VERANO DEL 98 - Capítulo 20
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Capítulo 20: REY DE LAS RATAS
1
Convencido de sus propias palabras de lo que debía hacer, usar sus propias manos y métodos para ejercer justicia divina. El hombre sonreía de vuelta a María para ayudarla, corto las manos que sujetan sus muñecas, colgó el cuchillo entre su cinturón y el pantalón, y cargo a María para recostarla en el suelo carnoso. La música había desaparecido en forma descendente, los errantes leprosos habían dejado de hacer ruido, y habían dejado de unirse a las paredes. Todo de luto tras la muerte de su líder leproso. Afuera la lluvia seso, solo el resplandor de oscuridad y nubes grises se alzaban junto a una luna grande y brillante.
—Por favor, déjame aquí y vete —dijo María agonizando.
—De ninguna forma te dejare aquí, te ayudare, tengo algo que te hará bien, te curará.
Saco de su morral un frasco de líquido verde, regando cierta cantidad en su rostro y boca para cicatrizar las heridas, iban desapareciendo aliviando el dolor y anunciando la tranquilidad de la mujer.
—Vamos María, vamos, ya te estas curando, pronto mejoraras, sigue luchando —mencionaba Leonardo con lágrimas en los ojos.
María lastimada por completo y ausente de conciencia, cuerpo débil, agotada y adolorida, había sido castigada desde antes, maltratada, eran de ella los gritos que antes escucho. No daba señales de vida, cosa que le preocupaba a Leonardo, con tristeza, lágrimas en los ojos y con su terrible pesar la cargo de nuevo y camino con ella hasta la puerta principal, le dificultaba caminar por el piso carnoso con María en sus brazos. Dejo atrás el lugar, respirando aire fresco, la mujer insistía en que la dejara, «agonizando», que se llevara la piedra, solo era un peso muerto y que lo retrasaría en todo. Los leprosos seguían dando vuelta alrededor de la casa, como si nada hubiera pasado, (Al menos afuera) Leonardo recostó a María en el pasto frente a la casa y le lloro mientras trataba de reanimarla haciendo presión con sus manos en su pecho, todo era inútil y no servía de nada, Leonardo no quería aceptar que María ya se encontraba en un lugar mejor. Entre los lamentos y lloriqueos el escritor no noto que el órgano instrumental volvió a reproducir música, igual de fuerte y con un ritmo un poco más acelerado, esa música tétrica y perturbadora había vuelto a resurgir, Leonardo volteo en todas direcciones sorprendido por que la música regreso, los leprosos volvían a unirse a la mansión, el coro cantaba en excelentes condiciones. Todo desapareció cuando Josué murió —será que no murió—. Pensó Leonardo solo para dar vuelta atrás y ver como de la puerta principal salía Josué quien caminaba lastimado y herido, había dejado de sangrar, sus heridas no estaban cerradas, pero habían dejado de sangrar, la mandíbula se regeneraba en potencia. El hombre se incorporó y saco la espada.
—¿Crees que eso podrá detenerme? Lo que estas apunto de ver supera tu imaginación, superará todo, me he perfeccionado y ahora seré un dios —grito Josué.
Leo se detuvo con esas palabras, estaba esperando a ver cuál era el truco bajo la manga de Josué, después de que le corto la garganta y ver que no había muerto, quería decir que el líder de los leprosos iba a ser duro de derrotar, vencer y eliminar. Josué dio unos pasos hacia Leonardo. El hombre empuño con firmeza la espada, pero pensó mejor en escapar, enfundo y tomo a María, la cargo, camino buscando una brecha entre la multitud de leprosos, así como antes había una para entrar, sin darse cuenta estaba rodeando la casa para buscar esa brecha, pero nada se abría entre la multitud. Josué iba detrás de él, siguiéndolo a unos cuantos metros, sin la intención de atraparlo, sola la de incomodar.
—Ven acá leoncito, vamos a jugar —gritaba Josué para intimidarlos y continuaba—. Ven para acá, ¡ven conmigo hijo de perra! Vamos a jugar, te vas a divertir, yo sé que quieres perder otros dedos —seguía gritando.
Leo trataba de no prestarle atención a lo que este gritaba, no quería caer en provocaciones tan apresuradas, pero era difícil no escucharlo con la voz chillona y sumado a la música que se seguía reproduciendo por todos lados, hervía en éxtasis, hubiera optado por quemar el órgano. Leonardo le había dado la vuelta a la casa y seguía sin ver una brecha, renuncio y dejo de nuevo a María en el césped, llorando saco el cuchillo estaba a punto de cortar el estómago de la mujer para sacar la piedra, cuando Josué salto del techo de la casa, cayo justo aun lado del hombre golpeándolo en el rostro. Leo cayó a un lado de María y sin soltar el cuchillo y se incorporó rápido, desenfundo su espada y trato de cortar a Josué, pero era un poco más rápido, ágil, esquivando todos los ataques con el arma punzo cortante, logro desarmar a Leo, la espada cayó cerca pero el cuchillo lo robo, hizo retroceder al escritor. Josué se encontraba con el cuchillo y amago con lanzárselo al hombre.
