.

—¡Puto Leonardo! Apúrale o llegaras tarde —se escuchó una voz del otro lado.

El escritor no pudo reconocer esa voz, medio distorsionada, una voz de locura que se quebraba entre risas y molestias, una tosedera como si estuviera enfermo de los pulmones. Estaba a punto de volver a cruzarse por la puerta de la mansión, enfundando la espada siguió cortando, convencido de ya no retroceder, los errantes se le abalanzaban de nuevo queriéndolo lastimar a como fuera posible, pero eran cortados uno por uno, se aferró a la salida, recibiendo golpes en la cara, espalda y hombros, mordidas por todos lados, no de forma hirientes, pero si molestas y ligeros sangrados, cruzo aventándose, cayendo de pecho al suelo. Entro con un pequeño salto, para salir cayendo al suelo.

Entre polvo, rapones y cuerpo adolorido, vio hacia la puerta de la casa, borroso, se arrastró unos centímetros para tomar sus gafas, maltratadas y sucias las acomodo para tener una mejor vista de lo que estaba al frente suyo. En la puerta de la casa un hombre con una sudadera azul que cubría su cabeza con el gorro de esta misma, desgarrada al igual que sus pantalones, descalzo, no queriendo dejar ver su rostro, actuaba como si tuviera varios días sobrio por consumir tantas drogas.

—¡Leonardo! —gritaba a que hombre de la puerta.

Con miedo se incorporó, el escritor. Confundido por no saber quién es el sujeto que lo llama por su nombre, tomo la espada, el morral y grito diciendo que quien es el que pregunta por él.

4

Desprecio

—Soy yo, que no me reconoces, amigo —el hombre descubrió su rostro—. Josué, tu hermano.

El escritor miro al hombre quien se hacía llamar Josué, de aspecto un tanto similar a los errantes, pero menos podrido de piel. Aún conservaba los rasgos de a su amigo, es Josué solo pasando por la misma transición que los demás pobres en la marcha sin fin. Su amigo movía la mandíbula de un lado para otro, rosando sus dientes amarillos y podridos, humectaba sus labios en cada oportunidad, después de hablar, caminaba a un lado para otro abrazándose, asimismo, con frio y desesperación.

Leonardo estaba un tanto feliz por ver a su amigo, pero sentía lastima por verlo en las condiciones tan deplorables en las que se encuentra.

—¿Qué te hicieron amigo? —pregunto Leonardo.

—¡Aquí no, aquí no! Entra, hablaremos adentro —respondió Josué de forma paranoica.

Algo en el hombre lo hizo dudar, miro en otras direcciones evitando ver a lo que alguna vez fue su amigo.

—No te niegues, hombre, ¡vamos adentro! —humectaba sus labios.

—¿Cómo sé que realmente eres tú, y no alguien más?

—Pregunta lo que sea, puedo recordar nuestra niñez en este estúpido pueblo.

—¿Recuerdas que sucedió después de aquella fiesta en el lago, en el cumpleaños de Jennifer?

—Lo recuerdo perfecto, entre a robar a la farmacia de don Arturo, corrimos cinco cuadras antes de que la patrulla pudiera alcanzarme, Enrique y tu fueron a recogerme al peñasco del otro lado del algo, estaba golpeado y ustedes me salvaron de morir ahí.

Leonardo lo miro con sentimientos, Josué decía la verdad, toda la verdad con lujo de detalle, pero dudaba en que eso podía ser una trampa de Abrahela, que haya podido ver en la mente y recuerdos de su amigo y que este detrás de todo esto.

—Salgamos de aquí, Josué, juntos ayúdame a derrotar a esa mujer, ayúdame a contar esta historia allá afuera.

—Nunca, Abrahela es nuestra salvadora, entraras de una u otra forma —exclamo Josué, quien dejo a Leonardo para entrar a la casa.

La puerta no se cerró, permaneciendo así para que Leonardo entrar, detrás de él, sintió presencias que lo obligaron a voltear, algo empezaba atraer a los errantes a la mansión, la música no dejaba de tocar, lamentos incontrolables venían desde adentro. Se sintió presionado, los errantes no corrían, pero a cada paso lo obligaban avanzar hacia la puerta y hacia adentro de la mansión. Enfundo la espada, mientras desde adentro escuchaba, no te resistas de Josué, pero estaba casi seguro de que eso no iba a dirigido hacia él, seguido del grito de una mujer, un por favor acaba con esto, fue ahí donde reconoció la voz de la mujer y eso fue el detonante y el valor para dejar de prestar atención afuera y entrar para cerrar la puerta de golpe.