—Si te unieras a mí, serías muy poderosos —dijo Josué.
—Si me uniera a ti, fuera solo un asesino maniático desquiciado.
—Tenemos diferentes formas de ver las cosas Leonardo, pero debes de admitir que seríamos imparables, mírame a mí, soy poderoso, o ¿Acaso creías que me habías matado?
—Sí, creía que me había desecho de ti.
—Pues estas muy equivocado soy indestructible y eso que no has visto mi última trasformación, creo que gozare asesinándote, no mi importa si eres el platillo principal para el señor oscuro, eres mío ahora amigo, asumiré las consecuencias de mis actos llevándome al infierno a mis amigos de la infancia.
—Tu y yo ya no somos amigos, como lo dije antes, tú no eres Josué, el que solía conocer.
—No importa si no soy tu amigo el de antes, soy un Josué mucho mejor, soy un dios.
Josué lanzo el cuchillo hacia Leonardo y este se cubrió con su antebrazo izquierdo, el cuchillo se enterró muy profundo dejando ver la hoja filosa del otro lado, gruño y con coraje retiro el arma blanca, grito varias veces respirando, tomo el cuchillo y ataco a su examigo, el duelo se debatía entre esquivos, pequeños cortes y golpes a la cara por parte de ambos, Leonardo nunca aprendió a pelear y estaba en desventaja ante su amigo de la infancia quien desde hace mucho siempre los protegía, ahora le tocaba el enfrentarlo y hacerse daño, nunca se imaginó llegar a esto con alguien que apreciaba y quería, pero así iban hacer las cosas. En un cuarto intento por querer enterrarle el cuchillo a Josué lo impacto en la pierna derecha, no tuvo más que caer y maldecir por la agresión. Repitió en varias ocasiones en el estómago, sacando sus entrañas en forma de victoria. Dio vuelta, cogiendo de una pierna, golpes internos, guardo el cuchillo y tomo la espada, camino hacia María y a lo lejos vio como una grieta se abrió entre los leprosos que seguían dando vuelta alrededor de la casa, cargo a la mujer, corrió hacia la brecha tan deprisa sin perder tiempo, la multitud avanzaba y el la seguía, no quería esperar a que dieran la vuelta, no quería estar más tiempo. Estaba convencido de que Josué no estaba muerto y que regresaría, corría detrás siendo empujado por los errantes para destantearlo y hacerle más difícil el ingreso, casi a unos escasos pasos de poder llegar se cerró y el líder de los leprosos brinco a la espalda de Leonardo haciéndolos caer, vencido por el peso y el cansancio, Josué lo golpeaba en la cara, muy molesto, después de cinco o seis golpes, Josué abrió la boca dejando caer sangre, el hombre perforo de nueva cuenta el abdomen de su examigo con el cuchillo, las heridas anteriores ya se habían regenerado, parecía imposible matar a la criatura.
Cayendo a lado del hombre de lentes, los dos en el suelo, uno alado del otro.
—¡Vamos Josué, ya no hagas esto! ¡para! Podemos salir de aquí.
—Ya no soy esa persona, tú mismo lo dijiste.
El escritor se arrastró con dificultad hacia maría, la jalo unos metros fuera del lugar, tomo la espada y cerceno a su amigo, su cabeza rodo con una sonrisa. Leonardo levanto a la mujer, listo con su morral, la espada y el cuchillo, miro si la brecha se abrió, no tuvo suerte, decidió correr y volver a la mansión.
—Qué mala elección, el volver a regresar a la casa —grito Josué, quien a espaladas del hombre puso su cabeza en su lugar y se levantó.
2
De vuelta al ruedo
Sin importar si el líder de los leprosos gozaba de inmortalidad, nunca miro atrás, dejando que esa cosa se reanimara por sí sola, lo hizo para ganar tiempo, entro a la casa, donde todo estaba igual que antes, leprosos coreando, el órgano exaltado con la melodía por los cielos, el ser desollado tocando, otros uniéndose a las paredes, pisos y techos. Corrió hacia la puerta que aparecía y desaparecía con María en sus hombros. Dejándose ver entre la carnosidad, entraron, no sabía a donde le conduciría y estaba consciente de que Josué al ser el dueño de la propiedad, conocía todos los lugares secretos. Una oficina, la habitación a la que entraron, la oficina de Josué, el hombre recostó a María en el escritorio, cerró la puerta con llave, interpuso un estante para reforzarla, le hablaba a María, pero seguía sin contestar. Entre que buscaba por la oficina, todo lo que le fuera útil. Abrió una puerta al otro lado, jalo el cordón para encender el foco de las escaleras que lo conducen a un sótano
—¿Dónde estás Leoncito? —se escuchaba del otro lado de la oficina.