Se tomó todos los minutos necesarios para apreciar todo a su alrededor, sin rodeos y sin prisas, si la marcha de los errantes le había parecido fascinante la mansión por dentro le parecía de lo más artístico y repugnante que alguna vez vio en su vida. Lo que lo recibió al entrar a la mansión es un enorme salón de acabados en madera que poco a poco se iban convirtiendo en biomasa orgánica de tejidos y órganos latientes, vivos y vasos sanguíneos. Las paredes, el techo y el piso recubiertos por este material biopunk, un semidoble piso de balcón alrededor del gran salón, con la función solo de conectarse entre puertas, en las paredes incrustados rostros del mismo material orgánico que quedaron petrificados con bocas abiertas dando su último grito, sin ojos, las puras cuencas rosadas, era como ver saliéndolas de las paredes. Brazos, piernas por igual, pensaba que todo había sido tallado en mano, pero la realidad era que los errantes entraban y se unían a la casa para ser uno con ella. Al fondo en una esquina un gran órgano industrial tocado por un errante desollado. El órgano impulsado por vapores de gases internos de los cuerpos unidos a la mansión que hacían resoplar y expulsar tan peculiares melodías terroríficas. Del techo cayendo gotas de sangre, sincronizadas para dar un aspecto al sonido de deterioro y abandono, al centro una silla del mismo material, sangrante y asquerosa, todo el lugar olía muerte, hierro oxidándose.

Josué parado a un lado de la silla, invitándolo a sentarse, el escritor lo observo y vio la ropa más desgastada de su amigo, aruñado, como sí lo que grito antes le hubiera dado pelea, se alegraba de ver a lo que reconoció cuando grito, pero le preocupaba el saber si estaba con vida. Josué empuñando un pequeño cuchillo, sangrando del mismo, la silla con sangre fresca, no solo caían gotas del techo, entendió que lo que grito había estado sentado en ese lugar, probablemente fue apuñalado y la siguiente era él.

Las expresiones y movimientos de Josué habían cambiado, ya no se comportaba como antes, ahora era una persona sería, fría y calculadora.

—No tengas miedo, anda, ven a sentarte —pidió Josué, amable.

—Y después que, me mataras como lo hiciste con Enrique, o como la persona que acabas de asesinar.

—Te juro que la persona que tenía ahorita está viva, deje de torturarla porque me llegaste tú, a ti es a quien quería ver.

—Eres un desgraciado, porque lo hiciste, pensé que éramos amigos, ¿Qué fue lo que te sucedió?

—Abrí los ojos, entendí lo que este mundo necesita.

—Eres un monstruo —expreso Leonardo.

—Te equivocas, amigo. Los verdaderos monstruos, están allá afuera, y otros todavía no despiertan, yo solo soy su heraldo —dijo Josué, riéndose.

—¿Por qué lo hiciste, cual fue tu motivación? —pregunto Leonardo, recordando las palabras del jugador del culto satanista, lo que leyó sobre Sangre Sucia—. ¿Tu perteneciste a Sangre Sucia?

—No solo pertenecí, yo era el fundador del grupo.

El escritor sujeto el mango de la espada y dio dos pasos a su lado derecho, el suelo era un poco gelatinoso, pero en movimiento brusco, duro como el pavimento.

—Piensas usar eso contra mí, aquí en mi casa, piénsalo bien antes de cometer suicidio.

Era evidente que Josué ya no estaba, era otro loco corrompido, sirviente de Abrahela, la cara de decepción en Leonardo era vista a kilómetros, como un gran amigo de la infancia pudo liberar semejante maldad sobre el pueblo.

—Ven y siéntate aquí —dijo Josué.

Leonardo recordó lo que le dijo el ser larguirucho que nadie en el pueblo es su amigo y que debía de andar con cuidado, ya nada de lo que recordaba era como antes, la personas que solía conocer ya no son las mismas. Que se puede esperar de este pueblo si paso hacer de nuevo una pesadilla del señor oscuro. Ya todo presentaba un reto y morir en el intento, todo era una prueba sin salida, la única clave principal era encontrar esa piedra, para poder invocar una espada, que si bien quién sabe si existe y Leonardo solo estaba creyendo ciegamente en un ser alto, sin rostro y con la capacidad de comunicarse telepáticamente, al cual su deporte y su hobby favorito era jugar ajedrez con desconocidos, pero que ya se habían hecho amigos y la única meta era salir de ahí juntos.

Leonardo camino los ultimo centímetro que le faltaban solo para verse de frente con Josué, estando los dos cara a cara, Josué se quedó quieto, sin parpadear, de cerca se podía ver como su cara perdía piel, era un leproso más, pero parecía ser el jefe de los leproso que daban vuelta alrededor de la mansión. La puerta principal se abrió dejando entrar a los errantes que cada vez perdían más piel, esos que dejaban de dar vueltas en círculo y se unían a la casa y el órgano haciéndolo más fuerte, rojizo y sangriento. Errantes leprosos que conservaban ropa se desnudaban al igual que todos para incorporarse a la casa, y otros solo se posaban frente al órgano idos por semejantes partituras.

—Hola Josué —dijo Leonardo, rompiendo ese silencio de varios minutos.

Josué no respondió en unos largos segundos que parecieron minutos, parpadeo dos veces y movió su mandíbula, era como si hubiera estado trabado o poseído.

—Hola Leonardo que haces aquí –dijo Josué y continuo—, te cansaste de estar en la mansión con tu hermosa esposa y viniste a ver el espectáculo de media noche.

—De que se trata este tipo de espectáculo.

—Ya muy pronto lo veras, lo prometo, quieres participar, no puedo prometer el no hacerte daño, aunque quiero matarte, en verdad anhelo eso.

La música bajo en ritmo, pero aún se podía escuchar de fondo, seguido del respirar fuerte de los leprosos que rodeaban en media luna el órgano, miraban al suelo, inundados de sus pesadillas sádicas y retorcidas que solo gente enferma como ellos tendrían. Expulsaban ruidos tétricos, entendibles entre rezar, llantos y suplicas, el escritor trataba de entender lo que sucedía y que significaba todo esto, al son de la música se libraban esas penas, mientras uno por uno se integraba al órgano, paredes y suelos. Los leprosos entraban por todas puertas y ventanas paras seguir alimentando a la mansión y el órgano industrial que latía con fuerza, apestoso, moscas y las paredes seguían con más decoración. Leonardo quedo perturbado pero maravillado, lo que veía ahí era un espectáculo único y más allá de causar repulsión, era un evento único en la pesadilla de un genio y un maestro de crear lo imposible para maravillar y saciar la imaginación de los más grandes fetiches.

—¿Te vas a sentar? —pregunto Josué.

—¿Qué pasara si lo hago?

—Tus preguntas se aclararán con las respuestas que quieres oír.

Josué se acercó al oído de su amigo, pidiéndole de forma amable el sentarse, si no las consecuencias serían graves. Varias de las cabezas incrustadas en las paredes hacían ruidos semejantes al coro de una iglesia acompañados del órgano que de nuevo sonaba fuerte dentro del recinto, afuera nunca dejó de sonar elevado, eso seguía atrayendo más y más errantes leprosos, las ventanas no estaban cubiertas de materia biorgánica, dejando ver la noche lluviosa y las gotas en los vidrios resbalando. Se ilumino más el lugar con antorchas y velas creadas a partir de restos y grasa humana, los focos ayudaban, con la suficiente luz, Leonardo se sentó en la silla carnosa. El jefe de los leprosos pidió un minuto y salió por una puerta derecha que se manifestó entre la pared carnosa para después volverse a cubrirse por completo cuando Josué la atravesó, el escritor permaneció sentado viendo todo en la habitación y el espectáculo gratificante para los ojos, sin darse cuenta unos brazos largos salieron del suelo carnoso, para sujetar las muñecas de Leonardo. Este trato de zafarse, pero eran demasiado fuertes las manos que lo tenían agarrado, moviéndose de un lado a otro para poder caer con todo y silla, pero era inútil, los brazos que salían del suelo eran lo suficiente fuertes para no dejar que Leonardo moviera alguna parte de su cuerpo y escapar o librarse. El hombre se desesperaba y entre más se movía las manos lo apretaban, se detuvo y cerró los ojos por unos minutos, ante el fuerte apretón de muñecas, las manos que hace un momento lo apretaban se aflojaron dejándolo descansar del dolor, abrió los ojos y la puerta de la pared derecha se asomó desprendiendo la carnosidad que la recubría, la puerta se abrió, y Josué volvió a entrar. la puerta hizo lo propio y se selló con la carnosidad viviente. Josué quien estaba desnudo y traía consigo el cuchillo en su mano derecha.

—Tranquilo, tranquilo leoncito, ya muy pronto pasara esto —dijo Josué mientras se aproximaba a su amigo.

—Vamos Josué, ¿Por qué lo haces, amigo?

—No importa cuánto me esfuerce, no logro el poder hacer que me mire cómo los ve a ustedes los herederos de las secuelas.

—¿Por qué quieres hacerlo? ¿Qué te motiva hacerlo? ¿Qué te hicieron?

—No es nada personal, espero un día poder impresionarla, yo la libere, debió agradecerme casándose conmigo. Soy de los pocos aquí en este pueblo que nunca despertaron las secuelas, es por eso que nunca me ha visto con amor, solo un fiel lacayo, tu eres afortunado de tener su amor, el haberte acostado y cogido con ella.

—Si hubiera podido no venir y conocerla, no lo hubiera hecho nunca, estoy aquí contra mi propia voluntad, tu eres parte de mi tormento, me hiciste venir con engaños.

—Yo nunca te mentí, Enrique si murió, ya lo demás que te ha pasado es daño planeado por un mal de bien en común.

—¿Por qué liberaste este mal en el pueblo? ¿Cuál fue tu motivación?

Josué miro fijo a su amigo, recordando con exactitud qué fue lo que paso —Es extraño, fue hace mucho tiempo—. Explico y camino alrededor de Leonardo, la música del órgano seguía, los cantos continuaron y afuera estaba el horror, la puerta abierta, la lluvia y la marcha incesante continuaba.