Debía de darse prisa antes de que Josué entrara al lugar y que lo primero que pudiera tomar fuera a María, jalo un interruptor que buscaba entre la oscuridad y la pared del sótano se ilumino dejando ver la bodega con cajas, llenas de fuegos artificiales, unos más potentes que otros, eso le podría servir, lo sabía, en la pared un rifle de palanca, de un modelo ya viejo, pero en perfectas condiciones. Tomo con prisa el arma, la reviso, era el mismo rifle con el cual los tres se iban a cazar al bosque cuando estaban en la secundaria. Le trajo buenos recuerdos. El padre de Josué era militar y tenía armas y munición en su casa, ellos robaban a escondidas para cazar conejos, venados y jabalíes, después de usarlas las regresaban para que el padre no se diera cuenta ya que fue muy estricto. Revoloteo entre las cajas y estantes para encontrar munición, el arma por si sola cargada, pero no sería suficiente, arriba escuchaba que Josué quería entrar, apuro en tirar cajas con su contenido, entre unas y otras pequeñas cajas con munición cayeron, tomo todo lo que pudo, lleno sus bolsillos, su morral y extras en las manos, también tomo fuegos artificiales que tiraban más a explosivos por su peligrosidad.
—Así que aquí estas —dijo Josué quien abría la puerta de la oficina con mucha fuerza.
El líder de los leprosos, logro tumbar la puerta y entrar con forcejeos, Leonardo subió corriendo las escaleras y recibió de un riflazo a Josué, haciéndolo retroceder, apunto de nuevo y lo impacto con un segundo disparo, mandándolo a volar unos centímetros. Perforándole parte del pecho. Leonardo camino hacia él para ver como estaba, rematándolo con otro disparo en la cara para asegurarse de que estaba vez ya no se levantara en un largo rato o que ya no lo hiciera nunca más. Puso el rifle colgado en su hombro y regreso por María, la tomo y cargo en su otro hombro, salió de la oficina, pero esta vez la puerta no se cerró, eso le dio una idea al escritor, quien con dificultad recargo a María en uno de los pilares de la casa, tomo una de las antorchas de hueso, regreso a la oficina, rodo cuesta abajo a Josué, saco un explosivo, lo prendió, apuntando al sótano y corrió más rápido que un profesional del atletismo. Se aventó hasta la sala común, donde estaban los leprosos, el órgano instrumental y María recargada en un pilar. La explosión fue abrupta, debajo todo caía, se enterraba, se lo tragaba un gran socavón, ruidos de chifladores y los típicos cuetes, la explosión fue devastadora, trago y destruyo gran parte de la casa, dejándola expuesta. La música se aligero con melodías tristes al son del hundimiento del terreno. Las explosiones seguían bajo tierra y por pequeños huecos se escapan las luces, producto de fuegos artificiales.
3
Nadie duerme hoy
María y Leonardo en medio la construcción sin derrumbar, el escritor admirado viendo lo que paso de semejante explosión. Llovió ligero, las gotas cayeron en su cabeza, hombros y posterior a todo el cuerpo, lloraba de alegría y tristeza, aceptando la realidad en la que estaba viviendo.
María exhalo débil, ahogándose, cansada y débil. El escritor solo se posó frente a ella de rodillas.
—Gracias a dios estas, viva.
—Gracias a ti Leonardo —agradeció la mujer con una leve sonrisa y el gusto de ver a su amigo.
Leonardo estaba pensando en cortar a María para conseguir la piedra que necesitaba para la misión, acabar con todo y largarse, deseaba que Josué estuviera muerto, pero algo le decía que saldría en cualquier momento.
—Vámonos de aquí, sigamos peleando otro día.
—Me encantaría eso, pero aun siento a Josué.
—¡Creen que se libraran tan fácil de mí! —Gritaba Josué, saliendo entre los escombros.
—Maldición que tengo que hacer para destruirlo.
—No lo sé, debe de haber una forma —dijo María.
—No hay ninguna forma, lo siento por ustedes —interrumpió el líder de los leprosos.
De los escombros resurgía como el ave fénix, quien arrastraba una pierna con mucha dificultad, pero regenerando su cuerpo partido a la mitad, por las explosiones y disparos —debo admitir, que eso si me dolió— dijo mientras se reponía de todas partes. Leonardo disparaba, pero no le hacía mucho daño al cuerpo ya casi regenerado del líder de los leprosos.
—Estaba vez atacaremos juntos —dijo María.
Leonardo la ayudo a levantarse, retrocedieron con cada disparo que le daban a Josué.
—No sé por qué la ayudas, si ella es la culpable de que tu estés aquí, únete a mí —gritaba Josué.
María intento atacar mentalmente hiriéndolo muy poco, dándose cuenta que sus memorias fueron suplantadas con recuerdos absurdos, carentes de emociones y amor.
—Es inútil que lo ataque, no podremos vencerlo con las secuelas, necesitamos matarlo con ataques fuertes —dijo María.