—Funde hace muchos años una banda de rock, poco después de que te fuiste, habrás leído o escuchado sobre Sangre Sucia desde que regresaste al pueblo, nunca fuimos famosos ni a nivel nacional, solo fuimos famosos en el pueblo y a los alrededores. «Tuvimos mucho éxito, recordó». Fuimos como Queen, pero local, muy buenos pasábamos la crisis de los setenta, el furor a tope sobre la violencia que se vivía en el país y las canciones pegajosas, tu sabrás de eso, te perdiste de la gloria en el pueblo, por volverte la estrella que eres ahora, ¡envidio tu vida!

» Bueno lo hacía, ahora solo eres la misma basura que yo, pero con diferente historia. Me di cuenta del potencial que teníamos, pero empezamos con las drogas, mujeres y uno de los integrantes con el satanismo, algo que no me arrepiento porque nos llevó a ir a tocar a la capital del estado, una única vez, de ahí regresamos queriendo hacer algo diferente pero no nos contrataban por nuestros escándalos —hizo una pausa para rascarse la nariz—. Nuestro compañero Emilio el que nos introdujo en eso, supo de unos antiguos manuscritos del pueblo, nos prometió que nos catapultaría al estrellato internacional, pero por más que buscamos, no lo encontramos, deshice la banda con todo el pésame de mi vida, yo nunca había dado mi nombre real para nada, usaba pañuelo para esconder mi rostro, así pude pasar desapercibido por muchos años, estando en el anonimato.

—Después volviste a retomar las investigaciones y liberaste el mal —dijo Leonardo.

—Seis meses después recibí un sobre y una caja, en el sobre solo venia una hoja que decía que fuera a la mansión, escrito en máquina, y el paquete contenía un libro ya viejo y antiguo escrito en hebreo. Reuní a la banda de nuevo, investigamos, nos hizo entrar y saquear la mansión, ver los horrores que ahí se escondían y no dar marcha atrás.

—Fue ahí donde liberaste a Abrahela.

—No seas impaciente —expreso Josué enterrando el cuchillo en el hombro de Leonardo.

Leonardo grito de dolor, aguantando las ganas y conteniendo la respiración ya que Josué meneaba el filo del cuchillo dentro de su hombro. Lo retiro despacio, humectaba sus labios y sonreía, dio vueltas. El canto seguía al fondo y el techo goteaba sangre que caía en la frente de Leo.

—Estando en la mansión —continuo Josué—, nos enfrentamos contra Ysaak Yamhir, el padre de Abrahela, peleo contra nosotros, mato a mis compañeros mientras invocábamos la resurrección de la hermosa mujer y a su abuelo, yo herido de gravedad conjure lo último que pude para despertarla, me desplome en el suelo, viendo entre parpadeos la pelea de ella contra su padre, ayudado por la niña, el mayordomo, no pudieron Abrahela es demasiado poderosa. Su padre murió, yo sobreviví por ella me curo, me puso al mando de su ejército leproso, mis compañeros descansan, supongo que… en paz —se encogió de hombros—, pero después de ver todo lo que vi y que no hay vuelta atrás, hay veces en las que me arrepiento solo un poquito el haber hecho lo que hice.

—Aun estas a tiempo de redimirte, ayúdame a sellar a Abrahela, cambia la historia Josué, tú no eres malo.

—Dije que Estoy arrepentido un poco, la verdad es que así estoy mucho mejor, soy poderoso y tengo lo que siempre quise tener —expreso riendo.

—Menos su amor —respondió Leonardo.

—Así que todavía te quedan fuerzas para contar chiste y hacerte el gracioso —dijo Josué enterrando el cuchillo de nueva cuenta.

Leonardo se desmayó por unos segundos y recobro la conciencia a base de dos cachetas de su amigo.

—Deja de servirle, nunca se fijará en ti, por no poseer las secuelas, se más inteligente, si no te sedujo, ¿por qué le sirves?

—Es cuestión de lealtad, nunca desarrollé las secuelas, nunca fui digno, así como tú o Enrique, ustedes son tan afortunados.

—¿Crees que en realidad es un privilegio? Es una estúpida maldición.

—Para ustedes, pero yo sirvo por gusto y placer, para mí sería algo grandioso.

—Yo me di cuenta de la maldad de Abrahela, logré salir a tiempo, y ahora destruiré todo lo que ha construido.

—Tal vez así sea en tu imaginación, dudo que puedas hacerlo, tu destino será el mismo que Enrique, su muerte será en vano, como la tuya, él también se enamoró de Abrahela, fue su amante por mucho tiempo, y para darle fin a todo esto, se ahorco.

—Enrique se suicidó para acabar con la maldición que lo atormentaba —dijo Leonardo.

—Sí, pensaba que así rompería toda culpa de maldición, fue tan estúpido, su mujer, María lo ayudo a salir de ese enredo, solo para después ahorcarse.