—Explote cientos de fuegos artificiales encima de él, se derrumbó media casa, dejándole caer el escombro, y ahí sigue regenerándose.
—Lo sé, necesitaremos algo mejor.
Josué ataco a María tumbándola al suelo de un gran golpe a la cara, Leonardo recargaba y disparaba, solo le afectaban poco. Josué lo tomo del cuello y lo aventó lejos de María, Josué corrió rápido para volver a tomar a Leonardo y lo defenestro. El escritor fue a dar al frente de la casa, trato de incorporarse, pero la caída le dolió lo suficiente, se lastimo unas cuantas costillas, el costado le dolía al haber sido defenestrado, en el suelo suplicaba que acabara el dolor, los frascos verdes no servirían para golpes o heridas internas, solo para sanar heridas externas. En el suelo intentaba recargar, debía regresar ya que María estaba en peligro, sola con Josué.
—Vamos, rápido —dijo, mientras se apresuraba para recargar él rifle.
Josué brinco por la ventana rota, por donde había volado Leonardo, camino hasta el, Leo estaba preparado para dispararle, pero estaba ves le dio en una de las piernas, haciendo que cayera al suelo lamentándose por eso, se podían ver las heridas de Josué, el disparo en la cara y abdomen, al igual que el de la pierna, se regeneraba, pero sus heridas se quedaban en cicatrices. Leonardo volvió a recargar la escopeta.
—Veo que va enserio —dijo Josué mientras su voz se distorsionaba.
Leonardo volvió a disparar a Josué, esta vez en el pecho, este solo se quejó un poco.
—Conocerás la ira de un dios, mi última transformación, con la cual causare todo el caos posible en el mundo, prepárate para conocer al Rey de las ratas…
Al decir eso Josué se levantó de forma brusca y muchos de los errantes que estaban dando vueltas alrededor de la casa corrieron hacia él, los leprosos que estaban dentro de la casa, hicieron lo mismo. Como si fueran una estampida, se fusionaron al cuerpo de Josué y comenzaron a crear a un ser, una masa grotesca y gigantesca, la unión de varios cuerpos y miles de extremidades, cabezas, rostros y lamentos, el Rey de las ratas media el aproximado de cuatro metros y de ahí comenzó a crecer a los lados, mientras más leprosos se le unían, Josué se hacía más alto, gordo y fuerte, le crecieron extremidades compuestas por los cuerpos leprosos y errantes, una especie de tentáculos, seis tentáculos para ser exacto, los cuales le ayudaban a desplazarse de forma lenta por el peso y la altura de la criatura, el Rey de las ratas, había adquirido un color grisáceo putrefacto, asqueroso y apestoso, muchos ojos se habían formado en todas partes del cuerpo del Rey de las ratas, la música comenzó a ascender más y más, la velocidad de la melodía también aumento, una digna pieza de un final. Y ya solo quedaban pocos errantes dando vueltas alrededor de lo que quedaba de la mansión, el Rey de las ratas avanzo hacia Leonardo, este estaba tan sorprendido por lo que estaba viendo, que no lo podía creer, ver a la criatura era impresionante y aterrador, tomo su distancia, cuidándose de los tentáculos del Rey de las ratas, estaba buscando refugio, no podía regresar a la casa pero también debía entrar y ver como se encontraba María, era lo que más importaba, así que dio media vuelta, su plan lo iba ideando mientras escapaba, improvisaba de forma genial, la cosa avanzo a un ritmo un poco más rápido, a pesar de su tamaño, se desplazaba rápido.
María estaba en la puerta principal, casi como si lo esperara.
—Vamos al centro, regresemos entre las calles del pueblo, tenderemos mejor suerte luchando desde aquí, esto está cerrado, seremos sus presas con facilidad —dijo María.
—¿Cómo lo derrotamos? —pregunto Leonardo.
—Para ser sincera es la primera vez que veo esto, no sabía que Josué escondía semejante poder.
—Primera vez que lo usa, y su primera vez siendo derrotado.
Los dos asintieron con la cabeza, atravesaron a los pocos errantes que seguían dando vueltas, era más fácil ahora el poder correr entre ellos, sin que la multitud los atacase o les impidiera el cruzar. Pero no los libraba de ser empujados o golpeados. Brincaron al otro lado quitándose de encima a errantes, Leonardo corría con el rifle en las manos, la espada en la cintura, el cuchillo guardado entre el cinturón y el morral a su espalda, el vestido largo de María se arrastraba y se ensuciaba. El Rey de las ratas los seguía, paso por la marcha sin fin donde errantes se integraron a él, siendo aplastados y absorbidos. Los tentáculos carnosos se quedaban cortos como para atraparlos o pegarles. Leonardo aprovechaba esa distancia para lanzarle los explosivos, y los frascos de líquidos rojos, que explotaban al impactar contra criatura y los frascos quemaban al Rey de las ratas. Se detuvo e hizo un gran ruido, se sacudió dejando caer muchas partes carnosas y extremidades, parecía que había sido lastimado, pego un gran chillido y siguió avanzando, Leonardo se iba preparando para volver a lanzar los explosivos, pero María lo interrumpió «Mira», le dijo y en eso la cosa se detuvo, sacudiéndose de nuevo, de la parte inferior de su cuerpo se abrieron pequeñas brechas, de donde salieron especies de humanoides, de color blanco, calvos, dientes largo y filosos, ojos negros con la peculiaridad de caminar en posición cuadrúpeda, sus rodillas al revés le permitían caminar de esa forma, eran cinco para después salir más. Las criaturas los corretearon, veloces y agiles. Leonardo quien ya había cargado el arma se la dio a María con un par de cajas de munición, exigiéndole que la usara, ella se negaba porque nunca había disparado, pero Leo casi la obligo hacerlo para sobrevivir, el hombre empuño la espada, los dos listos para repeler el ataque. dispararles cuando se acercarán lo suficiente, ella cubriría la espalda del hombre a lo lejos, mientras el atacaría de frente a las criaturas, algunos iban quedando en el camino de los disparos que recibían, otros eran cortados, hacían buen equipo, las criaturas eran peligrosas, trataban de no confiarse. Leonardo dio vuelta y ordeno que corrieran, eran demasiados, los correteaban como una jauría, María, volvió a cargar la escopeta y les voló la cabeza a dos de las criaturas, el Rey de las ratas se había detenido. Los dos se detuvieron, veían que la cosa se paró.
—A que estará juagando —expreso María.
—Supongo que tiene un límite.
—Dudo que sea eso, pero lo averiguaremos.
—debemos de regresar, atacar con todo y destruir al monstruo.
Recargo el arma, exigiendo más munición. Las criaturas humanoides seguían saliendo. Ahora del estómago del Rey de las ratas se abrió y salieron criaturas similares, pero éstas si podían estar de pie y caminar, la única diferencia es que no tenían brazos, pero la similitud era la mismas, vieron como las criaturas sin brazos caminaban de forma graciosa las piernas entre abiertas de charro. El repeler el ataque con balas no estaba funcionando en cualquier momento se iban a quedar sin munición. Los sin brazos se abalanzaron sobre ellos, la mujer disparo, pero uno de los cuadrúpedos logro morder una de sus piernas. Leonardo corto al ser cuadrúpedo y un sin brazos lo mordió a él, como pudo lo golpeo en el rostro para quitárselo, de un riflazo voló la cabeza de la criatura, la explosión se provocó en la cara del hombre quien quedo cubierto de sangre y líquidos negros.
—Gracias, supongo —dijo el hombre.
Más criaturas salían del Rey de las ratas.
Esquivando a los sin brazos y los cuadrúpedos, hasta llegar y lanzar los últimos explosivos que le quedaban.
Los explosivos cayeron justo en la abertura del estómago de donde estaban saliendo los sin brazos —¡trágate eso! — exclamo, corrieron solo para voltear y disparar, eran también sus últimas balas, el disparo dio justo en los explosivos y haciendo mucho daño, el Rey de las ratas comenzó a sacudirse, sus tentáculos vibraban por el dolor, chillaba. Leonardo y María veía cómo se retorcía la criatura, los chillidos del monstruo atrajeron los últimos errantes leprosos que estaban dando vueltas, se unieron a él sanándolo. Los leprosos lo alimentaban, le crecieron dos tentáculos más, ahora ya tenía ocho, más ojos crecieron en su cuerpo y su volumen carnoso incremento, era una verdadera pesadilla, cuando pensaba que se libraba la criatura se hacía más y más fuerte, doblo su tamaño, unos ocho metros de altura.
—¿Ahora qué hacemos? —grito María.
La lluvia vino más fuerte, el Rey de las ratas se desplazó hacia Leonardo y María, sacando más cuadrúpedos y sin brazos, todos avanzaron hacia ellos, no tuvieron más remedio que esconderse entre las casas, perseguidos de cerca por los cuadrúpedos y los sin brazos, sin munición, sin explosivos y con poca fe para salir de todo este encuentro abrumador y retorcido, tenían de dos; entregarse o irse de ahí sin acabar con la criatura. En un intento desesperado corrieron entre casas ocultándose. El órgano instrumental seguía tocando la melodía infernal con súbita desesperación.
Los gritos del Rey de las ratas eran fuertes e irritantes para el oído, los lamentos grotescos que producía hacia que cualquiera quisiera salir de ahí, pero Leonardo y maría estaban decididos en avanzar, esquivaban a los secuaces, Leonardo cortaba y atacaba, solo cuerpo a cuerpo, podían defenderse, pero muy arriesgado contra los cuadrúpedos y sin brazos que salían más. El Rey de las ratas de igual forma estaba cerca, estiraba sus tentáculos para desplazarse y agarrar a Leonardo, por suerte los callejones y calles eran aliados, pero ya estaban agotados de tanto correr, del morral solo frascos con liquido verde y una de líquido rojo.