—¿Cómo puedes hablar así? Él era tu amigo.

—Lo era, ya está muerto, yo lo ayude a morir, así como tú también estarás muerto y me asegurare que esta vez no regreses nunca más, así yo podre estar con Abrahela por toda la eternidad.

—De que hablas, como regresare si estoy muerto, es acaso… ¿Qué me revivirán como un muerto para servir? ¿Qué pasara con mis secuelas?

—No te preocupes con eso, le pondremos fin, la última vez que mate a alguien tan importante para Abrahela, me otorgo una maldición, si te mato, no sé lo que pueda pasar.

—No entiendo tu estupidez, en verdad que eres un cabrón, cómo pudiste hacer todo esto, ayudar a esos monstruos, matar a tu amigo y ahora a mí, deberías de estar agradecido de no estar de este lado, no ves todo lo que se sufre, a lo que tu llamas gloria.

—¡Agradecido! Es una maldición el no haber sido bendecido por los encantos afectuosos y carnales de Abrahela.

—Solo buscas el sexo y atención de esa maldita mujer, eres un estúpido sin cerebro y sin corazón.

—No deberías maldecir en vano, las paredes escuchan y los deseos de mi reina Abrahela son escuchados y ella me pide que te asesine, lo haré.

—¿Que puedes saber tú, que ella quiera?

—Y… ¿Acaso tu sabes lo que Abrahela quiere? —dijo Josué.

—Lo único que sé, es que por más que trates de complacerla jamás te hará caso, si no lo hizo es porque no eres irrelevante para esa mujer.

—Hare que te tragues tus palabras Leonardo —finalizo Josué

El líder de los errantes leprosos se acercó a Leonardo y le enterró el cuchillo en su hombro izquierdo, Leonardo grito de dolor, y pataleo por lo mismo, Josué se alejó brincando, riendo y gritando, los leprosos siguieron uniéndose a las paredes, la carne del techo se extendía más, se cubría porque trepaba por las paredes, los leprosos parados seguían exhalando fuerte y haciendo ruidos extraños al son del órgano instrumental, de igual forma lo hacían los rostros en paredes, techo y suelo. Josué se detuvo frente al órgano y aplasto una de sus teclados los cuales eran huesos finamente pulidos, la melodía se distorsionaba, llevaba un ritmo, pero se distorsionaba al aplastar alguno de los huesos. Josué regreso hacia Leonardo y empujo suavemente más el cuchillo hacia adentro del hombro, quien respiraba súbito, con lágrimas en los ojos de dolor y angustia, gritando y pataleando de nueva cuenta. Leonardo respiraba y exhalaba por el dolor provocado, se soplaba la herida para reducir el dolor. Josué reía, dio vuelta atrás, dándole la espalda a Leonardo. Frente a Josué salió una silla del suelo y sentada en ella una mujer, también sujetada por las muñecas, pero con la diferencia de que estaba amordazada con mano, daba vueltas un brazo por su cuello y le cubría la boca. La mujer se movía para igual poder librarse, pero era inútil, Leonardo no podía ver ya que el cuerpo desnudo de Josué lo bloqueaba, lo único que veía eran sus nalgas grises. Josué se acercó a la mujer y de muy de cerca la empezó a acariciar, las partes íntimas de Josué rozaban los brazos y pecho de la mujer, quien se desesperaba más, Josué se hizo a un lado, y Leo quedo frente a frente con la mujer, la pudo ver bien, y no era nada más y nada menos que María, la exesposa de su amigo Enrique.

—¡María! —grito Leonardo.

María seguía moviéndose con brutalidad, en su intento por así liberarse, pero todo era inútil, Leo le pedía que se tranquilizara, que todo iba a estar bien, pero ella estaba tan asustada que ignoraba todo lo que el hombre decía, era como si ya supiera lo que iba a pasar, pidiendo al cielo a gritos que no pasara nada malo.

—Vamos, saldremos de esta, lo prometo —dijo Leonardo.

—Los dos me dan tanta lástima que se me hace casi imposible matarlos —dijo Josué de forma picara, poniendo sus manos en sus cachetes.

—Estas a tiempo de cambiar de opinión y ayudarnos a los dos, ¿qué te hizo María para que estuviera en esa posición? —grito Leonardo—, déjala ir.

—No es tan fácil, ella intervino en los asuntos de Abrahela, libero a Enrique del hechizo, como ya te había comentado y robo algo, algo muy valioso para Abrahela, en realidad María la bella esposa de Enrique, es más peligrosa de lo que crees, más peligrosa que tú y yo juntos.

—Si lo hizo, lo hizo para salvar a su esposo, a nuestro amigo, que no te das cuenta, tu liberaste un mal, por una estúpida mujer que no te hace ni una pizca de caso, ¿por qué ella estaría mal en haber ayudado a su esposo?