—La última de las distracciones —dijo Leonardo tomando el frasco explosivo.
—Yo voy a correr, lo distraeré y tu lanzaras la bomba —dijo María.
—Larguémonos de aquí, no vale la pena.
—Y… luego que, piensas regresar a la mansión, de allá vienes, te han de estar buscando, solo iras a una muerte segura.
—¿Qué hacemos entonces?
—Yo lo distraigo y tú, lanzas la bomba —finalizo María.
La mujer hizo lo acordado y corrió hacia a la calle principal, alejándose de los callejones que los protegían. Gritándole a la bestia, llamando su atención, pero no se inmutaba, concentrado en matar a Leonardo, ella paso a segundo plano, solo era perseguida por los secuaces. «demonios», expreso Leonardo, al ver que el plan no funcionaba. Los tentáculos del Rey de las ratas lo tomaron por sorpresa, estrangulándolo, los tentáculos lo llevaron frente a los cientos de ojos del Rey de las ratas los cuales lo observaban, la respiración de Leonardo era baja, cortaba con poca fuerza el tentáculo, perdía aire, la criatura seguía expulsando ruidos extraños sin algún tipo de entendimiento, los cuadrúpedos y los sin brazos, estaban debajo del Rey de las ratas como si de un concierto se tratase, estaban todos viendo, admirando lo que fuera a pasar, pero ahí estaba la torre carnosa apretando solo suave al hombre, para matarlo, parecía que iba a jugar con el antes de hacerlo puré. Las cosas dejaron de perseguir a la mujer, todos debajo del Rey de las ratas.
—Hazlo si lo vas hacer de una vez —gritaba Leonardo—, huye de aquí María.
Lo último solo fue dicho con voz baja por la presión que sentía en su cuerpo el ahogamiento. El Rey de las ratas solo respondía con chillidos que retumbaban en todo el pueblo. Pueblerinos se asomaban para ver lo sucedido alumbrando con antorchas las calles y cuadras oscuras.
—No te entiendo Nada, maldita abominación —expreso Leonardo, dejando caer la espada.
La criatura volvió a apretar a Leonardo, pero esta vez un poco más fuerte.
—¿Es todo lo que tienes? —grito Leonardo con desesperación, pero con la diferencia de quejarse un poco por el dolor producido por el apretamiento y la asfixia.
Los cientos de ojos del Rey de las ratas veían a Leonardo como era lastimado, y por la expresión de los ojos parecía ser que el Rey de las ratas lo disfrutaba.
María corrió hacia todos, para intentar tomar a la espada y atacar, solo que los cuadrúpedos protegían para que no se acercara, intento atacar con las secuelas, pero era inútil, las criaturas son invento del Rey de las ratas y no humanos. La torre putrefacta estaba feliz por torturar a Leonardo, llevándolo casi al borde de la muerte, pero la diversión se iría cuando a lo lejos se escucharon unos gritos, y el resoplar del viento de un aleteo de otra criatura que parecía avanzar a gran velocidad, el Rey de las ratas volteo ligeramente para después centrar su atención de donde proviene el ruido. El escritor miro hacia arriba, contemplando el cielo, buscaba poder ver a lo que se acercaba con ese grito de guerra, anunciándose entre la oscura y nublada noche. Leonardo sabía lo que era, esos ruidos ya los había escuchado antes, se alegraba que lo que gritara estuviera libre, ya que lo que se acercaba siempre quiso ser libre.
La criatura se posó entre la luna dejando ver su sombra, su enorme silueta, sus alas extendidas y con otro grito voló feroz hacia Leonardo y el Rey de las ratas. Skuardo quien llegaba golpeando el tentáculo que comprimía a Leonardo dejándolo caer de poca altura, pero en el aire fue atrapado por el ser alado, quien lo dejo cerca de la casa y con otro grito voló para seguir atacando al Rey de las ratas. Leonardo herido aprovecho la pelea de estos dos colosos para descansar un poco, María estaba del otro lado. Ella vio todo desde abajo, tenía que llegar con el hombre, estaba convencida de que el ser alado destruiría a Josué, esa era su oportunidad para que muriera de una vez. Entre golpes y ataques, rodeo la escena de lucha, los cuadrúpedos y los sin brazos la seguían para matarla, entre varias esquivadas tomo la espada y corto a todo ser que se acercaba a ella.
Leonardo casi al borde de la muerte en la mansión casi destruida, la música de fondo de acción, propia a la pelea del Rey de las ratas y Skuardo.