—Si lo veo, pero no quiero cambiar mi postura, debo seguir complaciendo las necesidades de mi diosa. Necesito unas cosas, antes de empezar a torturarla, hoy veras otro festín de sangre, los dejare un rato parra que platiquen —dijo Josué, mientras se acercaba a María para quitarle la mano de la boca.

Josué regreso hacia Leonardo y le retiro el cuchillo que tenía clavado en el hombro, Leonardo se quejó suave. El líder de los leprosos se retiró de la habitación por la puerta que antes ya había entrado y salido, los leprosos seguían llegando y seguían uniéndose a la casa, la música era cada vez más tétrica, la noche negra con tintes grisáceos, la lluvia continuaba, truenos y relámpagos serpenteantes más pronunciados, afuera un ciclón, entraba poca agua que escurría y rebotaba en la entrada principal.

—Tranquila María, saldremos de aquí, te lo prometo, hubiera hecho caso cuando me lo dijiste.

—Sabía que esto tarde o temprano ocurriría, no temo por mí, pronto me reencontrare con mi amado, pero tú… tu Leonardo siempre fuiste muy bueno y no lo merecías, ni Enrique, nadie lo merecía a excepción de unos cuantos.

—Lo sé, pero aun puedes seguir viviendo, no te des por vencida, lo conseguiremos, lo prometo.

—El me matara hasta conseguir lo que quiere, me torturara para que yo le diga donde esta lo que el busca, se porque estás aquí, sé que viniste por la piedra.

—¿En qué momento sabias que vendría por ella?

—He tenido contacto con la criatura que se comunica telepáticamente, cuando estuve en la casa jugué con él, el me ayudo, pero lo que me hizo prometer fue llevarme esa piedra lejos, el pueblo en todo el año está regido por Josué, Abrahela viene, pero no interfiere en los asuntos de Josué, él podría o no acabar contigo ahora mismo y sufrir las consecuencias con Abrahela y John, lo ha hecho anteriores ocasiones, lo hizo con mi Enrique y puede que lo haga contigo, así que debemos de buscar la forma. Perdón si hablo mucho y de forma apresurada pero no hay tiempo y no logro acostumbrarme nunca a esto —expreso María—. También ayudo a la niña y a los refugiados, los pocos buenos que quedamos y somos parte de la resistencia, hacemos todo lo posible.

—Nadie se acostumbraría a esta pesadilla, siento mucho por lo que has pasado y por lo que pasara. Haz tenido contacto con la niña, ¿Sabe de esto? ¿Vendrán ayudarnos?

—Dudo que vengan, todo siguen un plan y si se salen de el por situaciones como estas, se arruina todo, ellos prefieren vivir para seguir intentándolo con otro campeón, al final tu eres parte de un plan, si fracasas o mueres esperaran a que llegue le verdadero salvador, así funcionan las cosas.

—Eso casi lo he comprendido del todo, ¿Cómo podemos escapar de esta situación?

—Cada vez es diferente, no siempre transcurre igual, esta es la segunda vez que estoy en esta situación, pero es muy diferente a la vez pasada.

—Entonces si hacemos lo mismo de antes moriremos.

—¡No… no moriremos! Solo debemos esperar el momento oportuno, Josué es muy distraído porque es muy confiado.

—¡Así lo derrotaremos!

—Solo es cuestión de esperar…

—¿Y… hace cuánto tiempo… murió Enrique? No quiero tocar eso, solo es que… el tiempo se maneja de forma diferente aquí.

—Descuida, entiendo, siempre tienen sus dudas. Enrique murió hace muchos años, lo que tu presenciaste fue a lo que llamamos secuelas.

—Es el maldito infierno este pueblo de quinta.

—Es como si muchas cosas fueran ilusiones, pero en realidad son recuerdos, escuche que puedes ver recuerdos de los demás, ¿Es cierto eso?

—He visto varios de Enrique, al principio pensé que eran míos, después supe no, es como si yo estuviera interactuando por él, o yo siendo el, no sé cómo explicarlo.

—Entiendo, has visto recuerdos de los demás, eso te hace más fuerte y poderoso.

—¿Cómo encajas en todo esto, María? ¿También tienes las secuelas?

—Las desarrolle hace mucho tiempo, las perfeccione, y he vivido o tratado de hacerlo en el anonimato.

—¿Por qué no te cazan o te hacen lo mismo? Digo, no es que quiera, pero como has evitado vivir durante todo este tiempo.

—El diablo no caza a las brujas, es el pueblo el que lo hace por miedo.

—Excelente respuesta.

—Nadie ha logrado salir de aquí, se puede pelear y correr para seguir batallando otro día, necesitaras la piedra que tengo para tener la espada milagrosa de la que tanto hablan para vencer a tus contrincantes, o esas son las historias que se cuentan, nadie la ha visto.

—Me dijo lo mismo el jugador. Me dijo que tú tienes la piedra, que te buscara y que no confiara en nadie, ¿por qué te la dieron a guardar?

—Ya la he cuidado por mucho tiempo, y esa tal espada nunca ha aparecido, es una leyenda, nadie temé por ella, porque buscarme si son mentiras.