María como pudo se las ingeniaba para salir de ahí, iba lastimada por los seres, que juntos son muy peligrosos. A pocos metros de la puerta de la casa, corrió llorando por el dolor, las criaturas detrás de ella, se preguntaba que en donde estaba Leonardo. El órgano se estaba apagando, parecía secarse, estaba muriendo ya no había leprosos que lo alimentaran, tampoco a la casa y pronto el Rey de las ratas que iba a hacer, sin alimentarse, con la ayuda de Skuardo podían ganar esta pelea, Leo desconocía las habilidades de la criatura alada, pero él esperaba con mucha fe que fuera muy fuerte para poder vencer a esa enorme torre de carne grisácea y tentaculada. Leo se encontraba en el suelo buscando fuerzas, María entro por la puerta grande, lo vio tirado agonizando, lloraba ahora de felicidad, se acercó con la criatura desollada y le enterró la espada por la espalda, matándola, dando así el fin a la última melodía de ese instrumento musical, industrial.
—Leonardo, ¿Cómo estás?
—Creo que estoy muriendo, ahora sí.
María busco en el morral los elixires para curarlo, hizo que los tragara para ver si funcionaba curarse interno, si no moriría por envenenamiento. Trago tres frascos, el sabor horrible como bebiendo jabón líquido de aloe vera. Leonardo convulsiono y saco espuma de la boca, y esta vez no era por las secuelas.
—Maldición, creo que si te mate —chillaba María.
Los cuadrúpedos y los sin brazos rodearon la casa, unos en el medio techo, listos para matar, María quien ya se había dado por vencida con Leonardo en sus brazos, pidiendo perdón. Las criaturas se abalanzaron para atacar, María empujo la espada y defendió el cuerpo del hombre, quien tirado de lado con los ojos cerrados y espuma aun saliendo de su boca. Peleo con sus últimas fuerzas, corto y la cortaban, mordieron, rasguñaron, la sometieron estaba acabada de rodillas frente al cuerpo de Leonardo, cerró los ojos, estaban rodeados, su corazón latía fuerte por el miedo a morir de esa forma, su mente se desvanecía con cada sangrado.
Apunto de aceptar su destino, cuando se escuchó un gran ruido, un gran y monstruoso ruido, el lamento del Rey de las ratas, parecía pedir ayuda. Leonardo abrió los ojos y se levantó tragando bocanadas de aire y se tapó los oídos por el ruido. El escandalo seso y tanto los cuadrúpedos como los sin brazos salieron de la casa, dejándolos, ignorando que antes los querían matar, fueron llamados por el Rey de las ratas.
María sonrió aliviada, estaba de rodillas postrada con sus dos manos en la espada.
—María…
—No hay tiempo, vez allá, la criatura que pelea por ti, ganara, estoy segura de eso, llévate la piedra.
—¿Cómo me curaste? Puedo hacer lo mismo contigo.
—No puedes Leonardo, usé los líquidos verdes para curarte, hice que los tragaras, eran los últimos.
—Debe de haber otra forma, siempre la hay, permíteme…
—No hay otra maldita forma, por favor, déjame morir con dignidad —interrumpió, ten la piedra que viniste a buscar.
María llevo su mano al vientre, desprendiendo un aura verde y revelando una esmeralda, la extrajo de ella, para mostrársela al hombre.
—Esto activara lo que andan buscando, haz buen uso de ella y libera al pueblo de todo mal.
—Gracias María, tu sacrificio no será en vano.
—No tienes por qué agradecer, yo soy la que te tiene que pedir disculpas Leonardo.
—¿Disculpas de que, María?
—Por mi culpa estas aquí —hizo una pausa, levanto la cabeza y miro a Leonardo—. Cuando a Enrique lo hicieron el campeón de las secuelas y estaba pasando cosas similares a ti, yo lo ayude a que se liberara de todo, después pacte con Abrahela el traerte aquí para que dejara en paz a mi esposo.
Leonardo solo la veía, sentía tristeza que una buena e increíble mujer le haya hecho eso, pero la entendía en cierta forma, por querer salvar a su marido.
—Cuando supo que estabas tú, igual de fuerte que Enrique, me pidió contactarte, Enrique se opuso a eso, no quería que pasaras por lo mismo, pero… yo por amor, lo hice, engañé a mi esposo borrando un recuerdo de esa platicas y alterándolo para que estuviera de acuerdo, no quería pelear con el resto de mi vida.
—¿Estoy aquí por ti?
—No espero que me perdones, Leonardo, espero que me odies, lo que hice fue por amor, pero nunca conté que me traicionarían en cuanto te localice e hice que vinieras.
—Te entiendo María, creo que en este momento no podría odiarte, pienso que me arruinaste la vida. Pero tomaste una decisión y tendrás que vivir con eso a donde quiera que vayas después de tu muerte.
—Cada día, Leonardo… —hizo una pausa—. Toma la piedra y vete.
Leonardo tomo la piedra, la metió al morral, tomo la espada y dio vuelta, María se desplomo en el suelo, ahora si por fin había muerto, estaba triste por la noticia, nunca fue mentira que no confiara en nadie del pueblo, y la única que creía que tenía buena voluntad era ella, cuando no fue así.