—Es coherente y con sentido lo que me dices, ¿Por qué Abrahela no te busco después de haber salvado a Enrique?

—Supongo que se conformó con tu llegada, alguien igual o más poderoso que mi esposo.

—¿Quieres decir que llegue a suplantar a Enrique?

—Probablemente fue eso —dijo María y continuo—. Escucha Leonardo sé que tienes muchas más preguntas, lo comprendo, quisiera quedarme a charlar más tiempo, pero eso es lo que no tenemos, no tenemos tiempo, así que escúchame, la piedra esta en mi interior, el me matara de todas formas para conseguirla, necesito que no caiga en sus manos.

—¿Cómo haces todo esto, quien eres, María?

—Soy hija de dos demonios esclavos, adopte la forma humana, al no ser mestiza he logrado sobrevivir con mis podres durante mucho más tiempo.

—¿Enrique sabia de ti?

—Se lo dije antes de que muriera, así lo ayude, no se lo dije antes por miedo, espere a que experimentara las secuelas por sí mismo, sabía que no me creería hasta que lo viera por sí mismo, los humanos creen en muchas cosas y deciden ser escépticos hasta que les sucede algo y cambian su forma de ver las cosas.

—Si Josué te corta el estómago, saldrá la piedra y la tendrá.

—Decir que está dentro de mí, es de forma retórica.

—Entonces…

—Hice que la piedra fuera parte mía, yo soy esa piedra que tanto buscan.

—¿Qué quieres que haga? —pregunto Leonardo.

—Si muero, necesito que la guardes, deberás arrancarla de mí.

—¿Cómo conseguiré eso? Si también estoy atrapado.

—En cualquier momento serás liberado, eres importante para Abrahela, ya se acerca el evento principal y no hay otro como tú, no creo que Josué se atreva a tanto y te mate.

—¿Otro como yo? ¿De dónde los consiguen?

—No ha llegado alguien más por el momento al pueblo, eres el actual campeón de las secuelas, no se arriesgarán a que mueras así de fácil, pero no juegues al vivo contra Josué, está loco.

—Maldición, porque todo debe de recaer en mí.

—Lo siento Leonardo, siento que estés aquí, prométeme que te iras, escaparas.

—No puedo dejar que mueras, María. No te rindas.

—Lo siento, en verdad, quisiera que las cosas fueran diferentes, pero no es posible.

La puerta de la pared derecha se volvió asomar como antes y Josué salió venia caminando directo hacia María con el mismo cuchillo.

—Estamos listos —dijo y continuo—. Creo que deberías de cerrar los ojos para que no veas lo que estoy a punto de hacer mi estimado Leonardo.

Josué rio y quedo frente a María, le anuncio el cuchillo en su rostro.

—Espera por favor Josué —interrumpió Leonardo.

—Ya te dije que no cambiare de opinión —dijo Josué dándole la espalda a Leonardo y continuo—. Empecemos de una vez María, no tengo mucho tiempo me quedan unos días antes del gran evento, tú lo sabes, y quiero que todo vaya bien y estén en orden las cosas, así que si no te molesta empecemos, dime ¿Dónde está la piedra de la invocación?

—Sabes que jamás te lo diría maldito traidor —María escupió a Josué.

—Bueno creo que pasaremos a la tortura lo pones demasiado fácil.

Josué abrió la boca de María e introdujo el cuchillo, entre forcejeos Josué le saco uno de los dientes a María, la boca de ella estaba sangrando y no solo por el diente, sino porque en el forcejeo el cuchillo cortaba las paredes de su boca, María gritaba por el dolor, Leonardo le exigía a Josué que parara, no podía ver esas escenas. Pero Josué seguía sacándole dientes a maría, la sangre escurría por todo el cuerpo de la mujer, (quien era más resistente de lo que se imaginaba Leonardo) y por los brazos de Josué, la cascada de sangre venia acompañada de la música de fondo.

—Ya basta, Josué —gritaba Leonardo.

—¡Y porque haría eso! Esto me gusta, lo estoy disfrutando más de lo que tú lo estás haciendo. ¡Vamos María! ¿Quieres que pare o sigo? Ya me vas a decir donde esta esa maldita piedra.

—Jamás —dijo María casi desmayándose.

—Solo díselo, no vale la pena —dijo Leonardo.

—Bueno como tu gustes, deberías de hacerle caso al grandioso escritor —concluyo Josué.

Josué comenzó a golpear a María en el rostro, lo que hizo enfurecer más a Leonardo, a puño cerrado agredió a la mujer, uno tras otro, sin piedad. Josué lo disfrutaba, lamia sus labios y hablaba muy cerca, su aliento apestaba a carne podrida, casi haciendo vomitar a la mujer.

—Si tú no le dices, yo le diré donde ésta —interrumpió Leonardo de nuevo.

—No te atrevas a hablar —dijo María ya muy golpeada—, deja que este hombre me torture, nunca obtendrá nada.

—Vamos María, aun sigues resentida por la muerte de tu esposo, lo siento y no lo siento por eso, pero ya le constaste a Leoncito que tú eres la culpable de que el este aquí.

Leo miro a María, sin entender lo que sucede, ella se encogió de hombros ante la mirada incrédula del hombre.

—Así que tú sabes, mira que astuto eres —dijo Josué quien volteaba hacia Leonardo.

—Si, se dónde está, pero si te digo tienes que prometerme que deberás dejar ir a María.

—No, no lo prometo, prefiero seguir torturándola —Josué volteo y con el cuchillo corto el rostro de María, riendo a carcajadas.

La mujer no podía contener el llanto y dolor producidos por los cortes del cuchillo, se desmayó por la pérdida de sangre.

—¿Quieres saber porque Abrahela jamás te hará caso? —pregunto Leo a Josué.

El jefe de los errantes leprosos lo miro de reojo. Logro llamar su atención, quien dejo a María y camino hacia él hombre, moviendo su cuchillo en círculo por el aire, la casa se hacía más tétrica, sumando las respiraciones de los leprosos y la música de fondo, era una verdadera obra de arte, en donde la carnosidad se pudría. En cada paso de Josué el suelo sangraba, los lamentos y oraciones se convertían una vez más en martirio apabullante.

—Dime… porque crees tú que Abrahela no me hace caso —dijo Josué.

—Porque eres un pobre infeliz, que siempre ha estado solo, y que nadie nunca lo ha necesitado, eres irrelevante para todos —respondió Leonardo.

—Eso crees…

Josué tomo su chillo con firmeza y corto el dedo de en medio, el indicador y el meñique de la mano izquierda de Leonardo, dejándole solo el pulgar y el anular. Corto las manos que sujetaban las muñecas de Leonardo. Los brazos que servían como esposas se regresaron a la carnosidad del suelo, escondiéndose. El escritor grito, su mano chorreaba demasiada sangre, llevo su mano cortada a su pecho para cubrirla con su camisa, tratando de parar la hemorragia, apoyándose con su mano derecha. Josué gritaba de felicidad, reía corría, brincaba, bailaba y gozaba en todo momento. Frente al hombre que gritaba de dolor y hacia un torniquete veía como María estaba inconsciente por el dolor y desangrado.

—Te dije que iba a ser un festín de sangre —dijo Josué.

Leonardo echo una nueva mirada a María, esperando que no estuviera muerta, la vio en ese estado tan deplorable. Josué brincaba de un lado para otro, Leonardo llevo su mano derecha al morral, sacando tres frascos, recordando lo que el chamán le había dicho, las verdes para curarse y las rojas, explosivos. destapo un frasco de líquido verde, la roció sobre las cortadas de sus dedos y hombros, aliviando y cicatrizando, se quejó un poco del dolor suave y regenerativo pero lo alivio, Josué seguía distraído, brincando mofándose de lo acontecido. Cuando le termino de cicatrizar Leonardo se levantó, y arrojo en la espalda de Josué un frasco rojo, al contacto ardió quemándolo y salpicando gotas al suelo que se convertían en llamaradas, el líder de los leprosos gritaba de dolor, mientras el piso hacía lo propio. Corrió hacia Josué con su espada y lo corto en el rostro. Josué cayó al suelo carnoso con la mandíbula colgando, y el cuchillo cayo del otro lado a unos metros de ambos, Leonardo estaba de pie frente a él, viendo como ardía.

—Eras un gran amigo para mí, eras como un hermano, pero este no eres tú, así que no me lamentare por lo que te pase, no sentiré rencor si te mato, lo hago para liberarte —dijo Leonardo mientras se acercaba a Josué.

El jefe de los leprosos se levantó, Leonardo corrió para agarrar el cuchillo y cuando lo levanto se lo clavo a Josué en el estómago, Josué escupió sangre, mientras Leonardo le daba vueltas al cuchillo. Escuchaba como por dentro se cortaba todo.

—Hagas lo que hagas, no podrás librarte jamás de esta pesadilla —dijo Josué con voz ronca, maltratada, casi robotizada, mientras escupía más sangre,

—Ya no me interesa, salir, lo quemare todo, destruiré todo, iré por todos —concluyo Leonardo.

Leonardo desenterró el cuchillo lleno de sangre, Josué cayó al suelo arrodillado, un carcho de sangre a su alrededor lo acompaño, la música tomo un ruido muy fuerte y la velocidad aumento, era una autentica orquesta triste. Leonardo corto la garganta de Josué, este se desplomo en el suelo agarrando su garganta y atragantándose con su propia sangre, quedando ahí tirado, solo, moribundo, muriendo muy despacio. Al parecer la sonrisa de Josué estaba desapareciendo, pero la de Leonardo estaba apareciendo.

—¡Como dijiste, es un verdadero festín de sangre! —dijo Leonardo mientras se apartaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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