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Adiós
Dejando a tras los recuerdos tristes y el mal sabor de boca, salió de la casa. Desde la puerta principal observaba aun Rey de las ratas muy herido y un Skuardo igualmente lastimado y agotado, los cuadrúpedos y los sin brazos corrían hacia el Rey de las ratas solo para volverse a integrar a él y hacerlo un poco más fuerte, cuando las criaturas entraron en él, este tomo una postura más grande y le salieron dos tentáculos más, eran en total diez tentáculo, pero estos dos le habían salido a la mitad del cuerpo carnoso, solo dos cuadrúpedos estaban en el techo, Leonardo los volteo a ver, preparados para saltar en cualquier momento, preparados para saltar a la espalda de Skuardo y lastimarlo.
Leonardo se refugió en unas casa, subiendo al techo, para poder ver la pelea, Skuardo seguía volando alrededor y atacando a una distancia considerada, la respuesta del Rey de las ratas era tomarlo con sus tentáculos, pero no daba en el blanco y poderlo estrangular El Rey de las ratas agito sus tentáculos para atacarlo, pero el vuelo de Skuardo era bueno y lograba esquivarlos, Skuardo atacaba mordiendo al Rey de las ratas, también atacaba cortando con las grandes garras de sus pies y golpeándolo con el cuerpo. El ser alado lo disfrutaba ya que a la vez se alimentaba, Skuardo paso frente a la casa producto de que el Rey de las ratas lo obligo a volar en esa dirección cuando fue sorprendido por los cuadrúpedos que esperaban impacientes, los dos saltaron hacia él, sujetándolo con fuerza y mordiéndolo, esto hizo que volara con dificultad y guiado hacia los tentáculos del Rey de las ratas. Skuardo fue atrapado por una llave de tentáculos retorcidos, pero su respuesta para salir fue un chillido muy bajo en frecuencia que solo el Rey de las ratas fue capaz de oír, esto hizo que se sacudiera y gritara, produciendo ruidos monstruosos, Skuardo era libre y atacaba, con esos gritos al Rey de las ratas quien se alborotaba cada vez más, al resultarle de mal gusto. Los cuadrúpedos que habían saltado arriba de Skuardo regresaron al cuerpo del Rey de las ratas, Skuardo fue sorprendido por un golpe y fue a dar al suelo, estaba tratando de incorporarse despacio, una de sus alas estaba algo rota, sus huesos quebrados. Leonardo se acercó en sigilo, aprovechando que la monstruosidad carnosa estaba herida por los gritos de Skuardo.
—Vamos amigo, yo sé que tú puedes —le dijo Leonardo a Skuardo—, si alguien aquí nos puede liberar eres tú, te necesitamos.
Este solo reacciono con un grito de motivación, se levantó, sacudió sus alas enormes sin importar que estuvieran dañadas, dio un gran impulso, apoyándose del suelo, dejo un pequeño hueco y de ese gran impulso atravesó al Rey de las ratas, volaron partes carnosas y extremidades de los leprosos que se habían fusionado a la criatura. Lluvia de sangre que cubrió gran parte de la cuadra, salpicando a montones, pero a pesar de ese ataca el Rey de las ratas seguía de pie, se retorció por el impacto y sus gritos confirmaban que le había dolido demasiado, su respuesta fue estirar sus grandes tentáculos para agarrar a Skuardo, pero este los esquivo sin ningún problema, llevando la delantera. Skuardo voló al suelo para volver a apoyarse y atravesarlo de nuevo con ese mega impulso, pero esta vez más brutal, el segundo impacto de Skuardo al haber atravesado al Rey de las ratas fue tan potente que exploto por la mitad cayendo abatido y extendiendo toda su carnosidad por la cuadra, los lamentos del Rey de las ratas comenzaban a cesar, hasta que se apagaron para nunca más volverse a oír.
—¡Sí!, lo hiciste —grito Leonardo.
Skuardo regreso hasta donde estaba Leonardo, el ser alado se paró frente a él y lo miro fijo, más allá de ser una escena conmovedora, la realidad es que Skuardo seguía siendo un monstruo y verlo a la cara resultaba incomodo, aun así, Skuardo hizo una reverencia a Leonardo y pego un grito de guerra.
—No tienes por qué hacer eso, el respeto es mío y hacia a ti, amigo —dijo Leonardo mientras regresaba la reverencia.
Skuardo dio otro grito y se alejó volando.
—Espero que algún día nos volvamos a encontrar —grito Leonardo con todas sus fuerzas.
El ser alado voló y voló, era un Skuardo lastimado, pero por fin era libre, se perdía en el cielo, estaba por amanecer, pequeños destellos del alba en el cielo se hacían presentes, dejo de llover, el horizonte era muy profundo y amigable, daba la cálida bienvenida a Skuardo, y el adiós a Leonardo.
“la criatura que fue concebida para traer el caos, pero que solo soñaba con ser libre, dejaba atrás al pueblo de San Juan Caído…”
—Adiós amigo… —se despedía Leonardo, mientras la criatura se perdía en el horizonte.
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